Darcy, se había engañado sobre la naturaleza de su emoción. Hay que
decirlo: no estaba enamorado. Había aprovechado una buena fortuna, que
parecía venírsele encima y que merecía que no se la dejase escapar.
Por otra parte, como todos los hombres, era mucho más elocuente
para pedir que para dar las gracias. Pero, con todo, era hombre
educado, y la educación desempeña a veces el papel de sentimientos
más respetables. Pasado el primer movimiento de embriaguez, vertía en
los oídos de Julia frases tiernas que componía sin excesivo esfuerzo,
acompañándolas con numerosos besos en las manos, que le dispensaban
de otras tantas palabras. Veía sin pena que el coche estaba ya a la
entrada de París y que dentro de pocos minutos iba a separarse de su
conquista. El silencio de la señora de Chaverny, el anonadamiento en
que parecía sumida, hacían difícil y aun fastidiosa, si puedo atreverme
a decirlo, la posición de su nuevo amante.
Ella estaba inmóvil, en un rincón del coche, apretando maquinalmente
el chal contra su seno. No lloraba ya; sus ojos estaban fijos, y
cuando Darcy le tomaba la mano para besársela, esta mano, no bien
abandonada, volvía a caer sobre sus rodillas como muerta. No hablaba,
apenas escuchaba; pero una multitud de pensamientos desgarradores se
presentaban de golpe a su espíritu, y, si quería expresar uno, al
momento venía otro a cerrarle la boca.
¿Cómo traducir el caos de estos pensamientos, o más bien de estas
imágenes que se sucedían con tanta rapidez como los latidos de su
corazón? Creía escuchar en sus oídos palabras sin enlace y sin
continuidad; pero todas con un sentido terrible. Por la mañana había
acusado a su marido, era vil a sus ojos; ahora ella era cien veces
más despreciable. Le parecía que su vergüenza era pública. La querida
del duque de H*** la rechazaría a su vez. — La señora Lambert, todos
sus amigos, no querrían verla más. — ¿Y Darcy? — ¿La amaba? —Apenas
la conocía. — La había olvidado. — No la había reconocido de pronto.
— Acaso la había encontrado muy cambiada. — Estaba frío con ella. — El
golpe de gracia. — Su pasión por un hombre a quien apenas conocía, que
no le había mostrado amor... sino solo cortesía. — Era imposible que
la amase. — Y ella misma, ¿le amaba? — No, puesto que se había casado
cuando apenas acababa de partir.
Al entrar el coche en París, los relojes daban la una. A las cuatro
había visto a Darcy por primera vez. — Sí, «visto»; no podía decir
«vuelto a ver»... Había olvidado sus facciones, su voz; era un extraño
para ella... ¡Nueve horas más tarde era su amante!... Nueve horas
habían bastado para esta singular fascinación... habían bastado para
que quedase deshonrada a sus propios ojos, a los ojos de Darcy mismo;
pues ¿qué podía él pensar de una mujer tan débil? ¿Cómo no despreciarla?
A veces la dulzura de voz de Darcy, las palabras tiernas que le
dirigía, la reanimaban un poco. Entonces se esforzaba en creer que
realmente sentía el amor de que le hablaba. No se había rendido tan
fácilmente. — Su amor venía de mucho tiempo atrás, cuando Darcy la
había abandonado. — Darcy debía saber que ella no se había casado
más que por el despecho que su partida le había hecho sentir. — La
culpa estaba de parte de Darcy. — Con todo, él la había amado durante
su larga ausencia, y a su vuelta había tenido la dicha de encontrarla
tan constante como él. — La franqueza de su confesión, su debilidad
misma, debían agradar a Darcy, que detestaba el disimulo. — Pero lo
absurdo de estos razonamientos le saltaba pronto a la vista. — Las
ideas consoladoras se desvanecían y quedaban presa de la vergüenza y la
desesperación.
Hubo un momento en que quiso expresar lo que sentía. Acababa de
imaginarse que se hallaba proscrita por la gente, abandonada por la
familia. Después de haber ofendido tan gravemente a su marido, su
altivez no le permitía volverlo a ver jamás. «Darcy me ama —se dijo—;
yo solo a él puedo amar. Sin él no puedo ser dichosa. Seré feliz
en todas partes con él. Vamos juntos a cualquier sitio donde jamás
pueda ver una cara que me haga sonrojarme. Que me lleve con él a
Constantinopla...».
Darcy estaba a cien leguas de adivinar lo que pasaba en el corazón de
Julia. Había observado que entraban en la calle donde vivía la señora
de Chaverny y se ponía sus guantes con mucha sangre fría.
—A propósito —dijo—, es preciso que sea presentado oficialmente
al señor de Chaverny... Supongo que seremos pronto buenos amigos.
Presentado por la señora Lambert, estaré en buena situación en tu
casa. Mientras tanto, puesto que está en el campo, ¿puedo volverte a
ver?
La palabra expiró en los labios de Julia. Cada palabra de Darcy era una
puñalada. ¿Cómo hablar de fuga, de rapto, a este hombre tan tranquilo,
tan frío, que solo pensaba en arreglar sus relaciones para el verano
de la manera más cómoda? Rompió con rabia la cadena de oro que llevaba
al cuello y retorció los anillos entre los dedos. El coche se detuvo a
la puerta de la casa que habitaba. Darcy se mostró muy solícito para
arreglarle el chal sobre los hombros, para colocar su sombrero de un
modo conveniente. Cuando se abrió la portezuela, le presentó la mano
del modo más respetuoso, pero Julia se arrojó del coche sin querer
apoyarse en él.
—Le pediría permiso, señora —dijo inclinándose profundamente—, para
venir a preguntar por usted.
—¡Adiós! —dijo Julia con voz ahogada.
Darcy volvió a su cupé y mandó que le condujesen a su casa, silbando
con el aire de un hombre muy satisfecho de la jornada.