Este privilegio lo debía Julita á muchas cosas. En parte, á su humor

equilibrado, alegre, sin aturdimiento; á su trato simpático, cordial; á

su atractivo singular, que era tal, que muchas veces se vió enamoradas

de ella, en pura amistad, á las mismas que debían estar celosas, por

causa del respectivo marido. Tenía la de Frondoso una particular

complacencia en conquistar á un tiempo á un amigo... y á su mujer; y lo

conseguía no pocas veces. Nadie hablaba mal de ella... en detalle. Se

reconocía, en general, que no había por dónde cogerla, porque eso era

notorio; pero... _nada más_. Nadie comentaba sus aventuras una á una,

ni se hablaba de su querido _actual_; no se la seguían los pasos. Tenía

la gran _virtud_... mundana de _no dar escándalo_. Cierto beneficiado

de una catedral, amigo suyo, había dicho en una ocasión delante de

ella: “Si no puedes ser casto, sé cauto”; y ella había convertido en

dogma de moral la frase, digna de Cicerón. Secreto, siempre secreto.

Nadie tenía pruebas, que pudieran valer en juicio, de lo que era una

convicción común. “Concretamente no se sabe nada”, se repetía por todas

partes. En fin, aquello sí que era cursi y de clavo pasado: hablar de

los adulterios de Julita. ¡Adulterios! ¡Jesús, qué palabrota tan poco

oportuna y tan escandalosa... tratándose de Julita Frondoso! Amigos,

protegidos, así se debían llamar los amantes de aquella señora. No

eran sus _admiradores_, sino mejor sus _admirados_; era ella la que

admiraba. Su especialidad era... el _plato del día_; el hombre de quien

hablaban los periódicos de aquella semana..., ése era el seductor... á

quien Julita procuraba seducir. Parecía á veces la de Frondoso la _flor

natural_ de un certamen. Se _adjudicaba_ al más excelente versificador,

ó al diputado de más labia, ó al espadachín de más agallas y más arte.

Nunca llegó á los toreros. Pero sí á los ministros. Un ministro joven

le parecía un encanto, si no era tonto. Por lo general, prefería las

bellas artes, incluyendo las letras. El poeta era lo mejor, y lo que

más se le pareciese, en seguida. En pintura entró por el naturalismo

primero que en literatura. En la época de los últimos resplandores

de la hermosura de esta señora, empezaba el realismo á estar de moda

en España; y ella lo acogió, en las artes plásticas, concediendo sus

favores á Pablito Fonseca, que era un paisajista de la escuela natural.

Su especialidad eran las vacas sentadas sobre la yerba. Pablito no

tenía dos dedos de frente; pero sus vacas eran _pedazos de la realidad_

puestos en el lienzo. Daban ganas de ordeñarlas. Por unas cuantas

semanas, algunos chuscos llamaron á la de Frondoso la de _Finojosa_. Ya

comprenden ustedes por qué.

Pero, amigo, en materia de novelas, “¡mi Feuillet de mi alma!” decía

Julita; y, dicho sea en puridad, lo que le gustaba á ella de verdad era

el folletín criminal, con un misterio en cada número del respectivo

periódico. Una hija que estaba una porción de semanas sin padre, y que

á lo mejor encontraba tres ó cuatro...; eso, eso era lo que encantaba á

Julita.

Si al cabo entró por la novela más ó menos naturalista, fué gracias

al carácter firme y genio áspero de Ángel Trabanco, poeta lírico

_predominantemente_ descriptivo, que despreciaba de modo olímpico el

argumento, la _fábula_, y en poesía y en novela quería ver el mundo

real pintado por él mismo, por el mundo, no por las aventuras de los

muñecos humanos que lo pisaban y profanaban. Con todo su mal genio,

Trabanco, si quiso conquistar el corazón de Julita, ó por lo menos

alquilarlo por una temporada, no tuvo más remedio que pasar por las

horcas caudinas del _álbum-abanico_. Quedaba un rincón en blanco, y

allí, con letra muy menuda, el poeta descriptivo de mal genio tuvo que

pintar en unos veinte versos, modelo de concisión y fuerza plástica,

_El molino viejo_. Era un molino cansado de moler, en ruinas por fuera

y por dentro; la molinera vieja, la cítola gastada... ¡Magnífico de

verdad y de tristeza! “Ese molino soy yo”, dijo la de Frondoso. No

valieron protestas; se empeñó en que era ella, y le hizo gracia tener

un parroquiano nuevo para el molino viejo de su corazón... Ángel se

hizo querer más que otros, porque era dominante, desconfiado, montaraz,

decía Julita. La convenció de que tenía la pobre muy mal gusto

literario, y le hizo leer las novelas de los Goncourt, que la aburrían,

y las de Balzac y demás maestros consabidos, que no las podía concluir

sin dormirse.

Pero al álbum-abanico no pudo hacerla renunciar. Aquel registro

de notabilidades más ó menos pasajeras siguió siendo la manía de

Julita; los amantes variaban; la manía siempre era la misma. Como se

decía que aquellos abanicos poéticos y artísticos eran las _actas

de los mártires_, es decir, listas de los amantes de Julita, ésta

creyó oportuno advertir á Trabanco que en tal supuesto había notoria

exageración.

--Oye, tú--le dijo un día:--la tirria que le tienes al abanico

ilustrado, como tú dices, no será porque creas que han sido amigos

míos, así como tú, todos estos señores... Te juro que nunca tuve nada

con Zorrilla, ni con Campoamor, ni con Pepe Luis...

--No; si á quien yo temo es al _nuevo Parnaso_.

--Yo soy franca, ya lo sabes; un cómico francés, que fué íntimo de

casa, allá en París, me decía que ya Molière, en una comedia que se

llama _L’Etourdi_, justificaba la brevedad de los amores: cuanto más

breves sean los extravíos, menos malos serán.

Y la de Frondoso, con mediana pronunciación, repetía siempre que

hablaba de esto:

_Si notre esprit n’est pas sage á toutes les heures,

Les plus courts erreurs sont toujours les meilleurs._

--Y tú no puedes quejarte, Nerón--añadía la simpática matrona--; hace

un siglo que te quiero.

Y era verdad; la de Frondoso se había acostumbrado á su poeta del

molino viejo, y no llevaba trazas el trueno de venir por causa de ella.

Pero al vate le llamaron á su pueblo, donde le esperaba una buena

moza, que le quería muchos años hacía, y que acababa de heredar algo

más sólido que los poemas descriptivos. Trabanco habló claro. Julita

trató de disuadirle; le aconsejó que se quedara en Madrid para hacerse

_célebre de veras_; esto en el lenguaje de Julita, quería decir:

hacerse hombre político con el riñón cubierto. Le prometió ayudarle

con la influencia de su marido y otras que ella tenía... Quedaron en

discutirlo en el tren, saliendo juntos de Madrid, ella para Francia

y él para su pueblo... Si ella le convencía en unas cuantas horas...

seguirían juntos á Francia...

La de Frondoso no vió á Trabanco ni en la estación ni en el tren. No le

volvió á ver en muchos años. Le perdonó, le escribió; él contestó dos,

tres veces; después, ni cartas.

Julita perdonó esto también... y á los pocos meses para ella Trabanco

era un joven de porvenir, que había cortado la carrera casándose con

una _ingenua_ de pueblo. Y tan amigos.

* * * * *

Pasaron más de doce años, trece ó catorce; la de Frondoso siguió

viviendo en Madrid, y Trabanco en Barcelona, en Sevilla, en el

extranjero algunas temporadas; á Madrid no fué nunca más que de paso.

Muy de tarde en tarde, leía Ángel en los periódicos algo referente

á las tertulias de la señora de Frondoso; según los revisteros de

salones, el encanto de aquella morada era Luz, aquella _Bebé_ de que

tanto le hablaba _illo tempore_ Julita; la niña esbelta y precoz que

había visto él muy pocas veces, siempre de lejos.

Una tarde, en uno de sus raros viajes á la corte, Trabanco hablaba con

varios amigos, políticos y literatos, en un corrillo en la Carrera de

San Jerónimo.

Á tales fechas, Trabanco era muchas cosas antes que lírico. Con el

dinero de su mujer había hecho negocios muy sanos en la industria

taponera; el corcho y su mercado eran una de las preocupaciones más

importantes del poeta de cabeza gris y grandes patas de gallo alrededor

de los ojos, siempre enérgicos y soñadores. El corcho le había llevado

al estudio de ciertas cuestiones económicas muy prácticas; de estas

cuestiones había ido por asociación de hechos á la política, y en la

actualidad era un candidato á la diputación á Cortes, tan encasillado

como otro cualquiera. Pero seguía siendo poeta y viendo el mundo por su

aspecto de hermosura plástica; de tarde en tarde publicaba un tomo de

versos, muy elegante, con grabados muy bonitos. No le atormentaba la

mucha ó poca venta, como antaño; el corcho le permitía estar tranquilo

respecto de este particular. Regalaba muchos ejemplares, recorría

muchas redacciones y se hablaba bastante de los versos de Trabanco, sin

que nadie pusiera interés en negarle el talento poético, que ni subía

ni bajaba. Cuando había alguna vacante de académico de la Española, no

faltaban _críticos_ que _indicaban_ á Trabanco, sin escándalo de nadie.

Y nada más. Ésta era toda su gloria. Como se ve, Trabanco no había

llegado á ser _célebre de veras_, como la de Frondoso hubiera querido,

y acaso hubiera conseguido si él no se hubiese separado de ella y de la

corte.

En fin, aquella tarde, cuando más animada estaba la conversación del

corrillo, dos damas muy bien vestidas, altas las dos, una vieja y otra

muy joven, deslumbradora de lozanía y belleza, pasaron junto á aquel

grupo, que se abrió para dejar libre la acera.

--¡Ibáñez!--exclamó la dama entrada en años deteniéndose y alargando

una mano á un buen mozo, pero muy gastado, que formaba parte del corro.

--Señora... Luz...

--Me tiene usted olvidada.. Y tú, Luz, ríñele...

--No lo crea usted. Mañana mismo...

--Sí, siempre mañana...

--Mañana sin falta tiene usted eso en el palco; ¿no le toca á usted

mañana en el Español?

--Sí, sí; ¿pero están ya hechos?

--Sí, señora, sí. No valen nada... pero...

--¡Oh! eso es modestia... ¡Oh, Trabanco! Usted por aquí... cuánto

tiempo...

--Sí, señora; catorce años lo menos...

--Sí, catorce...

--¿Y ésta es?

--Luz...

--¿Bebé?

--Sí, Bebé... ¿Ha crecido, eh?

Y Luz, sonriente, sencilla, _natural_, mucho más natural que los versos

de Trabanco, miró y saludó con un apretón de manos, al antiguo amante

de aquella madre de quien ella nada malo sabía ni sospechaba.

Siguió la conversación entre las señoras, Ibáñez y Trabanco. Ibáñez era

poeta también, pero de otra generación... literaria, aunque poco menos

viejo que Trabanco. Pero Ibáñez estaba de moda, era entre místico y

diabólico y con las señoras tenía mucho más partido que Trabanco había

tenido en sus mejores tiempos. Además, vivía casi siempre en París ó en

Londres, y esto le refrescaba la fama como si fuera sal.

Lo que Julita Frondoso, anciana respetable, muy bien conservada, le

pedía á Ibáñez era, efectivamente, unos versos para un abanico de Luz.

Luz tenía también álbum-abanico, ó mejor, lo tenía su madre á nombre

de Luz. La arrogante moza, figura de Diana, era pura, noble, enérgica;

si coqueteaba, era por procedimientos que nada tenían que ver con las

letras ni con los abanicos.

Pero Trabanco, al oir lo del álbum, miró á la virgen arrogante y

tranquila, y un momento temió que el álbum de la hija, sugestión de la

madre, fuera un registro simbólico, como aquel otro abanico en que él

había escrito: “El molino viejo”...

Por lo demás, Trabanco y la de Frondoso se miraban y se sonreían, como

dos antiguos conocidos que nada recordaban de intimidades y ternezas...

Aún Trabanco, como poeta, daba cierto tinte de filosófica _añoranza_ á

las reminiscencias comunes... pero la de Frondoso, nada absolutamente,

nada parecía recordar; es decir, se acordaba de todo, pero como si no.

En una casa que veían enfrente habían tenido su nido de amores, pues

allí vivía Ángel, y allí le visitaba Julita. Trabanco lo recordó, miró

á la casa, al balcón de su gabinete... También, por casualidad, la de

Frondoso miró hacia allí... pero sin pensar en nada remoto, pensando en

Ibáñez, en Luz... en el álbum, en los versos que Ibáñez prometía llevar

al teatro al día siguiente...

¡La de Frondoso! ¡Oh! una señora muy respetable. Aquella gente nueva

nada malo sabía de tal dama; se había olvidado su vida alegre; no era

ya nadie más que la madre amabilísima de una de las muchachas más

hermosas y elegantes de Madrid... En cuanto al álbum-abanico... era una

manía inocente, inofensiva, que todos seguían respetando.

Trabanco, viendo seguir calle arriba á la dama vistosa, siempre

alegre... siempre frívola; sin los vicios que la edad le había hecho

abandonar, pero con la manía que era como la cáscara, ya vacía, del

vicio, pensó para sus adentros una porción de cosas, filosóficas como

ellas solas, de una filosofía ni pesimista ni optimista... casi cómica.

Y se dijo lleno de benevolencia irónica...

--¡Qué diferencia entre Julita Frondoso... y la _Magdalena_.

UN REPATRIADO

Antonio Casero, de cuarenta años, célibe, doctor en Ciencias, filósofo

de afición, del riñón de Castilla, después de haber creído en muchas

cosas y amado y admirado mucho, había llegado á tener por principal

pasión la sinceridad.

Y por amor de la sinceridad salía de España, por la primera vez de su

vida, á los cuarenta años; acaso, pensaba él, para no volver.

Véanse algunos fragmentos de una carta muy larga en que Casero me

explicaba el motivo de su emigración voluntaria:

“...Ya conoces mi repugnancia al movimiento, á los viajes, al cambio

de _medio_, de costumbres, á toda variación material, que distrae,

pide esfuerzos. Este defecto, porque reconozco que lo es, no deja de

ser bastante general entre los que, como yo, viven poco _por fuera_, y

mucho por dentro, y prefieren el pensamiento á la acción.

“Verdad es que la misma historia de la filosofía nos ofrece ejemplos de

grandes pensadores muy activos, muy metidos en el mundanal trasiego,

como, v. gr.: Platón, con sus idas y venidas á Sicilia, sin contar

otras idas y venidas y su discípulo y rival Aristóteles, que no fué

_peripatético_ sólo en su escuela de Atenas, sino recorriendo mucha

tierra y viendo y haciendo muchas cosas. De los modernos, se puede

citar, entre los muy activos, á Descartes y á Leibnitz, por más

ilustres. Pero, con todo, entre los de nuestras aficiones, son más

los que siguen el ejemplo de Kant, que apenas salió en su vida de su

Königsberg. Carlyle, en su _Viaje á Francia_, póstumo, nos hace ver la

gran importancia que da al acto de _valor personal_... de decidirse

á hacer la maleta y pasar el Estrecho; y Paul Bourget, en su novela

_El discípulo_, nos ofrece la psicología del pensador sedentario que

pasa las de Caín porque tiene que ir de París á una ciudad cercana.

Yo, aunque indigno, también aborrezco los baúles, las facturas, los

andenes, las fondas, los trenes, las caras nuevas, la vida nueva, la

congoja infinita de variar, en todo lo que se refiere á las necesidades

del mísero cuerpo y á las nimiedades de la vida social.

“Muchas veces me han censurado, y hasta se han reído de mí, creo, porque

nunca he salido de España. ¡No he estado en París! ¡París! Magnífico,

si yo pudiera llevar mi casa conmigo, como el caracol... y, por

supuesto, ir por el aire. El mundo civilizado, sobre poco más ó menos,

en lo que merece atención, es lo mismo ya en todas partes, y lo que

varía de región á región es lo que mortifica al sedentario maniático,

cual yo, que en ropa, alimento, lecho, vivienda, costumbres de la

vida ordinaria, no puede sufrir las variaciones. Yo me siento hermano

del chino, del hotentote; pero ¡cómo pondrán el caldo por ahí fuera!

Francia es como patria de mi espíritu; pero ¡creo que por allí dan un

chocolate!...

“...Y, á pesar de todo eso, emigro; sí, me voy; dejo á España. _Dimito._

“Sí, dimito, por creerme indigno de ella, mi magistratura de español _en

activo_. Yo, sobre que, después de pensar y sentir muchas cosas en esta

vida, en que tanto he reflexionado y sentido, ahora tengo por _deidad_

la sencillez sincera, la humilde ingenuidad para conmigo mismo; no

quiero, como diría Bacon, _ídolos_ de la _caverna_, ni del _teatro_, ni

del _foro_, ni de la _tribu_; mi ídolo es la sinceridad ¡Culto austero,

amargo; pero noble, sereno!

“Pues, bien, amigo mío, ahondando en mi espíritu, mirando _cara á cara_

mi sentir más íntimo, he llegado á convencerme de que... yo _no siento

la patria_. No, no la siento como se debe sentir; lo mismo me sucede

con la pintura: digo que no la siento, porque comparo el efecto que

me produce con el que causa á otros, y con el que yo experimento en

presencia de la música buena, de la poesía, de la arquitectura, y veo

su inferioridad palmaria. La patria es una madre ó no es nada; es un

_seno_, un _hogar_, se la debe amar, no por _a_ más _b_, no por efecto

de teorías sociológicas, sino como se quiere á los padres, á los hijos,

lo de casa. Yo no amo así á España; me he convencido de ello ahora al

ver nuestras desgracias nacionales y lo poco que, en resumidas cuentas,

las he sentido. No, no me quieras consolar de esta decepción íntima

diciéndome que casi todos los españoles están en el mismo caso. Es

verdad, pero allá ellos; que emigren también. Sí, ya sé que los más,

sin descontar aquéllos que han impreso su dolor patriótico en multitud

de ediciones, en rigor, han visto pasar las cosas como si la lucha de

España y los Estados Unidos fuera _res inter alios acta_.

“La misma observación, honda, amarga, despiadada, pero sincera, que

he aplicado á mis íntimos sentimientos, la he podido hacer en torno

mío. No hablemos de los egoístas francos, militares ó paisanos, que

porque la ley, deficiente sin duda, no les exigía un sacrificio

directo, ni de su persona, ni de sus bienes, veían con la indiferencia

menos disimulada las catástrofes que nos hundían; no hablemos tampoco

de los patrioteros hipócritas que por oficio tienen que emplear á

diario toneladas de lugares comunes elegíacos en lamentar dolores de

la patria que ellos no experimentan; pero ¡si fueran ésos solos! Yo

he observado de cerca á quien ha luchado por España, ha expuesto su

vida defendiéndola, y ha merecido gloriosos laureles... Ese mismo,

que hubiera muerto en su puesto de honor..., lo hacía todo más por el

honor que por cariño real, de hijo, á España. No había más que oirle

relatar nuestras desventuras que había visto de cerca. No, no hubiera

hablado así de las desgracias de una madre, de un hijo. Sin darse él

cuenta, ajeno de hipocresía, bien se dejaba ver que más influía en

su alma la alegría del noble orgullo, por su valor, su pericia, su

brillante campaña, que el dolor por lo que España había perdido. Aquel

héroe vencido, no había alcanzado menos gloria que la que el triunfo le

hubiera podido dar; por eso estaba contento... y la patria, por la que

hubiere muerto, quedaba en su espíritu, allí, en segundo término, como

una abstracción de la geometría moral, exacta, pero fría...”

* * * * *

“Además, yo me siento poco español. Creo en el genio nacional; no sé

en qué consiste precisamente; pero en ciertos momentos de la historia

pragmática, y más en los rasgos populares y en ciertas cosas de

nuestros grandes santos, poetas y artistas, adivino un fondo, mal

estudiado todavía, de grandeza espiritual, de originalidad fuerte.

En Santa Teresa y en Cervantes es donde yo adivino más caracteres

esenciales de ese genio. Pero... ¡es tan recóndito y obscuro todo

eso! En cambio, saltan á la vista, me hieren con tonos chillones y

antipáticos las cualidades nacionales, mejor, los vicios adquiridos,

que me repugnan y ofenden. Este predominio, casi exclusivo, de la vida

exterior, del color sobre la figura, que es la idea; de la fórmula

cristalizada sobre el jugo espiritual de las cosas; este servilismo del

pensamiento, esta ceguedad de la rutina, y tantas y tantas miserias

atávicas contrarias á la natural índole del progreso social en los

países de veras _modernos_, me desorientan, me desaniman, me irritan...

y me marcho, me marcho. Excuso decirte que no creo en regeneraciones

ni en _Geraudeles_ patrioteros... Ni yo merezco vivir en España, ni

España es de mi gusto. Yo no me siento capaz de sacrificar por ella

lo que toda patria merece; no tengo, pues, derecho á que su suelo

me sustente, su ley me ampare. Ella á mí no me ha dado lo que yo

más hubiera querido: una sólida educación intelectual y moral, que

me hubiera ahorrado esta farsa de semisabiduría en que vivimos los

_intelectuales_ en España. No puedes figurarte lo que padece mi amor

de sinceridad, hoy mi fe, con este fingimiento de ciencia prendida con

alfileres á que nos obliga la mala preparación de nuestros estudios

juveniles. Yo veo mi poder reflexivo, mis facultades intuitivas, mi

juicio y mi experiencia, muy superiores á los medios de instrucción

sólida de que dispongo, para aprovechar en la sociedad esas facultades.

Si no fuera español, sino francés, inglés, alemán, no tendría que

lamentar tan bochornosa deficiencia. Ser tuerto en tierra de ciegos, no

puede ser consuelo más que para egoístas y vanidosos. Yo quisiera tener

dos buenos ojos en tierra en que no hubiera ni tuertos ni ciegos. Ser

de la multitud, en Atenas...

“...No se puede creer en regeneradores, porque faltan las primeras

materias para toda regeneración. Emigro; ni yo creo en España, ni ella

debe esperar nada de mí. Cuando perdimos las escuadras, cuando se

rindió Santiago, me puse un poco malo del disgusto... Sí, poco; pronto

sané, más contento con este orgullo de querer _algo_ de veras á la

patria, que apenado con las irremediables desgracias... Por la pérdida

de padres y de hijos, se siente otra cosa más fuerte, más honda: el

dolor por la ausencia de la madre no lo endulza la conciencia de la

ternura filial; en cambio, al sentir que yo quería á España algo más

que los patriotas vocingleros, me sorprendí gozando de cierta alegría

íntima... Y después, ¡qué pronto fuí olvidando las pérdidas, las

vergüenzas nacionales!... No, España; no te merezco. Ni mi espíritu,

hecho extranjero por lectura de franceses, ingleses y alemanes, te

comprende bien, ni soy, en definitiva, un buen hijo. Seré el hijo

pródigo... que no vuelve.”

* * * * *

Pero volvió. Yo me encontré al pobre Antonio Casero en la Puerta del

Sol, disponiéndose á subir á un ómnibus que le llevara á... los toros,

á una novillada cualquiera. Volvía de Inglaterra, Alemania y Francia,

triste, desmejorado, flacucho.

--Estoy--me dijo--como aturdido. He llegado á ese escepticismo de la

conducta, mil veces más angustioso que el de la inteligencia. ¡No sé

qué hacer! ¡No sé dónde estar! Huí de España, como sabes, con gran

esfuerzo, no por apartarme de ella, sino por cambiar, por moverme.

Sabes las razones que tuve para emigrar. Pero ¡fuera de España tampoco

_sabía vivir_! ¡Tenía la patria más arraigada en las entrañas de lo

que yo creía! El clima, el color del cielo, el del paisaje, su figura,

el modo de comer, el modo de hablar, lo extraño de los intereses

públicos, el no importarme nada de cuanto me rodeaba; las costumbres,

que me parecían irracionales por no ser las mías; todo me repugnaba, me

ofendía; todo era hielo y aspereza, una especie de magnetismo enemigo

que me acosaba en todas partes. Hasta respiraba peor. Tal vez lo más

espiritual de mi ser continúa siendo extranjero, pero cuanto en mí es

tierra, barro humano, que es lo más, ¡ay! es español y no puede vivir

fuera de la patria. No, no puedo vivir en España... pero tampoco fuera.

Y en tal conflicto... vuelvo, aborrezco el _españolismo_, pero me

llamo de hoy más _Vicente_, y me voy donde los demás españoles... á

los toros. _Natura naturans._ Después de todo, ¡qué sería de España si

emigrasen todos sus hijos ingratos, que no la aman bastante! Quedaría

desierta.

DOBLE VÍA

Al año de ser diputado y madrileño _adoptivo_, Arqueta ya era bastante

célebre para que todo el mundo conociera un epigrama que se había

dignado dedicarle nada menos que el jefe de la minoría más importante

del Congreso.

--“Ese Arqueta, había dicho, no sólo no tiene palabra fácil, sino que

no tiene palabra.”

Eso ya lo sabía Arqueta; nunca había pretendido ir para Demóstenes, ni

ése era el camino; pero el tener palabra difícil no le estorbaba, y el

no ser hombre de palabra le servía muchísimo. Claro que este último

defecto le acarreaba enemistades, pues las víctimas de aquella carencia

le aborrecían é injuriaban; pero ya tenía él buen cuidado de que

siempre fueran los caídos los que pudieran comprobar toda la exactitud

del epigrama... de la minoría. ¿Á que nunca había faltado á la palabra

dada al presidente del Consejo de Ministros ó á cualquier otro

presidente de alguna cosa importante? ¡Ah! pues ahí estaba el toque. Lo

que era, que muchas veces había que navegar de bolina; algunas bordadas

había que darlas en dirección que parecía alejarle de su objeto, del

puerto que buscaba, pero aquel zis-zás le iba acercando, acercando, y

á cada cambiazo, ¡claro!, algún tonto se tenía que quedar con la boca

abierta.

Orador, ¡no! La mayor parte de los paisanos suyos que habían sido

expertos pilotos del cabotaje parlamentario habían sido premiosos de

palabra... y listos de manos. ¡La corrección! ¡Fíate de la corrección y

no corras! En el salón de conferencias, en los pasillos, en el _seno_

de la comisión, en los despachos ministeriales, Arqueta era un águila.

¡Cómo le respetaban los porteros! Olían en él á un futuro personaje.

Además, aunque el diputado Arqueta no esperaba su medro del poder

legislativo, se iba al bulto, ó sea al poder ejecutivo. Se agarró á

las faldas... de la señora del ministro de Hacienda y la declaró buena

presa; los Arqueta y Conchita Manzano, la ministra, se habían conocido

en un balneario del Norte.

Conchita era una jamona que procuraba prolongar el otoño de su vida

hasta bien entrado el invierno. Mejor. Ya sabía Arqueta que no se

le iba á dar miel sobre hojuelas; se contentaba con la miel, con el

turrón. En el balneario, aunque el trato fué de mucha confianza,

Arqueta no pudo conocer, de seguro, si la ministra era una de las

catorce señoras malas del P. Coloma.

Doctor Sutilis (Cuentos) · 第 13 / 17 段