Mientras Felipe IV ocupó el trono de España, el teatro, en consideración

y en cuanto á elementos esenciales, se mantuvo á la misma altura, á que

había llegado, á consecuencia del impulso que recibió en los primeros

años del reinado de este Monarca. A la muerte de Felipe, en septiembre

de 1675, sufrió una verdadera crisis, puesto que la representación de

comedias, en todo el reino, estuvo prohibida durante todo el tiempo del

luto. Verdad es que esta prohibición dejó de regir al año siguiente, y

que los espectáculos teatrales se celebraron como antes; pero ni los

teatros ni el arte dramático recobraron otra vez su antiguo brillo. En

la minoría de Carlos II se vió ya, en toda su desnudez, la extraña

decadencia de la monarquía española, disimulada hasta entonces por su

brillo exterior. Y ¿cómo era posible detener al Estado en la pendiente,

por donde se encaminaba á su ruína, cuando las riendas del Gobierno se

encomendaron á María Ana de Austria, mujer débil y dominada por

intrigantes, cuando tan difíciles de manejar habían parecido á Felipe

III y á Felipe IV? La deuda pública, por efecto de las guerras

continuas, se había acrecido en una proporción monstruosa, y la

despoblación había caminado al mismo paso: necesitábanse inagotables

riquezas, sólo para encubrir algún tanto su ruína, y lo peor era que no

existían tales riquezas. Las posesiones de España en los Países Bajos se

habían disminuído de tal manera, que, para regirlas y sostenerlas,

hacían falta sumas más cuantiosas que las que producían; las vastas

provincias del Nuevo Mundo destacaban, á la verdad, sus rayos sobre la

Corona de Castilla, envolviéndola en una aureola de aparente poderío, no

de acuerdo con su utilidad real, porque, á causa de su organización

defectuosa, estaban hacía tiempo en manos de aventureros y de

gobernadores poco fieles; y la guerra sistemática, que, en los mares de

América, hacían á España, Inglaterra, Holanda y Francia, absorbía por

completo todas sus rentas. Ya bajo Felipe IV se manifestaban, sin duda,

los síntomas, que anunciaban esta disolución nacional, y su política no

fué muy favorable ni meritoria para el bien del Estado; pero las muchas

y brillantes cualidades de este Príncipe, y sus esfuerzos, dignos de

loa, en otros terrenos, lo habían hecho, hasta cierto punto, glorioso.

Toda la monarquía participó también de esta gloria, y así se pudo

disimular, en la apariencia, la corrupción creciente de todo el cuerpo

social. El sentimiento nacional, sin embargo, fuente de todo lo grande,

que ha producido la literatura española, subsistía siempre, y España

estaba siempre para él á la misma altura, en poder y en fama, que en la

época de Carlos V. ¿Cómo no debía cambiar pronto todo, cuando ese

imperio poderoso, acosado por fuera por sus enemigos, y próximo á la

consunción en su vida interior, no contaba con más apoyo que con un niño

débil bajo la tutela de su madre? ¡Y cuando la corte, que debiera

haberse distinguido por su energía extraordinaria, era el asiento de la

indolencia, y el foco de miserables intrigas! Vana en breve fué también

la esperanza, de que los negocios tomarían mejor sesgo, en cuanto

ocupase el trono Carlos II, porque, á la verdad, pocas personas podían

acariciar tales ilusiones, sabiéndose cuáles eran las cualidades

desdichadas de entendimiento y de carácter del último soberano de la

dinastía de los Ausburgos. Perezoso y sin voluntad, incapaz de

desplegar actividad intelectual y de disfrutar de los placeres más

nobles del alma, ascendió al trono esta sombra de Rey, que se deshacía á

las llamas del último auto de fe, mientras los dominios españoles, unos

tras otros, pasaban á manos extrañas, y mientras sus parientes de las

casas de Borbón y de Ausburgo esperaban inquietos ocupar la herencia

vacante. Bajo estas circunstancias menester era que ese imperio, largo

tiempo la primera potencia política de Europa, decayese más y más en la

estimación general, y que hasta el español más orgulloso no pudiese ya

acariciar ilusiones opuestas á la decadencia de su patria. Esta

situación lamentable de los negocios de España, como era de suponer,

había de influir también en su literatura.

El amparo del Monarca, sin embargo, favoreció todavía al teatro por

largo tiempo. Más adelante veremos en la vida de Calderón que la corte

de Carlos II le dió el encargo de escribir diversas obras para fiestas

reales; leemos también, que, á costa de la casa Real, se dieron al

pueblo algunas representaciones teatrales.[57] Parece, sin embargo, que

estas muestras de benevolencia al arte dramático, fueron más bien

efecto de la costumbre ó de la vanidad que verdadera inclinación hacia

el mismo; y aunque ese apoyo del trono hubiese sido más poderoso de lo

que fué en realidad, nunca hubiese podido impedir que la poesía

dramática participase de la decadencia general de la nación y de su vida

intelectual. De un pasaje de la comedia de Moreto, _La ocasión hace al

ladrón_, aparece claramente cuánto había disminuído la afición y la

estimación del público á la literatura dramática bajo circunstancias tan

desfavorables, y cuánto menor no era ya la actividad de los poetas

dramáticos para satisfacerla.[58] En él encontramos la siguiente queja:

DON MANUEL.

...Muy pocas (comedias) vemos,

Sino cual y cual, de alguno

Que por superior precepto

Escribe para Palacio;

Pero con tan alto acierto

De novedad, que parece

Se está excediendo á sí mesmo.

DON PEDRO.

¿Ese es Calderón?

DON MANUEL.

Sin duda,

Que sólo puede su ingenio

Ser admiración de cuantos

Bebieron el sacro aliento.

DON PEDRO.

No tiene esa facultad

La estimación que otros tiempos.

DON MANUEL.

Y de eso nace el no haber

Quien á estudios tan supremos

Dé la atención; sino miren

Con qué laureles y premios

La antigüedad celebraba

A los varones de ingenio.

* * * * *

* * * * *

DON PEDRO.

................ ¡Oh, mudanza

De la edad, que lo que un tiempo

Fué divina estimación,

Es hoy casi vituperio!

Aun cuando no se puede negar la decadencia de la literatura dramática en

España en el reinado de Carlos II, sin embargo, este período de la

historia del teatro español está unido al precedente con tantos

vínculos, que es imposible separarlos. Calderón, Rojas y otros muchos

poetas importantes siguieron escribiendo para el teatro; y si bien sus

últimas obras no son iguales á las primeras, hasta las producciones más

débiles de estos maestros tienen títulos suficientes para ser incluídas

en la edad de oro del teatro español. De los nuevos poetas dramáticos,

que aparecen en este período, ninguno, sin duda, puede elevarse al

rango de Lope, Tirso, Alarcón, Calderón, Rojas y Moreto, y, por lo

general, ninguno de ellos se distingue tampoco por su talento original,

aunque, bajo otros aspectos, tampoco deban considerarse sus obras como

desprovistas de todo mérito. El mediodía del drama español había pasado

ya; pero su sol, al ponerse, lanzaba todavía algunos rayos brillantes.

Sus últimos resplandores desaparecieron en el siglo XVIII, y á causa de

la guerra de sucesión, su vida propia se extinguió ya por completo,

comenzando un nuevo período, del cual se puede decir con certeza que no

pertenece ya á la edad de oro del teatro español.

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO III.

CALDERÓN.--Carácter general de sus obras dramáticas

La ampulosa apología de Calderón[59], escrita por Vera Tassis, es casi

la única fuente para conocer la biografía de este hombre extraordinario.

El amigo del gran poeta, y primer editor de sus obras, hubiera merecido

mayor gratitud de la posteridad, si hubiera empleado el tiempo, que

destinó á sus pomposos y alambicados elogios, en recoger noticias

biográficas más completas de su vida. Las más importantes, que ofrece,

son las siguientes:

D. Pedro Calderón de la Barca nació en Madrid el día 17 de enero del año

de 1600.[60] Descendía, por la línea paterna, de una familia noble de

los antiguos hijodalgos del valle de Carriedo, en las montañas de

Burgos. Si se recuerda el origen de Lope de Vega, no dejará de llamar la

atención la singular coincidencia, de que los dos poetas dramáticos, más

famosos de España, fuesen oriundos del mismo pequeño y oculto valle. La

familia de Calderón estuvo domiciliada al principio en Toledo, y

posteriormente, á causa de ciertas desavenencias que surgieron entre

sus miembros, se trasladó al lugar mencionado del Norte de España. El

nombre de su padre era el de Don Diego Calderón de la Barca y Barreda.

Casóse éste con Doña Ana María de Henao y Riaño, descendiente de unos

caballeros flamencos que se establecieron en Castilla, y parienta de los

Riaños, infanzones de Aragón. Fruto de este matrimonio fué nuestro D.

Pedro. Estudió las primeras letras en el gran Colegio de la Compañía

(una Escuela de jesuitas de Madrid), y pasó después, muy joven, á la

Universidad de Salamanca, en donde se dedicó á sus estudios con

incansable aplicación. Las ciencias, á que se consagró particularmente

con más celo, fueron las matemáticas, la filosofía y el derecho civil y

canónico. Su talento poético debió manifestarse muy pronto, puesto que

cuando tenía poco más de trece años escribió ya su primera comedia,

titulada _El carro del Cielo_, asegurando Vera Tassis, que, antes de

cumplir los diez y nueve años, había hecho época con sus comedias en el

teatro español. En los años de 1620 y 1622 tomó parte en el certamen

poético, celebrado con motivo de la beatificación y canonización de San

Isidro[61].

A los diez y nueve años abandonó la Universidad y se trasladó á Madrid,

en donde muchos grandes le dispensaron su favor, y á los veinticinco

entró, por su propia inclinación, en el servicio militar, y estuvo en

Milán, y después en Flandes. Es muy probable que en esta época

escribiera la comedia titulada _El sitio de Breda_, que se representó en

los teatros de Madrid, poco después de la rendición de esta plaza, en 2

de junio de 1625. No se sabe cuánto tiempo sirvió en el ejército

español. Sólo consta que el rey Felipe IV lo hizo venir de los

campamentos á la corte para ocuparlo en el teatro, su recreo favorito,

encargándosele especialmente la composición y dirección de las fiestas

dramáticas, que se celebraban con gran lujo, casi siempre, en el palacio

del Buen Retiro.

Su fama poética era ya tan grande en el año de 1630, que Lope de Vega,

considerándolo como su digno sucesor, dice de él en _El Laurel de

Apolo_:

En estilo poético y dulzura,

Sube del monte á la suprema altura.

Por premio de sus servicios fué este poeta nombrado en 1637 caballero

del hábito de Santiago. Cuando en 1640 se movilizaron los caballeros de

esta orden, dispensóle el Rey de sus obligaciones guerreras, y le

encargó que escribiese el drama _Certamen de amor y celos_; pero

Calderón quiso cumplir con ambos deberes: terminó la comedia en breve

plazo, y tuvo tiempo para seguir las tropas á Cataluña, en donde sirvió,

en compañía del duque de Olivares, hasta la conclusión de la campaña.

Regresó después á la corte, y entonces, como antes, se consagró con

particular afición á escribir para el teatro. En el año de 1649 recibió

la comisión de trazar y describir el arco de triunfo, erigido para la

recepción de Doña Mariana de Austria. Dos años más tarde se hizo

sacerdote, sin renunciar por esto á su antigua ocupación de poeta

dramático; el Rey le concedió una plaza de capellán en Toledo, de la

cual tomó posesión el 19 de julio de 1653, y en 1663, para tener al

poeta más cerca de su persona, le concedió otra plaza en la capilla

Real, añadiendo luego, para aumentar sus emolumentos, las rentas de un

beneficio en Sicilia.

Así pudo Calderón entregarse tranquilo á la composición de sus obras

poéticas. Por espacio de treinta y siete años escribió los autos

sacramentales para la festividad del Corpus en Madrid, y largo tiempo

también los autos para Toledo, Sevilla y Granada, hasta que, como Vera

Tassis dice, cesaron esas solemnidades en las ciudades mencionadas.

Aunque este género poético convenía, particularmente, á su profundo

sentimiento religioso, y estaba en harmonía con su estado eclesiástico,

no abandonó por esto, hasta una edad avanzada, la composición de dramas

mundanos y otras poesías. Su biógrafo asegura que el número de sus autos

ascendió á más de ciento, y el de las comedias á más de ciento veinte;

enumera, además, doscientas loas sobre asuntos mundanos y religiosos;

cien sonetos é infinitas canciones, romances, sainetes y otras poesías

sobre diversos asuntos, mencionando, por último, una descripción de la

entrada de la Reina madre, un poema sobre las _Cuatro novísimas_, un

tratado sobre la nobleza de la pintura, y otro en defensa de la comedia.

Más adelante tendremos tiempo de discutir la exactitud de estos datos,

en cuanto se refieren á sus obras dramáticas. Sus comedias se

imprimieron al principio aisladamente; pero se coleccionaron primero

doce en 1635, y otras doce en 1637[62], y estas mismas se reimprimieron

después en la edición titulada _Comedias de D. Pedro Calderón de la

Barca, recogidas por D. José Calderón y hermanos_. Parte 1.ª y 2.ª:

Madrid, 1640. Los tomos III y IV aparecieron respectivamente en 1664 y

1672. La primera edición incompleta que se hizo de los autos, lo fué en

Madrid en 1637. La mayor parte de las obras de Calderón era inaccesible

á la generalidad de los lectores, y lo que se imprimió se mutiló en

parte, de la manera más lamentable, para satisfacer las exigencias de

los libreros; también se le atribuyeron muchas obras apócrifas. El deseo

de poseer una edición completa de sus escritos, movió al duque de

Veragua, virrey de Valencia, Mecenas y amigo de la poesía, á dirigirse

al mismo poeta para que le hiciese un catálogo de las auténticas. Esta

carta, así como su contestación, son de la mayor importancia y el más

seguro fundamento para conocer el número de las obras de Calderón, por

lo cual la insertaremos en el apéndice á esta parte de nuestra historia,

que ha de ocuparse también en investigar la cronología de las comedias

de Calderón.

Sólo hay noticias muy escasas acerca de los últimos años de su vida, sin

duda porque llevó una existencia sosegada y tranquila, consagrado por

completo á la religión y á las musas. A falta, pues, de descripciones

más interesantes é instructivas, que tan deseadas son cuando se trata de

hombres eminentes, se leerá, acaso, como dato curioso el que sigue, de

una antigua obra francesa de viaje[63].

«A la noche (cuenta este viajero) llegaron á mi casa el marqués de

Eliche, hijo mayor de D. Luis de Haro, y M. de Barriere, y me llevaron

al teatro. La comedia que se representó era ya conocida y de poco

mérito, aunque compuesta por D. Pedro Calderón. Después hice una visita

á este mismo Calderón, que pasa por ser el poeta más eminente, y el

ingenio más distinguido de España: es caballero de la Orden de Santiago,

y capellán de la capilla de la Reina de Toledo; pero deduje de su

conversación, que, en punto á conocimientos, estaba muy atrasado.

Discutimos largo tiempo sobre las reglas de la comedia, desconocidas en

esta nación, y despreciadas por los españoles.»

Calderón entró en el año de 1663 en la hermandad de San Pedro,

aplicándose con diligencia á desempeñar este cargo eclesiástico, y

dejando á esta congregación, en su testamento, heredera universal de su

cuantiosa fortuna. Mucho debió afligirle la muerte de Felipe IV, por

perder en él, no sólo su constante favorecedor, sino casi un amigo. Sin

embargo, duraron sus relaciones con la corte, y se le encomendaron

siempre, como antes, las fiestas dramáticas que se celebraban alguna vez

en las ocasiones más solemnes. Su último drama fué _Hado y divisa_.

Murió el 25 de mayo de 1681[64]. Sus restos mortales fueron sepultados

en la capilla de San Salvador.

La extrema admiración, que excitó en sus coetáneos, le acompañó hasta su

muerte, y así aparece de las palabras, que copiamos á continuación, con

que Vera Tassis termina el elogio de su amigo, y que, á pesar de su

hojarasca, revelan un sentimiento profundo. Dice así: «Este fué el

oráculo de la corte, el ansia de los extranjeros, el padre de las musas,

el lince de la erudición, la luz de los teatros, la admiración de los

hombres, el que de peregrinas virtudes estuvo adornado siempre, pues su

casa era el abrigo de los desvalidos, su condición la más prudente, su

humildad la más profunda, su modestia la más elevada, su cortesía la más

atenta, su compañía la más segura y provechosa, su lengua la más cándida

y honrada, su pluma la más cortesana de su siglo y que no hirió jamás

con mordaces comentos la fama de ninguno ni manchó con libelos á los

maldicientes, ni su oído atendió á las detractaciones maliciosas de la

envidia, y éste, en fin, fué el príncipe de los poetas castellanos que

suscitó con su sagrada poesía á griegos y latinos; pues en lo heróico

fué culto y elevado, en lo moral erudito y sentencioso, en lo lírico

agradable y elocuente, en lo sacro divino y conceptuoso, en lo amoroso

honesto y respectivo, en lo jocoso salado y vivo, en lo cómico sutil y

proporcionado. Fué dulce y sonoro en el verso, sublime y elegante en la

locución, docto y ardiente en la frase, grave y fecundo en la sentencia,

templado y propio en la traslación, agudo y primoroso en la idea,

amoroso y persuasivo en la inventiva singular, y eterno en la fama.

Como ejemplo de una crítica coetánea encomiástica, copiamos aquí también

los siguientes párrafos de un escrito del Dr. Manuel, en defensa de las

comedias, impreso en el año de 1672:

«¿Quién ha casado lo delicadísimo de la traza, dice, con lo verosímil de

los sucesos? Es una tela tan delicada que se rompe al hacerla, porque el

peligro de lo muy sutil es la inverosimilitud. Alargue la imaginación

los ojos á todos sus argumentos, y los verá tan igualmente manifestados,

que anden litigando los excesos. Las comedias de santo son de ejemplo;

las historiales, de desengaño; las amatorias, de inocente diversión sin

peligro. La majestad de los afectos, la claridad de los conceptos, la

pureza de las locuciones, la mantiene tan tirante, que aún la conserva

dentro de las sales de la gracia. Nunca se desliza en puerilidades;

nunca se cae en la bajeza de afectos. Mantiene una alta majestad en el

argumento que sigue, que, si es de santo, le ennoblece las virtudes; si

es de príncipe, le enciende á las más heróicas acciones; si es de

particular, le purifica los afectos. Cuando escribe de santo, le ilustra

el trono; cuando de príncipe, le enciende el ánimo; cuando de

particular, le purifica el afecto.

»Este monstruo de ingenio dió en sus comedias muchos imposibles

vencidos. Noten cuántos. Casó con dulcísimo artificio la verosimilitud

con el engaño; lo posible con lo fabuloso; lo fingido con lo verdadero;

lo amatorio con lo decente; lo majestuoso con lo tratable; lo heróico

con lo inteligible; lo grave con lo dulce; lo sentencioso con lo

corriente; lo conceptuoso con lo claro; la doctrina con el gusto; la

moralidad con la dulzura; la gracia con la discreción; el aviso con la

templanza; la reprensión sin herida; las advertencias sin molestias; los

documentos sin pesadez, y, en fin, los desengaños tan caídos y los

golpes tan suavizados, que sólo su entendimiento pudo dar tantos

imposibles vencidos.

»Lo que más admiro y admiré en este raro ingenio, fué que á ninguno

imitó. Nació para maestro, y no discípulo; rompió senda nueva al

Parnaso; sin guía escaló su cumbre: ésta es para mí la más justa

admiración, porque bien saben los eruditos que han sido rarísimos en los

siglos los inventores.

»Sólo el singular ingenio de nuestro D. Pedro pudo conseguir hacer

caminos nuevos sin pisar los pasos antiguos; los miró, no para

seguirlos, sino para adelantarlos; voló sobre todos. Puedo decir de esta

insigne pluma lo que dijo el eruditísimo Macedo, de Tasso, que _sólo

pecó en no pecar_. O lo que dice de su idolatrado Camoëns, que aun

contentó con los pecados veniales. Son tan artificiosos los defectillos

ligeros que puede notarle la escrupulosa melancolía de los críticos, que

debo juzgar que los puso para mayor hermosura, por habilidades los

deslices.

»Para todos los accidentes humanos suministran las comedias de D. Pedro

ejemplos, y es tan discreta la medicina, que dejan, por lograrla,

ambiciosa la llaga. Sirva este rasgo de sus obras de venerable lisonja á

sus respetadas cenizas, y viva eterno en la mente de los estudiosos para

viva idea de los aciertos.»

¡Qué contraste forman Cervantes y Lope de Vega con Calderón, cuando se

compara la vida de los primeros, tan fecunda en aventuras y vicisitudes

diversas, con la reposada y pobre en sucesos ruidosos del último, según

consta de lo expuesto! ¿Habremos de creer, acaso, que, por una

negligencia censurable, no han llegado hasta nosotros noticias de esos

hechos de la biografía de Calderón? Viviendo en la corte más brillante

de Europa de aquella época, en comercio inmediato con un Rey ilustrado,

entre gentes que también lo eran y conocedoras del mundo, entre galantes

caballeros y damas seductoras, ¿era posible que Calderón hiciese vida de

anacoreta, y que no le ocurriese ninguna aventura novelesca, ni tomase

tampoco parte en ningún desafío?[65]. La dicha del amor afortunado, los

tormentos del no correspondido, la rabia de los celos, todos esos

sentimientos, que pinta con una verdad tan elocuente, ¿había de

conocerlo sólo por intuición poética, y no por su propia experiencia? No

nos conviene responder á estas preguntas ó completar sucesos de su vida,

sobre los cuales faltan datos necesarios, y recurrir sólo á nuestra

fantasía. Pero esperamos, á pesar de esto, que el estudio de las obras

del poeta nos dará los medios de trazar los rasgos esenciales de la

imagen de su persona. Para lograrlo, sólo en lo más general, tengamos

presente que la culta é ilustrada corte de Felipe IV, en cuyo centro

vivió siempre, ha ejercido gran influjo, que no se puede desconocer, en

el fondo y en la forma de sus obras.

Calderón es, entre todos los poetas dramáticos españoles, el más

conocido y el más famoso. Se le ha separado de la serie de sus

predecesores y coetáneos, presentándolo solitario, para alabarlo con

frases entusiastas, como lo más divino que ha producido la literatura

española, y casi se desprende de los elocuentes encomios de su inspirado

admirador[66], que los demás poetas dramáticos castellanos, fuera de él,

del elegido, apenas merecen el trabajo de ser conocidos y estudiados.

El juicio de Schlegel, hombre importante, y que tanto ha hecho, no sólo

por la literatura alemana, sino por la europea, ha sido tan decisivo,

que, si bien, por una parte, ha llamado de nuevo la atención hacia la

literatura española, por la otra ha trazado á ésta límites harto

estrechos. Cuando Schlegel escribió su incomparable y elocuente lección

XIV, que, así como excitó en todos universal interés, así también movió

al autor de esta obra á examinar con singular predilección las de las

musas de Castilla, la literatura española yacía abandonada de la manera

más incomprensible, desde muchos años antes, sin existir otro medio,

para llegar principalmente al conocimiento de las obras dramáticas,

exceptuando las comedias de Calderón, varias veces reimpresas; sin haber

otro medio, repetimos, que la colección escasa y defectuosa de La

Huerta, y no inspirada tampoco por un verdadero sentido poético.

Schlegel, por su parte, según él mismo declara, sólo tenía noticia muy

imperfecta de las comedias de Lope de Vega, y ninguna de las de Tirso de

Molina, Alarcón, Guevara y otros muchos. Con su crítica perspicaz

calificó como composiciones de poco mérito las de Solís y La Hoz,

incluídas en la colección de La Huerta; no pudo apreciar el talento de

Moreto y de Rojas, comprendidas en aquella colección, y que no eran

otra cosa, en resumen, que algunas comedias de intriga, escasas en

número, de estos poetas; pero siendo esto así, ¿cómo no había de

concentrar en Calderón todo su entusiasmo? En general, compartimos con

él por completo esta misma admiración, y creemos también que no es

exagerada; pero lo dicho no obsta á que hagamos algunas objeciones á

esta manera de expresarse y de repetirse hasta el exceso.

El poeta favorito se presentaba de tal suerte, como si él solo

simbolizase toda la poesía dramática de los españoles, ó, por lo menos,

como si sobrepujase con tal extremo á los demás dramáticos de esta

nación, que no hubiese necesidad alguna de echar ni una ojeada desde

esta altura á otros talentos muy inferiores al suyo. Pero esta

distinción injusta arrojaba, por un lado, una luz falsa sobre el

conjunto del teatro español, menospreciando sin motivo á muchos grandes

poetas; y celebrando tanto á uno solo, por otro lado, dañaba á la exacta

estimación y profundo conocimiento del mismo autor favorecido. En

efecto; Calderón no es, como aparece de estas descripciones, solo y

aislado, sino el eslabón de una gran cadena, un punto más distinto de

una larga serie de ellos; y, aunque se conceda á su elocuente admirador

que el drama español se muestra en sus obras, en su forma más perfecta,

es imposible, sin embargo, apreciar su mérito con exactitud si no se le

estudia en sus relaciones con los que le precedieron. De esta

comparación y examen resalta su verdadera superioridad como dramático, y

el fuego íntimo y vital que anima sus obras. Cuando intentamos señalar

los vínculos que unen al famoso poeta español con la larga serie de los

dramáticos castellanos, hemos de renunciar por necesidad á rivalizar con

nuestro predecesor en esta materia en sus entusiastas arranques y

brillante elocuencia, exponiéndonos acaso á parecer fríos y mesurados

con exceso para los que están familiarizados con las anteriores

apoteosis de Calderón. Pero aunque se debilite algún tanto el brillo de

la aureola divina, que ha rodeado hasta ahora á este poeta, esperamos,

no obstante, presentar su carácter artístico, iluminado con otros rayos

de claridad más apacible.

Como preparación para el logro de este objeto, téngase presente que la

indicación de todo aquello que este hombre extraordinario debía á sus

predecesores, no se opone á la existencia de muchas y distinguidas

prendas poéticas, que han de considerarse como propiedad suya exclusiva,

y suficientes para ensalzarlo y para justificar la predilección con que

lo mira toda Europa, y con la ventaja de ser verdaderas, y tanto mayor

su mérito cuanto que, en su virtud, el arte dramático de Calderón

aparece con el más perfecto desarrollo orgánico de toda la poesía

española.[67]

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo IV · 第 7 / 25 段