Cuando la inteligencia busca un verdadero ser, no lo encuentra sino en

los elementos; y al querer percibir la relacion de estos, se ve

precisada á echar mano de la unidad de forma.

[32.] La coexistencia en el tiempo es una relacion que por sí sola, no

da ni quita nada á los objetos. Estos tienen su existencia independiente

de dicha relacion: para que coexistan es necesario que existan. La

relacion solo significa algo perceptible por el entendimiento, en cuanto

se presenta á este bajo la unidad: que en tal caso es unidad de tiempo,

así como en el anterior, era unidad de espacio.

[33.] La asociacion de actividades tampoco significa nada concebible,

sino en cuanto expresa la convergencia de las fuerzas hácia un mismo

objeto. Si faltase la unidad del punto de direccion, la reunion no

espresaria nada; y la inteligencia tendria por objeto las actividades

dispersas sin ninguna relacion.

[34.] Queda pues demostrado que la unidad es una ley de nuestro

entendimiento, fundada en la misma naturaleza de las cosas. El ser

absoluto no se encuentra en lo compuesto sino en lo simple; y el ser

relativo no es ni siquiera concebible, sino en cuanto está sometido á la

unidad.

[35.] El otro orígen de la tendencia de nuestro espíritu hácia la

unidad, le encontramos en la naturaleza del mismo. Él en sí, es uno,

simple, y por consiguiente procura asimilárselo todo en esa unidad y

simplicidad. Bajo la variedad inmensa de los fenómenos sensibles,

intelectuales y morales, que experimenta sin cesar, se siente uno en

medio de la multiplicidad, permanente al través de la sucesion. La

identidad del _yo_ le está atestiguada por el sentido íntimo con una

certeza irresistible. Esa unidad, esa identidad, es tan cierta, tan

evidente para el niño que comienza á sentir dolor ó placer, y que está

seguro de que es él mismo quien experimenta ambas impresiones, como para

el filósofo que ha invertido largos años en investigaciones profundas

sobre la idea del _yo_ y la unidad de la conciencia.

La unidad y simplicidad que experimentamos en nosotros, nos obligan á

reducir lo compuesto á lo simple, y lo múltiplo á lo uno. La percepcion

de las cosas mas compuestas se refiere á una conciencia esencialmente

una: aun cuando percibiésemos con un solo acto toda la complicacion que

hay en el universo, este acto seria simplicísimo, pues que nó de otro

modo podria el _yo_ decir: _yo percibo_.

[36.] Existen pues dos razones para que nuestro espíritu busque en todo

la unidad. La inteligibilidad de los objetos no existe sino en cuanto

están sometidos á una cierta unidad perceptible, á una forma bajo la

cual lo múltiplo se haga uno y lo compuesto simple. El objeto del

entendimiento es el ser; y el ser está en lo simple. Lo compuesto

envuelve un conjunto de elementos simples, con la relacion que se llama

_union_: pero esta no forma objeto perceptible, sino en cuanto se

presenta bajo cierta unidad.

La inteligencia es inconcebible en el sujeto, sin la indivisible unidad

de la conciencia. Todo ser inteligente necesita este vínculo que une la

variedad de los fenómenos, de que es sujeto: si llegase á faltar dicha

unidad, estos fenómenos serian un conjunto informe, sin ninguna relacion

entre sí; serian actos intelectuales sin un ser inteligente.

La tendencia á la unidad nace de la perfeccion de nuestro espíritu, y es

en sí misma una perfeccion: pero es necesario guardarse de extraviarla,

buscando una unidad real, donde solo podemos encontrarla facticia. De

esta exageracion dimana un error funesto, el error de nuestra época, el

panteismo. La unidad está en nuestro espíritu; está en la esencia

infinita, causa de todos los seres finitos; pero no está en el conjunto

de estos seres, que aunque unidos por muchos lazos, no dejan de ser

distintos. En el mundo hay unidad de órden, unidad de armonía, unidad de

orígen, unidad de fin; pero no hay unidad absoluta. En la unidad

armónica entra tambien el número, el cual es incompatible con esa unidad

absoluta, que combaten á un mismo tiempo la experiencia y la razon.

CAPÍTULO V.

GENERACION DE LA IDEA DEL NÚMERO.

[37.] La unidad es el primer elemento del número, mas por sí sola no

constituye el número: este no es la unidad, sino la coleccion de

unidades.

[38.] El dos, ya es número. ¿Qué es la idea del dos? Salta á la vista

que esta idea no se confunde con su signo: los signos son muchos y muy

diferentes; ella es una, y siempre la misma.

[39.] A primera vista parece que la idea del dos es independiente del

modo de su generacion; y que siendo única se puede formar por adicion ó

sustraccion; sumando uno con uno; ó restando uno de tres. 1+1=2; 3-1=2.

Pero reflexionando sobre estas dos expresiones se descubre que la

segunda es imposible sin la primera. No sabríamos que 3-1=2, si no

supiéramos que el dos entra en la composicion del tres, y de qué modo;

nada de esto puede sernos conocido, si no tenemos de antemano idea del

dos. La idea de suma es pues esencial á la idea del dos: y esta no es

mas que la percepcion de dicha suma.

[40.] La idea del dos no es sensacion, pues que se extiende á lo

sensible como á lo insensible, á lo simultáneo como á lo sucesivo. Su

objeto es compuesto; ella en sí, es simple.

[41.] Como en el dos la coleccion es de pocos objetos, la imaginacion

puede representarse lo que el entendimiento percibe; así la idea nos

parece mas clara, porque tiene delante una representacion, en que puede

sensibilizarse. La idea de adicion hecha _in facto_, es decir la de

suma, entra en la idea del dos; mas nó la adicion _in fieri_. Tenemos de

este número una idea clarísima, sin pensar en uno mas uno,

sucesivamente.

[42.] La idea del dos se refiere así á lo simultáneo como á lo sucesivo;

pero nuestro espíritu no la descubre en las cosas hasta que se ha puesto

la última. Esta percepcion tiene por objeto la relacion de las cosas

reunidas; el entendimiento las percibe como tales, y solo entonces tiene

idea del dos.

[43.] La percepcion sucesiva, ó simultánea de dos objetos, si no está

acompañada de relacion, no es idea del dos. En esto se funda lo que

suele decirse de que un hombre y un caballo no hacen dos, sino uno y

uno: porque entonces se presentan al entendimiento el hombre y el

caballo, nó por lo que se parecen, sino por lo que se diferencian; y

solo forman número cuando se ofrecen al espíritu bajo una idea comun.

Así, prescindiendo de su diferencia, y considerados solo como animales,

ó seres corpóreos, ó seres, ó cosas, forman dos.

[44.] No hay pues número cuando entre los objetos no hay semejanza, ó no

están comprendidos de algun modo bajo una idea comun. El número por

excelencia es el abstracto; porque prescindiendo de lo que distingue las

cosas numeradas, las considera únicamente como seres, y por tanto como

semejantes, como contenidas bajo la idea general de ser. Los números

concretos, no son números, sino cuando participan de esta propiedad.

_Dos_, que puede aplicarse á un caballo y un caballo, no es aplicable á

un caballo y un hombre; pero lo es, si no pensando en la diferencia de

racional é irracional, los confundo en la idea de animal. El número

concreto necesita una denominacion comun; de lo contrario no es número.

[45.] En la idea del dos, entra la de distincion; es decir la de que un

objeto no sea otro: por manera que envuelve por necesidad una afirmacion

y una negacion. Afirmacion de la existencia, real, ó posible, ó

imaginada, de los objetos contados; negacion del uno con respecto al

otro. La afirmacion, sin distincion, sin negacion, envuelve la

identidad. Las dos ideas de identidad y de distincion entran en la del

dos, y de todo número. Identidad de cada extremo para consigo;

distincion de ellos entre sí. La identidad en la cosa es la cosa misma;

la identidad en la idea es la simple percepcion de la cosa. La

distincion en la cosa es la negacion con respecto á otra; la distincion

en la idea, es la percepcion de la negacion. Cuando percibimos una cosa

siempre la percibimos idéntica: y por tanto la idea de unidad está

contenida en toda percepcion. Cuando percibimos una cosa, no siempre

atendemos á su negacion con respecto á otra, y por tanto no siempre

percibimos el número. La idea de este nace al hacer la comparacion;

cuando vemos un objeto que no es otro.

[46.] En la idea del dos entran las siguientes: ser, distincion,

semejanza. Ser, porque la nada no se cuenta. Distincion, ó negacion de

que uno sea otro; porque lo idéntico no forma número. Semejanza; porque

solo se numeran las cosas, en cuanto se prescinde de su diferencia. El

ser es la base de la percepcion. La distincion es la base de la

comparacion. La semejanza es la base de la reunion. La percepcion

comienza por la unidad, sigue por la distincion, y acaba por la

semejanza, que es una especie de unidad. La percepcion de esta semejanza

hace reunir lo distinto. La reunion no siempre está en las cosas, basta

que se halle en la idea que las comprende. Los polos del mundo son dos,

y no están reunidos. Para la percepcion del número dos, no basta

percibir simplemente los objetos, es necesario poder compararlos y en

seguida reunirlos en una idea comun. Luego esta percepcion exige

comparacion y abstraccion, y hé aquí por qué los animales son incapaces

de contar. Ellos no comparan ni generalizan.

[47.] El análisis de la idea del dos, es el análisis de todos los

números; la diferencia no está en su naturaleza, sino en el mas y en el

menos. Está en la repeticion de las mismas percepciones.

[48.] Aquí se ofrece una cuestion: ¿el número se halla en las cosas ó

solo en el espíritu? Está en las cosas como en su fundamento, porque en

las cosas están la distincion, y la semejanza; es decir el no ser la una

la otra, y el tener ambas una cosa comun. Está en el espíritu, que

percibe este ser y no ser.

[49.] Percibida la distincion y la reunion de dos objetos, podemos

percibir todavía un objeto, que no sea ninguno de ellos, y que pueda ser

contenido con ellos en una idea general. Esta es la percepcion ó la idea

del tres. Imagínense todos los números que se quiera, y no se encontrará

en ellos otra cosa, que percepcion simultánea de objetos, de distincion

de objetos, de semejanza de objetos. Cuando estos se determinan, el

número es concreto; cuando se comprenden en la idea general de ser, de

cosa, el número es abstracto.

[50.] La limitacion de nuestro espíritu hace que ni pueda comparar

muchos objetos á un tiempo, ni recordar fácilmente las comparaciones que

haya hecho. Para auxiliar la percepcion de estas relaciones, y la

memoria, empleamos los signos. En pasando de tres ó cuatro, ya falta la

fuerza para una percepcion simultánea; entonces dividimos el objeto en

grupos que nos sirven de nuevas unidades, y estos grupos los expresamos

por signos. En el sistema decimal se ve claro que el grupo general es el

diez; pero antes de llegar á él ya hemos formado otros subalternos, pues

para contar el diez no decimos uno mas uno, mas uno etc. etc.; sino uno

mas uno, dos. Dos mas uno, tres. Tres mas uno, cuatro etc. etc. En lo

que se ve que á medida que añadimos una unidad, formamos un nuevo

grupo, que á su vez nos sirve para formar otro. Con el dos formamos el

tres; con el tres el cuatro y así sucesivamente. Esto da una idea de la

relacion de los números con sus signos; pero la importancia de la

materia exige ulteriores explicaciones, que daré en los capítulos

siguientes.

CAPÍTULO VI.

VINCULACION DE LAS IDEAS DE LOS NÚMEROS CON LOS SIGNOS.

[51.] La vinculacion de las ideas é impresiones en un signo, es uno de

los fenómenos intelectuales mas curiosos; y al propio tiempo, uno de los

mejores auxiliares de nuestro espíritu. Sin esta vinculacion, apenas

podríamos pensar en objetos algo complexos: y sobre todo, la memoria

seria sumamente limitada (V. lib. IV. cap. XXVIII y XXIX).

[52.] Condillac, que ha hecho excelentes observaciones sobre esta

materia, las aplica de una manera especial á los números, haciendo notar

que sin signos no podríamos contar sino un número muy corto, que segun

él, no pasaria de tres ó cuatro. En efecto: supóngase que no tenemos

mas signo que el de la unidad; podemos contar fácilmente el dos,

diciendo uno y uno. Como no hay mas que dos ideas, nos es fácil

asegurarnos de que hemos repetido dos veces el uno. Pero si hemos de

contar, hasta tres, diciendo uno y uno y uno, ya no es tan fácil

asegurarnos de la exactitud de la repeticion; pero todavía no es

difícil. Ya lo es algun tanto con el cuatro; y es poco menos que

imposible en llegando por ejemplo á diez. Hágase un esfuerzo por

prescindir de los signos, y se verá que no es posible formarse idea de

un diez con la repeticion del uno; y que no es dable asegurarse de que

el uno se ha repetido diez veces, si no se emplea algun signo.

[53.] Suponiendo inventado el signo dos, ya las dificultades disminuyen

por mitad. Así el tres, será mucho mas fácil diciendo dos y uno, que

diciendo uno, uno y uno. El cuatro en este caso, no será mas difícil que

el dos en el primero; pues así como para el dos decíamos uno y uno, para

el cuatro diremos, dos y dos. La atencion que se habia de dividir en la

repeticion de cuatro veces uno se dividirá solo en dos. El seis que en

el primer supuesto era un número muy difícil de contar, será ahora tan

fácil como antes lo era el tres; pues repitiendo dos, dos y dos, se

tendrá seis. La atencion que antes se dividia en seis signos, se divide

ahora en solo tres. Es evidente que si se continúa inventando los

nombres, tres, cuatro y demás que expresen distintas colecciones, se irá

facilitando la numeracion hasta llegar á la sencillez de la que ahora

empleamos, llamada decimal.

[54.] Ocurre aquí una cuestion: ¿el sistema actual es el mas perfecto

posible? Si la facilidad depende de la distribucion de las colecciones

en signos, ¿cabe perfeccionar esta distribucion? Puede hablarse de

nuevos signos para designar nuevas colecciones; ó de la combinacion de

ellos. Nada hay que inventar para significar nuevas colecciones, pues

que con nuestro sistema no hay número que no podamos expresar. Para las

mismas colecciones, podrian inventarse nuevos signos; esas mismas

colecciones podrian quizás distribuirse de otra manera mas sencilla y

mas cómoda. En esto último admito la posibilidad de un adelanto, aunque

me parece difícil: en lo primero nó. En una palabra: el progreso puede

estar en expresar mejor, nó en expresar mas.

[55.] El signo vincula muchas ideas que sin él no tendrian enlace: de

aquí su necesidad en muchos casos; de aquí su utilidad en todos. Con la

palabra ciento, ó su cifra 100, yo sé muy bien que tengo la repeticion

de uno, uno, uno, hasta ciento. Si este auxilio me faltase, me seria

imposible hablar del ciento, ni calcular sobre él, ni aun formarle.

Porque si bien se observa, no llego á su formacion sino pasando por

diez, y repitiendo la coleccion diez, otras diez veces.

[56.] Mas no se crea por esto que la idea del número sea la idea del

signo: porque es evidente que la misma idea del diez corresponde á la

palabra hablada diez, á la escrita, y á la cifra 10; que son tres

signos muy diferentes. Cada lengua tiene su palabra propia para expresar

el diez, y la idea es una misma en todos los pueblos.

[57.] De esta última consideracion nace una dificultad particular; ¿en

qué consiste la idea del diez? No podemos decir que sea el recuerdo de

la repeticion de uno, uno, hasta diez veces: 1.º porque en este recuerdo

no pensamos, cuando pensamos en el diez. 2.º Porque por lo dicho (52)

nos es imposible un recuerdo claro de esta repeticion. Tampoco es la

idea del signo; porque cuando se ha inventado el signo, existia ya la

idea significada; de lo contrario la invencion no tenia objeto, y hasta

era imposible. No hay signo cuando no hay nada que significar.

La idea del número encierra mas dificultades de lo que creyó Condillac;

quien, si despues de haber analizado con sagacidad lo que facilita la

numeracion, hubiese meditado profundamente sobre la idea misma, no

habria reprendido tan fácilmente á san Agustin, á Malebranche, y á toda

la escuela platónica, por haber dicho que los números percibidos por el

entendimiento puro, eran algo muy superior á los percibidos por los

sentidos.

CAPÍTULO VII.

ANÁLISIS DE LA IDEA DEL NÚMERO, EN SÍ Y EN SUS RELACIONES CON LOS

SIGNOS.

[58.] Para concebir con toda claridad lo que es la idea del número, y

cómo se engendra en nuestro espíritu, enseñemos á contar á un sordo

mudo.

La idea de unidad, no se la podemos dar mejor que presentándole un

objeto. Veamos ahora cómo le daremos la del dos. Mostrémosle dos dedos;

despues dos naranjas; despues dos libros; y en cada una de estas

operaciones, hágase un signo cualquiera, pero siempre el mismo.

Repitiéndose esta operacion muchas veces, el sordo mudo unirá la idea de

dos á la del signo, y con la una se le excitará la otra. Para indicaros

que ha visto dos objetos cualesquiera, procurará acompañar la expresion

del objeto con el signo de dos. Lo mismo sucederá con el tres, y con el

cuatro. En llegando á números mas altos, ya el signo se hace mas

indispensable; ya la idea del número no se representa tan fácilmente, y

por tanto le será todavía mas necesario el vincularla. Lo que haremos

para dar cuenta de los números al sordo mudo; lo que hace él propio para

expresar el número que concibe, esto hacemos todos para dárnosla á

nosotros mismos.

[59.] La numeracion es una repeticion de operaciones; y el arte para

facilitarla consiste en dejar señales que nos recuerden lo que hemos

hecho. Es un laberinto muy complicado; podemos recorrerle todo con

seguridad de volver, si á medida que adelantamos, tenemos el cuidado de

marcar el camino.

La admirable sencillez del sistema decimal, unida á su inagotable

variedad, es la causa de la facilidad y fecundidad de nuestra

aritmética. El álgebra que ha dado un paso mas, que expresa los números

sin determinarlos, y que presenta los resultados de las operaciones sin

borrar la huella del camino por donde se ha llegado á ellos, es muy

superior á la aritmética, y ha hecho dar agigantados pasos al espíritu

humano. ¿Con qué medio? Solo auxiliando la memoria. De suerte, que el

mismo principio que guia al niño para decir cuatro y uno cinco; en vez

de decir uno y uno etc. etc.; el mismo que guia al mudo para que exprese

el cinco por una mano; el ciento por un grano, por un nudo etc. etc.,

guia al algebrista que expresa por una fórmula fácil de retener en la

memoria, el resultado de prolijas operaciones. Ambos alcanzan su objeto,

con solo auxiliar la memoria. Para el mudo, un grano de maíz expresará

la idea del ciento, que luego aplicará á todos las colecciones

semejantes; para el matemático algunas letras combinadas de una manera

sencilla, expresarán una propiedad de ciertas cantidades, que luego

aplicará á todas las que se hallen en el mismo caso.

[60.] La numeracion no es mas que un conjunto de fórmulas; cuanto mas

fáciles sean de trasformarse la una en la otra con una ligera

modificacion, tanto la numeracion será mas perfecta. Cuanto mejor se

conocen las relaciones de estas fórmulas, y el modo de transformarlas,

tanto mas se sabe contar. Cuanto mas fuerza intelectual hay para dirigir

simultáneamente la atencion á muchas fórmulas, comparándolas, hay mas

perfeccion aritmética, porque la simultánea comparacion de muchas hace

percibir nuevas relaciones.

[61.] ¿Qué es para mí la idea de ciento? Es la reunion de las unidades

que le componen, reunion que hice una ó mas veces, cuando me enseñaron á

contar. ¿Y cómo sé que es la misma? Porque me dieron una fórmula, la

llamaron ciento, y me la expresaron con una cifra 100; y como esta

fórmula es muy fácil de recordar, recuerdo con facilidad la idea del

ciento y todas las propiedades que se han ligado con ella, aunque haya

sido por una sola vez. Me preguntan si el ciento es mayor que noventa;

si hubiese de contar uno, mas uno, mas uno, perderia la cuenta, y jamás

llegaria á distinguir cuál es mayor; pero como sé que para llegar á la

fórmula ciento, pasamos antes por otra fórmula, noventa, y que esto era

creciendo, sé muy bien con una vez para todas, que por el ciento

expresamos el noventa y algo mas, es decir que el ciento es mayor que

el noventa. Si me preguntan cuánto es el exceso, tampoco lo buscaré por

uno, mas uno etc. etc., sino por la relacion de las dos fórmulas noventa

y diez, con las que compuse la fórmula ciento.

[62.] En la generalizacion reunimos en una idea muchas cosas semejantes.

La idea general, es una especie de fórmula. En la numeracion reunimos en

un signo, muchas cosas, que convienen en una idea general, pero este

signo representa al propio tiempo su distincion respectiva. Así la idea

general, conviene á todos los particulares como predicado: el número, no

conviene á ninguno en particular, sino á todos juntos. En la abstraccion

percibimos una propiedad comun, y prescindimos de los particulares que

nos la han suministrado; en la numeracion, percibimos la semejanza, pero

siempre con la distincion. En la abstraccion hay el resultado de la

comparacion; mas nó la comparacion. En la numeracion hay la comparacion

perenne, ó el recuerdo de ella.

[63.] La idea del número no es convencional, el ciento es siempre

ciento, con todas sus propiedades y relaciones, anteriormente á toda

convencion, y aun á toda percepcion humana. Lo que hay convencional es

el signo, nada mas. Si no existiendo ninguna criatura intelectual,

existiesen cien seres distintos entre sí, habria en la realidad el

número. En el augusto misterio de la Trinidad existe el número tres,

desde toda la eternidad, por una necesidad absoluta. Para el número,

basta la existencia de cosas distintas; pues por mas diferentes que sean

entre sí, tendrán algo comun, que podrá ser contenido en una idea

general, el ser, y por tanto reunirán las dos condiciones necesarias

para formar número.

[64.] La percepcion del ser y de la distincion, es decir del ser

substantivo y del no ser relativo, es la percepcion del número; la

ciencia de las relaciones de cada coleccion con su medida que es la

unidad, es la ciencia de los números.

FIN DEL LIBRO SEXTO.

LIBRO SÉPTIMO.

EL TIEMPO.

CAPÍTULO I.

IMPORTANCIA Y DIFICULTAD DE LA MATERIA.

[1.] La explicacion de la idea del tiempo no es una mera curiosidad, es

un objeto de la mas alta importancia. Basta para convencerse de ello el

considerar, que se interesa en la explicacion todo el edificio de los

conocimientos humanos. El principio mas fundamental, el indispensable

para que los demás se sostengan, encierra la idea del tiempo. Es

imposible que una cosa sea y no sea á _un mismo tiempo_. «Impossibile

est idem _simul_ esse, et non esse.» La imposibilidad de ser y no ser,

solo subsiste, por el _simul, á un mismo tiempo_. Luego la idea del

tiempo entra por necesidad en el mismo principio de contradiccion.

[2.] La idea del tiempo se mezcla en todas nuestras percepciones; se

extiende á muchos mas objetos que la del espacio. Con el tiempo medimos,

no solo el movimiento de los cuerpos, sino tambien las operaciones del

espíritu. Concebimos que se mide con el tiempo una serie de

pensamientos, lo mismo que una serie de movimientos corpóreos.

[3.] En la idea del tiempo entra por necesidad la de sucesion; y

recíprocamente, en la de sucesion, entra por necesidad la de tiempo.

Podemos concebir que una cosa _sucede_ á otra; pero esta sucesion es

imposible, sin _antes y despues_, es decir, sin tiempo. Este cálculo

vicioso en apariencia, tal vez indica que las ideas de sucesion y

tiempo, no se han de explicar la una por la otra, porque son idénticas.

[4.] El tiempo no parece que pueda ser distinto de las cosas; porque

¿hay quien pueda pensar ni imaginar lo que es una duracion distinta de

lo que dura, una sucesion distinta de lo que sucede? ¿Será una

substancia? ¿Será una modificacion inherente á las cosas, pero distinta

de ellas? Todo lo que es algo, existe; y sin embargo, el tiempo no lo

encontrais existente nunca. Su naturaleza se compone de instantes

divisibles hasta lo infinito, esencialmente sucesivos, y por tanto

incapaces de simultaneidad. Fingid el instante mas pequeño que querais,

ese instante no existe; porque se compone de otros infinitamente

pequeños, que no pueden existir juntos. Para concebir un tiempo

existente, es necesario concebirle actual; y para esto es preciso

sorprenderle en un instante indivisible; mas este ya no es tiempo; ya

no envuelve sucesion; ya no es _duracion_ en que haya _antes y

despues_.

Filosofía Fundamental, Tomo III · 第 13 / 19 段