Cuando Julia abandonó el castillo de la señora de Lambert, la noche era
horriblemente oscura, la atmósfera pesada y asfixiante. De cuando en
cuando, los relámpagos, iluminando el paisaje, dibujaban las siluetas
negras de los árboles sobre un fondo anaranjado lívido. La oscuridad
parecía redoblar después de cada relámpago, y el cochero no veía la
cabeza de sus caballos. Pronto estalló una tempestad violenta. La
lluvia que caía, primero en gotas gruesas y raras, se cambió pronto
en un verdadero diluvio. Por todos lados el cielo se iluminaba, y la
artillería celeste comenzaba a hacerse ensordecedora. Los caballos,
asustados, resoplaban fuertemente y se encabritaban en lugar de
avanzar; pero el cochero había comido muy bien; su grueso gabán, y
sobre todo el vino que había bebido, le impedían temer el agua y
los malos caminos. Sacudía enérgicamente su látigo sobre los pobres
animales, no menos intrépido que César en la tempestad cuando decía a
su piloto: «¡Llevas a César y a su fortuna!». La señora de Chaverny,
como no sentía miedo del trueno, no se preocupaba de la tormenta.
Se repetía todo lo que Darcy le había dicho, y lamentaba no haberle
dicho cien cosas que hubiese podido decirle, cuando de repente fue
interrumpida en sus meditaciones por un choque violento que recibió
su coche; al mismo tiempo, los cristales saltaron en pedazos y se
escuchó un crujido de mal augurio: la carretela se había precipitado
en un foso. Julia no sufrió más percance que el miedo. Pero la lluvia
no cesaba; una rueda se había roto; los faroles se habían apagado y no
se veía por los alrededores una sola casa para guarecerse. El cochero
juraba, el lacayo maldecía al cochero y decía pestes de su torpeza.
Julia permanecía en el coche preguntando cómo se podría volver a P...
o lo que debía hacerse. Pero a cada una de sus preguntas, recibía esta
respuesta desesperante.
—¡Es imposible!
En esto, oyose de lejos el ruido sordo de un coche que se acercaba.
Pronto el cochero de la señora de Chaverny reconoció, con gran
satisfacción suya, uno de sus colegas, con el cual había establecido
los fundamentos de una tierna amistad en casa de la señora Lambert y le
gritó que se detuviese.
El coche se detuvo y, apenas pronunciado el nombre de la señora de
Chaverny, un hombre joven que ocupaba el cupé abrió él mismo la
portezuela, y gritando: «¿Está herida?», se echó fuera y se puso de
un salto al lado de la carretela de Julia. Ella reconoció a Darcy: le
esperaba.
Sus manos se encontraron en la oscuridad, y Darcy creyó sentir que
la señora de Chaverny apretaba la suya; pero era probablemente un
efecto del miedo. Después de la primera pregunta, Darcy ofreció con
naturalidad su coche. Julia no respondió al principio, pues se hallaba
muy indecisa respecto al partido que debía tomar. De un lado, pensaba
en las tres o cuatro leguas que habría de recorrer a solas con un
hombre joven, si quería ir a París; por el otro, si volvía al castillo
para pedir hospitalidad a la señora Lambert se estremecía ante la idea
de contar el novelesco accidente del coche atascado y del socorro
ofrecido por Darcy. Presentarse en el salón en medio de la partida
de «_whist_», salvada por Darcy como la mujer turca... no había que
pensar en ello. ¡Pero también tres largas leguas hasta París! Mientras,
ella flotaba así en la incertidumbre y balbuceaba con bastante torpeza
algunas frases triviales sobre la molestia que iba a causar, Darcy, que
parecía leer en el fondo de su corazón, le dijo fríamente:
—Tome usted mi coche, señora; yo permaneceré en el suyo hasta que pase
alguien para París.
Julia, temiendo mostrar demasiada gazmoñería, se apresuró a aceptar
el primer ofrecimiento, pero no el segundo. Y como su resolución fue
repentina no tuvo tiempo de decidir de si irían a P... o a París.
Estaba ya en el cupé de Darcy, envuelta en su capa, que él se apresuró
a darle, y los caballos trotaban vivamente hacia París antes de que
hubiese pensado en decir dónde quería ir. Su criado había elegido por
ello, dándole al cochero el nombre y la calle de su ama.
Comenzaron la conversación cohibidos. El tono de voz de Darcy era
breve y parecía anunciar un poco de mal humor. Julia imaginó que su
resolución le había chocado y que la tenía por una gazmoña ridícula.
Hasta tal punto se hallaba bajo la influencia de aquel hombre, que se
dirigía interiormente vivos reproches y solo pensaba en disipar aquel
movimiento de mal humor de que ella se acusaba. El traje de Darcy
estaba mojado; lo advirtió, y despojándose inmediatamente de su capa
exigió que se cubriese con ella. Entablose con tal motivo un pugilato
de generosidad, de donde resultó que, adoptando un término medio, cada
uno obtuvo una parte de la capa. ¡Imprudencia enorme que no hubiese
cometido sin aquel momento de vacilación que quería hacerse perdonar!
Estaban tan cerca uno de otro, que la mejilla de Julia podía sentir el
calor del aliento de Darcy. Las sacudidas del coche los aproximaban
aun más a veces.
—Esta capa que nos envuelve a los dos, me recuerda —dijo Darcy— las
charadas de otro tiempo. ¿Se acuerda usted de haber sido mi Virginia
cuando nos pusimos los dos la manteleta de su abuela?
—Sí, y del regaño con que me castigó por eso.
—¡Ah! —exclamó Darcy—, ¡qué tiempo tan feliz aquel! Cuántas veces he
pensado con tristeza y gusto en nuestras divinas reuniones de la calle
Bellechasse. ¿Se acuerda usted de las hermosas alas de buitre que le
ataron con cintas rosas, y el pico de papel dorado que yo le fabriqué
con tanto primor?
—Sí —respondió Julia—. Usted era Prometeo y yo el buitre. ¡Pero qué
memoria tiene usted! ¿Cómo puede usted acordarse de todas estas
locuras? ¡Porque hace tanto tiempo que no nos hemos visto!
—Si me pide usted un cumplido... —dijo Darcy sonriendo y adelantándose
de manera que la miraba de frente.
Y con tono más serio:
—En verdad —prosiguió—, no es extraño que haya conservado recuerdo de
los más felices momentos de mi vida.
—¡Qué talento tenía usted para las charadas!... —dijo Julia, temiendo
que la conversación tomase un giro demasiado sentimental.
—¿Quiere usted que le dé otra prueba de mi memoria? —interrumpió
Darcy—. ¿Se acuerda usted de nuestro tratado de alianza en casa de la
señora Lambert? Nos habíamos prometido hablar mal de todo el universo;
pero en cambio sostenernos mutuamente contra todos... Pero nuestro
tratado ha corrido la suerte de casi todos los tratados; no ha sido
ejecutado.
—¿Qué sabe usted?
—¡Ay!, imagino que no ha tenido usted muchas ocasiones de defenderme;
una vez alejado de París, ¿quién iba a ocuparse de mí?
—De defenderle..., no..., pero de hablar de usted a sus amigos...
—¡Oh, mis amigos! —exclamó Darcy con sonrisa algo melancólica—, no
los tenía en aquella época o, por lo menos, que usted conociese. Los
jóvenes que trataba su madre de usted me odiaban, no sé por qué, y en
cuanto a las mujeres, pensaban poco en el señor agregado del ministerio
de Negocios Extranjeros.
—Es que usted no les hacía caso.
—Es verdad. Nunca he sabido ser amable con personas a quienes no quería.
Si la oscuridad hubiera permitido ver el rostro de Julia, Darcy hubiese
podido ver que un vivo rubor se había extendido sobre sus facciones
al oír esta última frase, a la cual ella había dado un sentido en que
acaso Darcy no pensaba.
De cualquier modo, abandonando el terreno de los recuerdos demasiado
bien guardados por una y otro, Julia quiso llevarle a sus viajes,
esperando que por este medio se vería dispensada de hablar. El
procedimiento resulta casi siempre con los viajeros, sobre todo con los
que han visitado un país lejano.
—¡Qué hermoso viaje ha hecho usted! —dijo—, y cuánto siento no haber
podido hacer nunca uno parecido.
Pero Darcy no se hallaba en vena narrativa.
—¿Quién es ese joven de bigotes —preguntó bruscamente— que hace poco
hablaba con usted?
Esta vez Julia se ruborizó todavía más.
—Es un amigo de mi marido —respondió—, un oficial de su regimiento...
Dicen —prosiguió sin querer abandonar su tema oriental— que quien ha
visto ese hermoso cielo azul de oriente, no puede ya vivir en otra
parte.
—Me ha desagradado horriblemente, no sé por qué... Hablo del amigo de
su marido, no del cielo azul... En cuanto a ese cielo azul, señora,
¡Dios le preserve a usted de él! Se acaba por tomarle tal asco a fuerza
de verlo siempre lo mismo, que se admiraría como el más bello de los
espectáculos una bruma de París. Nada irrita más los nervios, créame
usted, que ese cielo azul, que ayer estaba azul y que será azul mañana
¡Si usted supiera con qué impaciencia, con qué desengaño, siempre
renovado, se espera ansiosamente una nube!
—Y, sin embargo, usted ha permanecido mucho tiempo bajo ese cielo azul.
—Pero, señora, me era bastante difícil evitarlo. Si hubiese podido
seguir nada más que mi inclinación, hubiera vuelto muy de prisa a
los alrededores de la calle Bellechasse, después de haber satisfecho
el pequeño impulso de curiosidad que deben excitar necesariamente las
cosas extrañas de oriente.
—Creo que muchos viajeros dirían lo mismo si fueran tan francos como
usted... ¿Cómo se pasa el tiempo en Constantinopla y en las demás
ciudades de oriente?
—Allí, como en todas partes, hay varias maneras de matar el tiempo. Los
ingleses, beben; los franceses, juegan; los alemanes, fuman, y algunos
espíritus inquietos, para variar sus distracciones, corren el riesgo
de recibir algún balazo trepando sobre los tejados para atisbar a las
mujeres del país.
—A esta última ocupación daría usted probablemente la preferencia.
—Nada de eso. Estudiaba el turco y el griego, cosa que me cubría
de ridículo. Cuando había terminado los despachos de la embajada,
dibujaba, iba a caballo a las Aguas Dulces, y paseaba por las orillas
del mar a ver si venía alguna figura humana de Francia o de cualquier
otra parte.
—¿Debía ser un gran placer para usted ver un francés a tan gran
distancia de Francia?
—Sí; pero por un hombre inteligente, ¡cuántos mercaderes de quincalla
y de cachemira no nos venían!; o, lo que es peor, jóvenes poetas,
que, apenas divisaban de lejos a alguien de la embajada, le gritaban:
«Lléveme usted a ver las ruinas, lléveme usted a Santa Sofía,
condúzcame por las montañas, al mar azul; querría ver los lugares en
que Hero suspiraba.» Después, cuando han pescado una buena insolación,
se encierran en su cuarto y no quieren ver nada más que los últimos
números de «El Constitucional».
—Lo ve usted todo por el lado malo, según su vieja costumbre. ¿Sabe
usted que no se ha corregido? Continúa siendo tan burlón como siempre.
—Dígame, señora; ¿no estará permitido a un condenado, que se fríe en
una sartén, divertirse un poco a expensas de sus compañeros de fritura?
Le aseguro, que no sabe todo lo miserable que es la vida que llevamos
por allá. Nosotros, los secretarios de Embajada, nos parecemos a las
golondrinas, que no reposan nunca. Para nosotros no existen esas
relaciones íntimas que constituyen la felicidad de la vida..., me
parece. (Pronunció estas últimas palabras con un acento singular y
acercándose a Julia). Desde hace seis años no he encontrado a nadie con
quien pudiese cambiar mis pensamientos.
—¿Es que no tenía usted amigos por allí?
—Acabo de decirle que es imposible tenerlos en país extranjero. Había
dejado a dos en Francia. El uno, ha muerto; el otro, se encuentra en
América, de donde no volverá hasta dentro de algunos años, y si la
fiebre amarilla no se queda con él.
—¿De suerte que está usted solo?
—Solo.
—Y la sociedad de las mujeres, ¿cómo es en oriente? ¿No le ofrece a
usted ningún recurso?
—¡Oh! Esta parte es la peor de todas. En las mujeres turcas no hay
que pensar. De las griegas y las armenias lo mejor que puede decirse
en su alabanza es que son muy bonitas. En cuanto a las mujeres de
los cónsules y los embajadores, permítame usted que no le hable de
ellas. Es una cuestión diplomática, y si dijese lo que pienso, pudiera
causarme perjuicio en el ministerio.
—Me parece que no tiene usted mucho cariño a su carrera. ¡Con qué ardor
deseaba usted en otro tiempo entrar en la diplomacia!
—No conocía aún el oficio. Ahora quisiera ser inspector de los fangos
de París.
—¡Dios mío! ¿Cómo puede usted decir eso? ¡París! ¡El sitio más
fastidioso de la tierra!
—No blasfeme usted. Quisiera escuchar su palinodia en Nápoles, después
de pasar dos años en Italia.
—Ver Nápoles, es lo que más quisiera en el mundo —respondió ella
suspirando...—, siempre que mis amigos estuviesen conmigo.
—¡Oh! Con esa condición yo daría la vuelta al mundo. ¡Viajar con los
amigos! Es como si se quedase uno en su salón, mientras pasara el mundo
por delante de las ventanas, como un panorama que se desenvuelve.
—¡Pues bien! Si es pedir demasiado, quisiera viajar con uno..., con dos
amigos solamente.
—Por mi parte, no soy tan ambicioso; no quisiera más que uno solo, o
una sola —añadió sonriendo—. Pero es una dicha que nunca he tenido...,
y que no tendré —continuó con un suspiro. Y en tono más alegre—: En
verdad he sido poco afortunado. Nunca he deseado vivamente más que dos
cosas, y no he podido conseguirlas.
—¿Cuáles eran?
—¡Oh! Nada muy singular. Por ejemplo, he deseado con pasión poder
bailar con alguien... He hecho estudios profundos sobre el baile. Me he
ejercitado durante meses enteros, solo, para vencer el mareo que nunca
dejaba de presentarse, y cuando he llegado a no sufrir ya vértigos...
—¿Y con quién deseaba usted bailar?
—¿Si le dijera que con usted?... Y cuando me había hecho, a fuerza de
trabajo, un bailarín consumado, la abuela de usted, que acababa de
tomar un confesor jansenista, prohibió el baile por una orden del día
que tengo aún sobre el corazón.
—¿Y su segundo deseo?... —preguntó Julia muy turbada.
—Mi segundo deseo, voy a confiárselo. Hubiera querido, era demasiada
ambición, ser amado..., pero amado... Era antes del baile cuando lo
deseaba; no sigo el orden cronológico... Hubiera querido ser amado
por una mujer que me hubiera preferido a un baile —el más peligroso
de todos los rivales—; por una mujer a quien hubiese podido ir a ver
con las botas sucias, en el momento en que se dispusiese a montar en
coche para ir al baile. Estaría elegantemente vestida y me diría:
«Nos quedaremos». Pero esto era una locura. No se deben pedir cosas
imposibles.
—¡Qué malo es usted! ¡Siempre las observaciones irónicas! Nada
encuentra indulgencia en usted. Es usted implacable con las mujeres.
—¡Yo! ¡Dios me libre! De mí mismo es de quien me lamento. ¿Es hablar
mal de las mujeres sostener que prefieren una noche agradable... a
quedarse a solas conmigo?
—¡Un baile! ¡Un traje elegante!... ¡Ah! ¡Dios mío!... ¿A quién le gusta
un baile ahora?
No pensaba en defender a todo su sexo de tales acusaciones; creía
escuchar el pensamiento de Darcy, y la pobre mujer no escuchaba más que
su propio corazón.
—A propósito de trajes y de baile, ¡qué lástima que no estemos en
carnaval! He traído un traje de mujer griega admirable, y que le
sentaría a usted a maravilla.
—Hágame usted un dibujo para mi álbum.
—Con mucho gusto. Verá usted qué progresos he hecho desde la época en
que emborronaba muñecos sobre la mesa de té de su madre. A propósito,
señora; tengo que felicitarle; esta mañana me han dicho en el
ministerio que el señor de Chaverny iba a ser nombrado gentilhombre de
cámara. Me he alegrado mucho.
Julia se estremeció involuntariamente.
Darcy prosiguió sin advertir este movimiento.
—Permítame usted que desde este momento solicite su protección...
Pero, en el fondo, no estoy muy contento de su nueva dignidad. Temo
que se vea usted obligada a vivir en Saint-Cloud durante el verano, y
entonces tendré menos a menudo el honor de verla.
—Jamás iré a Saint-Cloud —dijo Julia con voz muy conmovida.
—¡Oh! Mucho mejor, pues París, como ve usted, es el paraíso, de donde
es menester salir solo para ir a comer de vez en cuando en casa de la
señora Lambert, a condición de volver por la noche. ¡Qué fortuna la
suya, señora, vivir siempre en París! Yo, que no estaré aquí acaso más
que por poco tiempo, no tiene usted idea de lo dichoso que me siento en
el pequeño cuarto que mi tía me ha dado. Y usted, según me han dicho,
vive en el barrio Saint-Honoré. Me han indicado su casa. Debe usted
tener un jardín delicioso, si la manía de construir no ha cambiado ya
sus avenidas en tiendas.
—No; mi jardín está todavía intacto, gracias a Dios.
—¿Qué día recibe usted, señora?
—Estoy en casa casi todas las noches. Tendría mucho gusto en que
viniese usted a verme algunas veces.
—Usted ve, señora, que me conduzco como si nuestra antigua «alianza»
subsistiese todavía. Me invito a mí mismo sin ceremonia y sin
presentación oficial. Usted me perdonará, ¿verdad? No conozco en París
más que a usted y a la señora Lambert. Todo el mundo me ha olvidado;
pero estas dos casas son las únicas que he recordado con sentimiento en
mi destierro. Su salón, sobre todo, debe de ser delicioso. ¡Usted elige
tan bien sus amigos!... ¿Se acuerda usted de los proyectos que en otro
tiempo hacía para cuando fuese ama de casa? Un salón inaccesible a los
fastidiosos; música algunas veces, siempre conversación, y hasta muy
tarde; nada de gentes con pretensiones, un pequeño número de personas
que se conocen perfectamente y que, por tanto, no procuran mentir ni
causar efecto. Dos o tres mujeres simpáticas además (es imposible que
sus amigas no lo sean), y su casa es la más agradable de París. Sí; es
usted la más dichosa de las mujeres y hace usted felices a todos los
que la rodean.
Mientras hablaba Darcy, Julia pensaba que esta dicha, descrita por
él con tanta vivacidad, hubiese ella podido alcanzarla de haberse
casado con otro hombre... Con Darcy, por ejemplo. En lugar de este
salón imaginario, tan elegante y tan agradable, pensaba en las gentes
fastidiosas que Chaverny le había llevado. En vez de las conversaciones
tan alegres, recordaba las escenas conyugales como la que le había
conducido a P... Se veía desdichada para siempre, atada de por vida a
un hombre hacia quien sentía odio y desprecio; mientras aquel a quien
encontraba el más amable del mundo, aquel a quien hubiese querido
encomendar el cuidado de hacerla dichosa, debía ser siempre un extraño
para ella. Su deber era esquivarlo, separarse de él... y estaba tan
cerca de ella que el revés de su traje estrujaba las mangas de su
vestido.
Darcy continuó pintando los placeres de la vida de París con toda la
elocuencia que le daba una larga privación. Julia entretanto sentía
correr las lágrimas a lo largo de sus mejillas. Temblaba a la idea
de que Darcy lo advirtiese y la fuerza que se hacía acrecentaba
la violencia de su emoción. Se ahogaba; no se atrevía a hacer un
movimiento. Al fin, se le escapó un sollozo, y todo fue perdido. Cayó
con la cabeza entre las manos, medio sofocada por las lágrimas y la
vergüenza.
Darcy, que estaba bien lejos de esperar tal cosa, se quedó muy
asombrado. Por un momento la sorpresa selló su boca; pero como los
sollozos redoblaban, creyose obligado a hablar y a preguntar la causa
de aquel llanto tan repentino.
—¿Qué tiene usted, señora? Por Dios, señora, respóndame usted: ¿qué le
ocurre?
Y como, la pobre Julia, a todas estas preguntas apretaba con más fuerza
el pañuelo sobre sus ojos, cogiole la mano y, apartando suavemente el
pañuelo:
—Señora, por favor —dijo con un tono de voz alterado que penetró a
Julia hasta el fondo del corazón—. Por favor, ¿qué tiene usted? ¿Le
habré ofendido involuntariamente? Me desespera usted con su silencio.
—¡Ah! —exclamó Julia no pudiendo contenerse más—. ¡Soy muy desgraciada!
Y sollozó con más fuerza.
—¡Desgraciada! ¿Cómo?... ¿Por qué?... ¿Quién puede hacerla desgraciada?
Respóndame usted.
Hablando así, estrechábale las manos y su cabeza tocaba casi a la de
Julia, que lloraba en lugar de responder. Darcy no sabía qué pensar;
pero le conmovían sus lágrimas. Sentíase rejuvenecido en seis años, y
comenzaba a entrever que en un porvenir que no se había presentado aún
a su imaginación, podría bien pasar del papel de confidente a otro más
elevado.
Como se obstinase en no responder, Darcy, temiendo que se pusiese mala,
bajó uno de los cristales del coche, desató las cintas del sombrero de
Julia, apartó su capa y su chal. Los hombres resultan torpes para estos
menesteres. Quería mandar detener el coche en una aldea. Llamaba ya
al cochero, cuando Julia, cogiéndole por el brazo, le suplicó que no
hiciese parar, y le aseguró que se sentía mucho mejor. El cochero no
había oído nada, y continuaba dirigiendo sus caballos hacia París.
—Pero le ruego, querida señora de Chaverny —dijo Darcy, volviendo a
tomar una mano que había abandonado un momento—, le suplico, dígame,
¿qué tiene usted? ¡No comprendo cómo he podido tener la desdicha de
haberle lastimado!
—¡Ah! ¡No es usted! —exclamó Julia.
Y le estrechó un poco la mano.
—Pues bien, dígame: ¿quién puede hacerla llorar así? Hábleme usted con
confianza. ¿No somos antiguos amigos? —añadió sonriendo y estrechando
a su vez la mano de Julia.
—Usted me hablaba de la felicidad de que me creía rodeada... ¡Y esa
felicidad está tan lejos de mí!
—¡Cómo! ¿No tiene usted todos los elementos de la felicidad?... Es
usted joven, rica, bonita... Su marido ocupa un rango distinguido en la
sociedad...
—¡Lo detesto! —exclamó Julia fuera de sí—. ¡Lo desprecio!
Y escondió su rostro en el pañuelo, sollozando más fuerte que nunca.
—¡Oh!, ¡oh! —pensó Darcy—, esto se pone muy serio.
Y aprovechando con destreza todas las sacudidas del coche para
acercarse más a la desdichada Julia:
—¿Por qué —le decía con la voz más dulce y más tierna del mundo—, por
qué afligirse de ese modo? Un ser que usted desprecia ¿ha de ejercer
tan grande influencia sobre su vida? ¿Por qué le permite que él solo
envenene su vida? ¿Es a él a quien debe usted pedir esa felicidad?...
Y le besó la punta de los dedos; mas como ella retiró en seguida su
mano con terror, temió haber ido demasiado lejos... Pero decidido a
ver el fin de la aventura, le dijo suspirando de una manera bastante
hipócrita:
—¡Cuánto me he engañado! Cuando supe su matrimonio, creí que el señor
de Chaverny le agradaba realmente.
—¡Ah!, señor Darcy, ¡nunca me ha conocido usted!
El tono de su voz decía claramente: Siempre le he amado y usted no ha
querido darse cuenta. La pobre mujer creía en este momento, con la
mejor fe del mundo, que había siempre amado a Darcy, durante los seis
años transcurridos, con tanto amor como sentía por él en este momento.
—¡Y usted! —exclamó Darcy animándose—, usted señora, ¿me ha conocido
alguna vez? ¿Ha sabido usted cuáles eran mis sentimientos? ¡Ah!, si me
hubiese usted conocido mejor, ahora seríamos sin duda felices uno y
otro.
—¡Qué desdichada soy! —repitió Julia con llanto redoblado y apretándole
la mano con fuerza.
—Pero aun cuando me hubiese usted comprendido, señora —continuó Darcy
con la expresión de melancolía irónica que le era habitual—, ¿de qué
hubiese servido? Yo carecía de fortuna; la de usted era considerable.
Su madre me hubiese rechazado con desdén. Estaba de antemano condenado.
Usted misma, sí, usted, Julia, antes que una fatal experiencia, no le
hubiese mostrado dónde está la verdadera dicha, se hubiese reído de
mi presunción, y un coche reluciente, con una corona de conde en las
portezuelas, hubiese sido entonces, sin duda, el medio más seguro de
agradarle.
—¡Oh, Dios mío! ¡Y también usted! ¿Nadie tendrá compasión de mí?
—¡Perdóneme, mi querida Julia! —exclamó muy conmovido él también—;
perdóneme, se lo suplico. Olvide estos reproches. No, no tengo yo
derecho a hacérselos. Soy más culpable que usted... No he sabido
apreciarla. La he creído débil como las mujeres del mundo en que vivía;
he dudado de su valor, querida Julia, y ¡me veo cruelmente castigado
por ello!
Besaba con ardor sus manos, que ella no retiraba ya; iba a abrazarla
sobre su pecho... pero Julia le rechazó con una viva expresión de
terror y se alejó de él todo lo que podía permitirle el espacio del
coche.
Entonces Darcy, con una voz cuya misma dulzura hacía más patética la
expresión:
—Dispénseme usted, señora, me había olvidado de París. Ahora me acuerdo
que aquí se va al matrimonio, pero que no se ama.
—¡Oh!, sí, yo le amo —murmuró ella sollozando—; y dejó caer su cabeza
sobre el hombro de Darcy.
Darcy la apretó sobre sus brazos con efusión, procurando detener sus
lágrimas con besos. Ella procuró aún sustraerse a su abrazo, pero este
esfuerzo fue el último que intentó.