Chaverny llegó tres días después de su entierro. Su dolor pareció
sincero, y todos los habitantes de la aldea lloraron al verle de pie
en el cementerio contemplando la tierra recién removida que cubría el
féretro de su mujer. Primero quiso exhumar el cadáver para llevárselo
a París; pero como el alcalde se oponía y el notario le hablaba de
formalidades interminables, se contentó con encargar un bloque de
piedra caliza y dar órdenes para la erección de una tumba sencilla,
pero decorosa.
Châteaufort sintió vivamente esta muerte tan repentina. Declinó varias
invitaciones a bailes, y durante algún tiempo no se le vio más que
vestido de negro.