En la ópera, en la serenata de Mefistófeles... Á ver, acaba. ¿Es verdad

que estoy yo aquí, ó no?

FAUSTO

No sé... No sé...

MEFISTÓFELES

Pregunta á Kant...

FAUSTO

No sabe...

MEFISTÓFELES

Pregunta á Spencer...

FAUSTO

¡Psche!... Ése sabe demasiado. Dice que está seguro de que una realidad

está ante él...

MEFISTÓFELES

¿Y no es ésa la última moda?

FAUSTO

Mira, estos metafísicos novísimos

Señalando una revista.

le prueban á Spencer que de lo que está seguro es de que ve la realidad

como cosa segura... pero de que lo sea, no.

MEFISTÓFELES

De modo, que no podemos entendernos; ¿no puedes responder de que yo te

hablo en efecto?

FAUSTO

No sé si puedo ó no puedo responder.

MEFISTÓFELES

Ni eso. ¡Oh, ciencia humana!

FAUSTO

No hay otra, y á lo menos es leal.

MEFISTÓFELES

Oye, deja los metafísicos; toma esa otra revista, lee ese artículo

científico, no filosófico; su autor sabe las cosas como el diablo,

relativamente. Mira lo que dice: que “la vigilia se distingue del sueño

en que durante el sueño no tenemos conciencia, soslayada del resto

del universo, y en la vigilia acompaña á la conciencia del objeto

particular de la atención la de sus relaciones con los demás”...

Reflexiona... ¿Qué ves?

FAUSTO

¡Oh, sí! Me acompaña la conciencia de los demás en relación discreta,

no continua; veo en mí fenómenos de conciencia concomitantes... Pero la

prueba no me parece segura.

MEFISTÓFELES

Otra cosa. ¿Quién soy yo?

FAUSTO

El diablo.

MEFISTÓFELES

¿Crees en el diablo?

FAUSTO

No.

MEFISTÓFELES

Pues cree... _quia absurdum_.

FAUSTO

Supongamos que está ahí...

MEFISTÓFELES

Ésa es la fija. Todo para ahí. Querer es reconocer; ya lo dicen

nuestros filósofos de ahora...

FAUSTO

Pero como pueden equivocarse...

MEFISTÓFELES

¿Vuelta á empezar? No le des vueltas; cree, mientras nos entendemos.

Primero es vivir, después, filosofar. Vengo á un negocio; cuestión de

derecho; un contrato; y estas cosas serias necesitan una metafísica

positiva; sin _fas_ no hay _jus_. Aunque me esté mal el decirlo, sin

Dios no hay justicia. Ten fe hasta que firmes.

FAUSTO

¿De qué se trata, de venderte el alma? ¡Pero entonces esto es una idea

fija! Deliro...

MEFISTÓFELES

No, no te asustes. Ahora no es eso. ¡Infeliz, qué más quisieras tú

que poder vender el alma! Señal de que creías en ella. Pero como eres

honrado... por herencia, por evolución ¿á que no te atreves á vender lo

que no sabes si tienes ó no tienes?

FAUSTO

¿Qué quieres entonces?

MEFISTÓFELES

Otra cosa, Fausto ¿qué preferirías, saber ó gozar?

FAUSTO

Saber. Ahora saber. Verdad ó sueño, lo que nos pasó la otra vez me

tiene escarmentado. Estoy convencido de ello; en el fondo de lo que

soy, que no sé lo que es, sé que hay orgullo. Mi orgullo rechaza

el gozar empírico, la vida de fenómeno en fenómeno, carrera eterna;

sensación sin fin, á través de lo inagotable... ¡Infierno de cansancio

y de hastío y de humillación! ¡Lo infinito paso á paso! Oh, no; tanto

vale lo mucho como lo poco: sólo vale el todo. Quiero lo absoluto. Lo

absoluto ó nada. No quiero sentir, sin saber por qué, ni para qué.

Quiero ver si el gozar es una puerilidad indigna de mí. La verdad me

dirá lo que me conviene. Antes de tener la absoluta verdad no puedo

racionalmente saber lo que es preferible. Luego es preferible, para

escoger la verdad. ¿Por qué te ríes, Mefistófeles?

MEFISTÓFELES

Lo sabrás cuando sepas la verdad absoluta. He aquí el contrato: aunque

la psicología moderna no admite esos símbolos clásicos é inocentes que

ponen el sentimiento en el corazón y la inteligencia en el cerebro,

tú y yo, como hacen los juristas, usaremos un lenguaje metafórico y

atrasado.

FAUSTO

Explícate.

MEFISTÓFELES

Por arte del diablo, mía, tendrás en la cabeza la ciencia y en el

corazón el sentir, si prefieres gozar, amar, tu cerebro irá perdiendo

vigor, y pasará toda la vida al corazón... Si prefieres, como dices,

ante todo, saber la verdad, la absoluta verdad, en tu cerebro irá

entrando la clarividencia, la conciencia te dirá el último íntimo

secreto de la realidad..., pero el corazón, que irá dando jugo al

cerebro para que vea claro, se te irá secando; se pondrá como una

piedra. Al fin, no sentirás, no amarás. Escoge.

FAUSTO

Ya lo he dicho.

MEFISTÓFELES

Pues dicho... y hecho. Comienza el encanto. Perdona si el aparato de

la brujería es el de siempre: decoraciones gastadas de comedia de

magia muy repetida. El infierno es viejo, antiguo régimen; seguimos

empleando el aceite hirviendo, sapos y culebras, murciélagos, ratas,

vestiglos... Por eso las pesadillas siguen siendo como en la Edad

Media. Ya no me oye... medita... sueña... ¡Demontre, qué olvido! No le

he obligado á firmar antes... ¿Firmará después?... ¡Ja, ja, ja! ¡Vaya

una equivocación! ¿Pues no he creído que era yo el Mefistófeles de la

Ópera?

Firmar ¿para qué? El contrato lo perfeccionará la fuerza de las

cosas... Con hacer lo que quiso, ya ha hecho lo que en vano querrá

después deshacer...

FAUSTO

Volviendo en sí.

¡Oh luz! ¡Oh luz! Todo claro... Todo evidente... ¡Qué de mundos da la

idea! ¡Qué procesión, qué sacra teoría de sistemas... los sistemas

filosóficos de miles de millones de sistemas solares... Y todo sin

fatiga, sin hastío; todo preparado por todo... ni un pensamiento

inútil. ¡Santa Armonía! Y por fin... la verdad, el principio, la regla

absoluta... ¡Ya lo sé todo! Y en el todo ¡qué sencillez! ¡Sacrosanta

cenidad sencilla, humilde! ¿Cuál será el secreto del universo? ¿Una

novedad? ¡No! Hasta los cursis lo habían dicho. Mefistófeles, ¿no lo

sabes? No; tú, por alambicado y retorcido y relativista no lo sabrás.

El secreto de la realidad, el fondo del ser, el primer móvil es el

amor. Amar, sentir, eso es todo. La ciencia absoluta nos dice eso

nada más: sentid, amad... Á ver, el corazón, Mefistófeles, ¡venga el

corazón! ¡Me lo has robado, venga; no ha habido pacto; yo no he firmado

nada! ¡Mi corazón!...

MEFISTÓFELES

Ahí lo tienes, entre pecho y espalda.

FAUSTO

¡Ah, sí, aquí está! ¡Una piedra!

MEFISTÓFELES

¿Qué importa? Ya lo sabes todo; hasta sabes por qué antes yo me reía.

FEMINISMO

Jesús Murias de Paredes era natural del pueblo de su apellido; pero

aquel horizonte era estrecho para él, según dijo en una elegía, sin

tener en cuenta que el horizonte de Murias, á pesar de lo de Paredes,

es bastante ancho. Quería él decir que en Murias no se podía ser vate

sin ponerse en ridículo y despertar sospechas de las autoridades

civiles, eclesiásticas y militares. El cura le tenía por hereje, el

alcalde por vago, y el cabo de la Guardia civil por _avanzado_. No le

querían bien. Además, en su pueblo natal se moría de hambre. No tenía

oficio ni beneficio; no tenía más que lira, y ésa rota; por lo menos,

así lo rezaban mil y mil pasajes de las poesías inéditas de Murias.

Azares de la suerte, que no es del caso recordar, le llevaron á

Valladolid. Allí el horizonte era más ancho, pero el hambre la misma.

En un periódico, cuya principal misión era llevar la cuenta del mercado

de cereales, le admitieron los versos, que se publicaban entre cebada y

centeno, como quien dice. Vamos, que la sección que había de quedar en

barbecho, porque el periódico se escribía _á tres hojas_, se la dejaban

á él. Lo que no hacían era pagarle. No faltaba más.

Lo que sí consiguió, que un impresor de la calle de Cantarranas

(parecía alusión) le publicara algunas de aquellas poesías en una

colección que parecía el _Fleury_, por fuera. Mal papel, y cubierta de

cartulina áspera, amarilla, como la del _Astete_. El libro se llamaba

_Ecos del Pisuerga_.

Pues como si hubiera tirado al Pisuerga los ecos.

Nadie se enteró. Él no se dió por vencido, y cogió otra porción de

inspiraciones y las imprimió en otro _libro de doctrina_ con este

título: _Ecos de la Esgueva_. Dirán ustedes: ¡eso es inverosímil! Si él

no pagaba la impresión, porque no tenía con qué, ¿cómo iba á encontrar

impresor que le pagara la _segunda salida_? En Valladolid hay gente

así. Como Zorrilla era de la provincia, en cuanto ven por allí un

poeta, sea ó no de la tierra, se dicen algunos: ¡otra te pego! ¡Otro

don José! Y le protegen. El de Cantarranas veía en la figura de Murias

y hasta en su dulce nombre--el dulce nombre de Jesús--_una garantía de

éxito_, según la frase favorita del impresor. Jesús tenía aspecto de

tísico, el valor de su melena, desaliñada y de un castaño sucio (sucios

tenía todos los colores de su cuerpo y traje); usaba barba corrida...

de la vergüenza de sus pocos pelos; pocos y mal avenidos. En fin, así

eran los poetas, ó no debían ser, según el librero impresor, y estaba

seguro de que el chico le había de hacer ganar dinero, en cuanto le

diera la mano algún crítico de Madrid, uno de aquellos _sacerdotes_

á quienes don Nicomedes Niceno--el impresor editor--tenía por más

Merlines cuantos más _palos_ pegaban.

Decirle á Niceno que tal crítico “no se casaba con nadie”, era

nombrarle un fetiche á quien él adoraría en adelante. Decidió mandar

á Madrid--que tiene la exclusiva de los _sacerdotes_ críticos--á su

protegido; no para que los críticos se casaran con él, sino para que

no le _repudiaran_ antes de _conocerle_. Empezaba entonces á llamar

algo la atención un abogadillo sin pleitos, chiquitín, bilioso, miope,

que escribía de crítica y de cuanto Dios crió en prosa y en verso, en

un papel satírico. ¡La sátira! la sátira le atraía como el abismo al

impresor de Cantarranas; él, que era un hombre optimista, no se sentía

capaz de tener hígados satíricos en su vida; pero, aun con cierto

horror nativo al género, se sentía seducido, como en un vértigo de

humorismo, por los escritores que empleaban la ironía, aunque fuera

la de menos grados; y si llegaban al sarcasmo, como Aquiles ante el

cadáver de Héctor, don Nicomedes gozaba de una voluptuosidad que él

confesaba ser diabólica. Á pesar de que era incapaz de querer mal á

nadie, y de que á él todos los versos y toda prosa que tuviese la

ortografía académica le parecían bien, en cuanto veía maltratado á

un literato por un crítico satírico, declaraba fuera de la ley al

imbécil intruso, y sin compasión alguna le veía en las garras del ogro

sardónico, sarcástico y cáustico, ó estanquero, como diría _El vecino

de enfrente_, de Blasco.

No vaciló don Nicomedes. Pagó el viaje á Jesús Murias, que tenía un

catarro crónico que no le dejaba respirar, cuanto más inspirarse; le

regaló unos cuartos para la posada; le cargó las alforjas de ejemplares

de los _Ecos de ambos ríos_, y le dió una carta de recomendación para

el Sr. Sencillo, que así se llamaba el crítico corrosivo. ¿Que de quién

era la carta? De Niceno en persona. Decía así: Ilustre Aristarco: no le

conozco á usted. No lo necesito. No pido favor. Pido justicia... Y por

ahí adelante, todo en estilo cortado, manía que había cogido Niceno,

como una peste, corrigiendo pruebas de una obra de Henao y Muñoz.

* * * * *

Jesús se presentó á Herodes, es decir, Murias se presentó á Sencillo

en la redacción de _El Erizo_. Saludó al Minos que tenía delante con

uno de aquellos saludos que Fígaro llamaba, en casos semejantes,

sordos; y precisamente saludó pensando en Fígaro y en aquel adjetivo, y

procurando evitar toda _gauchería_ (como él se dijo para sus adentros,

porque usaba los galicismos voluntarios hasta en sueños). Ya se

verá después que la especialidad de Murias era el francés... y sus

consecuencias.

Sencillo contestó al saludo de Murias sin mirarle, y siguió escribiendo

en la mesa que tenía para él sólo. Por de pronto, no abrió la carta.

Murias no se ofendió. Él pensaba hacer lo mismo cuando fuese célebre:

pensaba darse tono no viendo siquiera los principiantes que se le

pusiesen delante.

Pasaron cinco minutos y tosió Murias, sin querer.

Levantó los ojos Sencillo y dijo:--Soy con usted. No puedo interrumpir

ahora esto...

Vamos, pensó Jesús, tiene á algún poeta en el asador y temerá que se le

queme.

El director del periódico, que observaba la escena desde su despacho,

pues estaba la puerta abierta, se levantó, no sin vencer la prosa y

se acercó á la mesa de Sencillo. Conocía al crítico, sabía cómo las

gastaba y le quitaba todas las púas que podía. Allí _El Erizo_ era

Sencillo; el director, D. Autónomo Eufemio de Pérezbueno, era lo menos

áspero que cabía. Era una mantequilla de Soria de mucho bulto y muy

ilustrado. Usaba bata de las talares y babuchas de Tánger. Flemático,

hombre de mucho mundo... corrido con buena correa, no creía en los

malos escritores, á fuerza de creerlos inofensivos... No digo que no

los haya, decía, sino que es lo mismo que si no los hubiera.

Abreviando: Murias salió de allí con muchas ilusiones, gracias á las

buenas palabras de Pérezbueno. Á Sencillo apenas le oyó el metal de su

voz, pero don Autónomo le había dado palabra de que Sencillo--_Bisturí_

en el claustro... crítico--hablaría de los _Ecos_ de todos los ríos y

canales de Castilla y Aragón que se pusieran por delante.

Pasaron años; por lo menos así le parecieron á Murias, aunque no eran

más que días, y Sencillo nada dijo ni de _Ecos_ ni de resonancias.

Murias se atrevió á ponérsele otra vez delante de la mesa. No estaba

el director. Tosió Jesús, sin querer, de puro tísico; le miró Bisturí,

le reparó bien y le mandó sentarse. Asado el poeta del día, Bisturí se

volvió á Jesús y le preguntó, sin echar veneno, qué se le ofrecía...

Murias, balbuciente, aludió á los _Ecos_ que estaban en el cajón de la

derecha... si no recordaba mal. Buscó Bisturí y echó de menos... un

cartucho de dulces que había metido allí. Bronca entre la crítica y la

portería. El portero culpaba á un redactor.

_Quel giorno più non..._

No se habló más de los Ecos aquel día. Al siguiente, sí. Estaba el

director. Pareció el libro... debajo de un pie de la mesa. Estaba

haciendo de _forro_. Ni por el forro lo había mirado Bisturí.

Murias empezó á observar al crítico mas en silencio. Pero cada vez más

humilde. Bisturí acabó por fijarse en aquel tipo que venía semanas y

semanas á pedir que lo pusieran en parrillas si lo merecía, pero que se

hablara de él, y que lo pedía poniendo el rostro á todos los desaires.

Todavía no había dicho nada del libro Sencillo, cuando ya era casi como

de la casa, á fuerza de trato y familiaridad, Jesús Murias.

Casi convencido de que no tendrían eco los Ecos, empezó á alimentar

otra esperanza... pensando en que necesitaba alimentarse él. Se habían

acabado los cuartos de Niceno. Jesús aspiraba á ser _meritorio_ en

_El Erizo_. Pérezbueno á los colaboradores regalados no les miraba el

diente. Pero no había plaza. No había dónde poner un alfiler ni un

galicismo en el periódico.

Cierto redactor _maleante_--que era el que se comía los caramelos

del _sacerdote_ con púas--propuso, con la mayor seriedad, que Murias

entrase á formar parte de la colaboración de _El Erizo_ en la

sección... de fajas.

“Podía escribirlas; no pegarlas, por supuesto.”

Murias no le tiró un tintero ni nada al redactor maleante.

No aceptó el empleo. Pero sí otro que le ofreció el director. Fué de

cronista á la tribuna del Senado.--¿Quiere usted que sea cáustico?--Sea

usted el pimiento del baturro zaragozano...

Al día siguiente aquel poeta llamaba animal al respetable presidente de

la Cámara alta; dudaba, con ironía, de la honradez de tres generales

victoriosos y dirigía alusiones pornográficas á lo más augusto. Presidio

seguro para toda la redacción si se publicaba aquello.

_El Erizo_ siguió sin clavarse en la ley de imprenta como hasta

entonces. Y las crónicas del Senado firmadas por Arquiloco salían todos

los días.

“Mis _yambos_ en prosa”, llamaba él á las crónicas, hablando con sus

amigos en Fornos.

--Pero, hombre, le preguntó uno á Pérezbueno, ¿cómo se las echa de

Arquiloco el pobre Jesús, si sus crónicas del Senado son anodinas,

inocentes?...

--¡Oh!--exclamó D. Autónomo--¡Qué han de ser anónimas! ¡Si ustedes las

vieran! Cantáridas, injurias, calumnias, _yambos_ á toca teja... Lo

que hay es que al corregirle las pruebas yo _le quito las ocurrencias_

(Histórico). No queda más que lo que él copia del extracto de una

agencia. Pero él ser, es una ventosa.

Y el pobre Murias aguantaba esto y aguantaba el hambre, porque sueldo

¡Dios lo diera!

Cuando ya Jesús era lo que se llama redactor de _El Erizo_, aunque á

prueba... de pruebas, y sin probar bocado, _por fin_ Bisturí se dignó

hablar de los _Ecos de Entrambasaguas_.

Y decía Bisturí en _El Erizo_: “Ahora se verá si soy ó no imparcial de

veras. El autor es un amigo, un compañero... pues bien, por lo mismo se

le debe la verdad entera...” Y la verdad era digna de los yangüeses que

apalearon á D. Quijote.--Murias se quedó en la cama unos días, porque

se sentía molido materialmente. No se reconocía hueso sano.

No volvió por _El Erizo_, y, en la cama, recibió una carta del Mecenas

de Cantarranas, don Nicomedes, que le decía entre otras cosas: “Nos

hemos equivocado. No es usted lírico. Bisturí ha puesto el filo en

la llaga. Acaso sea usted épico. Pero por si acaso, probemos otra

cosa. Cuente usted conmigo. ¿Quiere usted traducir un diccionario de

teología, en veinticinco tomos? Se trata de la lengua de Fenelón. Cinco

duros por tomo.”

--Bueno, seré _épico_--se dijo Jesús resignado.--Traduciré los

veinticinco tomos. Y ésta es la primera estación. Las que faltan se

recorrerán en el segundo y último capítulo de esta historia, _arrancada

á la realidad_.

MANÍN DE PEPA JOSÉ

Manín de Pepa José, si hubiera nacido señorito y hubiera estudiado y

escrito en los periódicos, hubiera sido un _esteta_. Pero en Llantones,

parroquia rural cerca de Gijón, Manín no era más que un _folganzán_,

que no valía la _borona_ que comía... cuando la comía.

Su madre, Pepa José, es decir, una Josefa, mujer de un José, quedó

viuda ya en edad madura, y aunque la _casería_ que llevaba en

arrendamiento, en la escritura del contrato parecía cosa de Manín,

heredero de José, quien mandaba en todo era la madre; sólo con ella se

contaba. Enjuta, alta, de mucho hueso, mirada fiera, actividad febril,

gestos hombrunos, era un águila para el trabajo, para el cuidado de la

hacienda, y sus criados y jornaleros andaban en un pie. Sólo Manín, el

hijo único, gozaba el privilegio de la benevolencia de aquella mujer

que no daba un bocado de pan sin que se lo pagara algún servicio.

Pero Manín era otra cosa; por él y para él trabajaba ella tanto. No

era fuerte, no mostraba aptitud para las faenas del campo, y la madre

había soñado con hacerle sacerdote. Pero él, muy contento con trabajar

poco y cuando quería, no entraba por lo de cantar misa. El trabajo le

repugnaba... pero el ascetismo también. Le gustaba la alegría, el

ruido, el baile. Era gaitero de afición, y de habilidad notoria. Con la

gaita suavizaba el carácter de su madre, aquella fiera; la embelesaba

con aquellos gorgoritos estridentes del puntero y con las notas

asmáticas que salían de las profundas entrañas del fuelle.

Cuando Pepa aturdía á gritos á los vecinos en media legua á la redonda,

riñendo á un criado ó atosigando á un deudor, y las imprecaciones de

aquella Euménide de pan llevar retumbaban en el castañar que rodeaba

la _casería_, Manín, tocando el _Altísimo Señor_ ó la _Praviana_ en la

gaita desafinada y melancólica, aplacaba poco á poco á la furia, la

atraía y acababa por enternecerla.

* * * * *

Manín era de oficio, de verdadero oficio, soñador. Un soñador alegre,

que buscaba la soledad para saborear los recuerdos de las fiestas, de

las romerías, de los bailes alegres, llenos de _ijujús_ tempestuosos,

horrísonos, expresión de _histerismo_ de centauros. Manín no sabía que

el _ijujú_ era celta; él lo consideraba como una manera de _relinchar_

de los mozos de la aldea. Y él relinchaba también, sobre todo allá para

sus adentros.

¡Si el mundo fuera siempre cortejar, bailar la danza prima, disparar el

cachorrillo para solemnizar la procesión, tocar la gaita _al alzar_ en

la misa cantada el día de la fiesta! ¡Y después, á la luz de la luna,

por el _castañeo_ arriba, acompañar á una rapaza, y _echar la presona_

á la puerta de su casa hasta cerca del alba! ¡Y luego, á solas, en la

_llinda_, ó á la hora de la siesta, sentir la brisa llena de olores

queridos, familiares, reclinado el cuerpo sobre la rapada yerba, y

soñar despierto, rumiando recuerdos dulces; como las vacas, sentadas á

la sombra, rumiaban su alimento!

* * * * *

Pero la vida no era eso. En faltándole su madre ¿qué iba á ser de

Manín? Y Pepa envejecía, y tenía achaques, que le procuró el trabajo

excesivo. Se sentía herida de muerte y temblaba por el porvenir de

aquel hijo, incapaz de dirigir la hacienda. Ya se había susurrado por

la aldea que el _amo_, si moría Pepa, y Manín quedaba solo, no le

dejaría seguir con el arrendamiento, porque en poder de tal _casero_

los bienes perderían mucho.

Pepa vió la única salvación de su hijo en casarlo con una mujer que

fuera como ella, que se pusiera los pantalones, y trabajara y dirigiera

la casería. Rosa Francisca de Xunco fué la moza que ella deseaba. Era

como ella, hormiga con alas para la codicia. Era hija de un vecino que

siempre había envidiado la casería de Pepa José.

Rosa se casó con Manín sin mirarle siquiera, pensando nada más que en

mandar allí, donde tanto mandaba Pepa. Eran iguales ambas hembras; pero

por lo mismo eran incompatibles. Eran dos abejas reinas; una tenía

que sucumbir. Como una especie de pacto tácito, venía á ser condición

de la boda que Rosa no tuviera mucho tiempo que obedecer á nadie;

sobraba Pepa, si lo tratado era tratado. Pepa bien lo conocía. Admiraba

á Rosa, veía en ella el futuro amparo, y tirano también, de su Manín;

y aborrecía á Rosa necesitándola, y le envidiaba aquella sucesión que

tenía que dejarle ella. Pero Pepa murió pronto. Rosa Francisca ocupó

su puesto y todo siguió como antes: los criados andaban en un pie, la

_casería_ prosperaba, y Manín tocaba la gaita, soñaba despierto en la

_llinda_, y echaba de menos, un poco, el cariño áspero, pero cierto, de

su madre. Rosa no le mimaba, ciertamente; le despreciaba; le tenía en

constante olvido; pero le dejaba comer sin trabajar apenas.

Manín sintió también, además de la ausencia de su madre, la ausencia de

las aventuras amorosas: ya se había acabado lo de _echar la presona_,

el _cortejar_ los sábados de noche, hasta la aurora del domingo. ¿Con

qué reemplazar aquella dulzura? ¿Con el juego de bolos? Probó... pero

aquello no le hizo gracia. Montaigne no encontraba ni en la gula ni en

placer alguno un sustituto digno del amor: comprendía á los viejos que

se consolaban con los buenos tragos, pero él no podía reemplazar con la

embriaguez el amor. Manín, si no cosa tan delicada como el _rebrincar_

y ergotizar con una buena moza, acabó por encontrar cierto encanto

en las copas de anís escarchado, de malvasía y de rosa. Los licores

dulzones fueron el sucedáneo de los galanteos para aquel epicurista de

montera. Iba á los mercados de Gijón y allí se despachaba á su gusto

bebiendo en un café, entre el _señorío_, aniseta, rosa, málaga y cosas

así. Mucha dulzura, y ver candelillas, y figurarse el mundo menos malo

de lo que positivamente era... Y á casa á dormir, oyendo frases de

desprecio de aquella Rosa, que era su tirano, pero también el amparo

que le había dejado su madre.

* * * * *

Tuvieron una hija. Buenos insultos le costó á Manín. Rosa hubiera

querido un hijo.

No lo hubo. El trabajo mata, por lo visto. Mientras Manín se conservaba

fresco, lozano, pese á los años, Rosa empezó á decaer; una vejez

prematura, precipitada, acabó con ella... y tuvo que pensar en lo mismo

en que había pensado Pepa José algún día. Si moría ella, ¿á quién iría

á parar la casería? El nuevo amo, hijo del otro, tampoco la dejaría

en poder de aquel trasto inútil de Manín... Y Rosa, con el mismo fin

con que Pepa había buscado una mujer para Manín, buscó un marido para

Ramona, la hija de Manín y de Rosa.

Doctor Sutilis (Cuentos) · 第 11 / 17 段