El arte dramático, en los teatros españoles, se caracteriza por una

animación peculiar, de la cual no pueden formar ni una idea aproximada

los demás pueblos, reflejando fielmente, como en un espejo, la vida de

los habitantes del Mediodía, cuya sangre circula en sus venas con

singular viveza. El temperamento apasionado y fácilmente impresionable

de los pueblos meridionales ha de hacerse notar, así en el teatro como

en la vida social: todo es en ellos acción, palabra y movimiento. Una

consecuencia de esto es la extrañeza que en un principio causa á los

extranjeros, acostumbrados á diversa gesticulación y traza exterior; la

exageración, con frecuencia excesiva, con que se expresan las distintas

emociones del alma; la movilidad extraordinaria de gestos, los rápidos

contrastes en el tono y la modulación oral, el fuego y animación

insólitos de los movimientos, y á menudo la transición repentina, sin

las naturales gradaciones, de un afecto á otro contrario. De aquí

proviene, sin duda, que los actores españoles expresen los matices más

delicados del lenguaje, y que nos encanten y nos arrebaten, cuando han

logrado combinar los resultados del análisis más profundo con los

detalles de la inspiración más fogosa y de la pasión más violenta. Suele

echarse de menos, en su manera de declamar, el arte de representar los

caracteres en todos sus matices más delicados, efecto de un estudio

profundo de los mismos, apareciéndosenos, en la mayoría de los casos,

como inspiración feliz del momento; y de aquí que, en la impresión total

que nos hacen los personajes dramáticos, se noten siempre algunos

defectos, aunque este método ofrezca la ventaja de ser opuesta á la

frialdad ingénita, al estudio exagerado y demasiado minucioso de esta

parte de la mímica. Sin abandonarse á cavilosidades, ni á resolver

difíciles problemas, sino dejándose arrastrar, sin miedo y con

confianza, de la corriente de la inspiración, que evoca en ellos el

influjo de los tipos poéticos; saben los artistas dramáticos españoles

producir grande efecto, y resolver dificultades, muchas veces

insuperables, á los artistas metódicos é instruídos, y en virtud de su

facilísima comprehensión y de su sensibilidad impresionable, son los

intérpretes más fieles de la intención poética del autor. Añádase á esto

que nunca se proponen imitar la realidad ordinaria de la vida,

observando y copiando sus rasgos individuales, sino que sólo se

esfuerzan en personificar las formas creadas por el poeta, harmonizando

así, en su representación, de la manera más feliz, el idealismo y la

naturalidad. Con el fuego de su fantasía, con la rapidez y flexibilidad

de su comprehensión y fecundidad, saben expresar toda la existencia

humana en sus variados aspectos, dar forma corporal, verdadera y

característica á sus infinitas manifestaciones, descubrir las más

recónditas sinuosidades del alma, pintar las pasiones, no solo en su

explosión, sino en sus causas y naturaleza, conmover á los espectadores

con la representación de los afectos más extraordinarios que pueden

mover el ánimo, y comunicarles la misma fuerza de la elocuencia y de la

inspiración que los llenan. Pero en lo que se distinguen principalmente

los actores españoles, y pueden servir de modelo á los demás, es en la

gracia, en el encanto y en la elegancia con que saben revestir hasta

las formas más ordinarias y vulgares de la vida real.

No nos choca en ellos jamás esa exacta imitación de la naturaleza, en

sus manifestaciones más inmediatas y casuales, con cuyo secreto se

proponen lograr fama los actores de otras naciones, cuando lo que hacen

es contravenir á las reglas eternas del arte; siempre notamos en los

españoles una concepción más artística, por cuanto hacen sólo resaltar

los rasgos más importantes de la realidad, expresándolos en su conjunto

y notándose que la verdad está siempre al lado de la belleza, sin

perjudicar, no obstante, al carácter individual, condición

esencialísima, y la única compatible con la poesía.

Su manera de declamar, en general, se acomoda al movimiento rápido é

íntimo del argumento, sin descuidar los detalles, con mucha animación y

variando de tono con frecuencia, á lo cual se debe que los personajes se

muestren y desaparezcan con la mayor celeridad y haya sólo pausas muy

leves. En la recitación firme, exacta y variada, se proponen los mejores

actores españoles amoldarse á la índole del verso, no debiendo olvidarse

que se ven obligados á aplicarse con esmero al desempeño de su papel,

excitados por el buen gusto del público, y por la atención incansable

con que éste escucha cada una de las palabras que pronuncian. La

acentuación falsa, la omisión de una sola sílaba que perjudique á la

medida del verso, es censurada con los signos más vivos de

desaprobación. Increíble parecerá á un aficionado al teatro alemán, que

ignora, por lo común, si lo que oye es prosa ó verso, y, sin embargo,

diariamente se observa en España que la supresión de una sola línea que

interrumpa la serie de las asonancias, promueve entre los espectadores

un murmullo tan general como espontáneo. Seguramente es una fortuna para

los hábiles artistas presentarse ante espectadores de sentidos tan

delicados; se ve así puesto en la necesidad inevitable de emplear todas

sus facultades, para llegar á la perfección, y á considerar los aplausos

de un público tan distinguido como el premio justo debido á su mérito.

Para probar lo extendidas que se hallan en España, en todas las clases

populares, la afición y la inteligencia de la poesía, téngase en cuenta

que las comedias más célebres y bien escritas, que entre nosotros sólo

se conocen por un público muy escogido, no sólo se representan ante

gentes de la clase más baja de la sociedad española que asisten al

teatro y siguen sus peripecias con el mayor interés, sino que también

las leen luego con la mayor fruición, explicándose así las ediciones

baratas que se hacen de ellas, como de libros destinados al pueblo. Con

arreglo al testimonio de un viajero muy instruído[26], confirmado por

nuestra propia experiencia, españoles sin instrucción alguna, siguen los

complicados hilos del desarrollo de un drama en los teatros, con tal

atención, que les basta oirlo una sola vez para hallarse en estado de

contar en seguida todo su argumento, sin omitir circunstancia alguna

esencial, mientras que extranjeros instruídos, y que dominan

completamente el idioma, no pueden ni comprender siquiera el conjunto de

la acción de tales comedias, si sólo asisten una vez al teatro para

verlas.

La extructura métrica de las obras dramáticas españolas exige diversas

maneras de recitación, con arreglo á los distintos versos que se emplean

en ellas. Este modo de recitar ha de acomodarse á la índole de la

combinación métrica que se use, con tanto rigor, que el artista

dramático no puede ni debe confundirlas, por cuya razón no es posible

dudar que las mismas reglas observadas ahora en los teatros españoles en

esta parte, rigieron en la edad de oro de su poesía dramática. El

romance, casi siempre de índole narrativa, se declama con tal ligereza

y rapidez, que nunca cansan, por largos que parezcan, y sus períodos

complicados, interrumpidos con frecuencia por incisos, pasan con viveza

extraordinaria. La verdadera importancia de la declamación se nota

principalmente cuando por la lentitud, monotonía y falta del énfasis

correspondiente del actor, se hace lo que dice ininteligible, cansado y

confuso. Para las redondillas y quintillas, sobre todo, cuando

comprenden antítesis, rasgos epigramáticos y juegos de ingenio, la

locución es algo más reposada, y sin embargo, la rapidez con que esto se

hace es siempre grande, sobre todo, cuando sirve para indicar el

progreso de la acción. Un recitado más solemne y majestuoso, con viva

gesticulación, y hasta con carácter algo declamatorio, piden las

estancias y también las liras y las silvas, sólo que estas últimas han

de recitarse con más lentitud; la de los yambos no rimados ha de ser al

contrario, ligera y sencilla, mientras que el soneto, á causa de su

importancia, por regla general, y de su lenguaje escogido, necesita que

se pronuncie con el mayor cuidado, sobre todo, en lo que se refiere á su

exacta acentuación.

Se ha sostenido con frecuencia que el actor vive para lo presente, y

sólo en él influye, y que no ha de esperar premio alguno de la

posteridad: hasta sus grandes triunfos desaparecen, como si nunca

existieran, para los que nacen después, y que su sepulcro, así como

encierra su cuerpo, así también guarda avaro el recuerdo de las horas de

placer y de entusiasmo que hizo gustar á sus admirados auditores. Dos

siglos[27] tan sólo han transcurrido desde la muerte de los grandes

actores, que asombraron á toda España en tiempo de Lope de Vega, y se

ha desvanecido su memoria de tal modo, que se hace preciso recurrir á

libros viejos de pergamino, llenos de polvo, para averiguar sus nombres

y conocer algunas noticias ligeras de su importancia y de su vida.

Insertamos, pues, estas noticias á continuación, tales cuales las hemos

podido adquirir, aunque hayamos de contentarnos á veces con copiar sólo

los nombres de los actores[28].

Siempre que se habla de cómicos españoles, se suele mencionar también á

_Nuestra Señora de la Novena_, su santa patrona, cuyo culto se fundaba

en los hechos y en las razones siguientes: Había una actriz llamada

Catalina Flórez, que recorría á pie el país con su marido, mercader

ambulante, que vendía sus artículos de pueblo en pueblo. En uno de estos

viajes se vió acometida de los dolores de parto. El alumbramiento fué

feliz; pero como la recién parida se veía obligada á acompañar á su

esposo, no tuvo tiempo bastante para restablecerse por completo,

perjudicándola tanto el frío del invierno, en aquel año extraordinario,

que se quedó baldada de todos sus miembros. Catalina Flórez puso

entonces sus ojos y sus esperanzas, para curarse, en una imagen de la

Vírgen, que se adoraba en un retablo situado en un ángulo de la calle

del León, de Madrid, y celebró en su honor una novena, con tal celo, que

hasta pasó las noches en la calle. Sanó, según se dice, al terminar el

día noveno, recobrando de tal modo el uso de sus miembros, que colgó

delante de la imagen, como su exvoto, las muletas de que se había

servido hasta entonces. Este milagro produjo gran sensación, y fué causa

de que los actores se pusieran bajo la protección de aquella santa

imagen, eligiendo como patrona á _Nuestra Señora de la Novena_. Esta

imagen veneranda fué trasladada á la parroquia de San Sebastián, y aquí

fundaron los principales cómicos, en julio de 1624, una hermandad ó

cofradía de Nuestra Señora de la Novena, congregación que duró más de un

siglo, y á la que pertenecieron como hermanos los principales y más

célebres actores de España.

Muy escasas noticias tenemos de los más famosos cómicos del principio de

este período, esto es, del último decenio del siglo XVI. Casi todas

ellas se han insertado ya en el tomo anterior, pero conviene repetir

sus nombres ahora, puesto que no trabajaron sólo en aquella época[29].

Alonso Cisneros, de Toledo, fué un actor que perteneció en su juventud á

la compañía de Lope de Rueda, más tarde director de otra compañía suya

que gozó de gran renombre hasta principios del siglo XVII. Lope de Vega

dice de él en _El peregrino en su patria_, que, desde la invención de

las comedias, no tuvo rival, y así López Pinciano, como Agustín de

Rojas, hablan en igual sentido muchas veces. Mateo Alemán, en su

_Guzmán de Alfarache_, refiere la siguiente anécdota: «Aquesto le

aconteció á Cisneros, un famosísimo representante, hablando con Manzanos

(que también lo era, y ambos de Toledo, los dos más graciosos que se

conocieron en su tiempo), que le dijo: Veis aquí, Manzanos, que todo el

mundo nos estima por los dos hombres más graciosos que hoy se conocen.

Considerad que con esta fama nos manda llamar el Rey nuestro Señor.

Entramos vos y yo, y hecho el acatamiento debido, si de turbados

acertáremos con ello, nos pregunta:--¿Sois Manzanos y Cisneros?

Responderéisle vos que sí, porque yo no tengo de hablar palabra. Luego

nos vuelve á decir: Pues decidme gracias. Agora quiero yo saber: ¿Qué le

diremos? Manzanos le respondió: Pues, hermano Cisneros, cuando en eso

nos veamos (lo que Dios no quiera), no habrá más que responder sino que

no están fritas.»

Ríos, uno de los cómicos que vagaban de un lugar á otro, y que desempeña

el principal papel en _El viaje entretenido_, de Rojas, era natural de

Toledo, y murió en el año de 1610, siendo celebrado por Lope de Vega en

la obra citada, á causa de su superioridad en el género cómico, y de la

naturalidad y gracia de su estilo. Este Ríos, como dijimos en su lugar

oportuno, hizo de gracioso en _La Francesilla_, de Lope, personaje el

más antiguo de esta especie que se vió en España.

Alonso y Pedro de Morales fueron actores y poetas dramáticos, alabados

por Rojas. Sus comedias yacen en el olvido, sobreviviéndoles sólo su

fama como actores. Los apasionados de Morales le llamaban _el Divino_, y

Andrés de Claramonte, en su _Letanía moral_, le califica de príncipe de

los cómicos. No menos célebre que él fué su esposa Jusepa Vaca, tan

notable por su belleza como por su talento. Cuéntase la anécdota de que

Morales, al llegar á Madrid con su mujer, le recitó un soneto patético

para prevenirla contra los peligros de su residencia en la corte, y que

además le dió un palo en la cabeza para esforzar más sus exhortaciones.

Este Alonso, si nos atenemos á lo que dice Figueroa en su _Plaza

universal_, había muerto ya en el año de 1615; no así Pedro de Morales,

á quien Cervantes, en el cap. 2.º de su _Viaje al Parnaso_, llama el

favorito de las musas, modelo de talento, ingenio y gracia, que vivía

sin duda en el año de 1635, puesto que en la _Fama póstuma_, de

Montalbán, se encuentra incluído un soneto suyo sobre la muerte de Lope

de Vega.

Angulo. Hubo dos actores célebres de este nombre en los teatros

españoles, llamándose á uno Angulo _el malo_ para distinguirlo del

otro, y habiendo sido uno director de una compañía de cómicos y poeta

dramático, y disfrutado el otro de gran fama como actor, según nos

cuenta Cervantes en su _Coloquio de los perros_.

Enuméranse también entre los cómicos más famosos y directores de escena

de principios del siglo XVII, á Solano, Velázquez, Tomás de Fuentes,

Alcocer, Gabriel de la Torre, Ramírez, Robles, Villegas, Navarrico,

Quirós, Miguel Ruiz y Marcos Ramírez, todos de Toledo; Francisco Osorio,

Jerónimo López, Pedro Rodríguez, Juan de Vergara, Alonso Riquelme,

Villegas, Jerónimo López, Alcaraz, Vaca, Gaspar de la Torre, Gálvez,

Saldaña, Salcedo, Villalva, Murillo, Segura, Rentería, Tomás Gutiérrez,

Avendaño y Mainel.

Entre las actrices de la misma época, se distinguieron Ana de Velasco,

Mariana Páez, Mariana Ortiz, Mariana Vaca y Jerónima de Salcedo.

Entre los más renombrados que brillaron en las tablas, hasta la mitad

del siglo XVII, merecen mención especial los siguientes:

Pinedo. La familia de los Pinedo fué fecunda en actores sobresalientes,

y la predilección del público por ellos era tan grande á fines del

reinado de Felipe IV, que bastaba el anuncio de que cualquiera de su

nombre había de representar en una comedia, para asegurar su buen

éxito. El apellido de Pinedo era el más famoso de todos los de los

cómicos en la época de Lope de Vega, y de uno de éstos dice en su

_Peregrino_ que era el más admirable de todos los que lo llevaban. A

pesar de nuestras prolijas investigaciones, no hemos podido

proporcionarnos más datos y distinguirlo de sus homónimos.

Alonso de Olmedo, de una familia distinguida, natural de Talavera de la

Reina, y al principio paje de Felipe III, se hizo cómico por su amor á

una bella actriz, y entró á formar parte de la compañía, cuyo director

era el marido de su amada. Sucedió entonces que parte de esta compañía,

en un viaje á Vélez Málaga, cayó en manos de unos piratas berberiscos.

Entre los cautivos lo fué el director de la compañía; y como transcurrió

mucho tiempo sin que se oyera hablar nada de él, se le tuvo por muerto y

se casó Alonso con la viuda del que se juzgaba difunto; pero unos dos

años después de este suceso, y estando sentado á la mesa en Granada el

matrimonio, entró de repente en la habitación el primer esposo de la

dama, y preguntó por el director Alonso de Olmedo; éste se levantó en

seguida de la mesa, y dijo á su mujer:--Señora, la llegada de este

caballero nos obliga á separarnos; dadme licencia para que yo busque

otro domicilio, porque no me conviene permanecer más aquí.--Olmedo hizo

lo que dijo y se encaminó á Zaragoza, en donde se casó por segunda vez.

Uno de los hijos de este segundo matrimonio, del mismo nombre que su

padre, desempeñó después, bajo Felipe IV, y con gran aplauso, los

papeles de primer galán en los teatros de Madrid.

Andrés de la Vega fué director de escena muy solicitado, y uno de los

fundadores de la hermandad de Nuestra Señora de la Novena. Más famosa

que él fué su esposa María de Córdoba y de la Vega, celebrada por los

poetas más distinguidos de su tiempo bajo el nombre de Amarilis, y

calificada en el reinado de Felipe III y á principios del de Felipe IV

como la primera actriz de España, tan notable en declamar comedias como

en cantar, bailar y tocar[30].

D. Pedro Antonio de Castro, tronco de otros muchos Castros, muy

aplaudidos en los teatros españoles durante el siglo XVII, siendo el

último de esta línea, en el XVIII, el llamado Damián de Castro. Este D.

Pedro Antonio perteneció á una familia noble y muy estimada, y

desempeñaba un cargo público importante, capaz de hacerle aspirar á los

supremos del Estado, cuando conoció á la bella é ingeniosa actriz

Antonia Granados, y le obligó el amor á variar por completo su futuro

plan de vida. Esta dama, hermana del actor Juan Granados, y llamada por

sus encantos y por sus talentos la divina Antandra, encadenó de tal modo

al joven Castro, que le ofreció su mano, y trocó por la de cómico su

vida de empleado público.

Damián Arias de Peñafiel fué un eminente artista dramático de su época,

de quien dice Caramuel que tenía voz clara y harmoniosa, una memoria

excelente y una acción animada y expresiva, pareciendo como si las

gracias acompañasen á los sonidos articulados por su lengua, y Apolo á

sus gestos y al movimiento de sus manos[31]. La fama de que disfrutó fué

tan grande, que los mejores oradores de Madrid aprendieron de él el arte

de hablar, y era tanto el entusiasmo que movía, que D. Luis de Benavente

dice de él, en uno de sus entremeses, lo que sigue:

Que en ocupando el teatro

Arias, compañero nuestro,

* * * * *

* * * * *

Se desclavaban las tablas,

Se desquiciaban los techos,

Gemían todos los bancos,

Crujían los aposentos,

Y el cobrador no podía

Abarcar tanto dinero[32].

Este aplaudido actor, en medio de sus triunfos, tomó la resolución de

renunciar al mundo, y de entrar en una orden monástica rígida; pero un

suceso imprevisto impidió que llevara á cabo su propósito y volvió luego

al teatro. Murió en Arcos, en donde el Duque de este título, como á

hombre muy distinguido, le dió sepultura en el panteón de su familia.

Roque de Figueroa, hijo de una familia de Córdoba, distinguida y

respetada, recibió una educación literaria y científica correspondiente

á su clase, debiendo consagrarse al servicio del Estado con arreglo á la

voluntad de sus padres; pero por su afición al teatro abandonó los

estudios y se hizo cómico. Su talento y estilo escénico le granjearon

mucha fama, declamando, no sólo en Madrid, Zaragoza, Valencia, Barcelona

y Lisboa, con general aplauso, sino recorriendo también con su compañía

Italia y los Países Bajos, y ganando en todas partes riquezas y fama. Su

carrera teatral comprende casi todo el siglo de oro del teatro español,

porque llegó á la avanzada edad de ochenta años.

Ya mencionamos antes á las dos famosas actrices llamadas Amarilis y la

divina Antandra. Iguales fueron también la popularidad y las alabanzas

que se prodigaron al talento, á la belleza y á la virtud de María ó

(Damiana) Riquelme, de la cual dice Caramuel en su _Primus Calamus_,

tomo II, pág. 705, que por este tiempo (hacia 1624) se celebraba en los

teatros á la bella Riquelme, tan impresionable por naturaleza, que, con

asombro de todos, mudaba representando el color de su rostro, denotando

sus facciones la alegría, si su papel lo demandaba, ó la tristeza más

profunda en los pasos patéticos, y figurando los afectos más opuestos en

sus más rápidas transiciones, de tal modo, que era inimitable y única en

este género de mímica. Estaba casada con el director de escena Manuel

Vallejo, y representaba en su compañía. El cronista de la hermandad de

Nuestra Señora de la Novena, cuenta que en el año de 1631 entró María

Riquelme en la cofradía, y que á causa de su belleza, y de su talento

divino para la escena, había estado expuesta á las pretensiones de

muchos galanes; pero que jamás se oyó nada que perjudicase en lo más

mínimo á su honra, sino que, antes bien, su vida fué ejemplar como la de

una santa. La fama de honradez de la Riquelme se aumentó más después,

por vivir tranquila y consagrada á la religión desde la muerte de su

marido, abandonando el teatro y domiciliándose en Barcelona, en donde

murió en 1656.

[Illustration]

[Illustration]

CAPÍTULO XXXII.

Otros actores famosos de la época de Lope de Vega.--El teatro

español en el extranjero.

Semejante á la de la Riquelme es la vida de Francisca Baltasara,

particularmente inimitable en el desempeño de papeles de damas

disfrazadas de hombre. Fué mujer del gracioso Miguel Ruiz, y reputada

como una de las joyas más bellas del teatro español. Cuando su renombre

era más grande tomó la resolución repentina, no sólo de renunciar á sus

triunfos, sino de decir adiós al mundo. Retiróse á una soledad, en donde

pasó el resto de sus días en prácticas piadosas y en ejercicios

expiatorios, muriendo en olor de santidad. Un escritor de esa época

refiere que, á su muerte, tocaron por sí mismas las campanas, y que, al

dar sepultura á su cadáver, sucedieron otros milagros. La vida y muerte

de esta actriz sirvió para la composición de varias comedias, escritas

por Guevara, Antonio Coello y Francisco de Rojas, cuyo título y

protagonista eran _La Baltasara_.

Otra actriz muy célebre fué Angela Dido, cuyo sobrenombre recibió á

causa de la habilidad extraordinaria con que representaba el papel de

Dido, reina de Cartago, en la tragedia del mismo nombre, de Guillén de

Castro. Nos concretaremos ahora á indicar sólo los nombres de los más

célebres cómicos y cómicas del tiempo de Lope de Vega.

Juan Rana, según Caramuel el cómico más notable de cuantos hubo en el

teatro español, floreció en los reinados de Felipe III y Felipe IV.

Heredia, actor y director de compañía, ya muy famoso á principios del

siglo XVII; su esposa, también muy renombrada, María de Heredia, le

sobrevivió largo tiempo, y murió en Nápoles en 1658. Cristóbal de

Avendaño, que falleció en 1635, y Tomás Fernando Cabredo en 1634,

fundadores los dos de la cofradía de Nuestra Señora de la Novena.

Cristóbal Santiago Ortiz, Valdés, Sánchez, Pedro Cebrián, Melchor de

León, Porras, Santander, Miguel Ramírez, Cristóbal, Cintor, Jerónimo

López, Juana de Villalba, Micaela de Luján, Ana Muñoz, Jerónima de

Burgos, Polonia Pérez, María de los Angeles y María de Morales.

Para ilustración y complemento de las noticias antes insertas acerca de

la vida de los cómicos españoles, puede verse el pasaje que copiamos del

_Gran tacaño_, de Quevedo. Don Pablo refiere, en el cap. 22 de esta

novela picaresca, lo siguiente:

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo IV · 第 3 / 25 段