En sociedad se hicieron varios relatos de la muerte de la señora
de Chaverny. Según unos, había tenido un sueño o, si se quiere, un
presentimiento que le anunciaba que su madre estaba enferma. La
impresión fue tan fuerte que en seguida se había puesto en camino para
Niza, a pesar de un violento catarro cogido al volver de casa de la
señora de Lambert, y este catarro se había convertido en una pulmonía.
Otros, más clarividentes, aseguraban con aire misterioso que la señora
de Chaverny, no pudiendo disimular el amor que sentía por el señor de
Châteaufort, había acudido al lado de su madre, buscando fuerza para
resistir a esta pasión. El catarro y la pulmonía eran resultado de la
precipitación de su viaje. En este punto todos estaban de acuerdo.
Darcy no hablaba jamás de ella. Tres o cuatro meses después de su
muerte, hizo una boda ventajosa. Cuando anunció su matrimonio a la
señora Lambert, ella le dijo felicitándole:
—Verdaderamente, su mujer es encantadora; solo la pobre Julia pudiera
haberle convenido tanto.
Darcy sonrió con aquella sonrisa irónica en él habitual, pero no
respondió nada.
Estos dos corazones, que no se conocieron, estaban acaso hechos el uno
para el otro.