--Pero, ¿usted cree que tiene suficiente talla política para

subsecretario?

Reyes contestó con un gesto de indiferencia. Quería dar á entender que

no le gustaba la conversación, por insignificante.

--¿Ha estado aquí Celestino?--preguntó, por hablar de otra cosa.

--¡Pobre! Sí.

--¿Se ha quejado del palo?

--Es un bendito. Él no dice nada; pero ese diablo de Enjuto sacó la

conversación; le preguntó si anoche le habían hecho salir al escenario

todavía..., y él se puso colorado y dijo que sí, entre dientes, como

si se avergonzara de los aplausos del público. La verdad es que el

artículo de Juanito no tiene vuelta de hoja; es implacable, pero no hay

quien las mueva, tiene razón; el drama es malo, perro, y no merece más

que el desprecio y la broma...

--Pues bien aplaudió usted la noche del estreno...

--Diré á usted: la impresión... así, la primera impresión... no es

mala; y como es amigo Celestino, y el público se entusiasmaba...; pero

Reseco ha puesto los puntos sobre las i i. ¡Ése sí que tiene talento!

Otra vez se le avinagró el gesto á Reyes. Sacudió un guante sobre la

mesa y se puso de pie. Aquella noche estaba inaguantable don Elías;

no decía más que necedades. “No había peor bicho que el aficionado de

la literatura”. Sin poder remediarlo, y después de un bostezo, dijo

Antonio:

--Reseco..., ¡ps!..., en tierra de ciegos... En París Reseco sería uno

de tantos muchachos de _sprit_; aquí es el terror de los tontos y de

los Celestinos.

Don Elías admiraba al tal Reseco, aunque no le era simpático; pero la

opinión de Reyes, que venía de París, de vivir entre los literatos

de moda, le parecía muy respetable. Sí; Antoñico, como él le llamaba

delante de gente para indicar la confianza con que le trataba; Antoñico

frecuentaba en París las _brasseries_, donde tomaban café, cerveza ó

chocolate ó ajenjo notables _parnasianos_, ilustres pseudónimos de la

_petite-presse_ y de algunos periódicos de los grandes; Antoñico había

sido corresponsal parisiense de un periódico de mucha circulación, y el

tono desdeñoso con que hablaba en sus cartas de ciertas celebridades

francesas y españolas, había sobrecogido á don Elías, y le había

hecho traspasar poco á poco su consideración de aquellas celebridades

maltratadas al que las zahería. Cofiño siempre había sido un poco

blando en materia de opiniones; pero los años le habían convertido en

cera puesta al fuego. Cualquier libro, comedia, discurso, artículo, ó

lo que fuese, le entusiasmaba fácilmente; pero una opinión contraria

expuesta con valentía, con desprecio franco y con dejos de superioridad

burlona y desdeñosa, le aterraba, le hacía ver un talento colosal en

el que de tal manera censuraba; dejaba de admirar el libro, comedia,

discurso ó lo que fuese para someterse al tirano, al crítico que

había subvertido sus ideas y consagrarle culto idolátrico, mientras

no hubiera mejor postor: otro crítico más fuerte, más burlón, más

desengañado y más desdeñoso.

Comprendió vagamente don Elías que á Reyes le disgustaba, por lo menos

aquella noche, hablar de Reseco y hablar de Rejoncillo; y como la

actualidad del día eran la subsecretaría del uno y el _palo_ que el

otro le había dado al pobre Celestino, y don Elías difícilmente hablaba

de cosa que no fuese la actualidad literaria, ó á lo menos política

de los cafés, teatros, ateneos y plazuelas, pensó que lo mejor era

callarse y levantar la sesión. Y se puso en pie también, preguntando:

--¿Viene usted á Rivas?

--¿Al estreno de Fernando? Antes la muerte. No, señor, tengo que hacer.

--Lo siento. Yo... tengo que ir... Me cargan las zarzuelas de

Fernandito...; pero tengo que ir...; es un compromiso... Además, tengo

que recoger á Rita, que está en el palco de... (don Elías se turbó un

poco, recordando lo que antes había dicho), en el palco de Cenojiles.

--¿Con Regina?

--Sí, con la marquesa... Conque, ¿no viene usted?

Antonio vaciló.

--No (dijo, después de pensarlo mucho); no...; tengo que hacer...;

acaso... allá... al final, á la hora del triunfo.

--Ó de la silba...

--¡Bah! Será triunfo... ¡Ya no hay más que triunfos! Hasta mañana ó

hasta luego...

V

Reyes anhelaba quedarse solo con sus pensamientos; reanudar las

visiones agradables que le habían acompañado desde la Cibeles al

Suizo; pero, ¡cosa rara!, en cuanto desapareció don Elías, se encontró

peor, menos libre, más disgustado. Recordó que cuando era niño y se

divertía cantando á solas ó declamando, si un importuno le interrumpía

un momento, al volver á sus gritos y canciones ya lo hacía sin gusto,

con desabrimiento y algo avergonzado, hasta dejar sus juegos y romper

á llorar. Una impresión análoga sentía ahora: aquel tonto de don Elías

le había hecho caer del quinto cielo; le había hecho derrumbarse desde

gratas ilusiones que halagaban la vanidad, los sentidos y tal vez algo

del corazón, á los cantos rodados de la crónica del día; había caído

de cabeza sobre la subsecretaría de Rejoncillo y sus presuntos amores

con la de Cenojiles; y después, de necedad en necedad, había rebotado

sobre el artículo de Reseco...; y... “¡que un majadero pudiera tener

tanta influencia en sus pensamientos!” Antonio emprendió la marcha

por la calle de Sevilla hacia la del Príncipe, decidido á olvidar

todo aquello y á volver á la idea dulcísima (sí, dulcísima, por más

que coqueteando consigo mismo quisiera negárselo), de sus relaciones

casi seguras, seguras, con Regina Theil. Pero, nada; los halagüeños

pensamientos no volvían; no se ataban aquellos hilos rotos de la novela

que ya él había comenzado á hilvanar, sin quererlo, mientras subía

por la calle de Alcalá. En vez de aventuras graciosas y picantes,

representábasele entre los ojos y las losas mojadas y relucientes á

trechos, la imagen abstracta de la subsecretaría de Rejoncillo; era

vaga, confusa, unas veces en figuras de letras de molde medio borradas,

tal como podrían leerse en _La Correspondencia_; otras veces en la

forma de un sillón lujoso, algo sobado, no se sabía si de raso, si de

piel, ni de qué estructura..., y á lo mejor, ¡zás! Rejoncillo vestido

de frac, con gran pechera reluciente, saltando de suelto en suelto por

los de _La Correspondencia_, hasta plantarse en el de su subsecretaría;

ó bien saludando á muchos señores en una sala, que era igual que el

vestíbulo del Principal, á pesar de ser una sala. “¡Quería decirse

que estaba soñando despierto, y que el sueño, á pesar de la voluntad

vigilante, se empeñaba en ser estúpido, disparatado!”

Y Reyes se detuvo ante los resplandores de las cucharas junto al

escaparate de Meneses. Como si obedeciera á una sugestión, clavaba

los ojos sin poder remediarlo en aquellos reflejos de blancura. No

había motivo para dar un paso adelante ni para darlo hacia atrás, y

se estuvo quieto ante la luz. No sabía adónde ir: ahora se le ocurría

recordar que no tenía plan para aquella noche: un cuarto de hora antes

hubiera jurado que le faltaría tiempo para todo lo que debía hacer

antes de acostarse, para lo mucho que iba á divertirse..., y resultaba

que no había tal cosa; que no tenía plan, que no había pensado nada,

que no tenía dónde pasar el rato, para olvidar aquellas necedades que

se le clavaban en la cabeza. ¿Por qué no estaba ya contento? ¿Por qué

aquel optimismo, que casi como un zumbido agradable de oídos, ó mejor

como una sinfonía, le había acompañado por la calle de Alcalá arriba,

ahora se había convertido en _spleen_ mortal? “Hablemos claro: ¿le

tengo yo envidia á Rejoncillo?” Y Antonio sonrió de tal modo, que

cualquier transeúnte hubiera podido creer que se estaba burlando de

la plata Meneses. “¡Envidia á Rejoncillo!” El pensamiento le pareció

tan ridículo, la reacción del orgullo fué tan fuerte que, como si

todas aquellas pasiones que le tenían parado en la acera se hubiesen

convertido en descarga eléctrica, dió Antonio media vuelta automática,

echó á andar hacia la Carrera de San Jerónimo, descendió por ésta,

atravesó la Puerta del Sol, tomó por la calle de la Montera arriba y

entró en el Ateneo.

Se vió, sin saber cómo, en aquellos pasillos tristes y obscuros, llenos

de humo: allí el calor parecía una pasta pesada que flotaba en el aire,

y que se tragaba y se pegaba al estómago. Sin saber cómo tampoco,

sin darse cuenta de que la voluntad interviniese en sus movimientos,

llegó al salón de periódicos, se fué hacia el extremo de la mesa, y se

sentó decidido á no mirar más que papeles extranjeros, por lo menos

coloniales, que de fijo no hablarían de la subsecretaría de Rejoncillo.

Á él mismo le parecía mentira verse repasando las columnas de una

colección de _Diarios de la Marina_.

Después tomó _Le Journal de Petersbourg_..., que estaba cerca. Allí se

hablaba, en una correspondencia de París, de las últimas poesías de un

escritor francés á quien trataba él. Esta consideración fué un ligero

tónico. Reyes fué acercándose á los periódicos españoles; desde la

mitad de la mesa comenzaban á verse acá y allá ejemplares borrosos de

_La Correspondencia_; tenían algo de pastel de aceite apestoso acabado

de salir del horno. No pudo menos; hizo lo que todos los presentes:

cogió _La Correspondencia_. En la segunda plana, en medio de la tercera

columna, estaba la noticia, poco más ó menos como él la había visto

sobre las losas húmedas y brillantes de la calle de Sevilla. Allí

estaban Augusto Rejoncillo y su subsecretaría; era, efectivamente, la

de Ultramar. Era un hecho el nombramiento; nada de reclamo, no; un

hecho: se había firmado el decreto.

“¡Qué país!”--se puso á pensar Reyes, sin darse cuenta de ello; él, que

hacía alarde desde muy antiguo de despreciar el país absolutamente y no

acordarse de él para nada.--“¡Qué país!” “Todo está perdido; pero ¡esto

es demasiado! Esto da náuseas. ¿Quién quiere ya ser nada? Diputación,

cartera..., ¿qué sería todo eso para el amor propio? Nada..., peor,

un insulto... ¿Cómo me había de halagar á mí ser ministro... habiendo

sido antes Rejoncillo subsecretario? Por este lado no hay que buscar

ya nunca nada; la política ya no es carrera para un hombre como yo; es

una humillación, es una calleja inmunda; hay que tomar en serio esta

resolución estoica de no querer ser diputado ni ministro, ni nada de

eso, por dignidad, por decoro”. Y en el cerebro de Reyes estalló la

idea fugaz y brillante de ser jefe de un nuevo partido, que llamó en

francés, para sus adentros, el partido _zutista_, el de “no ha lugar á

deliberar, el de la anulación de la política, el partido _anarquista_

de la aristocracia del talento y de la distinción”. Sí, había que

matar la política, convertirla en oficio de menestrales, dársela á los

zapateros, á los que no saben leer ni escribir: un político era un

hombre grosero, de alma de madera, limitado en ambiciones y gustos,

un ser antipático: había que proclamar el _zutismo_ ó _chusismo_,

la abstención; las personas de gusto, de talento, de espíritu noble

y delicado no necesitaban gobernar ni ser gobernadas. “Iremos al

Congreso para cerrarlo y tirar la llave á un pozo”--pensaba decir en

el programa del partido. Por supuesto, que en Reyes estos conatos de

grandes resoluciones eran _relámpagos de calor_, menos, fuegos de

artificio á que él no daba ninguna importancia. Dejaba que la fantasía

construyera á su antojo aquellos palacios de humo, y después se quedaba

tan impasible, decidido á no meterse en nada. Sin embargo, la idea del

partido _zutista_ era hermosa, aunque irrealizable. Sobre todo, había

servido para elevarle á sus propios ojos, “sobre aquellas miserias

de subsecretarías y Rejoncillos”. “No, él no tenía envidia á aquel

mamarracho; de esto estaba... seguro”; pero el pensar en ello, el

irritarse ante la majadería del ministerio que hacía tal nombramiento,

ya era indigno de Antonio Reyes; el hombre que llevaba dentro de la

cabeza el plan de aquella novela, que no acababa de escribir por lo

mucho que despreciaba al público que la había de leer.

En el salón de periódicos comenzó cierto movimiento de sillas y

murmullo de conversaciones en voz baja. Los socios pasaban á la cátedra

pública. Los gritos de un conserje sonaban á lo lejos, diciendo:

“¡Sección de ciencias morales y políticas! ¡Sección de ciencias morales

y políticas!...”

VI

La cabeza de Cervantes de yeso, cubierta de polvo, bostezaba sobre una

columna de madera, sumida en la sombra; y los ojos de Reyes, fijos en

ella, querían arrancarle el secreto de su hastío infinito en aquella

vida de perpetua discusión académica, donde los hijos enclenques de

un siglo echado á perder á lo mejor de sus años, gastaban la poca

y mala sangre que tenían en calentarse los cascos discurriendo y

vociferando por culpa de mil palabras y distingos inútiles, de que el

buen Cervantes no había oído jamás hablar en vida. Sobre todo, la

sección de ciencias morales y políticas (pensaba Reyes que debía de

pensar el busto pálido y sucio) era cosa para volver el estómago á una

estatua que ni siquiera lo tenía. Malo era oir á aquellos caballeros

reñir, con motivo de negarle á Cristo la divinidad ó concedérsela;

malo también aguantarlos cuando hablaban de _los ideales del arte_,

de que él, Cervantes, nada había sabido nunca; pero todo era menos

detestable que las discusiones políticas y sociológicas, donde cuanto

había en Madrid de necedad y majadería ilustrada se atrevía á pedir

la palabra y á vociferar sus sandeces, ya retrógradas, ya avanzadas

como un adelantado mayor. Aquellos socios, pensaba Reyes, se dividían

en derecha é izquierda, como si á todos ellos no los uniera su nativo

cretinismo en un gran partido, el partido del _bocio invisible_, del

nihilismo intelectual. Sí, todos eran unos, y ellos creían que no;

todos eran topos, empeñados en ver claro en las más arduas cuestiones

del mundo, las cuestiones prácticas de la vida común y solidaria,

que no podrán ser planteadas con alguna probabilidad de acierto

hasta que cientos y cientos de ciencias auxiliares y preparatorias

se hayan formado, desarrollado y perfeccionado. Entretanto, y hasta

que los hombres verdaderamente sabios, de un porvenir muy lejano,

muy lejano, tal vez de nunca, tomaran por su cuenta esta materia, la

ventilaban con fórmulas de vaciedades históricas ó filosóficas todos

aquellos anémicos de alma, más despreciables todavía que los políticos

prácticos, empíricos; porque éstos, al fin, iban detrás de un interés

real, por una pasión propia, cierta, la ambición, por baja que fuese.

El miserable que en nuestros tiempos de caos intelectual se dedica á

la política abstracta, á las ciencias sociales, le parecía á Reyes el

representante genuino de la estupidez humana, irremediable, en que él

creía como en un dogma. Y si Antonio despreciaba aún á los que pasaban

por sabios en estas materias, ¡qué sentiría ante aquellos buenos

señores y jóvenes imberbes, que repetían allí por milésima vez las

teorías más traídas y llevadas de unas y otras escuelas!

Años atrás, antes de irse él á París se hablaba en la sección de

ciencias morales y políticas de la _cuestión social en conjunto_, y

se discutía si la habría ó no la habría. Los señores _de enfrente_,

los de la derecha (Reyes se sentaba á la izquierda, cerca de un

balcón escondido en las tinieblas), acababan por asegurar que siempre

_habría pobres entre vosotros_, y con otros cinco ó seis textos del

Evangelio daban por resuelta la cuestión. Los de la izquierda, con

motivo de estas citas, negaban la divinidad de Jesucristo; y con

gran escándalo de algunos socios muy amigos del orden y de asistir á

todas las sesiones, «se pasaba de una sección á otra indebidamente»;

pero no importaba, ya se sabía que siempre se iba á dar allí, y el

presidente, experto y tolerante, no ponía veto á las citas de un

krausista de tendencias demagógicas, que “con todo el respeto debido

al Nazareno”, ponía al cristianismo como chupa de dómine, negando que

él, Fernando Chispas, le debiera cosa alguna (á quien él debía era á

la patrona), pues lo que el cristianismo tenía de bueno, lo debía á

la filosofía platónica, á los sabios de Egipto, de Persia, y en fin,

de cualquier parte, pero no á su propio esfuerzo. De una en otra se

llegaba á discutir todo el dogma, toda la moral y toda la disciplina.

Un caballero que hablaba todos los años tres ó cuatro veces en todas

las secciones, se levantaba á echarle en cara á la religión de Jesús,

según venía haciendo desde ocho años á aquella parte, á echarle en cara

que colocase á los ladrones en los altares, y perdonase á los grandes

criminales por un solo rasgo de contrición, estando á los últimos. Y

citaba _La Devoción de la Cruz_, escandalizándose de la moral relajada

de Calderón y de la Iglesia.

Entonces surgía en la derecha un hegeliano católico, casi siempre

consejero de Estado, gran maestro en el manejo del difumino filosófico.

“Se levantaba, decía, á encauzar el debate, á elevarlo á la región pura

de las ideas”; y la emprendía con _Emmanuel_ Kant (así le llamaba),

Fichte, Schelling y Hegel, que eran los cuatro filósofos que citaba

en esta época todo el mundo, exponiendo sus respectivas doctrinas en

cuatro palabras. Los krausistas de escalera abajo replicaban, llenos

de una unción filosófico-teológica, como pudiera tenerla un _bulldog_

amaestrado; y con estudiada preterición citaban al mundo entero, menos

á Krause, el maestro, encontrando la causa de tantos y tantos errores

como, en efecto, deslucen la historia del pensamiento humano, en la

falta de método, y sobre todo en no comenzar ó discurrir cada cual

desde el primer día que se le ocurrió discurrir, por el yo, no como

mero pensamiento, sino en todo lo que en la realidad es...

Todo esto era hacía años, antes de irse él, Reyes, á París. Ahora,

recordando semejantes escaramuzas, y contemplando lo presente, sentía

cierta tristeza, que era producida por la romántica perspectiva de los

recuerdos.

En aquellas famosas discusiones, en que Cristo lo pagaba todo, había á

lo menos cierta libertad de la fantasía; á veces eran aquellas locuras

ideales morales en el fondo, no extrañas por completo á las sugestiones

naturales de la moral práctica; en fin, él les reconocía cierta bondad

y cierta poesía, que tal vez se debía á no ser posible que aquello

volviese; tal vez no tenían más poesía que la que ve la memoria en todo

lo muerto. Ahora el _positivismo_ era el rey de las discusiones. Los

oradores de derecha é izquierda se atenían á los hechos, agarrados á

ellos como las lapas á las peñas. Aquello no era una filosofía; era un

_artículo de París_, la cuestión de los quince, ó el acertijo gráfico

que se llama “¿dónde está la pastora?” Caballeros que nunca habían

visto un cadáver hablaban de anatomía y de fisiología, y cualquiera

podría pensar que pasaban la vida en el anfiteatro rompiendo huesos,

metidos en entrañas humanas, calientes y sangrando, hasta las rodillas.

Había allí una carnicería teórica. Las mismas palabras del tecnicismo

fisiológico iban y venían mil veces, sin que las comprendiera casi

nadie; el individuo era el protoplasma, la familia la célula, y la

sociedad un tejido..., un tejido de disparates.

Antonio, muy satisfecho en el fondo de su alma, porque penetraba

todo lo que había de ridículo en aquella bacanal de la necedad

libre-pensadora, se levantó de su butaca azul y salió á los pasillos,

dejando con la palabra en la boca á un medicucho, que había aprendido

en los manuales de Letourneau toda aquella masa incoherente de datos

problemáticos y casi siempre insignificantes.

--¡Tontos, todos tontos!--pensaba: y una ola de agua rosada le bañaba

el espíritu. Ya no se acordaba de Rejoncillo, ni de Reseco; la

sensación de una superioridad casi tangible le llenaba el ánimo; sí,

sí, era evidente; aquellos hombres que quedaban allí dentro dando voces

ó escuchando con atención seria, algunos de los cuales tenían fama de

talentudos, eran inferiores á él con mucho, incapaces de ver el aspecto

cómico de semejantes disputas, la necedad hereditaria que asomaba en

tamaño apasionamiento por ideas insustanciales, falsas, sin aplicación

posible, sin relación con el mundo serio, digno y noble de la realidad

misteriosa.

En los pasillos también se disputaba. Eran algunos jóvenes que, sin

sospecharlo siquiera Reyes, despreciaban las disputas de la sección.

Hablaban también de filosofía, pero no tenía nada que ver su discusión

con la de allá dentro: éstos habían venido á parar á la cuestión de

si había ó no metafísica, á partir de la última novela publicada en

Francia. Antonio se acercó al grupo, y no estuvo contento mientras notó

alguna originalidad y fuerza en la argumentación. Un joven moreno,

pálido, de ojos azules claros y muy redondos, soñadores, ó por lo

menos distraídos, hablaba con descuido, sin atar las frases, pero con

buen sentido y con entusiasmo contenido.

--¿Quién duda, señores, que, en efecto, el positivismo ha de ir... no

digo que sea en este siglo, ¿eh? pero ha de ir poco á poco..., vamos,

modificándose, cambiando, para acabar por ser una nueva metafísica?...

--Esa tendencia ya aparece en algunos escritores--, dijo otro, pequeño,

rubio, vivaracho, de lentes, que gesticulaba mucho, y al cual el

moreno, el distraído, oía con atención cariñosa. Siguió hablando

el chiquitín de escritores alemanes modernísimos que repasaban la

filosofía de Kant, y la de Fichte, y la de Hegel para ver de encontrar

en ella bases nuevas de una metafísica que había que construir á todo

trance.

Entonces Reyes sonrió con disimulado desprecio, satisfecho, y se apartó

también de aquel grupo. Al fin había encontrado lo que quería. “También

aquéllos disparataban; creían en resurrecciones metafísicas; ¡bah!,

tontos como los otros, como los positivistas de café, como los pobres

diablos de allá dentro, aunque no lo fueran tanto.”

Salió del Ateneo. El cielo se había despejado; los últimos nubarrones

se amontonaban huyendo hacia el Norte; las estrellas brillaban como si

las acabaran de lavar; una poesía sensual bajaba del infinito oscuro.

Reyes comparó al Ateneo con el cielo estrellado y salió perdiendo el

Ateneo. Debía estar prohibido discutir los grandes problemas de la vida

universal, sobre todo cuando se era un _cretino_. Las estrellas, que

de fijo sabían más de esas cosas sublimes que los hombres, callaban

eternamente; callaban y brillaban. Reyes, en el fondo de su alma, se

sintió digno de ser estrella.

Bajó la calle de la Montera. El reloj del Principal dió las diez. Una

mujer triste se acercó á Antonio rebozada en un mantón gris, con una

mano envuelta en el mantón y aplicada á la boca. Él la miró sin verla,

y no oyó lo que ella dijo; pero una asociación de ideas, de que él

mismo no se dió cuenta, le hizo acordarse de repente de su aventura

iniciada. Regina Theil estaba en Rivas. ¡Oh! ¡el amor, el galanteo!

Un temblor dulce le sacudió el cuerpo. Á dos pasos tenía un coche de

punto. El cochero dormía; le despertó dándole con el bastón en un

hombro, montó y dijo al cerrar la portezuela:

--¡Á Rivas, corre!

VII

Doctor Sutilis (Cuentos) · 第 16 / 17 段