Después de la comida, como hacía una tarde hermosa y el tiempo era
caluroso, se reunieron en el jardín, alrededor de una mesa rústica,
para tomar café.
Châteaufort había notado con despecho creciente las atenciones de
Darcy para la señora de Chaverny. Según iba observando el interés que
ella parecía tener en la conversación del recién llegado, era menos
amable, y los celos no producían otro efecto que quitarle sus medios
de agradar. Se paseaba sobre la terraza donde estaban sentados, y,
según costumbre de las personas inquietas, no podía permanecer en un
sitio, mirando a menudo las gruesas nubes negras que se formaban en el
horizonte y anunciaban una tempestad, y con más frecuencia a su rival,
que hablaba en voz baja con Julia. Tan pronto la veía sonreír, tan
pronto se ponía seria o bajaba tímidamente la vista; en fin, veía que
Darcy no podía decirle una palabra que no produjese un efecto marcado;
y lo que más le fastidiaba es que las varias expresiones que las
facciones de Julia tomaban, no parecían ser más que la imagen y como el
reflejo de la móvil fisonomía de Darcy. No pudiendo al cabo resistir
esta especie de suplicio, se acercó a ella, e inclinándose sobre el
respaldo de su silla, mientras Darcy daba a alguien noticia sobre la
barba del sultán Mahmud:
—Señora —le dijo con acento amargo—, el señor Darcy parece ser un
hombre muy amable.
—¡Oh, sí! —respondió la señora de Chaverny con expresión entusiasta,
que no pudo reprimir.
—Ya se ve —continuó Châteaufort—, pues le hace olvidar a sus antiguos
amigos.
—¡Mis antiguos amigos! —dijo Julia con acento un poco severo—. No sé lo
que quiere usted decir.
Y le volvió la espalda. Después, tomando una punta del pañuelo que la
señora Lambert tenía en la mano:
—¡De qué buen gusto es el bordado de este pañuelo! —dijo—. Es una labor
maravillosa.
—¿Le gusta a usted, querida? Es un regalo de Darcy, que me ha traído
no sé cuántos pañuelos bordados de Constantinopla. A propósito, ¿es su
turca la que los ha bordado?
—¡Mi turca! ¿Qué turca?
—Sí, esa bella sultana a quien ha salvado usted la vida, que le
llamaba... ¡Oh!, lo sabemos todo... Que le llamaba... su... salvador,
en fin. Usted sabrá cómo se dice en turco.
—¿Es posible —exclamó él— que la fama de mi desdichada aventura haya
llegado ya a París?
—Pero si no es una aventura desdichada, como no sea acaso para el
Mamamuchi que perdió su favorita.
—¡Ay! —respondió Darcy—, veo bien que usted solo sabe la mitad de la
historia, pues es una aventura tan triste para mí como lo fue para don
Quijote la de los molinos de viento. Después de haber dado tanto que
reír a los francos, ¿tengo aún que sufrir las burlas de París por la
única acción de caballero andante que he acometido?
—¡Cómo! No sabemos nada. ¡Cuéntenoslo usted! —exclamaron todas las
damas al unísono.
—Debería —dijo Darcy— dejarles con el relato que ya conocen ustedes y
reservarme la continuación, cuyo recuerdo no tiene nada de agradable
para mí; pero un amigo mío —le pido a usted permiso para presentárselo,
señora Lambert—, sir John Tyrrel, un amigo mío, actor también en
esta escena trágico-cómica, vendrá pronto a París, y acaso se diese
el gusto de otorgarme en su relato un papel aun más ridículo del que
he desempeñado. He aquí el hecho. Esta desdichada mujer, una vez
instalada en el consulado de Francia...
—¡Oh, pero comience usted por el principio! —exclamó la señora Lambert.
—Pero si ya lo saben ustedes.
—No sabemos nada, y queremos que nos cuente usted toda la historia de
punta a punta.
—¡Pues bien! Sepan ustedes que yo me encontraba en Lárnaca en 18... Un
día salí de la ciudad para dibujar. Conmigo iba un joven inglés, muy
simpático, buen muchacho, hombre corrido, llamado sir John Tyrrel, uno
de esos individuos inestimables cuando se viaja, porque piensan en la
comida, no olvidan las provisiones y están siempre de buen humor. Por
lo demás, viajaba sin objeto fijo, y no sabía ni geología ni botánica,
ciencias muy fastidiosas en un compañero de viaje.
»Yo me había sentado a la sombra de una casucha, a unos doscientos
pasos del mar, que en aquel sitio está dominado por rocas a pico.
Estaba muy ocupado en dibujar los restos de un sarcófago antiguo,
mientras sir John, tumbado en la hierba, se burlaba de mi desdichada
pasión por las bellas artes, fumando delicioso tabaco de Latakié.
A nuestro lado, un truchimán turco, que habíamos tomado a nuestro
servicio, nos hacía café. Sabía hacer el café de un modo admirable, y
era el más cobarde de los turcos que he conocido.
»De repente, sir John exclamó con alegría:
»—Mire usted esas gentes que bajan del monte con nieve: les
compraremos para hacer un sorbete con naranjas.
»Levanté la vista, y vi venir hacia nosotros un asno, sobre el cual iba
atravesado un grueso bulto; dos esclavos lo sostenían por cada lado.
Delante, un asnero conducía el asno, y detrás, un turco venerable, de
barba blanca, cerraba la marcha montado en un caballo bastante bueno.
»Nuestro turco, sin dejar de atizar el fuego, echó una mirada de
soslayo sobre la carga del asno, y nos dijo con sonrisa singular:
»—No es nieve.
»Y siguió ocupándose de nuestro café con su flema habitual.
»—¿Qué es, pues? —preguntó Tyrrel—. ¿Es algo de comer?
»—Para «los peces» —respondió el turco.
»En este instante, el hombre a caballo partió a galope, y, dirigiéndose
hacia el mar, pasó a nuestro lado, no sin dirigimos una de esas
miradas despectivas con que los musulmanes gustan de obsequiar a
los cristianos. Metió su caballo hasta las rocas a pico a que me he
referido, y lo paró junto al sitio más escarpado.
»Entonces examinamos nosotros con más atención el bulto que llevaba
el asno, y nos chocó la forma extraña del saco. En seguida acudieron
a nuestra memoria todas las historias de mujeres ahogadas por maridos
celosos, y nos comunicamos nuestras impresiones.
»—Pregunta a esos granujas —dijo sir John a nuestro turco— si es una
mujer lo que llevan ahí.
»El turco abrió los ojos con espanto, pero no la boca. Estaba claro que
juzgaba nuestra pregunta demasiado impertinente.
»En este momento, llegado ya el saco cerca de nosotros, le vimos
claramente moverse y hasta escuchamos una especie de lamento o gruñido
que de él salía.
»Tyrrel, aunque gastrónomo, es muy caballeresco. Se levantó como un
loco, se precipitó sobre el asnero y le preguntó en inglés, tan turbado
estaba por la cólera, lo que llevaba y lo que pretendía hacer con el
saco. El asnero no se preocupó de responder; pero el saco se agitó
violentamente y escuchamos gritos de mujer, a lo cual los esclavos
se pusieron a dar sobre el saco fuertes golpes con las correas de
que se servían para conducir el asno. Tyrrel estaba decidido a todo.
De un vigoroso y científico puñetazo derribó por tierra al asnero;
después cogió a un esclavo por el cuello; y en esto, el saco, empujado
violentamente en la lucha, cayó con pesadez sobre la hierba.
»Yo había acudido. El otro esclavo se disponía a recoger piedras, el
asnero se levantaba. A pesar de mi aversión a mezclarme en los asuntos
de los demás, me era imposible no ir en socorro de mi compañero. Cogí
un palo que me servía para sostener mi quitasol y lo blandí, amenazando
a los esclavos y al asnero, con el aire más marcial que me era posible.
Todo iba bien, cuando el diablo del turco a caballo, visto ya el mar y
habiéndose vuelto al escándalo que hacíamos, partió como una exhalación
y cayó sobre nosotros antes de que lo hubiésemos pensado; llevaba en la
mano una especie de mal cuchillo...
»—¿Un ataghán? —preguntó Châteaufort, que gustaba del color local.
»—Un ataghán —prosiguió Darcy con una sonrisa de aprobación—. Pasó
cerca de mí, y me dio en la cabeza una cuchillada con este ataghán,
que me hizo ver treinta y seis... «bujías», como tan elegantemente
decía mi amigo el marqués de Roseville. Yo le respondí, sin embargo,
dándole un palo en los riñones, y me puse a hacer el molinete como
mejor pude, golpeando a asnero, esclavos, caballo y turco, más furioso
ya que el mismo Tyrrel. El asunto hubiese, sin embargo, terminado
mal para nosotros. Nuestro truchimán se mantenía neutral, y nosotros
no podíamos defendemos mucho tiempo con un palo, de tres hombres de
infantería, uno de caballería y un ataghán. Por fortuna, sir John se
acordó de un par de pistolas que habíamos sacado. Las cogió y me arrojó
una, y con la otra apuntó en seguida al jinete que nos daba tanta
guerra. La aparición de estas armas y el ligero chasquido del gatillo
de la pistola, produjeron un efecto mágico en nuestros enemigos, que
se pusieron vergonzosamente en fuga, dejándonos dueños del campo de
batalla, del saco y hasta del asno. A pesar de toda nuestra cólera, no
habíamos hecho fuego, y fue suerte, pues no se mata impunemente a un
buen musulmán y cuesta caro darle una paliza.
»Una vez que me hube secado un poco, nuestro primer cuidado fue, como
pueden ustedes imaginárselo, acudir al saco y abrirlo. Nos encontramos
con una mujer bastante bonita, un poco gorda, de hermoso pelo negro,
y, por todo vestido, con una camisa de lana azul, un poco menos
transparente que el chal de la señora de Chaverny.
»Esta mujer salió inmediatamente del saco, y no muy turbada en
apariencia, nos dirigió un discurso, muy patético sin duda, pero del
cual no comprendimos una palabra; después me besó la mano. Es la única
vez, señoras, que una dama me ha hecho este honor.
»Mientras, habíamos recobrado nuestra sangre fría. Veíamos a nuestro
truchimán arrancarse la barba como un desesperado. Yo me arreglé la
cabeza como mejor pude con mi pañuelo. Tyrrel decía:
»—¿Qué haremos con esta mujer? Si nos quedamos aquí, volverá el marido
con refuerzos y nos aplastará; si volvemos a Lárnaca con ella en esta
forma, el populacho nos lapidará infaliblemente.
»Tyrrel, confundido con todas estas reflexiones y recobrada ya su flema
británica, exclamó:
»—¡Qué demonio de idea ha tenido usted de venir a dibujar hoy!
»Su exclamación me hizo reír, y la mujer, que no había comprendido
nada, se puso a reír también.
»Fue preciso, sin embargo, tomar una resolución. Se me ocurrió que lo
mejor sería ponemos todos bajo la protección del cónsul de Francia;
pero lo más difícil era entrar en Lárnaca. El día declinaba, y fue
una circunstancia favorable para nosotros. Nuestro turco nos hizo dar
un gran rodeo, y gracias a la noche y a esta precaución, llegamos sin
tropiezo a la casa del cónsul, que está fuera de la ciudad. Se me ha
olvidado decirles, que habíamos arreglado a la turca una indumentaria,
casi decorosa, con el saco y el turbante de nuestro intérprete.
»El cónsul nos recibió muy mal; nos dijo que éramos unos locos; que
era preciso respetar los usos y costumbres de los países en que se
viaja; que era preciso no poner el dedo entre el árbol y la corteza...
En resumen, nos echó una buena reprimenda, y tenía razón, pues lo que
habíamos hecho era suficiente para ocasionar un motín violento y una
degollina de todos los francos de la isla de Chipre.
»Su mujer fue más humana; había leído muchas novelas y encontraba
muy generosa nuestra conducta. De hecho, nos habíamos conducido como
héroes de novela. Esta excelente señora era muy devota, y pensó que
convertiría fácilmente a la infiel que le habíamos llevado; que esta
conversión sería mencionada en el «Monitor», y que su marido sería
nombrado cónsul general. En su cabeza quedó instantáneamente dibujado
este plan. Besó a la mujer turca, le dio un traje, reprochó al señor
cónsul su crueldad y mandó llamar al bajá para arreglar el asunto.
»El bajá vino furioso. El marido de la salvada era un personaje, y
estaba echando chispas. Era una ignominia que unos perros de cristianos
impidiesen que un hombre como él arrojase su esclava al mar. El cónsul
pasó sus apuros; habló del rey su amo, y más aún de una fragata de
sesenta cañones que acababa de aparecer en aguas de Lárnaca. Pero el
argumento de más efecto fue la proposición que hizo en nuestro nombre
de pagar la esclava a justo precio.
»¡Ay! ¡Si ustedes supiesen lo que es el justo precio de un turco!
Hubo que pagar al marido, pagar al bajá, pagar al asnero a quien
Tyrrel había roto dos dientes; pagar por el escándalo, pagar por todo.
¡Cuántas veces exclamó Tyrrel dolorosamente!:
»—¡Por qué diablos ir a dibujar a orillas del mar!».
—¡Qué aventura, pobre Darcy! —exclamó la señora Lambert—. ¿Allí es, sin
duda, donde ha recibido usted esa terrible cicatriz? Levántese usted
el pelo, haga usted el favor. ¡Es un milagro que no le hayan rajado la
cabeza!
Julia, durante todo este relato, no había apartado la vista de la
frente del narrador; por fin preguntó con voz tímida:
—¿Y qué fue de la mujer?
—Es justamente la parte de la historia que no me gusta contar. La
continuación es tan triste para mí, que a la hora presente todavía se
burlan de nuestra aventura caballeresca.
—¿Era bonita la mujer? —preguntó la señora de Chaverny, ruborizándose
un poco.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó la señora Lambert.
—Se llamaba Emineh.
—¿Bonita?...
—Sí, era bastante bonita; pero demasiado gorda y demasiada pintada,
según el uso de su país. Es preciso mucha costumbre para apreciar los
encantos de una belleza turca. Emineh fue, pues, instalada en casa del
cónsul. Era mingreliana, y dijo a la señora C***, la mujer del cónsul,
que era hija de un príncipe. En aquel país, todo granuja que manda a
otros diez granujas es un príncipe. Se le trató, pues, como a princesa;
comía en la mesa, comía como cuatro, y cuando se le hablaba de religión
solía dormirse. Esto duró algún tiempo. Por fin se fijó día para el
bautismo. La señora C*** se designó para madrina, y quiso que yo fuese
padrino con ella. ¡Bombones, regalos y lo demás!... Estaba escrito
que esta desgraciada Emineh me arruinaría. La señora C*** decía que
Emineh me quería más que a Tyrrel, porque al darme el café siempre me
lo derramaba encima. Yo me preparaba para el bautismo con compunción
verdaderamente evangélica, cuando la víspera de la ceremonia la bella
Emineh desapareció. ¿Habré de decírselo todo a ustedes? El cónsul
tenía de cocinero a un mingreliano que ciertamente era un granuja, pero
que hacía admirablemente el «pilaf». Este mingreliano había agradado a
Emineh, que tenía, sin duda, un patriotismo a su manera. La raptó, y al
mismo tiempo le llevó a la señora una cantidad bastante considerable,
que jamás volvió a recuperar. El asunto costó al cónsul su dinero, a
su mujer el ajuar que había dado a Emineh y a mí los bombones, sin
contar los golpes que había recibido. Lo peor es que me hicieron
responsable en cierta manera de la aventura. Pretendían que era yo
quien había libertado a aquella maldita mujer, a la que yo hubiese
querido ver en el fondo del mar, y que había traído tantas desgracias
sobre mis amigos. Tyrrel supo escurrir el bulto. Fue considerado como
una víctima, siendo él solo la causa de todo el lío, y yo quedé con
reputación de Quijote y la cicatriz que ustedes ven, que perjudica
mucho a mis éxitos.
Contada la historia, volvieron al salón. Darcy charló algún tiempo con
la señora de Chaverny, y fue después obligado a abandonarla para que le
presentasen a un joven muy sabio en economía política, que estudiaba
para ser diputado y deseaba tener informes estadísticos sobre el
Imperio otomano.
X
Julia, después que Darcy la hubo abandonado, miraba con frecuencia al
reloj. Escuchaba a Châteaufort distraídamente, y sus ojos buscaban
sin querer a Darcy, que charlaba en el otro extremo del salón.
Algunas veces él la miraba sin dejar de hablar con el joven de las
estadísticas, y ella no podía soportar su mirada penetrante, aunque
tranquila. Sentía que había adquirido un imperio extraordinario sobre
ella, y no pensaba sustraerse a él.
Por fin pidió el coche, y ya sea intencionadamente, ya por
preocupación, lo pidió mirando a Darcy con una mirada que quería decir:
«Ha perdido usted una media hora que hubiéramos podido pasar juntos».
Darcy continuaba hablando, pero parecía muy fatigado y aburrido del
interrogatorio, que no llevaba camino de acabar. Julia se levantó
lentamente, estrechó la mano de la señora Lambert y se dirigió hacia la
puerta del salón, sorprendida y casi picada, de ver a Darcy continuar
en el mismo sitio. Châteaufort estaba cerca de ella y le ofreció su
brazo, que ella tomó sin escucharle y casi sin darse cuenta de su
presencia.
Atravesó el vestíbulo, acompañada de la señora Lambert y de algunas
personas que la acompañaron hasta el coche. Darcy se había quedado en
el salón. Cuando se hubo sentado en el coche, Châteaufort le preguntó
sonriendo si no tendría miedo de verse sola de noche por los caminos,
añadiendo que iba a seguirla de cerca en su tilbury en cuanto el
comandante Perrin hubiese acabado su partida de billar. Julia, que se
hallaba completamente ensimismada, se despertó al sonido de su voz,
pero no había comprendido nada. Hizo lo que toda mujer hubiese hecho
en caso semejante: sonrió. Después, con un movimiento de cabeza, dijo
adiós a las personas reunidas en la escalinata, y sus caballos la
arrastraron rápidos.
Pero precisamente al arrancar el coche, había visto a Darcy salir del
salón, pálido, con aire triste y los ojos fijos en ella, como si le
pidiese una despedida especial. Partió con el sentimiento de no haberle
podido dirigir un movimiento de cabeza para él solo, y hasta pensó
que se habría molestado por ello. Ya se le había ido de la memoria
que había dejado a otros el cuidado de conducirla al coche; ahora las
culpas estaban de su parte, y se las reprochaba como un gran crimen. El
sentimiento que había experimentado por Darcy algunos años antes era
mucho menos vivo que el que ahora abrigaba. Era que no solo los años
habían dado fuerza a sus impresiones, sino que las acrecentaba además
toda la cólera acumulada contra su marido. Acaso también la especie de
capricho que había sentido por Châteaufort, desde luego completamente
olvidado en este momento, la había preparado a abandonarse sin
excesivos remordimientos a la pasión mucho más viva que experimentaba
por Darcy.
En cuanto a él, sus pensamientos eran de una naturaleza mucho más
tranquila. Había encontrado con gusto una mujer bonita que le traía
recuerdos felices, y cuya amistad le sería seguramente agradable para
el invierno que iba a pasar en París. Pero una vez que no la tenía
ya delante, solo le quedaba el recuerdo de algunas horas pasadas
alegremente, recuerdo cuya dulzura era, por otra parte, contrarrestada
por la perspectiva de acostarse tarde y de recorrer cuatro leguas
para hallar su lecho. Dejémosle abandonado a estas ideas prosaicas,
envolverse cuidadosamente en su capa y acomodarse a gusto y de lado en
su cupé de alquiler, errando en sus pensamientos del salón de la señora
de Lambert a Constantinopla, de Constantinopla a Corfú y de Corfú a un
sueño ligero.
Querido lector: seguiremos, si gustas, a la señora de Chaverny.