[180.] Experimentamos con bastante frecuencia que nos ocurren

instantáneamente una muchedumbre de ideas, que luego se desenvuelven en

un discurso: así lo vemos en aquellas réplicas prontas, vivas, excitadas

por una palabra, un hecho, ó un gesto que ha contrariado nuestras

opiniones, ó herido nuestros sentimientos. Al replicar, nos es imposible

haber hablado interiormente; pues que la instantaneidad con que

replicamos no nos consiente el hacerlo. ¿Cuántas veces al oir un

raciocinio, notamos al instante un vicio, que si tuviéramos que explicar

con palabras nos obligaria á un discurso? ¿cuántas veces, al

proponérsenos una dificultad, vemos al instante la solucion, que nos es

imposible expresar sin muchas palabras? ¿cuántas veces descubrimos á la

primera ojeada, el punto flaco de una razon, la fuerza de un argumento,

la facilidad de retorcerle contra el que le propone, y todo esto sin

medir ninguno de los intervalos necesarios para la locucion externa ó

interna? De esto proviene que en dichos casos, el pensamiento que asalta

se expresa con un gesto, una mirada, un movimiento de cabeza, un _sí_,

un _nó_, una exclamacion, ú otros signos semejantes; todos mucho mas

veloces de lo que podrian serlo las palabras, con que se expusiera el

pensamiento.

[181.] Aclaremos esta observacion con algunos ejemplos. Uno dice: «todos

los hombres son naturalmente iguales.» El sentido de esta proposicion no

podia saberse cuál era, hasta sonar la palabra _iguales_: ¿cómo es que

un hombre entendido y juicioso, dirá _nó_, por un impulso instantáneo,

y tomará la palabra al momento, y desvanecerá con mucha copia de

razones el vago tema del declamador? El entendimiento estaba en suspenso

hasta la palabra _naturalmente_; nada habia que manifestase el sentido

de la proposicion, puesto que en vez de _iguales_, podia haberse dicho,

débiles, mortales, inconstantes etc. etc., pero suena la palabra

_iguales_; é instantáneamente el entendimiento dice _nó_, sin que haya

tenido tiempo de emplear una locucion externa ni interna. Luego es

imposible el exacto paralelismo que algunos suponen entre las ideas y

las palabras; y los que le defienden, caen en una exageracion

incompatible con la experiencia.

Otro dice: «la justicia no tiene mas regla que el límite de la fuerza.»

El _nó_ instantáneo con que replican todos los que tengan ideas morales,

¿ha necesitado por ventura alguna locucion interior, la ha consentido

siquiera? Es verdad que cuando se explique lo que se expresa por aquel

_nó_, y en qué se le funda, se emplearán muchas palabras; y que si se

reflexiona sobre la proposicion, se hablará interiormente; pero todo

esto es independiente de aquel acto intelectual, significado por el

_nó_, y que se habria expresado mas brevemente si hubiera sido posible.

Otro dice: «Si el hecho está atestiguado por los sentidos será

verdadero; y si es verdadero, los sentidos le atestiguarán.» El oyente

asentia á la primera parte de la proposicion; y estaba suspenso en

cuanto á la segunda, hasta que suena la palabra _atestiguarán_.

Entonces un _nó_ instantáneo sale de sus labios, ó se expresa con un

gesto negativo: ¿ha precedido locucion interior? nó, ni era posible que

precediese. Las palabras expresivas de aquel acto intelectual serian

estas: «no es verdad que todo hecho haya de ser atestiguado por los

sentidos; pues que hay hechos muy verdaderos, que no pertenecen á la

sensibilidad.» Véase si estas palabras, ú otras semejantes, son

compatibles con la instantaneidad del _nó_.

[182.] Se me objetará tal vez, que una cosa es la negacion, y otra la

razon de la negacion; que para la primera, bastaba el simple _nó_, y que

solo para la segunda eran menester las palabras ulteriores. Pero en esto

hay una equivocacion: cuando se ha dicho el _nó_, se ha dicho con

motivo; y este era la vision de la inconsecuencia que luego se ha

expresado con las palabras. De otro modo, seria preciso admitir que el

juicio negativo era un juicio ciego, sin ninguna razon. Ahora bien: esta

razon, fundamento del juicio, aun expresada del modo mas lacónico

posible, necesita de algunas palabras; las que no han tenido tiempo de

formarse ni exterior ni interiormente. Esta es cuestion de cálculo. El

que oia la proposicion, no podia saber lo que se expresaria en ella,

hasta que se pronunció la palabra _atestiguarán_, y con punto final.

Antes de llegar á la palabra _atestiguarán_, ignoraba el sentido de la

proposicion, no le era dable formar ningun juicio, pues que el otro en

vez de decir «si es verdad, los sentidos, _lo atestiguarán_» podia haber

dicho: si es verdad, los sentidos _no lo desmentirán_.

He hablado del _punto final_, para manifestar la instantaneidad de la

percepcion y del juicio, haciendo ver que el entendimiento no se

determina, hasta el último instante. En efecto: supongamos que se

hubiese empleado la misma palabra _atestiguarán_, sin punto final,

diciendo: «si es verdad, los sentidos _lo atestiguarán_, si este hecho

cae bajo su jurisdiccion.» Las palabras son las mismas, y no obstante no

provocan un juicio negativo: y por qué? porque el interlocutor continúa.

Si hubiese cesado de hablar, ó hubiese empleado aquella inflexion de

voz, que indica la terminacion del período, el _nó_ hubiera surgido como

un relámpago. El mismo efecto, que la pausa y el acento en la voz,

producen una coma, ó un punto, en la escritura. Al ver estas señales,

juzgamos instantáneamente, con una velocidad incomparablemente mayor que

toda locucion externa ó interna.

Fácil seria multiplicar los ejemplos en que se manifestase la

superioridad que lleva el pensamiento á la palabra, en punto á

velocidad; pero considero bastantes los aducidos, para demostrar que hay

alguna exageracion en el dicho de que «el hombre, antes de hablar su

pensamiento, piensa su palabra;» si se entiende que sea imposible todo

pensamiento sin una palabra pensada.

CAPÍTULO XXIX.

ORÍGEN Y CARÁCTER DE LA RELACION ENTRE EL LENGUAJE Y LAS IDEAS.

[183.] Parece que muchas ideas son como las sensaciones y los

sentimientos; hechos simples que no podemos descomponer y que por lo

mismo no alcanzamos á explicar con palabras (Lib. IV, cap. V). Estas

aclaran las ideas; ¿pero no podria decirse que algunas veces las

confunden? cuando se habla de una idea, se reflexiona sobre ella; y ya

hice notar (Lib. I, cap. III y XXIII) que la fuerza refleja de nuestros

actos perceptivos era muy inferior á la directa.

[184.] He pensado algunas veces, que quizás sabemos cosas que creemos

ignorar, é ignoramos otras que pensamos saber. Lo cierto es que hay

muchas ideas sobre las cuales se ha disputado en todas las escuelas

filosóficas, sin que se haya obtenido un resultado satisfactorio; y no

obstante estas ideas deben de ser bastante claras para nuestro espíritu,

puesto que todos las empleamos continuamente sin equivocarnos nunca. Los

filósofos no han llegado á ponerse de acuerdo sobre las ideas de espacio

y tiempo; y sin embargo el hombre mas ignorante se sirve de estas

palabras, y las aplica con exactitud, en todos los casos que se le

ofrecen. Esto parece probar que la dificultad no está en la idea, sino

en la explicacion de la misma.

[185.] Se ha notado que en el lenguaje comun hay mucha verdad y

exactitud; por manera que el observador se asombra al profundizar en la

recóndita sabiduría que se oculta en una lengua: tantas, tan varias y

delicadas son las gradaciones en que se distribuye el sentido de las

palabras. Esto no es fruto de la reflexion, es obra de la razon operando

directamente, y por tanto valiéndose de las ideas sin reflexionar sobre

las mismas.

[186.] En las investigaciones ideológicas se quiere idea de la idea; y

no se advierte que si esto es necesario á la ciencia, se podrá exigir

otra idea de la otra idea, y así proceder hasta lo infinito. Debiérase

tener presente que cuando se trata de hechos simples, tanto externos

como internos, no cabe otra explicacion que designarlos.

[187.] Las _ideas-imágenes_ son una fuente de error; y probablemente no

lo son menos las ideas explicables con palabras. La _idea-imágen_ induce

á creer que no hay mas ideas en nuestro espíritu que las

representaciones sensibles; y el suponer que toda idea puede expresarse

con palabras hace que nos figuremos compuesto lo que es simple, y

atribuyamos al fondo lo que solo corresponde á la forma.

[188.] Una idea compuesta parece ser un conjunto, ó mas bien una serie

eslabonada de ideas, que ó se excitan simultáneamente, ó se suceden con

mucha rapidez. Nuestro entendimiento necesita las palabras para ligar

este conjunto y retener el hilo con que le enlaza: de aquí es que cuando

la idea es simple, la palabra no es indispensable. Se dice que la

palabra es necesaria para _pensar_; tal vez se hablaria con mas

exactitud, diciendo que es necesaria para _recordar_.

[189.] Cuando el objeto de que nos ocupamos se ofrece á la intuicion

sensible, no hemos menester de la palabra. Al reflexionar sobre la línea

recta, sobre el ángulo, sobre el triángulo, podemos observar que nos

basta su representacion imaginaria, y que no necesitamos ligar estos

objetos con palabras. Lo mismo acontece al pensar en la unidad, ó en los

números, dos, tres y cuatro, que fácilmente nos representamos

sensiblemente. La necesidad de las palabras comienza cuando la

imaginacion no puede representarse distintamente los objetos, y es

preciso combinar varias ideas. Si no ligásemos á una palabra la idea de

un polígono de muchos lados, estaríamos en la mayor confusion, y nos

seria imposible discurrir sobre él.

[190.] Como nuestras facultades perceptivas, no crean sus objetos, sino

que están limitadas á combinarlos, y por otra parte nuestra percepcion

no es capaz de abarcar muchos á un tiempo; resulta que el ejercicio de

nuestras facultades, es por necesidad sucesivo, sirviendo de lazo á las

percepciones, la unidad de la conciencia. Esta, para asegurarse de lo

que en ella ha pasado, no tiene otro medio que ligar sus operaciones con

determinados signos, y de aquí dimana la necesidad de los signos

arbitrarios. Los signos han de ser sensibles, á causa de las relaciones

que ligan á nuestra inteligencia con las facultades sensitivas: por cuya

razon se observa que todo signo á que vinculamos una idea, puede ser

objeto de un sentido. La muchedumbre y variedad de las ideas y de sus

combinaciones, exigen un signo sumamente vario y flexible, y que á esta

variedad y flexibilidad, reuna ciertos caractéres que simplificándole,

hagan fácil su retencion en la memoria, y hé aquí las ventajas del

lenguaje: en medio de su asombrosa variedad, posee dichos caractéres en

las sílabas radicales. La conjugacion de un solo verbo nos ofrece un

número considerable de ideas muy diferentes; cuya retencion seria sobre

manera difícil, si no estuviesen ligadas por algun vínculo, cual es, la

sílaba radical: como es en el verbo amar, la sílaba _am_. Así es de

notar, que al aprender una lengua nos cuestan mucho mas trabajo los

verbos irregulares; y en los niños se observa tambien, que se equivocan

en las irregularidades. Yo compararia el lenguaje á un registro de

biblioteca; que será tanto mas perfecto cuanto mejor reuna la sencillez

y la variedad, para designar con exactitud las clases de los libros, y

los estantes donde se hallan.

[191.] _Sucesion de ideas y operaciones_, hé aquí el orígen de la

necesidad de un signo que las recuerde y ligue; _relacion de nuestro

entendimiento con las facultades sensitivas_; hé aquí la razon de que

los signos hayan de ser sensibles; _variedad y simplicidad del

lenguaje_, hé aquí su mérito, como signo de las ideas (V. Lib. I, cap.

XXVII).

CAPÍTULO XXX.

IDEAS INNATAS.

[192.] Hay entre los adversarios de las ideas innatas, diferencias

profundas. Los materialistas sostienen que el hombre lo recibe todo por

los sentidos, de tal manera que cuanto posee nuestro entendimiento no es

mas que el producto del organismo que se ha ido perfeccionando, como una

máquina adquiere con el uso, mayor facilidad y delicadeza de movimiento.

Nada suponen preexistente en el espíritu, sino la facultad de sentir;

mejor diremos, no admiten espíritu, sino un ser corpóreo cuyas funciones

producen naturalmente lo que se llama el desarrollo intelectual.

Los sensualistas, que no atribuian á la materia la facultad de pensar,

tampoco admitian ideas innatas; confesaban la existencia del espíritu,

pero solo le otorgaban facultades sensitivas: todo su caudal debia

sacarlo de las sensaciones, y no podia ser otra cosa que sensacion

transformada.

Contaban las ideas innatas con otros adversarios que no eran

materialistas, ni sensualistas. Tales eran los escolásticos, que

defendiendo por una parte el principio de que nada hay en el

entendimiento que antes no haya estado en el sentido, combatian por

otra, el materialismo y el sensualismo. La diferencia entre los

escolásticos y los defensores de las ideas innatas, quizás no hubiera

sido tanta como se cree, si la cuestion se hubiese planteado de otra

manera.

[193.] Los escolásticos consideraban las ideas como formas accidentales,

de suerte que un entendimiento con ideas, podia compararse á un lienzo

cubierto de figuras. Los defensores de las ideas innatas decian «en el

lienzo preexisten las figuras: para que se ofrezcan á la vista, basta

levantar el velo que las cubre.» Esta explicacion es algo dura, pues

contraría abiertamente la experiencia que atestigua: 1.º la necesidad de

la excitacion del entendimiento por las sensaciones; 2.º la elaboracion

intelectual que experimentamos al pensar, y que nos dice que hay dentro

de nosotros una especie de produccion de ideas.

«El lienzo está en blanco, decian los adversarios de las ideas innatas,

ved en prueba de ello, como trabaja de continuo el artista para cubrirle

de figuras.» Pero la doctrina de estos, ¿suponia por ventura que nada

absolutamente preexistiese á la experiencia? ¿Admitian que el hombre

fuese la simple obra de la instruccion y educacion? ¿Defendian que

nuestro mundo interior no fuese mas que una serie de fenómenos causados

por las impresiones, y que hubiese podido ser otro el órden intelectual,

si las impresiones hubieran sido otras? Nó ciertamente. Ellos admitian:

1.º una actividad interna, que se aprovechaba de la experiencia sensible

y que era excitada por ella; 2.º la necesidad de los primeros principios

intelectuales y morales; 3.º una luz interior que nos hace verlos,

cuando se nos presentan, y asentir á ellos con irresistible necesidad.

El «signatum est super nos lumen vultus tui Domine,» se halla citado á

cada página en estos autores.

[194.] Santo Tomás dice que es preciso que nos hayan sido comunicados

naturalmente, los primeros principios, tanto los especulativos, como los

prácticos; «Oportet igitur _naturaliter nobis esse indita_, sicut

principia speculabilium, ita et principia operabilium» (1. P.Q. 79. art.

12). En otro lugar, buscando si el alma conoce las cosas inmateriales en

las razones eternas, (in rationibus æternis), dice que la luz

intelectual, que hay en nosotros, es una semejanza participada de la luz

increada, en que se contienen las razones eternas. «Ipsum enim lumen

intellectuale, quod est in nobis, nihil est aliud, quam quædam

participata similitudo luminis increati, in quo continentur rationes

æternæ» (1. P.Q. 84. art. 5).

[195.] En estos pasajes se halla expresamente consignado que hay en

nosotros algo mas de lo adquirido por la experiencia, en lo cual

convienen los escolásticos con los defensores de las ideas innatas. La

diferencia entre ellos está en que los primeros consideran la luz

intelectual, como insuficiente para el conocimiento, cuando faltan las

formas ó _especies_, sobre que pueda reflejar; y los otros creen que en

esta misma luz van envueltas las ideas; aquellos, distinguen la luz de

los colores, estos los hacen brotar de la misma luz.

[196.] La cuestion de las ideas innatas agitada con tanto calor en las

escuelas filosóficas, no ofreceria tantas dificultades si se la

plantease con la debida claridad. Para esto seria menester clasificar de

la manera correspondiente los fenómenos internos llamados ideas; y

determinar con precision el sentido de la palabra _innatas_.

[197.] Por lo dicho anteriormente tenemos que hay en nuestro espíritu

representaciones sensibles; accion intelectual sobre ellas, ó ideas

geométricas; ideas intelectuales puras, intuitivas y no intuitivas; é

ideas generales determinadas é indeterminadas. Para mayor claridad

pondré un ejemplo de todos estos casos. Un triángulo particular

representado en mi imaginacion, hé aquí una representacion sensible;

acto intelectual perceptivo de la naturaleza del triángulo considerado

en general, hé aquí una idea relativa al órden sensible ó geométrica;

conocimiento de un acto mio de entendimiento ó de voluntad, hé aquí una

idea pura é intuitiva; inteligencia, voluntad, concebida en general, hé

aquí una idea general determinada; substancia, hé aquí una idea general

indeterminada (V. Cap. XII y XIII).

[198.] ¿Qué se entiende por innato? Lo no nacido, lo que el espíritu

posee, nó por trabajo propio, nó por impresiones venidas de lo exterior,

sino por don inmediato del Autor de su naturaleza. Lo innato pues se

opone á lo adquirido; y preguntar si hay ideas innatas, es preguntar si

antes de recibir impresiones y de ejercer ningun acto, tenemos ya en

nuestra mente las ideas.

[199.] No puede sostenerse que las representaciones sensibles sean

innatas. La experiencia atestigua que sin las impresiones de los órganos

no tenemos las representaciones que les corresponden; que una vez

puestos aquellos en accion de la manera conveniente, no podemos menos de

experimentarlas. Esto es general á todas las sensaciones, ya sean

actuales ya recordadas. Los que se empeñen en defender que las

representaciones sensibles existen en nuestra alma, anteriormente á

todas las impresiones orgánicas, sostienen una opinion que no pueden

apoyar ni con hechos de experiencia ni con razones _à priori_.

[200.] Es de notar que el argumento fundado en la imposibilidad de que

el cuerpo trasmita impresiones al espíritu, no prueba nada en favor de

la opinion que combatimos. Aun cuando el argumento fuera concluyente, no

se inferiria la necesidad de las ideas innatas; pues que con el sistema

de las causas ocasionales se salvaria la incomunicacion física del

cuerpo con el espíritu, y al propio tiempo se pudiera defender que las

ideas no preexistian, sino que han sido causadas á la presencia y con

ocasion de las afecciones orgánicas.

[201.] Las ideas relativas á las representaciones sensibles, parecen

consistir, nó en formas del entendimiento, sino en actos de este

ejercidos sobre dichas representaciones (V. Cap. XX). Llamar innatas á

estas ideas es contrariar la experiencia, y hasta desconocer la

naturaleza de las mismas. No pueden ejercerse dichos actos cuando les

falta el objeto que es la representacion sensible; y esta no existe sin

la impresion de los órganos corpóreos. Luego el apellidar innatas á

estas ideas, ó carece de sentido, ó no puede significar otra cosa que la

preexistencia de la actividad intelectual, desarrollada despues con la

presencia de las intuiciones sensibles.

[202.] Las ideas intuitivas que no se refieren á la sensibilidad, como

son las que tenemos al reflexionar sobre los actos de entender y querer,

tampoco pueden ser innatas. Lo que en este caso sirve de idea es el

mismo acto del entendimiento ó de la voluntad, que se presenta á nuestra

percepcion en la conciencia: decir pues que estas ideas son innatas,

equivale á decir que estos actos existian antes de existir. Aun cuando

la percepcion no se refiera á los actos presentes, sino á los

recordados, el argumento conserva la misma fuerza: porque no puede haber

recuerdo de ellos, sin que hayan preexistido; y siendo actos nuestros,

no pueden haber existido antes que los ejerciésemos.

[203.] Infiérese de esto que ninguna idea intuitiva es innata; pues que

la intuicion supone un objeto presentado á la facultad perceptiva.

[204.] Las ideas generales determinadas son las que se refieren á una

intuicion: luego no pueden existir antes que esta; y como por otra parte

la intuicion no es posible sin un acto, resulta que estas ideas no

pueden ser innatas.

[205.] Quedan por último las ideas generales indeterminadas, es decir,

aquellas que por sí solas no ofrecen al espíritu nada existente ni aun

posible (V. Cap. XXI). Si bien se observa el carácter de estas ideas, se

echará de ver que no son otra cosa que percepciones de un aspecto de los

objetos, considerados bajo una razon general. Es indudable que uno de

los caractéres de la inteligencia es la percepcion de estos aspectos;

pero tambien lo es que no se alcanza por qué hemos de figurarnos esas

ideas como una especie de formas preexistentes en nuestro espíritu, y

distintas de los actos con que ejerce su facultad perceptiva. No veo con

qué fundamento se puede afirmar que estas ideas son innatas, y que yacen

ocultas en nuestro espíritu anteriormente al desarrollo de toda

actividad, á manera de cuadros arrinconados en un museo no abierto

todavía á la curiosidad de los espectadores.

[206.] Parece que en vez de entregarnos á suposiciones semejantes,

debemos reconocer en el espíritu una actividad innata, con sujecion á

las leyes que le ha impuesto la infinita inteligencia que le ha criado.

Aun cuando se pretenda que las ideas son distintas de los actos

perceptivos, no hay necesidad de admitirlas preexistentes. Es verdad que

en tal caso será preciso reconocer en el espíritu una facultad

productiva de las especies representativas; de lo que tampoco nos

eximiríamos, identificando las ideas con las percepciones. Estas son

actos que brotan por decirlo así, del fondo de nuestra alma, y que

aparecen y desaparecen como las flores en la planta; y así de todos

modos hemos de reconocer en nosotros una fuerza, que colocada en las

debidas circunstancias, produce lo que antes no existia. Sin esto, no es

posible formarse idea de lo que es la actividad.

[207.] Resumiendo la doctrina emitida hasta aquí sobre las ideas

innatas, podremos formularla de la manera siguiente.

1.º Existen en nosotros facultades sensitivas que se desarrollan por

efecto, ó con ocasion, de las impresiones orgánicas.

2.º Nada sentimos sino con sujecion á las leyes del organismo.

3.º Las representaciones sensibles internas no pueden formarse de otros

elementos que de los suministrados por las sensaciones.

4.º Todo cuanto se diga sobre preexistencia de representaciones

sensibles, anteriormente á las impresiones orgánicas, á mas de carecer

de fundamento, está en contradiccion con la experiencia.

5.º Las ideas geométricas, ó sean las relativas á intuiciones sensibles,

no son innatas; puesto que son los actos del entendimiento que opera

sobre los materiales ofrecidos por la sensibilidad.

6.º Las ideas intuitivas del órden intelectual puro, no son innatas;

porque no son otra cosa que los actos de entendimiento ó voluntad,

ofrecidos á nuestra percepcion en la conciencia reflexiva.

7.º Las ideas generales determinadas no son innatas; puesto que son la

representacion de intuiciones, en las que se ha ejercido por necesidad

algun acto.

8.º Se afirma sin fundamento que sean innatas las ideas generales

indeterminadas; las cuales parecen ser los actos de la facultad

perceptiva de los objetos bajo una razon general.

9.º Lo que hay innato en nuestro espíritu es la actividad sensitiva y la

intelectual; pero ambas, para ponerse en movimiento, necesitan objetos

que las afecten.

10.º El desarrollo de esta actividad principia por las afecciones

orgánicas; y aunque va mucho mas allá de la esfera sensible, permanece

siempre mas ó menos sujeta á las condiciones que le impone la union del

espíritu con el cuerpo.

11.º La actividad intelectual tiene condiciones _à priori_, del todo

independientes de la sensibilidad; y que aplica á todos los objetos,

sean cuales fueren las impresiones que le causen. Entre estas

condiciones, figura como la primera, el principio de contradiccion.

Filosofía Fundamental, Tomo III · 第 8 / 19 段