_La púrpura de la rosa_, de Calderón, es una de estas zarzuelas. Este
nombre proviene del de una posesión de recreo, denominada así, situada
no lejos de Madrid, y que se aplicó después á ese linaje de
composiciones.
Hemos dicho antes que las loas no eran ya tan necesarias como en la
época anterior, ni elemento casi esencial de toda representación
escénica, conservándose, en general, sólo en los autos. Las fiestas del
Corpus, desde la mitad del siglo XVII, no son tan frecuentes como
antes, puesto que Vera Tassis dice, en la biografía de Calderón, que ya
en los últimos años de este poeta insigne no se representaban autos
sacramentales en Sevilla, en Granada ni en Toledo. En Madrid, sin
embargo, se celebró siempre la fiesta del Corpus con toda la pompa á la
antigua usanza. La condesa d'Aulnoy, en una carta fecha en 27 de junio
de 1679, describe una de estas fiestas, que copiamos aquí como
complemento de la inserta antes, de otro viajero.
«Debo decir, escribe esta señora, que he visto la fiesta del Corpus,
aquí muy solemne. Hay una procesión general á la que asisten todas las
parroquias y todos los religiosos, cuyo número es muy grande. Las calles
por donde pasa se cubren con tapices, los más bellos del mundo, porque
no me refiero sólo á los de la Corona. Los hay á millares de los
particulares, verdaderamente admirables. Quítanse las celosías de los
balcones, y se cuelgan de ellos tapices con ricos ornamentos en los
huecos y doseles; toldos de lienzo dan sombra á las calles, é
interceptan los rayos del sol. Humedécense estos toldos para que estén
más frescos; las calles se enarenan, se riegan y se cubren de tantas
flores, que sólo hollándolas se puede andar por ellas. Los lugares
destinados á las paradas son muy espaciosos, y magníficos sus adornos
... Toda la corte, sin excepción alguna, asiste á esta fiesta. Los
consejos seguían sin orden ni concierto, y los consejeros llevaban todos
cirios. El Rey también lo llevaba, y seguía inmediatamente á la
custodia. Es ésta una ceremonia de las más bellas que se pueden ver...
A las dos de la madrugada la procesión estaba todavía en la calle.
Cuando pasó delante del palacio, se tiraron bombas de pólvora, y se
dispararon muchos cohetes. El Rey fué á Santa María, iglesia próxima al
palacio, para tomar parte en la procesión. Todas las damas se visten
este día su traje de verano. Asómanse muy compuestas á los balcones, en
los cuales hay canastillos llenos de flores, ó frascos con agua de olor,
para el momento en que pasa la procesión... Cuando la custodia entra en
la iglesia, todos corren á sus casas para comer y asistir á los autos.
Estos son tragedias de argumentos piadosos, y de representación bastante
extraña. Se representan en el patio ó en la calle del presidente de cada
consejo, á quien corresponde. El Rey asiste también, y los billetes se
reparten la víspera entre los espectadores distinguidos. Fuimos, pues,
convidados, llamándome la atención que se encendiesen innumerables
antorchas, cuando el sol caía á plomo sobre los comediantes y derretía
las bujías como si fuesen de manteca. Representaron la pieza dramática
más impertinente que yo he visto en mi vida. He aquí su argumento:
»Reunidos los caballeros de Santiago, se les presenta Nuestro Señor
Jesucristo, y les ruega que lo reciban en su orden. Muchos se inclinan á
este parecer; pero los más antiguos exponen los inconvenientes que se
seguirían de admitir en la orden á un personaje de tan humilde origen,
porque su padre, San José, es un pobre carpintero, y la Santa Virgen, su
madre, una costurera. Nuestro Señor espera muy inquieto la resolución de
los caballeros, que, al fin, con alguna pena rechazan su pretensión.
Determinan entonces instituir, sólo en su obsequio, la orden de Cristo,
y así todos quedan contentos. Esta orden es la de Portugal. Y, sin
embargo, esto lo hacen sin malicia, y preferirían morir á faltar al
respeto que merece la religión. Los autos se representan por espacio de
más de un mes, y estoy tan cansada de verlos, que me propongo, en cuanto
pueda, no asistir á ellos.»
No ha faltado quien se tome el trabajo de calcular el número de todas
las comedias de la edad de oro del teatro español. Esta es una empresa
vana, en cuyo favor no hay probabilidad alguna de acierto, puesto que no
han llegado hasta nosotros datos fidedignos para acometerla. Es
seguramente insensato considerar, como aproximada á la verdad, la suma
de los dramas españoles, insertos en los catálogos publicados en el
siglo XVIII. Catálogos de esta especie sólo comprendían las obras
dramáticas impresas, ó las manuscritas, que por casualidad habían
llegado á manos de los editores. Si de las comedias de los más famosos
poetas sólo pocas han llegado hasta nosotros, acaso ni una tercera parte
de las de Lope y una quinta parte de las de Tirso de Molina, fácil es de
deducir cuánto más grande debió ser el número, que se ha perdido, de las
escritas por otros autores menos celebrados[47]. Así aparece claro el
error de aquéllos que piensan, que las 3.852 comedias, registradas por
la Huerta, componen todo el repertorio de la literatura dramática
española. Tampoco es difícil, si se suman las obras de sólo diez de los
dramáticos más conocidos, superar fácilmente á la suma indicada.
Cuéntense las mil quinientas comedias de Lope de Vega, las cuatrocientas
de Luis de Guevara, las trescientas de Tirso de Molina, las ciento y
tantas de Calderón y de Alvaro Cubillo de Aragón; el número no exacto,
pero siempre muy considerable, de los dramas del Dr. Ramón, de
Montalbán, de Mira de Mescua, de Matos Fragoso, etc... y pronto se
completa la suma indicada por la Huerta. Añádanse á esto la innumerable
muchedumbre de poetas dramáticos, cuyo solo nombre se ha conservado
hasta nosotros; las contenidas en las grandes colecciones de comedias
españolas, y los muchos dramas que se representaban en el teatro sin
indicación de su autor, y será preciso convenir que se duplica con
seguridad, y sin exageración alguna, el catálogo mencionado. Riccoboni,
en sus _Reflexions sur les differens theatres de l'Europe_, Amsterdam,
1740, pág. 57, cuenta la anécdota, no por cierto inverosímil, de que un
librero de Madrid acometió la empresa de reunir comedias españolas sin
nombre de autor, y que las escritas por _uno_, _dos_ y _tres ingenios de
esta corte_ llegaron á ascender á 4.800.
En la misma proporción, con que se aumentaba el número de los poetas, se
multiplicaban también los teatros y los actores bajo el reinado de
Felipe IV. Hasta las ciudades más insignificantes y las aldeas querían
disfrutar á veces del placer de las representaciones escénicas. Esta
abundancia de compañías de cómicos, y algunos desórdenes, que fueron su
consecuencia, llamaron en distintas ocasiones la atención del Gobierno
hacia ellos, y se dictaron algunas medidas para disminuirlos; pero no
fueron bastante enérgicas para combatir el mal que se perseguía, y las
disposiciones aisladas, que se adoptaron con este objeto, cayeron pronto
en desuso. Así aparece claramente de un memorial, que, en el año de
1647, dirigió al Rey el actor Cristóbal Santiago Ortiz, suplicándole que
pusiese orden y concierto en los teatros. Dedúcese de él que el Consejo
de Castilla limitó en un principio á seis el número de las compañías de
cómicos, reservándose el derecho de nombrar sus directores; pero que,
poco después, llegaron hasta doce el número de estas compañías legales.
Imponíanse penas graves á cuantas excediesen de aquel número; pero, á
pesar de eso, en tiempo del autor de ese memorial existían catorce, que
contaban sobre mil individuos, entre los cuales había criminales,
frailes escapados del convento y clérigos apóstatas, que, bajo la capa
del histrionismo, y vagando sin cesar de un punto á otro, evitaban la
persecución de la justicia. De ese documento se deduce, que era grande
el escándalo y disipada la vida de esas gentes, y, como su profesión
agradaba tanto al pueblo, en cualquier parte encontraban jóvenes que los
protegiesen: hasta la justicia los favorecía, valiéndose, para lograrlo,
de la intercesión de las mujeres de las compañías. Otra causa principal
de ese desorden, según el mismo documento, era la avaricia de los dueños
de los teatros, á quienes interesaba tenerlos siempre alquilados,
pretextando que, de no ser así, lo pagarían los hospitales, debiendo
advertirse que, de veinte años á su fecha, se habían construído tantos
teatros, que eran pocas las ciudades, y hasta las poblaciones
insignificantes, que no contaban alguno; y, siendo así, con el afán de
alquilarlos, formábanse por do quier compañías de la legua, á las cuales
ayudaban, adelantándoles dinero, los mismos arrendatarios[48].
Los teatros de la Cruz y del Príncipe, de Madrid, continuaron, en este
período como en el anterior, en iguales relaciones con los hospitales,
que en su lugar correspondiente indicamos. Respecto á su distribución
interior, parece oportuno explicar una palabra que aparece hacia la
mitad del siglo XVII, y es el nombre de _tertulia_, común desde esta
época en cuantos escritos se refieren al teatro. Llamábanse así los
asientos del piso superior, que se denominaban antes _desvanes_, y que
ocupaban principalmente el público ilustrado y los clérigos. Era
entonces moda estudiar á Tertuliano, y los eclesiásticos, sobre todo,
tenían la costumbre de aducir en sus sermones citas de sus obras, por lo
cual se les llamaba en broma tertuliantes, y tertulia al lugar que
ocupaban. De estos asientos, á los cuales se daba antes el título
honorífico de doctos desvanes, provenían los juicios críticos, á que los
poetas atribuían mayor importancia, por la fama de entendidos que tenían
los que concurrían á ellos con frecuencia. Por lo demás, no hubo
alteración alguna en la distribución y conjunto de los antiguos
corrales, y de aquí que, mientras se desplegaba un lujo nunca visto en
el teatro del Buen Retiro, aquéllos, en punto á máquinas y decoraciones,
continuaban en el mismo estado que tenían hacia fines del siglo XVI.
Mientras que al teatro de la corte sólo acudía una sociedad escogida de
notables personajes, ya por su ilustración, ya por su rango social, á
las casas de comedias de la ciudad asistía inmensa muchedumbre,
compuesta de las clases populares, llena de una curiosidad insaciable, y
los _mosqueteros_ daban sus votos de censura ó de alabanza de la misma
manera estrepitosa que antes, pudiendo asegurarse que esas
manifestaciones ruidosas de su aprobación ó de su vituperio llegaron á
su punto culminante en la mitad del siglo XVII. De las noticias dadas
por Caramuel, aparece que de 1650 á 1660 había uno de estos mosqueteros,
un zapatero remendón, apellidado Sánchez, que se había erigido en
Aristarco de los teatros, y cuya influencia era tan grande, que de él
dependía la buena ó mala acogida que en el público encontraban las
comedias, hasta el extremo de que poetas dramáticos famosos procuraban
captarse su benevolencia antes de llevar sus obras á la escena. El
escritor antes citado refiere á este propósito la siguiente anécdota: Un
poeta de mucho talento había escrito una comedia, que había sido
admitida en el teatro, y de cuya representación se habían encargado los
actores más notables; dudaba, sin embargo, de su éxito, y resolvió,
temeroso de la insolencia del patio, hacer una visita al Sr. Sánchez
para atraerlo previamente á su partido. Dirigióse, pues, con este
propósito á un amigo, que también lo era del temible zapatero; hizo que
lo presentara á éste, formulando su pretensión con voz temblorosa,
puesto que aquella comedia era las primicias de su musa, y de su éxito
dependía su fama futura y la consideración que esperaba ganar entre sus
conciudadanos. El zapatero escuchó su humilde ruego con gravedad y
ceño, y despidió al fin al poeta, diciéndole con voz solemne:--«Esté V.
seguro, señor poeta, de que vuestra comedia será acogida con justicia,
según su mérito[49].»
A esta preponderancia del populacho en los teatros, alude un satírico de
la época cuando dice «que los zapateros vuelven de nuevo á sus faenas, y
cuesta trabajo reconocer en ellos á los arrogantes y orgullosos
mosqueteros, á los cuales ni los poetas ni los actores pueden ablandar
con sus súplicas, ni conmoverlos con su indiferencia ni con su
aturdimiento, y que á la tarde siguiente dejan á un lado otra vez sus
botas y sus suelas, y sueltan su ruidoso martillo, transformándose en
rayo, que reduce á polvo á los malos poetas[50].»
Este mismo temor á los silbidos de los mosqueteros obligó á muchos
poetas á llevar sus obras anónimas á la escena, y puesto que, como antes
dijimos, la tiranía de este populacho crítico alcanzó su apogeo hacia la
mitad del siglo XVII, de aquí también, que, en este mismo tiempo,
aumente sobremanera el número de las comedias, que no llevan el nombre
del autor. En estos casos leíanse en su portada que eran obra de un
_ingenio_, y, si el escritor residía en Madrid, se le adicionaba con las
palabras _de esta corte_[51]. Posible es que entre las comedias que se
distinguen por esta particularidad, haya algunas, como la tradición
afirma, en cuya composición tomó parte Felipe IV; pero no por eso deja
de ser un grave yerro atribuirlas todas á este Monarca, sólo con tener
un conocimiento muy superficial de la literatura española. El número de
las comedias de _un ingenio_, hoy existentes, es muy considerable, y las
hay escritas por varios poetas asociados, distinguiéndose, según el
número de éstos, por la adición de las palabras _de dos_, _de tres
ingenios_, etc., no faltando algunos ejemplos de haber trabajado hasta
seis en la composición de algunas de estas obras[52]. Quien conozca lo
defectuoso de este método de asociación para escribir poesías,
adivinará, desde luego, que la mayor parte de las comedias conocidas de
dos ó más poetas, son de las más inferiores en mérito del repertorio
español. Ocioso es demostrar cuán difícil sea que se reunan dos hombres
de una organización suficientemente harmónica, para componer una obra,
como si fuese escrita por uno solo. Calcúlese, pues, lo que será
aquélla, que debe la vida nada menos que á seis colaboradores. No es,
sin duda, uno de los aspectos más brillantes de esta época esa
coparticipación de diversos autores en la misma obra, costumbre
extendida sobremanera en la época de Calderón; y, sin embargo, tan
universal fué esta práctica, que hasta los poetas más distinguidos, el
mismo Calderón, Rojas y Moreto, trabajaron juntos con otros.
A la muerte de la reina Isabel, la primera esposa de Felipe IV, ocurrida
en el año de 1644, se cerraron también los teatros de Madrid, como era
costumbre hacerlo al fallecimiento de los miembros de la familia real, y
algunos teólogos fanáticos aprovecharon esta ocasión para renovar los
antiguos escrúpulos acerca de la licencia de los espectáculos
dramáticos, de los cuales no se hablaba hacía ya largo tiempo, y alegar
nuevos cargos contra ellos. Felipe IV, aún más abatido poco después por
la muerte del príncipe heredero Don Baltasar, se encontraba
predispuesto, por este motivo, á participar de tales temores, y, en su
consecuencia, se ordenó al Consejo de Castilla que trazara las
restricciones, á que habían de sujetarse los teatros. El plan propuesto
por esta Corporación para redactar una ley en este sentido, se apoyaba
en las bases siguientes:
Primera: sólo había de darse licencia á seis ú ocho compañías de
cómicos, prohibiéndose la existencia de las demás compañías errantes en
las poblaciones de menor vecindario.
Segunda: las comedias habían de limitarse á exponer vidas de santos ó
sucesos notables históricos, prohibiéndose por completo la de las
pasiones amorosas, y, como su resultado, eran desterradas de las tablas
la mayor parte de las representadas hasta entonces, y especialmente las
de Lope de Vega, que tanto daño habían hecho á las buenas costumbres.
Tercera: en el espacio de una semana no había de ponerse en escena más
que una sola comedia.
Cuarta: se prohibía también el lujo de los vestidos de los actores,
particularmente llevar en ellos oro, y mudar de trajes durante la
representación, á no ser que la obra dramática lo hiciese indispensable.
Quinta: prohibíanse asimismo todos los cantos y bailes indecentes y
provocativos, y sólo las mujeres casadas podían presentarse en las
tablas.
Sexta: la entrada en los vestuarios se limitaba á los actores y á las
personas pertenecientes á la compañía.
Sétima: las representaciones no podían empezar después de las dos de la
tarde en el invierno, y de las tres en verano.
Octava: toda comedia había de someterse, antes de su representación, al
examen de una autoridad creada especialmente con este objeto; á todo
espectáculo dramático había de asistir un alcalde, y se encomendaba á
las justicias vigilar atentamente á los actores, visitar sus casas y
desterrar de su compañía á los vagos que alternaban con ellos, con
grande escándalo de la corte; y, finalmente, con arreglo á la novena, se
prohibía también la representación de comedias en el domicilio de los
particulares, á no ser bajo la inspección especial del Presidente del
Consejo de Castilla.[53]
Los teatros españoles permanecieron, pues, cerrados por completo desde
el ano 1644 al de 1649. En este último año se comenzó ya á permitir las
representaciones teatrales, primero en Madrid, siguiendo pronto su
ejemplo las demás ciudades del reino; pero, por regla general, se toleró
la reapertura de los teatros, bajo la condición de someterse á las
restricciones anteriormente expuestas. Si estas leyes se hubiesen
aplicado con rigor, su influjo en los teatros y en la poesía dramática
hubiese sido, sin duda, duradero; parece, sin embargo, que, así estas
medidas gubernativas como otras anteriores, cayeron pronto en desuso,
porque pocos años después el austero arzobispo de Sevilla, confesor de
Felipe IV, intentó suscitar en el Rey escrúpulos de conciencia para que
prohibiese esas funciones, diciéndole en su petición, dirigida á este
objeto, que los comediantes se vestían con el mayor lujo, y que en todas
partes había teatros, representándose en algunas poblaciones hasta dos ó
tres comedias, con las decoraciones más costosas, mientras que el Rey y
la religión católica carecían de recursos para defenderse de enemigos y
de herejes; y que la prohibición de representar comedias, desde 1644 á
1649, no fué perjudicial al Estado. Tan lejos fué este celoso prelado,
según refiere Don Gaspar de Villarroel, arzobispo de Lima, que
acostumbraba decir de Lope de Vega, cuyas comedias habían vuelto otra
vez en el teatro, que «un solo sacerdote había compuesto mil comedias,
con las cuales había traído más pecados al mundo que mil demonios[54].»
Como antes hablamos de la representación de comedias en las casas
particulares, no nos parece ocioso explicar más detenidamente este
punto. Las familias principales acostumbraban á llamar á sus casas
actores, y hacerlos representar en su presencia entremeses ó
comedias[55]. Estas costumbres se observaban hasta en los conventos,
cuya sacristía se transformaba entonces en teatro, y fué defendida, á
pesar de las censuras del Consejo de Castilla, por ese mismo arzobispo
Villarroel, antes citado. Esta apología dice así:
«Se ha suscitado la cuestión de si escandalizan los frailes que asisten
á la representación de las comedias. Parécemelo, sin duda, siempre que
veo hábitos de religiosos en los teatros, confundidos con el público.
Pero ¿por qué razón? ¿Debemos condenar al convento de San Felipe de
Madrid, tan santo y respetable, y á otros muy venerados, porque en ellos
se representen comedias en la sacristía? Si fuese pecado asistir á las
comedias, ¿habrían de tolerarlo ni esta orden, tan guardadora de la
religión, ni los conventos de otras órdenes de la corte, que siguen su
ejemplo?[56]. Se me contestará que el Rey lo ha prohibido ahora, y que,
sin licencia expresa del Presidente del Consejo de Castilla, no se
permite ya en los conventos la representación de comedias. Que esta
orden está vigente, lo sé por propia experiencia. Siendo yo superior del
convento, quise proporcionar ese regocijo á los frailes, mis hermanos y
bienhechores, y dispuse que se representasen tres comedias pagándolas
anticipadamente. Los actores tomaron el dinero, y nada dijeron de la
prohibición legal, que impedía estas representaciones. Reunida toda la
comunidad en la sacristía, nos llamaron la atención sobre la necesidad
de la licencia, añadiendo que el Presidente de Castilla las concedía
fácilmente. Pedísela yo como debía; pero el Presidente la rehusó de tal
manera, que no fué posible representarlas, aunque poco después se
representaran tres en tres huertos diferentes. Por lo demás, esta
prohibición se fundaba en ciertos motivos especiales. Señores, algo
ligeros, y algunos jóvenes, acostumbraban entrar en los conventos en
tales ocasiones, deslizarse en los vestuarios, y, confiados en su edad y
en su posición, promover escenas escandalosas que llegaron hasta los
oídos del Rey.»