Ya hemos hecho mención del esmero calculado é incesante de Calderón en

la traza y desarrollo del plan de sus comedias. En la mayor parte de sus

obras, sobre todo en las que más nos maravilla, este cálculo y esta

reflexión se nos presenta como guía y regulador de su actividad poética;

modera y refrena los vuelos de su fantasía, sin menoscabar en lo más

mínimo el carácter poético de su inspiración, ni perjudicar tampoco en

nada á la libertad y al movimiento de la vida dramática; pero en otros

dramas, no escasos en número, observamos con sentimiento los efectos

lastimosos de esa reflexión y de ese cálculo extremado, hasta el punto

de que, ciertas cualidades especiales, ó, más bien dicho, menos dignas

de alabanza de la poesía de Calderón, pueden calificarse de resultado

necesario de este trabajo reflexivo exagerado. Con frecuencia

encontramos en Calderón tanto atildamiento artístico en la disposición

de su plan, que el argumento de la obra nos parece una reunión de

sumandos, y el poeta el operador que los junta en una suma total; todas

las partes de este todo son tan pulidas y redondeadas, que se nos

antojan proposiciones diversas de una argumentación escolástica para

demostrar una tesis especial; las diversas escenas son de proporciones

tan exactas y tan matemáticas, tan simétricas y paralelas, que las

agrupaciones, bien calculadas, á la verdad, pero tan salientes de sus

personajes, evocan en nosotros el recuerdo de pinturas decorativas; las

figuras van y vienen con cierto paso de parada, como obedeciendo á la

voz de mando del autor. Huellas aisladas de este amaneramiento

exagerado, que forma chocante contraste con la soltura, la libertad y

naturalidad de Lope, de Tirso y de Alarcón, se observan hasta en las

obras más perfectas de nuestro poeta; sólo que, en ellas, su vigor

poético primitivo predomina con tanto brillo, que obscurece, por decirlo

así, ese elemento alambicado. Otro fenómeno semejante, y cuyo origen es

el mismo que el de su modo de componer, exageradamente artístico,

encontramos, más ó menos pronunciado, en la elocución dramática, que

puede considerarse como propia y exclusiva de este poeta. Nótase en

ella, al analizarla con cuidado, el vuelo poderoso de una exuberante

fantasía, y, á la vez, el influjo moderador de una inteligencia

reflexiva, en lucha con la primera. No es, sin duda, nuestro ánimo

rebajar en lo más mínimo las admirables bellezas de la dicción

calderoniana; en riqueza y osadía, en su número infinito de ingeniosas

imágenes y comparaciones oportunas, así como en su versificación más

perfecta, supera á cuanto se había escrito en este género en el teatro

español; pero se distingue á la par por otras propiedades que nos

impiden calificarlo de _estilo romántico el mas puro y elevado_,

atreviéndonos á decir que, si se compara con la manera de escribir de

otros dramáticos españoles, esta comparación le perjudica en lugar de

favorecerle. Carece de su lozana frescura, y no parece provenir

inmediatamente del alma ni llegar hasta ella, como acontece con el

lenguaje de Lope y de Tirso; si había de producir ese efecto total, lo

debilita, sin embargo, el giro impreso por la reflexión que lo regula,

moderando con exceso los extravíos de la fantasía y del sentimiento, y

limitando la fuerza de su expansión. También en las obras de Lope, como

en las de todos los demás poetas examinadas hasta ahora, notamos

extravagancias y rebuscamientos en la expresión, y una abundancia de

metáforas, que no siempre podemos conciliar con nuestras ideas actuales

acerca de la belleza; pero ¡cuánto no les aventajan los conceptos y

exageradas hipérboles, siempre repetidas; los refinamientos y antítesis;

la pompa fraseológica alambicada y exuberante de Calderón,

particularmente en las obras de su juventud y de los últimos años de su

vida! El carácter especial de este _marinismo_ ó, si se quiere llamar,

_gongorismo_, tan extraño para nosotros y tan opuesto al buen gusto, nos

choca tanto más, cuanto que echamos de ver el esmero con que lo prepara

la inteligencia del poeta, y lo ofrece á nuestra vista con un propósito

harto evidente, hasta en sus más leves pormenores. Cada imagen (siendo

cosa accesoria la comprehensión total de los objetos), se extiende tan

largo tiempo, que casi se pierde el motivo de la comparación; acumúlanse

esas mismas imágenes en número extraordinario, y, sin embargo, parece

que se van registrando formalmente, como si se tratase de discursos

filosóficos, y se hacen lucubraciones tan sutiles y delicadas, que

honrarían al más consumado escolástico. Pero si la afectación ó el

amaneramiento es su origen, y si contraría ó no al estilo más puro de la

poesía, sobre lo cual no puede haber duda, aunque esto disminuya la

extrema admiración que se profesa á este poeta, siempre resulta que es

un defecto suyo, no eximiéndolo de él la afirmación de que esa manera

de hablar era la de la sociedad de buen tono de su tiempo y peculiar de

la poesía castellana, desde una época anterior, puesto que, al decir que

Calderón ha incurrido en las mismas faltas de sus contemporáneos, no se

refuta nuestro aserto, no siendo tampoco verdad que esas mismas faltas

hayan sido generales y dominantes en España antes. Lope y los dramáticos

de su edad[74], se libertaron mucho más de ellas, y hasta hicieron al

gongorismo una oposición sistemática. Calderón, al contrario, lleva á su

apogeo á este estilo absurdo; junta las sutilezas metafísicas y los

alambicamientos más afectados, que, en las poesías de los antiguos

cancioneros, apenas dejan lugar á la expresión de los sentimientos

naturales, con los pensamientos rebuscados, la redundancia de imágenes y

el afán de las antítesis de los marinistas, añadiendo, además, á esto la

hinchazón altisonante y el amaneramiento del _estilo culto_.

A pesar de todas las licencias, que concedemos en general á la dicción

poética; á pesar de la afición pronunciada, que sentimos por la lengua y

la poesía española, ni nos es posible alabar ese estilo, ni tampoco nos

satisface ni nos agrada. Este amaneramiento de Calderón se extiende á

cuanto puede hablarse, y se manifiesta en el lugar que ocupan las partes

de la oración, en el enlace de sus períodos y en el diálogo, oponiéndose

á todo, hasta á la naturalidad poética, y no habiéndose oído hasta

entonces en el teatro español. Hay aquí algo de la ópera, ó más bien del

baile, que nos recuerda á cada instante que no se nos presenta ningún

trasunto poético de la naturaleza, sino un espectáculo visible, dirigido

sólo á obtener nuestros aplausos. No hay que pensar, pues, dado ese

molde convencional y estrecho, en esa animación y soltura de

movimientos, que, en toda obra poética, ha de impulsar la intención de

su autor, antojándosenos que éste, á cada momento, á manera de

apuntador, ha de sugerir á cada uno de sus personajes las palabras que

debe pronunciar.

Es más importante de lo que se cree señalar claramente las faltas del

estilo de Calderón, porque su novedad y extrañeza, y las cualidades

brillantes de este mismo estilo pueden engañar á algunos, é inducirlos á

calificar como bellezas sus defectos. Pero á fin de no descorazonar por

completo á los admiradores incondicionales de esta dicción poética

falsa, declaramos también que un número considerable de las comedias de

Calderón, de las cuales trataremos en breve, adolece en menor grado de

ese defecto, aunque no estén libres de él por completo, y además, que el

genio del poeta se sobrepone siempre á todo, ostentándose en sus

imágenes grandiosas y profundas, y mereciendo, sin duda, excitar nuestro

entusiasmo. Calderón parece, en efecto, como dice un ilustrado crítico

literario[75], «que ya con la dulce soñolencia de quien se deja llevar

de risueñas ilusiones, ya con la formalidad sublime de un pensador ó de

un anciano, al contemplar la brillante grandeza del firmamento,

alumbrado por el sol ó tachonado de estrellas, que semejan flores

eternas, las comparan con esas otras flores, astros pasajeros de la

tierra, adornadas de vivos colores, y despidiendo perfumes de sus

cálices de púrpura, y ó presencian sonriéndose sus tempestades temibles,

pero bellas, ó las consideran como manifestaciones de un poder más

alto;» y, á la verdad, en los afectados adornos de su elocución,

sobrecargada de imágenes, en su hojarasca vacía de sentido, nos ofrece

abundancia extraordinaria de pensamientos poéticos. Ya indicamos antes

cuán grande es la admiración, que nos inspira, y, por tanto, no es

necesario repetirlo de nuevo; de manera, que, si juntamos en un haz las

faltas y las bellezas de estilo de este poeta, podremos compararlo,

invocando una imagen, que se usa con mucha frecuencia, á un volcán que

despide brillantes columnas de fuego juntamente con espesas y negras

nubes de humo.

Por lo que hace á la composición, así como al lenguaje, las obras de

Calderón, con arreglo á la diversa edad en que las escribió, se pueden

dividir en tres clases distintas, no, sin duda, con toda claridad, sino

diferenciándose sólo entre sí por ciertos rasgos generales, para cuya

determinación pueden ayudarnos mucho los datos cronológicos insertos en

el apéndice de este tomo. A la primera clase pertenecen también las

primeras comedias del poeta, las de los años de su juventud hasta su

edad adulta, si se nos permite la licencia en gracia de la exactitud,

hasta el _mezzo del cammin di nostra vita_ (treinta y cinco años). En

cuanto al lenguaje, las composiciones correspondientes á este período

están llenas, muy particularmente, de metáforas abundantes y de palabras

vacías de sentido, de comparaciones rebuscadas é hiperbólicas, de

antítesis y de pensamientos sutiles, de falso énfasis y de giros

gongorinos, en una palabra, de todo el amaneramiento del _estilo culto_.

En ellas se comprenden todas las comedias de la primera y segunda parte,

y algunas otras que por su semejanza estrecha con éstas pueden, con

seguridad, clasificarse también con ellas; y, como ejemplos que

presentan claramente las faltas indicadas, pueden nombrarse las

tituladas _Lances de amor y fortuna_, _Casa con dos puertas_ y _La

puente de Mantible_. Rebosa en ellas un prurito particular de hacer

comparaciones y evocar imágenes, y las auroras y los crepúsculos, las

perlas y los diamantes, los rayos y los relámpagos, menudean sin cesar;

ya es un jardín un mar de flores; ya el mar un jardín de espuma; el mar

alborotado se compara al Nembrod de los vientos, que acumula montañas y

ciudades sobre ciudades, y á una espada desenvainada se llama cometa

errante, que atraviesa las esferas del aire. Todo diálogo de un amante

con su dama, está sembrado de estrellas y de flores; el sol se

obscurecería si ella no le prestase la luz de sus ojos; sus mejillas

siempre se comparan con la aurora, y sus cabellos son siempre redes

doradas en donde se aprisionan los corazones. La imaginación de nuestro

poeta aparece ya, desde su principio, con esa plenitud y ese fuego que

tanto nos maravilla siempre; pero algunas de sus primeras obras son bajo

este aspecto grandiosas, especialmente _El Príncipe constante_ y _La

vida es sueño_; y en cuanto á la delicadeza y mérito dramático de su

enredo, ninguna de sus comedias posteriores aventaja á las que se

titulan _Peor está que estaba_, _Casa con dos puertas_ y _La dama

duende_. Al contrario; la pintura de caracteres, el arte, por lo menos,

de crear personajes accesorios, concretos y con vida individual y

propia, aislados da los principales, y las proporciones poéticas de

todos los elementos de la composición, alcanzan con los años mayor é

innegable maestría.

A la segunda clase pertenecen las obras de la edad adulta de Calderón,

próximamente de 1635 á 1660. Ha renunciado ya á sus defectos más

chocantes y á las exageraciones del estilo culto; así, en la comedia

_Cuál es mayor perfección_, dice estas palabras:

De esos hipérboles, llenos

De crepúsculos y albores,

El mundo cansado está.

¿No los dejaremos ya

Siquiera por hoy, señores?

desaprobando de este modo el lenguaje, de que había abusado tanto; y aun

cuando no se pueda decir que ha abandonado por completo esa manera de

escribir, ya natural en él, sin embargo, no prodiga tanto sus frases

sonoras y floridas como en otras, sino las guarda para las ocasiones

oportunas. Merece observarse también, que en algunas de estas

composiciones ofrece Calderón personajes, con el objeto, según parece,

de burlarse con seriedad de su artificioso estilo gongorino. Tales son,

por ejemplo, los de Beatriz y Moscatel en _No hay burlas con el amor_.

En los dramas de esta segunda clase, así el lenguaje del poeta como su

habilidad en crear y agrupar caracteres, y su arte en la composición,

alcanzan su punto culminante, bastando, para probarlo cumplidamente, _El

mágico prodigioso_, _El postrer duelo de España_ y _El secreto á voces_.

En las comedias que el poeta escribió en sus últimos años, y que

comprendemos en la tercera clase, incurre de nuevo en las mismas faltas

de su juventud, pero sin la lozanía y el genio, que se ostenta en las de

sus primeros años. Obsérvanse en ellas, además de esa exornación

florida y superabundante del estilo, y de sus palabras sonoras y huecas,

una construcción de frases rebuscadas y torturadas con paréntesis, que

encierran otros paréntesis, con períodos muy largos, y una disposición

singular de las partes del diálogo. En general, esta clase de comedias

se distinguen por su frialdad y por cierto cansancio, cuando se comparan

con el fuego juvenil de las primeras y con el flamante vigor de las

segundas, enumerándose, entre ellas, muchas composiciones mitológicas,

destinadas á la celebración de fiestas ó á otras solemnidades análogas,

como, por ejemplo, _Duelos de amor y lealtad_, _El conde Lucanor_, etc.

Respecto á la versificación, señalaremos como una de las diferencias

características de Calderón, no observada en sus predecesores, la

variedad y multiplicidad de sus metros y de sus rimas. El yambo, no

rimado, no se encuentra en ella, ni tampoco el verso de arte mayor, cuyo

uso se había limitado mucho antes de este poeta; las canciones de forma

italiana tampoco se ven en sus versos, y pocas veces las liras y las

endechas. Al contrario, aplica el romance con más frecuencia que sus

antecesores, predominando, así, en el diálogo como en las narraciones,

de manera que las demás combinaciones métricas rimadas las reserva para

los momentos culminantes de la acción. Respecto á estos metros, y á las

ocasiones en que se empleaban más particularmente, expusimos nuestra

opinión, que puede consultarse en las páginas 213 y 216 del tomo II de

esta obra, y, sin embargo, conviene conocer más detenidamente el sistema

seguido por nuestro poeta, en cuanto se separa del observado hasta él.

Debemos indicar, como particularidad característica de Calderón, cuando

se compara con otros dramáticos más antiguos de su patria, la

predilección que muestra por el romance en las largas narraciones; en la

mayor parte de sus obras, aparece en las primeras escenas, y de aquí

proviene que su exposición no se hace por medio de la acción, como en

Lope y en los poetas que le precedieron, sino, lo más comunmente, en

forma narrativa. Si el poeta las hubiese presentado al principio, se le

atribuiría, sin duda, falta de sentido artístico, y no sin razón, puesto

que el interés de los espectadores no podía fijarse en esas narraciones,

hasta que su atención se concentrara de algún modo en los sucesos

dramáticos que le antecedieron; pero Calderón ha evitado esta falta que

se le achaca, con tanto ingenio como arte. Comienza siempre con una

situación que encadena el interés del público; le hace esperar algo, y

le obliga á estar atento; después sigue la narración, que explica los

hechos y circunstancias necesarias para la inteligencia del drama, y

satisface de este modo la curiosidad de los espectadores, quienes poseen

ya la clave para comprender lo que sigue. Aunque se explique algo de

esta suerte, queda mucho que se ignora, y en la misma narración se

anudan otros hilos, y se aumentan los motivos, que mantienen viva la

expectación del oyente. Es innegable, que, con este método de

exposición, aventaja mucho nuestro poeta á Lope de Vega, por ser más

claro y más sencillo, y suplir á la vida y la energía real del principio

de las comedias del mismo Lope.

Las narraciones en romance son mucho más largas que las de los poetas

anteriores[76], más raras en estos últimos y usándose sólo en las

ocasiones en que el suceso que se refiere tiene alguna analogía con los

antiguos romances populares. La abundancia de palabras de Calderón y su

elocuencia casi inagotable en estos discursos, nos causa cierta

extrañeza, y es innegable que sería de desear que se las aligerase de

tanta profusión; sin embargo, conviene recordar lo que dijimos antes, á

propósito de la manera con que se recitan estas narraciones por los

actores españoles. Tengamos presente que se hace con tal rapidez, y á la

vez con tanta claridad, que no parece absurdo suponer que algo de

superfluo en su lectura podía transformarse, declamado, en verdadera

belleza de locución. Merece también consignarse que el romance, en la

forma más artística y perfecta de los dramas de Calderón, como raíz ó

fuente de toda la poesía española, ocupa mayor espacio y con mayor

derecho de lo que había acontecido antes en sus principios. Se creería

que el drama español, ya en su apogeo, rinde su tributo de

agradecimiento á la poesía popular, y que demuestra con toda evidencia

el íntimo enlace que hay entre ambos. Para justificar la existencia

dramática de este elemento épico predominante, que, sin duda, perjudica

á veces á la verdadera exposición dramática, es menester no olvidar la

relación que con él tiene el espectador español: éste ama con pasión su

poesía nacional, regocijándole oir también en el drama el sonido, para

él predilecto, de sus cantos populares, pudiendo admitirse como cierto,

aunque no nos sea posible aducir sobre esto un testimonio concreto, que

los romances comprendidos en los dramas fueron siempre aplaudidos.

También para el diálogo, cuando sólo es una continuación de la fábula,

usa Calderón el romance con más frecuencia que sus predecesores.

Juntamente con él emplea de ordinario redondillas, quintillas, décimas,

octavas, silvas y sonetos. En cuanto á los tercetos, por lo que nosotros

conocemos, sólo se observan una sola vez al principio de _El Príncipe

constante_. Por lo que hace á las ocasiones, en que aplica estas

diferentes medidas de versos, puede decirse, en general, que cuando el

romance está destinado á lo meramente narrativo y á lo que sólo sirve

para desarrollar la acción, todos los demás versos se reservan para las

estrofas más enfáticas; en lo lírico y en el diálogo florido, se usan

generalmente las diversas especies de troqueos rimados; las silvas, en

los discursos apasionados y de mucha animación, ó en las réplicas; las

octavas, en las descripciones pomposas y en los monólogos, y el soneto,

por último, en las comparaciones ingeniosas y llenas de antítesis, ó

cuando hablan dos de concierto. Sólo excepcionalmente, y muy raras

veces, se encuentran también en los dramas de Calderón las siguientes

formas métricas: décimas, con el quinto, séptimo ú octavo verso

quebrado, esto es, sólo con dos pies (por ejemplo, en la jornada tercera

de _El mayor monstruo los celos_); estrofas yámbicas rimadas de seis

líneas, parecidas á la lira, diferenciándose de ella en que los cinco

primeros versos son todos de tres pies, y terminando después con un

verso de cinco (jornada tercera de _Nadie fíe su secreto_); por último,

el verso anacreóntico con asonancia (jornada tercera de _La gran

Cenobia_).

Si bien Calderón concedió al romance más espacio y mayor importancia, y

á la vez desterró del drama combinaciones métricas, antes usadas,

ofreciendo, por tanto, menos variedad métrica que los poetas antiguos,

también, bajo otro aspecto, empleó combinaciones de palabra y enlaces de

períodos muy ingeniosos y nuevos, y dignos, sin duda, de nuestro examen,

porque pueden calificarse muy particularmente de invenciones felices de

este poeta. Tales son, en primer término, una división de discursos,

extraña y demasiado artística entre los diversos interlocutores, con

arreglo á la cual se interrumpen las frases de los que hablan, y después

de la interrupción prosiguen otra vez ó se confunden en un solo

unísono[77]. De esta manera se entrelazan á veces dos monólogos, de tal

suerte, que cada uno de los interlocutores habla consigo mismo, y, sin

embargo, concuerdan entre sí las palabras de ambos. Este arte sube de

punto cuando, como sucede algunas veces, los dos monólogos forman una

glosa con su enlace, cuyo tema se divide entre los dos interlocutores, y

después las paráfrasis del texto, alternando simétricamente con las

palabras intercaladas de nuevo de la letra, son recitadas por uno y

otro[78]. Ocasión es ésta también de indicar la manera particular con

que Calderón emplea comunmente la música, haciendo que el canto que se

oye detrás de la escena contesta al interlocutor ó continúa su discurso,

cuando el último no declara cuáles son sus secretos pensamientos[79]. Si

se encuentra en los ejemplos, aducidos hasta ahora de exagerada dicción

poética, algo convencional y propio de ópera que daña á la libertad de

movimiento de la poesía, hay que aplicar esta observación con algunas

creces á ciertos pasajes declamatorios de carácter esencialmente

retórico, notándose su amaneramiento bajo todos sus numerosos y varios

matices; puede servir de ejemplo un paso de _Amor, honor y poder_, en

que se recita un romance largo, cuyo cuarto verso forma siempre un

_climax_ ó gradación, acumulando cuatro sustantivos, y al terminar este

_climax_ sube de punto de tal modo que junta, no sólo el verso cuarto,

sino casi todos los demás[80].

Al echar una ojeada retrospectiva hacia la versificación de los dramas

de este poeta, no podemos menos, después de confesar algunas de sus

faltas innegables, de llamar la atención sobre la inmensa ventaja que la

métrica de los españoles, en general, y muy particularmente en la

perfección que alcanza en nuestro dramaturgo, sobrepuja á la dicción

dramática, usada en el teatro por nuestros poetas. Aun aquéllos, dotados

de escasas facultades musicales, convendrán con nosotros seguramente, si

conocen la harmonía seductora de los dramáticos meridionales que, bajo

este aspecto, casi todos los dramas alemanes, hasta los de nuestros

autores más famosos, parecen de niños de escuela cuando se comparan con

el arte superior de los primeros. ¡Qué diferencia entre la agradable

alternativa de los metros tan sonoros de aquéllos y la monotonía de

éstos! ¡entre la animación y la ligereza de unos y la grosera pesadez de

otros! ¡entre la diversidad de ritmos, enlazados, sin embargo,

harmónicamente, la inagotable riqueza de colorido con que revisten á la

expresión, su semejanza y uniformidad de sonidos tan significativos,

semejantes al eco, y su combinación silábica, ya lenta, ya ligera, con

esa monotonía insoportable, con esa locuacidad desprovista de cultura

ática, sin fuerza ni realce, que atormenta los oídos en nuestros

teatros! Materia es ésta, acerca de la cual hay que insistir con esmero,

porque así se comprende la inmensa superioridad que esta pompa del

lenguaje presta al drama español, cuando sus materiales están sacados de

la vida ordinaria, porque sólo la dicción poética comunica al drama tal

elevación, que lo arranca, por decirlo así, de lo común y de lo

cuotidiano, obligando al poeta á representar la vida real, no en los

trozos duros y secos de su manifestación inmediata, sino bajo un aspecto

más ideal, no deteniéndose en lo estrecho y limitado, sino en las

esferas más altas de la vida de la humanidad. En nuestra opinión, la

forma poética es de todo punto esencial al drama, y uno de los mayores

extravíos de épocas posteriores, que, en este terreno, casi se haya

renunciado al verso por completo, cuando al hacerlo así se han abierto

las puertas de par en par á lo trivial y á lo prosáico.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo IV · 第 10 / 25 段