levantar tus paredes, tus torres. De la religión se han quedado con lo
peor, con la intransigencia.
LA CATEDRAL
Sí; no cabe negar que falta fe y hay fanatismo. Pero todavía hay
fanáticos peores que los nuestros. Los fanáticos descreídos. El
fanático con dogma tiene esa disculpa, el dogma; pero ¿qué le queda al
impío que ni siquiera es tolerante?
LA CAPILLA
¿Hay de ésos en tu patria?
LA CATEDRAL
Muchos. Son inquisidores herejes, familiares de la apostasía, ó lo que
es peor que todo: sectarios intransigentes de la negación, _celotas_ de
la impiedad superficial, sicarios del ateísmo. ¡Hay español nieto de
cien cristianos que ha dado su religión por cuatro frases hechas... con
cuatrocientos galicismos!
LA CAPILLA
Tal vez constituyen la mayoría entre unos y otros. Los fanáticos á la
antigua no quieren más culto que su culto; como si su dios fuera el
sol, no el Espíritu Eterno, toleran en la sombra otros ritos, otras
ceremonias religiosas, pero no á la luz del día. ¡Adoran á Febo y temen
que se profane su culto!
LA CATEDRAL
Los fanáticos _modernos_ no conciben que se construya una catedral en
Covadonga á expensas de toda la nación, como obra patriótica, como
grandioso monumento que conmemora la primera hazaña de la reconquista,
el primer milagro del valor español en su lucha de tantos siglos
contra los sectarios de Mahoma. “¿Por qué una catedral?--gritan--¿Y la
libertad de cultos? ¿Y el racionalismo? Los que no oímos misa ¿por qué
hemos de construir una catedral?”
¡Porque lo quiere la historia! ¿Por qué no habéis de construir en
Covadonga una mezquita, ni una pagoda, ni un frío monumento anodino,
_abstracto_ como el del Dos de Mayo, lo cual equivaldría á olvidar la
mitad, por lo menos, de lo que Covadonga representa? ¿Que no queréis
hacer de Covadonga un Lourdes? Perfectamente; pero si no queréis que
otros, aunque sea poco á poco, hagan eso, apresuraos á hacer otra cosa,
una obra nacional, un gran recuerdo histórico; y como la Historia es
como es y no como el capricho de cada cual, Covadonga, quiéralo ó no
el racionalista _negativo_, tiene que representar dos grandes cosas:
un gran patriotismo, el español, y una gran fe, la fe católica de
los españoles, que por su fe y su patria lucharon en Covadonga. Una
catedral es el mejor monumento en estos riscos, altares de la patria.
LA CAPILLA
Hablas como un libro. Y esos fanáticos _nuevos_ son tan irracionales
como los viejos, que me niegan el derecho á la vida porque, llamándome
yo cristiana, y sin que nadie me niegue tal nombre, ostento en mi
fachada una cruz y un letrero que dice: “Cristo, redentor eterno”. ¿Qué
hay de malo en esto?
LA CATEDRAL
Creerán que lo dices con segunda.
LA CAPILLA
El signo de la cruz ¿no es siempre santo? ¿Ó es que quieren parecerse
esos fanáticos ortodoxos al impío Strauss, que en sus _Confesiones_
llega á declarar que la cruz le repugna?
LA CATEDRAL
Con la Constitución del Estado en la mano te demuestran que no tienes
derecho á la cruz de la fachada...
LA CAPILLA
Así argumentaban los saduceos cuando querían probar á Roma que Jesús
barrenaba la constitución judaica...
LA CATEDRAL
En cambio, si los fanáticos _nuevos_ triunfan, ya harán otra
Constitución para declarar que en España tanto como yo representa
cualquier zaquizamí en que á un extravagante soñador se le antoje
exhibir un culto de su invención... y acaso de su industria. Unas
constituciones niegan la historia y otras niegan la filosofía... Pero
al fin á ti sólo te perjudican tus contrarios, los que ven en ti el
símbolo de la abominación. Pero á mí me dejan abandonada todos, los
que debieran ser mis amigos por patriotas y los que debieran serlo por
patriotas y por creyentes de mi Iglesia. Hace muchos años, un santo
obispo, varón elocuente y virtuoso, lleno de humildad y de fe, vino de
Levante, de país muy diferente de estas mis brumosas montañas, y él,
hijo del sol, de la clara y diáfana atmósfera mediterránea, se enamoró
de estos lugares húmedos y oscuros por el encanto singular de estas
montañas, sagradas para el cristiano y para el patriota. La idea del
santo obispo fué construir aquí una catedral sobre estos vericuetos
dantescos, y en los primeros trabajos necesarios empleó su patrimonio.
La fe y el patriotismo de los demás debía ayudarle, convertir en
realidad su noble idea... Pero España no comprendió la grandeza del
propósito. Se convirtió en cuestión de interés provincial puramente
lo que debiera ser empresa nacional, porque Covadonga no es sólo de
Asturias, es de España.
LA CAPILLA
Y esta aristocracia ilustre, cuyas principales damas tan ruda guerra
me han declarado á mí, ¿no ha dado su dinero, no ha facilitado su
influencia para levantar tus muros y hacer de tus naves un santuario
digno de la gran idea religiosa y española que representas?
LA CATEDRAL
Esas damas ilustres, cuyos títulos reunidos parecen un índice de la
historia de España, no se han acordado de mí... ni del origen de su
grandeza. Cuanto más ilustres esos grandes apellidos y esos grandes
títulos, más se acercan á mí. No hay nobleza castellana más pura, más
grande que la que tenga su origen cerca de estas fuentes, de estas
aguas que se despeñan por ese torrente abajo...
LA CAPILLA
Conque todas esas señoras que han ido á suplicar á Sagasta que no se
me abra...
LA CATEDRAL
Ignoran todas que un modesto sacerdote anda por Asturias de puerta en
puerta mendigando una limosna para ir construyéndome poco á poco y
con el menor gasto posible, sin la magnificencia arquitectónica que
merezco... Debiera ser yo la obra espontánea, simultánea y unánime de
todas las fortunas de España, y no soy más que una humilde prueba de la
caridad y del _provincialismo_ de unos pocos asturianos... ¿Qué más? Se
acaba de celebrar el centenario de Cristóbal Colón y su descubrimiento,
y todos han pensado en Granada, nadie se acordó de Covadonga. Yo no
discuto si esas ilustres señoras y esos insignes obispos que piden al
Estado que no consienta tu apertura hacen bien ó hacen mal. Lo que digo
es que mucho más urgente que impedir á los demás abrir sus templos es
construir los propios.
CORO DE CATEDRALES
¿Qué importa una capilla protestante en esta tierra en que somos
nosotras legión? ¡Somos un bosque de torres cristianas! ¡Pero muchas
amenazamos ruina! ¡Que se salve la Giralda! ¡Que resplandezca la
linterna mágica de León, aquella inspiración sublime de piedra!
¡Levantad en Covadonga, no una pobre basílica amanerada y raquítica por
su miseria, sino un reflejo glorioso de nuestra grandeza! ¡La fe de
León, de Burgos, de Sevilla, de Granada, se salvó en Covadonga!
LA CAPILLA EVANGÉLICA
¡Oh, coro sublime! ¡Oh, sublime religión de Jesús!... ¡Tú sola pudiste
inspirar estos ideales himnos de piedra!...
Bajando la voz, porque á Segura llevan preso.
_¡Christus redemptor æternus!_
UN CANDIDATO
Tiene la cara de pordiosero; mendiga con la mirada. Sus ojos, de color
de avellana, inquietos, medrosos, siguen los movimientos de aquél
de quien esperan algo, como los ojos del mono sabio á quien arrojan
golosinas, y que devorando unas, espera y codicia otras. No repugna
aquel rostro, aunque revela miseria moral, escaso aliño, ninguna
pulcritud, porque expresa todo esto, y más, de un modo clásico, con
rasgos y dibujo del más puro realismo artístico: es nuestro Zalamero,
que así se llama, un pobre de Velázquez. Parece un modelo hecho á
propósito por la Naturaleza para representar el mendigo de oficio,
curtido por el sol de los holgazanes en los pórticos de las iglesias,
en las lindes de los caminos. Su miseria es campesina; no habla de
hambre ni de falta de luz y de aire, sino de mal alimento y de grandes
intemperies; no está pálido, sino aterrado, no enseña perfiles de
huesos, sino pliegues de carne blanda, fofa. Así como sus ojos se
mueven implorando limosna y acechando la presa, su boca rumia sin
cesar, con un movimiento de los labios que parece disimular la ausencia
de los dientes. Y con todo, sí, tiene dientes, negros, pero fuertes.
Los esconde como quien oculta sus armas. Es un carnívoro vergonzante.
Cuando se queda solo ó está entre gente de quien nada puede esperar,
aquella impaciencia de sus gestos se trueca en una expresión de
melancolía humilde sin dignidad picaresca, sin dejar de ser triste; no
hay en aquella expresión honradez, pero sí algo que merece perdón, no
por lo bajo y villano, sino por lo doloroso. Se acuerda cualquiera,
al contemplarle en tales momentos, de Gil Blas, de don Pablos, de
Maese Pedro, de Patricio Rigüelta; pero como este último, todos esos
personajes con un tinte aldeano que hace de esta mezcla algo digno de
la égloga picaresca, si hubiese tal género.
Zalamero ha sido diputado en una porción de legislaturas; conoce á
Madrid al dedillo, por dentro y por fuera; entra en toda clase de
círculos por altos que sean; se hace la ropa con un sastre de nota, y
con todo, anda por las calles como por una calleja de su aldea remota y
pobre.
Los pantalones de Zalamero tienen rodilleras la misma tarde del día
que los estrena. Por un instinto del gusto, de que no se da cuenta,
viste siempre de pardo, y en invierno el paño de sus trajes siempre es
peludo. Los bolsillos de su americana, en los que mete las manazas muy
á menudo, parecen alforjas.
No se sabe por qué, Zalamero siempre trae migajas en aquellos bolsillos
hondos y sucios, y lo peor es que, distraído, las coge entre los dedos
manchados de tabaco y se las lleva á la boca.
Con tales maneras y figura, se roza con los personajes más
empingorotados, y todos le hacen mucho caso. “Es pájaro de cuenta”,
dicen todos.
“Zalamero, mozo listo,” repiten los ministros de más correa.
Fascina solicitando. El menos observador ve en él algo simbólico;
es una personificación del genio de la raza en lo que tiene de más
miserable, en la holgazanería servil, pedigüeña y cazurra. “Yo soy un
frailuco--dice el mismo Zalamero--; un fraile á la moderna. Soy de
la orden de los mendicantes parlamentarios.” Siempre con el saco al
hombro, va de ministerio en ministerio pidiendo pedazos de pan para
cambiarlos en su aldea por influencias, por votos. Ha repartido más
empleos de doce mil reales abajo, que toda una familia de ésas que
tienen el padre jefe de partido ó de fracción de partido. Para él no
hay pan duro; está á las resultas de todo; en cualquier combinación
se contenta con la peor; lo peor, pero con sueldo. Sus empleados van
á Canarias, á Filipinas; casi siempre se los pasan por agua; pero
vuelven, y suelen volver con el riñón cubierto y agradecidos.
--¿Qué carrera ha seguido usted, señor Zalamero?--le preguntan las
damas.
Y él contesta sonriendo:
--Señora, yo siempre he sido un simple hombre público.
--¡Ah! ¿Nació usted diputado?
--Diputado, no, señora; pero candidato creo que sí.
--¿Y ha pronunciado usted muchos discursos en el Congreso?
--No, señora: porque no me gusta hablar de política.
En efecto; Zalamero, que sigue con agrado é interés cualquier
conversación, en cuanto se trata de política bosteza, se queda triste,
con la cara de miseria melancólica que le caracteriza, y enmudece
mientras mira receloso al preopinante.
No cree que ningún hombre de talento tenga lo que se llama ideas
políticas, y hablarle á Zalamero de monarquía ó república, democracia,
derechos individuales, etc., etc., es darle pruebas de ser tonto ó de
tratarle con poca confianza. Las ideas políticas, los credos, como él
dice, se han inventado para los imbéciles y para que los periódicos
y los diputados tengan algo que decir. No es que él haga alarde de
escepticismo político. No; eso no le tendría cuenta. Pertenece á un
partido como cada cual; pero una cosa es seguirle el humor al pueblo
soberano, representar un papel en la comedia en que todos admiten el
suyo, por no desafinar, y otra cosa es que entre personas distinguidas,
de buena sociedad, se hable de las ideas en que no cree nadie.
Zalamero, en el seno de la confianza, declara que él ha llegado á ser
hombre público... por pereza, por pura inercia. “Dejándome, dejándome
ir, dice, me he visto hecho diputado. Nunca me gustó trabajar; siempre
tuve que buscar la compañía de los vagos, de los que están en la plaza
pública, en el café, azotando calles á las horas en que los hombres
ocupados no parecen por ninguna parte. ¿Qué había de hacer? Me aficioné
á la cosa pública: me vi metido en los negocios de los holgazanes,
de los desocupados, en elecciones. Fuí elector y cazador de votos,
como quien es jugador. Cuando supe bastante me voté á mí propio. El
progreso de mi ciencia consistió en ir buscando la influencia cada vez
más arriba. He llegado á esta síntesis: todo se hace con dinero, pero
arriba. Cuanto más arriba y cuanto más dinero, mejor. El que no es
rico, no por eso deja de manejar dinero; hay para esto la tercería de
los grandes contratos vergonzantes. El dinero de los demás, en idas y
venidas que ideaba yo, me ha servido como si fuera mío.”
Mientras muchos personajes andan echando los bofes para asegurar
un distrito, y hoy salen por aquí, mañana por los cerros de Úbeda,
Zalamero tiene su elección asegurada para siempre en el tranquilo
huerto electoral que cultiva abonando sus tierras con todo el estiércol
que encuentra por los caminos, en los basureros, donde hay abono de
cualquier clase.
Aunque trata á duquesas, grandes hombres, ilustres próceres,
millonarios insignes, cortesanos y diplomáticos, en el fondo Zalamero
los desprecia á todos, y sólo está contento y sólo habla con sinceridad
cuando va á recorrer el distrito, y en una taberna, ó bajo los árboles
de una pumarada, ante el paisaje que vieron sus ojos desde la niñez,
apura el jarro de sidra ó el vaso de vino, bosteza sin disimulo,
estira los brazos, y á la luz de la luna, con la poética sugestión de
los rayos de plata que incitan á las confidencias, exclama con su voz
tierna y ronca de pordiosero clásico, dirigiéndose á uno de sus íntimos
aldeanos, agentes, electores, sus criaturas.
--...Y después, si Dios quiere, como otros han llegado, puedo llegar á
ministro... y como no soy ambicioso, juro á Dios que con los treinta
mil reales de la cesantía me contento; sí, los treinta mil... aquí,
en esta tierra de mis padres, en la aldea, bajo estos árboles, con
vosotros...
Y Zalamero se enternece de veras y suspira porque ha hablado con el
corazón. En el fondo es como el aguador que junta ochavos y sueña con
la terriña. Zalamero, el palaciego del sistema parlamentario, el pobre
de la Corte de los Milagros... del salón de conferencias: el mendicante
representativo, no sueña con grandezas, no quiere meter al país en un
puño, imponer un credo.
¡Qué credos!
Ser ministro ocho días, quedarse con treinta mil... y á la aldea. Es
todo lo Cincinnato que puede ser un Zalamero. No quiere ser gravoso á
la patria. “Si me hubiesen dado una carrera, hoy sería algo. Pero un
hombre como yo ¿á qué ha de aspirar sino á ser ministro cesante cuando
la vejez ya no le consienta trabajar... el distrito?”
LA CONTRIBUCIÓN
TRAGICOMEDIA EN CUATRO ESCENAS
ESCENA PRIMERA
Estación de Pinares. Al amanecer. El campo cubierto de escarcha. Mucho
frío. El tren parado delante del andén. Algunos viajeros de tercera
corren á la cantina, donde se sirve café malo, pero caliente. Muchos
se soplan las manos, otros dan patadas fuertes contra el suelo, otros
se pasean, mientras se les prepara el café. Los empleados, pocos y mal
vestidos, de la estación, muestran actividad extraordinaria. Es que
en un coche de lujo, en un _break_, viajan altos funcionarios de la
Compañía y un ministro, el de Hacienda.
UN VIAJERO DE 3.ª
Enfermo, de color de aceituna, muy débil, vestido con un traje claro
muy ligero; se acerca, andando y hablando con dificultad, al jefe de
la estación, que pasa con mucha prisa.
¿Me hace el favor?
EL JEFE
¿Qué hay?
VIAJERO DE 3.ª
¿Cuántos minutos para aquí?
EL JEFE
¿No lo ha oído usted? Cinco.
VIAJERO DE 3.ª
Pero como decían... que hoy... que se habían bajado unos señores que
tienen que hacer ahí fuera... y se les esperaría... Pensaba yo...
EL JEFE
Eso no es cuenta de usted ni mía.
El jefe desaparece sin oir las excusas del viajero de 3.ª, que teme
haber ofendido á aquel personaje.
VIAJERO DE 3.ª
Á otro empleado de la estación.
¿Se puede saber cuánto pararemos aquí?
EL EMPLEADO
¡Uf! Lo menos un cuarto de hora. ¿No ha visto usted que se han apeado
esos señores para ver las obras del puente? Lo menos un cuarto de hora.
VIAJERO DE 3.ª
Con expresión de alegría y agradecimiento.
Muchas gracias, muchas gracias... Pero ¿está usted seguro que un cuarto
de hora lo menos?
EL EMPLEADO
Con el humor del jefe:
Hombre, ¿quiere usted una hipoteca?
Se va.
VIAJERO DE 3.ª
No, señor, gracias... Usted dispense... Basta la palabra... ¡Quince
minutos! ¡Oh, sí, me decido! ¡Dios mío, dame fuerzas!
Con gran trabajo, respirando con dificultad, se dirige
hacia... _lo que no puede decirse_. Lee:
_Señoras_... ¡Aquí no!
Da otros cuantos pasos con gran dificultad. Lee:
_Caballeros._
Vacila; muestra gran desaliento.
No hay más... Sí, aquí debe de ser.
Desaparece. Pasan tres minutos. Suena una campana.
UNA VOZ
Señores viajeros, ¡al tren!
Los pasajeros del _break_ ya han ocupado su coche.
Al parecer, tienen prisa. Uno de ellos se dirige
al jefe de estación, que se cuadra.
EL PERSONAJE
Sí, sí; ahora mismo. Pite usted. El ministro se siente mal y hay que
llegar cuanto antes á la ciudad...
El empleado de marras habla en voz baja al jefe y señala al lugar
por donde ha desaparecido el viajero de 3.ª. El jefe hace un gesto
de contrariedad y se encoge de hombres. El personaje se retira de
la ventanilla. El jefe espera unos segundos. El empleado y algunos
viajeros, que se dirigían corriendo al tren, hacen señas, como de
quien mete prisa á alguien, en la dirección por donde ha
desaparecido el viajero de 3.ª.
EL EMPLEADO
¡Vamos, hombre, á escape!... Que se queda usted en tierra...
UN VIAJERO
¡Que se va el tren!
Suena el pito.
¡Que se va!... ¡Ese pobre hombre!... ¡Que no puede!... ¡Que se cae!...
Allá ustedes.
Monta corriendo en su coche.
EL EMPLEADO
Pero ¿qué le pasa?
El tren empieza á moverse.
VIAJERO DE 3.ª
Aparece, arrastrándose casi, con una mano apoyada en el suelo
y otra sujetando la ropa. Lívido, aterrado, habla con voz
debilísima; quiere llegar al tren que marcha.
¡Socorro! ¡favor!... ¡Ayudarme, ayudarme! ¡No puedo, no puedo!...
Toca con una mano el estribo,
un mozo de la estación y el empleado de
antes se precipitan hacia él para contenerle.
EL EMPLEADO
¡Imprudente!... ¡Desgraciado!... ¡Que le arrastra, que le deshace el
tren!...
VIAJERO DE 3.ª
¡Por Dios!... ¡Arriba!... Quiero morir allá... en Cardaña... junto á mi
padre... ¡Falta tan poco!... ¡Ayuda, arriba!...
MUCHAS VOCES
¡Imposible!...
Quieren ayudarle los de dentro y los de fuera. Se abre
una portezuela, se tienden varias manos. Todo inútil. El tren
sigue, el viajero de 3.ª cae sin sentido en brazos del mozo
de la estación. Todas las ventanillas, las del break
inclusive, llenas de cabezas. Curiosidad inútil.
El tren desaparece.
VOCES EN EL TREN
¿Quién es? ¿Quién será?
OTRAS VOCES
Dicen que es un soldado de Cuba que viene por enfermo...
ESCENA SEGUNDA
Cardaña. La estación. Mucho frío. Muy poca gente en el
andén. Un viejecillo ochentón, apoyado en muletas, rendido
de fatiga, se arrima á una columna de hierro y mira con
ansiedad hacia la parte de Pinares, por donde va á llegar
el tren. Llega el tren. Nadie se apea. ¡Un minuto de parada!
grita una voz. Suena inmediatamente una campana, luego un
silbido y el tren emprende la marcha.
EL VIEJO
¡Dios mío! ¿Qué es esto? Nadie, nada... ¿Se habrá dormido? No,
imposible. Es que no viene. ¿Dónde se ha quedado? Si debía llegar
ahora, sin falta... ¡Enfermo, enfermo por el camino!... ¡Mi Nicolás,
Nicolás!... Nada; no viene... y ya se aleja el tren... ¡No viene... no
viene!... ¡Dios mío!...
EL JEFE DE LA ESTACIÓN
¿Qué es eso, señor Paco? ¿Qué le sucede? ¿Le han arrojado ya de su casa
esos caballeros _mandones_?
EL VIEJO
No... si ahora no es eso... No es la casa... Es mi hijo... Nicolás, que
vuelve de Cuba muy enfermo, deshaciéndose... y debía llegar en este
tren... ¡y nada!
EL JEFE
Calma, hombre; vendrá mañana.
EL VIEJO
No, no; ¡me da el corazón una desgracia!... ¡Hoy, hoy, era hoy!... Algo
le pasó en el camino.
EL JEFE
Vaya, que es usted el rigor de las desdichas. Pero ¿qué hay de eso?
¿Es verdad que le han vendido á usted la huerta y la chozuca por mal
pagador, por rebelarse contra el comisionado?... ¡Ja, ja! Usted, señor
Paco, siempre tan... faccioso. ¿Pero no sabe que el que no paga la
contribución... la paga de todas maneras?
EL VIEJO
Yo no podía pagar. ¡Les abandoné mi pobreza! Pero de mi rincón no me
han echado todavía... ¡Ni me echarán! Quiero mi cama en mi choza para
mi hijo, que viene enfermo de Cuba...
EL JEFE
¡Pero si le han vendido la choza, si ya no tiene allí nada suyo más que
la cama!... Usted lo dice, usted se lo abandonó todo.
EL VIEJO
Irritándose.
Sí; lo abandoné porque no podía pagar trimestres y más trimestres...
Me pedían un dineral... Una injusticia... Mientras pude trabajar,
pagué á regañadientes, pero pagué; ahora, solo, baldado, inútil, sin
trabajo... apenas como... y he de pagar... ¿Con qué? ¡Rayos! ¡Mi casa,
la huerta!... Se la llevaron, bueno; ya es de otro... ¡Rayos! Pero si
Nicolás llega enfermo, ¿dónde le meto? ¡Vive Dios! ¡En mi choza, en su
casa!
EL JEFE
Juicio, juicio, señor Paco. Con los mandones no se juega. No haga usted
un disparate. Y salga, que esto se queda solo y yo me voy arriba.
EL VIEJO
Saliendo de la estación hacia el pueblo.
¡Dios mío! Pero ¿dónde está mi hijo? ¡Enfermo!... ¡Abandonado en el
camino!... ¡Muerto, acaso muerto!
ESCENA TERCERA
La tarde del mismo día. Calle de aldea, solitaria, delante
de la casucha del señor Paco. El alcalde y dos hombres
mal encarados, vestidos á lo ciudadano, pero con mala ropa,
se acercan al señor Paco, sentado á la puerta de su casa.
EL ALCALDE
¡Ea, señor Paco, esto se acabó! La paciencia y todo, se acaba.
EL SEÑOR PACO
¿Qué quiere usted decir, señor alcalde?
EL ALCALDE
Que estos señores vienen á tomar posesión de lo que es suyo. Que
esta casa ya no es de usted. Que usted ha dejado que la Hacienda se
incautase de sus bienes y sin mezclarse usted en nada, despreciando la
ley, como si ésta no tuviera que cumplirse, ha visto sin moverse que,
paso tras paso, como pide la justicia, se fueran llenando todos los
requisitos para dejarle á usted en la calle... Y ahora que eso ya es
de otro, de este caballero que acompaña al señor comisionado, á quien
usted conoce...
EL SEÑOR PACO
Sí; demasiado.
EL ALCALDE
Ahora que usted no tiene ahí dentro más que unos pocos muebles, ni
quiere sacarlos, ni se va con la música á otra parte... y eso no está
en el orden. Haber pagado á su tiempo.
EL SEÑOR PACO
No tenía con qué.
EL ALCALDE
Eso no es cuenta mía. Ni esto tampoco... Entendámonos: estos señores
recurren á mí, porque, por la presente, y á falta de mejor... postor...
eso es, soy la fuerza pública, vamos al decir. Está usted ejecutado; la
ley ya no tiene más que hacer... á no ser que quiera que materialmente
se le eche á patadas...
EL SEÑOR PACO
¡Atrévase usted, señor alcalde!...
EL ALCALDE
No, yo no. Es usted un pobre viejo. Pero vendrá la guardia civil, ya
que es usted tan testarudo. Este caballero ya ha estado aquí tres
veces. Tiene razón al quejarse de que no se le haya hecho salir de
aquí á usted á su debido tiempo. Por lástima han hecho todos la vista
gorda hasta llegar el último momento... Pero ésta es la de vámonos.
Tanto derecho tiene usted á estar en esta casa como en la mía. Yo, por
motivos de orden público, digámoslo así, vengo á darle el último aviso
por las buenas. Este señor ya está cansado de aguantarle... Conque, ó
deja usted libre la puerta... ó vienen los guardias ¡y hay violencia!
EL SEÑOR PACO
¡Que venga un ejército! Que me maten... de aquí no me muevo. Espero
á mi hijo... á Nicolás... que viene muy enfermo... ¡Dios mío! ¡Si
llega! ¿En dónde le acuesto? Viene de Cuba... deshaciéndose... Mi cama
es suya... ahí, en ese rincón donde nació... donde moriremos los dos
abrazados... en nuestra casa, donde murió su madre... en mi choza...
mía, pese á todas las contribuciones del mundo. No pago, porque no
puedo... ¡pero mi casa es mía!
EL COMISIONADO