Cuando comenzó Calderón á escribir para el teatro, no encontró, como

Lope de Vega al principio de su carrera, confusos ó informes materiales

de más ó menos valor, ni un caos de elementos dramáticos desordenados,

que esperaban la obra de su imaginación, creadora y reguladora, para

trazarles su fondo y su forma poética, sino que, al contrario, se le

presentó un campo bien cultivado en todas las direcciones posibles, y

además una poesía dramática con hondas raíces en los teatros españoles,

lozana y esplendente, resultado de los esfuerzos reunidos de muchos

talentos distinguidos; y no sólo, en su forma y carácter general, se

presentaba el drama claro y concreto, sino que, en particular, eran bien

conocidos los límites que separaban á las diversas especies de obras

dramáticas, con arreglo á la predilección particular que manifestaba

hacia ellas la afición de los españoles. Nuestro poeta estaba

familiarizado, desde un principio, con esa parte de la literatura

dramática, á cuyo detenido examen hemos ya destinado parte de esta obra.

Absorto y lleno de admiración, y con la fogosidad propia de todo poeta,

había asistido á la representación de las magníficas creaciones del gran

Lope de Vega[68]; había saboreado, cuando pasaba ante sus ojos, el

mundo lleno de encanto y de poesía de Tirso de Molina, y conoció, sin

duda á fondo, las obras de otros poetas menos famosos. Este conocimiento

exacto de Calderón de los dramáticos, que, durante su juventud,

brillaron en los teatros de España, no es supuesto, como pudiera

creerse, sino que consta, con pruebas sólidas y claras, de las mismas

obras suyas, que examinaremos después. Cuando el joven poeta, cuya

vocación lo inclinaba al drama, comenzó á escribir para el teatro, tenía

presentes, sin duda, todas aquellas imágenes poéticas, que habían

entusiasmado á él y á todo el público, y era imposible que no fuesen

fecundas, é influyeran también en su fantasía. Su espíritu era, sin

embargo, demasiado sólido y enérgico para contentarse con seguir el

impulso de esas impresiones, y dejarse arrastrar por su corriente; hubo

de reflexionar sobre la senda que debiera seguir, y proponerse, no sólo

conquistar en la dramática un puesto distinguido y propio, sino también

llevarla, en lo posible, á su término y á su perfección. Hacer una

revolución radical y completa en el sistema dramático dominante, y en

sus formas, ya aceptadas, no podía lograrse sin su completa

desaparición, y sin ponerse en lucha abierta con las simpatías de todo

el pueblo; además, su propia inclinación á este sistema, y el

convencimiento de su superioridad, era demasiado grande para que ni

siquiera se le ocurriera trastornar en lo más mínimo sus fundamentos. Su

objeto fué, pues, tan sólo labrar la corona ó el remate del edificio

existente, ya tan bello, y poner con sus manos la clave en esta

magnífica bóveda.

Pero ¿cómo conseguirlo? Superar á Lope de Vega en riqueza de inventiva,

ó rivalizar siquiera con él en este terreno, ni Calderón ni ningún otro

mortal podría esperarlo; y hasta los demás poetas dramáticos más

notables se distinguían cada uno en su género, y parecía imposible

sobrepujarlos en aquello que constituía su excelencia.

Pero Calderón, con su inteligencia perspicaz y analítica, comprendió

cuáles eran las ventajas insuperables de sus predecesores y sus defectos

evidentes; comprendió también que la mayor perfección y el más fino

pulimento del arte dramático, podría alcanzarse en virtud de ciertas

causas muy favorables, pero que hasta él ningún otro poeta había

vislumbrado estos principios artísticos é importantes, sino que, al

contrario, las facultades poéticas más extraordinarias y las

concepciones más ingeniosas, habían padecido no escaso detrimento por la

falta de cuidado y por la precipitación de los mismos poetas. Si

intentaba, pues, llevar el drama á su más alto pináculo, había de verse

obligado, no sólo á evitar los defectos que se habían deslizado en las

obras de otros autores anteriores, á causa de su ligereza en

componerlas, sino también á hacer el principal objeto de su trabajo el

examen razonado y el desarrollo consiguiente del argumento, así como la

aplicación del mayor esmero posible á la traza de sus partes ó detalles.

Tal es, á nuestro juicio, la clave que nos revela el carácter original

de la poesía de Calderón. La senda que había de seguir, en particular,

era la siguiente: apoyarse en los trabajos de sus predecesores; aceptar

el drama español, tal como lo encontraba, con todas sus modificaciones y

todas sus divisiones, sin remover en lo más mínimo los cimientos del

sistema dramático predominante, y, á la vez, cultivar por sí todos los

gérmenes lozanos preexistentes, y hacerlos florecer con sus nimios

cuidados; desenvolver cuanto hallaba confuso y sin orden; redondear lo

anguloso, y transformar en un conjunto orgánico lo suelto y lo

imperfecto. Ajustóse, pues, estrechamente á los poetas que le

precedieron; apropióse también la armazón de sus obras, sus invenciones

y argumentos; tomó de ellos escenas aisladas, conservando cuanto notaba

en ellos de valía, pero al mismo tiempo reformando esas riquezas ajenas

con un sentido artístico tan delicado, ejecutándolo con tanta constancia

y tan buena fortuna y haciéndole tantas y tan bellas adiciones, que

podía pretender, con sobra de razón, que el todo así formado era

propiedad suya indisputable. Su trabajo no se limitó sólo al arreglo del

plan, que pulió y retocó hasta dejarlo perfecto á su juicio; no sólo á

la exacta relación de las partes con el conjunto; no sólo á que el fondo

dramático de cada obra apareciese depurado, y superior á todo lo

conocido, sino que también se aplicó muy especialmente á todos los

detalles, y al estilo, y á la versificación. Así, reasumiendo todo lo

expuesto, es lícito afirmar que el arte dramático de Calderón es el

resultado de un examen crítico, profundo y bien hecho, de toda la poesía

dramática anterior, apropiándose, es verdad, lo preexistente, pero

trazando otro orden superior y más artístico á los elementos que

manejaba, juntando lo aislado, poniendo en su lugar correspondiente á lo

que yacía diseminado y sin asiento, é imprimiendo, por último,

estabilidad y fijeza á todo lo inseguro y vacilante.

Sabemos que esta opinión nuestra se separa de cuanto se ha escrito hasta

ahora sobre Calderón; valga, pues, sólo como una tesis, cuya

demostración esperamos hacer en esta parte de nuestra obra, si bien con

este propósito expondremos algunas razones en apoyo de nuestros asertos.

Se ha calificado á Calderón de poeta original, tan exageradamente, que

no parece sino que todo se lo debe á sí mismo, y nada á los demás

poetas. Chocará, por tanto, sobremanera que digamos, contra ese juicio,

que ha aprovechado en un sentido muy lato los esfuerzos de sus

predecesores, no contentándose con asimilarse escenas aisladas de dramas

anteriores, sino hasta el trazado completo de obras de otros autores más

antiguos. Sin embargo, la verdad es la antes expuesta, y así lo probarán

dos solos ejemplos. Adviértase, no obstante, que el mismo Calderón no

oculta ni se avergüenza en lo más mínimo de hacerlo así, y de señalar la

fuente en donde bebe, puesto que dice:

La dama duende será,

Que volver á vivir quiere.

En su _Casa con dos puertas_, indica con toda claridad, que, al escribir

su _Dama duende_, ha tenido á la vista otra comedia antigua semejante.

Los autores, cuyas obras ha utilizado principalmente, son Tirso de

Molina y Mira de Mescua. Su _Encanto sin encanto_ fúndase, en casi todo

su plan, en la notable comedia de Tirso, titulada _Amor por señas_[69].

En su _Devoción de la Cruz_ se observa también que ha imitado á _El

esclavo del demonio_, de Mira de Mescua, así en el conjunto del drama

como en muchas de sus partes, y Tieck había llamado la atención acerca

del hecho de que, en el drama de Calderón, se repiten algunas estrofas,

palabra por palabra, de las escritas por Mira de Mescua. Del drama de

este último es también la escena de _El mágico prodigioso_, en que

Cipriano cree abrazar á su amada, averiguando luego que ha estrechado

entre sus brazos un esqueleto, y en _El hermitaño galán_, de Mescua, se

observa el modelo de la larga narración del demonio del acto segundo de

esta tragedia de Calderón. La escena de _El mayor monstruo los celos_,

en que Herodes quiere matar á su esposa, impidiéndoselo la estatua de

ella, que cae en tierra en este momento, es semejante á otras dos, que

se hallan en dramas anteriores: la más antigua, _La próspera fortuna de

Ruiz Lope de Avalos_, de Damián Salustio del Poyo, y la otra, _La

prudencia en la mujer_, de Tirso. Ese mismo drama contiene también

diversos pensamientos de _La vida de Herodes_, de Tirso. La idea

fundamental de _El secreto á voces_ parece sacada de _El amar por arte

mayor_, de Tirso. Muchas analogías se encuentran también, además, _En

esta vida todo es verdad y todo mentira_, y _La rueda de la fortuna_, de

Mescua; entre _Los cabellos de Absalón_ y _La venganza de Tamar_, de

Tirso; entre _El monstruo de los jardines_ y el _Aquiles_, del mismo

poeta; advirtiéndose que estas semejanzas no son de las espontáneas que

pueden ocurrir á dos autores, al manejar el mismo asunto, sino que, como

se demostrará después cumplidamente, cuando llegue la ocasión oportuna,

constituyen la repetición especial y completa de elementos dramáticos

anteriores en sus propias obras, y que no pueden explicarse de otra

manera, sino suponiendo que Calderón las tuvo á la vista al escribirlas.

_Peor está que estaba_ es, escena por escena, una comedia de igual

nombre más antigua de Luis Alvarez del año de 1630, habiendo suprimido

algo defectuoso de ésta, y variando sólo las palabras. Se ha supuesto, á

la verdad, que Calderón es también autor de comedias más antiguas,

habiéndole inducido á adoptar nombres falsos algún motivo desconocido; y

acaso no sea improbable esta hipótesis, á lo menos en nuestro juicio,

puesto que no se encuentra mencionado en ninguna parte ningún autor

dramático llamado Luis Alvarez; pero á la conclusión de la más antigua,

_Peor está que estaba_, se dice que su primer autor la titula _Todo

sucede al revés_, con cuyas palabras se indica también que esta obra es

imitación de otra anterior. La escena primera de _El escondido y la

tapada_, tiene singular semejanza con la de Tirso, _Por el sótano y por

el torno_. Tieck había notado ya que _El médico de su honra_, en el

plan, en sus motivos y caracteres, tiene gran afinidad con la tragedia

de Rojas, _Casarse por vengarse_; pero surge aquí la duda de cuál fué la

más antigua de ambas, puesto que la una, la de Rojas, se imprimió en

1636 (tomo XXIX de las _Comedias de diferentes autores_), y la de

Calderón en 1637, siendo indudable, de todas maneras, que la escena

inicial de este drama es una reminiscencia de _La guarda cuidadosa_, de

Miguel Sánchez _el Divino_, y que muchas estrofas de la misma,

especialmente el monólogo de Don Gutierre en el acto segundo, están

imitadas de _El celoso prudente_, de Tirso[70]. En _No hay burlas con el

amor_ se recuerda visiblemente á _Los melindres de Belisa_, de Lope, y

en _El maestro de danzar_ la idea fundamental de otra comedia, de igual

título, del mismo poeta. En _La niña de Gómez Arias_ se ha aprovechado

mucho de la del mismo nombre de Guevara; en _El gran príncipe de Fez_

encontramos reminiscencias de la de título idéntico de Lope; el auto de

Calderón de _Psiquis y Cupido_, ofrece muchas analogías con el del mismo

título de Valdivielso, advirtiendo que, á los ejemplos aducidos,

podríamos añadir otros muchos, no haciéndolo, porque bastan los

expuestos para probar en general la verdad de nuestra afirmación.

Conviene también tener presente que nuestro poeta ha mejorado, en casi

todas estas obras dramáticas, los materiales ajenos de que ha dispuesto,

pudiendo llamársele su segundo inventor, y que aquello, que en los

escritos de sus antecesores aparece sólo como un esbozo, lo ha

pulimentado artísticamente de un modo admirable, borrando sus

desigualdades y transformando casi siempre en flor bellísima capullos

informes.

De todo lo dicho se desprende suficientemente, que estamos muy lejos de

censurar á Calderón por haberse apropiado esas riquezas ajenas. Es un

grave error, no justificado hasta ahora, en cuanto sepamos, que siglos

modernos, no poéticos, exijan de los poetas una originalidad de tal

naturaleza, que se les prohiba aprovechar lecciones y pensamientos

extraños. En nuestra época, en que el arte parece como arrancado de su

conjunto orgánico; en que los poetas se muestran aislados, y sin viva y

constante influencia recíproca, se considera y se llama plagio lo que en

todos los grandes y verdaderos períodos poéticos se ha mirado como

costumbre racional y admitida. Cegando las fuentes, que han hecho brotar

otros poetas, se priva á quienes lo son de regar con sus aguas las

raíces, á que sirven de abundante y sano alimento. Se ven así

arrastrados á afectar una falsa originalidad, á correr en pos de lo

nuevo y de lo insólito, y de aquí también, con otras concausas tan

eficaces como éstas, que las producciones deplorables de las literaturas

modernas estén desprovistas de unidad interna y de perfección orgánica.

Para quienes conocen á fondo la poesía, no hay necesidad de probar que

el arte poético moderno no hubiera logrado todavía revestir la forma,

que tanto nos regocija, si los principios predominantes hoy acerca de

este punto, se hubieran también observado en períodos anteriores. Para

demostrarlo con algunos ejemplos, tomados de la literatura de la Edad

Media, recordaremos la divulgación de las invenciones francesas,

bretonas y provenzales, hecha en toda Europa por las poesías

caballerescas, por la traslación y división de los _Gesta romanorum_ y

de la _Disciplina clericalis_ en los _Fabliaux_ y en las novelas

posteriores, así como por la combinación y enlace repetido de las

últimas entre sí; problema ya resuelto por investigaciones recientes, y

en particular por las de Val. Schmidt y J. Ph. Grasse. Se sabe ya con

certeza que, hasta las más famosas poesías heróicas alemanas de la Edad

Media, y los cuentos de Bocaccio, son, en su mayor parte, variaciones de

los originales franceses primitivos. Conocido es también que los

antiguos líricos italianos se han apropiado caudal inmenso de los

provenzales, habiéndose tomado el Abate de Sade el trabajo de enumerar

en un largo catálogo los pensamientos, escritos y giros, que el Petrarca

ha copiado de los trovadores, ó, que sin darse cuenta de lo que hacía,

se han deslizado en sus obras, como reminiscencias de aquéllos, y, sin

embargo, sería una verdadera insensatez que algún crítico lo atribuyera

á pobreza de inventiva de tan eminente poeta, y que lo anatematizara por

repetir pensamientos ajenos. ¿Y cómo ha de ser posible que haya

composiciones poéticas, que entusiasman á toda Europa hace ya cinco

siglos, y que pudieran perder parte siquiera de nuestra admiración, sólo

por el hecho de saberse que hay en ellas algo, tomado de otras fuentes?

Esa censura sólo podría aplicarse, encontrándose ejemplos análogos en

todas las obras de todos los tiempos y naciones, cuando se demostrara

que lo hacían así por su incapacidad en producir creaciones originales,

y cuando el autor no hubiera sabido asimilárselas, y formar con ellas un

todo orgánico, propio y peculiar suyo. Si examinamos ese gran período de

la poesía europea, que termina en el siglo XVII, veremos que la

corriente de la italiana se establece entre este último país y España, y

que Boscán y Garcilaso, no sólo imitan con el mayor esmero al Petrarca

en la forma de sus sonetos y canciones, sino que reproducen muchos

pensamientos suyos y hasta versos enteros. La lírica de estos autores,

así como también la de Herrera y Fr. Luis de León, debe su existencia,

y, téngase esto muy presente, por lo menos en su mitad, á las obras de

los antiguos y de los italianos; pero sin duda se puede también

sostener, sin temor alguno, que han revestido de nuevas bellezas á los

materiales sacados de otras fuentes; y siendo así, ¿no nos encantarán

estas bellas poesías, sólo porque pensemos que alguna parte de ellas no

es original y propia de su autor?[71].

Volviendo ahora á hablar de los italianos, añadiremos que el Tasso

estaba tan lejos de avergonzarse de sus repeticiones é imitaciones de

los poetas antiguos, que en los comentarios á sus rimas pone el mayor

empeño en señalarlas y darse el parabién de haberlo hecho. Una ligera

ojeada al teatro inglés de la época de Isabel, nos demuestra que los

dramáticos de aquel tiempo se comunicaban unos á otros sus particulares

invenciones, y hasta el más eminente de ellos no se avergonzaba de

recurrir cuando le parecía á los que le eran inferiores, sabiéndose que

Shakespeare ha imitado en diversas ocasiones el plan dramático de sus

predecesores; que dramas enteros suyos se distinguen por este carácter,

y que la escena de las hechiceras de _Macbeth_ y hasta las palabras

usadas en ellas, provienen también, en parte, del _Witch_, de Middleton.

Vimos también que los franceses, en vasta escala, se apropiaron ideas

extrañas, sobre todo de los españoles, y nuestra censura de ellos no se

refiere á esta conducta, en sí, en absoluto (por cuya razón no rehusamos

alabar á Rotrou), sino á la circunstancia de que la mayoría de sus

poetas apelaron á las invenciones ajenas por la evidente pobreza de las

originales, porque, á lo que se apropiaron, no le infundieron nueva vida

y vigor poéticos, y porque sus imitaciones son muy inferiores á los

originales. También en España, para tratar de nuevo de nuestro asunto,

no se hicieron escrúpulos sus dramáticos desde un principio de imitarse

unos á otros; y para demostrarlo con ejemplos aislados, encontramos el

primero en las obras de Gil Vicente, que se apropia muchas escenas de

Juan del Encina[72]. El auto portugués, _de Moralidade_, de Gil

Vicente, se imitó poco después en España, con algunas variaciones, en la

tragicomedia alegórica _Del Infierno y del Paraíso_; y aunque Lope de

Vega casi siempre desenvolvió argumentos suyos originales, nadie se

avergonzaba en su tiempo, y así lo hemos demostrado en distintas

ocasiones, de apropiarse, mejorándolos, ideas y argumentos ajenos[73].

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO IV.

Otras bellezas dramáticas, comunes á las comedias de Calderón, que

las caracterizan y distinguen.

Para derramar más luz sobre este punto por medio de analogías, sacadas

del dominio de las artes del diseño, recordaremos que Miguel Angel, en

su _Juicio final_, no sólo tomó aislados motivos artísticos, sino

figuras enteras del gran cuadro de Lucas Signorelli de Orvieto; sábese

también que las dos primeras figuras de padres de Rafael, en las logias,

están copiadas del célebre fresco de Masaccio, como el San Pablo, de los

tapices, es también del mismo antiguo pintor florentino, y que á otros

muchos, y sus predecesores y coetáneos, ha imitado aquel pintor, el

primero de todos, y esto de obras en general muy conocidas; de manera

que no podían hacerse la ilusión de que había de pasar desapercibido.

Era época ilustrada: sabían bien que los grandes artistas no se veían

obligados á hacerlo por pobreza de inventiva, como creían también que no

es aceptable la opinión, de que, hasta el hombre más eminente y casi

divino, no ha de crearlo todo por sí mismo: juzgaban, al contrario, y

así lo prueba de una manera evidente el examen de muchos cuadros de ese

período, que cualquiera pintor, sin miedo á la crítica, podía aprovechar

motivos artísticos y pensamientos ajenos, asimilándoselos é

imprimiéndoles nuevas formas; y justamente por este comercio continuo y

recíproco, por este cambio de lo propio con lo extraño, alcanzaron las

artes esa altura inaccesible á los esfuerzos individuales.

Lo expuesto prueba suficientemente la verdad innegable, de que, muchas

de las obras maestras más importantes de la poesía y del arte, no

hubiesen podido existir si sus autores hubiesen adoptado las falsas

ideas sobre originalidad, hoy predominantes. A la demostración histórica

de que la conducta de Calderón, durante el período más floreciente de la

poesía europea, fué la más seguida, añadimos una observación general

apologética, y afirmaremos, que la poesía, aunque crea, no crea de la

nada, sino de materiales preexistentes, y que estos materiales, como la

naturaleza hace con todas sus obras, son también, en parte, las

creaciones de los poetas anteriores.

Pero si lo expuesto hasta aquí no es una desnuda hipótesis, sino una

verdad, justificada por el conocimiento exacto de las obras de Calderón

y de la literatura española anterior, nuestro poeta puede compararse á

un arquitecto, que edifica con materiales propios, en la generalidad de

los casos, sobre un cimiento ya labrado, pero sin despreciar por esto

los que le ofrecen otros, perfeccionándolos en sus detalles, y juntando

y fundiendo en un todo lo suelto y lo aislado. Esta opinión nuestra, sin

embargo, en cuanto se aplica á Calderón, no disminuye en lo más mínimo

su fama, sino antes bien la enaltece, puesto que su arte no se nos

presenta como una sencilla improvisación de un genio privilegiado, sino

en enlace orgánico con el drama español en su conjunto. Todo lo más

sublime, creado en cualquiera esfera por un solo espíritu, existe por

esa unión con lo que le ha precedido en el mismo género. ¿Cómo pensar

siquiera, que llegase á tan supremo grado de perfección sin los trabajos

de los que le precedieron?

Después de haber fijado el lugar, que corresponde á Calderón en la

poesía dramática española, y la regla principal de su conducta de una

manera general, pasemos ahora á estudiarla particularmente en sus

obras. En este análisis especial, saldrá por sí misma á nuestro

encuentro, bastándonos sólo anticipar algunas ideas.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo IV · 第 8 / 25 段