Julia partió para P... sintiendo redoblada cólera contra su marido;
pero esta vez era por un motivo bastante ligero. Había cogido para ir
al castillo del duque H*** la carretela nueva, dejando a su mujer otro
coche que, según el cochero, estaba necesitado de reparaciones.
Durante el camino, Julia se aprestaba para contar su aventura a
la señora Lambert. A pesar de su disgusto, no era insensible a la
satisfacción que da a todo narrador una historia bien contada, y se
preparaba a su relato, buscando exordios y comenzando ya de una manera,
ya de otra. Al cabo de estos ejercicios, vino a resultar que vio las
enormidades de su marido en todos sus aspectos, y que su resentimiento
se acrecentó proporcionalmente.
Como todos saben, hay más de cuatro leguas de París a P..., y por
larga que fuese la requisitoria de la señora de Chaverny, concíbese
que es imposible, aun al odio más envenenado, dar vueltas a la misma
idea durante cuatro leguas seguidas. A los sentimientos violentos que
le inspiraban los agravios de su marido, venían a juntarse recuerdos
dulces y melancólicos, por esa extraña facultad del pensamiento humano
que asocia a menudo una imagen sonriente a una sensación penosa.
El aire puro y vivo, el sol espléndido, los rostros tranquilos de
los transeúntes, contribuían también a sacarle de sus reflexiones
rencorosas. Recordó las escenas de su infancia y los días en que iba
a pasearse por el campo con amiguitas de su edad. Veía de nuevo a
sus compañeras del convento; asistía a sus juegos, a sus comidas. Se
explicaba las confidencias misteriosas que había sorprendido a las
mayores, y no podía menos de sonreír, pensando en los cien pequeños
detalles que revelan tan pronto el instinto de coquetería en las
mujeres.
Después se representaba su entrada en sociedad. Bailaba de nuevo en los
bailes más brillantes que había visto en el año que siguió a su salida
del convento. Los otros bailes los había olvidado; pronto se siente
hastío; pero estos bailes le trajeron a la memoria a su marido.
—¡Qué loca estaba! —se dijo—. ¿Cómo no me di cuenta, a primera vista,
de que sería desdichada con él?
Todos los absurdos, todas las tonterías de novio que el pobre Chaverny
le dirigía con tanto aplomo un mes antes de la boda, todo esto se
hallaba anotado, registrado cuidadosamente en su memoria. Al mismo
tiempo, no podía menos de pensar en los numerosos admiradores que su
boda había reducido a la desesperación, y que no habían par eso dejado
de casarse o consolarse de otro modo, pocos meses después.
—¿Habría sido feliz con otro? —se preguntó—. A... es francamente un
tonto; pero no es ofensivo, y Amelia lo gobierna a su antojo. Siempre
se puede vivir con un marido que obedece. B... tiene queridas, y su
mujer es tan bondadosa que se aflige. Pero no tiene más que miramientos
para ella, y... es lo único que yo pediría. El joven conde C..., que
siempre está leyendo libelos políticos y que se prepara con tanto afán
para ser un día un buen diputado, ¿acaso resultaría un buen marido? Sí;
pero todos estos individuos son fastidiosos, feos, tontos...
Pasando así revista a todos los jóvenes que había conocido de soltera,
presentose por segunda vez a su memoria el nombre de Darcy.
Darcy era en otro tiempo, dentro de la sociedad de la señora de Lussan,
un personaje sin trascendencia; es decir, se sabía..., las mamás
sabían, que su fortuna no le permitía pensar en sus hijas. Para ellas,
nada había en él que pudiese trastornar las jóvenes cabecitas. Por lo
demás, tenía reputación de hombre galante. Algo misántropo y cáustico,
se complacía mucho, si se hallaba solo en medio de un círculo de
muchachas, en burlarse de las ridiculeces y pretensiones de los demás
jóvenes. Cuando hablaba bajo con alguna señorita, las madres no se
alarmaban, porque sus hijas reían a carcajadas, y las madres de las que
tenían hermosa dentadura llegaban hasta decir que Darcy era muy amable.
La conformidad de gustos y el temor recíproco de su ingenio maldiciente
habían aproximado a Julia y Darcy. Después de algunas escaramuzas,
habían establecido un tratado de paz, una alianza ofensiva y defensiva;
se respetaban mutuamente y estaban siempre unidos para compartir el
pellejo de sus amistades.
Una noche, suplicaron a Julia que cantase no sé qué trozo. Ella tenía
una hermosa voz y lo sabía. Al acercarse al piano miró, antes de
cantar, a las mujeres con aire un poco orgulloso, como si quisiera
desafiarlas. Pero aconteció que precisamente aquella noche, por
indisposición o por desdichada fatalidad, estaba privada de casi
todos sus recursos. La primera nota que salió de aquella garganta,
ordinariamente tan melodiosa, resultó decididamente falsa. Julia se
azoró, no cantó nada a derechas y equivocó todos los matices. Toda
confusa, pronta a romper a llorar, la pobre Julia abandonó el piano
y, al volver a su sitio, no pudo menos de mirar la alegría maligna
que disimulaban mal sus compañeras, viendo humillado su orgullo. Los
hombres mismos parecían contener con trabajo una sonrisa burlona.
Bajó los ojos de vergüenza y cólera, y estuvo algún tiempo sin osar
levantarlos. Cuando alzó la cabeza, el primer rostro amigo con que
tropezó fue el de Darcy. Estaba pálido, y en sus ojos brillaban
lágrimas. Parecía más conmovido de su fracaso que ella misma.
—¡Me quiere! —pensó—. ¡Me quiere de verdad!
Por la noche no pudo pegar los ojos, y el rostro triste de Darcy,
aparecía siempre a su vista. Durante dos días no pensó más que en él
y en la pasión secreta que debía alimentar por ella. La novela iba
avanzando, cuando la señora de Lussan encontró una tarjeta de Darcy con
estas dos letras: S. D.
—¿Adónde se va el señor Darcy? —preguntó Julia a un joven que le
conocía.
—¿Adónde? ¿No lo sabe usted? A Constantinopla; sale esta noche en la
diligencia.
—¡No me quiere! —pensó ella.
Ocho días después, Darcy había sido olvidado. Por su parte, Darcy, que
era entonces bastante sentimental, estuvo ocho meses sin olvidar a
Julia. Para disculpar a esta, es preciso considerar que Darcy vivía en
medio de los bárbaros, mientras que Julia estaba en París, rodeada de
homenajes y distracciones.
De cualquier modo, seis o siete años después de su separación, Julia en
su coche, por el camino de P..., recordaba la expresión melancólica de
Darcy el día en que cantó tan mal, y, si hay que confesarlo, pensó en
el amor probable que él entonces sentía por ella, y acaso también en
los sentimientos que podría conservar todavía. Todo esto le preocupó
con bastante viveza durante media legua. Después, fue Darcy olvidado
por tercera vez.