“Es notabilísima, bajo muchos conceptos, y muy alabada de las personas

competentes, la obra publicada recientemente sobre _Los amillaramientos

y abusos inveterados de la ocultación de riqueza territorial_, por el

diputado adicto señor don Pedro Pastrana Rodríguez.”

“Ha sido nombrado de la comisión de *** el reputado publicista

financiero señor don Pedro Pastrana Rodríguez, diputado adicto por

Villaconducho.”

“No es cierto que haya presentado voto particular en la célebre

cuestión de los tabacos de la Vuelta del Medio, el ilustrado individuo

de la comisión señor Pastrana Rodríguez.”

“Digan lo que quieran los maliciosos, no es cierto que el ilustre

escritor señor Pastrana, haya adquirido la propiedad de la marca

_Aliquid chupatur_, con que se distinguen los acreditados tabacos de

Vuelta del Medio. No es el señor Pastrana el nuevo propietario, sino su

paisano y amigo el alcalde de Villaconducho, señor Pespunte.”

“Ha sido aprobado el proyecto de ley del ferrocarril de Villaconducho

á los Tuétanos, montes de la provincia de ***, riquísimos en mineral

de plata; los cuales Tuétanos serán explotados en gran escala por una

gran Compañía, de cuyo Consejo de administración no es cierto que sea

presidente el individuo de la Comisión á cuya influencia se dice que es

debida la concesión de dicho ferrocarril.”

“Parece cosa decidida el viaje del Jefe del Estado á la provincia

de ***. Asistirá á la inauguración del ferrocarril de los Tuétanos,

hospedándose en la quinta regia que en aquella pintoresca comarca

posee el señor Pastrana.”

“No pueden ustedes figurarse á qué grado llegan el acendrado

patriotismo y la exquisita amabilidad que distinguen al gran

hacendista, de quien fué huésped S. M., nuestro amigo y paisano el

señor marqués de Pozos-oscuros, presidente, como saben nuestros

lectores, de la Comisión encargada de gestionar un importante negocio

en las capitales de Europa.”

“Ha sido nombrado presidente de la Comisión que ha de presentar

informe en el famoso negocio de los tabacos de Vuelta del Medio, el

señor marqués de Pozos-oscuros, ya de vuelta de su viaje á las cortes

extranjeras.”

“Satisfactoriamente para el sistema parlamentario y su prestigio, ha

terminado en la sesión de ayer tarde el ruidoso incidente que había

surgido entre el señor marqués de Pozos-oscuros y el señor Pespunte,

diputado por la Vuelta del Medio. El señor Pespunte, en el calor de

la discusión, y un tanto enojado por el calificativo de _ingrato_ que

le había dirigido el presidente de la Comisión, pronunció palabras

poco parlamentarias, tales como ‘ropa sucia’, ‘manos puercas’, ‘río

revuelto’, ’bragas enjutas’, ‘fumarse la isla’, ‘merienda de negros’,

‘presidio suelto’, ‘cocinero y fraile’, ‘peces gordos’, y otras no

menos malsonantes. El digno diputado de la isla hubo de retirarlas ante

la actitud enérgica del señor marqués de Pozos-hondos, ministro de

Hacienda, que declaró que la honra del señor marqués de Pozos-oscuros

estaba muy alta para que pudieran mancharla ciertas acusaciones. Nos

alegraríamos, por el prestigio del sistema parlamentario, de que no se

repitieran escenas de esta índole, tan frecuentes en otros Parlamentos,

pero no en el nuestro, modelo de templanza”.

Hasta aquí _La Correspondencia_.

Ahora un oficio de la fiscalía: “Advierto á usted, para los efectos

consiguientes, que ha sido denunciado por esta fiscalía el número

primero del periódico _El Puerto de Arrebata-capas_, por su artículo

editorial, que titula ‘¡Vecinos, ladrones!’ que empieza con las

palabras ‘Pozos obscuros, y muy obscuros’, y termina con las ‘á la

cárcel desde el Congreso’.”

V

EPÍLOGO

_La Correspondencia_: “Para el estudio del proyecto de reforma del

Código Penal ha sido nombrada una Comisión compuesta por los señores

siguientes: Presidente, D. Pedro Pastrana Rodríguez...”

DE BURGUESA Á CORTESANA

Mi querida Doña Encarnación: Ya sé que las de Pinto dijeron por ahí á

los amigos que las de Covachuelón no iríamos á las fiestas por falta

de posibles ó por falta de amor á los regocijos, como dice mi Juan

que se llama eso; no haga usted pizca de caso, porque ya nos hemos

encargado los sombreros, de ésos que parecen de hombre, que son la

última moda, según dijo la modista, que es de París de Francia, como si

dijéramos; porque si bien ella no nació allá ni lo vió con sus propios

ojos, su marido es de pura raza parisién: ¡conque figúrese usted!

Iremos, y tres más, lo cual, para evitarle á usted molestias de andar

buscando casa y demás, nos iremos derechitos á la suya, y así se ahorra

usted la incomodidad de tener que entenderse con fondistas y amas de

huéspedes, que en estos días sacarán la tripa de mal año y pedirán

por una habitación un ojo de la cara. Adjunta les remito la lista de

las monadas y cachivaches que mi hija la mayor quiere que usted le

tenga comprados para el mismo día en que lleguemos; porque todo su

prurito es que de cien lenguas se la tome por una madrileña; porque ser

provinciana es muy cursi, ya ve usted; y aunque yo la digo que lo que

se hereda no se hurta, y que de la casta le viene al galgo... y que

una Covachuelón, que desciende de cien Covachuelones, aunque sea con

el aire de la montaña, puede tenérselas tiesas, en punto á buen tono y

chicq (_sic_) con la más encopetada cortesana, que puede ser hija de

un cualquiera; digo que, á pesar de esto, la niña quiere que usted la

tenga preparados esos trastos; y no es que aquí no haya guantes de ésos

que llegan hasta los hombros, porque también los vende, la modista que

tiene un marido de París; pero ¿qué quiere usted?, estas muchachas del

día están perdidas por no ser de su tierra. Y mire usted en confianza,

doña Encarnación, y aquí _inter nos_, como dicen los franceses, la

chica está en estado de merecer, y aquí todos son pelagatos; no hay

proporciones; ¿quién sabe si alguno de esos caballeros en plaza, de que

tanto hablan los periódicos, se enamorará de mi niña? En ese caso, nos

quedaríamos á vivir en Madrid, que es lo que yo le digo á Juan; pero

mi Juan es tan terco, que no quiere abandonar este destino humilde,

indigno de un Covachuelón, porque dicen que es seguro, y manos puercas.

¡Como si no conociéramos el mundo, doña Encarnación, y no supiéramos

que eso de gajes es cosa común á todos los destinos, con tal que haya

buena voluntad! Yo, á decir la verdad, no sé de qué son esos caballeros

en plaza; pero sin duda serán unos cumplidos caballeros que apaleen el

oro, ó por lo menos las fanegas de trigo, que todo es apalear. Demás

de esto, mi Juan, que tiene mucho amor á las Instituciones, no perderá

el tiempo durante nuestra estancia en ésa, ni se dormirá en las pajas,

porque el Ministro le tiene ofrecido torres y montones; pero ojos

que no ven... y así atenaceándole de cerca y no dejándole ni á sol ni

sombra, verá usted cómo se logra un ascenso, que buena falta nos hace,

porque con este modestísimo sueldo y todas las manos que Juan quiera,

no se puede vivir: y si no, ahora se ve, lo que es una deshonra, que

para emprender un viaje á la Corte, con rebaja de precio y todo, la

familia de un Covachuelón se halla obligada á vender los cubiertos

de plata y algunas alhajas de los Covachuelones que fueron. Dígales,

dígales usted á las de Pinto (sin contarles lo de los cubiertos),

cuánto hacen y pueden los de Covachuelón en alas ó en aras (nunca digo

bien esta palabra) de su amor á las Instituciones. Aquí se ha corrido

el rumor de que por culpa de Moyano ya no había fiestas; que es ese

señor, que dicen que es muy feo, y lo prueban, había aguado la función;

pero no lo hemos creído, porque es imposible. Dios no puede consentir

que mi hija se quede sin su caballero en plaza, porque eso sería como

quedarse en la calle; ni mi esposo ha de pudrirse y pudrirme en este

rincón obscuro; los Covachuelones pican más alto, y amanecerá Dios y

medraremos: porque la mala voluntad de las de Pinto poco podrá contra

los altos escrutinios de la Providencia, que á todas voces llama á los

de Covachuelón á la Corte. Diga usted de mi parte al señor don Juan, su

marido (¡qué diferencia entre los dos Juanes! el de usted tan dócil,

tan rico y tan amigo de su negocio), pues dígale usted que me busque

sin pérdida de tiempo papeleta para todas partes: queremos verlo todo,

lo que se llama todo, porque ¿á qué estamos? no es cosa de vender una

los cubiertos para volverse luego dejando por ver alguna cosa. He leído

en _La Época_ que los provincianos llegarían tarde para sacar papeleta:

¡qué sabrá ella! _La Época_; como si esos perdularios gacetilleros,

que son la perdición del país, hubieran de ser antes que nosotros, que

servimos á la Patria y á las Instituciones desde un rincón de España,

con celo, inteligencia y lealtad, como decían los mismísimos liberales

cuando dejaron cesante á mi marido. ¡Sería de contar que la señora de

Covachuelón é hija se quedaran sin papeleta para ver todo lo reservado

y todo lo no reservado!

Hemos de verlo todo: dígaselo usted así á don Juan: no rebajo nada.

¡Oh, quién fuera condesa, amiga mía! Pero de menos nos hizo Dios, y

como Juan, el mío, ande derecho y en un pie, y haga lo que yo le diga,

¡quién sabe adónde podremos llegar, y si vendrá día en que yo le vea á

él mismo hecho un caballero en plaza, título que me suena de perlas,

y que no puedo quitármelo de la imaginación! No canso más; consérvese

usted buena y no se olvide de los encarguitos. Su amiga de toda la vida

que desea abrazarla pronto,

_Purificación de los Pinzones de Covachuelón._

_P. D._ Le advierto á usted que Juan se muere por los caracoles, y le

dará usted una sorpresa agradable si se los presenta para almorzar

el día que lleguemos. Supongo que irán ustedes á esperarnos con los

criados, porque llevaremos mucho equipaje, y esos mozos de cordel la

confunden á una con una palurda y piden un sentido. Suya,

_Purificación._

Otra P. D. Le advierto á usted que en las camisolas y en los pañuelos

que le encargué el otro día para Juan, han de ponerse estas letras:

P. Juan, que no significan Padre Juan, sino que Juan es marido de

Purificación, como usted sabe. Un Covachuelón no podría poner en sus

camisas unas simples iniciales como cualquiera. Expresiones á su Juan

de usted.

_Pura._

Pajares, 1.º Febrero.

Mi querida Visitación: Cuando ésta llegue á tus manos estará tu pobre

Pura, tu buena amiga, enterrada en vida, con no sé cuántos kilómetros

de nieve sobre la cabeza. Nos ha cogido la mayor nevada del siglo en

medio del puerto, y no podemos volver atrás ni llegar á nuestro bendito

pueblo, del que ojalá no hubiéramos salido nunca. El correo lo llevan

los peatones; yo he ofrecido el oro y el moro por que me pasara un

peatón, y por que me pesaran en el estanquillo, para llegar á mi destino

en calidad de certificado, costara los sellos que costara: ¡imposible!

me fué forzoso renunciar á mi proyecto, y aquí me tienes extraviada

en el camino como carta de Posada Herrera. Mi Juan, ese hombre de

bien, no hace más que dar pataditas en el suelo, soplarse las manos y

exclamar de vez en cuando: ¡maldita sea mi suerte! ¡Calzonazos! ¡Como

si no fuera él la causa de todos nuestros males! Figúrate, tú, Visita,

que lo primero que hace Juan en cuanto llegamos á Madrid, es coger

una pulmonía. Verdad es que por más de veinticuatro horas la disimuló

para que yo no me incomodara y pudiese ver los festejos; pero ¡buenos

festejos te dé Dios! Yo quería estar en todas partes á un tiempo, como

es natural en tales casos; para esto es necesario correr mucho; pues

nada, Juan no daba paso; que le dolía esto, que le dolía lo otro, y

no se meneaba. Tomamos un coche para los tres, el cochero refunfuña y

me dice no sé qué groserías respecto á si yo abultaba por cuatro, y

Juan... ¡qué te parece! no le rompió nada.

Se pone en movimiento aquel armatoste y á los cuatro pasos el

caballo... cae muerto. Juan se enfureció porque yo le eché á él la

culpa; pelea tú con un hombre así; en fin, nos volvemos á casa, y doña

Encarnación, con una oficiosidad que me da mala espina, declara que

Juan está malo y que debe acostarse; y se acuesta, y viene el médico,

y dice que mi esposo tiene pulmonía. Ya ves cómo todos se conjuraban

contra mí. ¡Adiós visitas al Ministro, adiós ascenso, adiós quedarnos

en Madrid! Añade á esto que doña Encarnación, que es una jamona muy

presumida, no había comprado más que adefesios para mi hija, todo

cursi y de moda del año ocho. Purita pataleó y echó la culpa á su

papá, que efectivamente es quien nos trae en estos malos pasos de

ser provincianas y tener que guiarnos por los envidiosos de Madrid.

Pedíamos billetes á D. Juan: ¡que si quieres! ni uno solo había podido

conseguir, y eso que amenazó con la dimisión de su destino, pero no

dimitió: ¡qué había de dimitir, si estos burócratas de Madrid no saben

lo que es dignidad! Pero dirás tú, y con razón: ¿por qué tu Juan había

de necesitar que nadie mendigara billetes para su mujer? Es verdad, y

en eso hablas como una Santa Teresa; pero Juan, nada, en su cama, queja

que te quejarás, preparándose á bien morir y sin pensar en billetes, ni

en caballeros en plaza, ni en ascensos, ni en todo eso que me trajo á

la corte en mal hora. En fin, Visita, no hemos visto nada, á no ser las

iluminaciones, que valientes iluminaciones estaban; y se dió el caso

de andar la familia de Covachuelón sin cabeza (porque la cabeza tenía

malo el pulmón), de andar por aquellas plazuelas y calles de Dios,

como unas cualesquiera, como unos papanatas, codeándose con la plebe

y teniendo que dejar la acera á los que la llevasen, aunque fueran

hijos del verdugo. Aquí no se respetan las clases, ni el abolengo,

y no le conocen á una en la cara los pergaminos ni la categoría. No

creas que el bullicio fué tan grande como dicen, y de mí te puedo

asegurar que no grité viva nada, porque esto no es modo de tratar á

la gente. ¿Te acuerdas de aquel don Casimiro á quien sacamos diputado

por los pelos, y gracias á estanquillos y chorizos de los decomisados?

Pues ¡asómbrate! don Casimiro, que tenía un paquete de entradas para

todas partes, pasó junto á nosotros sin saludarnos, en un coche muy

elegante, que no sé de dónde lo habrá sacado ese pelagatos. Y dicen

que la conciliación se arraiga y que esto va á durar; ¡mira tú qué

postura de conciliación es ésta, ni si lleva trazas de arraigarse un

Ministerio tan destartalado y montado al aire! Después de ver tanta

farsa y tanto descaro, no me quedaba más que ver, y quise volverme á

mi tierra; el mismo día en que la enfermedad de Juan hacía crisis,

según dijo el médico, cogí á Juan por los pies, le vestí, y lo tapé, y

escondí entre cinco mantas: _hice la crisis_ yo, y nos metimos en el

tren correo. Juan, dócil por la primera vez de su vida, se puso bueno

en el camino, ó por lo menos disimuló el mal; y aquí nos tienes con

la nieve al cuello, en un lugarón que no tiene nombre en el mapa; yo

furiosa, Purita desesperanzada de coger una proporción, y Juan dando

pataditas en el suelo, soplándose los nudillos y murmurando á cada

paso: “¡Maldita sea mi suerte!”

Si algún día llego á mi casita, y desempeño los cubiertos, y junto

algunos cuartos procedentes de las manos de Juan, que él llama

groseramente puercas, y pongo esos cuartos á réditos y saco una renta

regular para ir tirando... te juro, Visita (tanto es lo que aborrezco

la conciliación), te juro que presento la renuncia del destino de Juan

y me declaro _ilegala_.

_Purificación._

EL DIABLO EN SEMANA SANTA

Como un león en su jaula, bostezaba el diablo en su trono; y he

observado que todas las potestades, así en la tierra como en el cielo

y en el infierno, tienen gran afición al aparato majestuoso y solemne

de sus prerrogativas, sin duda porque la vanidad es flaqueza natural y

sobrenatural que llena los mundos con sus vientos, y acaso los mueve

y rige. Bostezaba el diablo del hambre que tenía de picardías que por

aquellos días le faltaban, y eran los de Semana Santa.

Tal como se muere de inanición el cómico en esta época del año, así

el diablo expiraba de aburrido; y no bastaban las invenciones de sus

palaciegos para divertirle el ánimo, alicaído y triste con la ausencia

de bellaquerías, infamias y demás proezas de su gusto.

Según bostezaba y se aburría, ocurriósele de pronto una idea, como

suya, diabólica en extremo; y como no peca S. M. _in inferis_ de

irresoluta, dando un brinco como los que dan los monos, pero mucho más

grande, saltó fuera de sus reales, y se quedó en el aire muy cerca de

la tierra, donde es huésped agasajado y bienquisto por sus frecuentes

visitas.

Fué la idea que se le ocurrió al demonio, que por entonces comenzaba

la tierra madre á hincharse con la comenzón de dar frutos, yéndosele

los antojos en flores, que lo llenaban todo de aromas y de alegres

pinturas, ora echadas al aire, y eran las alas de las mariposas, ora

sujetas al misterioso capullo, y eran los pétalos.

Bien entiende el diablo lo que es la primavera, que antes de ser

diablo fué ángel y se llamó luz bella, que es la luz de la aurora, ó

la luz triste de la tarde, que es la luz de la melancolía y de las

aspiraciones sin nombre que buscan lo infinito. Lo que sabe el diablo

de argucias, díganlo San Antonio y otros varones benditos, que lucharon

con fatiga y sudor entre las tentaciones del enemigo malo y las

inefables y austeras delicias de la gracia. Claro es que al atractivo

celestial, nada hay comparable, ni de lejos, y que soñar con tales

comparaciones es pecar mortalmente; pero también es cierto que, aparte

de Dios, nada hay tan poderoso y amable, á su manera, como el diablo;

siendo todo lo que queda por el medio, insulso, tibio y de menos

precio, sea bueno ó malo. Para todo corazón grande, el bien, como no

sea el supremo, que es Dios mismo, vale menos que el mal cuando es el

supremo, que es el demonio.

Al ver que brotaba la primavera en los botones de las plantas y en la

sangre bulliciosa de los animales jóvenes, se dijo “ésta es la mía”, el

diablo, gran conocedor de las inclinaciones naturales. Aunque le teme y

huye, no quiere el diablo mal á Dios, y mucho menos desconoce su fuerza

omnipotente, su sabiduría y amor infinito, que á él no le alcanza,

por misterioso motivo, cuyo secreto el mismísimo demonio respeta, más

reverente que algunos apologistas cristianos. Y así, mirando al cielo,

que estaba todo azul al Oriente y al Poniente se engalanaba con ligeras

nubecillas de amaranto, decía el diablo con acento plañidero, pero

no rencoroso, digan lo que quieran las beatas, que hasta del diablo

murmuran y le calumnian; digo que decía el diablo: “Señor, de tu propia

obra me valgo y aprovecho: tú fuiste, y sólo tú, quien produjo esta

maravilla de las primaveras en los mundos, en una divina inspiración

de amor dulcísimo y expansivo, que jamás comprenderán los hombres que

son religiosos por manera ascética; ¿y qué es la primavera, Señor? Un

beso caliente y muy largo que se dan el sol y la tierra, de frente,

cara á cara, sin miedo. ¡Pobres mortales! Los malos, los que saben

algo de la verdad del buen vivir, están en mi poder, y los buenos, los

que vuelven á Ti los ojos, Dios Eterno, quiérente de soslayo, no con

el alma entera; no entienden lo que es besar de frente y cara á cara,

como besa el sol á la tierra, y tiemblan, vacilan y gozan de tibias

delicias, más ideadas que sentidas; y acaso es mayor el placer que les

causa la tentación con que yo les mojo los labios, que el alabado gozo

del deliquio místico, mitad enfermedad, mitad buen deseo...”

Comprendió el diablo que se iba embrollando en su discurso, y calló

de repente, prefiriendo las obras á las palabras, como suelen hacer

los malvados, que son más activos y menos habladores que la gente

bonachona y aficionada al _verbo_.

Sonrió S. M. infernal con una sonrisa que hubiera hecho temblar de

pavor á cualquier hombre que le hubiese visto: y varios ángeles que de

vuelta del mundo pasaban volando cerca de aquellas nubes pardas donde

Satanás estaba escondido, cambiaron por instinto la dirección del

vuelo, como bandada de palomas que vuelan atolondradas con distinto

rumbo al oir el estrépito que hace un disparo cuando retumba por los

aires. Mira el diablo á los ángeles con desprecio, y volviendo en

seguida los ojos á la tierra, que á sus pies se iba deslizando como el

agua de un arroyo, dejó que pasara el Mediterráneo, que era el que á

la sazón corría hacia Oriente por debajo, y cuando tuvo debajo de sí

á España, dejóse caer sobre la llanura, y como si fuera por resorte,

redújose con el choque de la caída, la estatura del diablo, que era de

leguas, á un escaso kilómetro.

El sol se escondía en los lejanos términos, y sus encendidos colores

reflejábanse en el diablo de medio cuerpo arriba, dándole ese tinte

mefistofélico con que solemos verle en las óperas, merced á la lámpara

Drumont ó á las luces de bengala. Puso el Señor de los Abismos la

mano derecha sobre los ojos y miró en torno, y no vió nada á la

investigación primera, mas luego distinguió de la otra parte del sol

como la punta de una lanza enrojecida al fuego. Era la veleta de una

torre muy lejana. En unos doce pasos que anduvo, vióse el diablo muy

cerca de aquella torre, que era la de la catedral de una ciudad muy

antigua, triste y vieja, pero no exenta de aires señoriales y de

elegancia majestuosa. Tendióse cuan largo era por la ribera de un río

que al pie de la ciudad corría (como contando con las quejas de su

murmullo la historia de su tierra), y estirando un tanto el cuello, con

postura violenta, pudo Satanás mirar por las ventanas de la catedral lo

que pasaba dentro. Es de advertir que los habitantes de aquella ciudad

no veían al diablo tal como era, sino parte en forma de niebla que se

arrastraba al lado del río perezosa, y parte como nubarrón negro y

bajo que amenaza tormenta y que iba en dirección de la catedral desde

las afueras. Verdad es que el nubarrón tenía la figura de un avechucho

raro, así como cigüeña con gorro de dormir; pero esto no lo veían

todos, y los niños, que eran los que mejor determinaban el parecido de

la nube, no merecían el crédito de nadie. Un acólito de muy tiernos

años, que había subido en compañía del campanero á tocar las oraciones,

le decía:--Señor Paco, mire usted este nubarrajo que está tan cerca,

parece un aguilucho que vuelve á la torre, pero trae una alcuza en

el pico; vendrá por aceite para las brujas. Pero el campanero, sin

contestar palabra ni mirar al cielo, daba la primer campanada, que

despertaba á muchos vencejos y lechuzas dormidos en la torre. Sonaba

la segunda campanada solemne y melancólica, y los pajarracos revolaban

cerca de las veletas de la catedral; el chico, el acólito, continuaba

mirando al nubarrón, que era el diablo; y á la campanada tercera

seguía un repique lento, acompasado y grave, mientras que los otros

campanarios de la ciudad vetusta comenzaban á despertarse y á su vez

bostezaban con las tres campanadas primeras de las oraciones.

Cerró la noche, el nubarrón se puso negro del todo, y nadie vió las

ascuas con que el diablo miraba al interior de la catedral por unos

vidrios rotos de una ventana que caía sobre el altar mayor, muy

alumbrado con lámparas que colgaban de la alta bóveda y con velas de

cera que chisporroteaban allá abajo.

Doctor Sutilis (Cuentos) · 第 4 / 17 段