--Voy á escribir--se dijo--una obra inmortal de filosofía; se la llevo

á un editor, y si me la paga, como, y si no, que él se las arregle con

el fallo inapelable de la historia.

Y dicho y hecho. Comenzó á llenar pliegos y más pliegos de filosofía,

y cuando tuvo escritas dos mil páginas de investigaciones ascendentes

y otras dos mil de las descendentes, se presentó á un editor que á la

sazón publicaba _El latente pensante_, traducido al chino.

El editor era muy bruto. Esto no tiene nada de particular.

Siempre había tenido un criterio muy raro para las obras del ingenio

humano en siendo escritas. Él había sido maestro de escuela, y nadie le

sacaba de sus trece: el mejor escritor es el que mejor escribe. Esto

pensaba Sánchez el editor, aunque no se atrevía á decirlo, porque la

opinión general era muy distinta.

Don Ermeguncio le presentó sus resmas de filosofía ascendente y

descendente, y ya temía que Sánchez se las tirase á la cabeza, cuando

notó que el concienzudo editor abría los ojos y la boca, tan asombrado

como podía estarlo un partidario de Torío, que ya no esperaba ver una

gallarda letra bastardilla en lo que le quedaba de vida.

Sánchez dejó sobre la mesa la filosofía de ida y vuelta con el respeto

con que el sacerdote deja el copón en el sagrario, y abriendo los

brazos, cerrólos después que tuvo entre ellos, y le apretó á su gusto,

al autor insigne, al escritor de los escritores, al escritor de mejor

letra que había conocido.

--¡Esto es escribir, esto es escribir, y lo demás son

cuentos!--exclamó Sánchez; esto es Torío puro, Torío sin mezcla.

Usted conserva la buena tradición; usted es mi hombre. Esto no se

imprimirá como cualquier libro con letra de molde; esto se conservará

en litografía; esto debe pasar á la inmortalidad como monumento

caligráfico. Y usted, joven ilustre, flor y nata de los pendolistas, el

mejor escritor del mundo, usted tendrá casa y mesa, y dinero para el

bolsillo, y el oro y el moro, porque yo le tomo á usted á mí servicio;

usted será mi secretario, mejor dicho, mi escribiente.

Trascendencia dudó entre matar á aquel hombre, incapaz de comprender su

sistema, ó aceptar la plaza que le ofrecía.

Y siendo filósofo de veras por la primera vez en su vida, dijo:

--Seré su escribiente de usted.

--Pero júreme usted conservar estos perfiles, estos rasgos, esta santa

y pura tradición de Torío...

--Lo juro.

Y Ermeguncio vivió feliz, cobró á toca teja, y no volvió á pasar

hambres ni filosofías.

Al fin había seguido la vocación.

Había nacido para escribiente.

NOVELA REALISTA

Apuntes de la cartera de un suicida:“--He venido á Z... á bañarme

y á resucitar la muerta poesía del corazón. He dado trece baños,

número fatal, y hoy me decido á quedarme en el agua. He cogido la

sábana como si fuera un sudario; el calzoncillo de punto me lo he

puesto como quien se viste la mortaja. Al pasar bajo el balcón del

célebre doctor Sarcófago le he visto apoyado sobre el antepecho.

Fumaba tranquilo, de bata, calzando babuchas tan holgadas y tan

poco cristianas como su conciencia. Eran babuchas berberiscas. El

doctor me ha saludado sonriente.--¡Corto, corto! gritaba, ya se lo

tengo á usted dicho.--Quería decir que el baño durase poco.--¿Baño de

impresión, no es eso?--Sí, de impresión.--Así será en efecto. ¡Un

baño de impresión!--Escribo en la casa de baños. Es decir, en la

capilla. ¡Acabo de fumar un cigarro del estanco y de leer un número

atrasado de _La Correspondencia_! El cielo está nublado, llueve, hace

frío, el agua está como dormida, en la sucia playa se abaten las olas

sobre montones de inmundicia. Parece esto un lavadero público. Todo

es triste, insignificante, sucio. Allí está don Restituto, con el

agua al cuello, aunque sólo le llega á las rodillas; pero su esposa

doña Paz está á su lado, mejor sobre sus costillas, y don Restituto,

mísero Atlante con 8.000 reales de sueldo, sufre en los hombros la

inmensa pesadumbre de su cara mitad. Una mitad leonina. ¿Y qué me

importa á mí esto? Nada. Y sin embargo, la presencia de doña Paz me

turba, y mi deseo de morir es más vehemente contemplando esta cópula

canónica y civil que se llama ante el mundo matrimonio, y en el

hogar es la explotación del hombre por el histérico. Doña Paz tiene

histérico, última _ratio_ de la machorra. ¡Machorra! Palabra grosera,

sarcástica, que el Diccionario autoriza. En Madrid don Restituto

es mi subalterno. Yo cobro algo más que él, soy su jefe. Y yo soy

soltero, ni fumo, ni bebo. Don Restituto bebería, fumaría, si tuviese

dinero y no tuviese á doña Paz. Mi subalterno y su esposa han venido

á baños conmigo por una de esas casualidades terribles de que está

la vida llena. Aburrido de Madrid, muerto de calor, soñando con la

poesía de mi juventud, me introduje en un coche de primera, olvidado

de todas las cosas prosaicas de la vida, con el anhelo del ideal. De

pronto abren la portezuela.--¡Está lleno!--estuve por gritar. Y era

verdad; estaba lleno el mundo, cuanto más el coche, de los fantasmas

de mis ilusiones. ¿Qué falta me hacía á mí un compañero de viaje que

probablemente tendría ese reloj del ferrocarril que se llama la Guía,

y que en España sólo sirve para convencerse de que ningún tren llega

á debido tiempo á ningún sitio? Un compañero de viaje que me daría

las buenas tardes y después me miraría sonriente como anuncio de una

amistad que allí mismo iba á empezar (porque la gente que viaja poco

cree en las amistades del viaje y las procura). Lo primero que apareció

fué una maleta de las que usaban nuestros abuelos para viajar á lomos

de un mal rocín. Después entró en el coche una escusa-baraja; luego

un serón, después dos cestas, después un jamón con camisa, esto es,

enfundado en lona blanca, á guisa de violín; después una manta de tal

longitud, que aún no había entrado toda cuando ya amenazaba romper

los cristales de la ventanilla de enfrente. Protesté enérgicamente,

librándome como pude de aquella agresión anónima. Aún ignoraba yo qué

clase de bárbaro hacía aquella invasión. Entonces oí una voz débil

que decía:--Dispensen ustedes, caballeros...--¡Vaya usted al diablo!

Á ver, un empleado de la estación, el jefe, un civil, cualquier

cosa, ¡socorro!--El jefe acude.--Esto no puede ir con ustedes; no

es de uso personal ni necesario en el viaje.--Sí, señor, que es;

es decir, yo no necesito nada de eso, pero mi señora sí; ¡como

padece del histérico!--¡Histérico! exclamé, ¿entonces es usted don

Restituto?--¡Oh, mi querido jefe! gritó el subalterno al conocerme; y

me dió un abrazo, y sobrevino doña Paz; y como yo pasé por todo, el

jefe de la estación no se opuso, pues no había más viajeros, á que

entrasen en el coche los voluminosos artículos de primera necesidad

de la señora del histérico.--Si hubiese podido mandar á doña Paz á

un furgón yo hubiera sostenido mi derecho, pero admitida ella, lo de

menos era consentir los bultos, que al fin no tenían histérico.--¡Y

válgame Dios qué viaje! Entre marido y mujer me pusieron la bilis en

revolución. ¡Cuánta pusilanimidad en el esposo y en ella! ¡cuántas

abominaciones! Don Restituto tuvo que quitarle las botas, calzarle

las zapatillas, y porque no procuraba ocultar á mis ojos profanos los

tobillos de su cara mitad, doña Paz le riñó por lo bajo, con intención

de que yo lo oyera, y le dijo que aquella falta de pudor conyugal le

daba mala espina; porque indicaba poco amor ó excesiva confianza; ¡y si

no fuera que una es como es! Don Restituto aseguraba que yo era corto

de vista, pero doña Paz insistía en que yo había visto algo.--Juro á

Dios que no había visto nada. Llegó la noche; don Restituto dormía.

Doña Paz suspiraba. Con pretexto de que se mareaba yendo de espalda

á la máquina, se sentó junto á mí. Y el Señor me dejó caer en la

tentación. Doña Paz es fea, no es joven; pero quise probar aquella

virtud. La primer tentativa fué rechazada con un melindre. La segunda,

que iba á ser la última y acreditar para siempre la castidad de aquella

histérica dama ¡ay, la segunda tentativa fué un crimen frustrado!

Doña Paz, indignada quizás con el escaso pudor conyugal, como ella

decía, de aquel esposo, tomó cruel venganza. Hizo á su manera lo que

aquella reina de Frigia que compartió el trono con el sabio Gijes.

Pero yo, ni maté á don Restituto ni consumé lo que aún ignoro si se

podría consumar. Pero doña Paz no fué por eso menos infiel. ¡Ridícula y

terrible aventura!”

* * * * *

“Y yo había amado á lo Werther; yo había nacido para el ideal; pero

¡ay! como dicen en el Ateneo de Madrid, los ideales han muerto: ya

sólo quedan las mujeres histéricas para mí. No hay tormento comparable

á mi tormento; yo tengo la conciencia torturada por un crimen que me

dió el hastío por todo placer. Recuerdo con asco y con vergüenza una

aventura que arrojó el cieno de la deshonra sobre las canas de un buen

amigo. ¡Pobre don Restituto!... Ahora me llama el infeliz, me dice que

corra á bañarme á su lado. ¡Sugestiones de su mujer!--Voy á vengarme y

á vengarle; voy á dar á esa Mesalina de la calle de las Postas un buen

susto. Éste es mi plan. Nado junto á ella, la invito á un ensayo de

natación bajo mis auspicios; ella acepta de fijo; la llevo por la barba

adonde nos cubra, finjo un accidente, me voy al fondo, y ella... Yo no

soy responsable. Un muerto no responde de nada. Si perece no es mía la

culpa, ó si es mía, es una culpa que me honra. Por desgracia no faltará

quien acuda á tiempo para salvarla; ella sin saberlo, debe flotar

como el corcho. Á lo menos en todas las disputas domésticas siempre

ha quedado encima como el aceite.--Allá voy, don Restituto, corro á

salvarte, á librarte si puedo de tu doña Paz de tus pecados. Y además

te proporciono un ascenso. ¿Para qué quiero yo el destino? ¡Yo que

soñé con la gloria, me veo reducido á ser jefe de un don Restituto! Tú

serás el jefe en adelante, hombre probo, tú ascenderás, tú tendrás esos

cinco mil reales que faltan para que te llegue el agua al sal. Mañana

dirán de mí que tuve la cobardía de matarme, que cometí un crimen. No;

hice una obra de caridad, dí el ascenso inmediato á un funcionario

que cuenta veinticinco años de servicio y otros tantos años de hambre.

La vida se ha hecho para los Restitutos que esperan veinticinco años

un ascenso y se ligan con indisoluble vínculo al histérico semoviente.

Sí, ¡doña Paz es la mujer probable! Ella también habrá tenido sus

quince, aunque parece mentira. Quién sabe si mi Carlota, que era como

una sílfide, que andaba de manera que sus pasos parecían aleteos de

ángel--frase que se me ocurrió escribir en aquel soneto que no se

me ocurrió enviarle--¡quién sabe si ella también... tendrá á estas

horas bajo sus uñas un don Restituto, si ella también habrá padecido

ó padecerá histérico!--¡Ay, la mujer que no muere con la tisis

interesante de la juventud, llega á ser fatalmente doña Paz!--Allá voy,

allá voy, don Restituto--Él me llama á la muerte; sí, él puede hacerlo,

él es mi víctima, aunque lo ignora; allá voy, sí, laven las ondas del

océano la afrenta de tu honor.”

Así terminan estos apuntes, que con notoria imprudencia dejó en el

bolsillo de la levita el incauto criminal.

* * * * *

En el libro de cuentas “para huso de Doña Paz Cordero de Cabra” se lee

al folio 20 lo que sigue: Manteca 12 uebos 20 Haceyte 6, y más abajo:

“Yo lamaba, si le hamaba, perro el no lo savia, una muger como yo no

puede dar á entender su hamor sin desonrrarse y desonrrar á su manido.

Yo á los quinze años le havia bisto y hamado, el no se havia figado

en mi, porque hestaba enamorrado de Carrlota y de sus Ilusiones sovre

todo: erra Pueta, soñador, anvicionava bolar muy alto, y yo no podia

yamar su Hatenzion. Uió de nuestro puevlo, perro mi hamor se quedó

conmijo, cada dia herra mayor, mas triste, perro grande como nunca. No

bolbi a hoir ablar del, perro aqui en el corracon su Recuerrdo bibia,

bibia heterrno. Mi madre se morria desesperrada por degarme sola y

pobre, restituto era goben, vueno y mamava y le dy mi mano sin hamor,

como pude hir al ospizio. En este matrimonio no ice mas que Enjorrdar

y Enjorrdar y hazquirir un genio muy malo, caprichoso, antogadizo,

por culpa de mi tristeza hintima y de la pubreza de Elespiritu de mi

hesposo; otro hesposo que no fuerra mi hesposo, uvierra echo de Mi una

muger, él, restituto izo una sultana, una fierra, disimulada, cruel,

mala, mala si. Muchos años pasarron y bolbi a Ver a mi Hamor, herra el

Gefe de restituto en la oficina. ¡No se acordava de mi! ¡Como si nunca

me uvierra bisto y yo que le Beia todos los dias ha todas orras en mi

Halma! Perro no le dige nada, como si tampozo le conociera. Me beia

pocas beces, restituto le querria mucho y procurraba traherle a casa

cuanto podia; yo uia del, Perro en el tren, de noche, cuando yo sentia

cerca del todo el Fuego de la Gubentuz, enloquezida por su presenzia y

por no sé que haromas que benian del campo que atrabesaba el Trren y

asta creo que por suspiros que vajaban de las estrrellas que briyaban

Tanto, no pude menos de hacercarme a El y suspirar y El me cogio la

mano y me ablo de Hamor y de Su Hamor y Aquella Noche de Gran Pecado,

fue la única Feliz de Mi Bida. Que Lo Sepa el Mundo Entero. Despues no

bolbio a ablarme; uia de mi en los vaños, se conoze que fuí parra El un

pasatiempo nada más. Por eso Me Mato. Que Lo Sepa el Mundo Entero y mi

marrido, adios restituto.”

* * * * *

El corresponsal del _Hipódromo_ escribió á su perfumada revista lo

siguiente:

“Hemos tenido también nosotros en Z... nuestro drama, tragedia mejor

dicho. Gracias á esto, hay algo de qué hablar. El señor X... conocido

en Madrid por su afable trato en los círculos más distinguidos, ha

sido el héroe. En traje de baño, si traje se puede llamar á unos

sencillísimos calzoncillos de punto, salió á la playa y entró mar

adentro con rumbo á la eternidad. La señora de V..., esposa de un

modesto empleado se bañaba con su marido, y al pasar cerca de ella

el señor X... indicado, le dió un sonoro beso en la frente, así como

suena, y lanzando una carcajada histérica cayó en las olas sin sentido.

El señor V... acudió en vano á salvar á la no muy casta esposa; con

la fuerza del paroxismo la robusta dama sujetaba al nada atlético

esposo, y en tanto las amargas olas, con esa fría impasibilidad de

la naturaleza, arrastraban á la infortunada pareja. Ambos hubieran

perecido á no estar cerca el señor X... que pudo sacar á la arena al

señor V... donde le dejó antes que volviera en sí. El señor X... se

echó otra vez al agua; los circunstantes, gente toda de Madrid, le

dejaron hacer: creyeron que esta vez iba á salvar á la dama... pero se

le vió desaparecer entre las amargas olas, y ni la señora de V... ni el

señor X... volvieron á la arenosa playa, hasta que la marea trajo horas

después dos cadáveres.”

* * * * *

Cuando leyó don Restituto la confesión de su esposa en el libro de

cuentas, exclamó: ¡Yo te perdono! Después meditó y dijo:

--Y á él también le perdono. ¡Al fin le debo la vida! Si no es por él

me ahogo en el mar ó... en mi cara esposa.

LA PERFECTA CASADA

Don Autónomo, que celebraba sus días en Septiembre, pues en ese mes

“cae” San Autónomo, y que lo diga la _Leyenda de Oro_; don Autónomo

Parcerisa acaba de comer _opíparamente_ rodeado de su esposa é hijos,

muy satisfecho, alegres todos, felices. No había familia más dichosa

en el mundo. Vivían en una _mediocritas si no áurea_, por lo menos de

plata sobredorada, la cual les permitía en los días que repicaban en

gordo tirar la casa por la ventana, en forma de símbolo, por supuesto;

es decir, sin pagar una _onza_ en el gasto extraordinario, que lo demás

quedaba muy guardado en la caja de caudales, en el Banco y en las arcas

de la Equitativa, donde don Autónomo se había asegurado.

Serafina era un serafín; mujer más angelical no la había: era la

perfecta casada de Fray Luis, pero á la moderna, con costumbres algo

menos devotas, pues si no, hoy ya no hubiera sido la perfecta casada.

Nada de gazmoñería, virtud expansiva, alegre; sacrificio constante de

su egoísmo al interés de su marido é hijos, pero sin que se conociera

esfuerzo alguno, con divina gracia. Parecía una mujer como todas y era

la mejor de todas.

No hacía valer su fidelidad (y era guapísima y muy codiciada) como

un mérito: esta pretensión le hubiera parecido ya una especie de

adulterio. Así como á nadie se le ocurre en una sociedad de personas

distinguidas, nobles, ricas, finísimas, que uno de aquellos duques,

ó generales, ó ministros, se va á llevar un candelabro de plata, por

ejemplo, y nadie piensa en el robo posible, pero una posibilidad

_infinitesimal_, por decirlo así, tampoco se le pasó jamás por las

mientes á Serafina ser infiel á su Autónomo por pensamiento, de palabra

ú obra.

Y como no había manera de reprenderle por nada, de reñirle, jamás le

había reprendido; nunca habían reñido. Estaba íntegra la vajilla é

íntegra la paz conyugal.

De todo lo cual llegó, á fuerza de años, á sacar en consecuencia

Autónomo que así no se podía seguir, que había que acabar de cualquier

manera.

En esto pensaba precisamente aquel día de su santo, después de los

postres, cuando ya los niños se iban despidiendo del padre porque los

reclamaba el lecho.

Todos se acostaban sin protestar, y eso que estaban seguros de que su

madre no les hubiera negado permiso para velar un ratito. Ellos lo

deseaban... pero no, ¿para qué? La mamá les tenía demostrado que era

cosa nociva, y además, la hubieran disgustado, aunque ella no lo dejara

ver: nada, nada, á la cama.

--Buenas noches, papá.

--Santas y buenas, hijos míos, santas y buenas.

Y seguía pensando don Autónomo: “Vea usted. Ahora me iría yo de muy

buena gana á jugar un tresillito al casino. Siempre pierdo, es verdad,

pero ¿y qué? No es mucho y me divierto. Pero no voy, imposible. Si

anuncio que salgo ésta se reirá lo mismo absolutamente que si le digo

‘Me voy á la cama’, que es lo que á ella le gusta, porque sabe que me

conviene madrugar, para el estómago y para los negocios... ¿Quién le da

un disgusto _callado_ sin grandes remordimientos? Pero... la verdad es

que hoy... día de mi santo...”

Sin embargo, decidió tener un rasgo de energía que no hacía falta, y

poniéndose en pie exclamó:

--Ea, chica, dame... la palmatoria, que me voy á la cama.

Y se acostó, se acostó como los niños.

Y en cuanto se vió entre las sábanas se sintió como en presidio, como

en el cepo, y echaba pestes contra sí mismo, pues contra su mujer no

había por qué.

--¡Voy á saltar de la cama! ¡Salto! ¿Quién me lo impide?

Y no saltaba por eso mismo, porque era su derecho, porque nadie lo

impedía; y su mujercita le hubiera acercado la ropa muy contenta, y le

hubiera alumbrado hasta la calle, sonriente.

Se quedó dormido protestando contra la excesiva virtud de su esposa,

que por ser una santa le obligaba á él, para no tener terribles

remordimientos, á ser, por lo menos, el _beato_ Autónomo.

Y pasaban días y días, y siempre así.

En fin, llegó á encontrarse con todos sus vicios extirpados, incapaz

de la menor calaverada, que hubiera sido terrible ingratitud para

con aquella _santa familia_ en que él mismo se veía con su aureola

resplandeciente.

--Pero, señor, si yo no iba para santo; si esto es á la fuerza. ¡Esto

no es la perfecta casada, esto es la _pluscuamperfecta_!

Y poco á poco le creció la manía hasta el punto de aborrecer, á su

manera, á aquella mujer, á quien adoraría de rodillas, y por no

disgustar á la cual estaba él ganando el cielo.

Y de una en otra, vino á parar en comprar una maquinilla manual de

imprimir, y se encerraba en su casa, imprimiendo en tarjetas, volantes,

besalamanos, etc., las mismas palabras, pocas. Y después, de noche,

los llevaba al correo y estaba cinco minutos echando papel por la boca

abierta del león, pasmado de tanta correspondencia.

Había comprado el libro de las cien mil señas y había dirigido á todos

los periódicos del mundo, ó á muchos por lo menos, á las agencias,

á los abogados, obispos, diputados, cónsules, jueces, alcaldes,

banqueros, etc., etc., la misma noticia, que los importaba igualmente á

todos: nada.

El juez de guardia, que la recibió también, fué el único que hizo caso

de ella. Decía así el volante que recibió: “Me mato por no aguantar á

mi mujer.”

Y en efecto, Autónomo se suicidó de veras.

Por más que se hizo, no se pudo ocultar la terrible catástrofe á

Serafina; y lo peor fué que, por la inmensa publicidad que el suicida

había dado á la noticia, tardó muy poco en llegar á conocimiento de

la santa esposa la causa del suicidio. ¡Su marido se mataba por no

aguantarla á ella!

El buen sentido hizo que el público en masa, conocidas las cualidades

de la virtuosa señora, declarase que aquel hombre se había vuelto

loco de pura felicidad doméstica. Sólo así se explicaba el absurdo de

_matarse por no aguantar á la perfecta casada_.

Sin embargo, cierto solterón empedernido amigo del difunto, decía:

--Á la muerte de Autónomo no se le ha sacado toda la filosofía que

tiene. No estaba loco. Lo que ha hecho es dejarnos ejemplo con su

muerte. La filosofía de ese suicidio es ésta: “Me mato por no aguantar

á mi mujer.” Pero su mujer es la mejor del mundo. Luego... la mejor de

las mujeres es inaguantable. ¡Lo que serán las otras! ¡Y lo que será el

matrimonio!

Este Autónomo es el redentor de los célibes.

EL FILÓSOFO Y LA “VENGADORA”

(CORRESPONDENCIA)

I

Amigo mío: aunque vivo lejos del mundanal ruido, no dejo de enterarme

por los periódicos de los sucesos públicos más interesantes, en

particular de los que atañen á la vida literaria contemporánea, que

sabes cuánto me llama la atención, por el gran valor social que

atribuyo á sus manifestaciones. Pues bien: he leído el monólogo de

Teresa, la _vengadora_ de Sellés, y he visto que al público no le ha

parecido inverosímil que una mujer de esa clase, de esa _vida_, sepa

hablar tan bien y pensar tan profundamente. El buen éxito de la Teresa

de Sellés me anima á publicar, por tu conducto, si aceptas el encargo,

esta especie de _Heroídas_ en prosa que adjuntas te remito y que son,

como verás, una correspondencia entre una verdadera _vengadora_ y este

humilde _filósofo_, según tú y otros amigos me llamáis, tal vez por

burlaros de mis aficiones. Mi _vengadora_ es más sabia que Teresa,

hasta es pedante y muy aficionada á psicologías, según consta en esos

papeles. He tenido guardadas estas cartas porque, si bien me parece que

tienen cierto sabor literario (y perdona la inmodestia, por lo que

toca á las mías) no creí hasta ahora que el público pudiera encontrar

verosímil esta clase de damas de las Camelias casi idealistas,

retorcidas y alambicadas de espíritu, pero no arrepentidas ni tal vez

enamoradas. Y que existe la mujer así es evidente: yo he conocido, he

visto ésa, de carne y hueso, y para que tú la conozcas también, en

espíritu, le dejo la palabra. Lee, y si te parece, publica.

Tuyo,

_El filósofo_.

II

Doctor Sutilis (Cuentos) · 第 7 / 17 段