Varias personas invitadas a la comida de la señora de Chaverny se
habían excusado, y esto hizo la comida un poco triste. Châteaufort
estaba al lado de Julia, muy afanoso en servirla, galante y amable
como de costumbre. En cuanto a Chaverny, que se había dado un largo
paseo a caballo, tenía un apetito prodigioso. Su voracidad era capaz
de estimular las ganas de los más enfermos. El comandante Perrin le
hacía compañía, escanciándole a menudo y riendo a grandes carcajadas,
cuantas veces la soez alegría del anfitrión le daba pie para ello.
Chaverny, sintiéndose entre militares, había recobrado en seguida su
buen humor y sus modales del regimiento; por lo demás, no había sido
nunca de los más delicados en la elección de sus bromas. Su mujer
adoptaba un aire fríamente desdeñoso a cada salida impertinente; en tal
circunstancia, se volvía del lado de Châteaufort y entablaba un aparte
con él, aparentando no escuchar una conversación que le desagradaba
soberanamente.
He aquí una muestra de la urbanidad de este modelo de esposos. Hacia el
final de la comida, habiendo recaído la conversación sobre la ópera,
discutíase el mérito relativo de varias bailarinas, y, entre otras,
elogiábase mucho a la ***. Con tal motivo, Châteaufort excedió a los
demás en sus elogios, alabando sobre todo su gracia, su aire y sus
modales honestos.
Perrin, a quien Châteaufort había conducido a la Ópera algunos días
antes, y solo esta vez había ido, se acordaba muy bien de la ***.
—¿Es aquella pequeña, vestida de rosa, que salta como un cabrito, que
tiene las piernas de que usted habla tanto, Châteaufort?
—¡Ah! ¿Hablaba usted de sus piernas? —exclamó Chaverny—. ¡Pero no sabe
usted que si habla demasiado de ellas, regañará con su general, el
duque de J***! ¡Cuidado, compañero!
—No le creo tan celoso que prohíba mirarlas a través de unos gemelos.
—Al contrario; está tan orgulloso de ella, como si las hubiese
descubierto. ¿Qué dice usted, comandante Perrin?
—No soy competente más que en piernas de caballo —respondió
modestamente el viejo soldado.
—Son verdaderamente admirables —prosiguió Chaverny—, y no las hay más
hermosas en París, excepto las...
Se detuvo y se puso a retorcerse el bigote con aire burlón, mirando a
su mujer, que enrojeció hasta los hombros.
—¿Excepto las de la D***? —interrumpió Châteaufort, citando a otra
bailarina.
—No —respondió Chaverny, con el tono trágico de Hamlet—. «Pero mira a
mi mujer.»
Julia se puso púrpura de indignación. Lanzó a su marido una mirada
rápida como el relámpago, pero en la que se pintaban el desprecio y
el furor. Después, esforzándose por contenerse, se volvió bruscamente
hacia Châteaufort.
—Es preciso —dijo con voz ligeramente temblorosa— que estudiemos el dúo
de «Maometto». Debe resultar muy bien con la voz de usted.
Chaverny no cambiaba de tema fácilmente.
—Châteaufort, ¿no sabe usted que he querido sacar un molde de las
piernas de que hablo? Pero no han querido permitírmelo.
Châteaufort, que experimentaba una alegría muy viva con esta
impertinente revelación, aparentó no haber oído y habló de «Maometto»
con la señora.
—La persona a quien aludo —continuó el implacable marido— se
escandalizaba de ordinario cuando le hacía justicia en este punto; pero
en el fondo no le disgustaba. ¿No sabe usted que se hace tomar medida
por el que le vende las medias?... No te disgustes, mujer; «la que le
vende las medias». Cuando estuvo en Bruselas, me llevé tres páginas de
letra suya con las más detalladas instrucciones para compra de medias.
Pero era inútil que hablase; Julia estaba decidida a no escuchar
una palabra. Charlaba con Châteaufort y le hablaba con una alegría
afectada, y su sonrisa graciosa quería persuadirle de que solo a él
escuchaba. Châteaufort, por su parte, parecía completamente absorto en
el «Maometto»; pero no se le escapaba ninguna de las impertinencias de
Chaverny.
Después de la comida se tocó música, y la señora de Chaverny cantó al
piano con Châteaufort. Chaverny se eclipsó en cuanto se abrió el piano.
Llegaron varias visitas; pero esto no impidió que Châteaufort hablase
muy a menudo en voz baja con Julia. Al salir declaró a Perrin que no
había perdido la noche, y que sus asuntos iban viento en popa.
Perrin, encontraba muy sencillo que un marido hablase de las piernas de
su mujer; y cuando se quedó solo en la calle con Châteaufort, le dijo
con un tono convencido:
—¿Cómo se atreve usted a perturbar un matrimonio tan bien avenido?
¡Usted sabe lo que quiere a su mujer!
V
Desde hacía un mes, Chaverny, estaba muy preocupado con la idea de
llegar a ser gentilhombre de cámara.
Parecerá acaso extraño que un hombre gordo, perezoso, amigo de la
comodidad, fuese accesible a un pensamiento ambicioso; pero no carecía
de buenas razones para justificarlo.
—Ante todo —decía a sus amigos—, yo gasto mucho dinero en palcos, que
doy a mujeres. Cuando tenga un cargo en la corte, tendré, sin que me
cueste un céntimo, tantos palcos como quiera. Y ya se sabe todo lo
que se consigue con palcos. Además, me gusta mucho cazar; tendré a mi
disposición los cazaderos reales. Por último, ahora que no tengo ya
uniforme, no sé cómo vestirme para ir a los bailes de Madama; no me
gustan los trajes de marqués; un traje de gentilhombre de cámara me
sentará muy bien.
Por consiguiente, se había puesto a solicitarlo. Hubiese querido que su
mujer solicitase también; pero ella se había negado con obstinación,
por más que tuviese varias amigas muy influyentes. Por haberle hecho
algunos pequeños favores, confiaba mucho en el crédito del duque
de H***, que era entonces muy bien visto en la corte. Su amigo
Châteaufort, que tenía también muy buenos conocimientos, le servía con
un celo y un interés que encontraréis acaso si estáis casados con una
mujer bonita.
Una circunstancia favoreció mucho el asunto de Chaverny, aunque pudo
tener para él consecuencias bastante funestas. Su mujer se había
procurado, no sin algún trabajo, un palco de la Ópera cierto día de
primera representación. Este palco tenía seis asientos. Chaverny,
por excepción, y después de vivas instancias, había consentido en
acompañarla. Era que Julia quería ofrecer un asiento a Châteaufort y,
sintiendo que no podía ir sola con él a la Ópera, había obligado a su
marido a venir a esta función.
Inmediatamente, después del primer acto, Chaverny salió, dejando a
su mujer sola con su amigo. Ambos guardaron al principio silencio
con aire un poco cohibido: Julia, porque desde hacía algún tiempo se
sentía turbada cuando se hallaba a solas con Châteaufort; este, porque
tenía sus proyectos y había encontrado conveniente aparecer conmovido.
Al echar a hurtadillas una ojeada por la sala, vio con placer varios
gemelos conocidos dirigidos hacia su palco. Experimentaba una viva
satisfacción en pensar que, varios amigos suyos envidiaban su felicidad
y, según toda apariencia, la suponían más grande de lo que en realidad
era.
Julia, después de haber olido su pomo y su ramillete varias veces,
habló del calor, del espectáculo, de los trajes. Châteaufort escuchaba
distraído, suspiraba, se agitaba en su asiento, miraba a Julia y volvía
a suspirar. Julia comenzaba a inquietarse; de repente él exclamó:
—¡Cómo quisiera vivir en los tiempos de la caballería!
—¡Los tiempos de la caballería! ¿Por qué? —preguntó Julia—. ¿Sin duda
porque un traje de la Edad Media le sentaría a usted bien?
—Muy fatuo me supone usted —dijo él con tono de amargura y de
tristeza—. Me gustan esos tiempos porque un hombre que tenía corazón
podía aspirar a... muchas cosas... En definitiva no se trataba más que
de hendir un gigante para agradar a una dama. Mire usted: ¿ve ese gran
coloso en la galería? Yo quisiera que usted me ordenase ir a pedirle el
bigote, para darme en seguida permiso de decirle a usted dos palabritas
sin que se disgustase.
—¡Qué locura! —exclamó Julia, ruborizándose hasta el blanco de los
ojos, pues adivinaba estas dos palabritas—. Pero vea usted a la señora
de Sainte-Hermine, descotada a su edad y con traje de baile.
—Yo no veo más que una cosa: que usted no quiere escucharme, y hace
mucho tiempo que lo advierto... Usted lo quiere, me callo; pero...
—añadió muy bajo y suspirando—, usted me ha comprendido.
—No, ciertamente —dijo Julia con tono seco—. Pero ¿dónde está mi marido?
Una visita muy oportuna la sacó de apuro. Châteaufort no despegó
los labios. Estaba pálido, y parecía profundamente afectado. Cuando
salió el visitante, hizo algunas observaciones indiferentes sobre el
espectáculo. Había entre ellos largos intervalos de silencio.
Iba a comenzar el segundo acto, cuando se abrió la puerta del palco y
apareció Chaverny, acompañando a usa mujer muy bonita y muy compuesta,
tocada con magníficas plumas rosa. El duque de H*** la seguía.
—Querida amiga —dijo a su mujer—, he encontrado al señor duque y a la
señora en un palco detestable de al lado, desde el cual no pueden verse
las decoraciones. Se han servido tomar un asiento en el nuestro.
Julia se inclinó fríamente; el duque de H*** le desagradaba. El duque
y la dama de las plumas rosas, se confundían en excusas y temían
molestarla. Hubo un movimiento y un pugilato de generosidad para
colocarse. Durante el desorden que se originó, Châteaufort inclinose al
oído de Julia, y le dijo muy bajo y muy de prisa:
—Por amor de Dios, no se coloque usted delante.
Julia se extrañó mucho y permaneció en su puesto. Ya todos sentados,
se volvió hacia Châteaufort, y le pidió con una mirada algo severa
explicación de este enigma. Estaba sentado, con el cuello rígido y
los labios apretados, y toda su actitud, anunciaba que sufría una
enorme contrariedad. Reflexionando, Julia interpretó bastante mal la
recomendación de Châteaufort. Pensó que quería hablarle bajo durante
la representación y continuar sus singulares discursos, cosa imposible
si se ponía delante. Al mirar hacia la sala notó que varias mujeres
dirigían sus gemelos hacia el palco; pero siempre ocurre lo mismo
cuando aparece una figura nueva. Hablaban en secreto y sonreían; pero
¿qué había en ello de particular? ¡La Ópera es una aldea tan pequeña!
La dama desconocida se inclinó hacia el ramillete de Julia, y dijo con
sonrisa encantadora:
—¡Tiene usted un magnífico ramillete, señora! Me parece que ha debido
costar mucho en esta estación: por lo menos, diez francos. Pero, ¿se lo
han dado a usted, es un regalo, sin duda? Las damas no compran nunca
sus ramilletes.
Julia abría los ojos, y no sabía qué especie de provinciana tenía
delante.
—Duque —dijo la dama con aire lánguido—, usted no me ha dado un
ramillete.
Chaverny se precipitó inmediatamente hacia la puerta. El duque quería
detenerlo y la señora también. No tenía ya ganas de ramillete. Julia
cambió una mirada con Châteaufort, como queriéndole decir:
—Le doy las gracias, pero es demasiado tarde.
No había, sin embargo, adivinado por completo.
Durante toda la representación, la dama de las plumas, tocaba con
los dedos con medida falsa y hablaba de música a tontas y a locas.
Interrogaba a Julia sobre el precio de su traje, de sus joyas, de
sus caballos. Julia no había visto modales semejantes. Dedujo que la
desconocida debía de ser una parienta del duque, recién llegada de la
baja Bretaña. Cuando volvió Chaverny, con un enorme ramillete, mucho
más hermoso que el de su mujer, hubo una gran admiración, con gracias y
excusas interminables.
—Señor de Chaverny, yo no soy ingrata —dijo la supuesta provinciana,
después de una larga retahíla—; para probárselo, «hágame usted pensar
en prometerle alguna cosa», como dice Potier. De verdad, le bordaré una
bolsa cuando acabe la que he prometido al duque.
Por fin terminó la ópera, con gran satisfacción de Julia, que se sentía
violenta al lado de su singular vecina. El duque le ofreció el brazo;
Chaverny tomó el de la otra dama. Châteaufort, con aire sombrío y
contrariado, seguía detrás de Julia, saludando cohibido a las personas
conocidas que encontraba en la escalera.
Algunas mujeres pasaron al lado de ellos. Julia las conocía de vista.
Un joven les habló bajo con risa burlona; en seguida miraron, con aire
de curiosidad muy viva, a Chaverny y a su mujer, y una de ellas exclamó:
—¿Es posible?
Apareció el coche del duque; este saludó a la señora de Chaverny,
repitiéndole las gracias por sus atenciones. Mientras tanto, Chaverny
quería acompañar hasta el coche a la dama desconocida, y Julia y
Châteaufort se quedaron solos un momento.
—¿Quién es esta mujer? —preguntó Julia.
—¡No debo decírselo..., porque la cosa resulta un poco extraordinaria!
—¿Cómo?
—Por lo demás, todas las personas que la conocen a usted sabrán a qué
atenerse. ¡Pero Chaverny!... No lo hubiera creído.
—Pero, bueno, ¿qué es ello? ¡Hable usted, por favor! ¿Quién es esa
mujer?
Chaverny volvía. Châteaufort respondió en voz baja:
—La querida del duque de H***, la señora Melania R***.
—¡Dios mío! —exclamó Julia, mirando a Châteaufort con aire
estupefacto—. ¡Es imposible!
Châteaufort se encogió de hombros, y, al mismo tiempo que la acompañaba
al coche, añadió:
—Eso es lo que decían esas señoras que hemos encontrado en la escalera.
En cuanto a la otra, es una persona aceptable dentro de su género.
Exige cuidados, miramientos... Hasta tiene un marido.
—Querida —dijo Chaverny con tono alegre—, tú no me necesitas para
volver a casa. Buenas noches. Voy a cenar en casa del duque.
Julia no respondió nada.
—Châteaufort —prosiguió Chaverny—, ¿quiere usted venir conmigo a casa
del duque? Está usted invitado, acaba le decírmelo. Se ha fijado en
usted, y le es usted simpático, buena persona.
Châteaufort dio las gracias fríamente, y saludó a la señora de
Chaverny, que mordía el pañuelo con rabia cuando partió su coche.
—Bien, querido —dijo Chaverny—, al menos me llevará usted en su
«cabriolet» hasta la puerta de esta infanta.
—Con mucho gusto —respondió alegremente Châteaufort—; pero, a
propósito, ¿sabe usted que su mujer ha comprendido al fin al lado de
quien estaba?
—Imposible.
—Esté usted seguro; y por parte de usted, no estaba eso bien.
—¡Bah! Ella ha estado muy bien, y además no se la conoce todavía
demasiado. El duque la lleva a todas partes.