_La sibila del Oriente._--Para representarse en la fiesta de la Santa

Cruz. Su fundamento es el libro segundo de Samuel, el primero de los

Reyes, los dos libros de la Crónica, y Josephi, _Antiquitates judaicæ_,

I, libros VII y VIII, cap. 6.º El carácter de la reina de Saba se

asemeja al de las sibilas de las leyendas de la Edad Media, encargadas

de anunciar á los gentiles la venida del Salvador. Este drama no se

menciona por Calderón en el catálogo de sus comedias, que hizo en 1680

para el duque de Veragua, deduciéndose de esta circunstancia, que es uno

de los últimos, si no el postrero, de todos sus dramas; pero ese

catálogo incluye otras muchas obras, de cuya autenticidad se duda, y no

hay que concederle mayor autoridad de la que tiene, aunque el examen

detenido de esta composición parezca también confirmarlo. El poeta ha

hecho gala de su devoción en esta obra admirable, revistiéndola de la

solemne poesía del Antiguo Testamento. «Si, en general,» dice Malsburg,

«es la adoración de un sér más alto la fuente primera de toda poesía,

ningún otro poeta ha levantado un monumento tan magnífico en loor suyo

como Calderón en su _Sibila del Oriente_, escrita, al parecer, en una

edad avanzada, cuando su alma se ocupaba sólo en los portentos

admirables de la religión. Desarróllase aquí, con singular

magnificencia, la tesis de que en el Antiguo Testamento existe la raíz

del Nuevo, siendo una de las bellezas más incomparables de esta comedia

que, así su fábula como sus elementos aislados, tienen siempre

transcendental significación. Es semejante á una imagen, que encierra

en sí profundo misterio; anuncia sólo lo más santo y lo más oculto, para

que nuestro espíritu lo comprenda de este modo, y conozcamos que se

apodera de nosotros, y nos llena por completo. Dotados ya de esa vista

profética, comprendemos en toda su extensión la sublime empresa de la

redención humana por el Salvador; y así como vemos levantarse y

perfeccionarse el templo de Salomón, así también se eleva en nuestro

espíritu la Iglesia de Cristo, sobrecogiéndonos y arrebatándonos: el

vate es aquí profeta, la poesía una revelación, y la magia brillante de

que ésta se reviste, se trueca luego en humildad y rendimiento al

servicio de Dios, para anunciar esos misterios elevados, que la palabra

no puede expresar. Al sublimar el poeta lo divino, se transfigura él

mismo por su virtud, excediéndose á sí propio de tal suerte, que ha

dejado á todos en la imposibilidad de aventajarlo.»

A los dramas mencionados hasta ahora, que con más razón merecen

calificarse de religiosos, por predominar en ellos este elemento,

agregaremos otros dos, cuya forma exterior no corresponde, al parecer, á

esta clase; pero que, á causa del pensamiento, también religioso, que

los llena, y de su simbolismo, enérgicamente caracterizado, merecen,

sin duda, ser conocidos después de aquéllos. Tales son los siguientes:

_La estatua de Prometeo._--Trabajo profundo del mito de Prometeo, con

arreglo á las ideas cristianas. Prometeo hace una copia de Minerva, de

la razón eterna, y es llevado en alas de la diosa por los espacios

celestes al palacio del dios del sol, robándole un rayo, con cuya ayuda

infunde la vida en la naturaleza; pero la razón, en cuanto nace,

enciende con la luz á la discordia, y, de la urna abierta por ella,

salen y se divulgan el odio y la enemistad, como obscuro humo, entre el

linaje humano; los dos hermanos, Prometeo y Epimeteo, se hacen la guerra

entonces, cuyo azote devasta á la tierra virgen. Finalmente, Apolo se

aplaca por las súplicas de Minerva, muda el humo en luz radiante, y

devuelve á nuestro planeta el amor y la reconciliación.

_La vida es sueño._--Todo lo esencial del plan de esta poesía, quizá la

más famosa de nuestro dramaturgo, parece ser invención suya exclusiva.

Sólo para la traza externa del argumento, que representa simbólicamente

á la vida humana como un sueño, puede haberse fundado en la narración de

Marco Polo, _De consuetudinibus et conditionibus orientalium regionum_,

lib. II, cap. 28. Más se parece á este drama el cuento oriental de _Los

durmientes que despiertan_, que, acaso tradicionalmente, hubo de

penetrar pronto en Europa. En las novelas de Occidente aparecen con

repeticiones muchas invenciones análogas, como, por ejemplo, la jornada

tercera, novela 8.ª del _Decameron_; _Grazzini_, tomo II, pág. 117 de la

edición de Londres de 1793. Tal es también la fuente de la obra de

Shakespeare, titulada _Taming of the shrew_; una comedia inglesa más

antigua, impresa en los _Six old plays_, y la _Jeppe paa Bierge_, de

Holberg; pero Calderón ha considerado, bajo su aspecto formal y serio,

el motivo cómico usado en las obras anteriores para representar la idea

de la nada de la vida humana en su duración transitoria. Si examinamos

esta composición, ateniéndonos sólo á su forma externa, ha de

clasificarse entre los dramas peculiares del teatro español, ya antes de

Calderón, llenos de hechos fantásticos extraños para dar más vuelo á la

imaginación, y crear un mundo maravilloso, en el cual la naturaleza

humana parece sometida á leyes distintas de la realidad; pero ¡qué

diferencia entre las comedias anteriores, de espectáculo, toscas, por lo

general, de esta especie, y el drama de Calderón, que rebosa de

profundos pensamientos, y que nos ofrece al espíritu como á una

manifestación de lo eterno, oponiéndole lo finito, que desaparece para

dejar sólo la eternidad! Nuestro poeta muestra, al parecer, afición

singular á describir seres humanos que crecen aislados de los demás

mortales, repitiéndose este pensamiento en otras muchas obras suyas,

como, por ejemplo, en _Las cadenas del demonio_, _Apolo y Climene_, _La

hija del aire_, _Leonido y Marfisa_, _El monstruo de los jardines_ y

_Eco y Narciso_. La fuente de este pensamiento, habrá sido probablemente

la novela religiosa de _Barlaam y Josafat_, en la cual se cuenta que un

Príncipe, á causa de la desdicha que le amenazaba hasta cumplir los diez

años, había sido encerrado en una obscura cueva, y, después del

transcurso de este tiempo, había salido á la luz del día con motivo de

una fiesta de corte, llenándose de asombro al contemplarse rodeado de

muchos objetos de valor, y de señoras y caballeros, lujosamente

vestidos. Lo último, sin duda, lo ha tenido presente Calderón en la

escena primera del acto segundo.

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO VIII.

Dramas históricos de Calderón.--_La niña de Gómez Arias._--_El

postrer duelo de España._--_El médico de su honra._--_A secreto

agravio, secreta venganza._--_Las tres justicias en una._

Tratemos ahora de los dramas de Calderón, cuyo asunto está tomado

directamente de la historia, ó, si son invención suya, presentados con

circunstancias históricas. Llaman primero nuestra atención los que se

refieren á la Península española. Ya dijimos antes, que, pocas veces

este poeta, como Lope de Vega, penetra en lo pasado y en su espíritu, y

que, al contrario, es lo más común que mire á su tiempo como tipo del

anterior, y no escriba, por tanto, en sentido verdaderamente histórico.

Aun cuando este método tenga sus inconvenientes, no es ocioso añadir que

nunca Calderón, como su predecesor, acude á los períodos primitivos de

la historia de España, ni á los albores de la Edad Media, ni á la época

de la restauración del imperio cristiano, sino solamente á los siglos

más próximos á él, moviéndose, por tanto, dentro de un círculo, que le

impide, por lo menos, faltar groseramente á la verosimilitud, ó falsear

la verdad histórica.

Esto supuesto, examinaremos las obras de Calderón, relativas á la

historia, ó á las tradiciones de España, así por su mérito dramático,

puesto que pertenecen á la serie de sus más notables composiciones, como

también porque este análisis nos habilita para penetrar en lo más íntimo

de la vida de la nación española en el siglo XVII, y porque es mucho más

útil que los datos históricos para revelarnos las ideas y costumbres de

esta época. Hagamos notar también, con este propósito, que de ese examen

se desprende la verdad, de que la monarquía por los extremos, con que se

celebra, había llegado á una altura en la opinión, no igual á la

observada en períodos precedentes. Los poetas más antiguos no temían

presentar á los reyes como simples mortales, y, con frecuencia, con los

vicios y las pasiones más torpes, ni se hacían escrúpulo tampoco de

poner en los labios de los vasallos un lenguaje noble y libre contra los

tiranos. ¡Cuánta no es la osadía y la entereza del Cid, de Guillén de

Castro, frente al rey D. Sancho! ¡Cuán obstinado y arrogante no aparece

el Bernardo del Carpio, de Lope, contra D. Alfonso _el Casto!_ ¡Cuántas

comedias no examinamos antes, en las cuales queda humillado el poder

real por las culpas de los soberanos!

Los reyes de Calderón, al contrario, parecen pertenecer á otro mundo

mejor que los demás mortales; no les obligan los vínculos y leyes que á

aquéllos, y hasta sus flaquezas y sus faltas se mitigan

embelleciéndolas. La veneración del poeta hacia el poder absoluto era

tan grande, que creía que sus representantes sólo habían de mostrarse á

cierta distancia, y de aquí que no nos los haya representado, en su vida

privada y en sus asuntos de estado, sino como poderes superiores, que, á

modo de providencia, deciden de los destinos del mundo. Tan avasallador

es para él el deber de la sumisión al Monarca legítimo, que hasta las

leyes del honor han de ser sacrificadas en su obsequio. Esto es tanto

más notable, cuanto que Calderón ha llevado la susceptibilidad del

sentimiento del honor á un grado tal de exaltación, que ningún poeta

anterior puede comparársele bajo este aspecto, y justamente sus comedias

históricas son las que ofrecen ejemplos más gráficos de este linaje de

ideas del poeta.

Estos dramas de Calderón nos revelan también, más cumplidamente que

otros cualesquiera suyos, las extravagancias y exageraciones, que, desde

antes, formaban ya un rasgo esencial de los españoles. Debemos

detenernos, pues, en la exposición y estudio de este rasgo nacional,

porque, sin conocerlo bien, hemos de extrañar sobremanera algunas

particularidades de estos dramas, y no podremos apreciar en su valor los

principios morales, extraños y opuestos con mucha frecuencia á nuestras

ideas, que dominaban entonces en España. El carácter de los españoles,

como lo demuestra ya el principio de su historia, se distinguió siempre

por su obstinación y por su férrea firmeza; pero esta prenda no aparecía

sólo bajo su aspecto favorable, porque en sus preocupaciones no los

paraban tampoco respetos ni temores, y llegaba inexorablemente hasta sus

consecuencias más extremas. En virtud de una cadena de conclusiones,

fuertemente trabadas entre sí, trazáronse leyes morales opuestas

conocidamente á la verdadera moral, convirtiendo en base ó principio de

conducta motivos externos puramente casuales. De esta suerte fué, no ya

un derecho, sino hasta un deber la defensa del amigo ó del pariente, por

injusta que fuese la causa, y contra todos, y á costa de la sangre y de

la vida; por tanto, era posible que se considerase un hecho dado

culpable, y que, con arreglo á las ideas de los españoles, fuera

obligatorio ejecutarlo si el Rey lo pedía, santificándose, en general,

no sólo la venganza sangrienta, sino rigiendo la ley de que todo

agravio, y hasta la apariencia de él, había de borrarse con sangre. En

otros diversos lugares de esta obra tratamos también de este punto; pero

es preciso insistir en él de nuevo expresamente, porque es imposible

comprender bien varias comedias de Calderón, que analizaremos en

seguida, á no tener presente lo que significaba el honor, según las

ideas españolas y sus exigencias, en casos aislados. La certeza ó la

simple sospecha de haber hablado una dama con un extraño, de haber

entrado éste en su casa, ó demostrarle ella alguna inclinación,

producían el convencimiento íntimo de haber entre ellos relaciones

culpables, que obligaban al padre, al hermano ó al esposo á pedir una

satisfacción para lavar la mancha caída en su honor. Esta costumbre era

tan general y absoluta, que nadie podía esquivar su imperio. La muerte

bullía, pues, siempre en el fondo de estas intrigas amorosas; hasta la

ofensa más ligera pedía sangrienta expiación, no bastando que sucumbiera

el ofensor; la hija, la hermana ó la esposa, por inocentes que fuesen,

eran arrastradas también en su caída. El apasionamiento de este pueblo

meridional sentía crecer su sed de venganza por la influencia de la

opinión pública, excusándose de este modo hasta los medios más crueles,

odiosos y traidores, si se alcanzaba aquel fin. Con arreglo á estas

ideas, los poetas dramáticos ofrecen en la escena las venganzas más

horribles, y hasta hacen que las perpetren sus héroes favoritos.

Consignan, es cierto, la lucha del sentimiento subjetivo contra el poder

de la costumbre general; nos hacen oir lamentaciones, con las cuales los

ofendidos expresan su convencimiento contra las leyes del honor, y ya

Lope de Vega pone en los labios de uno de sus héroes las siguientes

palabras: «¡Maldito seas, oh honor, desastrosa invención humana, y

opuesta á las leyes naturales! ¡Ay de aquél que te ha inventado!» Pero

éstas son sólo expansiones momentáneas de la sensibilidad, no atendidas

por nadie, y sirven sólo, si nos fijamos en la intención del poeta, para

hacer resaltar más la enérgica voluntad de sus héroes, que, á pesar de

ese sentimiento contrario, ejecutan, no obstante, el hecho aborrecido.

Conviene, pues, tenerlo presente para entender y apreciar algunos de los

dramas que subsiguen. Al hablar de los históricos españoles, incluímos

también en ellos los que se fundan en la historia de Portugal, por no

diferenciarse de aquéllos en su traza y colorido.

_La niña de Gómez Arias._--Representa un suceso que hubo de ocurrir en

el reinado de Don Fernando y Doña Isabel, cuando la primera rebelión de

los moriscos en las Alpujarras. Ni en la obra de Mendoza, ni en la de

Mármol Carvajal, se encuentra noticia alguna histórica que aclare ese

suceso. Esta historia conmovedora había servido de base á un romance

popular, que hubo de divulgarse mucho, si nos atenemos á las

multiplicadas alusiones que hacen á él los poetas españoles (véase,

entre otros, á Cervantes, _Ocho comedias_, edición de 1742, tomo II,

pág. 317). El primero que le dió forma dramática fué Luis Vélez de

Guevara. Su comedia, muy notable, lleva el mismo título que la de

Calderón. No es posible negar á este último el mérito de haber superado

en mucho á su predecesor. El protagonista de este drama, Gómez Arias, es

un libertino, como el Don Juan, de Tirso. La joven é inocente Dorotea

sucumbe á sus poderosos medios de seducción, y consiente en huir con él

del hogar paterno. Cansado de ella, la abandona mientras duerme en un

lugar agreste de la Alpujarra, en donde, después de la toma de Granada,

se sostienen algunos moros independientes contra las armas cristianas.

Al despertar busca Dorotea á su amante, y encuentra sólo guerreros moros

que se apoderan de ella y la hacen prisionera; no largo tiempo después

es libertada por soldados cristianos, y conducida á una casa de Guadix,

en donde se junta de nuevo con Gómez Arias. Este se hallaba allí para

robar otra doncella; pero se equivoca de noche, llevándose á Dorotea. Al

romper el día conoce su error. Ocupan el mismo lugar, en donde la

abandonó la vez primera, al pie de la ciudadela morisca de Benamejí.

Fuera de sí por su equivocación, maltrata á la desventurada, y se

propone abandonarla de nuevo. Dorotea se lamenta y procura mover su

compasión; pero el inexorable libertino toma una resolución aún más

horrible, y llama á los moros para venderles la mísera seducida. Las

palabras que pronuncia la inconsolable dama para excitar la lástima del

despiadado caballero, rogándole que no la abandone, es de lo mejor que

ha escrito Calderón; enérgicas y apasionadas para expresar su

desesperación, y respirando la pena más profunda, cuando solicita en su

desamparo al seductor, aseméjanse á un torrente embravecido,

aprovechando los términos del romance antiguo, que aumentan más su

efecto. Pero la resolución criminal de Gómez Arias no se altera ni un

punto: el inhumano entrega á la desolada joven en manos de los moros.

Poco después se acerca á aquel paraje la reina Isabel con un ejército,

y se apodera de la fortaleza, oyendo de los labios de la cautiva la

maldad insólita de que ha sido víctima: manda prender al culpable; lo

obliga á lavar el honor de Dorotea, casándose con ella, y lo hace

decapitar después en el cadalso. La Huerta refiere un hecho notable para

probar la impresión arrebatadora que hizo esta comedia en el teatro. Los

alcaldes de corte que presidían el espectáculo, tenían un asiento

especial é iban acompañados de algunos alguaciles. En la escena en que

Gómez Arias se propone entregar á los moros á la mísera joven, á quien

sedujo, uno de los alguaciles se dejó llevar de tal manera de la verdad

y de la animación del espectáculo, que se precipitó con la espada

desnuda contra el actor, que representaba el papel de Gómez Arias, y lo

puso en precipitada fuga.

_El postrer duelo de España[98]._--Extraño es, sin duda, que los

traductores alemanes de Calderón no hayan apreciado, como merece, esta

obra dramática. En todos conceptos puede calificarse de una de sus

comedias más magistrales, juntando el arte más refinado en su plan con

la animación teatral más perfecta; su estilo es también casi siempre de

primer orden. Acaso en ningún otro drama de nuestro poeta se presenta la

idea del honor, como poder predominante en la vida entera de aquella

época, de una manera tan profunda, ni su contraste con la conciencia

subjetiva se junta nunca para producir una impresión tan completa. El

argumento de la fábula es, en pocas palabras, el siguiente: Dos

caballeros españoles, amigos, Don Jerónimo y Don Pedro, se encuentran

tras larga separación en Zaragoza, en cuya ciudad se celebraban diversas

fiestas, para solemnizar la vuelta á España de Carlos V. Don Jerónimo

dice á su amigo, en confianza, que una dama, llamada Doña Violante, ha

inflamado su corazón con un amor ardiente; pero que los celos le

atormentan, sospechando, por algunos indicios, la existencia de un

rival, que también la ama; finalmente, ruega á Don Pedro que le ayude á

descubrirlo. Don Pedro expresa en un monólogo los afectos encontrados,

que bullen y luchan en su alma, por ser él el pretendiente de Violante;

y aunque por una parte los deberes de la amistad exigen que lo declare,

sin embargo, por otra ha prometido á Violante guardar el silencio más

absoluto acerca de sus relaciones amorosas; no puede evitar tampoco, al

oir la confesión de Don Jerónimo, cierto arranque de celos, resolviendo,

en su consecuencia, espiar con esmero á su amada, para averiguar si le

guarda la fidelidad debida. No poco después, cuando por la noche se

halla al lado de ella, oye una serenata delante de su ventana; la

reconviene; entabla con ella un diálogo animado, y, presa de su pasión,

se estima autorizado á romper su sigilo respecto á Don Jerónimo. Hace

presente á su amigo que su derecho es anterior; pero excitados por la

pasión uno y otro, se acaloran, pronuncian palabras ofensivas, y su

entrevista termina fijando el tiempo y el lugar para un desafío. Cuando

Don Pedro llega al sitio, en que ha de verificarse, se cae del caballo y

se lastima un brazo. Don Jerónimo no quiere pelear con él en este

estado, pero Don Pedro insiste en llevar á efecto lo convenido. Apenas

comienzan el combate, se escapa la espada de las manos débiles de Don

Pedro; su adversario se opone á aprovecharse de esta ventaja, que se le

presenta, y su generosidad trae consigo la reconciliación de los dos

adalides, prometiendo Don Jerónimo, bajo solemne juramento, no decir á

nadie, con arreglo á las ideas sobre el honor, dominantes entonces en

España, cuál ha sido el desenlace del desafío, humillante para Don

Pedro. Serafina, dama desdeñada por éste por haber preferido á Violante,

se entera de este pacto, oculta en un matorral, y resuelve utilizarlo

para vengarse de su antiguo amante. Pronto se le presenta la ocasión.

Así, cuando Don Pedro entabla poco después amorosos coloquios con

Violante, aparece Serafina, y cuenta en son de burlas el suceso, de cuya

verdad ha sido testigo ocular, no dejando de hacer su efecto natural en

Violante, que despide á su galán, y le ordena que no se presente más

ante ella hasta no borrar la mancha, que deslustra su honor. Don Pedro

se queda anonadado, y ardiendo en ira por vengarse de Don Jerónimo,

creyendo sinceramente que ha faltado al secreto prometido. Cuando deja á

su amada, oye un canto burlesco, que entona gente del pueblo, y cuenta

con frases ofensivas el éxito infortunado de su desafío: ¡tan conocida

ya de todos es su vergüenza! Obtiene entonces una audiencia del

Emperador, y logra una orden para que se celebre un juicio de Dios para

probar que su honor no tiene mancha, y castigar la violación de la

palabra de su contrario. Accede á sus ruegos el Emperador, y fija tiempo

y lugar para esa lid solemne. En la última escena de la comedia, en la

Plaza Mayor de Valladolid, se ve al Rey con su corte, y un concurso

numeroso de espectadores, que se apiñan junto á las barreras. Comienza

el combate, y ambos adalides pelean con un valor tan heróico, que el

Emperador se interpone entre ellos, y los obliga á separarse, mereciendo

ambos la victoria, y por tanto también no ser considerados como

culpables. Llega entonces Serafina, y declara que ella reveló lo que

había visto, y que Don Jerónimo no ha faltado ni al secreto ni al

juramento. Los dos amigos reconciliados se abrazan, y Don Pedro da su

mano á Violante. Don Jerónimo, á su vez, olvidándose de sus amoríos

recientes, renueva sus anteriores relaciones con Serafina, guardándose

en esta comedia la costumbre, casi convertida en ley en el teatro

español, de que á su desenlace concurran varias parejas enamoradas.

_El médico de su honra_[99].--Esta es una tragedia horrible, repugnante

y ofensiva á nuestras ideas, pero vaciada en el molde de las morales,

reinantes entonces en España, con arreglo á las cuales el sentimiento

del honor degenera en verdadero fanatismo. Juzgándola bajo este punto

de vista--prescindiendo de que la muerte de la inocente Mencía es

contraria á nuestro modo de sentir en esta materia,--y ateniéndonos sólo

á la opinión común de los españoles de esa época, no es posible dejar de

convenir en que este drama es una de las creaciones más extraordinarias,

que se encuentran en los vastos dominios de la poesía. Suponiendo

conocido su argumento, y la incomparable maestría del autor en su

composición, nos limitaremos, como ha hecho Damas Hinard en las

excelentes notas, que acompañan á su traducción francesa, á señalar tan

sólo como más notables algunas de sus bellezas aisladas. Tales son, en

el acto primero, su excelente exposición, tantas veces imitada; en el

segundo, la escena en que Don Gutierre registra su casa para descubrir

en ella el amante oculto de su esposa, atrapando sólo al gracioso, que

prorrumpe en gritos descompasados, haciendo creer á Doña Mencía, llena

de horror, que ha sido descubierto su amante; después el monólogo en que

Don Gutierre se esfuerza en mirar, bajo el punto de vista más favorable

posible, la causa de sus celos; luego el diálogo nocturno entre Don

Gutierre y su esposa, en que la última, creyendo hablar con Don Enrique,

confirma las sospechas de su marido; finalmente, todo el acto tercero,

obra magistral y perfecta, durante el cual el espectador más impasible

no puede menos de seguir sin respirar la rapidez de los sucesos, que se

precipitan, sucediéndose unas á otras las escenas interesantes, y

terminando el drama con tanta pasión como energía. ¡Cuán poética, y, al

mismo tiempo, cuán dramática y de cuánto efecto no es, poco antes de la

catástrofe, la invención de hacer oir en la calle, cantado por una voz

misteriosa, cierto romance sobre la partida del Infante! También la

pintura de caracteres es de mérito sobresaliente; como prueba de la

delicadeza, con que se ha trazado el de Don Gutierre, recuérdese el

rasgo de que él (como lo hace resaltar premeditadamente el poeta), á

pesar de su anterior fidelidad al cumplimiento de sus deberes de

caballero, había abandonado á la mujer, á quien había prometido su mano,

sin más motivo que una ligera sospecha. El personaje de Don Pedro _el

Justiciero_, como acontece en casi todos los dramas españoles, es más

noble y distinguido de lo que aparece en las narraciones de los

historiadores.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo IV · 第 14 / 25 段