En Madrid creció la confianza, por la cuenta que les tenía á _los

diputados_ por Polanueva, y el ministro participó de la intimidad de

los amigos de su mujer. Juana llegó á ser confidente de Concha, que

algo tendría que contarla; y el ministro, Medianez, hizo su favorito de

Arqueta, que era el encargado por su excelencia de no tener palabra,

siempre que convenía dársela á alguno y recogerla sin que él la

devolviese.

La clase de servicios que Arqueta prestaba á Medianez eran todos del

género que á Mariano le gustaba, _entre bastidores_; se referían _á

lo que no puede decirse_ (¡la delicia de Arqueta!), y aquellos lazos

eran de los que sólo abate la muerte; y puede que tampoco, porque lo

probable será encontrarse en el infierno.

Arqueta, cuando convino, fué director general, subsecretario y otra

porción de cosas, algunas sin nombre oficial, ni sueldo _explícito_.

Á pesar de la pureza que el de Polanueva atribuía á la clase de

relaciones que le unían al _hombre público_, ponía su principal

confianza en las delicias del hogar doméstico... del _hombre público_.

Cuando Arqueta pudo afirmar, para su coleto, que Conchita Manzano era

_de las catorce_, fué cuando respiró tranquilo.

* * * * *

Subieron y bajaron varias veces los _suyos_, y Arqueta llegó á verse

con méritos suficientes para _entrar en una combinación_, para ser

ministro, siquiera fuese temporero... que ya sabría él aprovechar la

temporada y aunque fuese el temporal. Un inconveniente de jerarquía

encontraba: que siendo ministro era tanto como su padrino y no estaba

bien. Pero fué el caso que las circunstancias hicieron que Medianez

estuviera _indicadísimo_ para presidir un ministerio de transición,

de perro chico, sin ministros de _altura_; pero que podían ser todo lo

_largos_ que quisieran. Y allí estaba él. Presidente Medianez y él,

Arqueta, en Fomento ó donde Dios fuera servido... ¿por qué no? Así las

categorías seguían respetándose, pues el presidente seguía siendo el

jefe, el amo...

¿Por qué no entraba él en las candidaturas que preparaba Medianez por

si le llamaban?

Siempre había atribuido á las faldas de Conchita la fuerza decisiva,

cuando había que influir en el ánimo de Medianez y hacerle servir en

caso grave los intereses de Arqueta. Ahora había que apretar por este

lado.

“¡Lo que puede el amor!, pensaba Arqueta. Todo el mundo dice, y es

verdad, que Medianez sabe llevar con dignidad los pantalones; que no es

de los políticos que dejan que gobierne su mujer. En efecto, yo noto

que Conchita no suele imponerse á su marido; más bien le teme que le

manda... y, sin embargo, en todo lo referente á mis cosas ¡como una

seda! Pido una gollería, Medianez se enfada, Concha vacila... aprieto

yo, se sacrifica ella, pido, ruego, insisto, mando, y... ¡conseguido!

“Ahora el empeño es grave. Pero hay que echar el resto. Medianez ve en

mí _poco_ ministro; tiene mil compromisos... ¡No importa, venceré!...

Apretemos.”

--¿No te parece á ti que debo apretar?, le decía á su mujer. Y Juana,

sin vacilar, contestaba:

--¡Pues es claro! ¡Aprieta!

Ella también seguía cultivando la amistad de la de Medianez y la

del ministro mismo; pero, es claro, que pasando lo que pasaba, y que

su esposa, naturalmente, no sabía, Arqueta no creía decoroso que

Juana apretase también; aparte de que lo que él no lograra menos lo

conseguiría su pobre mujercita.

La ministra juraba y perjuraba que ella tenía en perpetuo asedio á su

marido para que diera un ministerio, si formaba gabinete, al pobre

Mariano, que era el hombre de mayor confianza que tenían.

--Pero, desengáñate, digas tú lo que quieras yo no mando en Medianez

tanto como tú crees. Me hace caso cuando cree que tengo razón. Así

hablaba, en sus intimidades, la ministra á su amante; pero éste no se

daba á partido; insistía, insistía; aprieta que apretarás.

Era el caso que, por una de esas combinaciones tan comunes en la

política de bastidores (la que gustaba á Mariano), Medianez estaba

haciendo el juego de aquel jefe del partido contrario que decía

epigramas contra Arqueta. El jefe de Medianez no quería ministerios de

transición; el enemigo sí, porque no estaba propuesto para entrar en el

Gobierno; necesitaba dividir al adversario, desacreditar á un Gabinete

intermedio y llegar él á tiempo y como hombre prevenido. Medianez y

Arqueta bien veían el juego, pero como la coyuntura era única para que

Medianez fuera presidente del Consejo, estaban decididos á comprar

aquellos rábanos, que pasaban, y caiga el que caiga.

Lo que no sabía Arqueta era que el jefe del partido contrario, que

ayudaba á subir á la presidencia á Medianez, ponía sus condiciones

al personal del Gabinete futuro, y había declarado que Arqueta no era

_persona grata_.

Medianez ocultaba á su amigo las batallas que reñía con aquel señorón

para obligarle á transigir con el diputado por Polanueva, á quien él

quería á todo trance llevar consigo al Gabinete que iba á presidir.

En fin, para abreviar, vino la crisis, que fué laboriosa; hubo

soluciones á porrillo; ministerios de altura y ministerios de perro

chico... y por fin ¡oh alegría! vino un ministerio que “nacía muerto”

según las oposiciones, pero nacía, que era lo principal: el ministerio

Medianez.

¡Y Arqueta entraba en Fomento!

¡Qué escena, la de Arqueta con la ministra, cuando supo que estaba él

en la lista de ministros!

Concha estaba muy contenta, claro; pero mucho más preocupada. No salía

de su asombro. Estaba segura de no haberle arrancado á su marido

palabra redonda de hacer ministro al buen Arqueta. Pero, en fin, ya era

un hecho.

Con su mujer estuvo Mariano menos expansivo, porque tenía ciertos

resquemores de conciencia, aunque muy leves... Al fin, era por una

infidelidad conyugal por lo que llegaba á la anhelada poltrona...

¡Pobre Juana! Pero, qué diantre, como ella no estaba en el secreto y se

veía ministra, también debía alegrarse muchísimo.

Ya lo creo que se alegraba. Estaba radiante de alegría. Ella fué la que

encargó á escape el uniforme, ó lo sacó de la nada, de repente, según

lo pronto que estuvo listo.

Á las once de la mañana iban á jurar y á las diez Juana ya había

vestido, con sus propias manos, á su marido el vistoso uniforme,

reluciente de oro, con que iba á entrar en la brega ministerial. La

casa se había llenado de amigos y amigas. Y, ¡oh colmo del honor y de

la amabilidad!, á las diez y media recibió el matrimonio un volante de

Medianez en que decía: “Espéreme usted: voy yo á buscarle en mi coche y

á dar la enhorabuena personalmente á Juana.”

Á la cual se le cayeron las lágrimas al leer esto.

¡Qué triunfo!

Llegó el presidente nuevo, Medianez, de uniforme también, aunque no tan

flamante como el de Arqueta.

Aquella casa era una Babel.

Arqueta... tuvo un momento de debilidad.

Todos le decían que estaba muy guapo con el uniforme; pero el caso era

que él, por no parecer fatuo, no había podido mirarse á su gusto en un

espejo, vestido de uniforme. ¡Y era el sueño de su vida!

Tuvo que confesarse que su dicha no hubiera sido completa aquel día,

si no hubiese podido aprovechar dos minutos para contemplarse á solas,

á su gusto, en el espejo, adorando su propia imagen ministerial. En su

gabinete ¡dónde mejor! Allí donde tanto había soñado con el triunfo,

quería verla reflejada en aquel armario de espejo que tantas veces le

había invitado á confiar en la _explotación del físico_.

Nada más fácil, entre el barullo de la multitud que llenaba la casa,

que eclipsarse un momento...

Sin que nadie le echara de menos, con las precauciones de un ratero,

Arqueta se dirigió á su gabinete. Atravesó el despacho; la puerta

estaba entreabierta... enfrente estaba el armario en cuya clara luna se

quería contemplar.

¡Demonio! Antes de que las leyes físicas permitieran que Arqueta

pudiera verse reflejado en el espejo... vió en él, con toda claridad...

un uniforme de ministro. ¡Era el presidente!

Pero no estaba solo; en el espejo también vió Arqueta la imagen de

Juana la regordeta... con cuyas mejillas de rosa hacía Medianez, el

presidente sin cartera, lo mismo que él, Arqueta, había hecho la noche

anterior en las mejillas, menos frescas, de la esposa del presidente.

Arqueta dió un paso atrás. No entró en su gabinete... Entró en el otro,

en el que presidía Medianez, es decir, presidir también presidía el de

Arqueta, por lo visto... pero, en fin, se quiere decir que, rechazando

el primer impulso de echarlo todo á rodar, se decidió á sacrificarse

en aras de la patria. Pensó primero en desgarrar el uniforme que le

quemaba, ó debía quemarle el cuerpo, como la túnica de... no recordaba

quién; pero, no desgarró nada... y cinco minutos después llegaba en el

coche de Medianez á casa de éste, donde aguardaban otros ministros y

muchos políticos importantes. Allí estaba el _protector_ de la nueva

situación, el del epigrama, que iba á gozar de su triunfo subrepticio.

Arqueta reparó que le miraba y le saludaba aquel prócer con sonrisa

burlona, tal vez despreciativa. Hubo más. Notó que en un grupo que

rodeaba al ilustre jefe de la minoría, se celebraba con grandes

carcajadas chistes que el señor del epigrama decía en voz baja... Y á

él, á Mariano Arqueta, le miraban los del grupo con el rabillo del ojo.

Sólo pudo oir esto que dijo el protector del ministerio en voz alta y

solemne:

--_¡Sic itur ad astra!_

Carcajada general.

--“Sí, pensó Arqueta, eso va conmigo; el que sube _así_ á las

estrellas... soy yo!”

Y se puso como un tomate.

--Arqueta--gritó en aquel instante el cáustico jefe de la minoría,

dirigiéndose al nuevo ministro de Fomento:--Arqueta, la calumnia ya se

ceba en usted.

--¡Cómo! ¿Qué dicen?

--Que no va usted á jurar... sino á prometer por su honor. Absurdo,

¿verdad? ¡Calumnia!...

EL VIEJO Y LA NIÑA

Viejo precisamente... no. Pero comparado con ella, sí; podía ser su

padre. Eso bastaba para que los dos se vieran separados por un abismo

de tiempo; y lo mismo que ellos, la madre de ella y el mundo, que los

dejaba andar juntos y solos por teatros y paseos, sin desconfianza ni

sospechas de ningún género. Era él primo de la madre, y ésta pensando

en que, de chicos, habían sido algo novios, sacaba en consecuencia que

dejar á su hija confiada á aquel contemporáneo suyo no ofrecía ningún

peligro, ni podía dar que decir á la malicia.

Años y años vivieron así.

Si queréis figuraros cómo era él, recordad á Sagasta, no como está

ahora, naturalmente, sino como estaba allá, por los días en que dijo

que iba “á caer del lado de la libertad”... sin romperse ningún

peroné, por entonces. Tenía don Diego facciones más correctas que don

Práxedes, pero el mismo no sé qué de melancolía elegante, simpática.

Tenía el pelo negro todavía, con algo gris nada más en un bucle, sobre

la sien derecha. En aquel rizo disimulado había una singular tristeza

graciosa, que armonizaba misteriosamente con la mirada entre burlona y

amorosa, algo cansada, y triste, con resignación que dan la piedad y

la experiencia. Vestía con gusto según la elegancia propia de su edad.

Ella... era todo lo bonita que ustedes quieran figurarse. Morena ó

rubia, no importa. Dulce, serena, de humores equilibrados, eso sí.

Volvían del Retiro en una tarde de Septiembre, al morir el día.

Habían estado en una tertulia al aire libre, rodeados, mientras

ocupaban sillas del paseo, de una media docena de adoradores que á

Paquita no le faltaban nunca. Eran todos jóvenes de pocos años; muy

escogidos gomosos, como entonces se decía, de la más fina sociedad.

No eran Sénecas, ni habían asado la manteca. Uno á uno, aislados,

no empalagaban. Todos juntos, parecían ecos repetidos de la misma

insustancialidad. Costaba trabajo distinguirlos, á pesar de las

diferencias físicas.

Paquita, al llegar á la Puerta de Alcalá, se cogió del brazo de su

inofensivo amigo, que venía un poco preocupado, algo conmovido, pero no

con pensamientos tristes.

--¿Pero, ves, que he de estar condenada á bebé perpetuo?

--¿Cómo bebés? Eduardo ya tiene lo menos veinte años y Alfredo sus diez

y nueve.

--¡Ya ves qué gallos!

--¿Y para qué quieres tu gallos?

Callaron los dos. Demasiado sabía don Diego que á Paquita no le

gustaban los pocos años. De esto habían hablado mil veces, con gran

complacencia del muy socarrón amigo, y, como tutor callejero de la

niña.

Varios novios le había conocido don Diego á Paquita; como que él era su

confidente en casos tales. Pero duraban siempre los amores inocentes de

aquella niña, poco, y ahondaban casi nada en su espíritu. Por vanidad,

por curiosidad, por agradar á la madre, que quería _relaciones_ que

fueran _formales_ y procurasen una posición segura á la hija, admitía

aquellos escarceos amorosos Paquita; pero, en rigor nunca había estado

todavía “lo que se llama enamorada”. También esto lo sabía don Diego;

y ella se lo repetía á menudo, casi orgullosa de aquel modo de sentir

suyo, y se lo decía una vez y otra vez á su amigo y Mentor, como quien

insiste en una obra de caridad.

En tantos años de vida íntima, de familiaridad constante, jamás de

los labios de don Diego había salido una palabra que pudiese tomar

Paquita por atrevimiento de galán con pretensiones. En cambio, su vida

común estaba llena de elocuentísimos silencios; y en los contactos

indispensables en paseos, teatros, iglesias, bailes, etc., etc., ni

nunca había habido deshonestos ademanes, ni siquiera insinuaciones que

la joven hubiese podido llevar á mala parte, había tenido por uno y

otro lado no confesada delicia.

Paquita se fijaba en que los novios cambiaban y el _amigo viejo_

siempre era el mismo. Sin decírselo, los dos sabían que el _otro_

pensaba esto; que era mucho más _serio_ aquel contrato _innominado_ de

su amistad extraña, que los amoríos pasajeros, casi infantiles, de la

niña.

Otra cosa sabían los dos: que Paquita estimaba en todo lo que valía

la pulquérrima conducta de don Diego, que jamás, ni con disculpa

del grandísimo deseo ni con disculpa de la insidiosa ocasión, había

sucumbido á las tentaciones que el íntimo y continuo trato le hacía

padecer. Jamás el más pequeño desmán... y eso que la frialdad y apatía

ni el más ciego podía señalarlas como causa de aquella prudencia

sublime. Él y ella se acordaban de los besos que cuando Paquita era

niña, niña del todo, regalaba al buen señor, y aquello había concluido

para no volver; y don Diego había sido el primero á renunciar, sin que

mediaran explicaciones, es claro, á tamaña regalía.

--¿Por qué has reñido con Periquillo?--le preguntaba en una ocasión el

viejo á la niña.

--Porque se empeñaba en que me estuviera al balcón las horas muertas,

viéndole pasear la calle, y yo no quise... porque me aburría.

Y los dos reían á carcajadas, pensando en aquel modo tan singular de

querer á sus novios que tenía Paquita.

* * * * *

Aquella tarde volvía muy contento, para sus adentros, don Diego,

porque en la tertulia, al aire libre, en el Retiro, él había lucido su

ingenio, con gran naturalidad y modestia, á costa de aquellos pobres

sietemesinos. Paquita le había admirado, echando chispas de entusiasmo

contenido por los ojos; bien lo había reparado él. Por eso volvía

tan satisfecho... y con una tentación diabólica, que mil veces había

tenido, pero á que siempre había resistido... y que ahora no creía

poder resistir.

Llegaron al Prado y á Paquita se le ocurrió sentarse allí otra vez. La

tarde, ya cerca del obscurecer, estaba deliciosa; y declaró la niña

que le daba pena meterse en casa tan pronto, perder aquel crepúsculo,

aquella brisa tan dulce...

Se sentaron, muy solos, sin alma viviente que reparase en ellos.

Hablaron con gran calor, muy alegres los dos, sin saber por qué, los

ojos en los ojos.

--¿En qué piensas?--preguntó Paquita al ver de pronto ensimismado á don

Diego.

--Oye, Paca... ¿Quién es en el mundo la persona, sin contar á tu madre,

de tu mayor confianza?

--¿Quién ha de ser? Tú.

--Bueno, pues...--y don Diego empezó á decir unas cosas que dejaba

atónita á la niña. Él habló mucho, con mucha pasión y muchos

circunloquios. Nosotros tenemos más prisa y menos reparos, y tenemos

que decirlo todo en pocas palabras.

Ello fué algo así: don Diego propuso que jugaran á un juego que era una

delicia, pero al cual sólo podían jugar dos personas de sexo diferente,

si el juego había de tener gracia, y que se fiaran en absoluto la una

de la otra. Era menester que se diera mutua palabra, seguro cada cual

de que el otro la cumpliría, de no sacar ninguna consecuencia práctica

del juego aquél; que por eso era juego. Consistía la cosa en confesarse

mutuamente, sin reserva de ningún género, lo que cada cual pensaba y

sentía y había pensado y sentido acerca del otro; lo malo, por malo

que fuere, lo bueno por bueno que fuera también. Y después, como si

nada se hubiera dicho. No debía ofenderse por lo desagradable, ni sacar

partido de lo agradable.

Paquita estaba como la grana; sentía calentura; había comprendido y

sentido la profunda y maliciosa voluptuosidad moral, es decir, inmoral,

del juego que el viejo la proponía. Había que decir todo, todo lo que

se había pensado, á cualquier hora, en cualquier parte, con motivo de

aquel amigo; cuantas escenas la imaginación había trazado haciéndole

figurar á él como personaje...

Paquita, después de parecer de púrpura, se quedó pálida, se puso en

pie, quiso hablar y no pudo. Dos lágrimas se le asomaron á los ojos. Y

sin mirar á don Diego, le volvió la espalda, y con paso lento echó á

andar camino de su casa.

El viejo asustado, horrorizado por lo que había hecho, siguió á la

pobre amiga; pero sin osar emparejarse con ella, detrás, como un criado.

No se atrevía á hablarle. Sólo, al llegar al portal de la casa de ella,

osó él decir:

--Paquita, Paquita, ¿qué tienes? Oye: ¿Qué tienes? ¿Yo, qué te he

hecho? ¿Qué dirá mamá?...

Ella, sin contestarle, ni mover la cabeza, la movió lentamente con

signo negativo.

No, no hablaría: su madre no sabría nada... Pero al llegar á la

escalera echó á correr, subió como huyendo, llamó á la puerta de su

casa apresurada, y cuando abrieron desapareció, y cerró con prisa,

dejando fuera al mísero don Diego.

El cual salió á la calle aturdido y avergonzado, y cuando vió á dos

del orden en una esquina, sintió tentaciones de decirles:

--Llévenme ustedes á la cárcel, soy un criminal; mi delito es de los

más feos, de ésos cuya vista tiene que celebrarse á puertas cerradas,

por respeto al pudor, á la honestidad...

JORGE

DIÁLOGO, PERO NO PLATÓNICO

--¿Qué hay de libros nuevos?--me preguntó Jorge, suspirando como

distraído, dejando de pensar en mí y en lo que me había preguntado.

Estaba pálido, ojeroso, con cara de sueño y de mal humor. Yo le miré

con atención y fijeza, y dando cierta intención maliciosa á mis

palabras, contesté:

--Acabo de ver que Carlos Groos, ya sabes, el docto alemán que publicó

en 1896 _Die Spiele der Tiere_ (_Los juegos de los animales_), publica

ahora _Die Spiele der Menschen_ (_Los juegos del hombre_).

--Sí; ya me acuerdo. _Los juegos de los animales_... No hay más juego

que ése. Porque... ¡valientes animales son todos los que juegan!

--Hombre, no _juegues_ tú con el vocablo...

--Ya sé que es feo jugar _de boca_... Y, en rigor, está prohibido...

Véase el artículo...

--No digo eso. Juegas con el vocablo; porque animales...

--Sí; ya te entiendo. Se trata de los animales... no humanos. Bueno,

pues el señor Groos los calumnia. Los animales no juegan. Sólo juega

el hombre, que es el único ser metafísico y jugador. Es un efecto de

la dichosa evolución. ¡Qué remedio! Yo quería corregirme, dejar el

vicio... pero... imposible... Es cosa de la herencia... de la raza. Lo

he leído en Ihering, en la _Historia de los indo-europeos antes de su

separación_. Aquello desconsuela. Nuestros patriarcales y bucólicos

ascendientes remotísimos... eran unos empedernidos jugadores. Mataban

el tiempo, el tiempo monótono de aquella vida lacia, sin variedad,

sin emociones nuevas, jugando y jugando... Y esto, generaciones y

generaciones... ¡Ya ves! ¿Quién puede más que el hábito incrustado en

la herencia?... Pastores... y jugadores...

--Basta de disculpas prehistóricas y darwinistas... No me has

entendido, ó no has querido entenderme... ó todo te sabe á lo que te

pica. El juego de que habla Groos no es ése; es el juego como diversión

ó recreación, según dice el Diccionario, en que no se persigue otro

propósito que la distracción misma...

--Á propósito del Diccionario. Los que hablan mal de ese libro

académico no conocen su gran mérito. Es un libro de moral... Á lo

menos á mí, casi me convirtió. Verás lo que pasó. Un día, viéndome

encenagado en el pícaro juego, sin poder remediarlo, convencido

de que eran inútiles los propósitos de enmienda, quise saber á lo

menos cómo se definía académicamente el vicio que me dominaba, y me

fuí al Diccionario oficial, y leí: “Juego, pasatiempo, recreación,

aquello que se hace por espíritu de alegría y sólo para divertirse y

entretenerse.” No era esto; _mi juego_ no era pasatiempo, ni alegría;

¡era infierno!... Seguí leyendo: “Ejercicio recreativo sometido á

reglas, y en el cual se gana ó se pierde.” Lo de ejercicio no me

_llenaba_, porque ¡se hace tan poco ejercicio pasando doce horas

arrimado al tapete verde! Y lo de “se gana ó se pierde” no es exacto,

porque muchas veces se queda... á juego, ni se pierde ni se gana. Si

el banquero _abate_ con nueve y yo también... ni pierdo ni gano. Y si

salgo del Casino con el mismo dinero con que entré... ni pierdo ni

gano. “Para darle mayor aliciente--continúa el Diccionario--aventúrase

en él con frecuencia algún dinero.” Los académicos deben de ser

_peseteros_ por esa manera de hablar. “Merece reprobación--sigue la

Academia--cuando la ganancia ó la pérdida puede ser importante; cuando

se juega por vicio ó _cuando el jugador no tiene por objeto divertirse

ó entretenerse, sino hacer suyo el dinero ajeno_.” Al leer esto, sentí

toda la sangre en el rostro; estaba muerto de vergüenza. ¡Qué lección

inesperada me daba el _léxico_ oficial! ¡Cuánto había yo leído contra

el juego! Pero nunca aquella bofetada de moralidad me había azotado el

rostro. Tolstoi con su moral de maníaco, combatiendo lo mismo que el

juego el vino, el tabaco... el servicio militar y el trabajo, no me

había hecho sonrojarme. Siempre que se atacaba el juego como _vicio_,

yo me disculpaba con la decencia que pueden tener los viciosos. El

juego me parecía diabólico, pero noble, jugando como caballero, es

claro. ¡Cuántos sofismas había inventado yo para disculpar mi vicio! Le

había encontrado analogías con mil cosas, malas, pero no bochornosas.

Así como el amor ilegal es pecado, pero no sórdido, no bajo, el

juego me parecía incompatible con la vida económica ordenada de la

sociedad... pero no infame, no vil, no mezquino; sin relación con la

codicia, con el robo. ¡Jesús, el robo! Y de repente el Diccionario

¡zás!, me daba aquella bofetada... ¡No me había fijado! Al juego se iba

para _hacer suyo el dinero ajeno_... Era verdad; á eso se iba. Lo mismo

que los usureros y que los ladrones... para hacer de uno el dinero

ajeno... contra la voluntad de su dueño también; porque nadie tiene

voluntad de perder. ¿Que se expone el dinero propio en cambio? También

el avaro expone la salud, la vida; el usurero se expone á quedarse sin

lo prestado, y el ladrón... á ir á presidio. Sí, no cabe duda; el juego

es eso: desear quedarse con el dinero ajeno. ¿Querrás creer que me dió

asco el juego? Vi en mí un pecado de la índole ruin de que siempre me

había creído libre; un pecado sórdido, de injusticia con el prójimo, de

repugnante _psiquis_... (_Pausa._)

--¿Y qué?

--Pues nada. Que estuve sin jugar... mucho tiempo.

--¿Mucho, eh?

--Sí; ¡varias semanas!

--Pero, ¿cómo volviste á lo sórdido, á lo ruin, á lo que... (perdona,

tú lo has dicho) se parecía al robo?...

--Verás. Eché mis cuentas. Según mis cálculos, yo, en conjunto, llevaba

perdido mucho más dinero que ganado. Todavía _me tenían por allá_

algunos miles de duros. Iba por el desquite. Iba por lo mío. Aquello

no era jugar, y no hacía mío el dinero ajeno... sino el mío.

--Vamos, sí; les habías hecho una señal á las monedas y á los billetes,

y cuando no eran los tuyos los que ganabas... los devolvías.

--Ya sabes que el dinero se considera como cosa _fungible_...

--¿Pues entonces?... Además, tus _deudores_(!), es decir, los que te

habían ganado á ti, ¿eran los mismos á quienes tú ganabas?

--Ese argumento tiene menos fuerza que el que empleó para anonadarme la

pícara realidad...

--¿Y fué?...

Doctor Sutilis (Cuentos) · 第 14 / 17 段