«En una posada topé una compañía de farsantes que iban á Toledo:

llevaban tres carros, y quiso Dios que entre los compañeros iba uno que

lo había sido mío del estudio en Alcalá, y había renegado, metídose en

el oficio, díxele lo que me importaba el ir allá y salir de la Corte; y

apenas el hombre me conocía con la cuchillada y no hacía sino

santiguarse, _per signum crucis_. Al fin me hizo amistad (por mi dinero)

de alcanzar de los demás lugar para que yo fuera con ellos. Ibamos

barajados hombres y mujeres; y una entre ellas, la bailarina, que

también hacía las Reinas y papeles graves en la Comedia, me pareció

extremada sabandija. Acertó á estar su marido á mi lado, y yo sin pensar

á quién hablaba, llevado del deseo de amor, y gozarla, díxele:--Esta

mujer, ¿por qué orden podríamos hablar, para gastar con ella veinte

escudos, que me ha parecido hermosa?--No me está bien á mí el decirlo,

que soy su marido (dixo el hombre), ni tratar de eso: pero sin pasión

(que no me mueve ninguna) se puede gastar con ella cualquier dinero,

porque tales carnes no tiene el suelo, ni tal juguetoncica, y diciendo

esto saltó del carro y fuese al otro, según pareció, por darme lugar á

que le hablase. Cayóme en gracia la respuesta del hombre, y eché de ver

que por esto se puede decir tienen mujeres como si no las tuviesen,

torciendo la sentencia en malicia. Yo gocé de la ocasión, y preguntóme

que á dónde iba, y algo de mi hacienda y vida. Al fin dexamos, tras

muchas palabras, para Toledo las obras: íbamos holgando por el camino

mucho. Yo acaso comencé á representar un pedazo de la Comedia de San

Alexo, que me acordaba de cuando muchacho, y representélo de suerte que

les di codicia; y sabiendo (por lo que yo le dixe á mi amigo que iba en

la Compañía) mis desgracias y descomodidades, díxome que si quería

entrar en la danza con ellos. Encarecióme tanto la vida de la farándula,

que yo, que tenía necesidad de arrimo, y me había parecido bien la moza,

concertéme por dos años con el Autor. Hícele escritura de estar con él,

y dióme mi ración y representaciones, y con tanto llegamos á Toledo.

Diéronme que estudiase tres ó cuatro Loas y papeles de barba, que los

acomodaba bien con mi voz. Yo puse cuidado en todo y eché la primera Loa

en el Lugar: era de una Nave (de lo que son todas) que venía destrozada

y sin provisión, y decía lo de Este es el Puerto: llamaba á la gente

Senado: pedía perdón de las faltas y silencio y entréme. Hubo un vítor

de rezado, y al fin parecí bien en el Teatro. Representamos una Comedia

de un Representante nuestro, que yo me admiré de que fuesen Poetas,

porque pensaba que el serlo era de hombres muy doctos y sabios, y no de

gente tan sumamente lega; y está ya de manera esto, que no hay Autor que

no escriba Comedias, ni Representante que no haga su farsa de Moros y

Christianos: que me acuerdo yo antes, que si no eran Comedias del buen

Lope de Vega y Ramón, no había otra cosa. Al fin, la Comedia se hizo el

primer día y no la entendió nadie: al segundo, empezámosla, y quiso Dios

que empezaba por una guerra, y salía yo armado y con rodela, que si no,

á manos de mal membrillo, tronchos y badeas acabo. No se ha visto tal

torbellino, y ello merecíalo la Comedia, porque traía un Rey de

Normandía sin propósito en hábito de Ermitaño, y metía dos lacayos para

hacer reir; al desatar la maraña no había más de casarse todos, y allá

va. Al fin tuvimos nuestro merecido. Tratamos mal al compañero Poeta, y

yo, diciéndole que mirase de la que nos habíamos escapado, y

escarmentase, díxome que no era suyo nada de la Comedia, sino que de un

paso de uno y otro de otro había hecho la capa de pobre de remiendo, y

que el daño no había estado sino en lo mal zurcido. Confesóme que los

Farsantes que hacían Comedias, á todos les obligaba restitución, porque

se aprovechaban de cuanto habían representado, y que era muy fácil; y

que el interés de sacar trescientos ó cuatrocientos reales les ponía á

aquellos riesgos. Lo otro, que como andaban por esos lugares y les leen

unos y otros Comedias, tomábanlas para verlas y hurtábanselas, y con

añadir una necedad y quitar una cosa bien dicha, decían que era suya; y

declaróme como no había habido Farsantes jamás que supiesen hacer una

copla de otra manera. No me pareció mal la traza: yo confieso que me

incliné á ella por hallarme con algún natural á la Poesía, y más que

tenía ya conocimiento con algunos Poetas, y había leído á Garcilaso: y

así determiné de dar en el arte: y con esto, la Farsanta, y representar,

pasaba la vida. Pasado un mes que había que estábamos en Toledo haciendo

muchas Comedias buenas, y también enmendado el yerro pasado (que con

esto yo ya tenía nombre y había llegado á llamarme Alonsete, porque yo

había dicho llamarme Alonso, y por otro nombre me llamaban el Cruel, por

serlo una figura que había hecho con grande aceptación de los

mosqueteros y chusma vulgar); tenía ya tres pares de vestidos y Autores

que me pretendían sonsacar de la compañía. Hablaba ya de entender de la

Comedia, murmuraba de los Cómicos famosos, reprehendía los gestos á

Pinedo, daba mi voto en el reposo natural de Sánchez, llamaba bonico á

Morales, y pedíame el parecer en el adorno de los Teatros y trazar las

apariencias. Si alguno venía á leer la Comedia, yo era el que la oía. Al

fin, animado con este aplauso, me desvirgué de Poeta en un romancico, y

luego hice un Entremés y no pareció mal. Atrevíme á una Comedia, y

porque no escapase de ser divina cosa la hice de Nuestra Señora del

Rosario. Comenzaba por chirimías: había sus Animas de Purgatorio, y sus

demonios que se usaban entonces con su bú, bú, al salir, y rí, rí, al

entrar. Caíale muy en gracia al Lugar el nombre de Satán en las coplas y

el tratar luego de si cayó del cielo y tal. En fin, mi Comedia se hizo y

pareció muy bien. No daba manos á trabajar, porque acudían á mí

enamorados, unos por coplas de cejas y otros de ojos, cuál de manos y

cuál romancicos para cabellos. Para cada cosa tenía su precio, aunque

como había otras tiendas, porque acudiesen á la mía hacía barato. Pues

Villancicos, hervían Sacristanes y Demandaderos de monjas, ciegos me

sustentaban á pura oración ocho reales de cada una, y me acuerdo que

hice entonces la del _Justo juez_, grave y sonorosa, que provocaba á

gestos. Escribí para un ciego, que la sacó en su nombre, las famosas que

empiezan:

Madre del Verbo humanal,

Hija del Padre Divino,

Dame gracia virginal, etc.

»Fuí el primero que introduxo acabar las coplas como los sermones, con

aquí gracia y después gloria, en esta copla de un cautivo de Tetuán:

Pidámosle sin falacia

Al alto Rey sin escoria,

Pues ve nuestra pertinacia,

Que nos quiera dar su gracia

Y después allá la gloria. Amén.

»Estaba viento en popa con estas cosas, rico, próspero y tal que casi

aspiraba ya á ser Autor. Tenía mi casa muy bien aderezada, porque había

dado (para tener tapicería barata) en un arbitrio del diablo, y fué

comprar reposteros de tabernas y colgarlos. Costáronme veinte y cinco ó

treinta reales: eran más para ver que cuantos tiene el Rey, pues por

éstos se veía de puro rotos y por esotros no se verá nada. Sucedióme un

día la mejor cosa del mundo, que aunque es en mi afrenta la he de

contar. Yo me recogía en mi posada el día que escribía Comedia al

desván, y allí me estaba, y allí comía. Subía una moza con la vianda y

dexábamela allí; yo tenía por costumbre escribir representando recio,

como si lo hiciera en el tablado. Ordena el diablo que á la hora y punto

que la moza iba subiendo por la escalera (que era angosta y obscura) con

los platos y la olla, yo estaba en un paso de montería y daba grandes

gritos componiendo mi Comedia, y decía:

Guarda el oso, guarda el oso,

Que me dexa hecho pedazos

Y baxa tras ti furioso.

»¿Qué entendió la moza (que era gallega) que oyó decir baxa tras ti, y

me dexa? Que era verdad y que le avisaba. Va á huir y con la turbación

písase la saya y rueda toda la escalera: derramó la olla, quebró los

platos y sale dando gritos á la calle, diciendo:--Que mata un oso á un

hombre:--y por presto que yo acudí, ya estaba toda la vecindad conmigo,

preguntando por el oso, y aun contándoles yo como había sido ignorancia

de la moza (porque era lo que he referido de la Comedia) aún no lo

querían creer. No comí aquel día: supiéronlo los compañeros, y fué

celebrado el cuento en toda la ciudad; y de estas cosas me sucedieron

muchas mientras perseveré en el oficio de Poeta y no salí del mal

estado. Sucedió, pues, que á mi Autor (que siempre paran en esto),

sabiendo que en Toledo le había ido bien, le executaron por no sé qué

deuda, y le pusieron en la cárcel, con lo cual nos desembarazamos todos

y echó cada uno por su parte. Yo (si va á decir verdad), aunque los

compañeros me querían guiar á otras compañías, como no aspiraba á

semejantes oficios y el andar en ellos era por necesidad, viéndome con

dinero y bien puesto, no traté más que de holgarme. Despedíme de todos;

fuéronse......»

El período en que se extendieron por el extranjero las representaciones

de comedias por compañías de cómicos españoles, especialmente en Italia,

Inglaterra y Francia, así como mayor número de traducciones é

imitaciones de obras dramáticas castellanas, comienza en el segundo

tercio del siglo XVII, aunque hayan de ser muy anteriores á esta fecha

las primeras que se hicieron. En su lugar correspondiente tratamos de la

cuestión de si se conoció en Inglaterra el drama español en tiempo de

Shakespeare. Como indicamos antes, el primer dato existente acerca de la

aparición en Londres de una compañía de cómicos españoles, es del año de

1635, porque el 23 de diciembre de este año representó Juan Navarro con

su compañía ante el rey Carlos I[33]; los dramas ingleses más antiguos,

que se miran con certeza como imitaciones de los castellanos,

corresponden á la época de Carlos II; sin embargo, hay razones,

expuestas precedentemente, para creer que los dramáticos ingleses

conocieron y estudiaron antes á los españoles.

Las noticias que se conservan de la popularidad de las comedias y

cómicos españoles por Italia, son más positivas, y alcanzan á una época

más remota. En ella, como sabemos, se representaron las obras dramáticas

de Torres Naharro. Las ciudades de Nápoles y Milán, en donde habitaban

muchos españoles, ofrecían ricas ganancias á las compañías de cómicos de

esta nación; pero estas compañías no se encerraban sólo en las ciudades

mencionadas, sino que recorrían todo el país. El P. Tomás Hurtado habla

de cómicos españoles que representaron en Roma en el pontificado de

Gregorio XV (1621 á 23)[34], y en la vida de la actriz María Laredo se

lee que perteneció siempre á las compañías de cómicos que vagaron por

Italia, sin venir después á España. Según dice Riccoboni, desde el año

de 1620 hubo tal afición en Italia á las comedias españolas, que las

traducciones é imitaciones de las obras de Lope de Vega y de sus

coetáneos sustituyeron casi por completo en los teatros á las comedias y

tragedias originales italianas[35]. El célebre actor de _Adone_, Marino,

dice, en su _Elogio fúnebre de Lope_, que era costumbre de los

empresarios de teatro de Italia y Francia, y para aumentar sus entradas,

anunciar en los carteles que la comedia que había de representarse era

de Lope de Vega; y que bastaba sólo su nombre para atraer tantos

espectadores, que ni bastaba el teatro para contenerlos ni su caja para

guardar el dinero[36].

Aún más se explotó en Francia que en Italia la rica mina descubierta por

los poetas dramáticos españoles. Las guerras de Francisco I habían

contribuído á extender allende los Pirineos la lengua castellana; el

casamiento de Luis XIII con Ana Mauricia, hija de Felipe III, divulgó

más esta lengua en la corte de París. Es en alto grado probable que ya

en la primera mitad del siglo XVII representaran en París cómicos

españoles, aunque, á decir verdad, no hemos encontrado datos históricos

fidedignos que lo confirmen. La noticia relativa á la compañía de

Sebastián del Prado, que vino á España con la infanta María Teresa, hija

de Felipe IV, pertenece al período subsiguiente de la historia del

teatro español. Pero aparece con toda evidencia el influjo que los

dramáticos españoles ejercieron en los franceses, aun durante el período

anterior, en las muchas obras dramáticas que, en todo ó en parte,

plagiaron éstos de aquéllos. Los franceses del siglo XVII no tienen

escrúpulo alguno en declararlo. Corneille y Molière confiesan que deben

mucho á los españoles, y Fontenelle, el sobrino de Corneille, dice que,

en vida de su tío, era costumbre admitida recurrir á los españoles para

los argumentos de las obras dramáticas, por su gran superioridad en esta

materia; y Voltaire afirma expresamente que Francia debe á España su

primera tragedia verdadera y su primera comedia de carácter. Después de

esta declaración no tiene ya tanto valor la que hace después, cuando

asegura que los franceses, en el reinado de Luis XIII y Luis XIV, se han

apropiado más de 40 obras dramáticas de los españoles. Ya mencionamos

antes algunos ejemplos famosos de tales imitaciones, como el _Cid_ y el

_Menteur_, de Corneille, y el _Festín de Pierre_, de Molière, cuando

hablamos de Guillén de Castro, Alarcón y Tirso de Molina. Estas obras

dramáticas son trabajos originales, declarados y confesados, de célebres

poetas españoles; pero hay además otras muchas tragedias y comedias

francesas que pertenecen también á la misma fuente, aunque la imitación

no se haya declarado. Nuestro objeto no puede ser ahora formar un

catálogo completo y exacto de todas estas copias, plagios é imitaciones,

no sólo porque es poco grato perder un tiempo precioso en averiguar este

linaje de hurtos, sino también porque investigaciones prolijas de esa

especie no tienen su oportuno asiento en una historia del teatro

español. Bástanos, por tanto, tratar de este saqueo sólo de un modo

sumario, y señalar los plagios más notables que han hecho los poetas

franceses á Lope y á sus contemporáneos. En el tomo V indicaremos

también los más numerosos que se hicieron en su época, de Calderón y de

otros dramáticos posteriores.

Ya el fecundo escritor dramático Hardy (seríamos injustos si le

llamáramos poeta: floreció de 1600 á 1620) conoció y explotó la mina de

singulares invenciones é interesantes argumentos dramáticos, que

encerraba la literatura española. De las 41 obras suyas que se

conservan, parte de las 800 que se le atribuyen, hay muchas, cuyos

originales son, sin duda alguna, españoles, como la _Felismene_ dimana

de la _Diana_, de Montemayor, y la _Force du sang_ de otra novela del

mismo autor. No es posible averiguar si ha cometido algún otro plagio de

la misma naturaleza, ateniéndonos á las obras suyas, hoy existentes;

pero se puede suponer que así lo ha hecho, y que, si se conocieran todas

sus obras perdidas, se demostraría más cumplidamente este aserto.

Al frente de los dramáticos franceses que, por lo general, han imitado á

los españoles, debe nombrarse á Rotrou, no sólo teniendo en cuenta el

tiempo en que escribió, sino también las obras que compuso. Demuestra

singular aptitud para sentir y apreciar las bellezas de sus originales,

y un talento poco común para reproducirlas. En _La belle Alfrede_ (de

_La hermosa Alfreda_, de Lope de Vega); _Laure persecuteé_ (de la _Laura

perseguida_, del mismo poeta), y en _Don Lope de Cardonne_ (también del

_Lope de Cardona_, del mismo), observamos que se han trasladado á las

copias el colorido poético, el fuego de la fantasía y la viveza de la

exposición que tanto nos seducen en las creaciones del poeta español,

cuyas cualidades, aunque no tan brillantes, se encuentran, sin embargo,

en las imitaciones hechas de aquellas obras, no siendo justo negarlas.

Lo mismo se puede decir de sus _Ocasions perdues_ (de _La ocasión

perdida_, de Lope), y de su _Don Bernard de Cabrere_ (de la comedia _La

adversa fortuna de Don Bernardo de Cabrera_, de Mira de Mescua). _La

bague de l'oubli_ es una imitación de _La sortija del olvido_, de Lope

de Vega, y ha servido después de principal argumento á una de las

mejores comedias francesas, _Le Roy de Cocagne_, de Legrand. Si los

sucesores de Rotrou hubieran seguido su ejemplo, hubiese ganado mucho el

teatro francés; pero desgraciadamente Corneille, al imitar los dramas

españoles, emprendió una senda en la cual habían de desaparecer, en

general, todas las excelencias y bellezas de aquéllas. Hicimos notar á

su tiempo que en su _Cid_ no se encontraban ninguna de las grandes

creaciones de la magnífica tragedia de Guillén de Castro, de la misma

manera que transformó en obra árida y pesada, que de ningún modo puede

llamarse poética, á la comedia llena de vida de Alarcón, titulada _La

verdad sospechosa_. Entre sus demás dramas, _Don Sanche d'Aragon_ y la

_Suite du Menteur_, son imitaciones respectivamente de _El palacio

confuso_ y de _Amar sin saber á quién_, de Lope de Vega. Ambos dramas

son indudablemente de los mejores que cuenta la literatura francesa;

pero cuando se comparan con sus notables originales, aparece de un modo

indudable la falta de dotes poéticas de Corneille. La invención de las

comedias mencionadas es tan bella, tan indeleble su vida íntima poética

y tan grande su energía, que ninguna imitación podía destruirlas por

completo; pero el autor francés apenas ha hecho otra cosa que trasladar

á su imitación el seco esqueleto de la fábula, destruyendo su movimiento

y su vida al aplicarles sus estrechas reglas: todas las galas y el

colorido poético del original han desaparecido por completo,

transformándose en momia un cuerpo lozano y vigoroso. Dejemos á un lado

la cuestión de si _El honrado hermano_, de Lope de Vega, ha servido ó no

para la composición de _Los Horacios_, de Corneille, porque, á lo menos,

no se destacan con claridad los vínculos de unión que hay entre ambas

producciones.

La explotación que hizo Molière de los dramas españoles, es mayor de lo

que se cree, manifestándose, no sólo en las comedias, cuyo plan, en su

totalidad, es copia de composiciones dramáticas españolas, sino también

en otras, en que encontramos escenas y situaciones aisladas, que tienen

el mismo origen. A las primeras pertenece _Le medecin malgré lui_,

prescindiendo por ahora de los trabajos de Calderón y de Moreto sobre el

mismo asunto, de los cuales hablaremos en su lugar oportuno. Esta

comedia proviene, en su fondo ó acción, de _El acero de Madrid_, de

Lope; pero la escena en que Sganarelle presenta á Leandro como boticario

para proporcionarle una entrevista con Lucinda, recuerda otra escena

semejante de _La fingida Arcadia_, de Tirso de Molina. _L'amour

medecin_, á la verdad, no tiene de común con _El amor médico_, de Tirso,

más que el título, puesto que la acción es muy diversa; pero las escenas

tercera y cuarta del acto segundo del mismo drama, provienen de aquel

poeta español, como cualquiera puede convencerse, comparándolas con el

principio del acto segundo de _La venganza de Tamar_. La célebre escena

de la reconciliación en _Tartuffe_ está sacada de _El perro del

hortelano_, de Lope de Vega, y _L'école des marés_, en muchas de sus

escenas, recuerda otras de _La discreta enamorada_ y de _El mayor

imposible_, del célebre poeta español.

Si los dos grandes dramáticos franceses, en sus imitaciones de los

poetas españoles, aparecen en ellas con tan poca ventaja suya, ¿qué

podrá esperarse de otros escritores inferiores de comedias de aquel

tiempo? A la verdad, éstos han bebido en aquella fuente con extraña

insistencia. Pueden citarse, para indicar sólo á la ligera algunos

ejemplos, _La jalouse d'elle même_, de Bois-Robert, de _La celosa de sí

misma_, de Tirso; _L'absent chez soi_, de d'Ouville, de _El ausente en

su lugar_, de Lope; _L'amour medecin_, de Sainte Marthe, de _El amor

médico_, de Tirso; su _Aimer sans savoir qui_, del _Amar sin saber á

quién_, de Lope, y añadirse á éstas, además, como imitaciones de

originales españoles, casi todas las obras dramáticas de Montfleury,

Mayret, Scarron, Tomás Corneille, Bois-Robert, d'Ouville, y las más

antiguas de Quinault. No se crea por esto que censuramos á esos

escritores al hacer esas apropiaciones. Es preciso conceder al poeta el

derecho de utilizar las invenciones y pensamientos ajenos. De esta

manera, trabajos dramáticos de sus predecesores y contemporáneos

sugirieron á Shakespeare la idea de algunas de sus obras ó la de escenas

aisladas de ellas, y así también los dramáticos españoles se apoderaron

mutuamente de sus riquezas literarias. Pero lo que ha de exigirse sin

remedio de este proceder es que el autor, que se atribuye bienes ajenos,

los revista de formas poéticas y se los asimile; que los exorne con

nuevos elementos poéticos, hijos de su inspiración, y que les infunda

más vigor y más lozana vida. Aun aquél que estime excesiva esta

pretensión, ha de confesar, á lo menos, que el que usufructúe así las

obras preexistentes, muestre simpatía por sus bellezas y por sus rasgos

más notables, en vez de deslustrarlos, haciéndolos siempre descollar al

presentarlos como suyos de nuevo. Si no llena estas condiciones, será

llamado con justicia un torpe plagiario. ¿Pero qué han hecho los

franceses mencionados para cumplir estos requisitos racionales? Se

apoderan de una comedia española, exprimen los materiales que la

constituyen, arrancan de ella con el mayor esmero sus galas poéticas,

sacrifican al ídolo de las tres unidades la verdad y la verosimilitud,

el fuego y la vida de la exposición dramática, y de esta manera, de un

poema original _irregular_ y _tosco_, ó, más bien dicho, de retazos y

ligeras reminiscencias de él, componen una tragedia clásica ó una

comedia. En vez de los arranques poéticos del primero, encontramos en la

segunda la más prosáica parsimonia; en vez de la abundancia y de la

verdad de los motivos dramáticos, una acción mutilada en todas sus

partes y sin dote alguna artística; en vez de la rapidez arrebatadora

del diálogo, una conversación lánguida; en vez del sonido harmonioso

que arrebata y de las rimas diversas que encantan el oído, el arrastre

monótono de los alejandrinos. En efecto, sólo en cuanto, sin duda, no es

á todos posible componer originales excelentes, hasta el punto de no

quedar apenas ni la más leve huella de su excelencia primitiva; sólo

bajo este aspecto ha de calificarse el talento de los escritores

dramáticos franceses. ¡Desdichados los poetas españoles, sobre quienes

ha caído esta nube de langostas, y mísera mil veces la grandeza y la

lozanía de su musa poética! Pero más desdichados y dignos de lástima por

su desvergüenza son los críticos que, por vanidad nacional ó por

estúpida y supersticiosa adoración á los preceptos de Boileau, no han

temido calificar de reformas más perfectas de los originales á estos

engendros, dignos del más absoluto desprecio.

Sólo noticias aisladas é incompletas han llegado á nuestro conocimiento

acerca de la difusión de las obras dramáticas españolas de este período

en pueblos diversos de los indicados. No hay la más leve duda de que se

divulgaron en los Países Bajos, como lo prueban las muchas impresiones

que de esas comedias se hicieron. Consta también del prólogo de _El

peregrino en su patria_ que los dramas de Lope habían ya penetrado en

América á principios del siglo XVII, y que se representaron allí con

general aplauso. Hay motivos para dudar, puesto que no hemos encontrado

dato alguno que lo confirme, del aserto de Sismondi, de que en las

cortes de Viena y de Munich se representaron comedias españolas; pero

parece, al contrario, positivo que en el serrallo de Constantinopla se

representaron algunas por moriscos y esclavos españoles, que las

recibían de mercaderes venecianos[37].

[Illustration]

TERCER PERÍODO.

EDAD DE ORO DEL TEATRO ESPAÑOL.

[Illustration]

CAPÍTULO PRIMERO.

Afición de Felipe IV al arte dramático.--Teatro Real del Buen

Retiro.--Fiestas de corte y lujo de decoraciones.

Después de la muerte de Felipe III, ocurrida el 31 de marzo de 1621, se

cerraron los teatros de Madrid por espacio de cuatro meses, en virtud de

orden superior. Bajo mejores auspicios que antes, se abrieron de nuevo

el 28 de junio siguiente, estrenándose la comedia de Lope titulada _Dios

hizo los reyes y los hombres las leyes_. Las representaciones escénicas

habían tenido que luchar hasta entonces, por diversos motivos, con la

oposición del Gobierno, no encontrando más apoyo que la afición del

público, y desde este momento se puso al frente del Estado un Monarca

apasionado del arte dramático, y protector decidido de estos

espectáculos[38]. Indudablemente Felipe IV ocupa un lugar distinguido

entre los príncipes que se han honrado favoreciendo á los artistas y

poetas, y nadie podrá negarle esta gloria, sean cuales fueren las

censuras diversas que merezcan sus actos como soberano, y la influencia

que por sus faltas haya podido tener en la pérdida más y más sensible

de la grandeza política de España. Su nombre está enlazado estrechamente

con los de todos los grandes artistas y poetas que dieron tanto lustre

á su reinado. A su llamamiento acudieron á Madrid los pintores más

distinguidos de España, y, con Velázquez á la cabeza, formaron una

escuela, que puede igualarse á las primeras de otras naciones. Casi

todos los cargos importantes de su corte se encomendaron á hombres

ilustrados, capaces de apreciar las artes y la poesía, si ya no

sobresalieron también en este concepto, como los condes de Lemos y de

Villamediana[39]. Una de las diversiones favoritas del Rey, después de

cumplir con los deberes de su gobierno, á los cuales tal vez no

dispensase toda la atención necesaria, era el de solazarse con

improvisaciones y juegos poéticos. Pero el teatro fué siempre el centro

principal, á donde convergían todos sus pasatiempos. Todo poeta

dramático distinguido estaba seguro de contar con su favor. La fama

llegó á sostener que él mismo había escrito innumerables comedias,

citándose entre ellas especialmente las tituladas _Dar la vida por su

dama ó el conde de Sex_ y _Lo que pasa en un torno de monjas_; y tan

lejos se ha ido en este camino, que se le atribuyen todas las impresas,

cuyo autor se llama _un ingenio de esta corte_. Pero esta última

suposición se funda en un error manifiesto, no existiendo tampoco

pruebas históricas de ninguna especie que autoricen tampoco á admitir la

primera, sabiéndose sólo con certeza que le agradaba reunir á su

alrededor á los poetas de más talento, y trazar en su compañía planes de

comedias. Acostumbraba también, en un círculo más estrecho de su corte,

desempeñar papeles en comedias improvisadas[40].

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo IV · 第 4 / 25 段