Señor... filósofo: perdone usted, ante todo, que no le llame por su

nombre. Fernando no ha querido decírmelo ni en presencia de usted ni

á solas: usted tampoco ha querido ser menos misterioso; de modo que

respeto... á la fuerza, el incógnito, y le llamo por el mote que le han

puesto sus amigos. Pero conste que es á la fuerza, no porque yo quiera

usar con usted una familiaridad á que no tengo derecho y á la cual

usted no ha dado, por cierto, pretexto en el corto _lapso de tiempo_

(como dice Mambrú) que he tenido el honor de tratarle. Además, por mi

gusto, aunque pudiera legítimamente hablarle á usted, en broma, en

estilo _festivo_ (Mambrú), no lo haría hoy, y le confieso que con mucho

gusto le llamaría mi estimado don... Pepe, por ejemplo, ó Pepe ó Juan

ó lo que sea, á secas. No estoy para bromas. Además (y van dos), me

tiembla el pulso al escribir. Para mí la situación, ó el momento, ó

como se diga, es solemne. Escribo, acaso por primera vez, á un _hombre

honrado_; pues me inclino á creer que usted lo es, en efecto, no por

las apariencias sólo, no porque le llamen filósofo, y Fernando diga

que usted tiene mucho talento, pero _no vive en la realidad_; estos

serían, en todo caso, indicios de su honradez de usted, pero no bastan:

le creo hombre honrado por otras señas que observé en el citado _lapso_

de Mambrú.--Y ¿qué es un _hombre honrado_?--dirá usted.--¿Cómo cree

ésta que por primera vez escribe á un hombre honrado, cuando tantas

cartas... habrá escrito á Fernando... y al barón de X y á Paquito H

y... ¡etc., etc., etc., etc.!!!--Pues sepa usted, señor filósofo (por

mi gusto se llamaba usted _mi querido don Andrés_, como mi padre)

que ni Fernando ni los demás perdidos son para mí hombres honrados.

¿Qué es entonces un hombre honrado? Lo mismo que una mujer honrada.

Son hombres deshonrados los que tienen tratos con las mujeres... que

tienen tratos con esos hombres: ni más ni menos. _Do ut des_, como

dice Mambrú, aunque no sé si viene á pelo. Esto no quiere decir que

yo tenga por _malo_ á Fernando, eso no; pero no es lo mismo. Tampoco

yo soy una _mujer honrada_ y me tengo por buena. Ya ve usted que soy

bien franca y que no juego _á la demi mondaine_. ¡Ah! No. ¡Viva España!

Si yo fuera literata no hablaría como esas señoras sospechosas que he

visto representar á la Duse y á la Tubau: hablaría como la _Celestina_,

que es una comedia, ó novela en conversación, que me leyó Fernando y me

gustó mucho... Pero vamos al grano. Usted es un _hombre honrado_, ó me

lo parece, y esta _novedad_ me infunde un respeto extraño (á ratos,

cuando estoy de broma, loca, si me acuerdo de usted... se me escapa

por dentro la risa) y... si he de ser franca del todo... me entraron,

al fijarme en el modo que usted tenía _de no mirarme_, vivos deseos

de hacer que me mirara y admirara... y deseara. Todo esto pasó, me

pesa, y por eso se lo digo (y perdone tanto _seseo_). Á los ojos no me

miró usted más que un _momentín_ muy pequeño que no debe de merecer el

nombre de _lapso_. Usted también debe de acordarse. Es usted el único

hombre que entró en esta casa, desde que vivo con Fernando, á quien no

le conocí ni asomos de intención de burlar _al amigo_ y quitarle, más

ó menos completamente, la fidelidad cuasi conyugal de su Nila. Pero

hizo usted otra cosa: se llevó usted el retrato que había sobre la

_cónsola_, como dice Trini. Fernando, que miente cuando es necesario, y

eso que es casi tan _pensador_ como usted, jura y perjura que él no le

regaló el cuadrito, y como yo estoy segura de que usted fué quien se lo

llevó, de que el cuadro desapareció cuando usted salió de casa; como es

imposible que fuera el _ladrón_ alma nacida no siendo usted (no admito

discusión sobre esto) resulta... eso... que ha robado usted el retrato

de la señorita Elena, la hermana que se le murió á Fernando. No es

probable que usted se atreviera á llevarse el cuadro sin pedirlo; pero

sí creo que de Fernando no salió el ofrecérselo. Fué usted quien, ya

que no me ofendió deseando mi _infidelidad_, me maltrató sin decírmelo,

advirtiendo á Fernando que el retrato de su hermana parecía mal en la

casa en que vivimos juntos. (De que se lo llevó usted estoy segura;

porque Fernando no se lo tragó. Yo le registré en cuanto usted salió, y

á la calle no pudo tirarlo, y en casa doy fe de que no está. Usted lo

tiene). Él dice que estuvo usted algo enamorado platónicamente de su

hermana Elena, y que por eso...

No es eso. Es que usted cree que yo no debo tener en _mi_ casa el

retrato de esa señorita. Yo pensaba que no había pecado ni ofensa en

ello; que bastaba con no haber creído prudente, por el qué dirán,

sólo por eso, que entrase en casa ni una hilacha, ningún recuerdo de

la pobre _difunta_... de la _otra_ difunta. Sea como quiera (Mambrú),

digo, no, _séase de esto lo que quiera_, yo acato el _superior

criterio_ de usted; pero se me figura que si en vez de encontrarse

con Cristo se encuentra con usted la Magdalena, se quedan sin santa

de su devoción las Arrepentidas. En resumidas cuentas, si usted

quiere... devuélvanos el retrato (á no ser que jure _haber amado_

á esa señorita). Como usted, aunque filósofo, no lo sabe todo, ni

lo entiende todo, no sabe, no comprende el papel que ese cuadrito

desempeñaba en la casa. Era objeto de una especie de culto doméstico,

nuestros _dioses lares_, nuestros _penates_, ó como se diga: algo así

como un pebetero de buen olor de honradez, de intimidad digna, noble.

Fernando y yo, que somos á ratos unos locos, nos hemos empeñado en que

el amor todo lo vence (ó la pata de cabra), y llegamos á figurarnos

que somos... no marido y mujer, que eso no hace falta, y dice Fernando

que mujer _se tiene_ una sola, sino algo que, sin ser matrimonio, ni

querer imitarlo, y sin dejar de ser amor, es otra cosa también digna

á su modo, no _honrada_, pero otra cosa, tal vez mejor, allá, en alta

metafísica. En fin, esto se lo explicará á usted Fernando, si hablan de

ello, mejor que yo. Y eso que, no crea usted, puesta á ello, yo también

podría analizar con el escalpelo de la crítica (Mambrú puro) estas

quisicosas del alma en sus relaciones con el _medio ambiente_. (Repito

que dispense usted las bromas: no domino el estilo: él me lleva á mí y

por la costumbre de hablar siempre en _guasa_ escribo de esta manera...

cuando quisiera escribirle á usted como el devocionario).

Conque ¿nos devuelve usted el retrato? Por si se niega, ahí le mando á

usted por Petra ese paquete: es un escapulario de mi madre que yo he

traído _casi siempre_ conmigo. Ahora caigo en la cuenta de que, si el

retrato de la señorita Elena _se mancha_ estando sobre una consola de

la sala, este recuerdo de mi madre, bendito por añadidura, porque está

tocado al Santísimo Cristo de las Cadenas, _se mancha_ exponiéndose al

roce de Fernando, que es tan... tan _corrompido_ como esta servidora.

Ó vuelve el retrato y admita usted los tiquis miquis sentimentales y

suprasensibles de nuestro _arreglo_, ó quédense en poder del _hombre

honrado_ las dos cosas. Y, _más diré_ (Mambrú), si usted nos devuelve

el retrato... por el favor... y por _un no sé qué_, porque eso otro es

más serio, más... religioso, más... del alma, quédese usted, si quiere,

de todos modos, con el recuerdo de mi madre que le envío por Petra. Su

affma. s. s. y a. q. b. m., Nila.--Va sin señas el sobre porque no sé

cómo se llama usted ni dónde vive... (Petra lo sabe... pero ésa no

lo dice; fué ama de cría de Fernando; está juramentada... Pequeñeces

de la vida semiconyugal. Fernando es así. Él dice que es una broma

el no dejarme saber quién es usted... Me deja escribirle... con esta

condición: que no he de volver á verle ni he de saber dónde está, ni

cómo se llama). Petra también dice que es broma y se ríe á carcajadas.

En el fondo me halaga estar _un poco_ presa... y con espías. Fernando

no lee mis cartas: dice que le basta con leer lo que usted me

conteste... si se lo permito. Petra no sabe leer. Yo puedo decirle á

usted lo que quiera, siguiendo la broma; pero usted á mí es seguro que

sólo me dirá lo que deba. Es una diversión como otra cualquiera y que

Fernando me _otorga_, á cambio del teatro. Lo malo es que usted se

cansará pronto de esta comedia. Pero... no deje de contestarme, por

lo menos á esta _primera de retratos_, como diría Sancho. (¿Eh? ¡Qué

erudita!)--Vale.

III

Mi estimada amiga: es de mi obligación, aunque me pese, romper á las

primeras de cambio el encanto de la novela misteriosa, y á su modo

picaresca, que usted tenía tramada y cuyo primer capítulo viene á

ser la carta habilidosa á que contesto. Si en las comedias _todo lo

comprenden á lo último_, yo, para que no haya comedia, le declaro que

lo he comprendido todo desde el principio. Casi todo. Ni Fernando

le ha callado á usted mi nombre, ni le ha prohibido saber dónde

vivo, ni Petra ha sido nodriza, ni él desconfía de nosotros, de mí

particularmente, ni, mucho menos de usted, en el sentido de creer que

mi prosa puede ser pólvora en salvas para seducir á usted, y que,

en cambio, mi presencia corporal pudiera vencerla. Esto es lo que

usted quería dar á entender... Comprendido; pero no hay tal cosa: es

una estratagema de usted: la trama de su novela. Queda deshecha. Le

advierto que Fernando no sabe lo que usted me ha escrito; ignora que

usted quería componer una novela en colaboración con el _filósofo_. Yo

le he preguntado lo que necesitaba saber para cerciorarme de que usted

_fantaseaba_, pero de suerte que él nada pudiera sospechar del secreto

fin de mis preguntas.

También es obligación mía advertir á usted que de Fernando á mí hay

un género de intimidad espiritual que usted no puede sospechar adónde

llega. Usted es muy lista, sabe mucho (la aparente frivolidad y el

desaliño contrahecho de su carta tampoco me engañan), ha leído usted

mucha psicología... de novela y aun algo de literatura mística. Ya ve

usted si estoy enterado. Pero, permítame que se lo diga: una mujer,

como no sea una mujer extraordinaria, un monstruo verdadero, no llega

en estas materias adonde llegan los hombres... cuando llegan. Sé que

usted es capaz de comprender _mucho más_ de lo que pudiera inducirse

á juzgar por su carta... en la que imita usted á ciertas damas

alegres de novela y comedia... Es más; adivino que si usted vuelve á

escribirme, convencida de que he conocido el disfraz, se pondrá otro

muy diferente, y acaso le dé por presentárseme hecha una Hipatía

moderna. Pues con todo eso, no es probable que usted pueda comprender

de qué clase es la intimidad espiritual de Fernando y el que suscribe.

Tenga usted cuidado, por consiguiente, con lo que me dice. Lo que usted

y Fernando puedan confesarse, comunicarse en los momentos más sublimes

de esa metafísica amorosa que todo lo perdona, todo lo santifica, etc.,

etc., no tiene comparación en profundidad, solemnidad y... bondad, con

lo que en otra clase de expansiones nos decimos ese _perdido_, como

usted le llama, y este _hombre honrado_, que lo es, en efecto, en la

acepción que da usted á la palabra. Honrado... hasta cierto punto. Y

para que no vuelva usted á reirse de mí, en esos momentos en que no

es usted _mística_... á su manera, le voy á contar un cuento. Hay un

escritor en París (amigo y algo así como correligionario de M. M. B.

á quien usted _tanto_ conoce), el cual es propagandista y director en

cierto modo del movimiento neo-idealista, ó neo-religioso, ó neo...

lo que usted quiera, de que tantas veces habrá hablado con usted M.

M. B. Pues el tal escritor en un artículo reciente nos cuenta que

otro amigo suyo (no M. M. B.), que quería convertirse á la nueva

escuela ó tendencia, así como idealista y religiosa, le decía un tanto

alarmado:--Pero, vamos á ver, esto de la nueva idealidad, de la futura

religiosidad ¿significa... que no va uno á poder mirar á las mujeres

bonitas?--El filósofo cuasi-místico le reanimó diciéndole que no se

trataba de votos de castidad, ni de abstinencia que, por modestia

se seguía dejando á los sacerdotes _verdaderos_, á los de carrera.

Pues bien, amiga mía: yo soy de la escuela del amigo de su amigo de

usted. Yo miro á las mujeres bonitas y consagro no pequeña parte de mi

vida á estar enamorado á mi manera. El amor no es pecado ni pequeñez

cuando se le sabe conservar su mayor encanto, que es la ilusión. Así

como Gœthe, en el _Fausto_, segunda parte, que usted leyó en Granada,

en la Alhambra (¿estoy enterado?) hace decir á Manto en la Walpurgis

clásica _Den lieb ich, der Unmögliches begehrt_[1] yo opino que el amor

imposible es lícito... al que, por una razón ó por otra, no debe amar

en una mujer lo posible.

Yo, por motivos que no son del caso, no puedo amar lícitamente á las

mujeres que encuentro por ahí, si se ha de entender por amar pretender

_poseerlas_. (Palabra bárbara, grosera, aunque no tanto, como aquélla

que abunda en nuestros poetas clásicos: _gozarla_).

Por esto consagro mi idealidad amorosa, fuerza inexorable, invencible,

que ha de ser respetada si no se ha de mutilar la _representación

poética_, _animadora de la vida_, á las vírgenes pudorosas,

inasequibles, de las que estoy seguro que no serán mías. En cuanto veo

en ellas este _imposible moral_ que dignifica mi _ilusión_, á ésta me

arrojo sin miedo, remordimiento ni medida. No digo, amiga mía, que esto

sea una perfección moral, ni mucho menos, ni me propongo como dechado;

no hago más que declarar cuál es el expediente á que he podido llegar

yo para resolver, interinamente á lo menos, esta dificultad que

engendra la oposición entre ciertas leyes sociales, consuetudinarias,

hoy por hoy indispensables, y algunas tendencias naturales que

constituyen elementos insustituíbles para la vida estética armónica.

Hablo de esto, principalmente, por que usted vea que yo no bajo la

vista en presencia de la mujer, sino que _por principios_ me enamoro,

á mi manera, exclusivamente de las mujeres puras, de las que no son

capaces _moralmente_ de amar, ó mostrarlo al menos, á un hombre que

no puede contraer _justas nupcias_. La mujer imposible es mi único

_tópico_ amoroso. Ya lo sabe usted. De modo que entre nosotros no hay

_flirtation_ posible; y, además, no cabe mirarme como un _seminarista

escapado_: soy tan _hombre de mundo_ como cualquiera... que no

practique. Ni una _tentación_ para los momentos de _mística_ diabólica,

ni una figura ridícula para los momentos de epicurismo reincidente.

Tengo un verdadero placer al escribir todo esto, seguro de que usted

me entiende. Lo cual no quiere decir que usted _lo entiende todo_. No,

ciertos lazos que nos unen á Fernando y á mí, y de que él tal vez está

olvidado por algún tiempo, usted no puede verlos. Su vista espiritual

es sutil, pero no tanto. Y ahora á otra cosa. No quiero ser traidor.

Sé su historia de usted... hasta el punto que usted ha querido que la

supiera Fernando.

Y un poco más allá, por ciertos cálculos de trigonometría psicológica

que hicimos entre Fernando y yo, y después yo solo, Fernando no le ha

jugado á usted ninguna partida serrana, al contarme sus confidencias.

No puede usted figurarse adónde llega la intimidad de dos amigos

verdaderos; qué secretos se cuentan cuando casi emborrachados

materialmente por las mutuas confesiones de idealidades, aventuras

poéticas, vaporosas, discurren horas y horas, verbigracia, paseando

á media noche, en primavera, recogiendo al paso las emanaciones

perfumadas de los jardines de los ricos (de los ricos que no gozan de

esta riqueza suya, porque ó duermen ó velan por miserables cuidados

lejos de sus propias flores), gozando de esos aromas volanderos que

se burlan del derecho de propiedad y van á halagar los sentidos y el

espíritu de sus verdaderos propietarios, los soñadores que pasean á

media noche contándose purísimos ideales, escudriñando á dúo arcanos

santos de la vida... Y el uno dice: --Voy á llevarte á tu casa.--Y

cuando llegan dice el otro:--No tengo sueño, necesito andar más: voy á

llevarte yo á ti.--Y llegan á la casa del que acompañó primero, el cual

tampoco quiere acostarse todavía. Y así van y vienen, y les sorprende

el canto de la alondra, aunque no haya alondras, pero les sorprende el

alba y el recuerdo de la alondra de Shakespeare y el de Romeo que vela,

y que, ausente Julieta, pero presente el amigo, con él se compara en

deliquio que, si no es comparable al amoroso, tiene una austera poesía

inefable... que no comprenden bien ustedes las mujeres, por exquisitas

que sean en sus _psicologías_, y aunque hayan acompañado á un _poeta

decadente_ en un viaje, cuasi-peregrinación por el país de los místicos.

Sí, Nila, lo sé todo: sé su historia de usted... hasta donde la sabe

Fernando. ¿Para qué contársela á usted? Fuera impertinencia. Para

hablarle de otras cosas, del retrato que me llevé y del escapulario que

por Petra usted me envió, necesito, si he de ser sincero, conocerla

á usted más, para estar seguro de no profanar, hablando con usted de

ellas, cosas tan serias y respetables como son el retrato de la hermana

de Fernando y el escapulario de su señora madre de usted. Su affmo.

amigo, q. b. s. p.,

_El Filósofo._

IV

Amigo... filósofo (repito que no sé su nombre de usted; Fernando

le ha engañado): observo con cierta vanidad que es usted mucho más

difuso y desordenado que yo al escribir: empieza usted un asunto...

se pierde en pormenores, y ¡adiós _hilo del discurso_! Además,

también es usted menos... delicado... ¡Qué pocas galanterías me dice

usted!... Hablar así á una _dama_ es enseñar las uñas... antes de

limpiarlas. No importa. Los filósofos me gustan así. Los amantes, no.

Observe usted que yo no hablaba directamente nada apenas de nuestra

_impossible flirtation_, y usted... apenas habla de otra cosa, aunque

sea para negar su posibilidad. Pero vamos á otro asunto. Á lo que _hoy_

me importa. Digo hoy porque otro día, que esté yo más desocupada,

hablaremos de otra cosa. Dejo para más adelante lo de su amor de usted

_en alemán_, lo de las _ingenuas_, su afición á los pimpollitos (señal

de vejez). (Ahora la grosera soy yo, ¿verdad?) No haga usted caso. Le

comprendo á usted... un _poco_ (hasta donde puede comprender una mujer

_no extraordinaria_) porque..., _auch ich war in Arcadien geboren_:

(_yo también nací en Arcadia_) (Schiller), y yo también sé alemán y

_supe_ querer en _alemán_. Yo también fuí, si no filósofo ni _amigo

íntimo_, mujer pura, virgen _imposible_ (y con todo, hubo quien pudo).

Pero á eso íbamos, antes del paréntesis. Íbamos á mi historia. ¿Conque

la sabe usted? ¿Está usted seguro? Usted sabrá la que Fernando le

contó; pero, ¿es ésa mi historia? Ésta es la cuestión. Lo primero que

_exijo_ es que me la cuente usted... Porque... puede muy bien suceder

que yo no la sepa. Ó porque Fernando no le haya contado á usted la

misma que yo le conté á él... ó porque yo me haya olvidado de la

historia que le conté á Fernando. Veamos. Venga ésa, la que usted sabe,

y después yo desembucharé la historia _auténtica_... si me conviene.

Diga usted lo que sabe, criatura. Su amiga y colega en pedantería,

_Nila_. Hoy no hay postdata: no la merece usted.

NOTAS:

[1] Yo amo al que desea lo imposible.--(N. de C.)

MEDALLA... DE PERRO CHICO

¿Que no conocen ustedes á la de Casa-Pinar? ¡Pues si no se ve por ahí

otra cosa! Ella es la golondrina que sí hace verano.

En cuanto asoma Agosto, se presenta Agripina Pinillos, hija de la

marquesa viuda, y pontificia, de Casa-Pinar.

Es una golondrina que no viene de África, á no ser que África empiece

en Pajares. Viene de tierra de Campos ó cosa así: es _high life_... de

_tierra_, y, á todo tirar, de _Toro_.

Todos los veranos aparece con una protesta que no se le cae de los

labios, á saber: que por milagro de Dios no está en San Sebastián ó en

Ostende ó en Corls... eso, en fin, donde la señora de Cánovas.

Todavía da la mano como se daba el año ochenta y tantos, es decir, como

quien da una coz con los remos delanteros. Si no fuese por la moda,

ese ídolo que no conocieron los griegos, la de Casa-Pinar sería una

perfecta hermosura. No es la Venus Urania, es la Venus... _snob_.

Sí; representa el _snobismo_... de cabotaje.

Porque no sale de nuestras costas.

Quiere ser más figurín que estatua. Entre Fidias y el _modisto_ mejor

de París, ella no vacilaría: se pondría en manos del _modisto_.

Cuando se ve desnuda, se desprecia. Y vuelve á ser el pavo real,

satisfecho de sus plumas, cuando se ciñe el ridículo traje de baño y se

pone el sombrero que la convierte en un patache á toda vela, ó el gorro

ignominioso que la hace parecerse á un frasco de esencias. ¿Queréis que

os salude la de Casa-Pinar, ya que tenéis el honor de tratarla y ser

acreedor de su señora madre, por ejemplo?

Pues en vano aspirais á tal privilegio... si llevais chaleco al

balneario.

Es necesario, para que Agripina os honre con algo más que una

imperceptible inclinación de cabeza, que os presentéis con zapatos

blancos, de tela y con semicírculos de charol, con faja chillona y

camisa churrigueresca terminada por cuello blanco de los que dan

garrote al dar vuelta.

Agripina Pinillos viene á la playa á curar no sé qué humores, que

más parecen humos; pero la vida que hace no es para llegar á vieja.

Como el otro dijo: _mi cura de aguas_, ella puede decir... _mi cura

de vientos_. Y no es por lo que la dé el aire, sino porque todo lo

sacrifica á los huracanes de la vanidad.

Se levanta á las doce, porque trasnocha, y se va muy peripuesta á _Las

Carolinas_ en el momento preciso en que no se puede dar un paso por los

corredores.

Se da algunos días, cuando hay muchos espectadores sin chaleco, un baño

de arena y de malicia. Usa bañero, que como no trae chaleco, no se

hace acreedor á su desprecio.

Al obscurecer la veréis en las Termópilas de la calle Corrida, dando

“los codazos que daba Mesalina” en las estrecheces de la acera, delante

de _Colón_.

De noche, ya se sabe, en las Catacumbas de Dindurra, esto es, en el

Teatro Cómico, que no se da un aire al de Lara porque allí no hay aire

ni para eso. Total, que la de Pinillos no respira en todo el día. Vive

del aire que lleva en la cabeza.

¿Ama? Sí, ama, según su género (algodón) á un joven, también triguero,

que tiene un traje para cada hora del día. ¿Qué digo cada hora? La

indumentaria de este sietemesino puede reemplazar á un reloj de sol,

porque va cambiando según el astro rey sube y baja por el espacio.

Fijaos bien y veréis que el sombrero de Juanito Pinabete y Conífera no

es absolutamente el mismo á las once que á las once y cuarto.

Pero ¡ay! Pinabete _está llamado á desaparecer_ del corazón de trapo

de Agripina. Porque acaba de llegar un teniente armado de todas armas,

el cual tiene tantos trajes como Juanito, más el uniforme que á última

hora se viste para deslumbrar á Agripina con todos aquellos cordones,

bordaduras y cimeras...

Y Pinabete no tiene uniforme; lo cual le hace suspirar exclamando:

¡Si yo fuera... siquiera bombero!

Para terminar:

Dicho sea en honor, ó en deshonor, según se mire, de Agripina la de

Casa-Pinar.

Ya que en esta mujer no hay nada espiritualmente humano, confesemos que

algo humano hay, según la materia.

Porque _Xuaco_, el buen mozo que la baña, tiene mucho apego á esta

parroquiana, y eso que sabe que las de Casa-Pinar no dan propina.

* * * * *

Paca Blanco también es de Castilla, del mismo pueblo que la de

Pinillos. Se baña allá, hacia las últimas casetas de la _Sultana_. Al

llegar á la orilla del agua parece una figura dantesca, con su saco

largo, obscuro, de graves y preciosos pliegues. Es alta, esbelta, de

alabastro; no se baña con sombrero, ni gorro, ni papalina; el sol le

bruñe el rodete negro, de picaporte, el radiante casco de Minerva

aldeana. Sus ojos, moras maduras, se ven más de lejos; y de cerca, las

pocas veces que miran despacio y con susto, son todo un hartazgo de

delicias, unas bodas de Camacho de golosinas del alma. La Paca es hija

de un cosechero rico que vive, no á lo pobre, pero sí á lo modesto. La

Paca no es señorita, ni gana. Su hermosura soberana es anterior á la

división de clases.

Se baña al salir el sol. Nada de bañero. No sube á los balnearios, no

va al teatro. Mucha playa, paseos por Santa Catalina, y cuando hay

mucha ola ó salen barcos grandes, un ratico de contemplación, apoyada

en el muro alto del muelle. Se llena Paca los ojos, serios y soñadores,

de la poesía del horizonte, como si esperase algo que de allá lejos le

ha de traer una ventura.

Casi nunca ríe; pero si una ola salta por encima del muro y la refresca

el rostro con agujitas saladas, que son como una caricia, se enjuga las

mejillas de rosa, un poco sonriente.

De noche, con su padre, á tomar el fresco, á oir la música de Begoña,

de lejos, desde lo oscuro.

No tiene novio; no tiene amores. Pero tiene algo mejor: los espera.

Cualquiera diría que se aburre en los baños. Y no hay tal: cuando está

allá en su Castilla, contemplando la llanura de tierra, se acuerda

con amor triste de la llanura del agua; de lo que sintió y sonó en su

orilla. Verdad es que ahora, á orillas del Océano, recuerda con vaga

_saudade_ sus queridos llanos de Castilla.

* * * * *

DIÁLOGO EDIFICANTE

PERSONAJES:

La Capilla evangélica.--La Catedral de Covadonga.

Coro de Catedrales.

LA CAPILLA

Cerrada.

¿Por qué no me abren? Por fanatismo.

LA CATEDRAL

Asomando algunas columnas á flor de tierra.

¿Por qué no me sacan de cimientos? ¿Por qué no me construyen de una

vez? ¿Por qué no me cubren, á lo menos, para librarme de la intemperie?

Por avaricia, por indiferentismo.

LA CAPILLA

Como el pino del Norte suspiraba por la palmera del Mediodía, podemos

amarnos y entendernos, ¡oh catedral católica!, tú desde tu vericueto de

Covadonga, yo desde este desierto madrileño...

LA CATEDRAL

No diré yo tanto. Nada de coaliciones imposibles. Quéjate tú por

tu cuenta, y yo me lamentaré por la mía. No somos hermanas. _Non

possumus._ Somos un contraste.

LA CAPILLA

Como quieras. Pero de nuestra antítesis sale una armonía elocuente. Á

mí no me dejan _abrirme_ y ya estoy construída. Á ti te abrirán sin

inconveniente, pero no te construyen. Si no fuera absurdo se podría

decir que quien sale perdiendo es Dios, que tiene dos templos menos.

LA CATEDRAL

En otros siglos, valga la verdad, no te dejarían abrirte tampoco, y

hasta se atreverían á derribarte; pero, en cambio, á mí me construirían

en poco tiempo, con entusiasmo, á la voz de la fe viva y ardiente.

LA CAPILLA

Doctor Sutilis (Cuentos) · 第 8 / 17 段