Procuré, si no olvidar, porque esto no era posible, distraer mi pena,

y como se vuelve al hogar abandonado por correr las locuras del mundo,

así volví á la ciencia, tranquilo albergue que me daría el consuelo de

la paz del alma, que es la mayor riqueza. ¡Ay! Volví á estudiar, pero

ya los problemas de la vida, los misterios de lo alto no tenían para

mí aquel interés de otros días; ya sólo veía en la ciencia la miseria

de lo que ignora, el pavor que inspiran sus arcanos; en fin, en vez de

la calma del justo, sólo me dió la calma del desesperado, engendradora

de las eternas tristezas. ¿Qué es el cielo? ¿Qué es la tierra? ¿Qué

nos importa? ¿Hay un más allá para las moscas que sufrieron en la vida

resignadas el tormento del amor? Ni yo sufro resignada, ni sé nada del

más allá. La ciencia ya sólo me da la duda anhelante, porque en ella ya

no busco la verdad, sino el consuelo; para mí no es un templo en que

se adora, es un lugar de asilo; por eso la ciencia me desdeña. Perdida

en el mar del pensamiento, cada vez que me engolfo en sus olas, las

olas me arrojan desdeñosas á la orilla como cáscara vacía. Y éste es mi

estado. Voy y vengo de los libros sabios á la poesía, y ni en la poesía

encuentro la frescura lozana de otros días, ni en los libros del saber

veo más verdades que las amargas y tristes. Ahora espero tan sólo, ya

que no tengo el valor material que necesito para darme la muerte, que

don Eufrasio llegue á la Sintética, y sepa, bajo principio, que puede

en derecho aplastarme. Mi único placer consiste en provocarle, picando

y chupando sin cesar en aquella calva mollera, de cuyos jugos venenosos

bebí, en mal hora, el afán de saber, que no trae aparejada la virtud

que para tanta abnegación se necesita.

Calló la mosca, y al oir el ruido de la puerta que se abría, voló hacia

un rincón de la biblioteca.

III

Don Eufrasio volvía de la Academia.

Venía muy colorado, sudaba mucho, hacía eses al andar, y sus ojillos,

medio cerrados, echaban chispas. Yo estaba en la sombra y no me vió. Ya

no recordaba que me había dejado en su _camarín_, perfumado con todos

los aromas bien olientes de la sabiduría.

Creía estar solo y habló en voz alta (al parecer era su costumbre),

diciendo así á las paredes sapientísimas que debían de conocer tantos

secretos:

--¡Miserables! ¡Me han vencido! Han demostrado que no hay razón para

que el animal no llegue á hablar, pero afortunadamente no se fundan en

ningún dato positivo, en ninguna experiencia. ¿Dónde está el animal que

comenzó á hablar? ¿Cuál fué? Esto no lo dicen, no hay prueba plena;

puedo, pues, contradecirlo. Escribiré una obra en diez tomos negando la

posibilidad del hecho; desacreditaré la hipótesis. Estas copitas que he

bebido en casa de Friné me han reanimado. ¡Diablos! Esto da vueltas:

¿si estaré borracho? ¿Si iré á ponerme malo? No importa; lo principal

es que les falte el hecho, el dato positivo. El animal no habla, no

puede hablar. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué hermosa es Friné! ¡Qué hermosa bestia!

¡Pues Friné habla! Bien, pero ésa no se cuenta: habla como una cotorra,

y no es ése el caso. Friné habla como ama, sin saber lo que hace;

aquello no es amar ni hablar. ¡Pero vaya si es hermosa!

Macrocéfalo sacó del bolsillo de la levita una petaca; en la petaca

había una miniatura: era el retrato de Friné. Le contempló con deleite

y volvió á decir:--No, no hablan, los animales no hablan. ¡Bueno

estaría que yo hubiese sostenido un error toda la vida!

En aquel momento la mosca sabia dejó oir su zumbido, voló, haciendo

un espiral en el aire, y acabó por dejarse caer sobre la miniatura de

Friné.

Macrocéfalo se puso pálido, miró á la mosca con ojos que ya no

arrojaban chispas, sino rayos, y dijo en voz ronca:

--¡Miserable! ¿Á qué vienes aquí? ¿Te ríes? ¿Te burlas de mí?

--¡Como usted decía que los animales no hablan!

--No hablarás mucho tiempo, bachillera--gritó el sabio, y quiso coger

entre los dedos á su enemiga. Pero la mosca voló lejos, y no paró hasta

meter las patas en el tintero. De allí volvió arrogante á posarse

en la petaca.--Oye--dijo á Macrocéfalo--los animales hablan... y

escriben...--Y diciendo y andando, sobre la piel de Rusia, al pie del

retrato de Friné, escribió con las patas mojadas en tinta roja: _Musca

vomitoria_. Don Eufrasio lanzó un bramido de fiera. La mosca había

volado al cráneo del sabio; allí mordió con furia... y yo vi caer sobre

su cuerpo débil y raquítico la mano descarnada de Macrocéfalo. La mosca

sabia murió antes de que llegase Don Eufrasio á la filosofía sintética.

Sobre la tersa y reluciente calva quedó una gota de sangre, que caló la

piel del cráneo, y filtrándose por el hueso llegó á ser una estalactita

en la conciencia de mi sabio amigo. Al fin había sido capaz de matar

una mosca.

EL DOCTOR PÉRTINAX

I

El sacerdote se retiraba mohíno. Mónica, la vieja impertinente y beata,

quedaba sola junto al lecho de muerte. Sus ojos de lechuza, en que

reverberaba la luz de la mortecina lamparilla, lanzaba miradas como

anatemas al rostro cadavérico del doctor Pértinax.

--¡Perro judío! ¡Si no fuera por la manda, ya iría yo aguantando el

olor de azufre que sale de tu cuerpo maldito!... ¡No confesarse ni á la

hora de la muerte!...

Este impío monólogo fué interrumpido por un ¡ay! del moribundo.

--¡Agua!--exclamaba el mísero filósofo.

--¡Vinagre!--contestó la vieja sin moverse de su sitio.

--Mónica, buena Mónica--prosiguió el doctor hablando como pudo--; tú

eres la única persona que en la tierra me ha sido fiel... tu conciencia

te lo premie... esto se acaba... llegó mi hora, pero no temas...

--No, señor; pierda usted cuidado...

--No temas: la muerte es una apariencia; sólo el egoísmo... individual

puede quejarse de la muerte... Yo expiro, es verdad, nada queda de

mí... pero la especie permanece... No es sólo eso: mi obra, el producto

de mi trabajo, los majuelos del pueblo, mi propiedad, extensión de mi

personalidad en la Naturaleza, quedan también; son tuyas, ya lo sabes,

pero dame agua.

Mónica vaciló, y ablandándose al cabo, cuanto un pedernal puede

ablandarse, acercó á los labios de su amo no sé qué jarabe, cuya sola

virtud era trastornar el juicio del moribundo más y más cada vez.

--Gracias, Mónica, gracias, y adiós; es decir, hasta luego. Queda la

especie; tú también desaparecerás, pero no te importe, quedarán la

especie y los majuelos, que heredará tu sobrino, ó mejor dicho, nuestro

hijo, porque ésta es la hora de las grandes verdades.

Mónica sonrió, y después, mirando al techo, vió en la obscuridad de

arriba la imagen reluciente de un tambor mayor, de grandes bigotes y de

gallarda apostura.

--¡No sería mala especie la que saliera de tu cuerpo enclenque y de tu

meollo consumido por las herejías!

Esto pensó la vieja al tiempo mismo que Pértinax entregaba los despojos

de su organismo gastado al acervo común de la especie, laboratorio

magno de la Naturaleza.

Amanecía.

II

Era la hora de las burras de leche: San Pedro frotaba con un paño el

aldabón de la puerta del cielo y lo dejaba reluciente como un sol.

¡Claro! Como que era el aldabón que limpiaba San Pedro el mismísimo sol

que nosotros vemos aparecer todas las mañanas por el Oriente.

El santo portero, de mejor humor que sus colegas de Madrid, cantaba no

sé qué aire, muy parecido al _ça irá_ de los franceses.

--¡Hola! Parece que se madruga--dijo inclinando la cabeza y mirando de

hito en hito á un personaje que se le había puesto delante en el umbral

de la puerta.

El desconocido no contestó, pero se mordió los labios, que eran

delgados, pálidos y secos.

--Sin duda, prosiguió San Pedro--, ¿usted es el sabio que se estaba

muriendo esta noche?... ¡Vaya una noche que me ha hecho usted pasar,

compadre!... ¡No he pegado ojo en toda ella, esperando que á usted se

le antojase llamar; y como tenía órdenes terminantes de no hacerle á

usted aguardar ni un momento!... ¡Poquito respeto que se les tiene

á ustedes aquí en el cielo! En fin, bienvenido, y y pase usted; yo

no puedo moverme de aquí, pero no tiene pérdida. Suba usted... todo

derecho... No hay entresuelo.

El forastero no se movió del umbral, y clavó los ojos pequeños y azules

en la venerable calva de San Pedro, que había vuelto la espalda para

seguir limpiando el sol.

Era el recién venido, delgado, bajo, de color cetrino, algo afeminado

en los movimientos, pulcro en el trato de su persona y sin pelo de

barba en todo su rostro. Llevaba la mortaja con elegancia y compostura,

y medía los ademanes y gestos con académico rigor.

Después de mirar una buena pieza la obra de San Pedro, dió media vuelta

y quiso desandar el camino que sin saber cómo había andado, pero vió

que estaba sobre un abismo de obscuridad en que había tinieblas como

palpables, ruidos de tempestad horrísona, y á intervalos ráfagas de una

luz cárdena, á la manera de la que tienen los relámpagos. No había allí

traza de escalera, y la máquina con que medio recordaba que le habían

subido, tampoco estaba á la vista.

--Caballero--exclamó con voz vibrante y agrio tono:--¿se puede saber

qué es esto? ¿dónde estoy? ¿por qué se me ha traído aquí?

--¡Ah! ¿Todavía no se ha movido usted? Me alegro, porque se me había

olvidado un pequeño requisito. Y sacando un libro de memorias del

bolsillo, mientras mojaba la punta de un lápiz en los labios, preguntó:

--¿Su gracia de usted?

--Yo soy el doctor Pértinax, autor del libro estereotipado en su

vigésima edición, que se intitula _Filosofía última_...

San Pedro, que no era listo de mano, sólo había escrito á todo esto

Pértinax...

--Bien: ¿Pértinax de qué?

--¿Cómo de qué? ¡Ah! sí; querrá usted decir ¿de dónde? así como se

dice: Tales de Mileto, Parménides de Elea... Michelet de Berlín...

--Justo, Quijote de la Mancha...

--Escriba usted: Pértinax de Torrelodones. Y ahora, ¿podré saber qué

farsa es ésta?

--¿Cómo farsa?

--Sí, señor; yo soy víctima de una burla; esto es una comedia; mis

enemigos, los de mi oficio, ayudados con los recursos de la industria,

con efectos de teatro, exaltando mi imaginación con algún brebaje, han

preparado todo esto, sin duda; pero no les valdrá el engaño: sobre

todas estas apariencias está mi razón; mi razón, que protesta con voz

potente contra y sobre toda esta farándula; pero no valen carátulas ni

relumbrones; que á mí no se me vence con tan grosero ardid, y digo lo

que siempre dije y tengo consignado en la página 315 de la _Filosofía

última_..., nota b de la subnota _alfa_, á saber: que después de la

muerte no debe subsistir el engaño del aparecer, y es hora de que cese

el concupiscente querer vivir, _Nolite vivere_, que es sólo cadena de

sombras engarzada en deseos, etc., etc. Conque así, una de dos: ó yo

me he muerto, ó no me he muerto; si me he muerto, no es posible que

yo sea yo, como hace media hora, que vivía; y todo esto que delante

tengo, como sólo puede ser ante mí, en la representación no es, porque

yo no soy; pero si no me he muerto, y sigo siendo yo, éste que fuí y

soy, es claro que esto que tengo delante, aunque existe en mí como

representación, no es lo que mis enemigos quieren que yo crea, sino

una farsa indigna tramada para asustarme, pero en vano, porque ¡vive

Dios!...

Y juró el filósofo como un carretero. Y no fué lo peor que jurase, sino

que ponía el grito en el cielo, y los que en él estaban comenzaron á

despertarse al estrépito, y ya bajaban algunos bienaventurados por las

escalonadas nubes, teñidas, cuál de gualda, cuál otra de azul marino.

Entretanto San Pedro se apretaba los ijares con entrambas manos, por no

descoyuntarse con la risa, que le sofocaba. Más se irritaba Pértinax

con la risa del Santo, y éste hubo de suspenderla para aplacarle, si

podía, con tales palabras:

--Señor mío, ni aquí hay farsa que valga, ni se trata de engañar á

usted, sino de darle el cielo, que, por lo visto, ha merecido por

buenas obras, que yo ignoro; como quiera que sea, tranquilícese y suba,

que ya la gente de casa bulle por allá dentro y habrá quien le conduzca

donde todo se lo expliquen á su gusto, para que no le quede sombra de

duda, que todas se acaban en esta región, donde lo que menos brilla es

este sol que estoy limpiando.

--No digo yo que usted quiera engañarme, pues me parece hombre de bien;

otros serán los farsantes, y usted sólo un instrumento sin conciencia

de lo que hace.

--Yo soy San Pedro...

--Á usted le habrán persuadido de que lo es; pero eso no prueba que

usted lo sea.

--Caballero, llevo más de 1.800 años en la portería...

--Aprensión, prejuicio...

--¡Qué prejuicio ni qué calabaza!--grita el Santo ya incomodado un

tantico--; San Pedro soy, y usted un sabio como todos los que de allá

nos vienen, tonto de capirote y con muchos humos en la cabeza... La

culpa la tiene quien yo me sé, que no se va más despacio en el admitir

gente de pluma donde bendita la falta que hace. Y bien dice San

Ignacio...

Á la sazón aparecióse en el portal la majestuosa figura de un venerable

anciano, vestido de amplia y blanquísima túnica, el cual, mirando con

dulces ojos al _filósofo colérico_, le dijo, mientras cogía sus flacas

manos, con las que él tenía de luz, ó, por lo menos, de algo muy tenue

y esplendoroso:

--Pértinax, yo soy el solitario de Patmos; ven conmigo á la presencia

del Señor, tus pecados te han sido perdonados y tus méritos te

levantaron, como alas, de la tierra triste y llegaste al cielo, y verás

al Hijo á la diestra del Padre... El Verbo que se hizo carne.

--Habitó entre nosotros, ya sé la historia; pero señor San Juan,

digo y repito que esto es indigno, que reconozco la habilidad de los

escenógrafos; pero la farsa, buena para alucinar á un espíritu vulgar,

no sirve contra el autor de la _Filosofía última_.--Y el pobre filósofo

escupía espuma de puro rabiado.

El portal estaba lleno de ángeles y querubines, tronos y dominaciones,

santos y santas, beatas y beatos y bienaventurados rasos. Hacían

coro alrededor del extranjero y escuchaban con sonrisa... de

bienaventurados, la sabrosa plática que tenían ya entablada el autor

del _Apocalipsis_ y el de la _Filosofía última_. Como San Juan se

explicara en términos un tanto metafísicos, fué apaciguándose poco

á poco el furioso pensador, y con el interés de la polémica llegó á

olvidar la que él llamaba farsa indigna.

Entre los del coro había dos que se miraban de reojo, como animándose

mutuamente á echar su cuarto á espadas. Eran Santo Tomás y Hegel,

que por distintas razones veían con disgusto en el cielo al autor de

la _Filosofía última_, obra detestable en su dictamen, esta vez de

acuerdo. Por fin, Santo Tomás, terciando el manteo, interrumpió al

filósofo intruso, gritando sin poder contenerse:

_¡Nego suppositum!_

Volvióse el doctor Pértinax con altiva dignidad para contestar como

se merecía al Doctor Angélico, el cual, después de haberle negado

el supuesto, se preparaba á anonadarle bajo la fuerza de la _Summa

teológica_ que al efecto hizo traer de la biblioteca celestial.

Diógenes el Cínico, que andaba por allí, puesto que se había salvado

por los buenos chascarrillos que supo contar en vida, no por otra

cosa, Diógenes opinó que la mejor manera de sacar de sus errores al

doctor Pértinax era enseñarle todo el cielo, desde la bodega hasta el

desván. Á esto, Santo Tomás apóstol, dijo:--Perfectamente; eso es, ver

y creer. Pero su tocayo, el de Aquino, no se dió á partido; insistió

en demostrar que la mejor manera de vencer los paralogismos de aquel

filósofo era recurrir á la _Summa_. Y dicho y hecho; ya llegaba con

cuatro tomos como casas sobre las robustas espaldas una especie de

mozo de cordel muy guapo que llamaban por allí Alejandrito, y era

efectivamente Alejandro Pidal y Mon, tomista de tomo y lomo que estaba

en el cielo de temporada y en calidad de corresponsal. Abrió Santo

Tomás la _Summa_ con mucha prosopopeya, y la primer _q_ con que topó

vínole como pedrada en ojo de boticario. Ya el Santo había juntado el

dedo índice con el pulgar en forma de anteojo, y comenzaba á balbucir

latines cuando Pértinax gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

--¡Callen todas las Escolásticas del mundo donde esté mi _Filosofía

última_! En ella queda demostrado...

--Oiga usted, señor filósofo, interrumpió Santa Escolástica, que era

una señora muy sabida; yo no quiero callar, ni es usted quién para

venir aquí con esos aires de taco, y lo que yo digo es que ya no hay

clases, y que aquí entra todo el mundo.

--Señora, exclamó el Santo Job, haciendo una reverencia con una teja

que llevaba en la mano y usaba á guisa de cepillo--; señora, sea todo

por Dios, y dejemos que entre el que lo merezca, que todos cabemos.

Yo creo que mi amigo Diógenes dice bien; este caballero se convencerá

de que ha vivido en un error si se le hace ver el Universo y la corte

celestial tal como son efectivamente; esto no es desairar á Santo

Tomás, mi buen amigo, Dios me libre de ello; pero en fin, por mucho que

valga la _Summa_, más vale el gran libro de la Naturaleza, como dicen

en la tierra; más vale la suma de maravillas que el Señor ha creado,

y así, salvo mejor parecer, propongo que se nombre una comisión de

nuestro seno que acompañe al doctor Pértinax y le vaya haciendo ver la

fábrica de la inmensa arquitectura, como dijo Lope de Vega, á quien

siento no ver entre nosotros.

Grandísimo era el respeto que á todos los santos y santas merecía el

Santo Job, y así, aunque otra le quedaba, el de Aquino tuvo que dar

su brazo á torcer, y Pidal volvió con la _Summa_ á la biblioteca.

Procedióse á votación nominal, en la que se empleó mucho tiempo, por

haber acudido al portalón del cielo más de medio martirologio, y

resultaron elegidos de la comisión los señores siguientes: el Santo

Job, por aclamación; Diógenes, por mayoría, y Santo Tomás apóstol, por

mayoría. Tuvieron votos: Santo Tomás de Aquino, Scoto y Espartero.

El doctor Pértinax accedió á las súplicas de la comisión y consintió en

recorrer todas aquellas decoraciones de magia que le podrían meter por

los ojos, decía él, pero no por el espíritu.

--Hombre, no sea usted pesado--le decía Santo Tomás, mientras le cosía

unas alas en las clavículas para que pudiese acompañarles en el viaje

que iban á emprender. Aquí me tiene usted á mí, que me resistía á creer

en la Resurrección del Maestro; vi, toqué y creí; usted hará lo mismo...

--Caballero, replicó Pértinax--, usted vivía en tiempos muy diferentes;

estaban ustedes entonces en la edad teológica, como dice Comte, y yo he

pasado ya todas esas edades y he vivido del lado de acá de la _Crítica

de la razón pura y de la Filosofía última_, de modo que no creo nada,

ni en la madre que me parió; no creo más que en esto: en cuanto me sé

de saberme, soy conscio, pero sin caer en el prejuicio de confundir la

representación con la esencia, que es inasequible, esto es, fuera de,

como conscio, quedando todo lo que de mí (y conmigo todo), sé, en saber

que se representa todo (y yo como todo) en puro aparecer, cuya realidad

sólo se inquieta el sujeto por conocer por nueva representación

volitiva y afectiva, representación dañosa por irracional y pecado

original de la caída, pues deshecha esta apariencia del deseo, nada

queda que explorar, ya que ni la voluntad del saber queda.

Sólo el Santo Job oyó la última palabra del discurso, y rascándose con

la teja la pelada coronilla, respondió:

--La verdad es que son ustedes el diablo para discurrir disparates,

y no se ofenda usted, porque con esas cosas que tiene metidas en la

cabeza ó en la representación, como usted quiere, va á costar sudores

hacerle ver la realidad tal como es.

--¡Andando, andando!--gritó Diógenes en esto--á mí me negaban los

sofistas el movimiento, y ya saben ustedes cómo se lo demostré:

¡andando, andando!

Y emprendieron el vuelo por el espacio sin fin. ¿Sin fin? Así lo creía

Pértinax, que dijo:--¿Piensan ustedes hacerme ver todo el Universo?

--Sí, señor--respondió Santo Tomás apóstol (único Santo Tomás de que

hablaremos en adelante)--, eso pronto se ve.

--¡Pero hombre, si el Universo (en el aparecer, por supuesto) es

infinito! ¿Cómo conciben ustedes el límite del espacio?

--Lo que es concebirlo, mal; pero verlo, todos los días lo ve

Aristóteles, que se da unos paseos atroces con sus discípulos, y por

cierto que se queja de que primero se acaba el espacio para pasear que

las disputas de sus peripatéticos.

--Pero ¿cómo puede ser que el espacio tenga fin? Si hay límite, tiene

que ser la nada; pero la nada, como no es, nada puede limitar, porque

lo que limita es, y es algo distinto del ser limitado.

El santo Job, que ya se iba impacientando, le cortó la palabra con

éstas:

--¡Bueno, bueno, conversación! Más le vale á usted bajar la cabeza para

no tropezar con el techo, que hemos llegado á ese límite del espacio

que no se concibe, y si usted da un paso más, se rompe la cabeza contra

esa nada que niega.

Efectivamente; Pértinax notó que no había más allá; quiso seguir, y se

hizo un chichón en la cabeza.

--¡Pero esto no puede ser!--exclamó, mientras Santo Tomás aplicaba al

chichón una moneda de las que llevaban los paganos en su viaje al otro

mundo.

No hubo más remedio que volver pie atrás, porque el Universo se había

acabado. Pero finito y todo, ¡cuán hermoso brilla el firmamento con sus

millones de millones de estrellas!

--¿Qué es aquella claridad deslumbradora que brilla en lo alto, más

alta que todas las constelaciones? ¿Es alguna nebulosa desconocida de

los astrónomos de la tierra?

--¡Buena nebulosa te dé Dios!--contestó Santo Tomás--; aquélla es la

Jerusalén celestial, de donde bajamos nosotros precisamente; allí ha

disputado usted con mi tocayo, y eso que brilla son las murallas de

diamantes que rodean la ciudad de Dios.

--¿De manera que aquellas maravillas que cuenta Chateaubriand y que yo

juzgaba indignas de un hombre serio?...

--Son habas contadas, amigo mío. Ahora vamos á descansar en esta

estrella que pasa por debajo, que á fe de Diógenes, que estoy cansado

de tanto ir y venir.

--Señores, yo no estoy presentable--dijo Pértinax--; todavía no me he

quitado la mortaja, y los habitantes de esa estrella se van á reir de

este traje indecoroso...

Los tres _ciceroni_ del cielo soltaron la carcajada á un tiempo.

Diógenes fué el que exclamó:--Aunque yo le prestara á usted mi

linterna, no encontraría usted alma viviente ni en esa estrella, ni en

estrella alguna de cuantas Dios creó.

--¡Claro, hombre, claro!--añadió muy serio Job--; no hay habitantes más

que en la tierra: no diga usted locuras.

--¡Eso sí que no lo puedo creer!

--Pues vamos allá--replicó Santo Tomás, á quien ya se le iba subiendo

el humo á las narices. Y emprendieron el viaje de estrella en estrella,

y en pocos minutos habían recorrido toda la vía láctea y los sistemas

estelares más lejanos. Nada, no había asomo de vida. No encontraron ni

una pulga en tantos y tantos globos como recorrieron. Pértinax estaba

horrorizado.

--¡Esta es la creación!--exclamó--; ¡qué soledad!

Á ver, enséñeme usted la tierra; quiero ver esa región privilegiada:

por lo que barrunto, debe de ser mentira toda la cosmografía moderna,

la tierra estará quieta y será centro de toda la bóveda celeste; y á

su alrededor girarán soles y planetas y será la mayor de todas las

esferas...

--Nada de eso--repuso Santo Tomás--; la astronomía no se ha equivocado;

la tierra anda alrededor del sol, y ya verá usted qué insignificante

aparece. Vamos á ver si la encontramos entre todo este garbullo de

astros. Búsquela usted, santo Job, usted que es cachazudo.

--¡Allá voy!--exclamó el santo de la teja, dando un suspiro y

asegurando en las orejas unas gafas. ¡Es como buscar una aguja en un

pajar!... ¡Allí la veo! ¡allí va! ¡mírela usted, mírela usted qué

chiquitina! ¡parece un infusorio!

Pértinax vió la tierra, y suspiró pensando en Mónica y en el fruto de

sus filosóficos amores.

--¿Y no hay habitantes más que en esa mota de tierra?

--Nada más.

--¿Y el resto del Universo está vacío?

--Vacío.

--Y entonces, ¿para qué sirven tantos y tantos millones de estrellas?

--Para faroles. Son el alumbrado público de la tierra. Y sirven además

para cantar alabanzas al Señor. Y sirven de ripio á la poesía. Y no se

puede negar que son muy bonitas.

--¡Pero vacío todo!

--¡Vacío!

Doctor Sutilis (Cuentos) · 第 2 / 17 段