Si recordamos de nuevo la tendencia predominante en Calderón de pensar y

reflexionar, dote que nos ha dado la clave de diversas particularidades

de su composición dramática, averiguaremos que esta misma propensión ha

impreso otros rasgos característicos en su arte dramático. Su

inteligencia se trazó un sistema formal de ideas generales, á que

sometió sus escritos, calculando con ingenio y extraordinaria

perspicacia las diversas colisiones ó choques que pudieran utilizarse, y

tomando por base de sus dramas el desarrollo y solución de esas

contradicciones. Los elementos esenciales de este plan ó sistema eran la

fe, el amor, el honor y la lealtad. Como personificaban el sentimiento y

la vida de la nación española, dominada por ellos, habían ya jugado un

papel importante en las obras de los dramáticos anteriores; pero nunca

se habían ofrecido tan á las claras, ni ejercido en la acción un influjo

tan importante. Del gran valor que las ideas tenían en Calderón, se

desprenden dos de las propiedades más notables que se observan en sus

dramas. En primer lugar, como ya dijimos, esas potencias ideales, á las

que siguen otras en diversas gradaciones y de menor significación en

general; pero con frecuencia de una manera tan decisiva, y forman de tal

modo con sus trazos más vigorosos el fondo de los caracteres, que á su

lado desaparece el individuo por completo. Esta abstracción, en cuya

virtud los personajes, sin cualidades propias, se muestran como simples

representantes de facultades generales del alma, había de perjudicar

naturalmente á la verdad y á la vida, que han de adornar esos mismos

personajes, para realizar por completo la idea del drama.

El espíritu de Calderón, para indicar el segundo punto crítico y grave á

que aludimos antes, se había acostumbrado de tal modo á esas ideas

generales, que jamás se cansaba de moverse dentro de ese círculo

predilecto que satisfacía á su manera especial de considerar al hombre,

ó cuando discurría por algún otro terreno, lo hacía siempre inspirándose

en esas ideas exclusivas. De aquí proviene cierta uniformidad, cierta

repetición de los mismos motivos en sus dramas, muy diversos de la

variedad infinita de los de Lope. Consecuencia es de esto que nuestro

poeta no demuestre grande afición, al obedecer á esas influencias, al

drama histórico propiamente dicho, como sucede á Lope de Vega, cuyos

trabajos en esta parte, aunque no perfectos, parecían, sin embargo,

prometer mucho para lo futuro, arrancándose siempre de su época con

trabajo y como contra su voluntad, y penetrando en los siglos pasados,

tan distintos de aquélla. Apenas, pues, se encuentran entre esos dramas

composiciones verdaderamente históricas, excepto aquéllas que, como _El

sitio de Breda_, desenvuelven un argumento contemporáneo del poeta. No

hay que hablar, por tanto, de las comedias, cuyos materiales provienen

de la historia antigua; ningún español se había propuesto estudiar estos

asuntos bajo su aspecto histórico, y Calderón fué mucho más allá que

ningún otro en su manera arbitraria de dramatizar á los mismos, y casi

otro tanto puede decirse de las vidas de santos y de los argumentos

tomados de la Iglesia católica, porque éstos se utilizan por lo general

en su forma de leyenda, en lo cual concuerda nuestro poeta con cuantos

le precedieron. Apenas ha ensayado tampoco Calderón ofrecer cuadros

verdaderamente históricos de las edades pasadas de su patria. Si la

acción de sus dramas nacionales se supone ocurrir en la edad antigua, no

se cuida de trazar imágenes fieles del espíritu y modo de ser de esas

épocas, sino que, al contrario, lleva á lo pasado las ideas y opiniones

de su tiempo; y aunque, por lo común y en general, esos cuadros animados

reflejen costumbres y pensamientos españoles, en su fondo se observan

siempre las costumbres y creencias del siglo XVII, no las del período en

que la acción se supone ocurrir, ni los hechos y sucesos representados

por él, á no ser excepcionalmente, coinciden con los grandes momentos

históricos del mundo, sino que son siempre sucesos ó hechos

particulares, que ni se enlazan por su esencia con la historia de la

época, ni reflejan tampoco con claridad el carácter de lo pasado; sus

personajes históricos están trazados á la ligera, y no toman parte

importante en la acción, mientras Lope de Vega ofrece á los reyes de

España, desde D. Pelayo hasta Felipe II, gobernando verdaderamente, y

dibuja con designio premeditado cuadros de siglos anteriores,

sirviéndose de los hechos y de los personajes más importantes. De

deplorar es, por consiguiente, que Calderón, despreciando esa rica mies

que encontraba ya floreciente, no la haya también cultivado y

perfeccionado.

Aunque antes aludimos al talento de Calderón para dibujar caracteres

diversos, y ofrecer en su conjunto la vida y el mundo, que lo rodeaba,

debemos lamentar, no obstante, que se haya creído obligado, siguiendo la

dirección exclusiva de su espíritu, á usar con tanta parsimonia de este

talento, circunscribiéndose voluntariamente á tan estrecho y limitado

círculo. No es posible abrigar dudas de su aptitud extraordinaria para

lograrlo, recordando tan sólo, como ejemplo, _El alcalde de Zalamea_;

pero tampoco se puede negar, que su predilección por los motivos

dramáticos indicados, lo ha arrastrado á limitarse sólo á la pintura de

ciertas clases de la sociedad, en las cuales podría suponer que

encontraría opiniones é ideas iguales á las suyas. Ni en muchas de sus

obras se observa, como en las de Lope, á la humanidad en todos sus

representantes y clases diversas, sino, por el contrario, una especie

particular de hombres, de pensamientos y afectos análogos, ya sean

príncipes, nobles ó caballeros, imbuídos todos en las máximas de la

nobleza española de su época; y hasta cuando la acción es fuera de

España, los personajes, en un círculo idéntico, concuerdan en un todo

con aquéllos. De aquí proviene, con la repetición incesante de las

mismas figuras, indudable monotonía en la exposición y en el lenguaje,

siendo siempre la locución la más noble y selecta, y formando un estilo,

que, en su constante aplicación, perjudica á la vitalidad del drama.

Sólo el gracioso perturba con sus chistes el tono grave y solemne del

conjunto. Tampoco se puede sostener que sobresaliera Calderón por su

ingenio y por su gracia: es inferior en este concepto, no sólo á Tirso

de Molina (el más eminente de los españoles por su _vis cómica_), sino á

otros dramáticos de segundo y tercer rango. Esforzábase, por el

contrario, en harmonizar con su tendencia general á disponer

artísticamente su plan, á concordarlos entre sí y á imprimir simetría en

los varios elementos de sus composiciones, los papeles de gracioso que

en ellas ofrecía, acomodándolos á los efectos de sus partes más

formales, y realzando éstas por medio de aquéllos, debiendo también

añadir, que, por esa reunión de lo cómico y de lo trágico, obtuvo

resultados sorprendentes y hasta él desconocidos. Llamamos, pues, la

atención como lo ha hecho V. Schmidt, sobre la particularidad de que los

diálogos más sublimes y conmovedores de _La niña de Gómez Arias_,

_Primero soy yo_, _Mejor está que estaba_ y _Antes que todo es mi dama_,

sirven de burla grosera á los graciosos, que repiten versos enteros, ó

que mutilan sus palabras de suerte, que la mitad de ellas quedan en un

verso y la otra mitad en el otro, resaltando asonancias y rimas, que

producen un efecto cómico extraordinario, ó que realzan lo patético de

las situaciones.

Ya indicamos antes que el origen de esas propiedades de Calderón, que

no pocas veces limitan sensiblemente la esfera de su talento poético,

habían de buscarse en parte en las circunstancias externas de su vida, y

en su cargo de poeta de corte. En efecto; el nuestro se sentía atraido

por la natural inclinación de su espíritu á la pintura de los

sentimientos caballerescos y de las costumbres de la nobleza, y si su

razón reflexiva encontraba un alimento favorito en el sistema de honor

de la grandeza española, y en su oposición con otros deberes, también es

cierto que no contribuyó poco á encadenarlo en este círculo de personas

y de ideas, la circunstancia de escribir generalmente para las clases de

la sociedad más elevadas y selectas.

Antes de pasar, expuestas ya las dos observaciones anteriores, al examen

sumario de los dramas de Calderón, declararemos, movidos por nuestro

convencimiento más íntimo, que, al echar una ojeada general en el mundo

maravilloso de poesía, encerrado en sus obras, desaparecen esas

debilidades escasas del autor, que la crítica no debe callar,

desvaneciéndolas la grandeza del talento poético, que predomina en sus

creaciones, y no dejando en nuestra alma otro sentimiento que el de la

gratitud y la admiración hacia ese maestro casi divino, por los

innumerables placeres que nos ha proporcionado. De la misma manera que

llegan hasta amarse las flaquezas del amigo, así también nos sucede,

cuando estudiamos á fondo este poeta, que hasta sus cualidades más

extrañas á nosotros llegan á sernos caras, y casi sentiríamos no

encontrarlas en sus obras. La diversidad de elementos confundidos en las

obras de Calderón, constituyen los caracteres distintivos de su

personalidad. Como observamos en ellas, por una parte, un lujo oriental

y una exuberancia de imaginación extraordinaria, juntamente con la

reflexión y la vida activa é inquieta del pensamiento del Occidente,

capacidad franca para señalar los fenómenos de la realidad más vulgar

con una inclinación decidida á lo suprasensible y puramente espiritual,

conocimiento general de las relaciones sociales y profundidad para

penetrar en el laberinto del corazón humano, la fe ardiente del

catolicismo de aquella época con la dulzura de la devoción

verdaderamente cristiana, la pompa brillante de la magnificencia

terrenal al lado del ascetismo y del desprecio del mundo, participación

en los intereses más insignificantes de la vida con aspiraciones á la

verdad divina: así también, por otra parte, notamos sofismas y sutileza

dialéctica, mezclada con el lenguaje sencillo y sin afeites de la

naturaleza; indulgencia con las aficiones momentáneas de la época,

juntamente con una inspiración, original en sumo grado, y que sabe

trazarse su propio camino; simpatía hacia las ideas y opiniones de una

clase determinada de la sociedad, con el pensamiento poético más vasto y

comprensivo; así también, al considerar todo esto fundido y asimilado,

hasta constituir un todo orgánico, no es posible censurarlo á sangre

fría, ni depurarlo de éste ó de aquel defecto, que lo deslustra, sin

desordenar y destruir su conjunto.

Acaso no sea superfluo decir algunas palabras acerca de la instrucción

de nuestro poeta. No es difícil, sin duda, encontrar en sus obras tantos

anacronismos y errores geográficos como en las del gran poeta británico.

En su comedia, titulada _En esta vida todo es verdad y todo es mentira_,

se habla, en la época del emperador de Bizancio, Phokas (siglo VII), en

estos términos de la pólvora:

Última razón de reyes,

Son la pólvora y las balas.

En _La virgen del Sagrario_, dice un obispo del siglo VII:

Africa, América y Asia,

Son las tres de que no tengo

Necesidad: Herodoto

Las describe con su ingenio.

Herodoto, por tanto, debió hacer una descripción de América. En la misma

comedia, Constantinopla está en poder de los infieles en la época de la

conquista de España por los árabes. Algo de esto, al parecer

(concediendo sólo á Calderón conocimientos ya generales en su época, y

no una ignorancia completa de ellos), ha de atribuirse á precipitación ó

á falta de memoria. Con frecuencia han de explicarse sus errores contra

la verdad histórica y geográfica, como lo han hecho los comentadores más

instruídos de Shakespeare con los de éste. Nuestro poeta español se

hallaba con el público en igualdad de relaciones que el inglés: se

presentaba ante un auditorio, entre cuyos individuos se encontraban, sin

duda, los hombres más ilustrados de su época; pero que de ninguna manera

tenían presente su erudición á cada instante para aplicar á la poesía la

medida exacta de la instrucción y de la crítica. El público de aquellos

días no estaba formado de groseros ignorantes, sino en su mayoría de

personas, cuya educación había carecido de los muchos medios de auxilio

que poseemos ahora. El auditorio de Calderón no poseía algunos

conocimientos que nosotros aprendemos ahora en la escuela; pero, en

cambio, abundaba en lo mismo que nos falta: en el sentimiento verdadero

de la poesía, y en el raro don de distinguir lo que es y no es esencial

al arte. No exigían al poeta la realidad ordinaria y completa, sino lo

seguían espontáneamente á los libres y maravillosos dominios de la

fantasía, considerando los hechos como elementos subordinados á la

composición poética, ó como materiales que el artista podía ajustar sin

traba alguna al fin propuesto. Los dramáticos de ese período tenían

presente esta correspondencia que encontraban en el público; prescindían

de sus propios conocimientos, cuando el trazado de sus planes exigía que

se separasen de la verdad histórica, y no temían que ningún pedante los

censurase por su ignorancia; si versaban sus argumentos sobre la

historia antigua, lo hacían de manera que fuese entendida y simpática á

la generalidad de sus auditores, y en consideración á ellos, á quienes

se dirigían, entremezclaban anacronismos de propósito deliberado y

alusiones opuestas á la erudición severa y delicada. Tampoco se creían

obligados, cuando representaban sucesos de tiempos más modernos, á ser

topógrafos escrupulosos, ó pararse en otros melindres de igual género.

En la muchedumbre de asistentes al teatro, contaban, desde luego, con

su ignorancia; y entre los más ilustrados, que se encontraban en esta

parte al mismo nivel que el autor, con el desprecio á las micrologías, y

con su delicada inteligencia de lo poético verdadero y de sus derechos.

Nada hay más ridículo, que, partiendo de la ilustración y erudición

moderna, juzgar con este criterio las frecuentes violaciones de Calderón

y otros autores de su época, de la exactitud de la indumentaria, ó de

otras conveniencias de igual índole. Cierto es que nosotros sabemos hoy

muchas más menudencias, á las cuales los españoles del siglo XVII

dispensaban poca atención; pero lo es también que hemos perdido su

sentido natural, y entonces muy común, de muchas cosas grandes y bellas,

resultando, en parte, de nuestro progreso científico y erudito, vernos

privados de muchos goces de que ellos disfrutaban. Los contemporáneos de

Calderón estimaban á este gran poeta por deberle tantas creaciones

soberbias; consentían que su arte se sobrepusiera á su ciencia y á su

erudición; no ignoraban que aquélla no puede coexistir con las formas

duras de la realidad vulgar, sino, al contrario, que se mueve y vive,

allende la naturaleza ordinaria, en encantadas regiones, forjadas por el

poder enérgico de la imaginación. Si Calderón convertía á Parma en

residencia de una Princesa soberana, ¿había de preocuparse aquel

público de si esto era ó no permitido, con arreglo á la ley sálica? Si

en las fábulas de la antigua mitología entrelazaba rasgos é ideas

propias de la vida y del honor, predominantes en España, ¿podía ocurrir

á los espectadores pedirle cuenta estrecha de su conducta?

Teniendo, pues, presente las indicaciones anteriores, las inexactitudes

cronológicas é históricas de Calderón, que tanta extrañeza causan á la

crítica de nuestro siglo, han de considerarse bajo otro punto de vista,

juzgándolas hijas de fines poéticos más bien que de la ignorancia. Una

prueba palpable de que el fundamento de esos yerros contra la

cronología, etc., no siempre se han de mirar como resultado de la

ignorancia, nos lo suministran algunos pasajes de sus papeles cómicos,

por ejemplo, las palabras siguientes de _Los dos amantes del cielo_:

Un fraile... más no es bueno,

Porque aún no hay en Roma frailes.

A pesar de esto, no negamos que errores de la especie mencionada puedan

provenir verdaderamente, ya de ignorancia, ya de negligencia. Lo que hoy

se llama erudición en su sentido estricto, era desconocido de Calderón,

y, por tanto, había de incurrir en errores de poca importancia, debiendo

tenerse en cuenta, que la historia, especialmente de la antigüedad, y la

geografía de los países lejanos, no se conocía en su tiempo con la

exactitud que en el presente[81]. Los conocimientos de Calderón de

idiomas extranjeros, se limitaban al italiano y al latín. Si sabría

griego, y cuanto sabía de este idioma, debe ser negado; pero que su

lectura de escritores españoles, italianos y latinos, en particular de

todo lo relativo á aquello que podía ser útil á su actividad poética,

había sido grande, lo demuestra cualquier página de sus obras. Sabía

bien la historia de la Iglesia cristiana y de todas las tradiciones

relativas á la misma, así como la historia y las tradiciones españolas,

y era además muy instruído en la mitología antigua, siéndole familiares

las poesías heróicas románticas, y la poesía novelesca de los italianos.

Señalaremos luego cuáles fueron las remotas fuentes que utilizó, cuando

tratemos de sus composiciones aisladas, anticipando, no obstante, que

no puede sostenerse de ningún modo que Calderón tuviese ante sí, en

estos casos, el texto original. Nos referimos aquí tan sólo á las

fuentes primitivas que les suministraban sus primeros materiales, no

siendo siempre posible averiguar el medio, en cuya virtud llegaban á su

noticia.

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO VI.

Comedias religiosas de Calderón.--_El Príncipe constante._--_El

Josef de las mujeres._--_El mágico prodigioso._--_Las dos amantes

del cielo._--_El purgatorio de San Patricio._

Al examinar particularmente los dramas de Calderón, nuestro objeto

inmediato ahora, daremos la preferencia á las comedias religiosas.

Comprendemos bajo esta denominación, no sólo aquellos dramas, que se

llaman comedias divinas, con arreglo á la nomenclatura española, sino,

en general, todas aquéllas cuyo carácter predominante es el religioso.

En ninguna otra especie de sus dramas se muestra tan evidente la

superioridad de Calderón sobre todos sus contemporáneos, y en ninguna

otra como en ésta se ostenta con tanto brillo la grandeza y sublimidad

de su poesía. Las obras más notables de esta clase, escritas por otros

poetas anteriores, como _La fianza satisfecha_, de Lope, y _El condenado

por desconfiado_, de Tirso, ni en lo transcendental de su composición,

ni en el poderoso vuelo de la fantasía, pueden rivalizar con las obras

más notables y de igual género de Calderón. Mas para seguir al poeta

hasta la altura en que se sublima, para que no nos choque lo excéntrico

de sus ideas, nos es indispensable, como observamos antes en ocasión

análoga, transportarnos por completo á su época y juzgarla con sujeción

al espíritu del catolicismo español, origen de esta poesía.

Esa asimilación de las creencias de una época pasada, necesaria para

comprender rectamente las comedias religiosas anteriores, lo es mucho

más cuando se trata de las de Calderón, puesto que él ha utilizado esos

elementos, extraños para nosotros, de la vida religiosa de su tiempo,

poetizándolos de la manera más elevada, y no apareciendo ya á nuestra

vista con esa desnudez, que con frecuencia nos molestaba en las obras de

sus antecesores; pero justamente, bajo otro aspecto, la forma más

perfecta y artística, que reciben, y la más clara exposición de los

motivos, que le sirven de fundamento, contribuyen, á su vez, á que el

espíritu, que anima al conjunto, y á que las opiniones peculiares de los

españoles del siglo XVII, acerca de la religión, se manifiesten con

mayor transparencia y exactitud. Calderón, en sus ideas generales

religiosas, era el hombre de su pueblo y de su tiempo, y seguramente

puede ser calificado en rigor de legítimo representante de la forma

original y admirable, que adoptó en España la fe católica. Ese mismo

mundo maravilloso, creación de la ardiente fantasía de los pueblos

meridionales, se nos ofrece en sus obras, como se ostenta también, bajo

otro aspecto, y con colores tan brillantes, en los cuadros de Murillo;

nos encontramos en una región de ensueños y de encantos, entre visiones,

éxtasis y arrebatos ascéticos, en una palabra, en medio de esas

apariencias excéntricas de la religión, de que se reviste el fanatismo

en su aspecto más repugnante en los autos de fe; llevado, por otra

parte, á la sublimidad en las poesías de San Juan de la Cruz (admirables

por su profundidad y su alcance, rivales de las de los cantores sagrados

del Antiguo Testamento), hasta el extremo más brillante, que podía

inspirar en raras ocasiones la devoción y el amor divino. También en

Calderón se observa este claro-oscuro, porque si bien, por un lado, las

tendencias de _La devoción de la Cruz_ y de _El purgatorio de San

Patricio_, indujeron á exclamar al estimable, aunque algo parsimonioso,

Sismondi, que Calderón era el poeta de la Inquisición, al examinar, por

otro, algunos dramas suyos de la misma clase, como _El Príncipe

constante_ y _Crisanto y Daría_, podrán apellidarlo cándido y santo, y

añadir que, sin padecer injuria alguna del tiempo transcurrido, ha

compendiado en sí las flores más bellas de la civilización más elevada y

más tierna, evocando de su purísimo corazón el eterno amor de la

religión y del alma humana[82]. Se ha dicho que esta misma fe religiosa

eran la sangre y la vida de Calderón, y que á ella se deben las

emociones más apasionadas y profundas, que ha sabido evocar en los

ánimos. Este aserto es exacto, porque sus composiciones religiosas más

perfectas respiran esa sagrada unción, propia sólo del sentimiento más

íntimo y vehemente de lo eterno. Observamos en ellas, que son obra de un

espíritu consagrado á Dios, que, iluminado por el brillo radiante de una

sabiduría sobrenatural, traspasa con ese sagrado impulso los límites de

lo finito, penetrando en otro mundo de belleza inmutable, en donde la

religión y la poesía, como la estatua de Memnon saludaba á la aurora con

sus harmoniosos acentos, así también anunciaban aquéllas la próxima luz

de la eternidad. El poeta, con su corazón elevado y creyente, y con su

amor inmenso, rasga el velo que oculta á los ojos de los mortales el

reino de Dios; ábrese el cielo, lleno de nubes rosadas, que se mueven en

todas direcciones, y de rostros angelicales resplandecientes, iluminando

al linaje humano esos rayos sagrados, hasta los abismos más profundos de

lo finito, hasta que todas las miserias de la tierra desaparecen ante el

esplendor del astro del cielo. Ningún poeta ha logrado producir afectos

tan intensos, ni emociones tan vivas, como Calderón lo ha hecho en estas

tragedias religiosas, y nadie, como él, ha desvanecido el error de esa

opinión vulgar de que los tormentos de los mártires no pueden servir

para desenvolver con ellos una acción trágica. Sus héroes no buscan la

muerte por motivos criminales, sino, al contrario, salen á su encuentro

impulsados por la fe más pura y por los afectos más nobles; no

insensibles, cuando esperan y cuando temen, no, sino llevando en su

corazón amor todopoderoso y confianza inmutable en la grandeza de la

Divinidad; y así, entre el tumulto de los demás hombres, que luchan

entre sí sin descanso, atraviesan los cementerios, llenos de cadáveres,

y los campos de batalla de la tierra; nubes tempestuosas, pesadas y

sombrías, vuelan por debajo, y no sin esfuerzo se arranca su alma eterna

de lo finito que le rodea; pero la fe los precede y los ilumina con su

antorcha, y, cobrando fuerzas del poder divino de la religión, apuran

sin murmurar la copa de la amargura; elevándose, en virtud del

sentimiento de su unidad con lo eterno, ven disiparse bajo ellos, como

vanas sombras, los dolores y las alegrías mundanales; y ante los rayos

divinos que los iluminan, siempre más brillantes, abandonan su condición

mortal, y, llenos de gloria, y coronados de blancas rosas, penetran en

triunfo por las puertas de la muerte, que se abren para dar paso á los

bienaventurados, que los reciben con sus palmas victoriosas.

Si de esta indicación de una clase de los dramas religiosos de Calderón,

nos fijamos en éstos, en general, observaremos que su superioridad,

cuando se comparan con obras análogas de poetas anteriores, no consiste,

por lo común, en la mayor pureza y elevación de sus sentimientos

religiosos, en aquello en que coinciden lo verdaderamente católico y lo

genuinamente cristiano (porque nuestro poeta desenvuelve con frecuencia

los dogmas más tenebrosos de su comunión), sino en que lo perfecciona

todo con plástica incomparable; que lo aplica con arte singular á sus

materiales, harmonizándolos entre sí, y, valiéndose de su sentido

profundo y de sus encantos románticos, reviste á las historias

milagrosas, que ofrece, con la gloria de la visión del San Antonio de

Murillo, distinguiéndose bajo este aspecto de tal modo, que la

literatura española, en toda su extensión, apenas cuenta con alguna que

otra obra que pueda igualarse á las suyas.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo IV · 第 11 / 25 段