»P. S.—Muchas gracias por la música que se ha tomado usted el trabajo
de copiar para mí. Es deliciosa, y tiene usted siempre un gusto
admirable. Ha dejado usted de venir a nuestro jueves, y eso que sabe
usted todo el gusto que tenemos en verle».
—Una bonita escritura, y bien fina —dijo Perrin al acabar—. Pero, ¡vive
Dios!, esa comida me revienta; será preciso ponerse medias de seda, y
nada de fumar después de la comida.
—¡Vaya una desgracia! ¡Preferir la mujer más bonita de París a una
pipa! Lo que me asombra es la gratitud de usted. No me da las gracias
de la felicidad que me debe.
—¡Dar las gracias! No es a usted a quien debo agradecer esa comida, si
es que hay que agradecerla.
—¿A quién, pues?
—A Chaverny, que ha sido capitán con nosotros. Habrá dicho a su mujer:
Invita a Perrin, es un tipo curioso. ¿Cómo quiere usted que una mujer
bonita, a quien no he visto más que una vez, piense en invitar a un
viejo... como yo?
Châteaufort sonrió mirándose en el espejo, muy estrecho, que decoraba
la habitación del comandante.
—No está usted hoy perspicaz, papá Perrin. Vuelva usted a leer esa
carta y encontrará seguramente algo que no ha visto.
El comandante dio vuelta a la carta por uno y otro lado y nada vio.
—¡Cómo, viejo dragón! ¿No ve usted que ella le invita para complacerme,
solo para probarme que le interesan mis amigos... que quiere darme la
prueba... de...?
—¿De qué? —interrumpió Perrin.
—De... usted sabe bien de qué.
—¿De que le ama? —preguntó el comandante con aire de duda.
Châteaufort silbó sin responder.
—¿Está, pues, enamorada de usted?
Châteaufort continuaba silbando.
—¿Se lo ha dicho ella a usted?
—Pero... eso está claro, me parece.
—¿Cómo?... ¿En esta carta?
—Evidente.
A su vez se puso Perrin a silbar. Su silbido fue tan significativo como
el famoso «Lillibulero» de mi tío Toby.
—¡Cómo! —exclamó Châteaufort arrancando la carta de manos de Perrin—,
¿no ve usted todo lo tierno que hay aquí, sí, lo tierno? ¿Qué tiene
usted que decir a esto: «Querido señor»? Tenga usted en cuenta que en
otra carta me escribía: «Señor mío», sencillamente. «Le seré doblemente
agradecida»; esto es positivo. Y note usted que hay una palabra borrada
después, «muchos»; ella quería poner «muchos afectos»; pero no se
ha atrevido; «muchos recuerdos» no era bastante... No ha terminado
la carta... ¡Oh, amigo mío! ¿Pretende usted acaso que una mujer de
buena familia, la señora de Chaverny, vaya a echarse al cuello de un
servidor, como una modistilla? Yo le digo a usted que la carta es
deliciosa y que es preciso ser ciego para no ver la pasión en ella. Y
las quejas del final, porque he faltado un solo jueves, ¿qué me dice
usted?
—¡Pobre mujer! —exclamó el comandante Perrin—; no te encapriches de
este; ¡te arrepentirás pronto!
Châteaufort no hizo caso de la prosopopeya de su amigo, y tomando un
tono de voz bajo e insinuante:
—¿Sabe usted, querido —dijo—, que puede prestarme un gran servicio?
—¿Cómo?
—Es preciso que me ayude usted en este negocio. Sé que su marido está
muy mal con ella. Es un bestia, que la hace desdichada... Usted lo ha
conocido, Perrin; dígale a su mujer que es un bruto, un hombre que
tiene la peor reputación.
—¡Oh!
—Un libertino, usted lo sabe. Tenía queridas cuando estaba en el
regimiento; y ¡qué queridas! Dígale todo esto a su mujer.
—¡Oh! ¿Cómo decir eso? Entre el árbol y la corteza...
—¡Dios mío! Hay modos de decirlo todo. Sobre todo hable bien de mí.
—Eso ya es más fácil. Sin embargo...
—No tan fácil, escuche; porque si yo le dejase a usted hablar, haría
tal elogio que mis asuntos no resultarían favorecidos. Dígale que desde
«hace algún tiempo» nota usted que estoy triste, que no hablo, que no
como...
—¡No es nada! —exclamó Perrin con una sonora carcajada que imprimía a
su pipa los más ridículos movimientos—, nunca podré decirle eso en la
cara a la señora de Chaverny. Todavía ayer por la noche, estuvo usted
a punto de armar un escándalo en la comida que los compañeros nos han
dado.
—Bien; pero es inútil contarle eso. Es conveniente que sepa que estoy
enamorado de ella, y esos escribidores de novelas han persuadido a las
mujeres de que un hombre que bebe y come no puede estar enamorado.
—En cuanto a mí, nada conozco que me haga dejar de beber o comer.
—Pues bien, querido Perrin —dijo Châteaufort poniéndose el sombrero y
arreglándose el pelo—, quedamos convenidos; el jueves próximo vengo a
buscarle; ¡zapato bajo y media de seda, etiqueta rigurosa! Sobre todo,
no olvide echar pestes del marido y decir mucho bueno de mí.
Salió moviendo su fusta con mucha gentileza y dejando al comandante
Perrin muy preocupado de la invitación que acababa de recibir, y más
perplejo aún al pensar en las medias de seda y en el traje de etiqueta.