Julia pasó una noche muy agitada. La conducta de su marido en la Ópera
colmaba todas sus culpas y parecía exigirle una reparación inmediata.
Al día siguiente tendría una explicación con él y le expresaría su
propósito de no seguir viviendo bajo el mismo techo con un hombre que
la había comprometido de una manera tan cruel. Pero esta explicación
le aterraba. Nunca había tenido una conversación seria con su marido.
Hasta entonces había expresado sus disgustos solo poniendo mala cara,
sin que Chaverny le diese la menor importancia, pues como dejaba a su
mujer en completa libertad, nunca se le hubiese ocurrido creer que
su mujer pudiese negarle una indulgencia que, en caso necesario, él
estaba dispuesto a concederle. Temía, sobre todo, llorar en medio de
esta explicación, y que Chaverny atribuyese estas lágrimas al amor
herido. Y entonces sentía vivamente la ausencia de su madre, que
hubiera podido darle un buen consejo o encargarse de pronunciar la
sentencia de separación. Todas estas reflexiones la sumieron en una
gran incertidumbre, y cuando se durmió, había tomado la resolución de
consultar a una de sus amigas, que la había conocido siendo ella muy
joven, y confiarse a su prudencia para la conducta que debía seguir con
Chaverny.
Mientras se abandonaba a su indignación, no había podido menos de hacer
involuntariamente un paralelo entre su marido y Châteaufort. La enorme
inconveniencia del primero hacía resaltar la delicadeza del segundo, y
reconocía con cierto placer, pero no sin reprochárselo, que el amante
se había cuidado más de su reputación que el marido. Esta comparación
moral la arrastraba sin querer a observar la elegancia de modales
de Châteaufort y el aspecto medianamente distinguido de Chaverny.
Veía a su marido, con su vientre un poco prominente, deshaciéndose
en cumplidos pesados con la querida del duque de H***, mientras
Châteaufort, más respetuoso aún que de ordinario, parecía procurar
retener en torno a ella la consideración que su marido podía hacerle
perder. En fin, como sin querer nuestros pensamientos nos arrastran
lejos, imaginose más de una vez que podía quedarse viuda, y que
entonces, joven y rica, nada se opondría a que coronase legítimamente
el amor constante del joven jefe de escuadrón. Un ensayo desdichado no
significaba nada contra el matrimonio, y si el afecto de Châteaufort
era verdadero... Pero entonces ahuyentaba estos pensamientos, que la
hacían ruborizarse, y se proponía ser más reservada que nunca en sus
relaciones con él.
Se despertó con mucho dolor de cabeza, y más lejana aún que la víspera
de una explicación decisiva. No quiso bajar a almorzar, temerosa de
encontrarse con su marido; mandó que le llevasen té a su cuarto y pidió
el coche para ir a casa de la señora Lambert, la amiga a quien quería
consultar. Esta dama se encontraba entonces en el campo, en P...
Mientras almorzaba abrió un periódico. El primer artículo que apareció
a su vista decía así:
«El señor Darcy, primer secretario de la Embajada de Francia en
Constantinopla, ha llegado anteayer a París con despachos. Este joven
diplomático ha tenido, inmediatamente después de su llegada, una
larga conferencia con el ministro de Negocios Extranjeros».
—¡Darcy en París! —exclamó—. Me gustaría verlo. ¿Se habrá puesto muy
estirado? ¡Este joven diplomático! ¡Darcy, joven diplomático!
Y no pudo menos de reírse solo de estas palabras: «Joven diplomático».
Este Darcy acudía en otro tiempo con mucha asiduidad a las reuniones de
la señora de Lussan; entonces era agregado al ministerio de Negocios
Extranjeros. Había abandonado París poco tiempo antes del matrimonio
de Julia, y después no le había vuelto a ver. Sabía solo que había
viajado mucho y que había obtenido rápidos ascensos.
Tenía aún el periódico en la mano cuando entró su marido. Parecía de
muy buen humor. A su aparición, ella se levantó para salir; mas como
hubiese sido preciso pasar muy cerca de él para entrar en su tocador,
permaneció de pie en el mismo sitio, pero tan agitada que su mano,
apoyada en la mesa de té, hacía temblar distintamente el servicio de
porcelana.
—Querida —dijo Chaverny—, vengo a despedirme por algunos días. Voy a
cazar a las posesiones del duque de H***. Tengo que decirte que está
encantado de tu amabilidad de ayer noche. Mi asunto marcha bien, y me
ha prometido recomendarme al rey con el mayor interés.
Mientras le escuchaba, Julia palidecía y se ruborizaba alternativamente.
—El duque de H*** te debe eso... y mucho más —dijo con voz temblorosa—.
No puede hacer menos por uno que compromete a su mujer del modo más
escandaloso con las queridas de su protector.
Después, haciendo un esfuerzo desesperado, atravesó la habitación con
paso majestuoso y entró en su tocador, cuya puerta cerró con violencia.
Chaverny se quedó un momento con la cabeza baja y el aire confuso.
—¿De dónde diablo sabe ella esto? —pensó—. ¿Qué importa, después de
todo? Lo hecho, hecho.
Y como no era costumbre suya detenerse mucho tiempo en una idea
desagradable, hizo una pirueta, cogió un pedazo de azúcar del
azucarero y gritó con la boca llena a la doncella, que entraba:
—Diga a mi mujer que pasaré tres o cuatro días con el duque H*** y que
le mandaré caza.
Salió, no pensando más que en los faisanes y los ciervos que iba a
matar.