La galguita se dejaba querer. Pero de pronto dió un brinco; saltó de

la mesa á la ventana, y apoyó las patas delanteras sobre un tiesto.

Las orejas se le pusieron muy tiesas, y aulló Merlina con señales de

impaciencia. Parecía que deseaba arrojarse por la ventana.

Se levantó de su poltrona el doctor para ver lo que causaba tal

impresión en su galguita.

En el jardín, dentro de la glorieta, Héctor González y Eufemia Rivero

y González representaban en aquel momento la escena culminante de

_Francesca da Rimini_.

Pánfilo oyó el chasquido de... El lector puede imaginarse qué clase de

chasquidos se usan en tales casos.

El autor de las _Investigaciones_ retrocedió instintivamente, se

desplomó sobre el sillón y ocultó la cabeza entre las manos.

Cuando volvió al sentido y abrió los ojos, vió delante, en un papel

blanco, unas palabras, que se le antojaban escritas con una tinta de

color de rosa.

Leyó: “... podrá ver cada cual, y mejor el filósofo, que, sea lo que

quiera de la propia fortuna...”

Pánfilo cogió con gran parsimonia la pluma, y concluyó el párrafo: “...

la humanidad, en conjunto, prospera, y es feliz en esta tierra con la

conciencia del progreso y del fin bueno que aguarda al cabo á todas

las criaturas. Para el que sepa elevarse á esta contemplación del bien

general, como el más importante aun para el propio interés, bien puede

decirse que el cielo comienza en la tierra”.

Pánfilo había terminado su obra, la obra de su vida entera, la que le

había gastado el cerebro y los ojos.

Por cierto que sintió en ellos algo extraño; miraba á todas partes,

y aquel matiz halagüeño que veía en la tinta, dominaba en todos los

objetos.

¡Pobre doctor! Se había declarado la enfermedad cuyos síntomas no había

conocido: el Daltonismo.

Desde aquel día Pánfilo todo lo vió de color de rosa.

NOTA. Pánfilo, en griego, viene á ser el que todo lo ama.

Lo cual en castellano significa: Quien más pone, pierde más.

En cuanto á Eufemia, siguió viviendo convencida: primero, de que su

esposo era un sabio; segundo, de que amarle era su obligación.

El dogma era el mismo siempre: sólo se había relajado la disciplina.

LOS SEÑORES DE CASABIERTA

¡Pero estos señores de Casabierta no tienen vida privada!

Así se explica lo que le sucedió con ellos á don Eufrasio Paleólogo,

presidente del Casino de Villapidiendo, gran lector de periódicos y

elector nato del señor de Casabierta, candidato nato también á la

Diputación de Villapidiendo.

Pues señor, vino á Madrid Paleólogo á unos asuntos del común, ó del

procomún, como él cree que se dice; y claro, en seguida, es decir, en

cuanto se dejó dar lustre á las botas en la Puerta del Sol, junto al

Imperial, se dirigió á casa del señor de Casabierta.

¡Entró!--El señor no está... Ya, ya lo sé; pero de seguro está la

señora.--Caballero, ¿usted qué sabe?--Hombre, sepa usted que trata con

una persona ilustrada que lee los periódicos y tiene coleccionados

en un tomo los artículos de Almaviva... La señora se levanta á las

nueve; hace su _toilette_--usted no sabe lo que es eso--hasta las

diez; toma un piscolabis, que consiste en una copa de jerez seco, y

versos de Grilo, mojados en el jerez. Á las once recibe en el salón

verde, que tiene una consola Pompadour, una chimenea de la Regencia...

de Espartero y muchos platos allá cerca del techo. Como si lo viera,

hombre, como si lo viera. Ea, déjeme usted pasar.--Por aquí, caballero,

por aquí.--No, señor, voy bien; los íntimos entran por aquí: á mí me

recibirá en su _boudoir_ chocolate claro, color serio, propio de señora

leída al par que _dettachée_ de las vanidades del mundo. ¿Usted qué

se figura, hombre de Dios, que en Villapidiendo no sabemos francés

españolizado y entrar en el _boudoir_ por donde entran _les intimes_, y

en francés como ellos?

En efecto, Paleólogo, que fué carlista y estuvo emigrado, sabe su

poquito de francés, y lo que no, lo aprende en Almaviva, Ladevese,

Blasco, Asmodeo y otros escritores del Instituto. Es un alcalde á la

moderna, con la facha de Luján alcalde; pero tan fino como Sardoal

cuando era del Ayuntamiento.

_En fin_, ó finalmente, como decían los italianos en la Comedia,

Paleólogo ya está sentado frente á la señora de Casabierta.--Casabierta

no está en casa. Ha ido...--Sí, supongo que habrá ido á afeitarse; es

la hora precisamente.--Sí, señor; antes venía el barbero á casa...--Sí,

ya sé; pero desde que le cortó aquel poquito de oreja de que hablaron

los periódicos... ¡pícaros barberos!, ya no hay clases... ¡y qué versos

tan hermosos los que hizo su oreja de usted, digo, no, su hija de

usted, la rubia, la Pilarita, al cacho de oreja de su papá difunto, el

cacho se entiende.--¿Usted los conoce?--Toma, y los sé de memoria...

¡si los publicaron cinco periódicos! Y diga usted ¿qué es de él?--Creo

que está en Córdoba.--¿El cacho de oreja?--No, señor, Grilo; creí que

hablaba usted de Grilo, que fué el que improvisó los versos de la

niña.--Bien, lo mismo me da; ¿y qué es de Grilo?--Pues ayer comió

aquí.--Pero ¿no dice usted que está en Córdoba?--Bien, pero eso no

quita.--¿No quita? (¡Y este Almaviva que no explica estas cosas!) ¿Y el

ojo de gallo de usted, señora?--Tan robusto.--Hace días que no hablan

de él las crónicas de salones.--¡Es un ojo de gallo muy modesto!--Es

moda ser modesto, pero decirlo, porque si no como si no se fuera. ¿Y

qué tal les han sentado á ustedes las anguilas del _lago Tiberiades_

del miércoles?--¡Cómo! ¿Usted sabe que comimos anguilas el miércoles?

--Sí, señora, por los periódicos. Las anguilas no tienen vida privada. Á

propósito, señora, ¿es verdad que la viudita de Truchón ha tenido un

tropiezo?--No, señor; ha tenido un hijo, pero nadie lo sabe.--Dispense

usted, señora, yo lo sabía; pero creí que se trataba ya de otro, es

decir, de otro lance. Ése que usted dice le refirieron los periódicos

de la manera más discreta. En Villapidiendo nadie cayó en la cuenta

más que yo, y por eso no comprendieron aquel sueltecito que decía: “La

señora viuda de Truchón ha tenido que guardar cama. Celebraremos que la

interesante viuda se restablezca pronto”. Dicen que demostró gran valor

durante la crisis de la enfermedad, ó como dijo el clásico:

“En aquel duro trance de Lucina...”

por eso sé yo que parió sin novedad, porque conozco la Mitología y

conozco á la viuda.--¿Usted la ha tratado?--Á la Mitología no, ni á la

viuda tampoco. Pero leo; algo se sabe, y he visto tantas crónicas con

alusiones transparentes á sus transparentes gracias y costumbres... que

algo se ha transparentado.

(_Pausa._) ¡Oh, señora, feliz la honrada madre de familia que puede dar

á luz, á la prensa, como quien dice, todos los hijos que quiere! ¡Todas

las hojas literarias de los periódicos estaban consagradas el lunes al

rorro de usted. ¿Cómo está, cómo está el muñeco?--¡Hermosísimo!--¿Y

es cierto que tiene esa inteligencia que dice el revistero

_Begonia_?--Pues ya lo creo, y más.--Qué saladísimo estaba Ricardo

Flores, el que firma _Cardoenflor_ (por imitar á Fernanflor, que no

me gusta porque habla poco de salones), qué gracioso estaba Ricardito

contando las travesuras de su bebé de usted durante la ceremonia del

bautizo.--Está gracioso, pero calumnia al muchacho.--Sí, dice que antes

que le hicieran cristiano tenía en la iglesia cara de aburrido como

un perro ó como un librepensador.--El revistero no sabe que los niños

no entran en la iglesia hasta que les echan los demonios fuera del

cuerpo.--Pero lo mejor son los versos de Cigarra, el chiquitín junto á

la pila bautismal. Los sé de memoria:

«En la pila bautismal

todo el Jordán se refleja,

te moja el cura la oreja

y ya estás libre del mal.

El acto sacramental

mata en tu pecho el pecado

y se abre regenerado,

como rosa alejandrina,

tu ser á la fe divina,

pues de pila te ha sacado

el ministro de Marina,

en el acto acompañado

de más augusta madrina.»

--¡Hermosa décima! ¿Verdad usted?--Décima precisamente, no,

señora.--Bien, ya lo sé, es la _docena del fraile_, un nuevo género de

décimas de trece versos, que ha inventado Cigarra, para que cupiesen

el ministro de Marina y la madrina más augusta. Ya ve usted, por verso

más ó menos no habíamos de ser unos mal criados.--No cabe duda; y

más vale que sobre que no que falte.--Á propósito de versos, señor

de Paleólogo. Me va usted á sacar de un apuro. Aquí en casa vamos á

representar una comedia, pero nos falta un personaje. ¿Sería usted tan

amable?...--Señora, yo no soy personaje más que en Villapidiendo...--No

importa, ¿quiere usted _crear el papel_ de Cocupassepartout?--Señora;

mucho crear es, pero si no hay otro Cocu... yo lo haré, como se hacen

esas cosas en Villapidiendo.--¡Oh, gracias, gracias!--Por supuesto,

¿usted sabe francés?... Condición indispensable.--Pero qué, ¿vamos á

representar en francés?--No, señor, en castellano, es una traducción

de Fois Grass, el corresponsal del _Bombo_ en París... y ya ve usted,

hace falta dominar el francés... para pronunciar correctamente

los galicismos.--¿Y cómo se llama la comedia?--Espere usted... se

llama...--¡Ah! ya sé, lo he leído ayer en los periódicos, se llama:

_Á qué sueñan las jóvenes hijas_, es un fusilamiento de Musset. Pues

cuente usted conmigo. Por supuesto, ¿hablarán los periódicos de los

ensayos?--Ya lo creo, hombre; hablarán _por encima del mercado_...

Paleólogo se despidió. Eran las once y quince. Sabía por los periódicos

que era la hora de inspeccionar la lactancia de Bebé.

Si el lector quiere, volveremos á visitar á los señores de Casabierta

con el presidente del Casino de Villapidiendo, y acaso veamos la

comedia de Fois-Gras..., si se logra.

EL POETA-BUHO

HISTORIA NATURAL

--Señorito, un caballero quiere hablar á usted.

--¿Qué trazas tiene?

--Parece un empleado de _La Funeraria_.

--¡Ah! Ya sé quién es: es don Tristán de las Catacumbas. Que pase.

Y entró don Tristán de las Catacumbas, á quien conozco de haberle

pagado varios cafés sin leche. Es alto, escuálido, cejijunto, lleva la

barba partida como Nuestro Señor Jesucristo, tiene el pelo negro, los

ojos negros, el traje negro y las uñas negras. Lo único que no tiene

negro son las botas, que tiran á rojas.

Me dió un apretón de manos, fúnebre como él solo; el apretón de manos

del Convidado de Piedra. Hay hombres que aprietan la mano como una

puerta que se cierra de golpe y nos coge los dedos. Es su manera de

probar cariño.

Don Tristán habla poco, pero _lee_ mucho. Es un poeta inédito, de viva

voz; si se le pregunta cuántas ediciones ha hecho de sus poesías,

contesta con una sonrisa de muerto desengañado: “¡Ninguna! Yo no

imprimo mis versos: no hago más que leerlos á las almas escogidas”.

Para él son almas escogidas todas las que le quieren oir. Calculando el

número de veces que ha leído sus versos, dice don Tristán, usando de

un tropo especial, que consiste en tomar el oyente por el lector que

compra el libro, que sus _Ecos de la tumba_ han alcanzado una tirada de

nueve mil ejemplares. Quiere decir que los ha leído nueve mil veces á

nueve mil mártires de la condescendencia.

--Pues señor Clarín, sabrá usted cómo he escrito otro libro de poesías

y vengo á leérselo á usted.

--¿Entero?

--Y verdadero; sí, señor. Pero tiene cuatro partes; leeremos una cada

día, y en cuatro sesiones despachamos. Quiero saber su opinión de

usted, porque aunque á mí la crítica epitelúrica me importa un bledo,

porque yo tengo el pensamiento puesto en lo alto (y señalaba al techo),

como esta vez acaso me anime á dar mi obra á la estampa, si se muere un

tío mío, á quien ya he dedicado un canto fúnebre...

--¡Ah! pues cuente usted con ello.

--¿Con qué?

--Conque se morirá su tío de usted.

--Eso creo; pues decía que si el tío me deja, agradecido, unos cuartos,

imprimo el libro; y en tal caso espero que usted me tratará como

merezco. Yo no pido más que justicia. Lo que quiero es que usted _se

penetre_ de esta poesía y no hable sin enterarse. Lo mejor para esto es

que yo mismo lea mis versos y le haga fijarse en sus transcendentales

pensamientos.

--¿Sabe usted?... Me espera el barbero... Tengo una barba de tres días.

--¡Ah! ¿Usted se afeita?--exclamó el de las Catacumbas con acento de

compasión... Que espere el barbero... Oiga usted la primera parte

siquiera. El libro se titula _El Requiem eterno_. Primera parte:

“Idilio del subsuelo”.

--Le advierto á usted que el subsuelo es del dominio del Estado...

--El subsuelo es aquí el del cementerio. La segunda parte, que

leeremos otro día, se titula “Fuegos fatuos”; la tercera, “Responsos

de mi lira”, y la cuarta, “Rimas de luto”. Le advierto á usted que yo

prescindo de la forma.

--Hace usted bien; yo que usted, prescindiría de todo, hasta de la

madre que me parió...

--Prescindo de la forma y me voy al fondo.

--Sí, ya sé; al fondo de la tumba. Es usted el topo de la poesía...

--¡Bonita frase! Ahora oiga usted... Primera parte: “Idilio del

subsuelo”.

I

Llegaron los gusanos

á devorar su corazón de cieno;

en su sangre cebáronse inhumanos,

y los mató el veneno.

--¿Qué tal?

--Que les está bien empleado. ¿Quién les manda ser _inhumanos_ á esos

gusanillos?

--Esto de llamar inhumanos á los seres irracionales, no es cosa mía; lo

he visto en un poeta que lee en el Ateneo.

--No; si yo no me quejo. Ya ve usted: á mí, ¿qué me importa? Yo no soy

gusano.

--Continuemos.

II

La llevaban á enterrar...

--Como á la Constitución.

--La llevaban á enterrar

en un ataúd muy ancho,

en el que llevan á todos

los difuntos de aquel barrio.

El cadáver se movía

con los tumbos que iba dando.

Yo les hallé en el camino.

--Detened, les dije, el paso.

No va _completo_ el vehículo,

aún hay sitio para ambos;

llevadme también á mí

que yo la carrera pago;

poco hay desde aquí á la muerte,

el viaje no será caro...

--¿Y le enterraron á usted?

--No, señor; todo eso es un decir.

III

Exhumaron su cadáver,

lleváronlo al panteón...

--¿Ésos habrán sido los progresistas?...

--¡Silencio!

En el campo santo humilde

sólo la tumba quedó,

y en el hueco de la tumba

enterré mi corazón.

Oiga usted ahora el IV. Y me leyó todos los números romanos posibles;

cuando terminó la primera parte, olía á difunto.

--¿Qué opina usted? Así, en conjunto...

--Opino que debe usted esperar, para publicar su _Requiem eterno_,

alguna ocasión solemne... por ejemplo, sería de mucha actualidad en el

día del juicio...

--Eso es muy tarde...

--Bueno, pues cuando se inaugure la Necrópolis...

--Señorito, el barbero espera en la antesala.

--Dígale usted que se vaya, que hoy ya me ha hecho la barba este

caballero...

DON ERMEGUNCIO Ó LA VOCACIÓN

DEL NATURAL

¿Cuándo y por qué se empezó á hablar de don Ermeguncio en los

periódicos? Nadie lo sabe; yo sólo puedo asegurar que yo siempre oí

llamarle literato distinguido.

La vez primera que su nombre significativo sonó en mis oídos, por lo

demás era ya famoso, fué con motivo de unas oposiciones á una cátedra

de Psicología, Lógica y Ética. Sí; yo lo vi en la _Gaceta_; estaba el

último en la lista de jueces. Don Ermeguncio de la Trascendencia, autor

de obras; don Ermeguncio era, pues, ya por aquel entonces autor de

obras.

Eran los tiempos en que mandaban los krausistas. Por aquella época todo

se dividía en parte general, especial y orgánica. Don Ermeguncio había

escrito una _Memoria sobre el arte de extirpar los caracoles en las

huertas_; y una _Sociedad de Antropología general_ le dió un _accésit_

por su trabajo, que se dividía, no faltaba más, en parte general,

especial y orgánica. Ignoro por qué una Sociedad de Antropología

perseguía los caracoles; pero consigno un hecho.

Otra vez le _adjudicaron_ á Trascendencia una _rosa natural_, que

le tuvieron que mandar á Madrid desde Alicante. La había ganado en

un certamen escribiendo una oda en verso libre. _Á la influencia de

las bibliotecas populares en el adelanto general de la cultura._ Por

supuesto, la oda iba también dividida en parte general, especial y

orgánica.

Por estas dos producciones principalmente llamaba la _Gaceta_ autor de

obras á don Ermeguncio de la Trascendencia.

Primero faltaba el sol que don Ermeguncio dejase de asistir á la clase

de todos los catedráticos que habían sido ó estaban á punto de ser

ministros. Él ya era doctor; ¡pero amaba tanto la ciencia!

Desde que fué juez de oposiciones, Trascendencia se creyó en sazón para

considerarse, sin prejuicio ni sobrestima, un hombre importante, de la

clase de los sabios, subclase de los filósofos.

Pero vino Pavía y el sistema filosófico de don Ermeguncio se disolvió

como el Congreso. Aquella crisis de la política coincidió con una

crisis económica de Trascendencia.

Los _sucesos_ le cogieron sin un cuarto. Comprendió que no había

modo de sacarle jugo á la filosofía con la nueva situación. En

la Universidad ya no se hablaba del _concepto_ de nada, en los

periódicos todo se volvía personalidades, politiquilla vil y

rastrera.--Apliquemos--se dijo--la filosofía á la vida real, á la

actividad de los intereses temporales, en una palabra, hagamos

filosofía de la historia.--Y por recomendaciones de un ex

ministro entró en una redacción en calidad de redactor de fondos

filosófico-políticos y revistero de libros y teatros. Sus artículos

se titulaban _La política esencial_, _El formalismo político_, _Más

principios y menos personas_, etc., etc. Pero nadie los leía, ni

el corrector de pruebas, que dejaba pasar todos los perjuicios de

los cajistas en vez de los _prejuicios_ de don Ermeguncio. Una vez

hablaba el redactor de la infinita bondad de Dios, y los cajistas

pusieron la infinita bondad de Díaz, produciendo una especie de

antropomorfismo que estaba Trascendencia muy lejos de profesar.

Estas erratas le desesperaban, pero su pena era ociosa, porque nadie

leía sus artículos.--Casi me remuerde la conciencia--se decía--de

cobrar trabajo tan inútil; porque no está el país para esta política

fundamental.--Ignoraba el mísero Trascendencia que en aquella redacción

no se cobraba. Al redactor que pedía el sueldo se le echaba á la calle

por insubordinado.--¡Cómo!--exclamaba el director--¿usted piensa que

aquí nadamos en oro? ¿Que vivimos de subvenciones? No, señor; aquí

se juega trigo limpio.--Ni limpio ni sucio, porque no había trigo.

Don Ermeguncio tuvo que convencerse de que en España el periodista

suele ser tan filósofo como el primero en lo de no cobrar.--¡Y para

esto--gritaba comiéndose los codos,--para esto abandoné yo mis trabajos

especulativos y mis visiones poéticas!--Y suspiraba pensando en sus

estudios de antropología y en su oda á la influencia.

Así pasó mucho tiempo, esperando la edad _de la armonía_, como él

llamaba al primer pronunciamiento que le trajese á los suyos, y fumando

pitillos _prestados_. Sí, prestados, porque Trascendencia, con el

hambre sentía una ansia de chupar que estaba muy por encima de su

presupuesto, y tuvo que arrojarse á naufragar en una inmensa deuda

flotante de tabaco rizado. Era un préstamo de consumo que le hacían

gustosos sus admiradores, á los que prometía pagar con creces cuando

él fuera á Filipinas á arrancar la enseñanza pública de las garras

de los frailes y á arreglar la cuestión del tabaco. Don Ermeguncio

asistía al café de París después de comer (los demás), y asistía allí

porque economizaba medio real... á sus amigos. En cambio, _en papel_

les gastaba el oro y el moro. Pero ¡qué importaba, si sabía tanto y era

amigote de don Pedro y de don Juan, unos personajes que le tuteaban!

Uno de sus _estanqueros_, como él los llamaba en broma, le ofreció

cierta noche una canongía: una correspondencia _pagada_ para un

periódico de provincias. El periódico se llamaba _El Faro de Alfaro_.

Á pesar de la cacofonía del título y de lo cursi de la redacción,

Trascendencia aceptó los doce duros mensuales y la carta diaria sobre

política, ciencias, artes, agricultura, y especialmente todo lo

relativo á los intereses del país, tal como insultar á los diputados de

la provincia por su morosidad, etc., etc. Además había que hablar mucho

del Ateneo, de los estrenos y decir chistes, terminando siempre con _le

mot de la fin_, como los periódicos de París.

Muy de otro modo entendía Trascendencia la misión del corresponsal

concienzudo; pero hubo de transigir, y olvidando que llevaba dentro de

sí al autor de la oda á la influencia, y al juez de oposiciones, se

puso á escribir su primera carta al director de _El Faro de Alfaro_.

La primera dificultad con que tropezó fué que no sabía dónde estaba

Alfaro, ni si era puerto de mar, ignorancia muy común en filósofos y

literatos españoles. Su amigo, que era de allí, y por eso lo sabía, le

enteró de todo, y le dijo _además_ que á quien había que dar de firme

era al alcalde; porque llamarle bruto desde el pueblo no tenía gracia;

pero diciéndolo desde Madrid era cosa de que él mismo lo creyese. En

fin, don Ermeguncio empezó:--Señor director...

¿Pero qué le iba él á hablar á un director que pedía noticias frescas

de todo: de la Bolsa, del Congreso, y así discurriendo, hasta noticias

frescas del pescado fresco? Trascendencia no sabía nada de nada. Le

faltaba ropa decente para entrar donde se pescan las noticias; no

conocía á nadie, y si preguntaba algo, le engañaban de fijo.--Pero,

¿qué le importará á esta gente saber los chismes de Madrid? ¿No les

basta con los de su pueblo? ¡Cuánto mejor les estaría que yo les

hablase de los adelantos de la psicología, que ahora resulta ser puro

monismo (de esto hace años) y que les diese mi opinión acerca de la

religión de los animales, opinión que acabo de adquirir en la Revista

positiva!--Pero no había remedio; había que someterse á las exigencias

de la preocupación vulgar, y Trascendencia inventó un sistema: copiar

el _Diario de Avisos_, para la sección de intereses materiales, y _La

Correspondencia_ para la de intereses morales; pero lo que copiaba de

_La Correspondencia_ lo ponía en cuarentena, y con tan plausible motivo

dejaba á la juguetona musa de los chistes hacer de las suyas. ¡Qué tal

serían los chistes de Trascendencia que ni á él mismo le hacían bendita

la gracia! En cuanto á _le mot de la fin_ lo copiaba de _Charivari_ y

del _Fígaro_ alternativamente.

Otra gravísima dificultad para don Ermeguncio era que no sabía empezar

nunca á hablar de lo que debía. Que se habían descubierto unas carpetas

falsas; pues empezaba así la carta al _Faro de Alfaro_:

“Señor director: El hombre es un compuesto de alma y cuerpo; de aquí

que esté íntimamente ligado con la naturaleza y tenga necesidades

económicas; la esfera propia de la actividad económica en el Estado en

lo que se llama hacienda pública...” y por ahí adelante; cuando llegaba

á hablar de las carpetas, ya no cabía la carta en el periódico.

Llegó la hora de cobrar. Giró, y la letra volvió protestada. _El Faro

de Alfaro_ había muerto. Los suscritores no querían un periódico que

no sabía más noticias de Madrid, sino que todo lo real es racional y

viceversa, según Hegel.

Trascendencia volvió los ojos al teatro. Era preciso regenerar la

decadente dramática y hacerse unos pantalones, porque los puestos se le

caían á pedazos. Al fin en el teatro se cobra.

Escribió un drama que se titulaba... _Prejuicios contra prejuicios._

El empresario del Español preguntó á don Ermeguncio:

--¿Qué significa esto? Querrá usted decir: “Perjuicios contra

perjuicios”, y aun así no se entiende muy bien.

--¡Dale! ¡Lo de siempre! No, señor; prejuicios contra prejuicios quiero

decir.

--Bueno, pues dígalo usted; pero no será en mi teatro donde se estrenen

esos prejuicios que usted dice, y que yo tengo por perjuicios para mí.

--Le cambiaré el título á la obra.

Y volvió con ella al teatro: ahora se llamaba _Antítesis de la vida_.

--Déjela usted ahí--dijo el empresario.

Y allí se pudrieron las antítesis. Don Ermeguncio de la Trascendencia,

que hasta entonces había creído que el mal es accidental en la vida y

debido sólo á nuestra finitud, comenzó á darse á todos los diablos del

infierno, aunque no los llamaba por su nombre, porque él no creía en la

demonología ni en la angelología. De lo que él estaba seguro era de que

había nacido con la suerte más perra del mundo.

--Indudablemente yo no soy de mi siglo. Feliz el señor Núñez de Arce

que es de su siglo, como dice en sus versos; yo no, yo no debía haber

nacido hasta que llegara la edad de la armonía. Uno de esos poetas que

persiguen el ideal, y de camino el turno pacífico, consiguen al cabo el

turno, aunque el ideal sea inasequible. Pero yo no consigo nada.

Ermeguncio hizo el último esfuerzo.

Doctor Sutilis (Cuentos) · 第 6 / 17 段