Julia se había desmayado verdaderamente al recibir la segunda tarjeta
de Darcy. A su desvanecimiento siguió un vómito de sangre que la
debilitó mucho. Su doncella había mandado buscar al médico; pero
Julia se negó obstinadamente a verle. Hacia las cuatro habían llegado
los caballos de posta, las maletas se hallaban atadas; todo estaba
dispuesto para la partida. Julia montó en el coche, con una tos
espantosa y en un estado que daba lástima. Durante la tarde y toda
la noche no habló más que al ayuda de cámara sentado en el pescante,
y eso solo para que dijese a los postillones que se apresurasen.
Continuaba tosiendo y parecía sufrir mucho del pecho; estaba tan débil,
que se desmayó cuando abrieron la portezuela. La llevaron a una mala
fonda y la acostaron. Un médico de pueblo fue llamado; la encontró
con una fiebre violenta y le prohibió que continuase el viaje. Pero
ella quería a cada momento partir. Por la noche sobrevino el delirio
y todos los síntomas aumentaron de gravedad. Hablaba sin parar, y con
una volubilidad tan grande, que era muy difícil comprenderla. En sus
frases incoherentes se presentaban a menudo los nombres de Darcy y
de Châteaufort y de la señora Lambert. La doncella escribió al señor
de Chaverny, para comunicarle la enfermedad de su mujer; pero se
hallaban a cerca de treinta leguas de París. Chaverny cazaba en las
posesiones del duque de H***, y la enfermedad hacía tales progresos que
difícilmente podría llegar a tiempo.
El ayuda de cámara había ido a caballo a la ciudad vecina y traído un
médico. Este desaprobó el plan de su colega, y declaró que se le había
llamado muy tarde y que la enfermedad era grave.
El delirio cesó al amanecer; Julia se durmió entonces profundamente.
Cuando se despertó, dos o tres horas después, pareció que le costaba
trabajo recordar por qué serie de accidentes se hallaba acostada en
un mal cuarto de fonda. Pero pronto recobró la memoria. Dijo que se
sentía mejor, y hasta habló de marchar al día siguiente. Y después de
haber meditado, al parecer, largo tiempo, con la mano puesta sobre
la frente, pidió papel y tinta y quiso escribir. Su doncella le vio
comenzar varias cartas que rompía después de escritas las primeras
palabras. Al mismo tiempo encargaba que se quemaran los pedazos de
papel. La doncella notó en varios trozos esta palabra: «Señor», cosa
que le pareció extraordinaria, pues ella creía que la señora estaba
escribiendo a su madre o a su marido. En otro fragmento leyó: «Usted
debe de sentir por mí un gran desprecio...».
Durante cerca de media hora intentó inútilmente escribir esta carta,
que parecía preocuparle vivamente. Por fin, el agotamiento de sus
fuerzas no le permitió continuar; apartó lejos de sí el pupitre que
habían colocado en el lecho, y dijo con aire extraviado a su doncella:
—Escriba usted misma al señor Darcy.
—¿Qué tengo que escribirle, señora? —preguntó la doncella creyendo que
el delirio iba a comenzar de nuevo.
—Escríbale que no me conoce..., que no lo conozco...
Y volvió a caer anonadada en el lecho. Fueron las últimas palabras
seguidas que pronunció. De nuevo cayó en el delirio para no salir más
de él. Murió al otro día, sin grandes sufrimientos aparentes.