En vez de evacuar las citas que llevaba apuntadas, arrellané

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con

_guiones bajos_.

La cubierta del libro fue agregada por el Transcriptor y ha sido puesta

en el dominio público.

Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la

presente edición de esta obra fue publicada eran diferentes a

las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió,

fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha

sido respetado.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el

de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes en ese

entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios

Académicos de la Real Academia Española.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas

acentuadas a las reglas establecidas por la RAE. Según esa norma, las

letras mayúsculas deben escribirse con tilde si les corresponde llevar

tilde según las reglas de acentuación gráfica del castellano, tanto si

se trata de palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se

trata únicamente de la mayúscula inicial.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final,

ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.

* * * * *

LEOPOLDO ALAS

(CLARÍN)

OBRAS COMPLETAS

TOMO III

DOCTOR SUTILIS

RENACIMIENTO

MADRID

DOCTOR SUTILIS

LEOPOLDO ALAS

(CLARÍN)

OBRAS COMPLETAS

TOMO III

DOCTOR SUTILIS

(CUENTOS)

[Ilustración]

RENACIMIENTO

MADRID BUENOS AIRES

SAN MARCOS, 42 LIBERTAD, 172

1916

ES PROPIEDAD

Imprenta de Juan Pueyo.--Mesonero Romanos, 34.--MADRID

ÍNDICE

Página

Doctor Sutilis 7

La mosca sabia 23

El doctor Pértinax 45

De la comisión 63

De burguesa á cortesana 81

El diablo en Semana Santa 89

Doctor Angelicus 103

Los señores de Casabierta 115

El poeta-buho 121

Don Ermeguncio ó la vocación 127

Novela realista 137

La perfecta casada 147

El filósofo y la «Vengadora» 153

Medalla de perro chico 167

Diálogo edificante 173

Un candidato 181

La contribución 187

El rana 201

Versos de un loco 211

Nuevo contrato 219

Feminismo 229

Manín de Pepa José 237

Álbum-abanico 257

Un repatriado 269

Doble vía 277

El viejo y la niña 287

Jorge 295

Sinfonía de dos novelas 305

DOCTOR SUTILIS

I

Si le hubiérais conocido hace ocho años... no le conoceríais ahora.

¿Veis esa cabeza rapada á punta de tijera, aunque el diccionario

entiende que sólo se puede rapar á navaja? Pues hace ocho años era

enmarañada selva de ébano.

¿Veis esos insignificantes ojos á que unos lentes de cristal de roca

quitan toda expresión y dan estoica serenidad, irritante audacia? Pues

eran hace ocho años llamaradas de un incendio que ardía en el corazón

de Pablo.

Pablo tiene veintiocho años y es agente de bolsa.

Hace ocho años tenía veinte y era soñador de oficio.

Á los veinte años Pablo era pagano, como el santo de su nombre. Mirando

á las estrellas del cielo, á las olas del mar, á las hojas del bosque,

á las espigas de las llanuras, lloraba de repente sin saber por qué, y

era feliz en medio de penas sin nombre y sin cuento.

De cada amapola que veía en un campo de trigo se enamoraba

perdidamente, y se tenía por un ingrato sin corazón, si de una sola

llegaba á olvidarse. Cada vez que el sol se ponía, despedíale Pablo

con lágrimas en los ojos. Cuando en sus paseos solitarios por la

campiña encontraba á un pastor que le pedía fuego para encender tabaco

envuelto en una hoja de maíz, Pablo entablaba conversación con él, y al

alejarse _para siempre_ de aquel desconocido sentía que “se le partía

el corazón.”

Comprenderá el lector que vivir así era imposible.

Tanto más cuanto que Pablo no tenía sobre qué caerse muerto... ni vivo.

Un día, su señor tío don Pantaleón de los Pantalones tosió tres veces

consecutivas delante de su sobrino Pablo, que le estaba comiendo un

lado, según aseguraba el tío hiperbólicamente.

El discurso estaba á la vuelta y sobrevino, que el mal nunca se anuncia

en balde.

--Pablo--dijo don Pantaleón--esto no puede seguir así.

Pablo suspiró.

--Esto no puede seguir--prosiguió el tío--porque tú ya tienes más de

veinte años y no piensas en hacerte hombre, es decir, en hacerte hombre

en la verdadera acepción de la palabra, hombre rico, porque el llamar

hombres á los demás es una corruptela del lenguaje. Yo te veo muy

ocupado en pensar si habrá ó no habrá habitantes en los demás planetas,

y sé que tienes escritos muy concienzudos trabajos acerca de la

naturaleza de lo bello. Todo eso será muy bonito, muy interplanetario,

pero no tiene sentido común. Figúrate que yo aprieto los cordones de

la bolsa. ¿Qué harás tú en adelante? ¿Te comerás la vía láctea, ó el

concepto de lo sublime? Estás muy empingorotado y es necesario que

bajes á la vida real para alternar con los semejantes. En una palabra,

te voy á hacer tenedor de libros.

Ésta es ocasión de decir que Pablo amaba á Restituta con una pasión sin

freno, como el huracán; sin medida, como el océano; sin pies ni cabeza,

como la política española.

Restituta debió empezar por no llamarse Restituta. ¿Á qué venía ese

nombre en participio pasado y casi en latín?

Sin embargo, esta contrariedad léxica no desorientó á Pablo.

No era lo peor que Restituta se llamase Restituta, sino que además se

llamaba Andana.

Muy buenos versos hacía Pablo; pero la niña, que había leído el

Romancero de la Guerra de África _escrito en verso_ por Eduardo

Bustillo, había perdido el gusto en materia de versos.

Pablo era predominantemente subjetivo, como dicen en el Ateneo, sección

de literatura; y Restituta era aficionada á lo épico hasta el punto de

llegar á casarse con un capitán de cazadores en situación de reemplazo.

El mismo día en que el capitán pidió al padre de Restituta la mano de

su hija, don Pantaleón de los Pantalones le pidió para Pablo una plaza

de tenedor vacante en su establecimiento de paños y tejidos.

He aquí los versos que escribió Pablo con motivo de este segundo

acontecimiento:

“El amor caminaba desnudo entre rosas y suavísimo césped; las brisas y

las auras juguetonas le acariciaban. Cuando era esto no había telares

en el mundo, ni se desnudaba á los animales de sus pieles para vestir

al lobo humano.

“El amor, anda que te andarás, llegó á las breñas, halló angosto el

camino y lleno de zarzas, cardos y espinas; á los primeros pasos vertió

lágrimas de dolor; pero esperaba que volvieran las flores y sufrió

las heridas de los abrojos resignado. Siguió andando y las rosas no

volvieron á aparecer; las espinas de las zarzas eran cada vez más

y más agudas. El amor iba hecho un San Lázaro. Entonces se detuvo;

sembró lino en derredor, no sin desbrozar antes la tierra; inventó la

lanzadera, el telar, todo lo que le hizo falta para fabricar tela;

probó á andar otra vez, vestido de flotante túnica, pero la vida

sedentaria le había hecho poltrón, afeminado, y las heridas de los

abrojos le lastimaban más que cuando caminaba desnudo. Fué preciso

fabricar el paño, hizo trampas para cazar animales; despellejó,

curtió, tundió y se vistió de señorito. _La ley de las salidas_ le

aconsejó que trabajara en grande; el espíritu industrial se apoderó

del amor, trabajó para afuera y tuvo que aprender la teneduría de

libros. Cuando la razón social ‘Amor y Compañía’ se hizo respetable

en todos los mercados, el amor probó de nuevo á emprender el viaje, y

grande y agradable fué su sorpresa al ver que las espinas y los cardos

y las breñas habían desaparecido. El camino era otra vez de rosas y

suavísimo césped: las brisas y las auras acariciaban al viajero. Todo

volvía á ser como al principio. No hubo más sino que, al pasar junto á

una fuente, el amor se miró en sus aguas y vió que no era él mismo, ni

cosa parecida. Desde aquel día el amor busca al amor y no parece.”

Lo primero que le extrañará al lector en esta poesía será el que esté

escrita en prosa; ¿es que hay poesía en prosa, como pretende el Sr.

Vidart? Nada de eso; lo que hay es que yo he traducido estos versos,

escritos en alemán, en prosa castellana. Pablo, que había estudiado

mucho cuando anduvo desnudo, escribía sus poesías íntimas en alemán con

regular corrección.

Pero después de hacer ésta, ni en alemán ni otra lengua alguna, ni

viva, ni muerta, volvió á encontrar consonantes, como no fuera por

casualidad.

Esta poesía _hizo crisis_ en el alma de Pablo, que desde aquel día

empezó á ser hombre en la verdadera acepción de la palabra.

El señor de los Pantalones veía con asombro y con alegría que en las

cuentas de su sobrino las sumas eran fiel representación del conjunto

de los sumandos, y que ni por casualidad era un cociente mayor que

el dividendo en las divisiones de Pablo. En los libros diarios no

había raspaduras, ni al margen escollos rítmicos, ni _suspirillos

germánicos_.

II

El capitán de cazadores, ¿cómo ocultarlo?, no era poeta; y para ser

hombre en la verdadera acepción de la palabra, le faltaba medio

escalafón. En la lista de los capitanes estaba como el alma de Garibay,

muy lejos de ambas orillas, como un náufrago en las soledades del

océano; si se miraba para atrás se veía que el bueno de don Suero

de Quiñones debió ponerse las tres estrellas próximamente cuando el

Gran Capitán, y si se miraba hacia adelante, se adivinaba que don

Suero pondría galones en la bocamanga cuando ya fuese un hecho la paz

perpetua.

Pero nada de esto inquietaba al principio á Restituta, quien confiada,

como los economistas, esperaba que las causas represivas vinieran

á mermar la clase de capitanes y á reducir considerablemente la

población, por consecuencia.

Quiñones era un guapo mozo y Restituta le había amado _por espíritu

de cuerpo_; porque Restituta, en el fondo del alma, era una mujer de

infantería. Había nacido para casarse con un capitán del arma.

Ni por un momento se le ocurrió á Pablo hacer la competencia á un rival

que tenía fuero privilegiado. Se dió por vencido desde la primera

formación en que vió Restituta á don Suero.

Sea dicho en honor de Pablo, Restituta no había dejado de dar pábulo

algunas veces á la pasión del mísero soñador. La niña no quería para sí

aquel sonámbulo, incapaz de coger cotufas en el golfo; pero se había

acostumbrado á verle padecer, languidecer, callar y llorar en silencio.

Es más, y esto sea dicho en honor de Restituta, la muchacha solía

ir muy callandito al cuarto de Pablo. (Aquí debo advertir que eran

parientes y vivían largas temporadas bajo el mismo techo).

¿Qué hacía Restituta en el cuarto de su desdeñado amador?

Revolver los cajones de la mesa, sacar papeles, leerlos, ponerse

colorada, quedarse pensativa, soltar luego una carcajada, guardar todo

aquello y echar á correr.

Pocos días antes de ascender Restituta á capitana, Pablo, por

casualidad, la vió en su propia habitación entregada á las curiosidades

que quedan apuntadas. Pablo, que acababa de escribir la poesía alemana

que va unida á los autos, estuvo á punto de sentir amor _usque ad

mortem_. El corazón ya lo tenía en la garganta; pero se dió un

golpecito en la nuez, tragó saliva y volvieron las cosas á su sitio.

Restituta no supo que su primo la había visto revolverle los papeles.

El primo, que otras veces se pasaba semanas y meses _rumiando_

indicios, atisbos, asomos de simpatía que creía ver en la prima, esta

vez no quiso sacar consecuencias de lo que había presenciado, no pensó

en ello, es decir, no reflexionó sobre ello, no lo saboreó. Se limitó

á consignar el hecho en el libro mayor bajo aquellas letras que dicen

_Debe_.

III

Un capitán de cazadores tiene poco que aprender.

Evitemos la anfibología; no quiero decir que él, el capitán, tenga poco

que aprender, porque ya lo sepa casi todo; he querido decir que á don

Suero de Quiñones su mujer se lo supo muy pronto de memoria.

Á los maridos, especialmente á los maridos capitanes, les sucede lo

que á la Naturaleza, son bellos _per troppo variar_. Don Suero fué

bello y vario mientras no agotó las combinaciones posibles de su

indumentaria: de paisano, de uniforme, de gala con uniforme, de levita

de campaña, de gorra de cuartel, de ruso, y pare usted de contar. No

había más. Restituta, después que se sació de ver todo esto, y no

tardó mucho, quiso penetrar en los subterráneos del alma. Quiñones no

tenía subterráneos. Su alma era una casamata á prueba de bomba y de

psicologías. No tenía ideales muertos ni vivos: no tenía más ideal que

el empleo inmediato superior.

En el entretanto, el tenedor de libros leía á ratos perdidos la

_Fisiología del matrimonio_, no para tomar las lucubraciones de Balzac

al pie de la letra, sino como aperitivo para las propias reflexiones.

Si le hubiérais visto, como Restituta le veía, con el tomo entre las

manos, la cabeza inclinada y los ojos fijos en el suelo con mirada

oblicua y llena de maligna expresión, si le hubiérais visto entonces

morderse las uñas y como volviendo en sí mirar alrededor asustado

y luego volver á la lectura, tal vez hubiéseis sentido la extraña

curiosidad que sentía la prima, aunque en vosotros no fuese tan

vehemente y misteriosa.

El padre de Restituta, Quiñones, Restituta y don Pantaleón, todos

cuatro convenían en este punto: que Pablo estaba sufriendo una

extraña (y saludable añadía el de los Pantalones) cuanto inesperada

transformación.

El padre de la prima se alegraba por las ventajas que para su comercio

tenía la buena administración de los libros. Don Pantaleón no es

necesario decir por qué se alegraba; y Don Suero, desinteresadamente,

participaba del contento general, por esa extraña atracción del abismo

de que nos hablan los poetas y que tanto debieran meditar los maridos.

Restituta no se alegraba; se limitaba á sentir mucha curiosidad. Pero

¡ah! lo que es curiosidad, mucha.

IV

Pablo llegó á tener participación en los beneficios.

Y acabó por tomar tan por lo serio los negocios, que más de una vez se

le vió disputar muy acalorado sobre asuntos mercantiles, ventilando lo

que suele llamarse el cuarto y el ochavo.

Don Pantaleón sostenía que su sobrino era un Necker, porque le sonaba

el nombre de Necker á pesos fuertes. Le confundía con Creso.

Una noche que se había quedado sola en casa, Restituta tuvo la

tentación de volver al cuarto de Pablo. Pero ya no se puede decir el

_cuarto de Pablo_, porque el amo de la casa le había cedido toda una

crujía del caserón que habitaban. Pablo había alhajado sus habitaciones

con gusto y elegancia. No tardó pocos minutos la prima en dar con la

mesa, cuyos cajones registraba en otro tiempo. Al fin la vió en un

rincón, muy barnizada y compuesta. Cada llave estaba en cada cerradura.

Abrió trémula uno y otro y todos los cajones. ¡Qué desencanto! Aquellos

desordenados papeles, unos cortos, otros largos, unos escritos en

castellano, otros en caracteres desconocidos, ya no estaban allí. En su

lugar había muchos y muy simétricos legajos con sendas carpetas, atados

con cinta de lustre encarnada. Cuando firmó el contrato de matrimonio

vió Restituta algo parecido en el despacho del Juez municipal.

Buscó por todas partes, pero no vió ni rastro de aquellos papeles que,

valga la verdad, no había olvidado en tanto tiempo.

De algunas composiciones cortas quiso Restituta hasta acordarse de

memoria. Por cierto que decía para sí, de vuelta á su hogar propiamente

dicho:

--¡Cómo era aquel _verso_ en que juraba mi primo que se reía y lloraba

al mismo tiempo!

Viendo que no podía hacer memoria, pensó Restituta que mejor sería

hacer entendimiento.

Y lo hizo. Tanto aguzó la inteligencia, tantas vueltas dió á los viejos

recuerdos de los conceptos aprendidos en los papeles de Pablo, que al

fin Restituta, allá en sus soledades, se convenció de que su señor

marido y capitán era un beduino, ella una mujer no comprendida, y su

primo un hombre que la hubiera comprendido perfectamente.

V

Ya había sido miembro de varias comisiones de hacienda municipal y

provincial, y estaba á punto de ser diputado á Cortes Pablo Soldevilla,

cuando su primer amor se decidió á sondearle aludiendo á las tristezas

del pasado:

--¿No te casas, Pablo?--dijo Restituta cuando se vió á solas con él en

la glorieta del jardín, cerca ya de la noche.

--¿Casarme? ¿Yo? Lo dicho, dicho, prima. Aunque lo haya dicho hace ocho

años, dicho está. Yo he amado á una mujer, á una sola, ¿entiendes?,

y de una vez para siempre. Ya sabes que creo en la pluralidad de los

mundos habitados, que creo, como si lo viera, ¡que mi alma ha de vivir

en todas esas estrellas que ahora empiezan á lucir allá arriba!...

Te advierto que son infinitas; pues bien, Restituta; yo que espero

vivir en todas, en todas seguiré amando á la mujer que amé aquí, en

esta pobrecita y tristísima tierra que se va quedando tan obscura. (Y

era verdad que obscurecía, y Pablo daba pataditas sobre una planta de

violetas). Bien podrán preguntarme después de un millón de vidas: ¿No

te casas, Pablo? Yo contestaré siempre: lo dicho, dicho.

Restituta apreció en todo su valor este trozo de literatura corrosiva,

como la llaman, con razón, las almas honradas.

Hubo una pausa. Al fin Restituta, como quien varía y no varía de

conversación, exclamó:

--Oye, y desde que te has hecho comerciante y sabio hacendista, ¿ya no

haces versos? ¡Qué bonitos los hacías! Parece mentira; pero la verdad

es que á la larga no se puede vivir sin versos, buenos, se entiende,

como los tuyos.

--Hace ocho años escribí los últimos; son los únicos que conservo... en

la memoria.

--¿Quieres recitarlos?

--¡Si los hice en alemán!

--Pues no importa; dime la substancia.

Pablo dijo la substancia, sin poner, pero no sin quitar, pues creyó del

caso suprimir aquello de que el amor, al mirarse en la fuente, no se

había conocido. Concluyó diciendo que el amor busca el amor.

¡Qué pensativa se quedó Restituta!

--Oye, Pablo--dijo cuando ya era noche del todo--qué amargos son esos

versos; parece que piensas, según ellos, que nadie quiere el amor por

el amor, que necesita otros atractivos, que ha de revestirse de mil

requisitos y tomar mil precauciones para que no le lastimen los abrojos

de la vida.

--Y es la verdad: á mí no me quisieron cuando ofrecí un amor sincero,

inocente; mi tío me aseguraba que hasta que fuera hombre no me

querrían... y trabajé y fuí hombre, y ahora, aunque me quieran, ¿qué me

importa?, porque... lo dicho, dicho...

VI

Dicho y hecho.

Yo no tengo la culpa. Ni ellos tampoco. Restituta comenzó á comprender

el amor puro, ideal, cuando la Naturaleza--_natura naturans_--ya había

satisfecho sus primeras necesidades, cuando Quiñones no tuvo más

uniformes que vestir y cuando las tinieblas caliginosas dieron paso en

el cerebro de la hermosa niña á un poco de luz.

Porque Restituta era todavía muy joven cuando sucedió la escena de la

glorieta. Veinticuatro años. Es cuando una mujer puede entender algo

de los desengaños y gozar esa melancólica y poética perspectiva de los

recuerdos, de la cual Dios libre, lector, á tu mujer, si la tienes.

Amén.

En cuanto á Pablo, preciso es confesar que se portó como un bellaco, y

como un cobarde primero.

Fué cobarde porque, ya que había nacido soñador, idealista, debió

afrontar las desastrosas consecuencias de su vocación y de su carácter.

Fué bellaco porque no recitó delante de Restituta su última poesía

íntegra. ¿Por qué no dijo, como era la verdad, que el amor al mirarse

en la fuente no se había conocido?

¿Por qué no confesó que al tener entre los brazos el sueño cuajado en

realidad, ó aquella mujer adorada en la primera juventud... sólo había

sentido el placer de la venganza y del orgullo satisfechos?

Y ¡oh vergüenza! debió confesar también que á la segunda cita no

acudió, sino muy tarde, porque sus deberes de agente le llevaron á la

Bolsa.

Sí; fué cobarde, fué bellaco... pero fué agudo, fué sutil.

Oyó en los labios de su tío don Pantaleón de los Pantalones, que era

tan bruto, las palabras de la sabiduría.

Amaba el ideal y le recordaron los dolores que acarrea. Huyó á tiempo

del precipicio.

Si hubiese seguido soñando le hubieran sucedido las siguientes

desgracias, alguna de ellas por lo menos:

1.ª. Morirse de hambre tarde ó temprano.

2.ª. Suponiendo que el hambre no hubiese sido puñalada de pícaro, su

prima le hubiera martirizado durante toda la vida, porque el señuelo

del desdén fué sin duda lo que la atrajo (ahora que ella no lo oye), y

3.ª. Dado que la prima se hubiese rendido, de todos modos, ¡qué amarga

felicidad no hubiera traído consigo el amor adúltero al alma enamorada

del pobre soñador!

No, y mil veces no. Pablo se convirtió de veras, perdió los sueños y el

amor, dejó los versos y la poesía, y sólo fingió amor, sueños, poesía,

versos, cuando sus planes lo exigieron.

Gozaba poco, es verdad, Pablo el convertido, pero no padecía nada.

Aquel amante podía exclamar: nada se ha perdido más que el amor.

Poetas de imitación, que buscais dolores íntimos para cantar endechas

y publicar vuestras penas, si encuentran editor, no despreciéis á mi

Pablo, no le tengais por menos que vosotros. Fué desertor del ideal,

huyó de los ensueños dolorosos porque los sintió de veras... y según

dicen los inteligentes, cuando se ama muy de veras se padece mucho.

LA MOSCA SABIA

I

Don Eufrasio Macrocéfalo me permitió una noche penetrar en el _sancta

sanctorum_, en su gabinete de estudio, que era, más bien que gabinete,

salón biblioteca; las paredes estaban guarnecidas de gruesos y muy

respetables volúmenes, cuyo valor en venta había de subir á un precio

fabuloso el día en que don Eufrasio cerrase el ojo y se vendiera aquel

tesoro de ciencia en pública almoneda; pues si mucho vale Aristóteles

por su propia cuenta, un Aristóteles propiedad del sabio Macrocéfalo

tenía que valer mucho más para cualquier bibliómano capaz de comprender

á mi ilustre amigo. Era mi objeto al visitar la biblioteca de don

Eufrasio, verificar notas en no importa qué autor, cuyo libro no era

fácil encontrar en otra parte; y llegó á tanto la amabilidad insólita

del erudito, que me dejó solo en aquel santuario de la sabiduría,

mientras él iba á no sé qué Academia á negar un premio á cierta Memoria

en que se le llamaba animal, no por llamárselo, sino por demostrar que

no hay solución de continuidad en la escala de los seres.

La biblioteca de don Eufrasio era una habitación abrigada, tan

herméticamente cerrada á todo airecillo indiscreto por lo colado,

que no había recuerdo de que jamás allí se hubiera tosido ni hecho

manifestación alguna de las que anuncian constipado; don Eufrasio no

quería constiparse, porque su propia tos le hubiera distraído de sus

profundas meditaciones. Era, en fin, aquélla una habitación en que bien

podría cocer pan un panadero, como dice Campoamor. Junto á la mesa

escritorio estaba un brasero todo ascuas, y al extremo de la sala,

en una chimenea de construcción anticuada, ardían troncos de encina,

que se quejaban al quemarse. Mullida alfombra cubría el pavimento;

cortinones de tela pesada colgaban en los huecos, y no había rendija

sin tapar, ni por lado alguno pretexto para que el aire frío del

exterior penetrase atropelladamente, sino por sus pasos contados y bajo

la palabra de ir calentándose poco á poco.

Largo rato pasé gozando de aquel agradable calorcillo, que yo juzgaba

tan ajeno á la ciencia, siempre tenida por fría y casi helada. Creíame

solo, porque de ratones no había que hablar en casa de Macrocéfalo,

químico excelente, especie de Borgia de los mures. Yo callaba, y los

libros también; pues aunque me decían muchas cosas con lo que tenían

escrito sobre el lomo, decíanlo sin hacer ruido; y sólo allá en la

chimenea alborotaban todo lo que podían, que no era mucho, porque iban

ya de vencida, los abrasados troncos.

En vez de evacuar las citas que llevaba apuntadas, arrellanéme en

una mecedora, cerca del brasero, y en dulce somnolencia dejé á la

perezosa fantasía vagar á su antojo, llevando el pensamiento por donde

ella fuere. Pero la fantasía se quejaba de que le faltaba espacio entre

aquellas paredes de sabiduría, que no podía romper, como si fuesen de

piedra. ¿Cómo atravesar con holgura aquellos tomos que sabían todo lo

que Platón dijo, y que gritaban aquí ¡Leibnitz! más allá ¡Descartes!

¡San Agustín! ¡Enciclopedia! ¡Sistema del mundo! ¡Crítica de la razón

pura! _¡Novum organum!_ Todo el mundo de la inteligencia se interponía

entre mi pobre imaginación y el libre ambiente. No podía volar.

¡Ea!--le dije--; busca materia para tus locuras dentro del estrecho

recinto en que te ve encerrada. Estás en la casa de un sabio; este

silencio ¿nada te dice? ¿No hay aquí algo que hable del misterioso

vivir del filósofo? ¿No quedó en el aire, perceptible á tus ojos,

algún rastro que sea indicio de los pensamientos de don Eufrasio, ó de

sus pesares, ó de sus esperanzas, ó de sus pasiones, que tal vez, con

saber tanto, Macrocéfalo las tenga? Nada respondió mi fantasía; pero en

aquel instante oí á mi espalda un zumbido muy débil y de muy extraña

naturaleza: parecía en algo el zumbido de una mosca, y en algo parecía

el rumor de palabras que sonaban lejos, muy apagadas y confusas.

Entonces dijo la fantasía: “¿Oyes? ¡Aquí está el misterio! Ese rumor

es de un espíritu acaso; acaso va á hablar el genio de don Eufrasio,

algún demonio, en el buen sentido de la palabra, que Macrocéfalo tendrá

metido en algún frasco.” Sobre la pantalla de transparentes que casi

tapaba por completo el quinqué colocado sobre la mesa, que yo tenía

muy cerca, se vino á posar una mosca de muy triste aspecto, porque

tenía las alas sucias, caídas y algo rotas, el cuerpo muy delgado y

de color... de ala de mosca, faltábale alguna de las extremidades, y

parecía, al andar sobre la pantalla, baldada y canija. Repitióse el

zumbido, y esta vez ya sonaba más á palabras; la mosca decía algo,

aunque no podía yo distinguir lo que decía. Acerqué más á la mesa la

mecedora, y aplicando el oído al borde de la pantalla, oí que la mosca,

sin esquivar mi indiscreta presencia, decía con muy bien entonada voz,

que para sí quisieran muchos actores de fama:

_--Sucedió en la suprema monarquía

de la Mosquea, un rey que, aunque valiente,

la suma de riquezas que tenía

su pecho afeminaron fácilmente._

--¿Quién anda ahí? _¿Hospes, quis es?_--gritó la mosquita estremecida,

interrumpiendo el canto de Villaviciosa, que tan entusiasmada estaba

declamando; y fué que sintió como estrépito horrísono el ligero roce de

mis barbas con la pantalla en que ella se paseaba con toda la majestad

que le consentía la cojera.--Dispense usted, caballero, continuó

reportándose, me ha dado usted un buen susto; soy nerviosa, sumamente

nerviosa, y además soy miope y distraída, por todo lo cual no había

notado su presencia.

Yo estaba perplejo; no sabía qué tratamiento dar á aquella mosca que

hablaba con tanta corrección y propiedad, y recitaba versos clásicos.

--Usted es quien ha de dispensar--dije al fin, saludando cortésmente--:

yo ignoraba que hubiese en el mundo dípteros capaces de expresarse con

tanta claridad y de aprender de memoria poemas que no han leído muchos

literatos primates.

Yo soy políglota, caballero; si usted quiere, le recito en griego la

_Batracomiomaquia_, lo mismo que le recitaría toda la _Mosquea_. Éstos

son mis poemas favoritos; para usted son poemas burlescos, para mí

son epopeyas grandiosas, porque un ratón y una rana son á mis ojos

verdaderos gigantes cuyas batallas asombran y no pueden tomarse á risa.

Yo leo la _Batracomiomaquia_ como Alejandro leía _La Ilíada_...

_Arjómenos proton Mouson yoron ex Heliconos..._

¡Ay! Ahora me consagro á esta amena literatura, que refresca la

imaginación, porque harto he cultivado las ciencias exactas y

naturales, que secan toda fuente de poesía; harto he vivido entre el

polvo de los pergaminos, descifrando caracteres rúnicos, cuneiformes,

signos hieráticos, jeroglíficos, etc.; harto he pensado y sufrido

con el desengaño que engendra siempre la filosofía; pasé mi juventud

buscando la verdad, y ahora, que lo mejor de la vida se acaba, busco

afanosa cualquier mentira agradable que me sirva de Leteo para olvidar

las verdades que sé.

Permítame usted, caballero, que siga hablando sin dejarle á usted meter

baza, porque ésta es la costumbre de todos los sabios del mundo, sean

moscas ó mosquitos. Yo nací en no sé qué rincón de esta biblioteca;

mis próximos ascendientes y otros de la tribu volaron muy lejos de

aquí, en cuanto llegó la amable primavera de las moscas y en cuanto

vieron una ventana abierta; yo no pude seguir á los míos, porque don

Eufrasio me cogió un día que, con otros mosquitos inexpertos, le estaba

yo sorbiendo el seso que por la espaciosa calva sudaba el pobre señor;

guardóme debajo de una copa de cristal, y allí viví días y días, los

mejores de mi infancia. Servíle en numerosos experimentos científicos;

pero como el resultado de ellos no fuera satisfactorio, porque

demostraba todo lo contrario de lo que Macrocéfalo quería probar, que

era la teoría cartesiana, que considera como máquinas á los animales,

el pobre sabio quiso matarme, cegado por el orgullo, tan mal herido en

aquella lucha con la realidad.

Pero en la misma filosofía que iba á ser causa de mi muerte hallé la

salvación, porque en el momento de prepararme el suplicio, que era un

alfiler que debía atravesarme las entrañas, don Eufrasio se rascó la

cabeza, señal de que dudaba, en efecto, si tenía ó no tenía derecho

para matarme. Ante todo, ¿es legítima á los ojos de la razón la pena

de muerte? Y dado que no lo sea, ¿los animales tienen derecho? Esto

le llevó á pensar lo que sería el derecho, y vió que era propiedad;

pero, ¿propiedad de qué? Y de cuestión en cuestión, don Eufrasio

llegó al _punto de partida_ necesario para dar un solo paso en firme.

Todo esto le ocupó muchos meses, que fueron dilatando el plazo de mi

muerte. Por fin, analíticamente, Macrocéfalo llegó á considerar que

era derecho suyo el quitarme de en medio; pero como le faltaba el

rabo por desollar, ó sea la sintética que hace falta para conocer el

fundamento, el porqué, don Eufrasio no se decidió á matarme por ahora,

y está esperando el día en que llegue al primer principio, y desde allí

descienda por todo el sistema real de la ciencia, para acabar conmigo

sin mengua del imperativo categórico. Entretanto fué, sin conocerlo,

tomándome cariño, y al fin me dió la libertad relativa de volar por

esta habitación; aquí el aire caliente me guarda de los furores del

invierno, y vivo, y vivo, mientras mis compañeras habrán muerto por

esos mundos, víctimas del frío que debe hacer por ahí fuera. ¡Mas, con

todo, yo envidio su suerte! Medir la vida por el tiempo, ¡qué necedad!

La vida no tiene otra medida que el placer, la pasión desenfrenada, los

accidentes infinitos que vienen sin que se sepa ni cómo ni por qué,

la incertidumbre de todas las horas, el peligro de cada momento, la

variedad de las impresiones siempre intensas. ¡Ésa es la vida verdadera!

Calló la mosca para lanzar profundo suspiro, y yo aproveché la ocasión,

y dije:

--Todo eso está muy bien; pero todavía no me ha dicho usted cómo se las

compone para hablar mejor que algunos literatos...

--Un día, continuó la mosca, leyó don Eufrasio en la _Revista de

Westminster_ que dentro de mil años, acaso, los perros hablarían,

y, preocupado con esta idea, se empeñó en demostrar lo contrario;

compró un perro, un podenco, y aquí, en mi presencia, comenzó á darle

lecciones de lenguaje hablado; el perro, quizá porque era podenco, no

pudo aprender; pero yo, en cambio, fuí recogiendo todas las enseñanzas

que él perdía, y una noche, posándome en la calva de don Eufrasio, le

dije:

--Buenas noches, maestro, no sea usted animal; los animales sí pueden

hablar, siempre que tengan regular disposición; los que no hablan son

los podencos y los hombres que lo parecen.

Don Eufrasio se puso furioso conmigo. Otra vez había echado por tierra

sus teorías; pero yo no tenía la culpa. Procuré tranquilizarle, y al

fin creí que me perdonaba el delito de contradecir todas sus doctrinas,

cumpliendo las leyes de mi naturaleza. Perdido por uno, perdido por

ciento uno, se dijo don Eufrasio, y accedió á mi deseo de que me

enseñara lenguas sabias y á leer y escribir. En poco tiempo supe yo

tanto chino y sánscrito como cualquier sabio español; leí todos los

libros de la biblioteca, pues para leer me bastaba pasearme por encima

de las letras, y en punto á escribir, seguí el sistema nuevo de hacerlo

con los pies; ya escribo regulares patas de mosca.

Yo creía al principio, ¡incauta!, que Macrocéfalo había olvidado sus

rencores; mas hoy comprendo que me hizo sabia para mi martirio. ¡Bien

supo lo que hacía!

Ni él ni yo somos felices. Tarde los dos echamos de menos el placer, y

daríamos todo lo que sabemos por una aventurilla, de un estudiante él;

yo, de un mosquito.

¡Ay! Una tarde--prosiguió la mosca--me dijo el tirano: Ea, hoy sales á

paseo.

Y me llevó consigo.

Yo iba loca de contenta. ¡El aire libre! ¡El espacio sin fin! Toda

aquella inmensidad azul me parecía poco trecho para volar. “No vayas

lejos”, me advirtió el sabio cuando me vió apartarme de su lado. ¡Yo

tenía el propósito de huir, de huir por siempre! Llegamos al campo. Don

Eufrasio se tendió sobre el césped, sacó un pastel y otras golosinas,

y se puso á merendar como un ignorante. Después se quedó dormido. Yo,

con un poco de miedo á aquella soledad, me planté sobre la nariz del

sabio, como en una atalaya, dispuesta á meterme en la boca entreabierta

á la menor señal de peligro. Había vuelto el verano, y el calor era

sofocante. Los restos del festín estaban por el suelo, y al olor

apetitoso acudieron bien pronto numerosos insectos de muchos géneros,

que yo teóricamente conocía por la zoología que había estudiado.

Después llegó el bando zumbón de los moscones y de las moscas, mis

hermanas. ¡Ay! En vez de la alegría que yo esperaba tener al verlas,

sentí pavor y envidia; los moscones me asustaban con sus gigantescos

corpanchones y sus zumbidos rimbombantes; las moscas me encantaban

con la gracia de sus movimientos, con el brillo de sus alas; pero al

comprender que mi figura raquítica era objeto de sus burlas, al ver que

me miraban con desprecio, yo, mosca macho, sentí la mayor amargura de

la vida.

El sabio es el más capaz de amar á la mujer, pero la mujer es incapaz

de estimar al sabio. Lo que digo de la mujer es también aplicable á

las moscas. ¡Qué envidia, qué envidia sentí al contemplar los fecundos

juegos aéreos de aquellas coquetas enlutadas, todas con mantilla, que

huían de sus respectivos amantes, todos más gallardos que yo, para

tener el placer, y darlo, de encontrarse á lo mejor en el aire y caer

juntos á la tierra en apretado abrazo!

Volvió á callar la mosca infeliz; temblaron sus alas rotas; y continuó

tras larga pausa:

_--Nessun maggior dolore

Che ricordasi del témpo felice

Nella miseria..._

Mientras yo devoraba la envidia y la vergüenza de tenerla y sentir

miedo, una mosca, un ángel diré mejor, abatió el vuelo y se posó á mi

lado, sobre la nariz aguileña del sabio. Era hermosa como la Venus

negra, y en sus alas tenía todos los colores de iris; verde y dorado

era su cuerpo airoso; las extremidades eran robustas, bien modeladas,

y de movimientos tan seductores, que equivalían á los seis pies de

las Gracias aquellas patas de la mosca gentil. Sobre la nariz de don

Eufrasio, la hermosa aparecida se me antojaba Safo en el salto de

Léucade. Yo, inmóvil, la contemplé sin decir nada. ¿Con qué lenguaje

se hablaría á aquella diosa? Yo lo ignoraba. ¡Saber tantos idiomas, de

qué me servía, no sabiendo el del amor! La mosca dorada se acercó á

mí, anduvo alrededor, por fin se detuvo enfrente, casi tocando en mi

cabeza con su cabeza. ¡Ya no vi más que sus ojos! Allí estaba todo el

universo. _Kalé_, dije en griego, creyendo que era aquella lengua la

más digna de la diosa de las alas de verde y oro. La mosca me entendió,

no porque entendiera el griego, sino porque leyó el amor en mis ojos.

--Ven--me respondió hablando en el lenguaje de mi madre--: ven al

festín de las migajas, serás tú mi pareja; yo soy la más hermosa y á

ti te escojo, porque el amor para mí es capricho; no sé amar, sólo sé

agradecer que me amen: ven y volaremos juntos; yo fingiré que huyo de

ti...--Sí, como Galatea, ya sé, dije neciamente.--Yo no entiendo de

Galateos, pero te advierto que no hables en latín; vuela en pos de

mis alas, y en los aires encontrarás mis besos... Como las velas de

púrpura se extendían sobre las aguas jónicas de color de vino tinto,

que dijo Homero, así extendió sus alas aquella hechicera, y se fué por

el aire zumbando: _¡Ven, ven!_... Quise seguirla, mas no pude. El amor

me había hecho vivir siglos en un minuto; no tuve fuerzas, y en vez

de volar, caí en la sima, en las fauces de don Eufrasio, que despertó

despavorido, me sacó como pudo de la boca, y no me dió muerte porque

aún no había llegado á la metafísica sintética.

II

La mosca de mi cuento

Tras nueva pausa prosiguió llorando:

¡Cuánta afrenta y dolor el alma mía

halló dentro de sí, la luz mirando

que brilló, como siempre, al otro día!

Sí, volvimos á casa, porque yo no tenía fuerzas para volar ni deseo

ya de escaparme. ¿Cómo? ¿Para qué? Mi primera visita al mundo de

las moscas me había traído, “con el primer placer, el desengaño”

(dispense usted si se me escapan muchos versos en medio de la prosa:

es una costumbre que me ha quedado de cuando yo dedicaba suspirillos

germánicos á la mosca de mis sueños). Como el _joven enfermo_ de

Chénier, yo volví herida de amor á esta cárcel lúgubre y sin más anhelo

que ocultarme y saborear á solas aquella pasión que era imposible

satisfacer; porque primero me moriría de vergüenza que ver otra vez á

la mosca verde y dorada que me convidó al festín de las migajas y á los

juegos locos del aire. Un enamorado que se ve en ridículo á los ojos

de la mosca amada, es el más desgraciado mortal, y daría de fijo la

salvación por ser en aquel momento, ó grande como Dios, ó pequeño como

un infusorio. De vuelta á nuestra biblioteca, don Eufrasio me preguntó

con sorna: “¿Qué tal, te has divertido?” Yo le contesté mordiéndole en

un párpado: se puso colérico. “¡Máteme usted!” le dije.--“¡Oh! ¡Así

pudiera! pero no puedo; el sistema no está completo; _subjetivamente_

podría matarte; pero falta el fundamento, falta la síntesis”.

¡Qué ridículo me pareció desde aquel día Macrocéfalo! ¡Esperar la

síntesis para matar, cuando yo hubiera matado á todas las moscas

machos y á todos los moscones del mundo que me hubiesen disputado el

amor, á que yo no aspiraba, de la mosca de oro! Más que el deseo de

verla, pudo en mí el terror que me causaba el ridículo, y no quise

volver á la calle ni al campo. Quise apagar el sentimiento y dejar

el amor en la fantasía. Desde entonces fueron mis lecturas favoritas

las leyendas y poemas en que se cuentan hazañas de héroes hermosos y

valientes: la Batracomiomaquia, la Gatomaquia, y sobre todo, la Mosquea,

me hacían llorar de entusiasmo. ¡Oh, quién hubiera sido Marramaquiz,

aquel gato romano que, atropellando por todo, calderas de fregar

inclusive, buscaba á Zapaquilda por tejados, guardillas y desvanes! Y

aquel rey de la Mosquea, Salomón en amores, ¡qué envidia me daba! ¡Qué

de aventuras no fraguaría yo en la mente loca, en la exaltación del

amor comprimido! Dime á pensar que era un Reinaldos ó un Sigfrido ó

cualquier otro personaje de leyenda, y discurrí la traza de recorrer el

mundo entero del siguiente modo: pedirle á don Eufrasio que pusiera á

mi disposición los magníficos atlas que tenía, donde la tierra, pintada

de brillantísimos colores en mapas de gran tamaño, se extendía á mis

ojos en dilatados horizontes. Con el fingimiento de aprender geografía

pude á mis anchas pasearme por todo el mundo, mosca andante en busca

de aventuras. Híceme una armadura de una pluma de acero rota, un yelmo

dorado con restos de una tapa de un tintero; fué mi lanza un alfiler,

y así recorrí tierras y mares, atravesando ríos, cordilleras, y sin

detenerme al dar con el océano, como el musulmán se detuvo.

Los nombres de la geografía moderna parecíanme prosaicos, y preferí

para mis viajes las cartas de la geografía antigua, mitad fantástica,

mitad verdadera: era el mundo para mí según lo concebía Homero, y por

el mapa que esta creencia representaba, era por donde yo de ordinario

paseaba mis aventuras: iba con los dioses á celebrar las bodas de Tetis

al océano, un río que daba vuelta á la tierra; subía á las regiones

hiperbóreas, donde yo tenía al cuidado de honradísima dueña, en un

castillo encerrada, á mi mosca de oro. Cazaba los insectos menudos que

solían recorrer las hojas del atlas y se los llevaba prisioneros de

guerra á mi mosca adorada, allá á las regiones fabulosas.

--Éste--le decía--fué por mí vencido, sobre el empinado Cáucaso, y aún

en sus cumbres corre en torrentes la sangre del mosquito que á tus pies

se postra, malferido por la poderosa lanza á que tú prestas fuerza, ¡oh

mosca mía! con dársela á mi brazo por conducto del alma que te adora y

vive de tu recuerdo.--Todas estas locuras, y aun infinitas más, hacía

yo y decía, mientras pensaba don Eufrasio que estudiaba á Estrabón y

Ptolomeo.--La novela en Grecia empezó por la geografía; fueron viajeros

los primeros novelistas, y yo también me consagré en cuerpo y alma á la

novela geográfica. Aunque el placer del fantasear no es intenso, tiene

una singular voluptuosidad, que en ningún otro placer se encuentra, y

puedo jurar á usted que aquellos meses que pasé entregado á mis viajes

imaginarios, paseándome por el atlas de don Eufrasio, son los que

guardo como dulces recuerdos, porque en ellos, el alivio que sentí á

mis dolores lo debí á mis propias facultades.

Poetizar la vida con elementos puramente interiores, propios, éste es

el único consuelo para las miserias del mundo: no es gran consuelo,

pero es el único.

Un día don Eufrasio puso encima de la mesa un libro de gran tamaño,

de lujo excepcional. Era un regalo de Año Nuevo, era un tratado de

Entomología, según decían las letras góticas doradas de la cubierta.

El canto del grueso volumen parecía un espejo de oro. Volé y anduve

hora tras hora alrededor de aquel magnífico monumento, historia de

nuestro pueblo en todos sus géneros y especies. El corazón me decía

que había allí algo maravilloso, regalo de la fantasía. Pero yo por

mis propias fuerzas no podía abrir el libro. Al fin don Eufrasio vino

en mi ayuda: levantó la pesada tapa y me dejó á mis anchas recorrer

aquel paraíso fantástico, museo de todos los portentos, iconoteca de

insectos, donde se ostentaban en tamaño natural, pintados con todos

los brillantes colores con que los pintó Naturaleza, la turbamulta

de flores aladas, que son para el hombre insectos, para mí ángeles,

ninfas, dríadas, genios de lagos y arroyos, fuentes y bosques. Recorrí

ansiosa, embriagada con tanta luz y tantos colores, aquellas soberbias

láminas, donde la fantasía veía á montones argumentos para mil poemas:

el corazón me decía “más allá”; esperaba ver algo que excediera á toda

aquella orgía de tintas vivas, dulces ó brillantes. ¡Llegué por fin al

tratado de las moscas! El autor les había consagrado toda la atención

y esmero que merecen: muchas páginas hablaban de su forma, vida y

costumbres; muchas láminas presentaban figuras de todas las clases y

familias.

Vi y admiré la hermosura de todas las especies, pero yo buscaba

ansiosa, sin confesármelo á mí misma, una imagen conocida: ¡al fin! en

medio de una lámina, reluciendo más que todas sus compañeras, estaba

ella, la mosca verde y dorada, tal como yo la vi un día sobre la nariz

de D. Eufrasio, y desde entonces á todas las horas del día y de la

noche dentro de mí. Estaba allí, saltando del papel, grave, inmóvil,

como muerta, pero con todos los reflejos que el sol tenía al besar con

sus rayos las alas de sutil encaje. El amante que haya robado alguna

vez un retrato de su amada desdeñosa, y que á solas haya saciado en él

su pasión comprimida, adivinará los excesos á que me arrojé, perdida

la razón, al ver en mi poder aquella imagen, fiel exactísima, de la

mosca de oro. Mas no crea usted, si no entiende de esto, que fué de

pronto el atreverme á acercarme á ella; no, al principio turbéme y

retrocedí como hubiera hecho á su presencia real. Un amante grosero

no respeta la castidad de la materia, de la forma; para mí no sólo

el alma de la mosca era sagrada: también su figura, su sombra misma,

hasta su recuerdo. Para atreverme á besar el castísimo bulto tuve que

recurrir á mi eterno novelar; en mis diálogos imaginarios ya estaba yo

familiarizado con mi felicidad de amante correspondido; y así, como si

no fuese nuevo el encanto de tener aquella esplendorosa beldad dócil

y fiel al anhelante mirar de mis ojos, sin apartarse de ellos, como

quien sigue un deliquio de amor, acerquéme, tras una lucha tenaz con el

miedo, y dije á la mosca pintada: “Estoy, señora, tan acostumbrado á

que todo sea en mi amor desdichas, que al veros tan cerca de mí y que

no huís al verme, no avanzo de miedo de deshacer este encanto, que es

teneros tan cerca; tantas espinas me punzaron el corazón, señora, que

tengo miedo á las flores; si hay engaño, sépalo yo después del primer

beso, porque, al fin, ello ha de ser que todo acabe en daño mío”. No

contestó la mosca, ni yo lo necesitaba; mas yo, en vez de ella, díjeme

tantas ternuras, tan bien me convencí de que la mosca de oro sabía

despreciar el vano atavío de la hermosura aparente y conocer y sentir

la belleza del espíritu, que al cabo, con todo el valor y la fe que

el amante necesita para no ser desairado ó desabrido en sus caricias,

lancéme sobre la imagen de ricos colores y de líneas graciosas, y en

besos y abrazos consumí la mitad de mi vida en pocos minutos.

En medio de aquel vértigo de amor, en que yo estaba amando por dos á

un tiempo, vi que la mosca pintada me decía, á intervalos de besos

y entre el mismo besar, casi besándome con las palabras que decía:

“Tonto, tonto mío, ¿por qué dudas de mí, por qué creer que la hembra

no sabe sentir lo que tú sabes pensar? Tus alas rotas, tus movimientos

difíciles y sin gracia aparente, tu miedo á los moscones, tu rubor,

tu debilidad, tu silencio, todo lo que te abruma, porque juzgas que

te estorba para el amor, yo lo aprecio, yo lo comprendo, y lo siento

y lo amo. Ya sé yo que en tus brazos me espera oir hablar de lo que

jamás supieron de amor otros machos más hermosos que tú; sé que al

contarme tus soledades, tus luchas interiores, tus fantasías, has de

ser para mí como ser divinizado por el amor; no habrá voluptuosidad más

intensa que la que yo disfrute bebiendo por tus ojos todo el amor de un

alma grande, arrugada y oscurecida en la cárcel estrecha de tu cuerpo

flaco y empobrecido por la fiebre del pensar y del querer”. Y á este

tenor, seguía diciéndome la mosca dorada tan deliciosas frases, que

yo no hacía más que llorar y besarle los pies, aún más agradecido que

enamorado. ¡Bendita fuerza de la fantasía que me permitió gozar este

deliquio, momento sublime de la eternidad de un cielo! Al fin hablé yo

(por mi cuenta) y sólo dije con voz que parecía sonar en las mismas

entrañas:--¿Tu nombre? Mi nombre está en la leyenda que tengo al pie;

esto dijo mi razón fría y traidora tomando la voz que yo atribuía á mi

amada. Bajé los ojos y leí... _Musca vomitoria._

Al llegar aquí, la voz de la mosca sabia se debilitó, y siguió hablando

como se oye en la iglesia hablar á las mujeres que se confiesan. Yo,

como el confesor, acerqué tanto, tanto el oído, que á haber sido la

mosca hermosa penitente, hubiera sentido el perfume de su aliento (como

el confesor) acariciarme el rostro. Y dijo así:

--¡Mosca vomitoria! Éste era el nombre de mi amada. En el texto

encontré su historia. Era terrible. Bien dijo Shakespeare: “estos

jóvenes pálidos que no beben vino acaban por casarse con una meretriz”.

Yo, casta mosca, enamorada del ideal, tenía por objeto de mis sueños

á la enamorada de la podredumbre. Allí donde la vida se descompone,

donde la química celebra esas orgías de miasmas envenenados que hay en

los estercoleros, en las letrinas, en las sepulturas y en los campos

de batalla después de la carnicería, allí acudía mi mosca de las

alas de oro, de los metálicos cambiantes, Mesalina del cieno y de la

peste. ¡Yo amaba á la mosca vampiro, á la mosca del _Vomitorium_! Yo

había colocado en las regiones soñadas, en las regiones hiperbóreas,

su palacio de cristal, y en las Hespérides su jardín de recreo;

¡por ella había corrido yo las aventuras más pasmosas que forjó la

fantasía, estrangulando mosquitos y otras alimañas en miniatura,

sin remordimientos de conciencia! Pero lo más horroroso no fué el

desengaño, sino que el desengaño no me trajo el olvido ni el desdén.

Seguí amando ciega á la _mosca vomitoria_, seguí besando loca sus alas

de colores pintadas en el tremendo libro que me contó la vergonzosa

historia.

Doctor Sutilis (Cuentos) · 第 1 / 17 段