Idem 26 de julio 1695.--_La fuente del desengaño._

Idem 28 de diciembre 1695.--_Amor procede de amor._

El 26 de julio 1697.--_También sin envidia hay celos._

Idem 28 de octubre 1697.--_Los triunfos de la hermosura y los infiernos

de amor_, de D. Carlos de Villamayor.

Idem 17 de noviembre 1697.--_Muerte en amor es la ausencia_, de D.

Antonio Zamora.

Idem 30 de julio 1698.--_Ipodamia Pelope_, de D. Sebastián Rejón.

[39] Moreto, en la primera escena de su _No puede ser guardar una

mujer_, hace la siguiente brillante descripción del gusto artístico de

Felipe IV y de su liberalidad con los poetas:

¿Y qué ingenio en nuestra edad

Nuestro Rey no ha enriquecido?

¿Qué pluma empleo no ha sido

De su liberalidad?

¿El retor de Villahermosa,

Góngora, Mesa y Enciso,

Mendoza y otros, que quiso

Por su elección generosa?

Después, congratulándose del caso poco común de que los grandes y los

ricos favorecieran y cultivaran la poesía, añade:

* * * * *

¿No fué el de Villamediana

Rico y señor?

* * * * *

¿No ha habido muchos señores

Que ilustraron la poesía?

* * * * *

¿No hay uno de los mayores

* * * * *

Que hoy, sin ser lisonja, son

Sus dulces versos discretos? etc.

[40] Oportuno parece referir aquí esta anécdota: reunidos un día muchos

poetas en palacio, propuso el Rey que se improvisase una comedia sobre

la creación del mundo, y encargó á Calderón que escribiera el papel de

Adán, reservándose él el del Creador. Adán, en un largo discurso,

trazaba las bellezas del Paraíso; y al notar que Dios daba señales de

impaciencia, preguntó la causa.--¿Cuál ha de ser?--replicó el Rey:--que

me arrepiento de haber creado un Adán tan elocuente.

[41] _Journal du voyage d'Espagne_: París, 1669.

[42] Esta Infantita era María Teresa, la prometida de Luis XIV.

[43] Esta comedia era probablemente _La conquista de Orán por el

cardenal Cisneros, arzobispo de Toledo_.

[44] Además de las antiguas relaciones de viajeros, ya citadas, las

cartas de Mme. de Villars, esposa del embajador francés, que vivió en

Madrid de 1679 á 1681, contienen algunas noticias acerca del teatro.

(_Lettres de madames de Villars, de la Fayette et de Tencin_: París,

1823.) Escribe con fecha 6 de marzo de 1680:

«J'ai été assez souvent à la comédie espagnole avec elle (la Reine):

rien n'est si detéstable. Je m'y amusais à voir les amans regarder leurs

maitresses et leur parler de loin avec des signes qu'ils font de leurs

doigts; pour moi je suis persuadée que c'est plutôt une marque de leur

souvenir qu'un langage; car leurs doigts vont si vite, que, si ces

amants s'entendent, il faut que l'amour d'Espagne soit un excellent

maître dans cet art. Je pense que c'est qu'il y voit plus clair

qu'ailleurs, et qu'il ne se soucie guère de faire plus de Chemin.

»Il y eut dimanche au Retiro une comédie de machines où les deux reines

et le roi étoient. Il y falloit être à midi. L'on y mouroit de froid.»

[45] Ortiz, _Compendio cronológico de la historia de España_, tomo IV,

pág. 401.

[46] _Obras líricas y dramáticas_ de D. Antonio de Mendoza. Segunda

impresión: Madrid, 1728, pág. 145.

[47] En _La cosaria catalana_, de Matos Fragoso, aparece una tropa de

comediantes, cautiva en poder de moros. Preguntado el director qué

comedias trae consigo, contesta así:

«................ famosas

De las plumas milagrosas

De España; si escuchar quieres

Los títulos, estos son:

_La bizarra Arsinda_, que es

Del ingenioso Cervantes;

_Los dos confusos amantes_,

_El conde Partinuples_,

_La española_, de Cepeda,

Un ingenio sevillano;

_El secreto_, _El cortesano_,

_La melancólica Alfreda_,

_Leandro_, _La renegada

De Valladolid_.»

De éstas, sólo _La bizarra Arsinda_, _El conde Partinuples_ y _La

renegada de Valladolid_ se encuentran en el catálogo de la Huerta.

[48] Una descripción muy animada del bullicio y del tumulto, inseparable

de las representaciones públicas teatrales, se encuentra en _El día de

fiesta_, su autor D. Juan de Zabaleta. Dos partes: Coimbra, 1666. Véase

lo siguiente, que extracto de este libro:

Tomo II, pág. 3. «_La Comedia._--Cualquiera, que desea ir al teatro un

día de fiesta por la tarde, come apresuradamente al mediodía y no se

detiene mucho tiempo en la mesa, temeroso de no encontrar asiento. Llega

á la puerta del teatro, y lo primero que procura hacer es no pagar.

Muchos son los que trabajan, y sólo de pocos reciben su paga: la primera

desdicha del actor. No sería lo peor que hubiese veinte personas que

pagasen con cuatro ochavos, si no diesen motivo para que otros muchos

los imiten. Porque uno solo no pague, hay otros que tampoco quieren

pagar: todos pretenden gozar de este privilegio para que no se crea que

son indignos de él. Por consiguiente, se empeñan de tal manera en

gozarlo, que surgen de aquí altercados y disputas, y con tanta mayor

razón, cuanto que así consiguen su objeto. Quien quiera, pues, que, sin

pagar, conquista de esta suerte su entrada, prosigue después, por regla

general, asistiendo al teatro sin gastar nada. ¡Donoso motivo de

suscitar quimeras y privar del premio que merece su trabajo á quienes se

afanan en distraerlo! ¿Se creerá, acaso, que el que no paga es por esto

más tolerante? Al contrario: cuando el actor no se viste como debe, lo

insulta ó lo silba. Desearía yo saber con qué derecho, así éste como

todos los demás que lo imitan, piden que el actor, á quien privan de su

dinero, haya de presentarse con el traje conveniente.

»Pero, en fin, nuestro hombre invade de este modo el teatro y pide su

asiento á los que ya están sentados en sus bancos; dícenle éstos que no

lo hay para él, pero que probablemente faltará alguno de los

espectadores que han pagado ya el suyo, y que espere, por tanto, hasta

que salgan los tocadores de guitarra, y que entonces ocupe el asiento

que quede libre. Hecho este pacto, nuestro amigo se traslada al

vestuario para entretener de este modo el tiempo. Encuentra ya á las

actrices, que se despojan de sus vestidos ordinarios y se ponen los que

exige la representación de la pieza; estando tan desnudas en ocasiones

como antes de meterse en la cama. Preséntase delante de una, que, por

haber venido á pie, muda entonces de calzado con ayuda de su criada.

Esto no puede hacerse sin ofensa del decoro, y la pobre actriz se ve muy

contrariada; pero no se atreve á impedirlo porque, como su objeto

principal es conseguir aplausos, tiene interés en no disgustar á nadie.

Cualquier silbido, por injustificado que sea, desacredita á los

representantes, porque todos se inclinan más bien al parecer del que

censura que á su propio juicio. La actriz, por este motivo, no

interrumpe la mudanza de calzado, y sufre paciente al importuno.

Mientras tanto, nuestro majadero no separa de ella los ojos. Después

mira desde el escenario lo que sucede con el asiento dudoso que ansía.

Lo ve libre, y pareciéndole que no vendrá su legítimo poseedor, lo ocupa

corriendo. Pero apenas lo hace, llega el propietario y quiere defender

su derecho. El otro hace lo mismo; ambos se acaloran, y vienen á las

manos. Pero el último, ¿no ha venido al teatro para divertirse? ¿Es

diversión vocear y disputar? Si el primero no hubiese encontrado

asiento, debiera mejor haber estado de pie, porque es preferible

llevarse así tres horas á andar á la greña un solo momento...

Finalmente, se aplaca la disputa: el que ha pagado su asiento se retira,

y ocupa otro que le proporcionan los que han intervenido en la contienda

y la han apaciguado. Poco después de cesar este desorden se tranquiliza

nuestro intruso, echa una ojeada á la cazuela, pasa revista á cuantos la

llenan, siente repentina inclinación por alguna que le agrada, y

comienza á manifestárselo por señas. Pero ¡buen amigo! si al teatro no

habéis ido á ver la cazuela, sino la comedia. Las cuatro han dado ya, y

todavía no ha comenzado la función. Mirando vagamente, ya aquí, ya allí,

siente de pronto que alguno le tira de la capa: se vuelve, y observa un

vendedor de naranjas que, inclinándose hacia él entre dos espectadores,

le dice al oído que aquella dama que golpea con el abanico las rodillas,

ha tenido un verdadero placer en ser testigo de su valor en la disputa

sostenida antes, y que hará bien en comprarle por su amor una docena de

naranjas. Nuestro amigo mira otra vez á la cazuela, y averigua que la

dama es la misma que le gustó antes; paga las naranjas, y dice además al

naranjero que ponga en noticia de la señora, que de la misma manera

pagará cualquiera otra cosa que se le antoje. En cuanto desaparece el

naranjero con esta embajada, ya no piensa en otra cosa que en acercarse

á la dama á la salida del teatro, y maldice á la comedia, y le parece

eterna porque le obliga á esperar tanto tiempo. Expresa en voz alta su

desagrado, y gruñe sin reparo por esta causa, excitando así á los

mosqueteros que están debajo á imitarlo en seguida, y á prorrumpir en

voces ofensivas. Además de la indecencia y la grosería que revela esta

conducta, adolece también de la ingratitud más monstruosa, porque los

actores son, entre todos los hombres, los que más empeño tienen en

conquistar el ajeno aplauso. ¡Cuántos malos ratos no pasan, trabajando

sin cesar, mientras ensayan una comedia! Cuando llega el día de la

representación, cualquiera de ellos daría de buen grado sus ganancias de

todo el año, sólo por ser aplaudido cuando desempeña su papel. Cuando se

presentan en la escena, ¡qué ansia, qué indecible afán de agradar al

público! Cuando han de precipitarse desde algún peñasco, se lanzan en lo

hondo como desesperados desde las decoraciones que figuran las montañas;

cuando desempeñan papeles de algún moribundo, que ha de retorcerse en la

agonía, se ensucian y se hieren con los clavos que sobresalen en las

tablas y con las astillas de las mismas, sin hacer caso de sus vestidos,

que á veces les han costado mucho dinero, etc., etc.»

[49] Caramuel, _Primus Calamus_, tomo II, pág. 690.

[50] Pellicer, tomo I, pág. 216.

[51] No se vaya á creer que las palabras _de esta corte_ indican que el

autor tiene con ella relaciones íntimas, porque la corte, en general,

significa sólo la residencia del Monarca.

[52] V., como ejemplo, la que lleva el título de _Vida y muerte de San

Cayetano_, _de seis ingenios de esta corte_, en el tomo XXXVIII de la

gran colección de las _Comedias nuevas escogidas_.

[53] De un manuscrito de la Real Academia de la Historia, copio la Real

orden siguiente, no publicada:

«Quando permití que volviesen las comedias (que se avían suspendido por

los desórdenes y relaxación de trajes y representaciones que se avían

experimentado), fué con orden precisa que eso se executase con atención

muy particular á la reformación de los trajes y á la decencia de las

representaciones que se havrá de obserbar, de suerte que no hubiese, ni

en lo uno ni en lo otro, cosa alguna que ofendiese la pública

honestidad. Y porque he entendido que en esto se falta gravemente en las

partes donde se representa, y que los trajes no son con la moderación y

ajustamiento que se deve, os ordeno que embiéis órdenes á la Corona en

todo aprieto (de suerte que se observen precisa y indispensablemente),

que ninguna mujer pueda salir al teatro en hávito de hombre, y que si

huviese de ser preciso para la representación que hagan estos papeles,

sea con traje tan ajustado y modesto, que de ninguna manera se les

descubran las piernas ni los pies, sino que esto esté siempre cubierto

con los vestidos ó trajes, que ordinariamente usan, ó con alguna sotana,

de manera que sólo se diferenzie el traje de la cintura arriba;

imponiéndoles las penas que os pareciere y disponiendo que

inviolablemente se executen en las que contravinieren al cumplimiento de

la orden referida.--Rubricado de la Real mano de S. M.--Madrid á 1.º de

enero de 1653.--_Al Vicecanciller de Aragón._»

[54] «Mille comoedias fertur composuise unus, quibus plura peccata

invexit in orbem quam mille daemones.» (Un solo, según dicen, compuso

mil comedias, desatando con ellas más pecados que mil demonios.)--_El

gobierno eclesiastico pacífico, y unión de los dos cuchillos pontificio

y regio_, por D. Gaspar de Villarroel, parte 1.ª, pág. 368.

[55] La condesa d'Aulnoy, con ocasión de una visita, que hizo en Toledo

al cardenal Portocarrero, se expresa de este modo: «Cuando volvimos á la

habitación del Cardenal, nos llevaron á un salón espacioso, parte del

cual estaba ocupado por muchos caballeros, y la otra parte por muchas

damas. Levantábase allí un escenario. Extrañé que los caballeros y las

damas estuviesen separados por una cortina, que les impedía verse unos á

otros, y que, desde la mitad del salón, llegaba hasta la escena. Se nos

esperaba para comenzar la comedia, cuyo título era _Piramo y Thisbe_. La

pieza era nueva, y peor que todas las demás que había visto hasta

entonces en España. Por último, los actores bailaron muy lindamente, y á

las dos no había terminado la función.»--_Relación_, ya citada, tomo

III, pág. 171.

[56] Respecto á las comedias representadas en los conventos, cuenta el

compañero del mariscal de Grammont (_Journal d'un voyage d'Espagne_:

París, 1669):

«J'allay à la Messe de Minuit aux Cordeliers, où je me consolay de la

perte que j'avois faite de n'estre pas à Madrid, pour voir les comèdies

que les Moines représentent chez eux dans le Choeur de leur Eglise cette

nuit-la pour se réjouir de la naissance de nostre Seigneur.

»J'avois peine de croire ce qu'un libraire chez qui j'achetai des Livres

me dit, qu'il avoi donné la comedie du Mareschal de Biron en vers

burlesques à un Moine qui le devoit reprèsenter dans son convent, et que

sa femme avoit presté de ses habits à un d'eux pour cela.»

[57] Así lo refiere la condesa d'Aulnoy en sus _Memoires de la cour de

Espagne_, traducido al alemán con el título de _Spanichen Staats

Geschichte_: Leipzig, 1703, página 289: «La Reina madre permanecía en el

Buen Retiro (1680), y como se proponía particularmente conciliarse el

favor del pueblo, dispuso que se representasen tres comedias con música

en los entreactos en la plaza pública, para que pudiera presenciarla

mucha gente. Los comediantes representaron tres días seguidos, y fué

tanta la concurrencia y tan grandes las apreturas, que algunos murieron

sofocados. Gran deleite, según parece, recibe este pueblo de tales

espectáculos, sin duda porque los españoles son los más aficionados á

ellos en todo el mundo.»

[58] Los versos que siguen prueban que esta comedia pertenece al período

posterior:

«.................. del imperio

Es ya nuestra infanta Aurora,

Cuyo divino portento

Las águilas la juraron

Por su Emperatriz; muy presto

Por Francia hará su jornada,

Dando á París rayos bellos,

Porque su hermana y su tía,

Cristianísimos luceros

Del orbe, esmalten sus luces

Con tan glorioso trofeo.»

Estas palabras aluden evidentemente á Doña Margarita, hija segunda de

Felipe IV, que en su viaje á unirse con su esposo, el emperador Leopoldo

I, hizo una visita á su hermana la reina de Francia: el drama es, por

tanto, del año 1665 ó 1666.

[59] Obras posteriores á ésta, y especialmente las de Ticknor y

Rivadeneyra, dan más detalles sobre la vida y escritos de Calderón, y

corrigen y amplían á nuestro historiador alemán.--(_El T._)

[60] Calderón, según indica un escrito de poco mérito, y que no

corresponde á su pomposo título (_Biografía de Calderón, redactada en

presencia de un crecido número de documentos inéditos_, por Antonio de

Iza Zamácola y Villar: Madrid, 1840), nació, como decimos, en 17 de

enero de 1600. Sus restos se trasladaron en el año de 1841, de la

iglesia de San Salvador, en donde estaban sepultados, á la de San

Nicolás.

La casa en que murió Calderón, el 25 de mayo de 1681, está situada cerca

de la antigua Puerta de Guadalajara, en la calle Mayor, manzana 175,

núm. 4 antiguo y 89 moderno. Esta casa, según dice Mesonero Romanos, en

el _Semanario pintoresco_ de 1853, existía y existe hoy probablemente,

con la misma distribución interior que tuvo cuando el gran poeta vivía

en su cuarto principal, y, al visitarla, sorprende á todos por su

modestia y casi por su pobreza, porque su superficie total es sólo de

849 pies, y la fachada de 17-1/2, con un solo balcón en cada piso á la

calle Mayor; y cuando reflexionamos que aquel gran genio de la corte de

Felipe IV, aquel capellán octogenario de los Reyes nuevos, el noble

caballero de Santiago, el ídolo de la corte y del pueblo, subía los

empinados peldaños de aquella estrecha escalera, y habitaba en el

reducido espacio de esta pobre vivienda, en donde exhaló el último

suspiro, sentimos respeto y admiración profunda hacia el inmortal

dramaturgo, que, desde una morada tan modesta, difundió los rayos de su

genio por todo el mundo civilizado.

[61] Tres poesías, escritas por él, con este motivo, están insertas en

las _Obras sueltas_ de Lope de Vega, tomo XI, págs. 432 y 491, y tomo

XII, pág. 181.

[62] Así lo refiere Vera Tassis; pero esta edición ha de ser muy rara,

porque yo no he podido encontrarla.

[63] Boisel, _Journal du voyage d'Espagne_: París, 1669, pág. 298.

[64] Esta es la fecha señalada por Vera Tassis; Dieze, y los escritores

posteriores, hacen vivir á Calderón siete años más.

[65] No faltaron en su vida (dice el Sr. Menéndez Pelayo en _Calderón y

su teatro_, págs. 50 y 51), como en la de ningún poeta del siglo XVII,

lances de amor y fortuna, cuchilladas, y aquello de _tomar iglesia_; que

era de índole brava y sacudida, lo demuestra la pendencia que tuvo cerca

de las Trinitarias, persiguiendo espada en mano al comediante Pedro de

Villegas, que había herido alevosamente á un hermano de nuestro

dramaturgo, y la noticia dada en los _Avisos_, de Pellicer, de que en el

ensayo de una de sus comedias, en el Buen Retiro, se _levantaron unas

cuchilladas_ y salió herido D. Pedro Calderón.--(_N. del T._)

[66] A. G. Schlegel.

[67] Conviene ampliar la indicación que hemos hecho de haber utilizado

Calderón, con frecuencia, los trabajos literarios de otros, pudiendo

asegurarse que muchas comedias suyas, y algunas de las mejores y más

famosas que compuso, son tan sólo arreglos de obras de poetas

anteriores. Robusta prueba de este aserto ofrece _La venganza de Tamar_,

de Tirso, la cual, para facilitar su cotejo, se ha impreso en la nueva

edición de Calderón, al lado de _Los cabellos de Absalón_, del mismo; la

segunda jornada de la comedia de Calderón, desde el principio hasta el

fin, no es más que una repetición literal de la tercera de Tirso. Más

aún me ha llamado la atención otro descubrimiento de la misma especie,

que yo he hecho en _El médico de su honra_. Aun cuando sabía que todos

los catálogos atribuyen también á Lope de Vega un _Médico de su honra_

(aunque también Hartzenbusch, en su edición de _Calderón_, tomo IV, pág.

669, señala á _El médico_, como de este poeta, en el año de 1633); pero

en la biblioteca del duque de Osuna encontré un _Médico de su honra_

bajo el nombre de Lope, del año 1633, con la adición de _representóle

Avendaño_, muy distinto del de Calderón. El Don Gutierre, que conocemos,

se llama en él Don Jacinto; Mencía, Doña Mayor; una criada lleva el

nombre de Mencía. La fábula y el orden de las escenas, casi en todo,

concuerdan, sin duda, con las de Calderón; pero el diálogo, los versos y

la dicción dramática son enteramente diversas, y del estilo, más

sencillo, de Lope. No hay más remedio que suponer que Calderón, en _El

médico de su honra_, ha hecho un arreglo de la comedia más antigua,

conservando su plan é invención, y limitándose á reformarla en su

versificación y sus palabras; porque no puede admitirse que fuera un

arreglo anterior de esta comedia, escrita en su juventud, por cuanto el

estilo, en lo general, no es el suyo, esto es, el que se observa en las

obras suyas de esta edad. Para que se compare con la célebre tragedia de

Calderón, copio de la comedia original del mismo título, que lleva el

nombre de Lope, y que probablemente es suya, la escena en que el celoso

Don Jacinto (Don Gutierre) sorprende á su esposa, al escribir la carta

al Infante:

DON JACINTO. ¿Cielos, qué estoy mirando?

¿No está Mayor escribiendo?

Los sentidos voy perdiendo

Y el alma se va turbando.

Confuso, por Dios, estoy;

Llego, ¿qué es esto, señora?

(_Corre una cortina, aparece Mayor sentada y escribiendo, y, en

viendo á su marido, se desmaya._)

MAYOR. ¡Oh, qué desdichada hora!

¡Válgame Dios, muerta estoy!

DON JACINTO. Desmayóse; ¿qué procuro

Saber ya más en mi ofensa?

Derribe esta bala inmensa

De mi honor el fuerte muro

Si culpada no estuviera,

Aquí no se desmayara;

Ella su disculpa hallara;

Y si es ya justo, que muera.

Bien el delito acrimina

Lo escrito deste papel;

La sentencia escribió en él,

Si bien mi mortal ruína. (_Toma el papel._)

Aquí dice: si el amor,

Señor, que me aveys tenido,

Y el que os tuve ha merecido

Que no os vays, cesse el rigor...

Pasar no puedo adelante.

¿Qué de desdichas, qué heredan

Mis desdichas, que sucedan

Dos muertes en un instante?

¡Ay, honor! ¡Y quién pudiera

Aquesta muerte excusar?

Yo el pecho te he de pasar,

Y á mí la congoja fiera:

Aquesto ha de ser assí;

Que me mate á mí el dolor,

Y el hacero del honor,

Mayor, que te mate á ti...

Este quarto he de cerrar,

Pues ya es noche, hasta bolver,

Que un modo nuevo ha de ver

El mundo para matar.

(_Cierra la puerta y vase, y despierta Mayor._)

Un monólogo angustioso de Doña Mayor, diverso en

las palabras del de la Doña Mencía de Calderón, pero

muy semejante en los pensamientos, y en seguida la escena

de la sangría suelta:

DON JACINTO. Ya estás en seguro; espera,

No te descubras.

BARBERO. No haré.

¿Qué es esto?

DON JACINTO. Yo avisaré.

BARBERO. ¿Esta es fantasma ó quimera?

(_Don Jacinto se ponga una máscara y saque una pistola, y pónesela

á los pechos al Barbero quando le manda descubrir._)

DON JACINTO. ¡Descúbrete!

BARBERO. Ya lo hago.

¡Cielos! ¿Señor, qué te he hecho

Que así quieres en mi pecho

Hazer tan bárbaro estrago?

DON JACINTO. Aquí tienes de morir,

Si contradices mi gusto

Aunque te parezca injusto.

BARBERO. Sólo te intento servir.

DON JACINTO. ¡Pues entra, y esa mujer

Haz que en líquidos corriente

De carmín derramen fuentes

Sus brazos, hasta que el sér

Pierda, perdiendo la vida,

Ó quitarétela á ti!

BARBERO. Harélo, señor, así. (_Vase._)

DON JACINTO. Entra; el alma está afligida,

Que aquesto por mí suceda.

Mas en naciendo la ley

De humano el pobre y el Rey

Por primer blasón hereda.

El alma penosa queda

En este forçoso trato

De honor, y me llama ingrato;

No más que á Mayor adora,

Y se enoja, porque agora

Rompo su hermoso retrato, etc.

La última escena, en que el Rey aprueba expresamente

la terrible acción de Don Jacinto, es aún más desnuda

y sin rebozo que la de Calderón.

REY. Jacinto, no ignora

El alma lo que aveys hecho;

Mas, pues los indicios forman

Tanta culpa, errores tantos

Que en vuestro honor se acrisolan,

Lo hecho está muy bien hecho,

Y por mi palabra heróyca

Os prometo de pagaros

El respeto á la persona

De Enrique, siendo desde oy

Vos dueño de mi corona,

Siendo mi amigo, mi amparo,

Siendo mi privança toda,

Siendo un exemplo de vida,

Siendo archivo de la honra, etc.

Terminando así:

Y aquí, senado famoso,

Se da fin á aquesta historia

De el honor en la sangría

Y médico de su honra.

También en _El alcalde de Zalamea_ aprovechó Calderón una comedia del

mismo título, de Lope de Vega (que poseía D. Agustín Durán),

apropiándose la traza entera de la fábula, los caracteres de los

personajes y las escenas más conmovedoras, de suerte que sólo la dicción

poética quedó propiedad suya. No puedo decir, por no haberme sido

posible examinarlo con detenimiento, cuáles sean las relaciones de esta

especie que haya entre _El mayor prodigio ó el purgatorio en vida_, de

Lope (también de Durán), y _El purgatorio de San Patricio_, de Calderón,

siendo el mismo el asunto de ambas.

En _La fortuna adversa del infante D. Fernando de Portugal_, de Lope,

sólo pudo hallar Calderón un débil bosquejo de su _Príncipe constante_;

pero aunque su drama aventaje singularmente al de su predecesor, se

notan en él muchos rasgos que el último poeta ha hecho suyos,

pulimentándolos. Así, en el de Lope hay los amoríos entre la Princesa

mora (llamada en él Arminda), y Muley; el acto generoso de Don Fernando

con aquél, y, finalmente, la admirable aparición del Príncipe, aunque no

para guiar á los cristianos á la victoria, sino para exhortar á sus

compañeros de cautiverio á que lleven sus restos mortales á Portugal.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo IV · 第 23 / 25 段