XII

Darcy, se había engañado sobre la naturaleza de su emoción. Hay que

decirlo: no estaba enamorado. Había aprovechado una buena fortuna, que

parecía venírsele encima y que merecía que no se la dejase escapar.

Por otra parte, como todos los hombres, era mucho más elocuente

para pedir que para dar las gracias. Pero, con todo, era hombre

educado, y la educación desempeña a veces el papel de sentimientos

más respetables. Pasado el primer movimiento de embriaguez, vertía en

los oídos de Julia frases tiernas que componía sin excesivo esfuerzo,

acompañándolas con numerosos besos en las manos, que le dispensaban

de otras tantas palabras. Veía sin pena que el coche estaba ya a la

entrada de París y que dentro de pocos minutos iba a separarse de su

conquista. El silencio de la señora de Chaverny, el anonadamiento en

que parecía sumida, hacían difícil y aun fastidiosa, si puedo atreverme

a decirlo, la posición de su nuevo amante.

Ella estaba inmóvil, en un rincón del coche, apretando maquinalmente

el chal contra su seno. No lloraba ya; sus ojos estaban fijos, y

cuando Darcy le tomaba la mano para besársela, esta mano, no bien

abandonada, volvía a caer sobre sus rodillas como muerta. No hablaba,

apenas escuchaba; pero una multitud de pensamientos desgarradores se

presentaban de golpe a su espíritu, y, si quería expresar uno, al

momento venía otro a cerrarle la boca.

¿Cómo traducir el caos de estos pensamientos, o más bien de estas

imágenes que se sucedían con tanta rapidez como los latidos de su

corazón? Creía escuchar en sus oídos palabras sin enlace y sin

continuidad; pero todas con un sentido terrible. Por la mañana había

acusado a su marido, era vil a sus ojos; ahora ella era cien veces

más despreciable. Le parecía que su vergüenza era pública. La querida

del duque de H*** la rechazaría a su vez. — La señora Lambert, todos

sus amigos, no querrían verla más. — ¿Y Darcy? — ¿La amaba? —Apenas

la conocía. — La había olvidado. — No la había reconocido de pronto.

— Acaso la había encontrado muy cambiada. — Estaba frío con ella. — El

golpe de gracia. — Su pasión por un hombre a quien apenas conocía, que

no le había mostrado amor... sino solo cortesía. — Era imposible que

la amase. — Y ella misma, ¿le amaba? — No, puesto que se había casado

cuando apenas acababa de partir.

Al entrar el coche en París, los relojes daban la una. A las cuatro

había visto a Darcy por primera vez. — Sí, «visto»; no podía decir

«vuelto a ver»... Había olvidado sus facciones, su voz; era un extraño

para ella... ¡Nueve horas más tarde era su amante!... Nueve horas

habían bastado para esta singular fascinación... habían bastado para

que quedase deshonrada a sus propios ojos, a los ojos de Darcy mismo;

pues ¿qué podía él pensar de una mujer tan débil? ¿Cómo no despreciarla?

A veces la dulzura de voz de Darcy, las palabras tiernas que le

dirigía, la reanimaban un poco. Entonces se esforzaba en creer que

realmente sentía el amor de que le hablaba. No se había rendido tan

fácilmente. — Su amor venía de mucho tiempo atrás, cuando Darcy la

había abandonado. — Darcy debía saber que ella no se había casado

más que por el despecho que su partida le había hecho sentir. — La

culpa estaba de parte de Darcy. — Con todo, él la había amado durante

su larga ausencia, y a su vuelta había tenido la dicha de encontrarla

tan constante como él. — La franqueza de su confesión, su debilidad

misma, debían agradar a Darcy, que detestaba el disimulo. — Pero lo

absurdo de estos razonamientos le saltaba pronto a la vista. — Las

ideas consoladoras se desvanecían y quedaban presa de la vergüenza y la

desesperación.

Hubo un momento en que quiso expresar lo que sentía. Acababa de

imaginarse que se hallaba proscrita por la gente, abandonada por la

familia. Después de haber ofendido tan gravemente a su marido, su

altivez no le permitía volverlo a ver jamás. «Darcy me ama —se dijo—;

yo solo a él puedo amar. Sin él no puedo ser dichosa. Seré feliz

en todas partes con él. Vamos juntos a cualquier sitio donde jamás

pueda ver una cara que me haga sonrojarme. Que me lleve con él a

Constantinopla...».

Darcy estaba a cien leguas de adivinar lo que pasaba en el corazón de

Julia. Había observado que entraban en la calle donde vivía la señora

de Chaverny y se ponía sus guantes con mucha sangre fría.

—A propósito —dijo—, es preciso que sea presentado oficialmente

al señor de Chaverny... Supongo que seremos pronto buenos amigos.

Presentado por la señora Lambert, estaré en buena situación en tu

casa. Mientras tanto, puesto que está en el campo, ¿puedo volverte a

ver?

La palabra expiró en los labios de Julia. Cada palabra de Darcy era una

puñalada. ¿Cómo hablar de fuga, de rapto, a este hombre tan tranquilo,

tan frío, que solo pensaba en arreglar sus relaciones para el verano

de la manera más cómoda? Rompió con rabia la cadena de oro que llevaba

al cuello y retorció los anillos entre los dedos. El coche se detuvo a

la puerta de la casa que habitaba. Darcy se mostró muy solícito para

arreglarle el chal sobre los hombros, para colocar su sombrero de un

modo conveniente. Cuando se abrió la portezuela, le presentó la mano

del modo más respetuoso, pero Julia se arrojó del coche sin querer

apoyarse en él.

—Le pediría permiso, señora —dijo inclinándose profundamente—, para

venir a preguntar por usted.

—¡Adiós! —dijo Julia con voz ahogada.

Darcy volvió a su cupé y mandó que le condujesen a su casa, silbando

con el aire de un hombre muy satisfecho de la jornada.

Doble error · 第 21 / 26 题