Se sentía mal. El edificio de la _Filosofía última_ amenazaba ruina.
Al ver que el Universo era tan distinto de como lo pedía la razón,
empezaba á creer en el Universo. Aquella lección brusca de la realidad
era el contacto áspero y frío de la materia que necesitaba su espíritu
para creer.--¡Está todo tan mal arreglado, que acaso sea verdad!--así
pensaba el filósofo. De repente se volvió hacia sus compañeros y les
preguntó:--¿Existe el infierno?
Los tres suspiraron, hicieron gestos de compasión, y respondieron:
--Sí; existe.
--Y la condenación, ¿es eterna?
--Eterna.
--¡Solemne injusticia!
--¡Terrible realidad!--respondieron los del cielo á coro.
Pértinax se pasó la mortaja por la frente. Sudaba filosofía. Iba
creyendo que estaba en el otro mundo. Aquella sinrazón de todo le
convencía.--¿Luego la cosmogonía y la teogonía de mi infancia eran la
verdad?
--Sí: la primera y última filosofía.
--¿Luego no sueño?
--No.
--¡Confesión! ¡confesión!--gritó llorando el filósofo; y cayó desmayado
en los brazos de Diógenes.
Cuando volvió en sí, estaba de rodillas, todo vestido de blanco, en
los estrados de Dios, á los pies de la Santísima Trinidad. Lo que más
le chocó fué ver efectivamente al Hijo sentado á la diestra de Dios
Padre. Como el Espíritu Santo estaba encima, entre cabeza y cabeza,
resultaba que el Padre estaba á la izquierda.--No sé si un Trono ó una
Dominación, se acercó á Pértinax y le dijo:
--Oye tu sentencia definitiva: y leyó la que sigue:
“Resultando que Pértinax, filósofo, es un pobre de espíritu incapaz de
matar un mosquito;
“Resultando que estuvo dando alimentos y carrera por espacio de muchos
años á un hijo natural habido por el tambor mayor Roque García en
Mónica González, ama de llaves del filósofo;
“Considerando que todas sus filosofías no han causado más daño que el
de abreviar su existencia, que no servía para bendita de Dios la cosa;
“Fallamos que debemos absolver, y absolvemos libremente al procesado,
condenando en costas al fiscal señor don Ramón Nocedal, y dando por los
méritos dichos al filósofo Pértinax la gloria eterna.”
Oída la sentencia, Pértinax volvió á desmayarse.
* * * * *
Cuando despertó, se encontró en su lecho. Mónica y un cura estaban á su
lado.
--Señor--dijo la bruja--, aquí está el confesor que usted ha pedido...
Pértinax se incorporó; pudo sentarse en la cama, y extendiendo ambas
manos, gritó, mirando al confesor con ojos espantados:
--Digo, y repito, que todo es pura representación, y que se ha jugado
conmigo una farsa indigna. Y en último caso, podrá ser cierto lo que
he visto; pero entonces juro y perjuro que si Dios hizo el mundo, debió
haberlo hecho de otro modo.--Y expiró de veras.
No le enterraron en sagrado.
DE LA COMISIÓN...
I
Él lo niega en absoluto; pero no por eso es menos cierto. Sí, allá por
los años de 1840 á 50 hizo versos, imitó á Zorrilla como un condenado
y puso mano á la obra temeraria (llevada á término feliz más tarde por
un Sr. Albornoz), de continuar y dar finiquito al _Diablo Mundo_ de
Espronceda.
Pero nada de esto deben saber los hijos de Pastrana y Rodríguez, que es
nuestro héroe. Fué poeta, es verdad; pero el mundo no lo sabe, no debe
saberlo.
Á los diez y siete años comienza en realidad su gloriosa carrera este
favorito de la suerte en su aspecto administrativo. En esa edad de las
ilusiones le nombraron escribiente temporero en el Ayuntamiento de su
valle natal, como dice _La Correspondencia_ cuando habla de los poetas
y del lugar de su nacimiento.
La vocación de Pastrana se reveló entonces como una profecía.
El primer trabajo serio que llevó á glorioso remate aquel funcionario
público, fué la redacción de un oficio en que el alcalde de
Villaconducho pedía al gobernador de la provincia una pareja de la
Guardia civil para ayudarle á hacer las elecciones. El oficio de
Pastrana anduvo en manos y en lenguas de todos los notables del
lugar. El maestro de la escuela nada tuvo que oponer á la gallarda
letra bastardilla que ostentaba el documento; el boticario fué quien
se atrevió á sostener que la filosofía gramatical exigía que ayer
se escribiera con _h_, pues con _h_ se escribe hoy; pero Pastrana
le derrotó, advirtiendo que, según esa filosofía, también debiera
escribirse mañana con _h_.
El boticario no volvió á levantar cabeza, y Perico Pastrana no tardó
un año en ser nombrado secretario del Ayuntamiento con sueldo. Con
tan plausible motivo se hizo una levita negra; pero se la hizo en la
capital. El Sr. Pespunte, sastre de la localidad y alguacil de la
alcaldía, no se dió por ofendido: comprendió que la levita del señor
secretario era una prenda que estaba muy por encima de sus tijeras;
cuando en la fiesta del Sacramento vió Pespunte á Pedro Pastrana lucir
la rutilante levita cerca del señor alcalde, que llevaba el farol, es
verdad, pero no llevaba levita, exclamó con tono profético:
--¡Ese muchacho subirá mucho!--Y señalaba á las nubes.
Pastrana pensaba lo mismo, pero su pensamiento iba mucho más allá de
lo que podía sospechar aquel alguacil que no sabía leer ni escribir é
ignoraba, por consiguiente, lo que enseñan libros y periódicos á la
ambición de un secretario de Ayuntamiento.
Toda la poesía que antes le llenaba el pecho y le hacía emborronar
tanto papel de barbas, se había convertido en una inextinguible sed de
mando y honores y honorarios. Pastrana amaba todo, como Espronceda;
pero lo amaba por su cuenta y razón, á beneficio de inventario. Como
era secretario del Ayuntamiento, conocía al dedillo toda la propiedad
territorial del Concejo y no se le escapaban las ocultaciones de
riqueza inmueble. Así como el divino Homero en el canto II de su
_Ilíada_ enumera y describe el contingente, procedencia y cualidades de
los ejércitos de griegos y troyanos, Pastrana hubiera podido cantar el
debe y haber de todos y cada uno de los vecinos de Villaconducho.
Era un catastro semoviente. Su fantasía estaba llena de foros y
subforos, de arrendamientos, y enfiteusis, de anotaciones preventivas,
embargos y céntimos adicionales. Era amigo del registrador de la
propiedad, á quien ayudaba en calidad de subalterno, y sabía de memoria
los libros del registro. Salía Perico á los campos á comulgar con la
madre Naturaleza. Pero verán mis lectores cómo comulgaba Pastrana con
la Naturaleza: él no veía la cinta de plata que partía en dos la vega
verde, fecunda, y orlada por fresca sombra de corpulentos castaños que
trepaban por las faldas de los montes vecinos; el río no era á sus ojos
palacio de cristal de ninfas y sílfides, sino finca que dejaba pingües
(pingüe era el adjetivo predilecto de Pastrana), pingües productos al
marqués de Pozos-hondos, que tenía el privilegio, que no pagaba, de
pescar á bragas enjutas las truchas y salmones que á la sombra de
aquellas peñas y enramadas buscaban mentida paz y engañoso albergue en
las cuevas y en los remansos. Al correr de las linfas cristalinas, fija
la mirada sobre las ondas, meditaba Pastrana, pensando, no que nuestras
vidas son los ríos que van á dar á la mar, que es el morir, sino en
el valor en venta de los salmones que en un año con otro pescaba el
marqués de Pozos-hondos. ¡Es un abuso!, exclamaba, dejando á las auras
un suspiro eminentemente municipal; y el aprendiz de edil maduraba un
maquiavélico proyecto que más tarde puso en práctica, como sabrá el que
leyere.
Las sendas y trochas que por montes y prados descendían en caprichosos
giros, no eran ante la fantasía de Pastrana sino servidumbres de paso:
los setos de zarzamora, madreselva y espino de olor, donde vivían
tribus numerosas de canoras aves, alegría de la aurora, y música triste
de la melancólica tarde á la hora del ocaso, teníalos Pastrana por
lindes de las respectivas fincas, y nada más; y sonreía maliciosamente
contemplando aquella sede de Paco Antúnez, que antaño estaba metida
en un puño lejos de los mansos del cura un buen trecho, y que hogaño,
desde que mandaban los liberales, andaba, andaba como si tuviera
pies, prado arriba, prado arriba, amenazando meterse en el campo de
la Iglesia y hasta en el huerto de la casa rectoral. Cada monte, cada
prado, cada huerta veíalos Perico, más que allí donde estaban, en el
plano ideal del catastro de sus sueños; y así, una casita rodeada de
jardín y huerta con pomarada, oculta allá en el fondo de la vega,
mirábala el secretario abrumada bajo el enorme peso de una hipoteca
y próxima á ser pasto de voraz concurso de acreedores; el soto del
Marqués (¡siempre el Marqués!) donde crecían en inmenso espacio
millares de gigantes de madera, entre cuyos pies corrían, no los gnomos
de la fábula, sino conejos muy bien criados, antojábasele á Pastrana
misterioso personaje que viajaba de incógnito: porque el tal soto no
tenía existencia civil, no sabían de él en las oficinas del Estado.
De esta suerte discurría nuestro hombre por aquellos cerros y
vericuetos, inspirado por el dios Término que adoraron los romanos,
midiéndolo todo, pesándolo todo y calculando el producto bruto y el
producto líquido de cuanto Dios crió. Otro aspecto de la Naturaleza que
también sabía considerar Pastrana, era el de la riqueza territorial
en cuanto materia imponible; él, que manejaba todos los papeles del
Ayuntamiento, sabía, en cierta topografía rentística que llevaba
grabada en la cabeza, cuáles eran los altos y bajos del terreno que á
sus ojos se extendía, ante la consideración del fisco: aquel altozano
de la vega pagaba al Estado mucho menos que el pradico de la Solana,
metido de patas en el río: por lo cual estaba, según Pastrana, el
pradico mucho más alto sobre el nivel de la contribución que el erguido
cerro que era del marqués de Pozos-hondos, y por eso pagaba menos. Por
este tenor, la imaginación de Pastrana convertía el monte en llano, y
el llano en monte; y observaba que eran los pobres los que tenían sus
pegujares por las nubes, mientras los ricos influyentes tenían bajo
tierra sus dominios, según lo poco y mal que contribuían á las cargas
del Estado.
Estas observaciones no hicieron de Pastrana un filántropo, ni un
socialista, ni un demagogo, sino que le hicieron abrir el ojo para lo
que se verá en el capítulo siguiente.
II
Pastrana no daba puntada sin hilo. Aquellos paseos por los campos y
los montes dieron más tarde ópimo fruto á nuestro héroe. Era necesario,
se decía, _sacar partido_ (su frase favorita) de todas aquellas
irregularidades administrativas. El salmón fué ante todo el objetivo
de sus maquinaciones. Varios días se le vió trabajar asiduamente en
el archivo del Ayuntamiento: Pespunte le ayudaba á revolver legajos,
á atar y desatar y á limpiar de polvo, ya que de paja no era posible,
los papelotes del Municipio. Ocho días duró aquel trabajo de erudición
concejil. Otros ocho anduvo registrando escrituras y copiando matrices
en los protocolos notariales, merced á la benévola protección que le
otorgaba el señor Litispendencia, escribano del pueblo. Después...
Pespunte no vió en quince días á Pedro Pastrana. Se había encerrado en
su casa-habitación, como decía Pespunte, y allí se pasó dos semanas sin
levantar cabeza.
En la secretaría se le echaba de menos; pero el alcalde, que profesaba
también profundo respeto á los planes y trabajos del secretario, no se
dió por entendido, y suplió, como pudo, la presencia de Pastrana. En
fin, un domingo Pedro se presentó en público de levita, oyó misa mayor
y se dirigió á casa del alcalde: iba á pedirle una licencia de pocos
días para ir á la capital de la provincia. ¿Á qué? Ni lo preguntó el
alcalde, ni Pespunte se atrevió á procurar adivinarlo. Pastrana tomó
asiento en el cupé de la diligencia que pasaba por Villaconducho á las
cuatro de la tarde.
El resultado de aquel viaje fué el siguiente: un opúsculo de 160
páginas en 4.° mayor, letra del 8, intitulado _Apuntes para la
historia del privilegio de la pesca del salmón en el río Sele, en
los Pozos-obscuros del Ayuntamiento de Villaconducho, que disfruta
en la actualidad el excelentísimo señor marqués de Pozos-hondos
(Primera parte), por don Pedro Pastrana Rodríguez, secretario de dicho
Ayuntamiento de Villaconducho_.
Sí; así se llamaba la primera obra literaria de aquel Pastrana que
andando el tiempo había de escribirlas inmortales, ó poco menos, no ya
tratando el asunto, al fin baladí, de la pesca del salmón, sino otros
tan interesantes como el de _La caza y la veda_, _La ocultación de la
riqueza territorial_, _Fuentes ó raíces de este abuso_, _Cómo se pueden
cegar ó extirpar estas fuentes ó raíces_.
Pero volviendo al opúsculo piscatorio, diremos que produjo una
revolución en Villaconducho, revolución que hubo de transcender á
los habitantes de Pozos-obscuros, queremos decir á los salmones, que
en adelante decidieron dejarse pescar con cuenta y razón, esto es,
siempre y cuando que el privilegio de Pozos-hondos resultare claro
como el agua de Pozos-obscuros: fundado en derecho. ¿Lo estaba? ¡Ah!
Ésta era la gran cuestión, que Pastrana se guardó muy bien de resolver
en la primera parte de su trabajo. En ella se suscitaban pavorosas
dudas histórico-jurídicas acerca de la legitimidad de aquella renta
pingüe--pingüe decía el texto--de que gozaba la casa de Pozos-hondos;
en la sección del libro titulada _Piezas justificantes_, en la cual
había echado el resto de su erudición municipal el autor, había
acumulado argumentos poderosos en pro y en contra del privilegio;
“la imparcialidad, decía una nota, nos obliga, á fuer de verídicos
historiadores y según el conocido consejo de Tácito, á ser atrevidos
lo bastante para no callar nada de cuanto debe decirse, pero también
á no decir nada que no sea probado. Suspendemos nuestro juicio
por ahora; ésta es la exposición histórica: en la segunda parte,
que será la síntesis, diremos al fin nuestra opinión, declarando
paladinamente cómo entendemos nosotros que debe resolverse este
problema jurídico-administrativo-histórico del _privilegio del Sele en
Villaconducho_, como le denominan antiguos tratadistas”.
El marqués de Pozos-hondos, que se comía los salmones del Sele en
Madrid, en compañía de una bailarina del Real, capaz de tragarse el
río, cuanto más los salmones, convertidos en billetes de Banco; el
marqués tuvo noticia del folleto y del efecto que estaba causando en su
distrito (pues además de salmones tenía electores en Villaconducho).
Primero se fué derecho al ministro á reclamar justicia; quería que el
secretario fuese destituido por atreverse á poner en tela de juicio un
privilegio señorial del más adicto de los diputados ministeriales; y,
por añadidura, pedía el secuestro de la edición del folleto, que él no
había leído, pero que contendría ataques directos ó indirectos á las
instituciones.
El Ministro escribió al Gobernador, el Gobernador al Alcalde y el
Alcalde llamó á su casa al Secretario para que... redactase la carta
con que quería contestar al Gobernador, para que éste se entendiera
con el Ministro. Ocho días después, el Ministro le decía al diputado:
“Amigo mío, ha visto usted las cosas como no son, y no es posible
satisfacer sus deseos; el secretario es excelente hombre, excelente
funcionario y excelentísimo ministerial; el folleto no es subversivo,
ni siquiera irrespetuoso respecto de sus salmones de usted; hoy lo
recibirá usted por el correo, y si lo lee, se convencerá de ello.
Gobernar es transigir, y pescar viene á ser como gobernar; de modo,
que lo mejor será que usted reparta los salmones con ese secretario,
que está dispuesto á entenderse con usted. En cuanto á destituirlo, no
hay que pensar en ello; su popularidad en Villaconducho crece como la
espuma, y sería peligrosa toda medida contra ese funcionario...”
Esto de la popularidad era muy cierto. Los vecinos de Villaconducho
veían con muy malos ojos que todos los salmones del río cayesen en
las máquinas endiabladas del Marqués; pero, como suele decirse, nadie
se atrevía á echar la liebre. Así es que cuando se leyó y comentó
el folleto de don Pedro Pastrana y Rodríguez, la fama de éste no
tuvo rival en todo el Concejo, y muy especialmente adquirió amigos
y simpatías entre los _exaltados_. Los exaltados eran el médico, el
albéitar, Cosme, licenciado del ejército; Ginés, el cómico retirado, y
varios zagalones del pueblo, no todos tan ocupados como fuera menester.
Pespunte, que también tenía ideas (él así las llamaba) un tanto
calientes, les decía á los demócratas, _para inter nos_, que el chico
era de los suyos, y que tenía una intención atroz, y que ello diría,
porque para las ocasiones son los hombres, y “obras son amores, y no
buenas razones”, y que detrás de lo del privilegio vendrían otras
más gordas, y, en fin, que dejasen al chico, que amanecería Dios y
medraríamos. Pastrana dejaba que rodase la bola; no se desvanecía con
sus triunfos, y no quería más que _sacar partido_ de todo aquello. Si
los exaltados le sonreían y halagaban, no les respondía á coces, ni
mucho menos, pero tampoco soltaba prenda; y le bastaba para mantener su
benévola inclinación y curiosidad oficiosa, con hacerse el misterioso y
reservado, y para esto le ayudaba no poco la levita de gran señor, que
ahora le estaba como nunca. Pero ¡ay! pese á los cálculos optimistas
de Pespunte, no iba por allí el agua del molino; los exaltados y sus
favores no eran, en los planes de Pastrana, más que el cebo, y el pez
que había de tragarlo no andaba por allí; de él se había de saber por
el correo.
Y, en efecto, una mañana recibió el secretario una carta, cuyo sobre
ostentaba el sello del Congreso de los Diputados. Era una carta
del señor del privilegio, era lo que esperaba Pastrana desde el
primer día que había contemplado desde Puentemayor correr las aguas
en remolino hacia aquel remanso donde las sombras del monte y del
castañar obscurecían la superficie del Sele. El marqués capitulaba y
ofrecía al activo y erudito cronista de sus privilegios señoriales su
amistad é influencia; era necesario que en este país, donde el talento
sucumbe por falta de protección, los poderosos tendieran la mano á los
hombres de mérito. En su consecuencia, el Marqués se ofrecía á pagar
todos los gastos de publicación que ocasionara la segunda parte de la
“Historia del privilegio de pesca”, y en adelante esperaba tener un
amigo particular y político en quien tan respetuosamente había tratado
la arriesgada materia de sus derechos señoriales. Pastrana contestó
al Marqués con la finura del mundo, asegurándole que siempre había
creído en los sólidos títulos de su propiedad sobre los salmones de
Pozos-obscuros, los cuales salmones llevaban en su dorada librea, como
los peces del Mediterráneo llevan las barras de Aragón, las armas de
Pozos-hondos, que son escamas en campo de oro. De paso manifestaba
respetuosamente al señor Marqués que el soto grande estaba muy mal
administrado, que en él hacían leña todos los vecinos, y que si se
trataba de evitarlo, era preciso hacerlo de modo que no se enterase la
Administración de la falta de existencia económico-civil-rentística del
soto, finca anónima en lo que toca á las relaciones con el Fisco. El
Marqués, que algunas veces había oído en el Congreso hablar de este
galimatías, sacó en limpio que el secretario sabía que el soto grande
no pagaba contribución. Nueva carta del Marqués, nuevos ofrecimientos,
réplica de Pastrana diciendo que él era un pozo tan hondo como el
mismísimo Pozos-hondos, y que ni del soto ni de otras heredades, que
en no menos anómala situación poseía el Marqués, diría él palabra
que pudiese comprometer los sagrados intereses de tan antigua y
privilegiada casa. Pocos meses después los exaltados decían pestes
de Pastrana, á quien el marqués de Pozos-hondos hacía administrador
general de sus bienes raíces y muebles en Villaconducho, aunque á
nombre de su señor padre, porque Pedro no tenía edad suficiente para
desempeñar sin estorbos de formalidades legales tan elevado cargo.
Y en esto se disolvieron las Cortes y se anunciaron nuevas elecciones
generales. Por cierto que cuando leyó esta noticia en la _Gaceta_
estaba Pastrana entresacando pinos en la Grandota, otra finca que no
tenía relaciones con el Fisco; entresaca útil, en primer lugar, para
los pinos supervivientes, como los llamaba el administrador; en segundo
lugar, para el Marqués, su dueño, y en el último lugar, para Pastrana,
que de los pinos entresacados entresacaba él más de la mitad moralmente
en pago de tomarse por los intereses del amo un cuidado que sólo
prestaría un diligentísimo padre de familia. Y ya que voluntariamente
prestaba la culpa levísima, no quería que fuese á humo de pajas. En
cuanto leyó lo de las elecciones, comparó instintivamente los votos
con los pinos, y se propuso, para un porvenir quizá no muy lejano,
entresacar electores en aquella dehesa electoral de Villaconducho.
Pespunte, que se había resellado como Pastrana, pues para los
admiradores como el sastre, incondicionales, las ideas son menos que
los ídolos, Pespunte no podía imaginar adónde llegaban los ambiciosos
proyectos de don Pedro. Lo único que supo, porque esto fué cosa de
pocos días, y público y notorio, que el alcalde no haría aquellas
elecciones, porque antes sería destituido. Como lo fué efectivamente.
Las elecciones las hizo el señor administrador del excelentísimo
señor marqués de Pozos-hondos, presidente del Ayuntamiento de
Villaconducho, comendador de la Orden de Carlos III, señor don Pedro
Pastrana y Rodríguez. Un día antes del escrutinio general, se publicó
la segunda parte de los “Apuntes para la historia del privilegio”;
en ella se demostraba finalmente que ya en tiempo del rey Don Pelayo
pescaban salmones en el Sele sus próximos parientes los Marqueses
de Pozos-hondos, encargados de suministrar el pescado necesario á
todos los ejércitos del rey de la Reconquista durante la Cuaresma. Al
siguiente día se recogieron las redes y se vació el cántaro electoral,
todo bajo los auspicios de Pastrana; jamás el Marqués había tenido
tamaña cosecha de votos y salmones.
III
Es necesario, para el regular proceso de esta verídica historia, que
el lector, en alas de su ardiente fantasía, acelere el curso de los
años y deje atrás no pocos. Mientras el lector atraviesa el tiempo de
un brinco, Pastrana, por sus pasos contados, atraviesa multitud de
funciones públicas, unas retribuídas y otras no, meramente honoríficas.
Hechas las elecciones, resultó que el marqués de Pozos-hondos era cinco
veces más popular en Villaconducho que su enemigo el candidato de
oposición. De resultas de esta popularidad del Marqués, hubo que hacer
á Pastrana administrador de Bienes Nacionales. También se le formó
expediente por cohecho y se le persiguió en justicia por no sé qué
minuciosas formalidades de la ley electoral; el Marqués bien hubiera
querido dejar en la estacada á su administrador de votos, salmones y
hacienda; pero don Pedro Pastrana hizo comprender perfectamente al
magnate la solidaridad de sus intereses, y salió libre y sin costas
de todas aquellas redes con que la ley quería pescarle. Pastrana no
perdonó al Marqués el poco celo que había manifestado por salvarle.
Al año siguiente, en que hubo nuevas elecciones para Constituyentes
nada menos, el candidato de oposición fué cinco veces más popular que
el Marqués. Bueno es advertir que el candidato de oposición ya no era
de oposición, porque habían triunfado los suyos. El Marqués se quedó
sin distrito; y como se había acabado el tiempo del monopolio (según
decía Pespunte, que se había echado al río para deshacer á hachazos
las máquinas de pescar salmones), como ya no había clases, el pueblo
pudo pescar á río revuelto, y aquel año la bailarina del Marqués no
comió salmón. Pasó otro año, hubo nuevas elecciones, porque las cortes
las disolvió no sé quién, pero, en fin, uno de tropa, y entonces no
fueron diputados ni el Marqués ni su enemigo, sino el mismísimo don
Pedro Pastrana, que, una vez _encauzada la revolución_... y encauzado
el río, cogió las riendas del gobierno de Villaconducho, y en nombre
de la libertad bien entendida, y para evitar la _anarquía mansa_ de
que estaban siendo víctimas el distrito y los salmones, se atribuyó el
privilegio de la pesca y el alto y merecido honor de representar ante
el nuevo Parlamento á los villaconduchanos.
IV
Y aquí era donde yo le quería ver.
Tiene la palabra _La Correspondencia_:
“Ha llegado á Madrid el señor don Pedro Pastrana Rodríguez, diputado
adicto por el distrito de Villaconducho, vencedor del Marqués de
Pozos-hondos en una empeñada batalla electoral.”
Pasan algunos días; vuelve á tener la palabra _La Correspondencia_: