No puede negarse que observamos en nuestro interior afecciones,

operaciones muy diferentes entre sí, que nacen de distintos objetos, y

producen resultados tambien muy diferentes; esto induce á establecer

distincion de facultades, y á separar en cierto modo sus funciones, para

que no se mezclen y confundan. Pero tampoco cabe duda en que todas las

operaciones y afecciones del alma, se ligan en un centro comun, como lo

atestigua la conciencia. Sea lo que fuere de la distincion de las

facultades entre sí, lo cierto es que la conciencia nos atestigua que es

uno mismo el ser que piensa, el que siente, el que quiere, el que hace ó

el que padece; lo cierto es que esa misma conciencia nos atestigua la

íntima comunicacion en que se hallan todas las operaciones del alma.

Instantáneamente reflexionamos sobre la impresion sentida,

instantáneamente experimentamos una sensacion agradable ó ingrata á

consecuencia de una reflexion que nos ocurre; pensamos sobre la

voluntad; queremos ó rechazamos el objeto del pensamiento; hay dentro de

nosotros un hervidero, por decirlo así, de fenómenos de diferentes

clases, que se enlazan, se modifican, se producen, se reproducen,

influyendo recíprocamente los unos sobre los otros en comunicacion

incesante. De todos tenemos conciencia, todos se hallan en un campo

comun, en ese _yo_, que los experimenta. ¿Qué necesidad hay pues, de

fingir seres intermedios para poner en comunicacion las facultades del

alma? ¿por qué esta con su actividad llamada entendimiento, no podrá

ocuparse inmediatamente de las afecciones y representaciones sensibles,

y de cuanto halla en su conciencia? Supuesto que esa conciencia, en su

indivisible unidad, comprende toda la variedad de los fenómenos

internos, no alcanzo por qué la actividad intelectual del alma no podria

referirse á todo cuanto ella encierra de activo ó de receptivo; sin que

sea necesario fingir especies que sirvan como de correos para comunicar

á unas facultades lo que está sucediendo en las otras.

[126.] El _entendimiento agente_ de los aristotélicos, admisible en

buena filosofía en cuanto significa una actividad del alma aplicada á

las representaciones sensibles, no lo parece tanto, si se le supone

productor de nuevas representaciones distintas del acto mismo

intelectual. El entender es todo actividad; la receptividad del alma no

tiene en ello mas parte que el proporcionar los materiales: los

conceptos elaborados en presencia de dichos materiales no parecen ser

otra cosa que el ejercicio de esa misma actividad, sujeta de una parte á

las condiciones entrañadas por la cosa entendida, y subordinada por otro

lado á las condiciones generales de toda inteligencia.

[127.] No quiero decir que el acto intelectual no se refiera á ningun

objeto: reemplazo la idea por otros actos del alma, ó por afecciones ó

representaciones de cualquiera clase, sean activas ó pasivas. Ahora, si

se me pregunta, por ejemplo, cuál es el objeto inmediato del acto

intelectual perceptivo de una intuicion sensible determinada, diré que

es esta misma intuicion. Si se insiste en la dificultad de explicar la

union de cosas tan diferentes, replicaré 1.º que esta union existe en la

unidad de la conciencia, como el sentido íntimo lo atestigua; 2.º que la

misma dificultad objetada, milita contra los que pretenden que el

entendimiento elabora una especie inteligible, sacándola de la misma

intuicion sensible; pudiéndose preguntarles cómo el entendimiento, para

elaborar su especie inteligible, se pone en contacto con dicha

intuicion. Si este contacto inmediato es imposible en un caso, lo será

tambien en otro; y si admiten la posibilidad para el suyo, no podrán

negarla para el nuestro.

Cuando el entendimiento no se refiera á ninguna intuicion determinada, y

sí únicamente á intuiciones sensibles en general, su objeto inmediato

es la posibilidad de ellas tambien en general, con sujecion á las

condiciones del objeto, considerado en general, y á las de toda

inteligencia: entre las cuales figura como la primera, el principio de

contradiccion.

CAPÍTULO XXI.

IDEAS INDETERMINADAS Y DETERMINADAS.

[128.] A mas de los actos intelectuales que se refieren á objetos

sensibles en general, debemos admitir otros, so pena de caer en el

sensualismo, limitando el entendimiento á la percepcion y combinacion de

los objetos que le ofrece la sensibilidad. En este caso ¿cuál es el

objeto del acto intelectual? Hé aquí una cuestion tan difícil como

interesante.

[129.] El entendimiento puro puede ejercer sus funciones por ideas

determinadas ó indeterminadas: esto es, por ideas que encierren algo

determinado, realizable en un ser que se ofrece, ó puede ofrecerse á

nuestra percepcion; ó por ideas que representen relaciones generales,

sin aplicacion á ningun objeto. Es preciso no confundir las ideas

generales con las indeterminadas, ni las particulares con las

determinadas. Toda idea indeterminada es general: pero nó viceversa; la

idea de _ser_, es general é indeterminada; la idea de inteligencia, es

general, pero determinada. La idea particular se refiere á un individuo;

la determinada, á una propiedad; y no deja de ser determinada por

prescindirse en ella de toda relacion á un individuo existente. Esta

distincion da lugar á consideraciones de la mayor trascendencia.

[130.] Parece que el principal objeto del entendimiento, cuando procede

por conceptos indeterminados, es el _ser_, en su mayor universalidad.

Esta es la idea matriz, fundamental, en cuyo alrededor se agolpan y

ordenan todas las otras. De la idea del ser brota el principio de

contradiccion con sus infinitas aplicaciones á toda clase de objetos; de

ella dimanan tambien las de substancia y accidente, de causa y efecto,

de necesario y contingente, y cuantas se encierran en la ciencia

ontológica, que por esta razon se ha llamado ontología, ó ciencia del

ente.

[131.] En estos conocimientos, que expresan las relaciones generales de

todos los seres, no se contiene nada característico, mientras no salen

de su esfera puramente metafísica, y no descienden al campo de la

realidad.

Para que podamos concebir un ser real, es necesario que se nos presente

con alguna propiedad. Ser y no ser, substancia y accidente, causa y

efecto, son ideas sumamente fecundas, cuando se las combina con alguna

cosa positiva; pero tomadas en general, sin añadirles nada que las

determine, no nos presentan un objeto existente ni aun posible.

[132.] _Ser_, ¿qué nos ofrece esta idea? la de una _cosa_ en abstracto;

pero si queremos concebir que esta cosa existe, ó es posible,

necesitamos pensar que esta cosa es algo con propiedades

características. Tan pronto como se nos habla de una cosa que existe,

buscamos instintivamente qué es, cuál es su naturaleza. Dios es el ser

por esencia, es el mismo ser infinito; pero nada representaria á nuestro

espíritu, si no lo concibiéramos no solo como ser, sino tambien como ser

inteligente, activo, libre, y con las demás perfecciones de su esencia

infinita.

[133.] La idea de substancia nos ofrece la de un ser permanente, que no

está inherente á otro, á manera de modificacion. Esta idea, tomada en su

generalidad, sin mas determinacion que la que añade á la idea de ser, la

de subsistente, tampoco nos ofrece nada real, ni realizable. Para que

una substancia exista, ó sea posible, no basta la permanencia en

general, la subsistencia por sí misma, la no inherencia á un sujeto; es

preciso además alguna nota característica, algun atributo; como

corpóreo, inteligente, libre, ú otro cualquiera, que determine la idea

general de substancia.

[134.] Lo propio se puede decir de la idea de causa ó actividad

productora. Una cosa activa en general nada nos ofrece real ni posible.

Para concebir una actividad existente, necesitamos referirnos á una

actividad determinada: no nos basta la idea de hacer ó poder hacer, en

general; es preciso que nos representemos la accion ejerciéndose de tal

ó cual modo, refiriéndose á objetos determinados, produciendo, nó seres

en general, sino seres con sus atributos característicos. Es verdad que

no necesitamos saber cuáles son esos atributos; pero sí necesitamos

saber que existen con sus determinaciones. La causa mas universal que

concebimos, es la primera, la infinita, Dios: sin embargo no la

concebimos como causa en abstracto, ateniéndonos á la simple idea de

actividad productiva; sino que añadimos á la idea general de causa, las

de inteligencia y voluntad libre. Cuando decimos que Dios es omnipotente

extendemos su poder á una esfera infinita: no conocemos los atributos

característicos de todos los seres que pueden ser criados por aquella

actividad infinita; pero estamos seguros de que todo ser existente ó

posible, tiene una naturaleza determinada; y no concebimos que pueda ser

producido un ser, que no sea mas que ser, sin ninguna determinacion.

[135.] Esta determinacion, indispensable para concebir la existencia ó

la posibilidad de un ser, no la encontramos en las ideas indeterminadas,

y necesitamos tomarla de la experiencia; por cuya razon, si nuestro

entendimiento estuviese limitado á la combinacion de las relaciones que

se le ofrecen en los conceptos indeterminados, se hallaria condenado á

una ciencia completamente estéril. Ya hemos visto (Cap. XIV) que la

absoluta incomunicacion del órden ideal con el real, es imposible, en no

destituyendo al ser inteligente de toda conciencia de sí propio; pero es

preciso no contentarnos con saber que existe semejante comunicacion,

procurando averiguar, en qué puntos se verifica, y hasta dónde se

extiende.

[136.] Antes de pasar á dicha investigacion, quiero hacer notar que la

doctrina expuesta en este capítulo no debe confundirse con la del

capítulo XIV. Allí se manifiesta que las ideas generales por sí solas,

tienen un valor puramente hipotético, y que no conducen á nada real, en

no combinando con ellas algun dato positivo, suministrado por la

experiencia; aquí he probado que las ideas indeterminadas de ser,

substancia y causa, por sí solas, no bastan á hacernos concebir nada

existente ni aun posible, si no van acompañadas de alguna idea

determinada, que dé un carácter á la idea general; allí se daba á las

ideas generales un valor hipotético, con respecto á la existencia, aquí

se afirma la necesidad de acompañar las ideas indeterminadas, con alguna

propiedad que las haga capaces de constituir una esencia, siquiera en el

órden posible. Estas son cosas muy diferentes que importa no confundir,

para lo cual es necesario no olvidar la distincion entre las ideas

generales y las indeterminadas, y entre las particulares y las

determinadas[129].

CAPÍTULO XXII.

LÍMITES DE NUESTRA INTUICION.

[137.] Si podemos señalar los límites del campo de la experiencia, y

determinar exactamente cuanto en ellos se encierra, habremos determinado

tambien los atributos característicos con que un ser puede

presentársenos como existente ó posible.

[138.] Sensibilidad pasiva, sensibilidad activa, inteligencia, voluntad,

hé aquí, si no me engaño, todo cuanto se contiene en nuestra

experiencia, y hé aquí por qué nos es imposible concebir ningun atributo

característico de un ser, fuera de los cuatro indicados. Examinémoslos

separadamente y con detencion, puesto que así lo exige la importancia de

los resultados que consigo trae el hacer bien este deslinde.

[139.] Sensibilidad pasiva. Por este atributo entiendo la forma bajo la

cual se nos presentan los seres que llamamos cuerpos. Como ya llevo

explicado en distintos lugares, esa forma se reduce á extension

terminada ó figurada.

Que este atributo encierra una verdadera determinacion, no puede

negarse: para nosotros nada mas determinado que esos objetos que se

presentan á nuestros sentidos, con extension y figura, y demás

propiedades anejas á esos atributos fundamentales. El movimiento y la

impenetrabilidad, son determinaciones que acompañan á la extension, ó

mas bien son relaciones de la misma extension. Para nosotros el

movimiento es la alteracion de las situaciones de un cuerpo en el

espacio, ó sea la alteracion de las posiciones de la extension de un

cuerpo, con respecto á la extension del espacio. La impenetrabilidad es

la recíproca exclusion de dos extensiones: las ideas de sólido y

líquido, duro y blando, y otras semejantes, expresan relaciones de la

extension de un cuerpo, con respecto á admitir, con mas ó menos

resistencia, la extension de otro en un mismo lugar.

Nada importan aquí las cuestiones sobre la naturaleza de la extension;

bástanos el que sea para nosotros un objeto determinado, que se nos

ofrece en intuicion clarísima. El atributo de la sensibilidad pasiva ha

sido considerado siempre como una de las determinaciones mas

características; y de aquí es el haber entrado como una clasificacion

fundamental en la escala de los seres. Tanto en las escuelas como en el

lenguaje comun, son vulgares las divisiones de corpóreo é incorpóreo,

material é inmaterial, sensible é insensible; y es fácil notar que las

palabras corpóreo, material, sensible, aunque no enteramente sinónimas

bajo ciertos aspectos, se las suele tomar como tales, en cuanto expresan

una especie de seres que tienen por propiedad característica esas formas

bajo las cuales se ofrecen á nuestros sentidos.

[140.] La sensibilidad activa es la facultad de sentir. Esta es para

nosotros objeto de experiencia inmediata; pues que la tenemos en

nosotros mismos. Con esa presencia clarísima de los actos sensitivos,

concebimos muy bien lo que es el sentir en los sujetos distintos de

nosotros; aunque no tengamos conciencia de lo que pasa en otro sujeto

sensitivo cuando ve, sabemos muy bien lo que es el ver: es en los demás

lo que en nosotros: en la conciencia propia, está retratada la ajena.

Cuando se nos habla de un ser sensitivo, sabemos muy bien de qué se

trata, y nó por medio de una idea vaga, sino determinada perfectamente.

Al ofrecerse la cuestion de si son posibles otros sentidos, entonces la

idea del ser dotado de ellos, pierde un tanto de su determinacion;

nuestro entendimiento no tiene intuicion de lo que aquel seria; discurre

sobre la realidad ó la posibilidad por medio de conceptos generales.

[141.] La inteligencia, ó bien la fuerza de concebir y combinar

independientemente del órden sensible, es otro dato suministrado por la

experiencia propia. Como que este es un hecho de conciencia, no le

conocemos por ideas abstractas, sino por intuicion: es el ejercicio de

una actividad que sentimos en nosotros, en ese _yo_ que somos nosotros

mismos; esa actividad está presente para nosotros de un modo tan íntimo,

que si alguna dificultad tenemos en percibirla, es á causa de su misma

union, de su identidad con el sujeto que la ha de percibir.

La idea de la inteligencia no es para nosotros indeterminada sino

intuitiva, puesto que ofrece un objeto dado inmediatamente á nuestra

percepcion en el fondo del alma. Cuando hablamos de inteligencia,

tenemos fija la vista en lo que pasa dentro de nosotros: la mayor ó

menor perfeccion en la escala de los seres inteligentes, la vemos

retratada en la gradacion de conocimientos que experimentamos en

nosotros; y cuando queremos concebir una inteligencia mucho mayor,

agrandamos, perfeccionamos el tipo que hemos encontrado en nosotros; de

la propia suerte que para representarnos objetos sensibles mas grandes,

mas perfectos, mas hermosos, que los que tenemos á la vista, no salimos

de la esfera de la sensibilidad, sino que nos valemos de los mismos

elementos que ella nos suministra, agrandándolos y embelleciéndolos para

que lleguen al tipo ideal preconcebido en nuestra imaginacion.

[142.] La voluntad, compañera inseparable de la inteligencia, y que no

puede existir sin ella, es sin embargo una facultad muy diferente de la

misma; porque ofrece á nuestra intuicion una serie de fenómenos muy

diversos de los intelectuales. Entender no es querer; se puede entender

una cosa sin quererla; con el mismo acto de inteligencia en varios

tiempos, ó en distintos sujetos, pueden enlazarse actos de la voluntad,

no solo diferentes sino contradictorios: querer y no querer, ó sea

inclinacion y aversion.

El conocimiento de esta serie de fenómenos que llamamos actos de

voluntad, no es un conocimiento general, sino particular; nó abstracto,

sino intuitivo. ¿Quién necesita abstraer, ni discurrir, para tener

conciencia de que quiere ó no quiere, de que ama ó aborrece? Este

conocimiento es intuitivo en lo tocante á los actos de nuestra voluntad;

y con respecto á la de los demás, aunque no tenemos una intuicion

inmediata, conocemos perfectamente lo que pasa en ellos, viéndolo en

cierto modo retratado en lo que experimentamos en nosotros. Cuando se

nos habla de actos de voluntad ajena ¿tenemos por ventura ninguna

dificultad en concebir el objeto de que se trata? ¿necesitamos proceder

discursivamente por ideas abstractas? nó por cierto: lo que pasa en los

demás, es lo que pasa en nosotros: cuando quieren ó no quieren,

experimentan lo mismo que nosotros cuando queremos ó no queremos; la

conciencia de nuestra voluntad, es el retrato de todas las demás

existentes ó posibles. Concebimos una voluntad mas ó menos perfecta, en

la que reune en grado mayor ó menor las perfecciones actuales ó posibles

de la nuestra; y al proponernos concebir una voluntad de perfeccion

infinita, elevamos á un grado infinito la perfeccion actual ó posible

que encontramos en la finita.

[143.] Cuando el sagrado Texto nos dice que el hombre es criado á imágen

y semejanza de Dios, nos enseña una verdad sumamente luminosa, no solo

bajo el aspecto sobrenatural, sino tambien bajo el puramente filosófico.

En nuestra alma, en esa imágen de la inteligencia infinita, hallamos, no

solo un caudal de ideas generales para traspasar los límites de la

sensibilidad, sino tambien una representacion admirable, en la cual

contemplamos como en un espejo, lo que pasa en aquel piélago infinito,

que mientras estamos en esta vida no podemos conocer con intuicion

inmediata. Esta representacion es imperfecta, es enigmática, pero es una

verdadera representacion: en sus pequeñas dimensiones, agrandadas

infinitamente, podemos contemplar lo infinito; en sus endebles

resplandores, se nos refleja el resplandor infinito. La leve centella

que salta del pedernal puede conducirnos á la imaginacion del océano de

fuego que descubren los astrónomos en el astro del dia.

CAPÍTULO XXIII.

NECESIDAD ENTRAÑADA POR LAS IDEAS.

[144.] Hay en las ideas, aun en las relativas á hechos contingentes,

algo necesario, de donde nace la ciencia; y que por lo mismo, no puede

dimanar de la experiencia sola, por multiplicada que la supongamos. La

induccion que resultase, se limitaria á un cierto número de hechos;

número que, aun admitiéndole tan crecido como podria darle la

experiencia de todos los hombres de todos los siglos, distaria

infinitamente de la universalidad, que se extiende á todo lo posible.

Además, por poco que reflexionemos sobre la certeza de las verdades

íntimamente enlazadas con la experiencia, cuales son las aritméticas y

geométricas, desde luego echaremos de ver, que la seguridad con que en

ellas estribamos, no se apoya en la induccion, sino que

independientemente de todo hecho particular, les damos asenso,

considerando su verdad como absolutamente necesaria, aun cuando no

pudiéramos comprobarla nunca con la piedra de toque de la experiencia.

[145.] La comprobacion de las ideas por los hechos es imposible en

muchos casos; pues que la debilidad de nuestra percepcion y de nuestros

sentidos, y lo grosero de los instrumentos que empleamos, nos impiden

asegurarnos con toda exactitud de la correspondencia de los hechos con

las ideas. A veces, la imposibilidad para hacer esta prueba es absoluta,

á causa de que la verdad geométrica supone condiciones que en la

práctica no podemos realizar.

[146.] Apliquemos estas observaciones á las mas sencillas verdades de la

geometría. No habrá ciertamente quien ponga en duda la solidez de la

prueba que se llama de superposicion: es decir, que si dos líneas ó

superficies, puesta la una sobre la otra, se confunden exactamente,

serán iguales. Esta verdad no puede depender de la experiencia. 1.º

Porque la experiencia está reducida á algunos casos, y la proposicion es

general. Decir que uno sirve para todos, es decir que hay un principio

general independiente de la experiencia; pues nó de otro modo se podria

deducir lo universal de lo particular, sino reconociendo una necesidad

intrínseca en aquella verdad. 2.º Porque aun cuando esa experiencia

pudiese valer, nos es imposible hacerla exacta; pues la superposicion

hecha del modo mas delicado que imaginarse pueda, no llegará jamás á la

exactitud geométrica, que no consiente que haya la mas pequeña

diferencia en ningun punto.

Es un teorema elemental, el que los tres ángulos de un triángulo

equivalen á dos rectos. Esta verdad no puede depender de la experiencia.

1.º Porque de lo particular no se puede deducir lo universal. 2.º Porque

toda la delicadeza de los instrumentos para medir los ángulos no

llegaria á la exactitud geométrica. 3.º Porque la geometría supone

condiciones irrealizables para nosotros en la práctica: las líneas sin

grueso, y los vértices de los ángulos, puntos indivisibles.

[147.] Si los principios generales dependiesen de la experiencia,

dejarian de serlo, se limitarian á un cierto número de casos. La

enunciacion tampoco podria ser absoluta, ni aun para los casos

observados; porque seria menester ceñirse á lo observado, es decir, á

un poco mas ó menos que jamás llegaria á perfecta exactitud. Así, no

podria afirmarse que en todo triángulo los tres ángulos equivalen á dos

rectos; se deberia decir; en todos los triángulos sobre los cuales se ha

podido hacer la experiencia, se ha observado que los tres ángulos valen

dos rectos, á poca diferencia.

Claro es que con esto se destruirian todas las verdades necesarias; y

que las matemáticas mismas, no serian mas ciertas que las relaciones de

los prácticos de una profesion que nos cuentan lo que han observado en

los objetos respectivos.

[148.] Sin verdades necesarias, no hay ciencia; y hasta el conocimiento

de las verdades contingentes se haria sumamente difícil. ¿Cómo recogemos

los hechos que nos suministra la observacion, cómo los coordinamos? ¿No

es aplicándoles ciertas verdades generales, las de la numeracion por

ejemplo? Si pues aun ni de estas tuviésemos completa seguridad, ni de

los resultados de la observacion podríamos tenerla.

[149.] La razon humana se destruyo, si se le quita ese fondo de verdades

necesarias que constituyen su patrimonio comun. La razon individual no

podria dar sino muy cortos pasos; puesto que se hallaria abrumada de

continuo con la balumba de la observacion; distraida sin cesar por las

comprobaciones á que siempre tendria que recurrir; falta de una luz que

le sirviese para todos los objetos; y privada para siempre de reunir

los rayos de la ciencia en un centro comun, que le permitiese

simplificar.

La razon general dejaria tambien de existir, los hombres no se

entenderian; cada cual habria hecho sus experiencias; y como en todas

ellas no habria nada necesario, nada que las enlazase entre sí, el

conjunto de las observaciones de todos los hombres, no tendria ninguna

unidad; serian las ciencias un campo de confusion donde el reinado del

órden fuera del todo imposible. Las lenguas no se habrian formado; y aun

suponiéndolas formadas no se habrian podido conservar. En todas ellas,

no solo en la complicacion de un largo discurso, sino tambien en las

enunciaciones mas sencillas, se halla la expresion de un fondo de

verdades generales, necesarias, que sirven como de trama para el enlace

de las contingentes.

[150.] Preguntar pues si hay verdades necesarias, es preguntar si hay

razon individual, si hay razon general; si esto que llamamos razon, y

que encontramos en todos los hombres, existe en realidad, ó es una

ilusion de la fantasía. Esa razon existe; negarla es negarnos á nosotros

mismos; no querer reconocerla, es rechazar el testimonio de la

conciencia que nos asegura de ello en el fondo de nuestra alma; es hacer

impotentes esfuerzos para destruir una conviccion impuesta

irresistiblemente por la naturaleza.

Filosofía Fundamental, Tomo III · 第 6 / 19 段