_A secreto agravio, secreta venganza._--Afírmase, al terminar esta

tragedia, que se funda en un suceso verdadero. Nada dicen de él los

historiógrafos, aunque se puede indicar el tiempo en que ocurrió. Las

dos primeras jornadas caen, como resulta del mismo drama, en julio de

1578, y la tercera en la noche anterior al embarque del rey Don

Sebastián de Portugal hacia el Africa, del 23 al 24 del mismo mes. Este

drama, quizás con rasgos aún más rudos que los de _El médico de su

honra_, nos demuestra la irritabilidad de este pueblo del Mediodía,

cuando se tocaba al punto del honor, y los hechos horribles á que daba

lugar. Un caballero portugués, Don Lope de Almeida, que, en las

gloriosas expediciones de su pueblo, se ha distinguido mucho en la

India, contrae matrimonio en Lisboa con la española Doña Leonor. Ya de

edad avanzada, concibe graves sospechas acerca de la fidelidad de su

joven esposa. Pronto nota que un caballero español ronda de noche su

casa; otra circunstancia, que aumenta sus recelos, es que Leonor le

aconseja, cuando habla con él de sus planes de guerra, que acompañe al

Rey en su expedición al Africa. Al volver una noche á su casa, encuentra

un desconocido, oculto en la habitación de su esposa: es un antiguo

amante de Leonor, á quien ésta creía muerto ya, y al verlo vivo, y,

contra su esperanza, ante sus ojos, ha permitido que se despida de ella

para siempre. El esposo ofendido finge no haber visto nada, para que su

honor no padezca, si este hecho se hace público, y resuelve vengar en

secreto su secreto agravio. Pronto se presenta la ocasión para ejecutar

su propósito. En las fiestas, que se celebran antes de la partida del

rey Don Sebastián, atrae á su presunto ofensor á una barquilla, so

pretexto de trasladarlo á la orilla opuesta del Tajo; en medio del río

precipita al desdichado en sus olas hasta que se ahoga, sumerge el bote,

y se salva nadando. Al llegar á la ribera, dice que la barca se ha

volcado á consecuencia de una ráfaga de viento. Inmediatamente busca á

Doña Leonor; la cuenta con indiferencia el triste suceso, como si no

pudiera interesar en lo más mínimo á la desdichada, y, al terminar su

narración, le hunde un puñal en el pecho. Después incendia su casa; y,

cuando el cadáver de su esposa es devorado completamente por las llamas,

refiere á sus amigos que no ha podido salvarla del incendio, á pesar de

todos sus esfuerzos. El rey Don Sebastián sabe por uno de estos amigos

de Lope la verdad de toda esta tragedia, y hace que el héroe de ella, al

presentársele, le acompañe también al Africa, no sólo dejándole impune,

sino alabando su osadía y su prudencia.

_Las tres justicias en una_[100].--Este drama, pensado profundamente,

está trazado como pocos para producir efecto conmovedor. Al comenzar la

escena, es ésta un paraje agreste, montañoso, oyéndose dentro tiros de

arcabuz. Preséntanse Don Mendo y su hija Violante, perseguidos por

salteadores, y, cuando están á punto de sucumbir, aparece Don Lope,

capitán de la banda, vestido como los demás ladrones. Don Mendo,

pidiendo misericordia, se arrodilla ante él, y Don Lope lo levanta,

movido de repente á compasión, diciéndole:

...Alza del suelo;

Que el primer hombre has sido,

Que á compasión mi cólera ha movido.

Violante es también consolada por el bandolero, compasivo entonces de

una manera tan inesperada; Don Mendo dice quién es, y refiere que, por

orden del rey D. Pedro de Aragón, había hecho un viaje por razones de

estado, y que regresaba entonces á Zaragoza, en donde esperaba alcanzar

del Rey el perdón en favor de su generoso salvador. Don Lope le replica

que no se atreve á concebir estas esperanzas por la gravedad de los

delitos, que ha cometido. Don Mendo intenta consolarlo, rogándole que le

cuente su historia, prometiendo de nuevo hacer cuanto esté en su mano

para inclinar al Rey al perdón. Don Lope manda á sus compañeros que se

alejen, y dice que su padre Lope de Urrea, se casó, ya anciano, con Doña

Blanca, de quince años de edad. Al oirlo, lo interrumpe Don Mendo de

este modo:

Ya lo sé. (_Ap._) ¡Y pluguiera al cielo

No lo supiera! Prolijos

Discursos, ¿qué me queréis?

Lope prosigue su narración, añadiendo que Blanca sólo consintió á la

fuerza en su casamiento, y que él, fruto de esta unión forzada, sufrió

en su educación los efectos de ese enlace poco natural. Amado por su

madre y odiado por su padre, nunca se había atrevido á visitar á la

primera sino en secreto; más tarde, ya mancebo, y para olvidar sus

desdichas domésticas, se entregó á todo linaje de excesos, sedujo á una

doncella y mató á su hermano, viéndose obligado á huir para escapar á la

pena de sus delitos. Al llegar aquí interrumpe su narración un tumulto,

que se levanta detrás de la escena: son los ministros de la justicia que

siguen el rastro á los ladrones. Don Lope corre á ocultarse; Don Mendo,

al despedirse de él, repite su promesa anterior, y le pide una prenda

para conocer por ella al mensajero que envíe de su parte. Don Lope le da

un puñal, con que se hiere al entregárselo[101], y al verlo en las manos

de Don Mendo, se ve acometido de una vaga inquietud que lo llena de

confusión. Doña Violante, después que Don Lope se ausenta, manifiesta la

impresión que ha hecho en ella salteador tan compasivo. La fábula se

muestra ya trazada magistralmente, y excita sobremanera la atención para

averiguar lo que sigue. En el curso de ella, á ruegos de Don Mendo y con

su apoyo, solicita el viejo Lope el indulto de su hijo. Este vuelve á la

casa paterna, y el amor enlaza pronto su corazón con el de Violante;

pero la índole aviesa del joven Lope no se refrena por esto, sino, al

contrario, se manifiesta sin tardanza tal cual es, en pendencias y en

todo linaje de excesos. En un altercado nocturno en las calles, al cual

acorre su padre, se olvida de tal modo del respeto que le debe, que se

atreve á ponerle la mano encima. Rebosa ya la medida de su culpa, y el

mismo padre acusa á su hijo desnaturalizado ante el tribunal del Rey.

Encárgase á Don Mendo el castigo del culpable; pero la gratitud que le

debe por haberle salvado la vida, lo induce únicamente á procurar su

salvación. El Rey lo sabe, y se propone él mismo castigarlo; pero le

parece el delito tan monstruoso, que llega á dudar si Lope será

verdaderamente hijo del Don Lope de Urrea, injuriado por él; para

disipar sus sospechas visita á Doña Blanca, y sabe de ella un secreto

que hasta entonces ha tenido guardado en su pecho. Don Lope no es hijo

del que pasa por su padre, sino fruto de una violación cometida por Don

Mendo en la hermana de Doña Blanca; para salvar el honor de su hermana,

Doña Blanca ha supuesto que este hijo lo era suyo. Después de esta

explicación, que arroja de repente clarísima luz sobre todos los sucesos

anteriores, sigue una catástrofe de un efecto sorprendente, Don Mendo y

Violante intentan penetrar en la cárcel de Don Lope para libertarlo; la

última acaba de saber, de los labios de su padre, que su amante es su

hermano, y esta noticia, si bien llena su alma de horror, acrece por

otra parte su deseo de libertar al preso. También Blanca y el viejo

Lope de Urrea acuden presurosos á la cárcel; sordos gemidos y lamentos

salen de ésta; las puertas se abren, y se ve á Don Lope estrangulado, y

teniendo en sus manos un papel con la sentencia siguiente:

Quien al que tuvo por padre

Ofende, agravia é injuria,

Muera, y véale morir

Quien un limpio honor deslustra,

Para que llore su muerte

También quien de engaños usa,

Juntando de tres delitos

Las tres justicias en una.

Bella y soberanamente grandiosa es en este drama, uno de los más

notables de nuestro poeta, la manifestación de la senda misteriosa, que

recorre la justicia divina para castigar al culpable; y es también

excelente la pintura que hace de la fuerza secreta de la sangre, que

retiene la mano, ya levantada, del hijo degenerado cuando se presenta su

verdadero padre, y maltrata al putativo.

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO IX.

_El alcalde de Zalamea._--_Amar después de la muerte._--_Luis Pérez

el Gallego._--_El sitio de Breda._--_Gustos y disgustos son no más

que imaginación._--_Saber del mal y del bien._--_En esta vida todo

es verdad y todo es mentira._--_El mayor monstruo los celos._--_Los

cabellos de Absalón._--_Las armas de la hermosura._--_La gran

Cenobia._

_El alcalde de Zalamea_[102].--Aunque este drama se ha traducido dos

veces al alemán, sin embargo, en cuanto ha llegado á nuestra noticia, no

ha encontrado todavía el aplauso que merece, por lo cual intentaremos,

valiéndonos de la exposición, que sigue, de su argumento, excitar algún

interés en su favor. Pedro Crespo, rico labrador de Zalamea, pueblo de

Extremadura, tiene una hija de singular belleza. Con motivo de la

llegada de una tropa de soldados, destinada á Portugal, mandados por Don

Lope de Figueroa, forma el proyecto previsor de tener oculta á la

seductora Isabel en una de las habitaciones más aisladas de su casa;

pero uno de los oficiales que viene con ellos, el capitán Alvaro de

Ataide, se da trazas de verla, á pesar de las precauciones de Crespo, y

en seguida intenta enamorarla. El mal éxito de su tentativa no lo aparta

de persistir en su empeño. Sus diversos proyectos de llegar hasta

Isabel, y la serenata que la da, inspiran á Crespo y á su hijo la más

viva inquietud, llegando tan lejos la osadía del capitán, que surgen

altercados formales entre los campesinos y los soldados, formando

partido los unos por Crespo y los otros por Alvaro. Don Lope de

Figueroa, á causa de estos disturbios, cree lo más conveniente que las

tropas abandonen el pueblo; se despide de su huésped Crespo, con quien

ha contraído amistad en el tiempo que han vivido juntos; deja á Isabel

como recuerdo una cruz de diamantes, y se lleva consigo al hermano de

aquélla, que ha mostrado mucha inclinación por la vida militar,

tomándolo bajo su protección. Los soldados dejan efectivamente el

pueblo. Alegre ya Isabel de verse libre de su prisión, toma el fresco

por la noche en la puerta de su casa, cuando se presenta de improviso

Don Alvaro, que quiere satisfacer su pasión á cualquier precio, y que ha

regresado secretamente á Zamalea; se apodera de ella con ayuda de

algunos soldados, y se la lleva á un monte inmediato. Crespo, que acude

á sus gritos de angustia, se empeña vanamente en socorrerla; lo desarman

los soldados que acompañan á Don Alvaro, y lo atan con cuerdas á un

árbol, impidiéndole moverse á pesar de sus esfuerzos; su hijo, que se

proponía justamente seguir á las tropas, corre también detrás de los

raptores; pero cuando los alcanza, al romper el día, es ya tarde para

salvar el honor de su desdichada hermana, y sólo le queda el recurso de

vengarse. Mientras que, furioso, acomete al capitán y lo atraviesa con

su espada, huye Isabel del infame, que le ha robado su honra. La

casualidad la lleva al mismo lugar, en donde su padre ha sido atado la

noche antes. Comienza entonces una escena tan atrevida como original,

calculada toda ella para producir la impresión más profunda; pero falta

en las palabras de Isabel, que se lamenta de su suerte, y llora

arrodillada ante su padre, esa expresión sencilla y natural, que su

especial situación exigía; su narración está llena de galas retóricas,

metáforas y antítesis. Más nobles y propias son las palabras,

pronunciadas por Crespo para consolarla.

CRESPO.

Alzate, Isabel, del suelo;

No, no estés más de rodillas,

Que á no haber estos sucesos

Que atormenten y que aflijan,

Ociosas fueran las penas,

Sin estimación las dichas.

Para los hombres se hicieron,

Y es menester que se impriman

Con valor dentro del pecho.

Isabel, vamos aprisa;

Demos la vuelta á mi casa,

Que este muchacho peligra,

Y hemos menester hacer

Diligencias exquisitas

Por saber dél y ponerle

En salvo.

En el mismo instante se presenta una diputación de los vecinos de

Zalamea, para anunciar á Crespo que lo han elegido alcalde. A la vez le

anuncian que el rey Felipe vendrá aquel mismo día á Zalamea, y que el

capitán Alvaro, herido, ha sido llevado al pueblo. Crespo se apresura á

tomar posesión de su nuevo cargo, y su primer acto, como alcalde, es la

prisión del capitán, cuya herida no resulta tan peligrosa como se creyó

al principio; Alvaro protesta contra la aplicación de la justicia civil

á un oficial; Crespo manda entonces que se retiren todos los

circunstantes, porque tiene que hablar con él á solas. Admirable es la

escena que sigue. El alcalde, con frases enérgicas, echa en cara al

oficial que ha deshonrado á su hija la infamia de su conducta, manchando

el lustre de una familia, que había subsistido inmaculada siglos hacía;

intenta hacerle comprender, que su obligación, según las leyes divinas y

humanas, es devolver á Isabel el honor que le ha robado, y que no hay

otro medio de conseguirlo que casándose con ella; le ofrece cederle toda

su fortuna y todas sus posesiones, y, por último, se arrodilla ante él,

conjurándole, por lo más sagrado, que acceda á su justísima pretensión.

Pero el insensible capitán rechaza con frío desprecio la súplica, para

él insensata, del sencillo anciano, y entonces se levanta Crespo de

repente blandiendo su vara de alcalde, y manda á los vecinos que

acorren, que encierren al culpable en la cárcel. Alvaro se opone, pero

al fin queda preso. Crespo entabla las diligencias judiciales

necesarias; toma declaración á los soldados, también presos; les hace

confesar el delito, y obliga á su hija á declarar también sobre la

existencia del atentado, y sobre el delincuente. Después de esto

encierra en la cárcel á su hijo, acusado de sacar la espada contra su

superior jerárquico, y, cuando algunos extrañan tanto rigor, les

contesta: «Lo mismo haría con mi propio padre si la ley lo mandara.»

Mientras tanto, un soldado fugitivo cuenta á Don Lope de Figueroa lo que

sucede en Zalamea. Éste, ofendido de que un alcalde se haya aventurado á

atacar los privilegios de la milicia, y prender á un oficial, acude

corriendo á Zalamea, y suscita un vivo altercado con Pedro Crespo. Pide

la entrega del capitán, ofreciendo hacer en él rigorosa justicia; pero

el alcalde se opone obstinadamente, sosteniendo que él es el único juez

de su honor. Don Lope quiere apoderarse á la fuerza del prisionero; pero

Crespo le advierte que hay guardas armados, que defienden la cárcel, y

que el primero, que se acerque, morirá fusilado. Ya comienzan los

soldados á venir á las manos con los vecinos, preparándose á incendiar

el pueblo, cuando se anuncia la llegada del Rey. Éste pregunta cuál es

la causa de aquel tumulto, y Don Lope le replica que no es otra que la

osadía increíble del alcalde, que ha puesto preso á un capitán y rehusa

entregarlo. Crespo se presenta entonces al Rey; justifica su conducta

por lo extraordinario del caso, y añade que la justicia se ha cumplido

en el delincuente. Abrense las puertas, y se ve al capitán estrangulado.

El Rey, sabedor de todo, dice que el criminal ha merecido la muerte;

pero censura que se haya faltado á las formas legales por Crespo, aunque

perdona esta irregularidad en atención á su ira natural, tratándose del

inaudito atentado de Don Alvaro, y le confiere por vida el cargo de

Alcalde de Zalamea. Isabel es condenada á entrar en un convento, y su

hermano puesto en libertad, por las mismas razones que militan en favor

de su padre.

Ningún otro drama de nuestro poeta es superior á éste por su

composición, que de escena en escena produce un efecto trágico

extraordinario, así como por sus caracteres, tan enérgicos como

distintos. El anciano Don Lope de Figueroa, hombre endurecido por su

larga vida militar, franco y violento, pero de buen corazón en el fondo;

después el valiente Pedro Crespo, que representa á la perfección al

campesino español, con sus rasgos más nobles, fiel á su Rey y á su

deber, y de una firmeza inflexible; el capitán, orgulloso y libertino;

Chispa, la despierta vivandera; los personajes de Juan y de Isabel, de

una lozanía encantadora y llena de gracia; finalmente, los diversos

soldados, poco escrupulosos y crueles, pero también simpáticos por su

franqueza, forman todos una serie de personajes muy diversos entre sí,

de una verdad deslumbradora, y que nos hacen acordarnos del poeta

inglés, el gran pintor de caracteres. Lugar oportuno es éste de copiar

las palabras que siguen, escritas por Luis Viel Castell, ilustrado

conocedor de la literatura española, en la _Revue des deux mondes_, al

hacer el análisis detenido de este drama: «Admirables son, sin duda

alguna, dice, las gradaciones que ofrece su interés hasta la terrible

catástrofe, y el arte con que ésta se prepara. La conducta de Crespo,

por violenta que sea, en vez de sernos repugnante, nos parece

justificada; el delito cometido contra su hija es tan odioso, tan justo

su castigo y tan probable que el criminal lo evite, á no ser por el

medio indicado; y, por último, es tan grande la moderación de Crespo al

principio, cuando aguarda la satisfacción debida, y tanta después su

firmeza y energía, que nos interesamos con toda nuestra alma en su

venganza, reconciliándonos por completo este sentimiento con lo

sanguinario y lo horrible de su acción en absoluto.»

_Amar después de la muerte_[103].Calderón--Este drama es un cuadro

brillante y animado de la sublevación de los moriscos en las Alpujarras

en el año de 1570, y, en cuanto á su composición y argumento, uno de los

mejores de este poeta, aunque su estilo, en general, no merezca

alabanza. En las escenas más apasionadas, cuando se espera oir el

lenguaje sencillo del sentimiento, nos choca con frecuencia lo rebuscado

de su expresión. Es muy singular que Calderón, cuyo celo por el

catolicismo lo ciega casi siempre contra todos sus adversarios, atribuya

aquí á los moriscos todo linaje de virtudes nobles y heróicas, haciendo

más interesantes á los vencidos que á los vencedores. La primera escena

es en la casa del Cadí de Granada, en donde los moros celebran en

secreto su aniversario; llaman de repente á la puerta, y pide entrar Don

Juan de Malec, descendiente de los antiguos reyes de Granada, que,

sumiso á las leyes de Felipe II, se ha convertido al cristianismo,

habiendo sido premiado con el cargo de concejal de la ciudad. Dice que

viene entonces del cabildo, en donde se ha leído una orden del Rey, por

la cual se imponen á los moriscos nuevos gravámenes. Malec, el concejal

más antiguo, había desaprobado el primero estas medidas; pero Don Juan

de Mendoza le había interrumpido, replicándole que él era moro, y que se

proponía librar á sus correligionarios del castigo condigno. La disputa

se había ido acalorando más y más, y terminó, al cabo, dando Mendoza á

Malec una bofetada. El ofendido de esta manera, se queja de no tener

ningún hijo que vengue su injuria, sino sólo una hija, que lo aflige más

en su desdicha; por lo cual demuestra á los moriscos reunidos, que estas

medidas no tendrán otro resultado que hacerlos á todos esclavos,

excitándolos á vengar su oprobio, porque á todos ellos alcanza. En

efecto, toda la reunión pronuncia ese juramento de venganza. La escena

siguiente nos muestra á la hija de Malec, desesperada por la ofensa

inferida á su padre, aumentando aún más su pena el pensamiento de que su

amante, Don Alvaro Tuzaní, la juzgará indigna de él á consecuencia de la

mancha que ha recaído en su linaje. Aparece entonces Tuzaní, y solicita

su mano para tomar á su cargo la venganza de su suegro. Clara se opone

porque su amante no participe de su vergüenza. Mientras tanto, vienen á

la casa de Malec el corregidor Zúñiga y Don Fernando de Valor, otro

descendiente de los reyes de Granada, que se ha hecho también cristiano,

para anunciarle que, hasta la resolución de la contienda suscitada, ha

de servirle su casa de cárcel. Valor propone que la hija de Malec se

case con Mendoza, y Tuzaní, para prevenirlo, corre á buscar á Mendoza y

lo desafía; pero este combate es interrumpido, porque Valor y Zúñiga

vienen á casa de Mendoza para hablarle del casamiento que ha de poner

término á esta cuestión. Mendoza rechaza la propuesta con desprecio,

pronunciando palabras injuriosas contra los moriscos, y Tuzaní, Valor y

Malec, sintiéndose también lastimados por Mendoza, se alejan resueltos á

promover la rebelión.

En el acto segundo, tres años después del anterior, la rebelión ha

estallado ya, y Don Juan de Austria es el encargado de sofocarla.

Fernando Valor ha sido elegido Rey, y se ha casado con la bella Isabel

Tuzaní; en su misma casa se celebran las bodas de Tuzaní y de Clara,

cuando de repente anuncian los tambores la llegada del ejército

cristiano. Valor envía á Malec y á Tuzaní á sus puestos, y el último

promete á su esposa venir á verla todas las noches. Una de las escenas

siguientes nos ofrece esta entrevista, interrumpida por la aproximación

de Don Juan de Austria. En el acto tercero, Tuzaní se ha deslizado de

nuevo por las murallas de la fortificación, en que vive su amada; pero

los enemigos han minado los peñascos, sobre los cuales está edificada la

ciudad, y preparado la pólvora de las minas; una terrible explosión hace

saltar las murallas, y deja entrar á los españoles en la ciudad. Tuzaní

se precipita por en medio de las llamas en la habitación de Clara; pero

la encuentra moribunda, herida por la mano de un soldado. Sediento de

venganza, corre al campamento cristiano; observa que un soldado tiene un

collar, que reconoce como joya de su amada, deduciendo, de esta

circunstancia, que este soldado es el asesino de Clara; por cuya razón

lo mata. A los gritos del soldado acuden otros muchos, y Don Juan de

Austria, Don Lope de Figueroa y otros capitanes españoles rodean al

atrevido, que ha penetrado sólo en el campamento español para vengarse y

matar al asesino de su amada; pero Tuzaní se abre paso con su espada, á

pesar de la muchedumbre que lo rodea, y se pone en salvo en parajes

inaccesibles de aquellas montañas. Los moriscos, privados por la

conquista de aquella fortaleza de su mejor defensa, deponen al fin las

armas, y se acogen al perdón que el Rey les concede.

_Luis Pérez el Gallego._--Este no es un drama, en el sentido rigoroso de

la palabra, sino una serie de situaciones, enlazadas entre sí, de la

vida de Luis Pérez, noble gallego, transformado en salteador por un

concurso fatal de circunstancias. Su pensamiento principal tiene mucha

semejanza con el de _El tejedor de Segovia_, de Alarcón, pero no

superando, sin embargo, á este último é inimitable drama. Los caracteres

y las situaciones son, por lo demás, muy animados. El motivo capital,

que ha impulsado al protagonista á hacerse bandolero, es la rígida

observancia de la ley del honor, con arreglo á las ideas españolas. Luis

Pérez quiere matar á un criado, que ha entregado una carta á su hermana,

y al que mira como intermediario de una intriga ilícita, y resiste á la

justicia, al presentarse ésta para capturar á un portugués, refugiado en

su casa por haber matado á su rival. Forzado á huir ocúrrenle después

varias aventuras, y regresa, por último, á su hogar, creyéndose seguro;

pero, al saber que ha sido condenado á muerte, busca al juez de la

sentencia; pone á sus criados de centinela á la puerta de la casa de

éste, su apodera de los autos, los rompe y se escapa con sus servidores.

Se le persigue luego en un monte, en donde se ha refugiado,

defendiéndose en él con sus amigos contra los agentes de la justicia.

Por último, le alcanza un tiro de fusil, es hecho prisionero y se le da

al cabo libertad, terminando de este modo la primera parte de las

hazañas de _Luis Pérez el Gallego_. La parte segunda, que existe, no es

de Calderón.

_El sitio de Breda._--Se escribió para solemnizar en una fiesta la toma

de Breda por los españoles. Todo este drama lleva el sello de una

composición, escrita para un objeto dado. No le falta elevación ni

fuego; el odio contra los enemigos de la fe católica está expresado con

tremenda energía; encierra bellezas aisladas, así líricas como épicas,

en número no escaso; pero los sucesos de la guerra están enlazados entre

sí, sin formar un plan regular, y sin constituir, por tanto, un drama

verdadero.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo IV · 第 15 / 25 段