XI

Cuando Julia abandonó el castillo de la señora de Lambert, la noche era

horriblemente oscura, la atmósfera pesada y asfixiante. De cuando en

cuando, los relámpagos, iluminando el paisaje, dibujaban las siluetas

negras de los árboles sobre un fondo anaranjado lívido. La oscuridad

parecía redoblar después de cada relámpago, y el cochero no veía la

cabeza de sus caballos. Pronto estalló una tempestad violenta. La

lluvia que caía, primero en gotas gruesas y raras, se cambió pronto

en un verdadero diluvio. Por todos lados el cielo se iluminaba, y la

artillería celeste comenzaba a hacerse ensordecedora. Los caballos,

asustados, resoplaban fuertemente y se encabritaban en lugar de

avanzar; pero el cochero había comido muy bien; su grueso gabán, y

sobre todo el vino que había bebido, le impedían temer el agua y

los malos caminos. Sacudía enérgicamente su látigo sobre los pobres

animales, no menos intrépido que César en la tempestad cuando decía a

su piloto: «¡Llevas a César y a su fortuna!». La señora de Chaverny,

como no sentía miedo del trueno, no se preocupaba de la tormenta.

Se repetía todo lo que Darcy le había dicho, y lamentaba no haberle

dicho cien cosas que hubiese podido decirle, cuando de repente fue

interrumpida en sus meditaciones por un choque violento que recibió

su coche; al mismo tiempo, los cristales saltaron en pedazos y se

escuchó un crujido de mal augurio: la carretela se había precipitado

en un foso. Julia no sufrió más percance que el miedo. Pero la lluvia

no cesaba; una rueda se había roto; los faroles se habían apagado y no

se veía por los alrededores una sola casa para guarecerse. El cochero

juraba, el lacayo maldecía al cochero y decía pestes de su torpeza.

Julia permanecía en el coche preguntando cómo se podría volver a P...

o lo que debía hacerse. Pero a cada una de sus preguntas, recibía esta

respuesta desesperante.

—¡Es imposible!

En esto, oyose de lejos el ruido sordo de un coche que se acercaba.

Pronto el cochero de la señora de Chaverny reconoció, con gran

satisfacción suya, uno de sus colegas, con el cual había establecido

los fundamentos de una tierna amistad en casa de la señora Lambert y le

gritó que se detuviese.

El coche se detuvo y, apenas pronunciado el nombre de la señora de

Chaverny, un hombre joven que ocupaba el cupé abrió él mismo la

portezuela, y gritando: «¿Está herida?», se echó fuera y se puso de

un salto al lado de la carretela de Julia. Ella reconoció a Darcy: le

esperaba.

Sus manos se encontraron en la oscuridad, y Darcy creyó sentir que

la señora de Chaverny apretaba la suya; pero era probablemente un

efecto del miedo. Después de la primera pregunta, Darcy ofreció con

naturalidad su coche. Julia no respondió al principio, pues se hallaba

muy indecisa respecto al partido que debía tomar. De un lado, pensaba

en las tres o cuatro leguas que habría de recorrer a solas con un

hombre joven, si quería ir a París; por el otro, si volvía al castillo

para pedir hospitalidad a la señora Lambert se estremecía ante la idea

de contar el novelesco accidente del coche atascado y del socorro

ofrecido por Darcy. Presentarse en el salón en medio de la partida

de «_whist_», salvada por Darcy como la mujer turca... no había que

pensar en ello. ¡Pero también tres largas leguas hasta París! Mientras,

ella flotaba así en la incertidumbre y balbuceaba con bastante torpeza

algunas frases triviales sobre la molestia que iba a causar, Darcy, que

parecía leer en el fondo de su corazón, le dijo fríamente:

—Tome usted mi coche, señora; yo permaneceré en el suyo hasta que pase

alguien para París.

Julia, temiendo mostrar demasiada gazmoñería, se apresuró a aceptar

el primer ofrecimiento, pero no el segundo. Y como su resolución fue

repentina no tuvo tiempo de decidir de si irían a P... o a París.

Estaba ya en el cupé de Darcy, envuelta en su capa, que él se apresuró

a darle, y los caballos trotaban vivamente hacia París antes de que

hubiese pensado en decir dónde quería ir. Su criado había elegido por

ello, dándole al cochero el nombre y la calle de su ama.

Comenzaron la conversación cohibidos. El tono de voz de Darcy era

breve y parecía anunciar un poco de mal humor. Julia imaginó que su

resolución le había chocado y que la tenía por una gazmoña ridícula.

Hasta tal punto se hallaba bajo la influencia de aquel hombre, que se

dirigía interiormente vivos reproches y solo pensaba en disipar aquel

movimiento de mal humor de que ella se acusaba. El traje de Darcy

estaba mojado; lo advirtió, y despojándose inmediatamente de su capa

exigió que se cubriese con ella. Entablose con tal motivo un pugilato

de generosidad, de donde resultó que, adoptando un término medio, cada

uno obtuvo una parte de la capa. ¡Imprudencia enorme que no hubiese

cometido sin aquel momento de vacilación que quería hacerse perdonar!

Estaban tan cerca uno de otro, que la mejilla de Julia podía sentir el

calor del aliento de Darcy. Las sacudidas del coche los aproximaban

aun más a veces.

—Esta capa que nos envuelve a los dos, me recuerda —dijo Darcy— las

charadas de otro tiempo. ¿Se acuerda usted de haber sido mi Virginia

cuando nos pusimos los dos la manteleta de su abuela?

—Sí, y del regaño con que me castigó por eso.

—¡Ah! —exclamó Darcy—, ¡qué tiempo tan feliz aquel! Cuántas veces he

pensado con tristeza y gusto en nuestras divinas reuniones de la calle

Bellechasse. ¿Se acuerda usted de las hermosas alas de buitre que le

ataron con cintas rosas, y el pico de papel dorado que yo le fabriqué

con tanto primor?

—Sí —respondió Julia—. Usted era Prometeo y yo el buitre. ¡Pero qué

memoria tiene usted! ¿Cómo puede usted acordarse de todas estas

locuras? ¡Porque hace tanto tiempo que no nos hemos visto!

—Si me pide usted un cumplido... —dijo Darcy sonriendo y adelantándose

de manera que la miraba de frente.

Y con tono más serio:

—En verdad —prosiguió—, no es extraño que haya conservado recuerdo de

los más felices momentos de mi vida.

—¡Qué talento tenía usted para las charadas!... —dijo Julia, temiendo

que la conversación tomase un giro demasiado sentimental.

—¿Quiere usted que le dé otra prueba de mi memoria? —interrumpió

Darcy—. ¿Se acuerda usted de nuestro tratado de alianza en casa de la

señora Lambert? Nos habíamos prometido hablar mal de todo el universo;

pero en cambio sostenernos mutuamente contra todos... Pero nuestro

tratado ha corrido la suerte de casi todos los tratados; no ha sido

ejecutado.

—¿Qué sabe usted?

—¡Ay!, imagino que no ha tenido usted muchas ocasiones de defenderme;

una vez alejado de París, ¿quién iba a ocuparse de mí?

—De defenderle..., no..., pero de hablar de usted a sus amigos...

—¡Oh, mis amigos! —exclamó Darcy con sonrisa algo melancólica—, no

los tenía en aquella época o, por lo menos, que usted conociese. Los

jóvenes que trataba su madre de usted me odiaban, no sé por qué, y en

cuanto a las mujeres, pensaban poco en el señor agregado del ministerio

de Negocios Extranjeros.

—Es que usted no les hacía caso.

—Es verdad. Nunca he sabido ser amable con personas a quienes no quería.

Si la oscuridad hubiera permitido ver el rostro de Julia, Darcy hubiese

podido ver que un vivo rubor se había extendido sobre sus facciones

al oír esta última frase, a la cual ella había dado un sentido en que

acaso Darcy no pensaba.

De cualquier modo, abandonando el terreno de los recuerdos demasiado

bien guardados por una y otro, Julia quiso llevarle a sus viajes,

esperando que por este medio se vería dispensada de hablar. El

procedimiento resulta casi siempre con los viajeros, sobre todo con los

que han visitado un país lejano.

—¡Qué hermoso viaje ha hecho usted! —dijo—, y cuánto siento no haber

podido hacer nunca uno parecido.

Pero Darcy no se hallaba en vena narrativa.

—¿Quién es ese joven de bigotes —preguntó bruscamente— que hace poco

hablaba con usted?

Esta vez Julia se ruborizó todavía más.

—Es un amigo de mi marido —respondió—, un oficial de su regimiento...

Dicen —prosiguió sin querer abandonar su tema oriental— que quien ha

visto ese hermoso cielo azul de oriente, no puede ya vivir en otra

parte.

—Me ha desagradado horriblemente, no sé por qué... Hablo del amigo de

su marido, no del cielo azul... En cuanto a ese cielo azul, señora,

¡Dios le preserve a usted de él! Se acaba por tomarle tal asco a fuerza

de verlo siempre lo mismo, que se admiraría como el más bello de los

espectáculos una bruma de París. Nada irrita más los nervios, créame

usted, que ese cielo azul, que ayer estaba azul y que será azul mañana

¡Si usted supiera con qué impaciencia, con qué desengaño, siempre

renovado, se espera ansiosamente una nube!

—Y, sin embargo, usted ha permanecido mucho tiempo bajo ese cielo azul.

—Pero, señora, me era bastante difícil evitarlo. Si hubiese podido

seguir nada más que mi inclinación, hubiera vuelto muy de prisa a

los alrededores de la calle Bellechasse, después de haber satisfecho

el pequeño impulso de curiosidad que deben excitar necesariamente las

cosas extrañas de oriente.

—Creo que muchos viajeros dirían lo mismo si fueran tan francos como

usted... ¿Cómo se pasa el tiempo en Constantinopla y en las demás

ciudades de oriente?

—Allí, como en todas partes, hay varias maneras de matar el tiempo. Los

ingleses, beben; los franceses, juegan; los alemanes, fuman, y algunos

espíritus inquietos, para variar sus distracciones, corren el riesgo

de recibir algún balazo trepando sobre los tejados para atisbar a las

mujeres del país.

—A esta última ocupación daría usted probablemente la preferencia.

—Nada de eso. Estudiaba el turco y el griego, cosa que me cubría

de ridículo. Cuando había terminado los despachos de la embajada,

dibujaba, iba a caballo a las Aguas Dulces, y paseaba por las orillas

del mar a ver si venía alguna figura humana de Francia o de cualquier

otra parte.

—¿Debía ser un gran placer para usted ver un francés a tan gran

distancia de Francia?

—Sí; pero por un hombre inteligente, ¡cuántos mercaderes de quincalla

y de cachemira no nos venían!; o, lo que es peor, jóvenes poetas,

que, apenas divisaban de lejos a alguien de la embajada, le gritaban:

«Lléveme usted a ver las ruinas, lléveme usted a Santa Sofía,

condúzcame por las montañas, al mar azul; querría ver los lugares en

que Hero suspiraba.» Después, cuando han pescado una buena insolación,

se encierran en su cuarto y no quieren ver nada más que los últimos

números de «El Constitucional».

—Lo ve usted todo por el lado malo, según su vieja costumbre. ¿Sabe

usted que no se ha corregido? Continúa siendo tan burlón como siempre.

—Dígame, señora; ¿no estará permitido a un condenado, que se fríe en

una sartén, divertirse un poco a expensas de sus compañeros de fritura?

Le aseguro, que no sabe todo lo miserable que es la vida que llevamos

por allá. Nosotros, los secretarios de Embajada, nos parecemos a las

golondrinas, que no reposan nunca. Para nosotros no existen esas

relaciones íntimas que constituyen la felicidad de la vida..., me

parece. (Pronunció estas últimas palabras con un acento singular y

acercándose a Julia). Desde hace seis años no he encontrado a nadie con

quien pudiese cambiar mis pensamientos.

—¿Es que no tenía usted amigos por allí?

—Acabo de decirle que es imposible tenerlos en país extranjero. Había

dejado a dos en Francia. El uno, ha muerto; el otro, se encuentra en

América, de donde no volverá hasta dentro de algunos años, y si la

fiebre amarilla no se queda con él.

—¿De suerte que está usted solo?

—Solo.

—Y la sociedad de las mujeres, ¿cómo es en oriente? ¿No le ofrece a

usted ningún recurso?

—¡Oh! Esta parte es la peor de todas. En las mujeres turcas no hay

que pensar. De las griegas y las armenias lo mejor que puede decirse

en su alabanza es que son muy bonitas. En cuanto a las mujeres de

los cónsules y los embajadores, permítame usted que no le hable de

ellas. Es una cuestión diplomática, y si dijese lo que pienso, pudiera

causarme perjuicio en el ministerio.

—Me parece que no tiene usted mucho cariño a su carrera. ¡Con qué ardor

deseaba usted en otro tiempo entrar en la diplomacia!

—No conocía aún el oficio. Ahora quisiera ser inspector de los fangos

de París.

—¡Dios mío! ¿Cómo puede usted decir eso? ¡París! ¡El sitio más

fastidioso de la tierra!

—No blasfeme usted. Quisiera escuchar su palinodia en Nápoles, después

de pasar dos años en Italia.

—Ver Nápoles, es lo que más quisiera en el mundo —respondió ella

suspirando...—, siempre que mis amigos estuviesen conmigo.

—¡Oh! Con esa condición yo daría la vuelta al mundo. ¡Viajar con los

amigos! Es como si se quedase uno en su salón, mientras pasara el mundo

por delante de las ventanas, como un panorama que se desenvuelve.

—¡Pues bien! Si es pedir demasiado, quisiera viajar con uno..., con dos

amigos solamente.

—Por mi parte, no soy tan ambicioso; no quisiera más que uno solo, o

una sola —añadió sonriendo—. Pero es una dicha que nunca he tenido...,

y que no tendré —continuó con un suspiro. Y en tono más alegre—: En

verdad he sido poco afortunado. Nunca he deseado vivamente más que dos

cosas, y no he podido conseguirlas.

—¿Cuáles eran?

—¡Oh! Nada muy singular. Por ejemplo, he deseado con pasión poder

bailar con alguien... He hecho estudios profundos sobre el baile. Me he

ejercitado durante meses enteros, solo, para vencer el mareo que nunca

dejaba de presentarse, y cuando he llegado a no sufrir ya vértigos...

—¿Y con quién deseaba usted bailar?

—¿Si le dijera que con usted?... Y cuando me había hecho, a fuerza de

trabajo, un bailarín consumado, la abuela de usted, que acababa de

tomar un confesor jansenista, prohibió el baile por una orden del día

que tengo aún sobre el corazón.

—¿Y su segundo deseo?... —preguntó Julia muy turbada.

—Mi segundo deseo, voy a confiárselo. Hubiera querido, era demasiada

ambición, ser amado..., pero amado... Era antes del baile cuando lo

deseaba; no sigo el orden cronológico... Hubiera querido ser amado

por una mujer que me hubiera preferido a un baile —el más peligroso

de todos los rivales—; por una mujer a quien hubiese podido ir a ver

con las botas sucias, en el momento en que se dispusiese a montar en

coche para ir al baile. Estaría elegantemente vestida y me diría:

«Nos quedaremos». Pero esto era una locura. No se deben pedir cosas

imposibles.

—¡Qué malo es usted! ¡Siempre las observaciones irónicas! Nada

encuentra indulgencia en usted. Es usted implacable con las mujeres.

—¡Yo! ¡Dios me libre! De mí mismo es de quien me lamento. ¿Es hablar

mal de las mujeres sostener que prefieren una noche agradable... a

quedarse a solas conmigo?

—¡Un baile! ¡Un traje elegante!... ¡Ah! ¡Dios mío!... ¿A quién le gusta

un baile ahora?

No pensaba en defender a todo su sexo de tales acusaciones; creía

escuchar el pensamiento de Darcy, y la pobre mujer no escuchaba más que

su propio corazón.

—A propósito de trajes y de baile, ¡qué lástima que no estemos en

carnaval! He traído un traje de mujer griega admirable, y que le

sentaría a usted a maravilla.

—Hágame usted un dibujo para mi álbum.

—Con mucho gusto. Verá usted qué progresos he hecho desde la época en

que emborronaba muñecos sobre la mesa de té de su madre. A propósito,

señora; tengo que felicitarle; esta mañana me han dicho en el

ministerio que el señor de Chaverny iba a ser nombrado gentilhombre de

cámara. Me he alegrado mucho.

Julia se estremeció involuntariamente.

Darcy prosiguió sin advertir este movimiento.

—Permítame usted que desde este momento solicite su protección...

Pero, en el fondo, no estoy muy contento de su nueva dignidad. Temo

que se vea usted obligada a vivir en Saint-Cloud durante el verano, y

entonces tendré menos a menudo el honor de verla.

—Jamás iré a Saint-Cloud —dijo Julia con voz muy conmovida.

—¡Oh! Mucho mejor, pues París, como ve usted, es el paraíso, de donde

es menester salir solo para ir a comer de vez en cuando en casa de la

señora Lambert, a condición de volver por la noche. ¡Qué fortuna la

suya, señora, vivir siempre en París! Yo, que no estaré aquí acaso más

que por poco tiempo, no tiene usted idea de lo dichoso que me siento en

el pequeño cuarto que mi tía me ha dado. Y usted, según me han dicho,

vive en el barrio Saint-Honoré. Me han indicado su casa. Debe usted

tener un jardín delicioso, si la manía de construir no ha cambiado ya

sus avenidas en tiendas.

—No; mi jardín está todavía intacto, gracias a Dios.

—¿Qué día recibe usted, señora?

—Estoy en casa casi todas las noches. Tendría mucho gusto en que

viniese usted a verme algunas veces.

—Usted ve, señora, que me conduzco como si nuestra antigua «alianza»

subsistiese todavía. Me invito a mí mismo sin ceremonia y sin

presentación oficial. Usted me perdonará, ¿verdad? No conozco en París

más que a usted y a la señora Lambert. Todo el mundo me ha olvidado;

pero estas dos casas son las únicas que he recordado con sentimiento en

mi destierro. Su salón, sobre todo, debe de ser delicioso. ¡Usted elige

tan bien sus amigos!... ¿Se acuerda usted de los proyectos que en otro

tiempo hacía para cuando fuese ama de casa? Un salón inaccesible a los

fastidiosos; música algunas veces, siempre conversación, y hasta muy

tarde; nada de gentes con pretensiones, un pequeño número de personas

que se conocen perfectamente y que, por tanto, no procuran mentir ni

causar efecto. Dos o tres mujeres simpáticas además (es imposible que

sus amigas no lo sean), y su casa es la más agradable de París. Sí; es

usted la más dichosa de las mujeres y hace usted felices a todos los

que la rodean.

Mientras hablaba Darcy, Julia pensaba que esta dicha, descrita por

él con tanta vivacidad, hubiese ella podido alcanzarla de haberse

casado con otro hombre... Con Darcy, por ejemplo. En lugar de este

salón imaginario, tan elegante y tan agradable, pensaba en las gentes

fastidiosas que Chaverny le había llevado. En vez de las conversaciones

tan alegres, recordaba las escenas conyugales como la que le había

conducido a P... Se veía desdichada para siempre, atada de por vida a

un hombre hacia quien sentía odio y desprecio; mientras aquel a quien

encontraba el más amable del mundo, aquel a quien hubiese querido

encomendar el cuidado de hacerla dichosa, debía ser siempre un extraño

para ella. Su deber era esquivarlo, separarse de él... y estaba tan

cerca de ella que el revés de su traje estrujaba las mangas de su

vestido.

Darcy continuó pintando los placeres de la vida de París con toda la

elocuencia que le daba una larga privación. Julia entretanto sentía

correr las lágrimas a lo largo de sus mejillas. Temblaba a la idea

de que Darcy lo advirtiese y la fuerza que se hacía acrecentaba

la violencia de su emoción. Se ahogaba; no se atrevía a hacer un

movimiento. Al fin, se le escapó un sollozo, y todo fue perdido. Cayó

con la cabeza entre las manos, medio sofocada por las lágrimas y la

vergüenza.

Darcy, que estaba bien lejos de esperar tal cosa, se quedó muy

asombrado. Por un momento la sorpresa selló su boca; pero como los

sollozos redoblaban, creyose obligado a hablar y a preguntar la causa

de aquel llanto tan repentino.

—¿Qué tiene usted, señora? Por Dios, señora, respóndame usted: ¿qué le

ocurre?

Y como, la pobre Julia, a todas estas preguntas apretaba con más fuerza

el pañuelo sobre sus ojos, cogiole la mano y, apartando suavemente el

pañuelo:

—Señora, por favor —dijo con un tono de voz alterado que penetró a

Julia hasta el fondo del corazón—. Por favor, ¿qué tiene usted? ¿Le

habré ofendido involuntariamente? Me desespera usted con su silencio.

—¡Ah! —exclamó Julia no pudiendo contenerse más—. ¡Soy muy desgraciada!

Y sollozó con más fuerza.

—¡Desgraciada! ¿Cómo?... ¿Por qué?... ¿Quién puede hacerla desgraciada?

Respóndame usted.

Hablando así, estrechábale las manos y su cabeza tocaba casi a la de

Julia, que lloraba en lugar de responder. Darcy no sabía qué pensar;

pero le conmovían sus lágrimas. Sentíase rejuvenecido en seis años, y

comenzaba a entrever que en un porvenir que no se había presentado aún

a su imaginación, podría bien pasar del papel de confidente a otro más

elevado.

Como se obstinase en no responder, Darcy, temiendo que se pusiese mala,

bajó uno de los cristales del coche, desató las cintas del sombrero de

Julia, apartó su capa y su chal. Los hombres resultan torpes para estos

menesteres. Quería mandar detener el coche en una aldea. Llamaba ya

al cochero, cuando Julia, cogiéndole por el brazo, le suplicó que no

hiciese parar, y le aseguró que se sentía mucho mejor. El cochero no

había oído nada, y continuaba dirigiendo sus caballos hacia París.

—Pero le ruego, querida señora de Chaverny —dijo Darcy, volviendo a

tomar una mano que había abandonado un momento—, le suplico, dígame,

¿qué tiene usted? ¡No comprendo cómo he podido tener la desdicha de

haberle lastimado!

—¡Ah! ¡No es usted! —exclamó Julia.

Y le estrechó un poco la mano.

—Pues bien, dígame: ¿quién puede hacerla llorar así? Hábleme usted con

confianza. ¿No somos antiguos amigos? —añadió sonriendo y estrechando

a su vez la mano de Julia.

—Usted me hablaba de la felicidad de que me creía rodeada... ¡Y esa

felicidad está tan lejos de mí!

—¡Cómo! ¿No tiene usted todos los elementos de la felicidad?... Es

usted joven, rica, bonita... Su marido ocupa un rango distinguido en la

sociedad...

—¡Lo detesto! —exclamó Julia fuera de sí—. ¡Lo desprecio!

Y escondió su rostro en el pañuelo, sollozando más fuerte que nunca.

—¡Oh!, ¡oh! —pensó Darcy—, esto se pone muy serio.

Y aprovechando con destreza todas las sacudidas del coche para

acercarse más a la desdichada Julia:

—¿Por qué —le decía con la voz más dulce y más tierna del mundo—, por

qué afligirse de ese modo? Un ser que usted desprecia ¿ha de ejercer

tan grande influencia sobre su vida? ¿Por qué le permite que él solo

envenene su vida? ¿Es a él a quien debe usted pedir esa felicidad?...

Y le besó la punta de los dedos; mas como ella retiró en seguida su

mano con terror, temió haber ido demasiado lejos... Pero decidido a

ver el fin de la aventura, le dijo suspirando de una manera bastante

hipócrita:

—¡Cuánto me he engañado! Cuando supe su matrimonio, creí que el señor

de Chaverny le agradaba realmente.

—¡Ah!, señor Darcy, ¡nunca me ha conocido usted!

El tono de su voz decía claramente: Siempre le he amado y usted no ha

querido darse cuenta. La pobre mujer creía en este momento, con la

mejor fe del mundo, que había siempre amado a Darcy, durante los seis

años transcurridos, con tanto amor como sentía por él en este momento.

—¡Y usted! —exclamó Darcy animándose—, usted señora, ¿me ha conocido

alguna vez? ¿Ha sabido usted cuáles eran mis sentimientos? ¡Ah!, si me

hubiese usted conocido mejor, ahora seríamos sin duda felices uno y

otro.

—¡Qué desdichada soy! —repitió Julia con llanto redoblado y apretándole

la mano con fuerza.

—Pero aun cuando me hubiese usted comprendido, señora —continuó Darcy

con la expresión de melancolía irónica que le era habitual—, ¿de qué

hubiese servido? Yo carecía de fortuna; la de usted era considerable.

Su madre me hubiese rechazado con desdén. Estaba de antemano condenado.

Usted misma, sí, usted, Julia, antes que una fatal experiencia, no le

hubiese mostrado dónde está la verdadera dicha, se hubiese reído de

mi presunción, y un coche reluciente, con una corona de conde en las

portezuelas, hubiese sido entonces, sin duda, el medio más seguro de

agradarle.

—¡Oh, Dios mío! ¡Y también usted! ¿Nadie tendrá compasión de mí?

—¡Perdóneme, mi querida Julia! —exclamó muy conmovido él también—;

perdóneme, se lo suplico. Olvide estos reproches. No, no tengo yo

derecho a hacérselos. Soy más culpable que usted... No he sabido

apreciarla. La he creído débil como las mujeres del mundo en que vivía;

he dudado de su valor, querida Julia, y ¡me veo cruelmente castigado

por ello!

Besaba con ardor sus manos, que ella no retiraba ya; iba a abrazarla

sobre su pecho... pero Julia le rechazó con una viva expresión de

terror y se alejó de él todo lo que podía permitirle el espacio del

coche.

Entonces Darcy, con una voz cuya misma dulzura hacía más patética la

expresión:

—Dispénseme usted, señora, me había olvidado de París. Ahora me acuerdo

que aquí se va al matrimonio, pero que no se ama.

—¡Oh!, sí, yo le amo —murmuró ella sollozando—; y dejó caer su cabeza

sobre el hombro de Darcy.

Darcy la apretó sobre sus brazos con efusión, procurando detener sus

lágrimas con besos. Ella procuró aún sustraerse a su abrazo, pero este

esfuerzo fue el último que intentó.

Doble error · 第 20 / 26 题