Al entrar en sus habitaciones, Julia recogió todas sus fuerzas para
decir con aire natural a su doncella que no la necesitaba y que la
dejase sola. En cuanto hubo salido la muchacha, se arrojó sobre el
lecho y se puso a llorar con más amargura, ahora que se encontraba
sola, que cuando la presencia de Darcy la obligaba a reprimirse.
La noche tiene ciertamente una influencia muy grande, tanto sobre
las penas morales como sobre los dolores físicos. Da a todo un tono
lúgubre, y las imágenes que de día serían indiferentes y aun risueñas,
nos inquietan y nos atormentan por la noche, como espectros que
solo tienen poder en las tinieblas. Parece como si durante la noche
redoblase su actividad el pensamiento y perdiese la razón su imperio.
Una especie de fantasmagoría interior nos turba y nos espanta, sin que
tengamos fuerza para apartar la causa de nuestros terrores o para
examinar fríamente su realidad.
Representaos a la pobre Julia echada sobre el lecho, medio vestida,
agitándose sin cesar, tan pronto devorada por un calor ardiente como
helada por un escalofrío agudo, estremeciéndose al menor crujido de las
maderas y escuchando distintamente los latidos de su corazón. De su
posición solo conservaba una angustia vaga, cuya causa buscaba en vano.
Después, súbitamente, el recuerdo de esta noche fatal pasaba por su
espíritu, rápido como un relámpago, y con él despertaba un dolor vivo y
penetrante como el de un hierro enrojecido en una herida cicatrizada.
Tan pronto miraba la lámpara, observando con atención estúpida todas
las vacilaciones de la llama, hasta que las lágrimas que se amontonaban
en sus ojos, no sabía por qué, le impedían ver la luz.
—¿Por qué estas lágrimas? —se decía—. ¡Ah! ¡Estoy deshonrada!
Tan pronto contaba las borlas de las cortinas del lecho, sin que
pudiese nunca retener su número.
—¿Qué locura es esta? —pensaba—. ¿Locura? Sí, porque hace una hora
me he entregado como una miserable cortesana, a un hombre a quien no
conozco.
Después seguía con mirada vaga la aguja del reloj, angustiada, como
condenado que ve aproximarse la hora de su suplicio. De repente, el
reloj daba la hora.
—¡Hace tres horas —decía estremeciéndose con sobresalto— estaba con él,
y estoy deshonrada!
Pasó toda la noche en esta agitación febril. Al amanecer abrió la
ventana, y el aire fresco y vivo de la mañana le produjo cierto alivio.
Inclinándose sobre la balaustrada de la ventana que caía sobre el
jardín, respiraba el aire frío con una especie de voluptuosidad. El
desorden de sus ideas disipose poco a poco. A las vagas torturas,
al delirio que la agitaban, sucedió una desesperación intensa que
relativamente resultaba un reposo.
Era preciso tomar una decisión. Dedicose entonces a buscar lo que
debía hacer. No se detuvo un momento en la idea de volver a ser de
Darcy. Esto le parecía imposible; se hubiera muerto de vergüenza al
verle delante. Debía abandonar París, donde, dentro de dos días, todo
el mundo la señalaría con el dedo. Su madre estaba en Niza; iría a
juntarse con ella; le confesaría todo, y después de haberse desahogado
en su seno, solo le restaba una cosa: buscar algún lugar desierto en
Italia, desconocido de los viajeros, donde iría a vivir sola y a morir
en seguida.
Una vez tomada esta resolución, sintiose más tranquila. Sentose delante
de una mesita frente a la ventana, y con la cabeza entre las manos,
lloró, pero esta vez sin amargura. La fatiga y el abatimiento vencieron
al fin, y se durmió, o más bien, dejó de pensar durante una hora
próximamente. Despertose con escalofríos de fiebre. El tiempo había
variado, el cielo estaba gris, y una lluvia fina y glacial anunciaba
frío y humedad para el resto del día. Julia llamó con la campanilla a
su doncella.
—Mi madre está enferma —le dijo—; tengo que salir inmediatamente para
Niza. Arregle usted una maleta; quiero salir dentro de una hora.
—Pero señora, ¿qué tiene usted? ¿No está usted mala? ¡La señora no se
ha acostado! —exclamó la doncella, sorprendida y alarmada por el cambio
que observó en el rostro de su ama.
—Quiero partir —dijo Julia con tono impaciente—; es absolutamente
preciso que salga. Prepáreme usted una maleta.
En nuestra civilización moderna no basta un simple acto de voluntad
para ir de un sitio a otro. Hay que hacer paquetes, llevar cajas,
ocuparse de cien preparativos enojosos, que bastarían para quitar las
ganas de viajar. Pero la impaciencia de Julia abrevió mucho todos
estos engorros necesarios. Iba y venía de cuarto en cuarto, ayudaba
ella misma a arreglar las maletas, amontonando sin orden gorros y
vestidos acostumbrados a que se les tratase con más miramiento. Pero su
agitación contribuía más bien a retardar la labor de los criados, que a
acelerarla.
—¿La señora ha avisado sin duda al señor? —preguntó tímidamente la
doncella.
Julia, sin responderle, cogió papel y escribió:
«Mi madre está enferma en Niza. Voy a su lado».
Plegó el papel en cuatro dobleces, pero no pudo resolverse a ponerle
una dirección.
En medio de los preparativos de partida un criado entró:
—El señor de Châteaufort pregunta si la señora está visible; hay
también otro señor que ha venido al mismo tiempo, al cual no conozco;
pero ha dado esta tarjeta.
Ella leyó:
«E. DARCY, secretario de Embajada».
Apenas pudo contener un grito.
—¡No estoy para nadie! —exclamó—; diga usted que estoy enferma. No diga
que voy a salir.
No podía explicarse cómo Châteaufort y Darcy venían a verla al mismo
tiempo, y, en su turbación, no dudó un momento que Darcy hubiese
elegido a Châteaufort como confidente. Nada más sencillo, sin embargo,
que su simultánea presencia. Llevados por el mismo motivo, habíanse
encontrado en la puerta, y después de cambiar un saludo muy frío, se
habían encomendado recíprocamente al diablo de todo corazón.
A la respuesta del criado, bajaron juntos la escalera, se saludaron de
nuevo aun más fríamente y se alejaron en dirección opuesta.
Châteaufort había advertido la atención particular mostrada a Darcy
por la señora de Chaverny, y desde aquel momento había sentido odio
hacia él. Por un lado, Darcy, que se picaba de ser fisonomista, no
había podido observar el aire confuso y contrariado de Châteaufort sin
deducir que amaba a Julia; y como, en calidad de diplomático, era
inclinado a suponer el mal «a priori», dedujo muy ligeramente que Julia
no era cruel para Châteaufort.
—Esta extraña coqueta —se decía a sí mismo saliendo— no habrá querido
recibirnos juntos temiendo una explicación como la del «Misántropo»...
Pero he cometido la tontería de no encontrar algún pretexto para
quedarme y dejar que se marchase ese joven fatuo. Seguramente si solo
hubiese esperado a que volviese la espalda, me hubiera recibido, pues
tengo sobre él la incontestable ventaja de la novedad.
Al mismo tiempo que se hacía estas reflexiones se había parado, y,
volviéndose, entró de nuevo en el hotel de la señora de Chaverny.
Châteaufort, que se había vuelto también varias veces para observarlo,
retrocedió y se puso a pasearse a cierta distancia para vigilarlo.
Darcy dijo al criado, sorprendido de verle de nuevo, que se había
olvidado de darle un recado para su ama, que se trataba de un asunto
urgente, de un encargo que le había hecho una dama para la señora de
Chaverny. Acordándose que Julia comprendía el inglés, escribió con
lápiz en su carta: «Begs leave to ask when he can show to madame de
Chaverny his turkish album».[1] Entregó su tarjeta al criado y dijo que
esperaría la respuesta.
[1] Ruega a la señora de Chaverny le indique cuándo podrá
presentarle su álbum turco.
Esta respuesta tardó mucho tiempo. Por fin volvió el criado lleno de
turbación.
—La señora —dijo— se ha sentido muy mal hace un momento y se encuentra
demasiado enferma para poder responderle.
Todo esto había durado un cuarto de hora. Darcy no creía en el desmayo,
pero estaba claro que no quería verle. Tomó la cosa filosóficamente,
y recordando que debía hacer algunas visitas en el barrio, salió sin
apesadumbrarse del contratiempo.
Châteaufort le esperaba con una ansiedad furiosa. Al verle pasar no
dudó que fuese su rival afortunado y se prometió coger la primera
ocasión por los cabellos para vengarse de la infiel y de su cómplice.
El comandante Perrin, con quien se encontró muy a tiempo, recibió sus
confidencias y le consoló lo mejor que pudo, no sin mostrarle lo poco
justificado de sus sospechas.