Como se nos censuraría acaso de parciales por estos poemas religiosos

(si bien señalamos con insistencia, cuando es necesario, sus aislados

defectos y redundancias), copiaremos el juicio formado acerca de ellos

por un crítico competente. «En los dramas religiosos de Calderón--dice

el célebre Carlos Rosenkranz,--reina la mayor variedad, y en ellos ha

condensado el poeta sus pasiones y pensamientos más profundos. Todas las

grandezas del catolicismo toman aquí las formas más brillantes; se

revisten del mágico color de una fantasía tan inagotable como fecunda, y

respiran los afectos más dignos y más nobles. La fe, como la certeza

infalible de Dios, ha desterrado de ellos todos los elementos, cuya

conservación es superflua, y de aquí que, en estas poesías, se observe

cierto resplandor vaporoso y sorprendente, como si el mundo

desapareciera en otro sobrenatural de dicha y bienandanza.»

Las obras de esta clase son:

_El Príncipe constante._--El suceso histórico que se refiere en este

drama, se halla, con arreglo á sus fuentes, en el tomo I, _Histoire du

Portugal_, París, 1735, por De la Clede, y en el breve y excelente

escrito, titulado _Vida del Príncipe constante_, tomada de la crónica de

su secretario Joan Alvarez, y de otros datos: Berlín, 1827[83]. La

lectura de estas obras demuestra que Calderón, en lo más esencial, ha

respetado esta historia en su poesía, añadiéndole sólo algo conforme en

todo á la índole del conjunto.

Vamos, pues, si podemos, á exponer de una manera compendiosa su

argumento. El Infante portugués Don Fernando, gran maestre de la orden

de Avis, desembarca, con su hermano Enrique y un ejército, en las

costas de Africa. Una profecía, de que esta expedición será desgraciada

para Portugal, y otros presagios funestos, han infundido en los soldados

inquietud, temor y tristeza; pero Don Fernando manifiesta al punto la

grandeza de su alma y su confianza en Dios, disponiendo sus huestes para

pelear contra los infieles, y haciendo prisionero á Muley, general

enemigo. En su comportamiento con el prisionero, cuyo caballo ha caído

muerto, da á conocer la delicadeza de sus sentimientos, y su espíritu

verdaderamente caballeresco, llevándolo en su misma cabalgadura. Muley,

animado con su conducta, le abre su corazón y le cuenta que ama á la

hija del rey de Marruecos, á la bella Fénix, y que teme que ésta,

durante su cautiverio, sea obligada por su padre á dar su mano á otro.

Don Fernando, al oirlo, le concede al punto la libertad, y Muley se

aleja de su lado lleno de alegría, y dando las gracias á su generoso

adversario; escena sublime, propia de aquella caballería romántica de

las guerras civiles de Granada, y hasta en sus palabras se nota cierto

colorido semejante al de los romances moriscos. Los infieles se acercan

entonces con fuerzas más numerosas, y el ejército cristiano es vencido

por completo. Don Fernando, después de haber peleado con valor, se

rinde y es llevado á Fez en rehenes, declarando el Monarca mahometano

que sólo podrá rescatarlo la entrega de Ceuta, con cuyo objeto envía Don

Enrique á Portugal para negociarla. Don Fernando replica en seguida que

no consiente en ser rescatado á este precio, y encarga á su hermano con

insistencia, al despedirse de él, que nunca olvide sus deberes de

cristiano. Entonces comienza la serie de pruebas, que ha de sufrir el

cautivo, aunque al principio lo trate el Rey con atención. Muley, por el

agradecimiento que le debe, y cuyo amor á la princesa Fénix está

enlazado con el argumento del drama, hace cuanto puede para libertarlo,

pero no lo consigue. Al fin llega la noticia que el rey Eduardo de

Portugal ha dispuesto en su lecho de muerte que Ceuta sea entregada al

punto, para rescatar al Infante del cautiverio. Don Enrique viene con

los poderes necesarios para cumplir la voluntad del soberano; pero Don

Fernando, en vez de sentir alegría por su libertad, declara en un fogoso

discurso, de la más sublime inspiración, que prefiere morir en su

ignominioso cautiverio á sufrir que pase á poder de los infieles una

ciudad cristiana. El magnánimo Príncipe hace pedazos los poderes, y el

rey de Fez extrema sus rigores disponiendo que Don Fernando lleve

pesadas cadenas, y que, como los demás esclavos más viles, ejecute los

trabajos más penosos. La grandeza de alma del mártir, que, sin murmurar,

sufre los dolores más intolerables, resplandece después en todo su

brillo. De belleza incomparable es la escena, en que, trabajando como

esclavo en los jardines reales, ofrece flores á la princesa Fénix, y

ambos, en un diálogo lleno de tierno entusiasmo, y bajo el símbolo de

las estrellas y de las flores, comparan lo infinito con lo transitorio

del mundo real; una escena, que, como dice J. Schulze, «nos arrebata de

la tierra, entrelazando todo lo mundano en una corona fúnebre, y

llevándonos del vasto cementerio de nuestro planeta, abundante en

sepulcros, á la patria eterna de las almas.» El Príncipe sucumbe al fin

á tantos dolores y sufrimientos, acumulados en su persona; lo vemos en

el peldaño más bajo de la humillación; la majestad y hasta la grandeza

de su alma parecen extinguirse, y, sin embargo, dura su constancia. El

poeta, al describir la miseria de Fernando, no evita lo repugnante y lo

horrible, sino que, al contrario, al trazar con tan vivos colores la

imagen de la grandeza caída, ostenta en todo su esplendor el arte

verdadero. El Rey pasa por el camino, en que está Fernando, pidiendo

limosna á los transeuntes. El mismo tirano no puede menos de

compadecerle, considerando el estado en que se halla la víctima de sus

rigores, cuando hasta el Infante parece haber olvidado su regia

alcurnia, y no oye á quien lo llama. De repente brilla de nuevo el alma

del Príncipe en toda su pureza y sublimidad; su espíritu casi se ha

despojado de los lazos mortales, que lo encadenan, y la muerte le hace

prorrumpir en palabras de una energía indescriptible, como si viniesen

del imperio de lo eterno, y anunciasen la verdad, también inmutable.

«¿Cómo es posible--dice J. Schulze--encontrar palabras bastante

expresivas, para alabar como se merece al poeta, que ha sabido hacer

brillar el espíritu divino de su héroe, ofreciéndolo en toda su

desnudez, desde el abismo del oprobio y de la humillación más completa,

de tal manera, que el astro de este hombre celestial aparezca más

esplendente en medio de la noche más obscura?» Esta escena es de las más

sublimes, que ha creado hasta ahora la poesía, demostrando lo que nunca

se ha representado en esa forma: la grandeza espiritual y moral

reduciendo á polvo, por su superioridad, á todo lo terrestre, y

manifestando y descubriendo lo divino en la suprema elevación del alma

humana.

Después que vemos á Fernando con toda la majestad de un caballero,

consagrado á Dios, siente que sus fuerzas terrestres le abandonan; ya

no puede acercar á sus labios el pan que le ofrece uno de sus compañeros

de sufrimiento, y se lo llevan para enterrarlo con el traje de su orden,

con arreglo á sus deseos. Cuando llega un ejército portugués ante los

muros de Fez para libertarlo, ha dejado ya triunfante todos los vínculos

terrenales. Se han borrado los límites de lo finito, pero permanece

inmutable lo eterno. Fernando, ya lleno de gloria, abandona su sepulcro,

se aparece á los soldados de la Cruz con una antorcha en la mano, y los

guía á la victoria. Jamás se ha presentado en la escena una aparición de

efecto tan portentoso, y este magnífico desenlace reviste á toda esa

admirable tragedia de una aureola divina, como lo más sublime que ha

producido jamás la poesía cristiana. Si hay alguna obra digna de ser

guardada en el santuario más recóndito del arte, es, sin duda, _El

Príncipe constante_, porque el poeta ha prodigado en ella todos sus

encantos hasta un extremo inconcebible, empeñando todas sus fuerzas en

componer una obra maestra de perfección sin igual y superior á las

facultades humanas; la devoción y la fe, como el sonido solemne del

órgano, llenan su conjunto y parecen imprimirle su carácter divino,

celebrando lo terrestre y su transfiguración más elevada, y convirtiendo

los dolores y las lágrimas, himno que pronuncian los labios del mártir

moribundo, en cántico de adoración y de júbilo[84]. Tales son las

palabras que nos sugiere nuestro sentimiento, excitado por la obra más

eminente de uno de los más grandes poetas de todos los tiempos,

costándonos no poco esfuerzo recobrar de nuevo la tranquilidad de

espíritu necesaria para analizar y criticar las demás creaciones suyas.

_El Josef de las mujeres_[85].--Este drama notabilísimo se distingue por

la energía de su concepción y por la plenitud de la vida de su

pensamiento, no menos que por la perfección de su estructura externa,

calculada para hacer en el teatro el mayor efecto. En la escena primera

vemos á Eugenia, maestra de filosofía en Alejandría, reflexionando en su

estudio sobre las palabras de la epístola de San Pablo: _Nihil est

idolum in mundo, quia nullus Deus est nisi unus._ La docta pagana no

puede comprender la significación de esas palabras, y vacila entre su

adhesión á la creencia heredada de sus padres, y el impulso misterioso

de su corazón, que la induce á desear otra más profunda y verdadera.

Preséntansele dos apariciones: una la del anciano Eleno, que profesa el

cristianismo, y que intenta atraerla á la nueva religión, y la otra la

del Demonio, que se propone engañarla. Un ruido que se oye detrás de la

escena, ahuyenta á las dos sombras: llega Filipo, el padre de Eugenia;

nota que su hija tiene un libro cristiano ante los ojos, y se llena de

cólera, porque es celoso perseguidor de la nueva secta. Poco después

viene también el joven Aurelio, amante de Eugenia, y que se ha separado

hace poco de una expedición emprendida para extirpar el cristianismo,

con la esperanza de congraciarse el favor del padre de su amada.

Eugenia, absorbida por completo en las reflexiones que han hecho nacer

en ella los dos espectros, ni hace mucho caso de la cólera de su padre,

ni presta grande atención á las pretensiones de su amante. No mucho

después, se juntan en la casa de Filipo cierto número de mancebos y

doncellas para una fiesta y una especie de academia poética en honor del

príncipe Cesarino, hijo del Emperador. También éste aspira al amor de

Eugenia, suscitándose entre él y su rival Aurelio un desafío, en que

este último sucumbe. Apenas cae el muerto, se presenta el Demonio y se

lleva el cadáver; pero de tal suerte, que se levanta de nuevo con vida,

creyendo corromper más fácilmente á Eugenia y conquistar su alma.

En el acto segundo, Eugenia, obediente á las sugestiones de su

conciencia, se nos ofrece en los desiertos de la Tebaida para instruirse

en el cristianismo, oyendo á sus antiguos solitarios; Aurelio, ó más

bien el Demonio bajo su forma, la sigue y se empeña primero en

pervertirla con lisonjas, y después empleando la fuerza; pero Eleno,

dotado de poder maravilloso, se la arrebata, y se la lleva por los

aires. Las escenas inmediatas nos la presentan ya del todo cristiana y

en traje de ermitaña; Filipo se acerca con un ejército, organizado para

la extirpación del cristianismo, y prende, entre otros prosélitos de

este culto, tan odiado por él, á su misma hija, y, sin conocerla, se la

lleva cautiva. En esta prisión se ve obligada á sufrir las pruebas más

duras; pero las soporta con paciencia, y resiste con tal firmeza á todas

las tentaciones con que, para seducirla, la rodea el Demonio, que

obtiene el nombre de Josef de las mujeres. Nadie imagina que es Eugenia,

á quien se cree muerta á causa de su desaparición repentina, y á la

cual, por orden del príncipe Cesarino, ha de levantarse un templo como á

una divinidad. El Demonio es también el forjador de estos planes,

esperando que la víctima elegida por él, pero firme siempre en su

propósito, sucumbirá al cabo al doble empuje de la vergüenza, por una

parte, y de la vanidad, por otra. Pero justamente el momento de su

esperado triunfo lo es el de su humillación y su derrota. Prepárase la

fiesta; acude la muchedumbre al templo, y se presenta la estatua de la

presunta muerta; pero entonces se descubre Eugenia, no para recibir la

adoración, que se tributa á su imagen, sino para confesar públicamente,

aunque con humildad, su fe en el Salvador; no para disfrutar de las

grandezas terrenales, que Cesarino le ofrece en sus brazos, sino para

sufrir el martirio. El altar pagano se derrumba al hacer su confesión;

el Demonio abandona el cuerpo de Aurelio, que cae de nuevo en tierra sin

vida, y los sayones de Filipo, enfurecido, así como los de Cesarino,

furioso al ver que desprecian su amor, se apoderan de Eugenia y de los

demás cristianos para llevarlos al suplicio, y viéndose, á su desenlace,

en la gloria á estos nuevos santos.

_El mágico prodigioso_[86].--Esta es una de las obras más sublimes de

Calderón, y una de las más magistrales, creadas hasta aquí por la

poesía. Cipriano, dudando de la naturaleza de la Divinidad, y, no libre

de las tinieblas del paganismo, en su ignorancia, lleno de sospechas y

presentimientos, busca la verdadera fe. Para apartarlo del camino de su

salvación, se le presenta Satanás en figura de un caballero, é intenta

disipar sus dudas acerca de la verdad de las creencias gentílicas. El

seductor cede á los razonamientos victoriosos de Cipriano, y forma

entonces el plan de pervertir á su adversario por medio de goces

sensuales. Justina, hija de una mártir cristiana, es elegida para este

objeto, y para ser también la segunda víctima del infernal corruptor. El

plan se pone al punto en ejecución. Floro y Lelio, dos jóvenes

enamorados ciegamente de Justina, pero no correspondidos por ella,

invocan la mediación de Cipriano. Este accede á sus ruegos, pero siente

en seguida una pasión furiosa por la bella cristiana. Mientras que los

dos amigos esperan delante de la casa de Justina la respuesta decisiva

que ha de traerles, se descuelga del balcón de la casa el Demonio para

manchar la reputación de Justina, y, en efecto, lo consigue, en cuanto

Floro y Lelio conciben sospechas de su conducta, y renuncian á ella.

Cipriano, rechazado por la cristiana, se refugia lleno de desesperación

en un lugar desierto á la orilla del mar; los elementos se desencadenan,

como lo están también los afectos en su corazón; ve un buque en el mar

alborotado, que se hace pedazos contra un peñasco, y un hombre que se

salva nadando hasta alcanzar la ribera. Es el mismo Demonio bajo otra

forma. Este, valiéndose de imágenes, traza la historia de su rebelión

contra Dios y de su caída; insinúa con astucia cuán grande es su poder

en la naturaleza, y de este modo se propone atraer á sus redes á

Cipriano, ansioso de satisfacer su pasión. Sigue á esto la venta de su

alma con sangre, y, en su consecuencia, la promesa de poseer seguramente

á Justina. Pero el Demonio sabe que sus artes son inútiles ante una

voluntad enérgica, y comienza en seguida á pervertir á Justina; de lo

profundo del infierno evoca la muchedumbre de sus lascivos servidores

para perderla con visiones lúbricas; pero á pesar de lo voluptuoso de

los cánticos de aquellas voces aéreas para corromperla, no consigue su

objeto, y Satanás deja el campo avergonzado. Cipriano ensaya entonces

sus artes mágicas, recientemente aprendidas; preséntasele una figura con

las facciones de Justina, pero el poder del Demonio sólo alcanza á

enviarle su imagen aparente; corre detrás de la fantasma, le arranca el

velo que la cubre, y encuentra el esqueleto de un muerto que le anuncia

lo transitorio de todas las cosas terrestres. Horrorizado y confuso,

conoce entonces que en su ansia de placeres mundanos sólo le espera al

fin la muerte, y declara á Satanás que el trato hecho con él es nulo, no

habiendo cumplido lo pactado. El Demonio le confiesa trémulo que Justina

se halla bajo la guarda de un poder superior al suyo, y á las preguntas

é instancias de Cipriano, se ve forzado á responder que este Sér

superior es el Dios de los cristianos. En su angustia invoca entonces

Cipriano á este Dios, y su invocación desvanece el encanto en que

Satanás lo ha envuelto. Satanás abandona el campo, y Cipriano se refugia

al punto en una montaña para recibir el Bautismo de un ermitaño

cristiano; después, ansiando sufrir el martirio, se presenta en

Antioquía como confesor de las verdades cristianas, y es condenado á

muerte. Justina ha sido ya encarcelada por igual motivo. Ambos se

encuentran en el camino del suplicio; asegúrale ella, en un discurso

inspirado, que, con él, su muerte y su martirio, anula su pacto anterior

con el Demonio, alcanzando la gracia infinita de Dios, y así se dirigen

juntos al cadalso para sacrificar su vida por la verdad infinita.

Satanás, cabalgando en una serpiente, se presenta, después de ser

decapitados ambos, en el sangriento lugar del suplicio, y anuncia que,

vencido por un poder más fuerte que el suyo, ha sido derrotado en la

lucha, salvándose Justina y Cipriano[87].

_Los dos amantes del cielo._--Es un drama que conmueve nuestras fibras

más sensibles, como el anterior nos aterra y horroriza. La dulzura

sobrenatural y la pureza de sentimiento, prodigados en este drama, nos

revelan con los colores más bellos la piedad del noble poeta. La leyenda

de Crisanto y Daría es contada por _Surius de prob. Sanctorum

Historiis_, tomo V, pág. 948: ed. Colon., 1578. Puede verse también á

_Gregorius Turonensis, gloria beatorum martyrum_, cap. 38, y _Les vies

de Saints_, tomo VII, pág. 385: París, 1739. Lo más substancial de la

tradición es lo siguiente: Crisanto, hijo del senador romano Polemio, se

dedica con afición á los estudios filosóficos; los Evangelios llegan

casualmente á sus manos, y su lectura le hace tal impresión, que cae en

profunda melancolía. Para resolver las dudas que le asedian, recurre al

presbítero cristiano Carpóforo, que lo instruye en la nueva doctrina, lo

bautiza, y después Crisanto se hace públicamente cristiano. El padre,

celoso sectario de los antiguos dioses, lo pone vanamente en prisión;

luego, por consejo de un amigo, emplea con el converso otros medios.

Prepárase una magnífica fiesta, á la que acude Crisanto en compañía de

frívolas doncellas; pero el mancebo, inspirado por Dios, alcanza con sus

fervientes oraciones que sus seductoras se queden profundamente

dormidas. Por último, hacen venir á una casta sacerdotisa de Minerva,

llamada Daría, á la cual atrae Crisanto al cristianismo, presentándose

públicamente como si estuviesen casados, pero viviendo ambos en completa

abstinencia de los goces conyugales. Los esfuerzos de ambos en difundir

la nueva religión, despiertan las sospechas de los paganos. El tribuno

Claudio lleva á Crisanto á un templo de Hércules para ofrecerle

sacrificios. El cristiano lo rehusa, siendo condenado por su negativa á

sufrir los más horribles martirios; pero su cuerpo, por obra milagrosa,

resiste incólume á todos los tormentos, é impresiona de tal modo á

Claudio y á los soldados, que todos reciben el Bautismo. El Emperador

interviene entonces también en este asunto; Crisanto es encerrado en la

cárcel, y Daría en un lupanar; preséntase un león para socorrerla y

defenderla de sus corruptores, y, por último, el pretor ordena que los

dos amantes sean llevados á un pozo, situado fuera de la ciudad, y que

lo colmen con tierras y piedras. En cuanto al arte incomparable de que

el poeta hace gala en la dramatización de esta leyenda, sólo hay una voz

unánime. Su drama es de lo más perfecto de este género que se ha escrito

hasta hoy.

_El purgatorio de San Patricio_[88].--Pertenece á las obras de la edad

juvenil de Calderón, y, así en la prodigalidad de sus galas como en su

estilo ostentoso, lleva las trazas de su precoz nacimiento. Sin duda

este drama merece algunas censuras sensatas, porque no sólo lleva

impreso el sello de la fe monstruosa, que dominaba en su tiempo,

ofreciendo también algunos flacos á la crítica, que se ajusta en su

juicio á la moral, sino también contiene algunas faltas por lo que

respecta á la composición; y, sin embargo, aun cuando nos cause

extrañeza su pensamiento fundamental; aun cuando haya algo, en su

desempeño, que choque con nuestras ideas artísticas, así en su conjunto

como en muchos de sus detalles, revela tanto talento y tanto genio en el

autor, que no podemos menos de admirarlo. Los dos protagonistas del

drama, San Patricio y Ludovico Ennio, naufragan en las costas de

Irlanda; San Patricio salva á Ludovico, y, nadando con él, arriba á la

tierra, en donde se encuentra también Egerio, rey de Irlanda, con su

séquito. Los dos náufragos cuentan la historia de su vida en dos largos

discursos, de los que Calderón usa con preferencia al principio de sus

comedias. San Patricio refiere, que es hijo de un caballero irlandés y

de una señora francesa, y que sus padres, poco después de su nacimiento,

se han retirado á un monasterio; que él mismo, educado piadosamente,

disfruta desde sus primeros años del don de hacer milagros, y que,

cautivo poco antes por piratas, se ha libertado de ellos con la ayuda

del cielo, que lo ha socorrido promoviendo la tempestad, causa del

naufragio del buque. En cuanto á Ludovico, á quien ha salvado, dice:

Porque no sé qué secreto

Tras él me arrebata y lleva,

Que pienso que ha de pagarme

Con grande logro esta deuda.

El discurso siguiente de Ludovico, empleando colores muy vivos, nos

traza ese hecho, no contrario á la naturaleza, pero que, sin embargo,

nos extraña, á pesar de su conformidad con las ideas católicas, entonces

reinantes en España, y cuyo fundamento es la existencia de un criminal,

que persiste, con plena conciencia de lo que hace, en perpetrar los

mayores delitos, y firme, en el fondo de su alma, en la fe de la

Iglesia. Ludovico enumera la larga serie de los desafueros que ha

cometido, calificando como más grave el de haber seducido á una monja,

haberla robado y casádose con ella; haberla llevado á Valencia,

malgastando allí toda su fortuna, é intentado después prostituirla para

lucrarse de su deshonra; pero que ella se opuso, y volvió otra vez á su

convento. Después de referir otras muchas aventuras, declara que había

caído en manos de piratas, libertándose de ellos por la intercesión de

San Patricio. El Rey pagano perdona á Ludovico, en atención á sus

maldades, el crimen de ser cristiano, pero deja caer todo el peso de su

cólera en San Patricio. En el desarrollo de la acción acumula Ludovico

crímenes sobre crímenes, pero asegura por su fe la protección, cada vez

más decidida, de San Patricio; seduce á Polonia, la hija del Rey; hace

la guerra al general Filipo, cae prisionero y es condenado á muerte,

debiendo su salvación á Polonia. Los dos huyen juntos, pero Ludovico no

la ha querido nunca sinceramente y determina matar á su libertadora,

porque, al parecer, le estorba en su huída; en efecto, ejecuta su

propósito en un bosque sombrío, por donde pasa un camino, y recorre

luego el mundo en compañía de un campesino que se le agrega. San

Patricio, mientras tanto, resucita á Polonia; Egerio, admirado de este

prodigio, pide á su autor que le haga ver el Purgatorio; San Patricio

accede á este deseo, y se lleva al Rey á una caverna, desde la cual se

ve al Purgatorio en lo hondo, y lo precipita desde aquí en el Infierno,

cuyo suceso produce la conversión de la corte y la de toda Irlanda. Al

principio del acto tercero se nos ofrece Ludovico, que regresa á Irlanda

después de viajar largo tiempo por toda Europa, no guiándole otro

propósito que matar al general Filipo, en quien no ha podido saciar su

sed de venganza. En la noche, en que espera á su enemigo, se le aparece

un caballero disfrazado, y lo provoca á la pelea. Ludovico la comienza,

pero sus golpes sólo hieren al aire. Descúbrese entonces el caballero,

que es un esqueleto, y le dice:

...¿No te conoces?

Este es tu retrato propio.

Yo soy Ludovico Eneo. (_Desaparece._)

El pecador se convierte en virtud de esta aparición; cae al suelo sin

sentido, exclamando después:

¿Qué será satisfacción

De mi vida?

MÚSICA. (_Dentro._)

¡El Purgatorio!

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo IV · 第 12 / 25 段