No bien en su cuarto de soltero, Darcy se puso una bata turca, calzó
sus chinelas y cargando de tabaco de Latakié una larga pipa, cuyo tubo
era de cerezo de Bosnia con boquilla de ámbar blanco, se puso en
disposición de saborearla arrellenándose en una gran butaca guarnecida
de tafilete y convenientemente rellena. A las personas que se asombren
viéndole en esta vulgar ocupación, cuando quizá hubiese debido soñar
más poéticamente, responderé que una buena pipa es útil, si no
necesaria, para el ensueño, y que el verdadero medio de saborear bien
una dicha, es asociarla a otra dicha. Un amigo mío, hombre muy sensual,
no abría nunca una carta de su amante sin haberse quitado la corbata,
atizado el fuego si era invierno y echarse sobre un cómodo sofá.
—En verdad —se dijo Darcy— hubiera sido un imbécil si, siguiendo el
consejo de Tyrrel, hubiese comprado una esclava griega para traerla
a París. ¡Caramba!; hubiera sido, como decía mi amigo Haleb-Effendi,
llevar higos a Damasco. Gracias a Dios, la civilización ha marchado
de prisa durante mi ausencia, y no parece que la rigidez sea llevada
a la exageración... ¡Ese pobre Chaverny!... ¡Ah! ¡Ah! Sin embargo, si
hace algunos años hubiese sido lo bastante rico, me hubiese casado con
Julia, y acaso sería Chaverny quien la hubiese acompañado esta noche.
Si alguna vez me caso, haré revisar a menudo el coche de mi mujer,
para que no tenga necesidad de caballeros andantes que la saquen de
los atascos... Veamos, recordemos. De cualquier manera, es una mujer
muy bonita, simpática, y si yo no fuese tan viejo como soy, ¡me podría
permitir creer en mi propio mérito!... ¡Ah! ¡Mi prodigioso mérito!
¡Ay! ¡Ay! Dentro de un mes, acaso mi mérito estará a la altura del de
ese señor de los bigotes... ¡Ah! ¡Hubiese querido que aquella pequeña
Nastasia, a quien he amado tanto, supiese leer y escribir y pudiese
hablar de las cosas con las gentes educadas, pues creo que es la única
mujer que me ha querido!... ¡Pobre muchacha!...
Su pipa se apagó y en seguida se quedó dormido.