Ramona se parecía á su padre: era alegre, soñadora como él, poco

activa, débil de carácter; no servía ella, como su madre y su abuela,

para cuidar la hacienda. Pero Roque de Xuaca, el marido que escogió

Rosa, sin consultar á Ramona, la mujer de Roque, era el aldeano más

codicioso y tenaz para el trabajo de todo el concejo. En su juventud,

mientras fué soltero, nunca fué á las romerías por las mozas, sino por

los bolos. Ganar algunos céntimos en la bolera, á fuerza de sudores,

era todo su recreo. El resto de la semana, en vez de los bolos del

domingo, tenía la _fesoría_, la pala, la guadaña... los céntimos se

los sacaba á la tierra. Se casó sin amor, sin nada más que codicia;

dispuesto á ser el amo cuanto antes. Rosa murió pronto, y Roque empezó

á tratar á su suegro peor que al perro, que le servía más guardándole

la casa.

Manín temblaba ante el marido de su hija; no pensó en disputarle el

dominio: desde luego aceptó su papel de carga inútil. Trabajar de veras

no podía, no sabía; cada vez menos. Á pesar de las buenas apariencias,

Manín por dentro se sentía viejo, muy débil, cada día con más necesidad

de amparo, de que le cuidaran, de que le dejasen sus aficiones de pobre

diablo amigo de los tragos dulces, de la excitación alegre del licor...

Pero Roque no consentía ni siquiera lo que Rosa había tolerado por

desprecio. Roque de Xuaca era brutal, soez, cruel. Á Ramona la tenía

en un puño, y la pobre hija de Manín, siempre enferma, no se atrevía á

defender á su padre. Ni Manín se quejaba delante de Ramona, por miedo

de que el marido la maltratase si ella abogaba por su padre.

Roque ensayó lo imposible: obligar á Manín á trabajar de veras, con

provecho y constancia. Manín sólo tuvo fuerzas de voluntad... para

oponerse á tales ensayos, nuevos en su vida y de fracaso seguro. Lo

que es trabajar como los demás no trabajaría por mucho que mandara

Roque. Podía matarle de hambre, de un palo; pero hacerle pasar el día

encorvado rompiendo terrones, era imposible. Pero el de Xuaca no se

dió por vencido. Renunció á tener en Manín un esclavo que le ahorrase

un criado, pero no renunció á sacar del pobre viejo todo el partido

posible. Como á un chicuelo, se le obligaba á llevar el ganado al

pasto, era el _rapacín de la llinda_ y se le empleaba en otras labores

fáciles, sencillas, pero molestas para un anciano. Y, por supuesto,

se le acortó la ración. Se acabaron los buenos tragos, los viajes en

pollino á la villa, los bocados de pan tierno, la ropa limpia y fresca;

hasta se le echó del cuarto desahogado y caliente que ocupaba en la

casa nueva y se le obligó á vivir en la choza antigua de la casería, á

un tiro de fusil de la vivienda de su hija. Para Roque, su suegro era

menos que el último jornalero.

Manín se sintió aislado, sitiado por hambre; quería matarle á fuerza

de hastío, de soledad, de privaciones... ¡Málaga, rosa, marrasquino!

¡Recuerdos del bien perdido! Ni una _copiquiña_ en un año. _Borona_,

_fabes_, agua... un poco de leche, poco... y lo demás tristeza, frío,

soledad, aburrimiento... Lo que no podía Roque era vencer la afición de

Manín á las delicias de que le privaba. Soñaba con ellas, no pensaba

en otra cosa. La privación de aquellos placeres materiales, de los

buenos tragos, de los buenos bocados, le hacía dar un interés exclusivo

á tales cosas; toda su voluptuosidad, que antes se esparcía en tantas

delicias, el amor, la música, la vaga poesía del ensueño, la danza, la

conversación alegre... ahora se reducía á complacencias del paladar,

que no podía conseguir, y que cada día deseaba con más fuerza.

Cuando le echaban en cara su apego á tales apetitos groseros, Manín se

enternecía, con lástima infinita de sí mismo, y, como un anacreonte

elegíaco, procuraba demostrar que á un pobre viejo que ya no podía

gozar de otros placeres, los buenos tragos, los buenos bocados se le

debían como se le debe el respeto.

Pero Roque le trataba peor cada día: llegó á reducirle á la condición,

casi casi, de un mendigo.

* * * * *

Murió Ramona en un mal parto. Roque, seguro de tiempo atrás de que con

la casería se quedaba él, se vistió de negro, con ropa de invierno en

Agosto, antes de que el cadáver saliera de casa. Puso el rostro duro,

compungido, con mueca avinagrada, y recibió á los señores curas y á

los parientes y vecinos que vinieron al entierro y á los funerales,

con seria amabilidad, sin extremar las manifestaciones del dolor, sin

olvidar sus deberes de amo de casa para con los huéspedes, pero sin

descuidarse un momento en su papel de viudo que debía estar por dentro

muy afligido. Con suspiros contestaba á los consuelos de rúbrica, y en

silencio pagaba con obsequios las máximas filosóficas y religiosas con

que los huéspedes procuraban mitigar la pena que él estaba en el caso

de sentir.

De Manín nadie se acordaba; pero él vino desde su destierro de la

cabaña vieja sin que le llamaran, y á nadie se le ocurrió echarlo de

allí, como tampoco se echaba al perro, que entraba y salía en la alcoba

mortuoria.

Manín estaba, más que afligido, aturdido, desorientado. ¿Qué iba á ser

de él? Algunos, los pocos que no sabían el desprecio con que se miraba

al pobre viejo en la casa, le daban el pésame y procuraban consolarle

también. Estos consuelos le hicieron pensar á Manín algo en lo que le

pasaba: perdía á una hija, á Ramona, su hija única... Su carácter de

padre exigía sentir una pena moral, honda... más honda... Manín sentía

una pereza invencible de padecer. Comprendió que si se empeñaba en

enternecerse, en afligirse, imaginándose _cosas finas_ como antaño

cuando comía y bebía bien y tenía la sangre caliente, conseguiría

algo, conseguiría atormentarse, recordar la niñez de Ramona, remotas

caricias... pero todo eso podía excusarse. Manín suspiraba, murmuraba

frases de resignación mezcladas con otras de dolor... pero se resistía,

en sus adentros, á dejar que la imaginación se le fuese por los campos

negros de la pena. Además, si pensaba en Ramona, tenía que pensar en sí

mismo, en cómo quedaba él... y aquello sí que era serio, terrible, cosa

positiva, perentoria, mal de un vivo, no de muertos, que ya no son...

No, no; nada de pensar en el dolor que le aguardaba...

Por el olfato empezó Manín á separarse de todas aquellas tristezas

imaginarias á que le invitaban los curas y los vecinos que le hablaban

de la muerta.

De la cocina, muy próxima, venían olores que eran delicias positivas

en forma de esperanza que casi se podía paladear. Entró en la cocina.

Se preparaba la gran comilona del funeral, el banquete en la aldea

inexcusable. El _xenru_, el yerno, Roque, estaba en todo; la dignidad

de la casería exigía aquel sacrificio: buena comida y muchos curas

á cobrar la pitanza. Mostrándose rumboso y no dejando un momento el

gesto avinagrado, que él creía de tristeza, probaba Roque lo que debía

á su papel de viudo mejor que con frases que no se le ocurrían. En día

tan lleno de cuidados no pensó en la difunta directamente ni cuatro

veces. Además, allí no había pasado nada en rigor: él ya era el amo;

continuaría siéndolo.

Manín, mientras el clero y los demás del duelo cumplieron con todas

las diligencias debidas al _cuerpo_ (así llamaban todos al cadáver de

Ramona), se quedó en casa alrededor de los pucheros, y cuando volvió

de la lejana iglesia el fúnebre cortejo, ya sabía el pobre hambriento

á qué atenerse; en la mesa principal, la de los clérigos, había puesto

para él, y había dos sopas, dos pucheros, tres principios, arroz con

leche, café, queso y vino y licores. Cuatro botellas de cuello largo

había visto él sobre la masera. Aquellos eran los licores. No sabía

leer y no pudo enterarse por los rótulos del contenido, pero no dudaba

de que algo de aquello sería dulce.

Manín se impacientaba. Tardaban en volver los clérigos y legos que

habían ido á enterrar á su hija, á su Ramona, y á cantarle un gorigori

de los repicoteados. ¿Si se quemaba el arroz con leche? ¿Y la sopa?

¿No se perdería la sopa? Si se hubiera atrevido él á meter baza en

la cocina, habría aconsejado á la respetable María Xuanón, la gran

cocinera de la comarca, que no echase el arroz y los fideos tan pronto,

porque las misas de difuntos cantadas con todo lujo son muy largas.

Manín se plantó, como gallo vigilante, en lo más alto de la

_saltadera_, entre la _quintana_ y la _llosa_, para adelantar los

sucesos, para dominar más camino y ver cuándo aparecían los primeros

señores que habían de volver de la iglesia y del cementerio. Por la

frente, para que no le deslumbrase el sol, Manín divisó el primer

grupo, negro, compacto; después otro de más gente, y otro y otro...

Volvían como bandada de cuervos que se disuelve. ¡Qué poca prisa se

daban! ¡Cuánta hipocresía!--pensaba Manín á su manera.--¡Vienen con

pies de plomo para disimular la gana que tienen de coger las tajadas!

Todos parecen abrumados por la pena, y están sintiendo exclusivamente

el hambre.

Cuando llegaron á la _saltadera_ los del primer grupo, Manín dejó el

paso libre. Los más eran aldeanos que le conocían bien; dos ó tres

que eran de la _villa_ le dieron el pésame otra vez, le estrecharon

la mano. Manín gruñó agradecido, pero algo turbado, como temiendo que

aquel honor no le correspondiera, en concepto de su yerno, el viudo, y

esto pudiera costarle el asiento que tenía á la mesa.

Roque llegó con el último grupo, con el cura de la parroquia, el

arcipreste y otros clérigos. No se dignó mirar al padre de su difunta.

Entre la gente del duelo ya se notaba que empezaba á ser tema viejo y

gastado el del triste suceso que allí los reunía y los daba de comer

aquel día. El elemento laico mostraba más hipocresía ó más cuidado

de las _formas_; aún se repetían los lugares comunes que debieran

servir de consuelo y no sirven; se conservaban los rostros con

expresión compungida. El clero disimulaba menos su indiferencia, y

esta franqueza del egoísmo inconsciente tiene algo de relativamente

simpática. Enterrar al prójimo era el oficio de aquellos buenos

párrocos y capellanes sueltos; de eso vivían; de modo que no era cosa

de llorarlo. Además, sin darse cuenta de ello, los curas mostraban,

entre los aldeanos, cierto aire de superioridad, así como de casta,

ó por lo menos de clase. Hablaban y bromeaban en presencia de los

destripaterrones casi con la misma libertad que empleaban en sus

gaudeamus de las fiestas, cuando todos eran de Iglesia. Las bromas

y libertades de los clérigos rurales podían no ser del mejor gusto,

ni graciosas, ni _correctas_; pero eran inocentes, casi infantiles.

Faltaban á ciertas reglas de urbanidad clerical, si cabe hablar

así, que hubiera exigido la presencia de un obispo, v. gr. Pero que

ofendiesen á Dios aquellas maneras algo descompuestas, no es cosa

segura.

Roque, de vuelta del entierro, ya era otro. Pensaba exclusivamente en

sus huéspedes, no en la difunta. El gesto de vinagre se atenuó; quedaba

el traje negro de invierno encargado de recordar el papel _social_ que

representaba el viudo. Servir bien á los señores sacerdotes, y á los

de la villa, y como se pudiera á los demás, éste era ya el único afán

del que iba á quedarse con la casería de que ya era dueño, _de hecho_,

hacía tantos años.

--¡Señores, á la mesa!--dijo Roque con tono solemne y algo fúnebre,

en pie, en medio de la puerta del corral, donde estaban muchos curas

examinando las vacas y los recentales.

--¡Santa palabra!--se atrevió á decir un capellán, picado de viruelas,

pequeño, vivaracho, que hacía alarde de ser travieso, franco y todo lo

mundano que las sinodales permitían.

Subieron todos al comedor, improvisado en la sala del piso alto,

estrecha, oscura y mal pintada de amarillo y verde; lujo introducido

por Roque, que era ambicioso y aspiraba al sibaritismo, allá, para

cuando ahorrara bastante.

Una cabecera la ocupó el arcipreste y otra el párroco de Llantones, que

fué diciendo:

--Aquí Jove, aquí Puao, aquí Contreces, aquí Granda...

Y así fué señalando silla á cada uno de los curas designándoles con el

nombre de la respectiva parroquia, si la tenían.

Á la derecha del arcipreste sentaron á Manín; á la del párroco de

Llantones se sentó Roque.

Manín hubiera sentido orgullo delicuescente si hubiera sido capaz de

apreciar que aquello del sitio era un honor. Pero él no picaba tan alto

en materia de pompas y vanidades, como la inspección de los pucheros y

ollas le habían dado la seguridad de que sobraba comida, hasta para los

pobres, no daba importancia al sitio, sino al hecho de estar sentado á

la mesa. El dónde, importaba poco.

--¡Don Manuel, ánimo! ¡Hay que comer, qué diantre!--dijo don Primitivo,

el curita de las viruelas, que estaba cerca del aturdido Manín.

--Sí, señor; ya lo creo. Comeremos... ¡qué remedio!...

Iba á suspirar, pero lo dejó, porque lo reputó una excusada y

repugnante hipocresía. Su Ramona, que le vería desde el cielo, ó desde

el purgatorio, de fijo aprobaría su conducta; además, con ella, con su

hija, no tenía para qué andarse con cumplidos: harto sabía ella que su

padre no había comido cosa fina, comida de curas nada menos, muchos

años hacía. ¿Cómo no habían de alegrársele los sentidos? ¡Olía tan bien

la sopa humeante! Estaba la mesa tan blanca, el pan parecía tan tierno,

tan caliente y generoso el vino... ¡Quién dijo pena!... es decir, pena

sí, claro; pero luego, luego... á otra hora, otro día... muchos días...

¡sí, carape, muchos días!... más cada día, acaso... ¡Recontra! ¡pues no

iba á ponerse á pensar en aquello tan negro, tan triste!...

--¿Arroz ó fideos... Manín?--preguntó el arcipreste.

--_Mezámelo, mezámelo_--contestó el padre de Ramona con humildad y

candor de paloma.

Quería decir que le dieran fideos y arroz.

Comía, devoraba Manín; á dos carrillos; engullía de prisa, como perro ó

gato que asalta una despensa, mirando receloso á su yerno entre bocado

y bocado. Roque estaba muy ocupado con sus atenciones de amo de casa

que quiere agasajar á los huéspedes. Por eso--pensaba Manín--le dejaba

á él comer todo lo que quería.

Sonreía el padre de la difunta á derecha é izquierda, mirando á todos

con expresión de agradecimiento y ternura, como diciendo: ¡Gracias,

señores; gracias por admitir al mísero padre de Ramona, que en paz

descanse, á esta mesa tan bien servida, donde va á sacar la tripa de

mal año, de muchos malos años!

La primera copa de buen vino de Toro la recibió el cuerpo de Manín

como si con ella le hubiesen ungido rey y emperador de la felicidad

terrenal. ¡Qué cosas de cariño, de intimidad caliente, familiar, llena

de recuerdos dulcísimos, le decía el jugo de la uva al caerle por la

garganta abajo!

Vino el primer cocido, el puchero fresco, lleno de golosinas, tales

como buen chorizo, jamón, menudos de gallina, tocino rancio, y Manín

dejó que le llenara Don Primitivo el plato, hasta convertírselo en

pirámide, de todas aquellas delicias del estómago.

La conversación empezaba á animarse. No había ya reserva alguna,

hipocresía de ningún género, ni aun por parte del elemento laico, que

antes fingía cierta pena. Así como cuando hay fiesta nadie se acuerda

del santo, ahora nadie se acordaba de la difunta, á cuya salud...

eterna estaba comiendo toda aquella concurrencia de cristianos tibios.

Se habló de la cosecha, del último concurso convocado por el señor

obispo, de los masones; pero la alegría franca, aunque no descarada ni

de manifestaciones bulliciosas, no se mostró hasta que comenzaron los

chascarrillos. Á Manín le parecía inagotable el vino, y como el vino

los cuentos; creía que aquellos señores curas sacaban del fondo de los

vasos todas aquellas historias que acababan siempre por un chiste, que

reían todos, y que él no entendía las más veces, pero celebraba también

con una carcajada y un trago. Los cuentos eran, los más, relativos al

clero; solía ser el héroe un famoso cura de La Parada, á quien Manín

estaba admirando y envidiando, como César á Alejandro. ¡Si él hubiera

sido párroco! ¡Qué tragos, qué pitanzas, qué comilonas!

* * * * *

Vino la morcilla, con las _fabes_ y el _llacón_ y la sidra. ¡Madre de

Dios, qué recuerdos de dicha olímpica despertaban en las entrañas de

Manín aquellos olores! Sí, en las entrañas; porque eran recuerdos,

sensaciones, deleite de paladar _alucinado_ por evocaciones de

remota harturas; asociación de ideas, y aún más, de voluptuosidades;

sentimentalismo de la gula... ¡qué sabía el pobre Manín! Pero ello era

un encanto, estómago y corazón participaban de la delicia...

¡La juventud, la abundancia... el pasado... su madre, su mujer... su

hija... sus ensueños!... Manín aflojó el cinto ruin con que sujetaba

los pantalones, se limpió el sudor de la frente con la servilleta... y

se bebió de un trago un vaso de vino tinto.

Carne asada, un pato, calabacines rellenos... todo eso fué pasando por

la mesa y de todo comió el de Pepa José como por cuatro; y de camino

bebía como seis...

Indudablemente, el mundo ya le parecía otro: quería pensar y echaba de

menos lo que él no sabía que se llamaba lógica; quería sentir y sentía

cosas extrañas, ilógicas también; por ejemplo: perdonaba á su yerno y

le abrazaba, _in mente_ y al recordar á Ramona no le dolía mucho por

dentro, sino que la veía como en el centro de la tierra muerta de risa

y contenta de ver á su padre tan bien comido y en camino de coger una

borrachera de las que se duermen dos días...

Manín, sin miedo á su yerno ni al arcipreste, rompió á hablar alto,

y contó cuentos verdes, y filosofó á su modo acerca de la comunión

de los santos y el perdón de los pecados. Dijo lo que quiso, nadie

le fué á la mano. El infeliz creía que todos estaban tan exaltados

como él; no podía notar que desentonaba, que la alegría de los demás

era contenida, expresiva sin estrépito, sobre todo, sin imprudencias,

sin paradojas sentimentales... Nada de eso podía ver, se puso en pie,

peroró, lloró, abrazó á diestro y siniestro... y cuando llegó la hora

de los licores, abrazado á la botella de aniseta, pegajoso y dulzón,

cantó á su modo, en prosa bable, una égloga elegíaca, invocando el

derecho de gozar del presente, de aquella orgía, que lo era para él la

comilona; y se esforzaba en compaginar, con palabras incoherentes, el

dolor y la alegría, su desgracia cierta y su pasajera delicia, con no

menos poesía, en el fondo, y no menos incomprensible para el vulgo, que

Shelley cuando quiere en el _Epipsychidion_ armonizar el amor á dos

mujeres á un tiempo.

Roque dejaba á su suegro disparatar, desentonar, descomponerse,

escandalizar... Le convenía... Ya lo veían aquellos señores; testigos

eran: quedaba explicado por qué él trataba al padre de su difunta como

á un perro... Si se le dejaba comer y beber bien, se ponía así, loco...

* * * * *

El escándalo fué mayúsculo. “Tenía razón Roque: su suegro era

_imposible_.” La opinión, en las aldeas del contorno, fué unánime. En

la comida del entierro nadie, ni los más indiferentes al duelo de la

casa, se habían extralimitado. Se había querido, como siempre, distraer

á la familia, contando chascarrillos, animando la conversación, pero

todo con cierto tino, sin salir del tono conveniente... y él, Manín,

el padre de la difunta, se había emborrachado, y había cantado coplas

sucias y había llorado... vino y sidra... ¡Horror!

* * * * *

Algunos meses después, ni Roque, ni el párroco de Llantones, ni el

arcipreste, ni ninguno de aquellos comensales tan morigerados se

acordaban ya, ni en sus cortas oraciones, de la pobre Ramona, que comía

tierra. De lo que sí se hablaba algunas veces todavía era del escándalo

que había dado Manín de Pepa José en la comida de los funerales de su

hija...

Manín volvió á su choza miserable, á su vida de perro pastor;

decrépito, comiendo como un anacoreta... borracho de lágrimas, de

recuerdos, de necesidad... lleno de lástima de sí mismo... y viendo el

mundo vacío, enemigo, con él porque por él ya no cuidaba aquella hija

que parecía ruda y era como el aire, como la luz, como el calor... La

necesitaba, con ansias de enfermo caduco... y ella no venía, no volvía,

no podía volver...

Manín deseaba un remedio que no sabía buscar, en sus cortos alcances;

el remedio que él quería era el suicidio, pero no daba con él. Los

animales no suelen suicidarse, aunque padecen mucho á veces. Manín era

como un rocín viejo, podrido, desamparado... que no sabía suicidarse.

Acaso estaba chocho, con la idea-dolor fija de su Ramona... que no

estaba allí, en Llantones... en la casería... para compadecerse del

pobre viejo, y darle aire, luz, calor... vida... la vida aquélla que ni

se marchaba ni se quedaba; que él tenía y no tenía... Para su delirio

de penas, Ramona ausente era el sol muerto, y él, Manín, desnudo, en la

calle, tiritando de frío... ¡con miedo, con sed, con hambre!...

ÁLBUM-ABANICO

Ó al revés, abanico-álbum _como gustéis_. La señora de Frondoso tenía

uno, célebre en todo Madrid. Por el tiempo en que comienza esta fiel

historia de sucesos reales, ya el álbum de versos y dibujos era cosa

bastante desacreditada, y el abanico convertido en álbum, el colmo de

lo cursi. Pero la señora de Frondoso había leído en _Pepita Jiménez_

que la esencia de lo cursi estaba en el excesivo temor de parecerlo;

y se hubiera creído más cursi que todas las cursis juntas si hubiera

renunciado á que la pusieran versos en los abanicos, considerando

que se había abusado de este género de galantería, que ya apestaba

al mundo, pero que á ella no le apestaba. Y en el círculo de sus

relaciones, ó mejor, en la corte de Cupido que la rodeaba, lo ridículo

é impertinente era quejarse de la anticuada manía.

--Fulanito, tiene usted que hacerme algo para el abanico--decía la de

Frondoso á cualquier nuevo amigo presentado en su círculo escogido--; y

Fulanito se guardaba de repetir los lugares comunes que corrían contra

los abanicos literarios, y prometía escribir, y escribía y procuraba

esmerarse. ¡Vaya, y que era fácil distinguirse entre aquellas patas

de mosca que llenaban el _país_ del álbum de viento! Ayala á la

derecha; Campoamor por arriba; Núñez de Arce, con su _Excelsior_, por

debajo; Manuel del Palacio á babor...; Echegaray allá á lo lejos...

No había formas desconocidas, ni aficionados completamente memos;

todos los firmantes eran poetas de verdad, ó, por lo menos, mozos de

chispa, ó buenos mozos, ó ilustres políticos, ó periodistas célebres,

ó cómicos insignes. Dígase pronto, porque ello se ha de saber. La

señora de Frondoso amaba mucho; y su marido, secretario del Círculo,

consejero de ferrocarriles y afortunado bolsista, no había sido más

que uno de los primeros eslabones de una cadena de oro con que ella

voluntariamente sujetaba el corazón. Era rica, hermosa todavía, muy

franca, muy bien educada, digámoslo así; muy afable, muy natural, nada

gazmoña. Su esposo era un hombre muy simpático y muy influyente, amigo

y deudo de grandes personajes, algunos de escogida aristocracia... Todo

Madrid sabía que Julita Medero, ó á la francesa, como la llamaban,

Julita Frondoso, era... la _Pródiga_; y sin embargo, no sólo las

catorce señoras malas que hay en la corte, según la estadística del

P. Coloma, sino las muchas docenas de damas intachables de la más

culta y distinguida sociedad, transigían con Julita, y la llevaban en

palmas, siempre que ella quería, que no era todo el año. Porque había

temporadas en que se la veía muy poco entre la gente de su _mundo_, y

entonces ó desaparecía ó iba á sitios poco _distinguidos_ con otras

damas, también ricas y de mucho tono... pero un poco separadas del

trato de las familias más escrupulosas.

La de Frondoso volvía á los _suyos_ siempre que quería, y nadie temía

que trajera consigo la peste que hubieran podido pegarle aquellas

_otras_.

Doctor Sutilis (Cuentos) · 第 12 / 17 段