El aliento del diablo, entrando por la ventana de los vidrios rotos,

bajaba hasta el altar mayor en remolinos, y movía el pesado lienzo

negro que tapaba por aquellos días el retablo de nogal labrado. Á los

lados del altar, dos canónigos, apoyados en sendos reclinatorios,

sumidos los pliegues del manteo en ampuloso almohadón carmesí,

meditaban á ratos, y á ratos leían la pasión de Cristo. En el recinto

del altar mayor, hasta la altísima verja de metal dorado con que se

cerraba, nadie más había que los dos canónigos; detrás de la verja,

el pueblo devoto, sumido en la sombra, oía con religiosa atención las

voces que cantaban las _Lamentaciones_, los inmortales _trenos_ de

Jeremías. Cuando el monótono cántico de los clérigos cesaba, tras breve

pausa, los violines volvían á quejarse, acompañando á los _niños de

coro_, tiples y contraltos, que parecían llegar á las nubes con los

ayes del _Miserere_. Diríase que cantaban en el aire, que se cernían

las notas aladas en la bóveda, y que de pronto, volando, volando,

subían hasta desvanecerse en el espacio. Después las voces del violín

y las voces del colegial tiple emprendían juntas el vuelo, jugaban,

como las mariposas, alrededor de las flores ó de la luz, y ora bajaban

las unas en pos de las otras hasta tocarse cerca del suelo, ora,

persiguiéndose también, salían en rápida fuga por los altos florones de

las ventanas, á través de las cortinas cenicientas y de los vidrios de

colores. Nuevo silencio; cerca del altar mayor se extinguía una luz,

de varias colocadas en alto, sobre un triángulo de madera sostenido

por un mástil de nogal pintado. Entonces como risas contenidas, pero

risas lanzadas por bocas de madera, se oían algunos chasquidos; á

veces los chasquidos formaban serie, las risas eran carcajadas; eran

las carcajadas de las carracas que los niños ocultaban, como si fueran

armas prohibidas preparadas para el crimen. El incipiente motín de las

carracas se desvanecía al resonar otra vez por la anchurosa nave el

cántico pesado, estrepitoso y lúgubre de los clérigos del coro.

El diablo seguía allá arriba alentando con mucha fuerza, y llenaba

el templo de un calor pegajoso y sofocante: cuando oyó el preludio

inseguro y contenido de las carracas, no pudo contener la risa, y movió

las fauces y la lengua de un modo que los fieles se dijeron unos á

otros:--¿Será el carracón de la torre? ¿Pero por qué le tocan ahora?

Un canónigo, mientras se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo

de hierbas, decía para sí:--¡Ese Perico es el diablo, el mismo diablo!

¡Pues no se ha puesto á tocar el carracón del campanario! Y todo era

que el diablo, no Perico, sino el diablo de veras, se había reído. El

canónigo, que sudaba, miró hacia el retablo y vió el lienzo negro que

se movía; volvió los ojos á su compañero, sumido en la meditación, y

le dijo en voz muy baja y sin moverse: --¿Qué será? ¿No ve usted cómo

se menea eso?

El otro canónigo era muy pálido. No sudaba ni con el calor que hacía

allí dentro. Era joven; tenía las facciones hermosas y de un atrevido

relieve; la nariz era acaso demasiado larga, demasiado inclinada sobre

los labios y demasiado carnosa; aunque aguda, tenía las ventanas muy

anchas, y por ellas alentaba el canónigo fuertemente, como el diablo de

allá arriba.--No es nada--contestó sin apartar los ojos del libro que

tenía delante; “es el viento que penetra por los cristales rotos”. En

aquel momento todos los fieles pensaban en lo mismo y miraban al mismo

sitio; miraban al altar y al lienzo que se movía, y pensaban: “¿qué

será esto?” Las luces del triángulo puesto en alto se movían también,

inclinándose de un lado á otro alrededor del pábilo, y brillaban cada

vez más rojas, pero como envueltas en una atmósfera que hiciera difícil

la combustión. El canónigo viejo se fué quedando aletargado ó dormido;

la misma torpeza de los sentidos pareció invadir á los fieles, que

oían como en sueños á los que en el coro cantaban con perezoso compás

y enronquecidas voces. El diablo seguía alentando por la ventana de

los vidrios rotos. El canónigo joven estaba muy despierto y sentía una

comezón que no pudo dominar al cabo; pasó una mano por los ojos, anduvo

en los registros del libro, compuso los pliegues del manteo, hizo

mil movimientos para entretener el ansia de no sabía qué, que le iba

entrando por el corazón y los sentidos; respiró con fuerza inusitada,

levantando mucho la cabeza... y en aquel momento volvió á cantar el

colegial que subía á las nubes con su voz de tiple. Era aquella voz

para los oídos del canónigo inquieto de una extraña naturaleza, que él

se figuraba así, en aquel mismo instante en que estaba luchando con sus

angustias; era aquella voz de una pasta muy suave, tenue y blanquecina;

vagaba en el aire, y al chocar con sus ondas, que la labraban como

si fueran finísimos cinceles, iba adquiriendo graciosas curvas que

parecían, más que líneas, sutiles y vagarosas ideas, que suspiraban

entusiasmo y amor; al cabo, la fina labor de las ondas del aire sobre

la masa de aquella voz, que era, aunque muy delicada, materia, daba

por maravilloso producto los contornos de una mujer que no acababan de

modelarse con precisa forma; pero que, semejando todo lo curvilíneo

de Venus, no paraban en ser nada, sino que lo iban siendo todo por

momentos. Y según eran las notas, agudas ó graves, así el canónigo veía

aquellas líneas que son símbolo en la mujer de la idealidad más alta,

ó aquellas otras que toman sus encantos del ser ellas incentivo de más

corpóreos apetitos.

Toda nota grave era, en fin, algo turgente, y entonces el canónigo

cerraba los ojos, hundía en el pecho la cabeza y sentía pasar fuego

por las hinchadas venas del robusto cuello; cuando sonaban las notas

agudas, el joven magistral (que ésta era su dignidad) erguía su cabeza

apolina, abría los ojos, miraba á lo alto y respiraba aquel aire de

fuego con que se estaba envenenando, gozoso, anhelante, mientras

rodaban lágrimas lentas de sus azules ojos, llenos de luz y de vida.

Aunque la voz del colegial cantaba en latín los dolores del Profeta,

el magistral creía oir palabras de tentación que en claro español le

decían:

“Mientras lloras y gimes por los dolores de edades enterradas después

de muchos siglos, las golondrinas preparan sus nidos para albergar el

fruto del amor.

“Mientras cantas en el coro tristezas que no sientes, corre loca la

savia por las entrañas de las plantas y se amontona en los pétalos

colorados de la flor como la sangre se transparenta en las mejillas de

la virgen hermosa.

“El olor del incienso te enerva el espíritu; en el campo huele á

tomillo, y la espinera y el laurel real embalsaman el ambiente libre.

“Tus ayes y los míos son la voz del deseo encadenado; rompamos estos

lazos, y volemos juntos; la primavera nos convida; cada hoja que nace

es una lengua que dice: ‘ven: el misterio dionisíaco te espera’.

“Soy la voz del amor, soy la ilusión que acaricias en sueños; tú me

arrojas de ti, pero yo vuelo en la callada noche, y muchas veces, al

huir en la obscuridad, enredo entre tus manos mis cabellos; yo te besé

los ojos, que estaban llenos de lágrimas que durmiendo vertías.

“Yo soy la bien amada, que te llama por última vez: ahora ó nunca. Mira

hacia atrás: ¿no oyes que me acerco? ¿Quieres ver mis ojos y morir de

amor? ¡Mira hacia atrás, mírame, mírame!...”

Por supuesto, que todo esto era el diablo quien lo decía, y no el niño

del coro, como el magistral pensaba. La voz, al cantar lo de “¡mírame,

mírame!”, se había acercado tanto, que el canónigo creyó sentir en la

nuca el aliento de una mujer (según él se figuraba que eran esta clase

de alientos).

No pudo menos de volver los ojos, y vió con espanto detrás de la verja,

tocando casi con la frente en las rejas doradas, un rostro de mujer,

del cual partía una mirada dividida en dos rayos que venían derechos á

herirle en sitios del corazón deshabitados. Púsose en pie el magistral

sin poder contenerse, y por instinto anduvo en dirección de la verja

cerrada. Á nadie extrañó el caso, porque en aquel momento otro canónigo

vino de relevo y se arrodilló ante el reclinatorio.

Aquella imagen que asomaba entre las rejas era de la jueza (que así

llamaban á doña Fe, por ser esposa del magistrado de mayor categoría

del pueblo).

Bien la conocía el magistral, y aun sabía no pocos de sus pecados, pues

ella se los había referido; pero jamás hasta entonces había notado

la acabadísima hermosura de aquel rostro moreno. Claro es que al

magistral, sin las artes del diablo, jamás se le hubiera ocurrido mirar

á aquella devota dama, famosa por sus virtudes y acendrada piedad.

Cuando el canónigo, sin saber lo que hacía, se iba acercando á ella,

un caballero de elegante porte, vestido con esmerada riqueza y gusto,

y ni más ni menos hermoso que el magistral mismo, pues se le parecía

como una gota á otra gota, se acercó á la jueza, se arrodilló á su

lado, y acercando la cabeza al oído de un niño que la señora tenía

también arrodillado en su falda, le dijo algo que oyó el niño sólo, y

que le hizo sonreir con suma picardía. Miró la madre al caballero, y no

pudo menos de sonreir á su vez cuando le vió posar los labios sobre la

melena abundosa y crespa de su hijo, diciendo: “¡hermoso arcángel!”--El

niño, con cautela y á espaldas de la madre, sacó de entre los pliegues

de su vestido una carraca de tamaño descomunal, en cuanto carraca, y

sin más miramientos, en cuanto vió que otra luz de las del triángulo

se apagaba, trazó en el viento un círculo con la estrepitosa máquina

y dió horrísono comienzo á la revolución de las carracas. No había

llegado, ni con mucho, el momento señalado por el rito para el barullo

infantil, pero ya era imposible contener el torrente; estalló la furia

acorralada, y de todos los ángulos del templo, como gritos de las

euménides, salieron de las fauces de madera los discordantes ruidos,

sofocados antes, rompiendo al fin la cárcel estrecha y llenando los

aires, en desesperada lucha unos con otros, y todos contra los tímpanos

de los escandalizados fieles.

Y era lo que más sonaba y más horrísono estrépito movía la carcajada

del diablo, que tenía en sus brazos al hijo de la jueza y le decía

entre la risa: --¡Bien, bravo, ja, ja, ja, toca; eso, ra, ra, ra, ra!...

El niño, orgulloso de la revolución que había iniciado, manejaba la

carraca como una honda, y gritaba frenético: “¡Mamá, mamá, he sido

yo el primero! ¡Qué gusto, qué gusto! ¡Ra, ra, ra!” La jueza bien

quisiera ponerse seria, á fuer de severa madre; pero no podía, y

callaba y miraba al _hermoso arcángel_ y al caballero que le sostenía

en sus brazos; y oía el estrépito de las carracas como el ruido de

la lluvia de primavera, que refresca el ambiente y el alma. Porque

precisamente en aquel día había esta señora sentido grandes antojos

de algo extraordinario, sin saber qué; algo, en fin, que no fuera el

juez del distrito; algo que estuviera fuera del orden; algo que hiciese

mucho ruido, como los besos que ella daba al arcángel de la melena;

más todavía, como los latidos de su corazón, que se le saltaba del

pecho pidiendo alegría, locuras, libertad, aire, amores... carracas.

El magistral, que había acudido con sus compañeros de capítulo á poner

dique á la inundación del estrépito, pero en vano, fingía, también en

balde, tomar á mal la diablura irreverente de los muchachos, porque

su conciencia le decía que aquella revolución le había ensanchado el

ánimo, le había abierto no sabía qué válvulas que debía de tener en el

pecho, que al fin respiraba libre, gozoso. Ni el magistral volvió á

pensar en la jueza, ni la jueza miró sino con agradecimiento de madre

al caballero que se parecía al magistral, á quien había mirado la

espalda aquella noche antes de que entrase el caballero.

Los demás devotos, que al principio se habían indignado, dejaron al

cabo que los _diablejos_ se despacharan á su gusto; en todas las caras

había frescura, alegría; parecíales á todos que despertaban de un

letargo; que un peso se les había quitado de encima, que la atmósfera

estaba antes llena de plomo, azufre y fuego, y que ahora con el ruido,

se llenaba el aire de brisas, de fresco aliento que rejuvenecía y

alegraba las almas.--Y ¡ra, ra, ra! ¡ra! los chicos tocaban como

desesperados. Perico hacía sonar el carracón de la torre, y el diablo

reía, reía como cien mil carracas.

* * * * *

Lo cierto es que el demonio tenía un plan como suyo; que la jueza y el

magistral estuvieron á punto de perderse, allá en lo recóndito de la

intención por lo menos; pero, como al diablo lo que más le agrada son

las diabluras, en cuanto le infundió al chico de la jueza la tentación

de tocar la carraca á deshora, todo lo demás se le olvidó por completo,

y dejando en paz, por aquella noche, las almas de los justos, gozó como

un niño con la tentación de los inocentes.

Cuando Satanás, á la hora del alba, envuelto por obscuras nubes, volvía

á sus reales, encontró en el camino del aire á los ángeles de la

víspera. Oyeron que iba hablando solo, frotándose las manos y riendo á

carcajadas todavía.

--¡Es un pobre diablo!--dijo uno de los ángeles.

--¡Y ríe!--exclamó otro.--Y ríe en la condenación eterna...

Y callaron todos, y siguieron cabizbajos su camino.

DOCTOR ANGELICUS

I

¿Pánfilo había sido niño alguna vez? ¿Era posible que aquellos ojos

hundidos, yo no sé si hundidos ó profundos, llenos de bondad, pero

tristes y apagados, hubieran reverberado algún día los sueños alegres

de la infancia?

Aquella boca de labios pálidos y delgados, que jamás sonreía para el

placer, sino para la resignación y la amargura, ¿habría tenido risas

francas, sonoras, estrepitosas?

En aquella frente rugosa y abatida, desierta de cabellos, ¿habrían

flotado alguna vez rizos blondos ó negros sobre una frente de matices

sonrosados?

Y el cuerpo mustio y encorvado, de pesados movimientos, sin gracia y

achacoso, ¿fué esbelto, ligero, flexible y sano en tiempo alguno?

Eufemia, considerando estos problemas, concluía por pensar que su noble

esposo, su sabio marido, su eruditísima cara mitad había nacido con

cincuenta años y cincuenta achaques, y que así sabía él lo que era

jugar al trompo y escribir billetes de amor, como ella entender las mil

sabidurías que su media naranja le decía con voz cariñosa y apasionada.

Pero de todas maneras, Eufemia quería á su marido entrañablemente.

Verdad es que en ocasiones se olvidaba de su amor, y tenía que

preguntarse: “¿Á quién quiero yo?--¡Ah, sí, á mi marido!”, le

contestaba la conciencia después de un lapso de tiempo más ó menos

largo.

Esto era porque Eufemia padecía distracciones. Pero en virtud de un

silogismo, en forma de entimema, para abreviar, Eufemia se convencía

cuantas veces era necesario, y era muy á menudo, de que Pánfilo era el

hombre más amado de la tierra, y de que ella, Eufemia, era la mujer

á quien el tal Pánfilo tenía sorbido el poco seso que Dios, en sus

inescrutables designios, le había concedido.

Para sesos, Pánfilo. Era el hombre más sesudo de España, y sobre esto

sí que no admitía discusión Eufemia.

No sabía ella todavía que, así como los terrenos carboníferos se

anuncian en la superficie por determinados vegetales, por ejemplo, el

helecho, los sesos son un subsuelo que suele señalarse en la superficie

con otro vegetal, que produce madera de tinteros, como dijo el autor de

la gatomaquia. No sabía nada de esto Eufemia, ni se le pasaba por las

mientes que pudiera llegar á parecerle su marido demasiado sesudo.

Preciso es confesarlo. Eufemia daba por hecho que su esposo sabía todo

lo que se puede saber, porque eso pronto se aprende; pero, ¿y qué? Ser

el primer sabio del mundo no es más que esto: ser el primer sabio del

mundo. Delante de gente, Eufemia se daba tono con su marido: veía

que todos tenían en mucho la sabiduría de Pánfilo, y usaba y abusaba

de aquella ventaja que Dios le había concedido, dándole por eterno

compañero á un hombre que ya no tenía nada que aprender.

Pero en su fuero interno, que también lo tenía Eufemia, veía que su

admiración incondicional no era más que _flatus vocis_ (no es que ella

lo pensara en latín, sino que lo que ella pensaba venía á ser esto):

porque desde la más tierna infancia la buena mujer había profesado

cariño á infinitas cosas; pero jamás había encontrado un mérito muy

grande en tener la habilidad de estar enterado de todo.

II

Una tarde de Mayo, el doctor don Pánfilo Saviaseca estaba más triste

que un saco de tristezas arrimado á una pared.

¡Ea! Se había cansado de estudiar aquella tarde. ¡Estaba tan hermoso el

sol, y la tierra, y todo!

Leía á Kant; estaba en aquello de si la percepción del yo es ó no

conocimiento analítico _a priori_.

Esto era en el Retiro, en lo más retirado del Retiro, si vale hablar

así. Pánfilo estaba sentado en un banco de musgo.

Conque... ¿en qué quedamos?... ¿es, ó no es conocimiento analítico el

que tenemos del yo? Así meditaba en el instante en que una galguita,

muy mona, vino á posar las extremidades torácicas sobre La Crítica de

la Razón Pura.

Era la realidad, la ciencia del porvenir en figura de perro, que se le

echaba encima al buen sabio y le llamaba al sentimiento positivo de las

cosas.

La galga no estaba sola. Se oyó una voz argentina que gritaba:

“¡Merlina, aquí! Merlina, eh, Merli... Usted dispense, caballero, estos

perros... no saben lo que hacen. Pero, Merlina, ¿qué es esto?”...,

etcétera, etc., etc.

Y, en fin, que Eufemia, su tía, que tenía muchas ganas de casarla, y

hacía bien, y don Pánfilo, hablaron y pensaron juntos.

Resultó que eran vecinos, y como la niña no tenía novio, ni de dónde

le viniera, y como don Pánfilo se había convencido de que el yo no

puede vivir sin el tú para que llegue á ser aquél, y que más vale ser

nosotros que yo solo, hubo boda, no sin que derramase algunas lágrimas

la tía, que lo había tramado todo.

Eufemia era una rubia hermosa.

Pero no tenía nada de particular, á no ser su primo, que no tenía nada

de general, porque era alférez de Ingenieros, agregado, por supuesto.

Don Pánfilo, una vez dispuesto á ser un fiel y enamoradísimo esposo,

se devanaba los sesos, aquellos grandísimos sesos que tenía, para

encontrarle algo de particular á su Eufemia; pero no dió en la cuenta

de que el primo era lo único que tenía Eufemia digno de llamar la

atención.

Jamás había pensado en su prima Héctor González, que éste era el

alférez; pero desde el momento en que la vió casada, se sintió tan mal

ferido de punta de amor, que aprovechó la ocasión para renegar de las

tiránicas leyes que no consienten á los primos enamorar á sus primas

magüer estén casadas.

Pero ¿por qué se había casado Eufemia? No, no era Héctor hombre que

retrocediese ante los obstáculos de esta índole; había leído demasiado

libros malos para que semejante contratiempo le acobardase á él,

agregado de un cuerpo facultativo.

Formó planes que envidiaría cualquier novelista adúltero de Francia, y

se dispuso á comenzar la novela de su vida, que hasta entonces había

corrido monótona entre guardias, formaciones y pronunciamientos.

III

En el ínterin, como dice un orador que yo conozco; en el ínterin,

Pánfilo no pensaba más que en encontrarle el _quid divinum_ á su mujer,

sin que se le ocurriera dar con el quid de la dificultad.

Y así como Don Quijote averiguó al cabo que éste, y no otro, era el

nombre significativo que convenía á la altura y calidad de sus proezas,

Pánfilo entendió que Eufemia se distinguía por un delicadísimo gusto,

que la inclinaba á lo más espiritual y sublime, á la quintaesencia de

los afectos sin nombre, cuyos misteriosos matices jamás traducirán las

Bellas Artes, ni la más profunda armonía, ni la lírica mejor inspirada.

Oigamos, ó mejor, leamos á don Pánfilo:

“Pasan por el alma á veces extraños y sublimes sueños, adivinaciones

de verdades del cielo, amorosas ansias, que no son, sin embargo, como

la pasión ciega, sino como luz que estuviera enamorada del calor:

pues todo esto es lo que siente y comprende Eufemia, mi mujercita,

con maravillosa intuición. Sabe prescindir de la apariencia de las

cosas, remontarse á la región ideal, que con ser ideal, es lo más

real de todo. ¿Por qué me quiere á mí, sino por eso? Porque lee en

mis ojos, tristes y apagados, el fuego que por dentro me devora. Un

día me preguntó:--Si yo no te hubiera querido, ¿qué hubieras hecho

tú?--¿Qué?--respondí.--Primero, llorar mucho, querer morirme y mirar

de hito en hito á las estrellas; mirándolas, pensaría muchas cosas;

me acordaría de mi infancia, de mi madre, de mi Dios, á quien adoré

de niño, á quien olvidé de joven y á quien busco de viejo; y pensando

estas cosas, no me olvidaría de ti, no, eso es imposible; sino que,

mezclándote con todas ellas, poniéndote sobre todas, viendo bien claro,

como lo vería, que las distancias de este mundo así en el espacio

como en el tiempo, como en las formas, como en los sentimientos, son

aparentes, y que todo acaba por juntarse, entenderse y quererse, viendo

esto, me consolaría, y resignado, me pondría á estudiar mucho, mucho,

para amar mucho y esperar mucho, y tener la seguridad de acercarme á ti

al fin y al cabo, no sé dónde, ni sé cuándo, pero algún día, en algún

lugar, donde Dios quisiera.

“Cuando Eufemia me oyó hablar así, no replicó; pero cerró los ojos y se

quedó sintiendo y pensando todas esas cosas inefables que pasan por su

alma en algunos momentos de extática contemplación. Cuando despertó

de su embeleso, que bien habría durado una hora, me dirigió una dulce

sonrisa y me dió un abrazo; pero nada dijo. ¿Qué había de decir? Me

había comprendido, había penetrado la sublimidad de mi amor: eso

bastaba.

“Aquella tarde vino á buscarla su primo González para ir á la Casa de

Campo: ella no quería ir, pero al fin consintió á una insinuación mía,

y se despidió de mí como si fuera al otro mundo. Y era que en aquel día

inolvidable estaban tan unidas nuestras almas, que toda separación era

dolorosísima.

“El alma de mi Eufemia es éter puro. ¡Cómo la quiero! Ella me inspira

este buen ánimo que necesito para seguir, sin desmayar, en la

formidable obra emprendida; quiero acabar para siempre con toda clase

de pesimismo; quiero poner en su punto y en lo cierto la dignidad de

la vida, la perfección de lo creado y la evidencia con que se presenta

á mis ojos la finalidad de todo lo que existe, finalidad real á pesar

del constante progreso y de la variedad infinita. Voy ahora á esperar á

Eufemia, que debe de volver con su primo de los toros. Llevarla á los

toros ha sido demasiada exigencia; pero como la otra vez yo la reprendí

porque no era más amable con González, en esta ocasión se anticipó la

pobrecita á los que consideraba mis deseos. ¡Como no vuelva desmayada!”

Lo que va entre comillas es extracto de un diario inédito.

IV

Ello es que el primo se había declarado á la prima. Había hablado él

también de amores que en el cielo empiezan y siguen en la tierra; del

más allá y del algo desconocido, trinando principalmente contra el

derecho civil vigente y los matrimonios desiguales.

Que Eufemia quería á Pánfilo no debía ponerse en tela de juicio, y no

se puso. No lo hubiera consentido Eufemia, para la cual era axiomático:

primero, que su esposo era un sabio, y segundo, que ella le quería como

á las niñas de sus ojos.

En vista de que el dogma era inalterable, Héctor procuró barrenar la

moral, obrando como un sabio mucho mayor que su primo.

La mujer siempre es un poco protestante: piensa que _fides sine

operibus_ vale algo, y que á fuerza de creer mucho, se puede compensar

el defecto de pecar no poco.

--Tu marido es un sabio, convenido; pero ¿y eso qué?--Esto dijo

el primo, que fué como leer en el ya citado fuero interno de

Eufemia.--Supongamos que tú te enamoras de otro hombre que sólo sepa

lo que Dios le dé á entender, ¿bastará la sabiduría de tu marido para

evitar lo inevitable?

Eufemia no tenía qué contestar.

De hipótesis en hipótesis, llegaron los primos

Al puente que separa

Á Eva inocente de Eva pecadora.

V

Dejábamos al doctor Pánfilo entre San Marcos y la puente.

Era una tarde de Mayo. Pánfilo escribía la última cuartilla de su obra,

que iba á ser inmortal y que se titulaba: _Eufemia. Investigaciones

acerca de la dignidad y finalidad racional de la vida humana.

Endemonología aplicada, basada en una arquitectónica racional de la

biología psíquica, especialmente la prasológica._

Un rayo de sol, que entraba por la ventana, caía sobre el papel que iba

emborronando el doctor. Escribía esto: “... Tal ha sido el propósito

del autor; demostrar con argumentos tomados de la realidad viva que el

predominio de la felicidad se observa ya hoy en nuestras sociedades

civilizadas, sin necesidad de recurrir á la hipótesis probable, pero no

necesaria, de ulterior sanción de otros mundos mejores. Debe, sí, el

filósofo recurrir á la experiencia, pero no fijando sólo su examen en

la propia individual; pues nada significa el apasionado testimonio del

que lamenta desgracias peculiares; hay otra experiencia, que una sabia

y bien ordenada estadística moral y civil puede suministrarnos, y en

ella podrá ver cada cual, y mejor el filósofo, que sea lo que quiera de

la propia fortuna...”

Al llegar á “fortuna”, sintió el filósofo que le sacudían el papel.

Era Merlina, la galguita de mi cuento, que se había subido á la mesa y

se paseaba arrogante sobre _Las investigaciones acerca de la dignidad_,

etcétera, etc.

Pánfilo suspendió su trabajo. Un recuerdo dulcísimo, el más querido de

su vida, le trajo lágrimas á los ojos.

Á Merlina debía el doctor su felicidad propia, individual, sin

necesidad de endemonologías ni de arquitectónicas biológicas, sólo

por una casualidad, por una indiscreción de la perra, según frase de

Eufemia.

Embelesado por este recuerdo, se estuvo el doctor largo rato pasando la

mano izquierda por el lomo de Merlina.

Doctor Sutilis (Cuentos) · 第 5 / 17 段