El comandante Perrin se hallaba sentado delante de una mesita y leía
con atención. Su levita, perfectamente cepillada, su gorro de cuartel,
y sobre todo la rigidez inflexible de su pecho, anunciaban a un
viejo militar. Todo estaba limpio en su cuarto, pero era de la mayor
sencillez. Un tintero y dos plumas, ya cortadas, se hallaban sobre la
mesa, al lado de un cuaderno de papel de cartas, del cual no había
utilizado una hoja desde hacía un año, por lo menos. Si el comandante
Perrin no escribía, en cambio leía mucho. Estaba leyendo las «Cartas
Persas» y fumando su pipa de espuma de mar, y estas dos ocupaciones
cautivaban de tal manera toda su atención, que no advirtió la entrada
en su cuarto del comandante Châteaufort. Era un joven oficial de su
regimiento, de simpática figura, muy amable, algo fatuo, muy protegido
por el ministro de la Guerra; en una palabra, la antítesis del
comandante Perrin. Con todo, eran amigos, no sé por qué, y se veían
todos los días.
Châteaufort dio un golpe sobre el hombro al comandante Perrin. Este
volvió la cabeza sin abandonar su pipa. Su primera expresión fue de
contento al ver a su amigo; la segunda de disgusto, ¡hombre admirable!,
porque iba a interrumpir su lectura; la tercera indicaba que se sometía
a las circunstancias y que iba a hacer lo mejor posible los honores de
su habitación. Registraba su bolsillo buscando una llave que abría un
armario donde guardaba una preciosa caja de cigarros, que el comandante
no fumaba y que iba dando uno a uno a sus amigos; pero Châteaufort, que
le había visto cien veces hacer el mismo ademán, exclamó:
—¡No se moleste usted, papá Perrin, no saque usted sus cigarros: ya
tengo!
Y después, sacando de un elegante estuche de paja de Méjico un cigarro
color de canela, bien afilado por sus dos extremos, lo encendió, se
echó sobre un pequeño sofá que el comandante Perrin nunca utilizaba, y
con la cabeza sobre una almohada y los pies sobre el respaldo opuesto.
Châteaufort comenzó por envolverse en una nube de humo, mientras que,
con los ojos cerrados, parecía meditar profundamente lo que tenía que
decir. Su rostro estaba radiante de alegría, y parecía guardar con
trabajo en su pecho el secreto de una dicha que ardía en deseos de
dejar traslucir. El comandante Perrin, después de colocar una silla
frente al sofá, fumó algún tiempo sin decir nada; después, viendo que
Châteaufort no se apresuraba a hablar, le dijo:
—¿Cómo sigue Urika?
Se trataba de una yegua negra que Châteaufort había fatigado con exceso
y que estaba amenazada de asma.
—Muy bien —dijo Châteaufort, que no había escuchado la pregunta—.
¡Perrin! —exclamó, extendiendo hacia él la pierna que descansaba sobre
el respaldo del sofá—, ¿sabe que es para usted una fortuna tenerme por
amigo?
El viejo comandante buscaba en sí mismo qué ventajas le había procurado
la amistad de Châteaufort, y no encontraba otra cosa que el regalo de
algunas libras de _Kanaster_, y algunos días de arresto sufrido por
mezclarse en un duelo en que Châteaufort representó un papel principal.
Su amigo le daba ciertamente numerosas señales de confianza. A él se
dirigía siempre Châteaufort para que le sustituyese cuando estaba de
servicio o cuando le era preciso un auxiliar.
Châteaufort no le mantuvo mucho tiempo en su perplejidad y le tendió
una cartita escrita en papel inglés satinado, con una linda escritura
en letra menuda. El comandante Perrin hizo una mueca que, en él,
equivalía a una sonrisa. Había visto con frecuencia cartas satinadas y
cubiertas de letra menuda como esta, dirigidas a su amigo.
—Tome usted —dijo este—, lea. A mi me debe usted esto. Perrin leyó lo
que sigue:
«Le agradeceríamos mucho, querido señor, que tuviera la amabilidad
de venir a comer con nosotros. Mi marido hubiese ido a invitarle,
pero se ha visto obligado a salir de caza. No conozco las señas del
comandante Perrin y no le puedo escribir para suplicarle que venga
con usted. Me ha inspirado usted muchos deseos de conocerlo y le
estaré doblemente agradecida si viene con él.