Se encamina entonces, para buscar el Purgatorio, al lugar en donde

subsiste aquella caverna, á donde llevó al Rey San Patricio; encuentra

allí á Polonia de ermitaña; le indica la dirección que ha de tomar;

llega á la caverna, y, al cabo de algunos días, sale de ella santificado

y transfigurado. Una larga oración, en la cual refiere las maravillas,

que ha presenciado en el Purgatorio de San Patricio, termina esta obra

dramática[89].

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO VII.

_Las cadenas del demonio._--_La exaltación de la Cruz._--_La

devoción de la Cruz._--_Origen, pérdida y restauración de la Virgen

del Sagrario._--_La cisma de Ingalaterra._--_La aurora en

Copacavana._--_El gran príncipe de Fez._--_San Francisco de

Borja._--_La sibila del Oriente._--_La estatua de Prometeo._--_La

vida es sueño._

_Las cadenas del demonio._--Comienza con una escena semejante á la que

se halla también al principio en _La vida es sueño_. Irene, hija del rey

de Armenia, está presa desde su nacimiento en una cárcel obscura, por

haber profetizado un astrólogo que su libertad acarrearía á su país todo

linaje de males. Invoca, desesperada, la ayuda del Demonio, y consigue

de él, vendiéndole su alma, que la saque de la cárcel. Las exhortaciones

del apóstol San Bartolomé, que llega allí poco después y convierte al

cristianismo á parte de sus habitantes, hacen en ella tal impresión,

que, conociendo su pecado, se aflige primero sobremanera, y pierde

después el juicio. La descripción de su locura es, sin disputa, de lo

más magistral y poético que se ha escrito; finalmente, libre ya su alma

del delirio que la embargaba, confiesa á Jesucristo y consigue del

apóstol, que, al final del drama, recibe el martirio, la anulación de su

pacto con el Diablo[90].

_La exaltación de la Cruz_[91].--Este drama extraordinario trata de la

conquista de la Santa Cruz del rey persa Cosroes, y de su instalación en

el templo de Jerusalén; pero el objeto del poeta fué personificar

simbólicamente en _La exaltación de la Cruz_ la del cristianismo. La

leyenda de San Anastasio (_Acta sanctorum Bolandi_, Januar, tomo II,

pág. 422: Antuerp., 1643), está enlazada hábilmente con la acción

principal. Este santo, mago y encantador al principio, muestra á los

hijos de Cosroes, á sus ruegos, en un espejo negro, la entrada de su

padre en Jerusalén; pero, al ver la cruz, su arte es impotente, y le

sugiere sus primeras dudas acerca de la verdad de su religión. Cosroes

vuelve triunfante á su capital; planta la cruz robada del Salvador en el

templo de Júpiter, y entrega, como esclavo, á Zacarías, patriarca

cautivo de Jerusalén, en manos de Anastasio, para que éste le haga

apostatar de su fe. El emperador Heraclio, mientras tanto, sabe, por

conducto de Clodomira, reina fugitiva de Gaza, que se le presenta

suplicante, que Jerusalén ha sido tomada y que se ha arrancado de ella

la Santa Cruz; y, si bien hasta entonces había sentido por su futura

esposa ardiente amor mundano, lo borra de su corazón y dirige sólo su

pensamiento á la noble empresa de recuperar el símbolo del cristianismo.

Clodomira, armada también, forma parte de la expedición contra Persia.

No fácilmente, sin embargo, concede el Señor la victoria á sus

adoradores: aguárdanles pruebas y tormentos diversos; derrótanlos los

persas, y se ven á punto de sucumbir en una región montañosa y desierta;

pero perseveran en su fe y en su esperanza, y al cabo el cielo también

les ayuda, los ángeles esgrimen sus espadas de fuego, y dispersan los

escuadrones enemigos que los cercaban. Mientras suceden estas cosas,

estalla la desunión en la familia real de Persia, á la cual han llevado

cautiva á Clodomira; un hijo de Cosroes, gravemente ofendido por su

padre, se acoge á Heraclio con Clodomira, y con su ayuda se apodera de

la capital de Persia y recupera la Santa Cruz. Anastasio, convertido al

cristianismo por su esclavo Zacarías, y después de sufrir de Cosroes

todo linaje de oprobios y torturas á causa de su nueva religión, que

confiesa públicamente, es puesto en libertad, ocupando de nuevo Zacarías

su silla episcopal en Jerusalén. A la conclusión del drama se nos ofrece

un contraste con la primera escena: así como Anastasio hace allí ver, en

virtud de sus artes mágicas, el robo de la cruz á los príncipes de

Persia, así aquí le muestran los ángeles á Heraclio con cilicio y corona

de espinas en la cabeza, llevando en sus hombros el sagrado madero al

templo de Jerusalén, y plantándolo en el altar.

_La devoción de la Cruz._--Esta obra tiene igual valor, ya se la

considere como la expresión del espíritu de tiempos pasados, ó por su

mérito poético. La idea imaginaria, que le sirve de fundamento, se

desenvuelve en rasgos grandiosos; pero el sentimiento religioso del

poeta, en otros dramas suyos tan pura y genuinamente cristiano, aparece

en éste extraviado singularmente por la superstición y el fanatismo. La

creencia, de que un hombre puede cometer crímenes de toda especie, y

salvarse, sin embargo, por su adhesión á la fe católica y al símbolo de

su Divino Fundador, se expone en este drama de la manera más

inconveniente; porque envuelta por completo la significación literal del

argumento en una forma simbólica, obliga al poeta á intercalar una idea,

en que seguramente no ha pensado. Una mujer casada, después de sufrir de

su esposo malos y groseros tratamientos, se ve acometida de los dolores

del parto en el desierto, al pie de una cruz, invocando el auxilio de

esa misma cruz en hora tan angustiosa para ella. Los gemelos, que da á

luz, llevan impreso en el pecho el signo de la gracia, bajo la forma de

una cruz roja. El padre hace criar á Julia, la hija, en su casa; pero el

hijo crece y se educa en el extranjero, desconocido de su padre, y

después se enamora de Julia, ignorando que sea su hermana. Otro hermano

de Julia provoca al seductor, y muere en la pelea. Julia es encerrada

en un convento por su padre, y el hijo de éste entra en una banda de

ladrones, y comete crímenes sobre crímenes. Su antiguo amor no le

abandona, y forma el proyecto de robar á Julia del convento; pero cuando

ella se inclina á acceder á sus deseos, retrocede él, temblando, al

observar en su pecho el signo de la cruz. Julia, entonces, arrastrada de

una pasión sensual y censurable, se escapa del convento y sale en su

persecución. El milagro que la cruz hace en los dos, que la llevan,

forma entonces el verdadero núcleo del drama: la vida de los dos

elegidos, no obstante sus pecados y desdichas, es sólo para ambos la

senda obscura, que conduce al sol resplandeciente de la salvación

eterna, que, desde la cuna, ha brillado para ellos; en vano influencias

maléficas los arrebatan al abismo de su perdición, porque permanecen

fieles á la cruz, y este signo de la verdad y de la gloria los arranca

del pecado y de la muerte. Píntalo así el poeta con el vuelo poderoso de

su fantasía; pero, á pesar de todo su talento, no es posible que la

imaginación, por lo menos la de los que ahora vivimos, se vea libre de

extrañeza, al considerar que, aquel signo externo, no se presenta sólo

como símbolo, sino como instrumento salvador de la gracia divina, aunque

las almas de los glorificados persistan en la culpa con conocimiento

clarísimo de lo que hacen. Mientras el hijo y la hija se entregan á todo

linaje de excesos y maldades, el padre ataca á los ladrones y el hijo

muere en la batalla; y al invocar el auxilio de la cruz se presenta un

piadoso obispo que lo confiesa, requisito indispensable y conocido, con

arreglo á las creencias católicas, para alcanzar la bienaventuranza.

Julia, perseguida también y viendo lo inevitable de su muerte, se abraza

á una cruz y sale con ella volando por los aires, dejando burlados á sus

perseguidores[92].

_Del origen, pérdida y restauración de la Virgen del Sagrario_[93].--La

acción se divide en tres partes, distribuídas cada una en diversos

siglos: la primera, en el VII, en el reinado de Recesvinto, rey de los

visigodos; la segunda, en el VIII, cuando la conquista de España por

Tarik; y la tercera, en el XI, cuando fué recuperada Toledo. El centro ó

foco de la acción lo constituye la milagrosa imagen de la Virgen en su

nacimiento, decadencia y restauración, dependiendo la unidad del

argumento de este centro, al que se refieren todas las demás escenas.

_La cisma de Ingalaterra_[94].--El plan de esta tragedia coincide en

muchos puntos con la de _Enrique VIII_, de Shakespeare. Compréndese, sin

embargo, que las diferencias entre ambas han de ser radicales. Si el

drama inglés se propone la alabanza de Isabel, en el español predomina

claramente la tendencia de acumular sobre la cabeza de la Reina hereje

todas las manchas de su nacimiento ilegítimo. La desdichada Ana Bolena,

madre de Isabel, es representada como una mujer voluptuosa y llena de

vicios, y á su lado, con colores tan odiosos, el arrogante cardenal

Wolsey. Por el contrario, la católica María y la princesa española

Catalina (esposa repudiada de Enrique VIII), aparecen adornadas con las

más preclaras virtudes de su sexo. El carácter del Rey, tan débil como

vano, está pintado magistralmente, notándose en él cierta buena semilla,

que vive siempre, pero que no llega á germinar nunca. Bastan estas

indicaciones generales, y pasemos ahora á exponer su argumento con

alguna prolijidad, porque este drama es muy interesante bajo diversos

aspectos[95].

Acto primero. Enrique VIII, dormitando en su gabinete. Delante de él

yace un manuscrito, en que ha trabajado antes, y es el tratado _De

Septem Sacramentis_: divaga, escribe y habla en sueños; á su lado está

la visión de Ana Bolena, á la cual él no ha visto hasta entonces,

borrando con la mano izquierda lo que él escribe con la derecha. Oyense

á lo lejos los pasos del cardenal Wolsey; desaparece la visión y Enrique

despierta, guardando en su pecho la afición hacia el sér seductor, que

ha desaparecido. Acércase á él Wolsey, trayendo una carta del papa León

X, y un libro nuevo de Lutero. El Rey intenta pisotear el escrito de

Lutero, y poner la carta del Papa sobre su cabeza; pero distraído por su

recuerdo de Ana, trueca los frenos, arroja al suelo el escrito del Papa,

y levanta la obra de Lutero. En vano intenta interpretar este mal

presagio valiéndose de sofismas. Quédase solo el Cardenal, y revela en

un monólogo su insaciable avaricia. Carlos, embajador francés, pide una

audiencia á Enrique; el arrogante Cardenal lo rechaza con orgullo.

Carlos, solo con un amigo, le descubre el obstáculo, causa de la

dilación de su regreso á Francia, que colmaría sus deseos, y es su

ardiente amor á Ana Bolena, que estrechamente lo encadena. Esta joven ha

estado antes en Francia: allí la ha visto primero Carlos en un baile, la

ha amado y ella se ha entregado á su amor sin reserva. Vienen, por una

parte, la reina Catalina, su hija María y su dama Margarita Pool; por

otro, Tomás Boleyn, que trae á su hija Ana á la Reina, y se la presenta.

Ana dirige cumplidos lisonjeros á la Princesa, y maldice para sí su

posición inferior, que la obliga á arrodillarse. Catalina le manda

levantar, porque tales testimonios de respeto corresponden sólo á Dios;

después la misma Reina intenta ver á su esposo, pero Wolsey, ante la

puerta del gabinete, se lo niega. Irritada la Reina, le dice que lo

conoce bien y que le consta cuán grande es el orgullo de su alma bajo la

hipócrita máscara de la humildad. Wolsey, descubierto, jura tomar una

enérgica venganza de esta afrenta; además, un astrólogo, maestro suyo,

le ha profetizado que una mujer será causa de su desgracia: ¿quién podrá

serlo sino Catalina? Ana, sola con su padre, oye de sus labios consejos

sensatos para que arregle á ellos su conducta; pero le contesta con

frialdad y menosprecio, porque se avergüenza de su nacimiento. Carlos

con Ana. Júranse muchas veces perpetuo amor, y los dos se dan las manos

como para un casamiento secreto. Por una parte, llegan el rey Enrique

con Wolsey, y por otra, Catalina con su séquito. Apenas ve el Rey á Ana,

reconoce en ella aquella misma visión que ha barrido sus creencias

católicas. Arrebatado y confuso se aproxima á ella, enamorándole aún más

sus palabras humildes é hipócritas. El astuto Cardenal observa á su

señor y á Ana. Lee lo que pasa en los corazones de ambos: en el de la

una, un orgullo satánico, y en el del otro, un amor sensual que lo

trastorna, y saborea ya su próxima venganza.

Acto segundo. Enrique, en su gabinete, pensando inconsolable en Ana:

rodéanlo sólo el Cardenal y el gracioso Pasquín, pero no consiguen

desvanecer la profunda melancolía que lo embarga; preséntase la Reina

con su séquito para tranquilizar á su amado esposo. Él la recibe, porque

Ana la acompaña. La música, el canto y el baile deben disipar su pena.

Wolsey se ve obligado á alejarse por orden de Catalina; cántase una

letra tierna, y la misma Reina le añade una glosa. Enrique sólo mira á

Ana, y en vano hiere la música su oído. Entonces baila Ana, y cae, al

parecer casualmente, á los pies del apasionado Príncipe. Carlos se

anuncia entonces, y es admitido. Pide, en nombre del duque de Orleans, á

la princesa María. Enrique aplaza la contestación. Wolsey solo. Todos

los tormentos del orgullo humillado destrozan su corazón. Después de la

muerte de León X, Carlos V ha elevado á la Sede pontificia á su

preceptor Adriano, suprema dignidad eclesiástica, en que Wolsey había

puesto los ojos. No le es dado vengarse del Emperador, pero sí de su

tía, la inocente reina Catalina, destinada á ser blanco de sus iras.

Llega entonces Ana: ambos se han conocido mutuamente, y á ambos impulsa

el mismo pensamiento. Júrale ella que sólo tendrá en cuenta su medro si

la ayuda á subir al trono, condenándose á sí misma á morir

ignominiosamente á manos del verdugo, si alguna vez falta á los deberes

que le impone la gratitud. Ana se queda sola; el Rey, arrastrado por su

pasión, pretende á la seductora doncella. Un amor irresistible, según

ella afirma, la atrae hacia el Rey, y, con palabras lisonjeras y miradas

insinuantes, lo encadena más y más, y lo deja así trastornado; entonces

se desliza junto á él Wolsey, y le dice, entre otras cosas:

No fué tu matrimonio verdadero,

Ni humana ni divina

Ley habrá que conceda

Que ser tu esposa pueda

La reina Catalina,

Siendo caso tan llano,

Que fué primero esposa de tu hermano.

Se opone en apariencia, pero su voluntad, ya sin energía, aprueba el

propósito. El Cardenal convoca precipitadamente al Consejo de Estado á

solemne sesión parlamentaria. Sesión del Parlamento. Enrique aparece en

el trono con Catalina, llevando corona y cetro; siéntase junto á la

Reina la princesa María, y Wolsey está de pie detrás del Rey. Enrique

declara solemnemente que su casamiento con Catalina es nulo, y que su

hija María será la heredera legítima de la corona de Inglaterra. Dice,

al terminar, que la cabeza de cualquiera, que no encuentre bastante

sólidas las razones que le asisten para el divorcio, será separada

inmediatamente del tronco. La Reina le replica en un largo discurso

lleno de amor y abnegación; ruega á su esposo, que por ninguna razón ni

pretexto ponga en peligro la salvación de su alma; pero el Rey le vuelve

las espaldas y se aleja lentamente sin replicarla. Carlos, asustado,

lleva precipitadamente esta noticia á la corte de Francia. Wolsey se

venga entonces de las humillaciones que ha sufrido antes de su Reina,

arrancando con sarcasmos á la princesa María de los brazos de su madre;

la Reina se dirige entonces á Ana, pidiéndole su intercesión: pero ésta

se vuelve y la deja con mal disimulada alegría, y sólo Margarita no

abandona á la desgraciada.

Acto tercero. Ha transcurrido ya largo tiempo, y Ana se ha casado con

Enrique; y, como el Papa no ha consentido en su divorcio, Enrique ha

abjurado de la religión católica, apoderándose de sus conventos y bienes

temporales. Catalina vive en Londres, en una pobre habitación. Carlos ha

vuelto de nuevo de Francia á Inglaterra para celebrar sus bodas con su

amada Ana, y la encuentra ya reina; sólo una vez quiere verla y

devolverle las prendas de su antiguo amor. Wolsey lo recibe rodeado de

muchos soldados miserables y estropeados, que le presentan memoriales;

recházalos á todos, quedándose solo con la nueva reina Ana, y le suplica

entonces que lo apoye en su pretensión de ocupar la presidencia del

Gobierno, pero ha confiado ya este cargo á su padre sin saberlo el

Cardenal. El prelado la amenaza iracundo devolverla á la nada, de donde

la había sacado, resolviendo ella resistir con todo su poder y toda su

astucia femenil á las intrigas de sus enemigos. Enrique con Ana. Enseña

á su querida mujer una carta para la divorciada Catalina, llena de vanos

consuelos; Ana se aflige al leerla, con el secreto propósito de

envenenarla. Laméntase luego del orgullo insolente y de las ofensas que

le ha hecho el cardenal Wolsey, y pide, adulándolo, venganza. Falta,

pues, al juramento que antes hizo á su protector, como había faltado

también al de amor eterno que hizo á Carlos. Wolsey se engaña al

interpretar falsamente aquella profecía que se le había hecho de que

una mujer sería la causa de su ruína, creyendo que esta mujer era

Catalina; él mismo ha dado fuerza y valor á su enemiga. Enrique lo

despide ignominiosamente de la corte, y confisca sus bienes y tesoro en

beneficio de los soldados, á quienes trató tan mal. Posesión campestre

de la reina divorciada Catalina. Resignada y triste se pasea con

Margarita por un campo solitario, entre flores silvestres. Acércase á

ella Wolsey, fugitivo, sediento y muerto de hambre, y le pide una

limosna. La Reina se había tapado el rostro para no avergonzarlo, y le

entrega sus últimas joyas; entonces se descubre á sus ruegos, y él,

desesperado, le da las gracias. Llegan entonces servidores del Rey; él

cree que lo persiguen, y, ciego de ira, se arroja desde lo alto de un

peñasco, y se mata. Los criados del Rey son portadores de aquella carta

envenenada, que la Reina recibe, contenta y placentera, de su señor y

esposo. Londres. El palacio real. El Rey, atormentado por sus

remordimientos, acecha oculto á su esposa. Ana ordena á sus damas que se

retiren, y cree estar entonces sola con Carlos. Este devuelve á su

infiel amada las prendas de su antigua pasión, y ella le asegura que

sólo á él ama; que la corona de Enrique tiene valor á sus ojos; la

persona del Rey, no. Carlos tira al suelo las tiernas cartas de la

Reina, y se aleja lleno de indignación y de desprecio. Cae entonces la

venda que lo cegaba; se apodera de una carta, y ve confirmadas sus

sospechas. Manda que Ana sea presa por su mismo padre; ha sacrificado

todo á su amor, aun oponiéndose á sus mejores inclinaciones, y se

encuentra ahora vendido evidentemente. ¿A quién ha de dirigirse en este

trance, sino á su esposa Catalina? Intenta reconciliarse otra vez con

ella, pero se presenta á la sazón su hija María, vestida de luto, y le

anuncia la muerte prematura de su paciente madre. Enrique, profundamente

afligido, baja la cabeza y se acusa de su pecado. Para enmendarlo en lo

posible, promete á María casarla con Felipe II, rey de España. Convoca

después el Parlamento, y hace que la reconozcan como heredera del trono.

Siéntase, en efecto, bajo el regio solio, yaciendo á sus pies el cadáver

de Ana Bolena. Como católica celosa, no aprueba la libertad de cultos ni

la secularización de los bienes eclesiásticos. Enrique le aconseja que

disimule hasta ocasión más oportuna. El pueblo le presta homenaje, y un

capitán termina el drama, pronunciando estas palabras:

Y aquí acaba la comedia

Del docto ignorante Enrique,

Y muerte de Ana Bolena.

_La aurora en Copacavana_[96].--En este drama, cuyo título significa la

salida del sol del cristianismo, en el Perú, ha hecho el poeta rico

alarde de su brillante fantasía. Su principio, representando la fiesta

de los indios en el templo del Sol de Copacavana, es magnífico. Los

himnos de los sacerdotes de los ídolos son interrumpidos por los

cañonazos, que anuncian la llegada de la flota de Pizarro. El aspecto de

los buques y el retumbar de los cañones difunden general horror; los

dioses, irritados, reclaman un sacrificio humano, y nada menos que el de

la sacerdotisa Guacolda, amada á un tiempo del Inca y del héroe

Impanguí. El Inca, arrastrado por su idolatría, como por una fuerza

irresistible, da su consentimiento al sacrificio; pero Impanguí arrebata

á su amada de las manos de sus sanguinarios perseguidores.

El acto segundo nos ofrece á los españoles, ya desembarcados, peleando

con los indianos. En una de sus escenas más brillantes aparece el

ejército cristiano, encerrado en Cuzco, ciudad conquistada, cuyas casas

de madera han incendiado los indianos para acabar con sus enemigos; pero

la Virgen María, invocada por Pizarro, viene en ayuda de sus devotos: se

aparece rodeada de ángeles sobre la ciudad incendiada, y apaga el fuego.

La misma visión se presenta á Impanguí, que capitanea los indianos, y le

infunde un sentimiento religioso y devoto, desconocido de él hasta

entonces; y cuando, poco después, sabe que se ha descubierto el refugio

de su Guacolda, invoca también la celestial visión, por cuyo poder él y

su amada se salvan del peligro.

En el acto tercero, todo el Perú se ha sometido ya á España, y se ha

convertido al cristianismo, personificándose particularmente en Impanguí

esta mudanza del culto del sol en la adoración del sol verdadero de

nuestra redención. Lleno de la imagen de la Santa Virgen, sólo piensa en

representarla bajo la forma de una estatua, tal cual la contempla su

alma; pero no puede lograrlo con sus toscos instrumentos, y llega á ser

un objeto de burla de sus compatriotas. La Virgen, por último, para

premiar su fe, le envía dos ángeles, que acaban la imagen, y el drama

termina con una fiesta en honor de este milagro.

Este bosquejo de la fábula manifiesta cuánta animación y cuánta

exuberancia de vida reina en esta comedia, no siendo menos brillante la

poesía que la exorna. En cuanto á la falta, que se le atribuye, de no

haber en su acción rigoroso é interior encadenamiento, así como otros

defectos, que también se le achacan, diremos con Malsburg «que, como el

principal objeto de ella es la transformación del culto del sol en el

cristianismo, el poeta, con mucho juicio, para desvanecer el efecto

desagradable, que pudiera hacer esa conversión violenta de un pueblo

vencido por sus vencedores, supone una especie de cristianismo

embrionario y preexistente entre los peruanos, que se ha desarrollado

con el desembarco de los europeos.» Llama la atención la figura de la

idolatría, porque Calderón emplea muy pocas veces en sus comedias

personajes alegóricos; sin embargo, no tiene fundamento alguno la

opinión de Schlegel, de que el poeta tuvo á la vista _La Numancia_, de

Cervantes, porque innumerables comedias de Lope y de otros, sin hablar

de los autos, pudieron servirle de modelo.

_El gran príncipe de Fez_[97].--Un Príncipe moro, reflexionando en un

versículo del Corán, siente en su alma afición á otras creencias más

elevadas, aunque no concretas, y abandona á su esposa y su patria para

hacer una peregrinación á la Meca, y satisfacer su deseo. En su viaje

cae cautivo en manos de cristianos, y confunde entonces el motivo

misterioso de su peregrinación. Se bautiza, y, por último, predica el

Evangelio entre los paganos. También en este drama aparece una figura

alegórica, la de la religión; debiendo confesarse que esta comedia es de

las más inferiores, en este género, de Calderón.

_San Francisco de Borja._--Este drama, uno de los más defectuosos de

nuestro poeta, pertenece, según todas las apariencias, á los últimos

años de su vida. El argumento es tan refractario á toda dramatización

poética, que hubiera sido difícil á Calderón, hasta en la época en que

sus facultades poéticas se encontraban en toda su fuerza, darle la forma

de un drama perfecto. Sobre la vida de San Francisco de Borja, tan

famoso en España, véase á Tanner, _Societas Jesu_, pág. 121: Pragæ,

1694.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo IV · 第 13 / 25 段