La etiqueta de la corte había prohibido hasta entonces al Rey su

asistencia á los teatros; y aunque Felipe IV no se atrevió á anular esta

costumbre, visitó, no obstante, de incógnito á los de la Cruz y del

Príncipe. Pero, para entregarse sin obstáculos á su recreo favorito, y á

la vez para facilitar un local más decente á las representaciones

escénicas, ya desde el principio de su reinado construyó un teatro en el

palacio del Buen Retiro, ante las puertas de Madrid, para que fuese

exclusivamente teatro de la corte, y cuyos espectadores habían de ser

personajes invitados por el Monarca para acompañarle. Este teatro superó

en sumo grado á los corrales de la ciudad en la elegancia de sus

dependencias y en la perfección de decoraciones y máquinas, guardándose

en su construcción reglas tan distintas de las seguidas hasta entonces,

que estaba cubierto por un techo y cerrado por todos lados. El salón, ó

la parte del mismo teatro destinada á los espectadores, era, sin duda,

de extensión reducida; pero, en cambio, era mucho mayor la escena, y

dispuesta de tal suerte, que era posible emplear en ella los aparatos

escénicos más complicados. El fondo podía abrirse hacia el jardín;

circunstancia particularmente favorable á los efectos teatrales, puesto

que de esta manera las decoraciones en que se representaban paisajes á

pérdida de vista producían mucha mayor ilusión, y porque daba así

también cabida á los coros, por numerosos que fueran.

Consultemos además, para conocer este teatro de la corte, á los mismos

viajeros franceses del siglo XVII, que nos describieron antes los

corrales de la Cruz y del Príncipe. El personaje que acompañaba al

mariscal de Grammont, que vino á la corte de España el año de 1659, como

enviado extraordinario de Luis XIV, habla en una carta á su hermana de

una fiesta que se celebró en el palacio antiguo ó alcázar en honor de

este enviado[41]. «Lo mejor de todo, escribe, y lo que yo dejo para lo

último como bocado más sabroso, es la comedia que fué ayer por la noche

representada. El salón estaba sólo alumbrado por seis antorchas, ó más

bien seis grandes cirios, en candeleros de plata de un tamaño

verdaderamente gigantesco. A ambos costados del salón, y fronteros uno á

otro, hay dos palcos ó tribunas con cancelas de hierro. Ocuparon uno las

Infantas y algunos de palacio, y destinóse el otro al Mariscal. A lo

largo de los dos costados había dos filas de bancos cubiertos con

tapices de Persia, en los cuales se sentaron doce damas, unas en frente

de otras, y apoyando sus espaldas en los bancos posteriores. Mucho más

abajo, hacia el escenario, estaban algunos señores; junto al cancel del

mariscal Grammont sólo había un grande. Nosotros los franceses nos

hallábamos detrás del banco en que se apoyaban las damas... Después

entraron la Reina y la Infantita[42]. Precedíalas una dama de la corte

con una vela. El Rey, al aparecer, saludó á las damas quitándose el

sombrero, y se sentó en el palco á la derecha de la Reina, y la

Infantita á la izquierda de aquélla. El Rey se mantuvo inmóvil durante

toda la representación, y sólo una vez habló con la Reina, aunque miraba

en ocasiones á todas partes. Veíase junto á él un enano... Al acabarse

la comedia se levantaron todas las damas, y una tras otra abandonaron

sus asientos, juntándose en medio, como lo hacen los canónigos

terminados los Oficios. Estrecháronse luego las manos, é hicieron su

cortesía; ceremonia que duró medio cuarto de hora, porque una á una, no

todas á un tiempo, hicieron sus respectivas genuflexiones. Mientras

tanto estuvo el Rey de pie con el sombrero en la mano; después se

inclinó cortesmente ante la Reina; ésta ante la Infantita, y todos se

dieron las manos y salieron. Hablóse mucho en la comedia representada:

el galán era un arzobispo de Toledo que mandaba un ejército; y para no

dar lugar á dudas, presentábase siempre con sobrepelliz, pero armado de

espada, con botas de montar y espuelas[43].»

La condesa d'Aulnoy dice en otra carta, fecha en Madrid el 29 de mayo de

1689, lo siguiente:

«El Buen Retiro es un palacio real, edificado delante de una de las

puertas de Madrid. Cuatro construcciones importantes y cuatro pabellones

forman un cuadrado perfecto. En el centro hay un jardín con flores y una

fuente con una estatua, que arroja agua, con la cual se riegan las

flores y los árboles de las calles, que van de unos edificios á otros.

Este palacio tiene el defecto de ser muy bajo; pero las habitaciones son

espaciosas, lujosas y adornadas con buenos cuadros. El oro y los colores

más vivos, que revisten los techos y artesonados, resplandecen por

todas partes... El parque tiene de circuito más de una legua. Hay en él

muchos pabellones aislados muy lindos... y un canal, á donde confluyen

muchas fuentes de agua viva, y un estanque, en el cual se ven góndolas

pequeñas del Rey, pintadas y doradas. Habita aquí mientras duran los

grandes calores del verano, porque las fuentes, los árboles y los prados

hacen este paraje más fresco y agradable... El teatro para la

representación de las comedias está bien trazado, es grande y adornado

de esculturas y molduras doradas. Caben holgadamente quince personas en

cada palco. Todos tienen celosías, siendo doradas las del Rey. No hay

orquesta ni anfiteatro, y los asientos se hallan en el patio ó parterre,

y en unos bancos... Antes era pública la entrada, aunque asistiera á la

función el Rey; pero esta costumbre ha sido abolida, y para entrar ahora

es preciso ser de un rango elevado, ó desempeñar, por lo menos, algún

cargo importante, ó pertenecer á alguna de las tres órdenes militares

... Este teatro es, sin duda, muy bello: todo él está pintado y dorado,

y los palcos, como en los nuestros de ópera, tienen celosías, pero desde

arriba hasta abajo, de modo que son verdaderos aposentos. El del Rey es

suntuoso[44].»

La inclinación al lujo y á la pompa, desplegada por Felipe en su

capital, lo indujo también á llevar al teatro y á la representación

escénica las mismas aficiones. Si se hubiera atenido á cuidar de la

representación externa de los dramas, imitando en lo posible la verdad;

acomodar el traje al carácter de los papeles que se desempeñaban, y

hacer á las decoraciones más ilusorias, el arte habría ganado sin duda;

pero no se limitó á esto sencillamente: disfrutó con la ostentación y el

lujo del aparato escénico, y con los efectos teatrales deslumbradores, é

impulsó á los poetas, á quienes pagaba, ó que deseaban complacerlo, á

seguir la misma tendencia, y á componer comedias semejantes á óperas, y

calculadas para dar lustre á los espectáculos que se representaban. De

aquí la explicación de que encontremos en este período tan gran número

de obras dramáticas que, al parecer, no se proponen otro objeto que

hacer brillar el arte del maquinista y del decorador, y recrear á los

espectadores con inundaciones y lluvias de fuego, con procesiones

pomposas y marchas de ejércitos, y ensordecer los oídos con trompetas y

clarines, truenos y terremotos. Siempre que el teatro llega á florecer

en cualquiera parte, en virtud de su propia é ingénita fuerza, hay que

complacer las exigencias de la mayoría del público, que desea ver ó

contemplar variados espectáculos, y de aquí también que los poetas

españoles, antes de este período, no hubiesen desatendido el placer que

reciben los sentidos de una exornación teatral atractiva. Principalmente

en los dramas religiosos, largo tiempo antes se hacía alarde de un

aparato escénico extraordinario, si bien en ellos, como en los

mitológicos, y en las composiciones fundadas en tradiciones románticas

de la Edad Media ó en los libros de caballerías, su mismo objeto las

limitaba más ó menos á contenerse en determinado círculo. Pero los

medios de que se disponía para sostener los teatros existentes, que

dependían sólo del público, eran, naturalmente, muy inferiores en valor

y en extensión á los suministrados con el mismo objeto por el Real

Erario. He aquí, sin duda, el origen, en cuanto se refiere á esa

abundancia de recursos y á las excitaciones hechas por Felipe IV á los

poetas, de las innumerables comedias de esa especie, destinadas en

particular para solaz de la corte del Buen Retiro. Su representación se

reservaba para las ocasiones solemnes, bodas, etc., y el lujo, de que se

hacía entonces alarde, era real verdaderamente. Para la invención y

disposición de las decoraciones, había Felipe IV tomado á su servicio al

ingenioso Cosme Loti, constructor de máquinas italiano; y si nos hemos

de atener á las prolijas noticias de él que han llegado hasta nosotros,

no es posible dudar de que había llevado á tal perfección su arte, que

quizás no fuese aventajado ni aun por los maquinistas de ópera de

nuestra época. No sólo sabía figurar montañas vomitando fuego y

temblores de tierra; á la mar con navíos que lo cruzaban en distintas

direcciones; palacios de la más rica y artística arquitectura; el Olimpo

con la asamblea de los dioses en su cima, y el Tártaro con los

condenados allá en lo hondo, todo ello de una manera maravillosa, sino

castillos, que aparecían de repente con la vara mágica; á Faetonte

dirigiendo el carro del sol, y precipitándose luego en el abismo; á

Perseo, que cabalga por los aires montado en el pegaso; á Venus,

atravesando el cielo en un carro de nubes, tirado por cisnes, etc. No se

escaseaban, sin duda, los gastos, por cuantiosos que fueran, para

representar esas escenas con todo el brillo posible, y en casos

necesarios se hicieron los preparativos más difíciles, opuestos por su

índole á la especial disposición de todo el teatro, como, por ejemplo,

para representar los _Tres mayores prodigios_, de Calderón, en que el

escenario se dividía en tres compartimentos de tablas separados, en cada

uno de los cuales había de emplearse un juego escénico de los más

complicados, y representarse los tres actos por tres compañías

distintas.

La celebración de tales fiestas escénicas se verificaba, no sólo en el

teatro del Buen Retiro, sino también con alguna frecuencia en los

jardines del palacio, y casi siempre con la exornación más artística.

Así leemos, entre otras cosas, que en la noche de San Juan del año de

1640 se levantó un tablado en el estanque del Buen Retiro, para

representar en él una comedia. Descansaba en ciertas barcas, y fueron

innumerables las luces, telones, máquinas, entrebastidores y

decoraciones que se emplearon. El coste fué exorbitante y las pérdidas

mayores, porque en lo mejor del espectáculo sobrevino una tempestad

horrorosa, que destrozó en un instante las máquinas, derribó los

pilares, se llevó los telones y puso en grave riesgo á los

espectadores[45].

Otra relación más detallada de esta clase de representaciones existe

también, cuyo extracto, en los términos más concisos, puede darnos una

idea clara de la naturaleza de tan pomposos espectáculos. Titulábase

_Circe_ la comedia puesta en escena. Del centro del estanque surgía una

isla, que se levantaba siete pies sobre la superficie del agua, con

corales, moluscos y otras producciones marinas, y con diversas cascadas

que caían de ellas en el estanque. En la isla había una montaña elevada

llena de árboles. En la representación de la loa aparecía una barquilla,

brillante como la plata, tirada por dos grandes peces y rodeada de

tritones y nereidas, que cantaban y bailaban en el agua. En la barca

estaba sentada en su trono la diosa del mar con una urna, de la cual

salían varios surtidores, y con un traje largo y de muchos pliegues, de

los cuales surgían también en todas direcciones otros surtidores. Al

principio de la comedia se presentaba un navío grande, dorado, con

gallardetes, de Ulises y sus compañeros. En una chalupa de este buque

se embarcaban algunos de los viajeros para recorrer la isla. Leones,

tigres, osos y otras fieras rodeaban á los recién venidos, y de los

árboles resonaba una música melancólica que entonaban los que habían

visitado antes la isla, transformados por los encantos de Circe. Después

había de repente truenos y temblores de tierra. En la cima de la montaña

brillaba un relámpago, y al cesar se veía, en lugar de esa montaña, un

palacio resplandeciente de oro y piedras preciosas, con columnas de

cristal y capiteles de oro, con estatuas de mármol en los huecos y

alrededor jardines encantados. En el vestíbulo de las columnas, y

delante del palacio, se ostentaba Circe sentada en su trono, acompañada

de sus doncellas, que atraían con sus gestos á los compañeros de Ulises.

A una señal de Circe brota de la tierra una mesa lujosa con manjares

exquisitos; los recién llegados beben de las copas que les presentan, y

se transforman como los demás huéspedes de la isla. Uno sólo puede

escaparse y llevar á Ulises la noticia de lo sucedido. Ulises se acerca

entonces para desvanecer el encanto: una voz que sale de un árbol le

dice que se guarde de los artificios de aquella mujer astuta, y Mercurio

baja del cielo y le ofrece una flor, que ha de anular todas las artes

mágicas. Preséntase con ella á Circe; pero las zalamerías de la

encantadora lo enloquecen de tal modo, que se abandona insensatamente á

su pasión. A otra señal de la reina de la isla, seis cupidos aportan

otras tantas barcas, tomando asiento en la primera la enamorada pareja,

y en las demás se embarcan jugando las doncellas del séquito de Circe.

Para divertir á Ulises se evocan los monstruos de lo más profundo del

mar, y se les obliga á mostrarse en la superficie: ballenas y delfines

discurren por el estanque, y arrojan al aire columnas de agua perfumada,

que salpican á los espectadores, y sirenas y tritones celebran un baile

alrededor de la barca que lleva á los amantes. Entre las diversas

figuras que surgen alternativamente, encuéntrase también la Virtud, que

intenta arrancar á Ulises de los brazos de la encantadora; Circe hace

nuevos conjuros, y evoca terribles apariciones para ahuyentar á su

enemigo; pero ésta obtiene al cabo el triunfo, y al caer Ulises en sus

brazos, el encanto se desvanece, el palacio con sus habitantes se hunde

por un terremoto, y los encantados recobran sus primitivas formas.

También en los jardines de Aranjuez se celebraban algunas veces estas

fiestas de corte. Se ha conservado hasta nosotros otra relación

detallada de uno de estos brillantes espectáculos, que se dió aquí en

el año de 1623 para solemnizar el nacimiento de Felipe IV. El director

de escena fué el arquitecto italiano César Fontana. El escenario contaba

115 pies de largo y 78 de ancho; á cada lado había siete arcos con

cornisamento, pilastras, capiteles dorados, y encima galerías con

balaustradas de oro y de plata, que sostenían 70 candelabros para

blandones de cera. Arriba había una tienda, que imitaba al firmamento

estrellado, sembrado de innumerables puntos brillantes. Veíase en el

mismo escenario una montaña elevada de 80 pies de circunferencia y

abierta por el centro. El argumento de la comedia que se representaba

estaba sacado de las aventuras de Amadís de Gaula; los papeles eran

desempeñados por los señores y damas principales de la corte, contándose

entre ellas la misma Reina; en cuanto el Rey aparecía y tomaba asiento

en el trono, dispuesto delante de la escena, saludábalo una música.

El espectáculo comenzaba con un baile, en que tomaban parte las señoras

más bellas. Bajo uno de los arcos se presentaba una carroza de cristal,

en donde venía el río Tajo cercado de muchas ninfas y náyades. Un

segundo carro traía al mes de Abril, y uncido á él venía el toro del

Zodiaco. Después que esas dos figuras saludaban al Rey y bajaban de sus

carrozas, acudía el Tiempo á la escena, montando un águila dorada, y

felicitaba al Rey por su aniversario; después se abrían tres árboles y

dejaban ver unas ninfas, que rivalizaban por su parte en

congratulaciones entusiastas. En la comedia, que después comenzaba, se

prodigaba hasta el extremo el lujo más suntuoso en trajes brillantes y

pomposas decoraciones. Entre otras, se veía á la Aurora subir al cielo

en una nube resplandeciente; pelear dragones, que lanzaban llamas;

abrirse la montaña, que estaba en el centro de la escena, y ofrecer un

palacio encantado, guardado por cuatro gigantes; desaparecer luego este

palacio por un temblor de tierra, y en su lugar surgir magníficos

jardines...[46].

En casi todas estas fiestas, que servían de regocijo á la corte de

Felipe IV, había siempre, como parte integrante de ellas, así música

como bailes, predominando al fin de tal manera uno y otra, que se

transformaron por último en verdaderas óperas. _La púrpura de la rosa_,

de Calderón, cuyo argumento es la muerte de Adonis, y que se representó

para celebrar la paz de los Pirineos y el casamiento de Luis XIV con la

infanta María Teresa, es el primer drama español, cuya representación

es toda cantada. No se crea, sin embargo, que, á pesar de lo expuesto,

sólo servía el teatro del Buen Retiro para esos espectáculos pomposos,

porque se utilizaba también para la representación de todas las demás

clases de dramas, y, entre ellas, de las comedias de capa y espada, para

las cuales no era necesario lujo alguno en las decoraciones.

Sin embargo, ese lujo externo escénico á que aludimos, es un rasgo

característico que separa la segunda mitad de la edad de oro del teatro

español de la primera, y un síntoma, al mismo tiempo, que deja ya

adivinar su próxima decadencia. Mientras hubo grandes poetas, como

Calderón, consagrados á este género literario, el lujo de la

representación escénica fué realzado por el esplendor incomparable de la

poesía; pero no es dable sostener que, cuando accedían á las

pretensiones de la corte, habían de conservarse á la misma altura en que

lo hubieran hecho, á seguir sólo su propia inclinación; y cuando la

literatura dramática fué cultivada por medianos escritores, hubo de

transformarse el arte en vano é insubstancial espectáculo. El influjo

perjudicial que ejerció ese lujo escénico en el público y en los

actores, fué, sin duda, incalculable, por acostumbrarse el primero á un

espectáculo poco dramático, que apartaba la atención de los elementos

esenciales del arte, y corrompía á los últimos hasta el punto de que no

se propusiesen representar sus papeles en sus rasgos más esenciales, en

su carácter, por decirlo así, espiritual, sino sólo para producir un

efecto puramente externo, fiándose de los brillantes accesorios que

aligeraban su trabajo y encubrían también sus faltas.

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO II.

Nueva época de la poesía dramática.--Nuevas especies de piezas

dramáticas.--Aparato escénico de esta época.--Principios de la

decadencia del teatro español en el reinado de Carlos II.

Afortunadamente esos espectáculos teatrales de corte no constituyen el

único lazo que une el nombre de Felipe IV con la historia del drama

español. No es posible dudar del verdadero amor que profesó este Monarca

al arte dramático, ni de sus merecimientos en protegerlo y fomentarlo.

Pruébalo la penetración con que supo distinguir á los poetas de más

talento y más dignos de su aprecio para llamarlos á su lado, entre la

infinita muchedumbre de ellos que se esforzaba en granjearse sus

favores. Debiéndole una posición social independiente, los poetas

dramáticos no siguieron ya sujetos á las exigencias de los empresarios

de teatro, para ganarse recursos miserables de subsistencia á cambio de

un trabajo incesante y atropellado, sino que pudieron meditar sin

precipitación sus composiciones, y escribirlas con ese esmero, sin el

cual es imposible la perfección artística. Aquí, como en otras partes,

yace la diferencia característica que separa la época anterior del arte

dramático de la que mencionamos, apareciendo esta última como el punto

culminante que alcanza toda la poesía dramática española. Ya Lope de

Vega y sus coetáneos habían desarrollado los primeros gérmenes de este

género literario, creciendo lozanos bajo su cultivo. A la verdad, cuando

se atiende sólo á la riqueza de la fantasía y á la fecundidad de la

invención, nos asaltan algunas dudas de si son ó no superiores á los de

esta época los poetas que florecieron en la precedente; y hasta la

elegancia de las creaciones, el trazado juicioso del plan y la sobriedad

en su desarrollo, no faltan tampoco en las obras de los poetas más

antiguos, escritas en los instantes más afortunados de su inspiración;

pero puede asegurarse que, comparadas con estos trabajos más perfectos,

se observan, por lo menos, otros muchos, en los cuales notamos

propiedades contrarias, como la violación grosera y manifiesta de las

reglas de la composición dramática, falta de unidad en su conjunto, y

del cuidado necesario en su corrección. ¡Y cómo había de ser de otra

manera, si tenemos en cuenta la profusión y prodigalidad de Lope de Vega

en esta materia, el maestro principal, que arrastró consigo á la mayoría

de sus contemporáneos! La nueva generación de dramáticos emprendió en

esta parte nueva senda, no entregándose á producir sin plan ni

concierto, y en virtud de ese fuego que los devoraba, composiciones

baladíes, sino que profesó más respeto al público, guardando más las

leyes eternas de todo arte cuyo principio fundamental es la perfección

en la forma, y la simetría íntima de las distintas partes de su

conjunto. Pronto veremos que esta regla capital de conducta fué

observada por los poetas más importantes que representan este nuevo

período, no oponiéndose á este aserto que otros dramáticos de rango

inferior diesen á luz en él obras sin concierto ni orden, y que hasta

los más caracterizados prescindiesen también alguna vez de sus

preceptos.

Aunque nos llene de admiración la riqueza inagotable de inventiva de la

época anterior y las creaciones infinitas que brotaban á raudales de

ella, como de una fuente perenne, y el prodigioso número de elementos

poéticos existentes en la misma, hasta tal punto, que, bajo este

aspecto, no se encuentra ninguna otra que le iguale, siendo difícil

arrancarse de ese florido laberinto para penetrar después en artístico

jardín, lleno de más regular riqueza; aunque se haya de confesar que no

hubo tal superabundancia de condiciones poéticas en el período

subsiguiente de la poesía dramática, no es posible abrigar dudas de

ninguna especie de que la última aventaja á la primera en perfección

artística. Pero como esta misma perfección debe ser el modelo eterno, á

que ha de sujetarse la teoría y la crítica estética, siempre que se

trate de determinar el mérito absoluto de una composición poética, hemos

de considerar colocado en el peldaño más alto de esta escala, para ser

consecuentes, al período de tiempo, que se distingue por la mayor

conformidad de sus composiciones con aquel modelo. Asentadas, pues,

estas observaciones, que serán después confirmadas con el examen más

prolijo de las obras de cada poeta, y que son necesarias para comprender

su historia, nos ocuparemos de nuevo en trazar los contornos externos

del teatro español, desde la ascensión al trono de Felipe IV.

Si la literatura dramática fué desde principio del siglo XVII el centro

ó el foco de la poesía española, también es cierto que la ilustrada

inclinación del joven soberano á este género literario, excitó más á

todos los poetas de su tiempo á emplear todas sus fuerzas en sobresalir

en la composición de este género dramático. El número de comedias, que

se pusieron en escena durante su reinado, si no superior, fué á lo menos

igual á la multitud infinita de ellas, que se representaron bajo sus dos

predecesores. Porque si bien cesó esa poligrafía monstruosa, que hizo

escribir á Lope de Vega 1.500 comedias y 300 á Tirso de Molina, ya que

el esmero, que consagraban los dramáticos de esta época á sus escritos,

los incapacitaba de igualar en fecundidad á sus predecesores, sin

embargo, como acontece en los países meridionales, en cuyo fértil suelo

alcanza la vegetación rápido y lozano desarrollo, fué siempre muy

considerable el número de obras dramáticas que se escribieron, cuando se

comparan con las compuestas por los poetas dramáticos de otras naciones,

y se aumentaron también, con relación á la época anterior, los que se

consagraron á escribir para el teatro.

Hacia la mitad del siglo XVII se distinguieron las obras dramáticas del

teatro español con nombres diversos, no usados en tiempo de Lope de

Vega; tales son:

_Las comedias de figurón_, palabra que indica aquellas comedias, en las

cuales aparece un personaje ridículo y exagerado, generalmente algún

fatuo presuntuoso y bien educado. Moreto, Rojas y algunos otros nos han

dejado excelentes comedias de este género, aunque después degeneraron en

farsas groseras y vulgares.

_Los sainetes_, nombre nuevo, que en realidad significaba lo que antes

_entremeses_. Los sainetes, sin embargo, eran generalmente de acción más

extensa. Se representaban, como los entremeses, entre las jornadas de

los dramas más importantes.

_Las mojigangas_ eran pequeñas piezas burlescas, semejantes á los

sainetes, en que se presentaban caricaturas y máscaras. Fueron más

comunes éstas en el siglo XVIII, si bien en los catálogos que existen

hay algunas piezas de Calderón y de Moreto que llevan este nombre.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo IV · 第 5 / 25 段