He dicho que el objeto de la intuicion intelectual puede unirse

inmediatamente á la facultad perceptiva, ó bien presentársele por un

medio que haga las veces del objeto. Ateniéndonos al mismo ejemplo

podremos decir que estas dos clases de intuiciones se parecen á las del

hombre visto por sí mismo ó por un retrato. En ambos casos habria la

intuicion de la fisonomía, y no serian necesarias ni aun posibles las

combinaciones para formarla.

Pero supongamos que se me habla de una persona á quien no he visto

jamás, y cuyo retrato no se me puede presentar. Si se me quiere dar idea

de su fisonomía se me irán enumerando sus rasgos característicos, con

cuya reunion formaré idea del semblante que se me acaba de describir. Á

esta representacion imaginaria se puede comparar el conocimiento

discursivo, por el cual no vemos el objeto en sí mismo, sino que lo

construimos en cierto modo con el conjunto de ideas que por medio del

discurso hemos enlazado, formando de ellos el concepto total

representante del objeto.

[79.] Kant en su _Crítica de la razon pura_, habla repetidas veces del

conocimiento intuitivo y del discursivo; bien que sin explicar con

entera claridad los caractéres distintivos de estas dos clases de

conocimiento. No se crea sin embargo que el descubrimiento de estas dos

maneras de percibir sea debido al filósofo aleman; muchos siglos antes

las habian conocido los teólogos; y no podia menos de ser así, cuando la

distincion entre la intuicion y el discurso está íntimamente enlazada

con uno de los dogmas fundamentales del cristianismo.

Sabido es que nuestra religion admite la posibilidad y la realidad de un

verdadero conocimiento de Dios, aun en esta vida. El sagrado texto nos

dice que podemos conocer á Dios por sus obras, que lo invisible de Dios

se nos manifiesta por sus criaturas visibles, que los cielos cuentan su

gloria, y que el firmamento anuncia las hechuras de sus manos; que son

inexcusables los que habiendo conocido á Dios de esta manera no le

glorificaron como debian; pero esta misma religion nos enseña que en la

otra vida los bienaventurados conocerán á Dios de otro modo, cara á

cara, viéndole tal como es. Hé aquí pues al cristianismo haciendo la

diferencia entre el conocimiento intuitivo y el discursivo; entre el

conocimiento por el cual el entendimiento se eleva á Dios procediendo de

los efectos á la causa, y reuniendo en esta las ideas de sabiduría, de

omnipotencia, de bondad, de santidad, de perfeccion infinita; y el

conocimiento en que el espíritu no necesitará de andar recogiendo

discursivamente varios conceptos para formar con ellos la idea de Dios,

en que el Ser infinito se ofrecerá claramente á los ojos del espíritu nó

en un concepto elaborado por la razon, ni bajo los sublimes enigmas

ofrecidos por la fe, sino tal como es en sí propio, siendo un objeto

dado inmediatamente á la facultad perceptiva; nó un objeto encontrado

por la fuerza discursiva, ni presentado bajo sombras augustas.

Aquí encontramos otra prueba de la profundidad luminosa que se oculta en

los dogmas de la religion cristiana. ¿Quién pudiera sospechar que la

religion nos enseñase una distincion tan importante en la ciencia

ideológica? y sin embargo esta distincion se halla en el catecismo. El

niño, si se le pregunta quién es Dios, responde enumerando sus

perfecciones y por consiguiente manifestando que le conoce; cuando á

este mismo niño se le pregunta cuál es el fin para que el hombre ha sido

criado, responde que para _ver_ á Dios etc.; hé aquí la distincion entre

el conocimiento discursivo ó por conceptos, y el intuitivo; al primero

se le llama simplemente _conocer_, al segundo _ver_.

[Nota 2: Véase lo dicho sobre la _representacion, inteligibilidad

inmediata, y representacion de causalidad y de idealidad_ en los

capítulos X, XI, XII, XIII. del Libro 1.º de esta obra.]

CAPÍTULO XII.

El SENSUALISMO DE KANT.

[80.] Kant asegura que mientras estamos en la presente vida solo tenemos

intuicion sensible, y considera dudosa la posibilidad de una intuicion

puramente intelectual, ya sea para nuestro espíritu, ya sea para otros.

Como por otra parte, segun hemos visto ya (Cap. IX), Kant no atribuye

ningun valor á los conceptos separados de la intuicion, se infiere que

el filósofo aleman, no obstante sus largas disertaciones sobre el

entendimiento puro, es profundamente sensualista; y que el autor de la

_Crítica de la razon pura_ y el del _Tratado de las sensaciones_, distan

entre sí mucho menos de lo que pudiera parecer á primera vista. Si

nuestro espíritu no tiene mas intuicion que la sensible, y los conceptos

del entendimiento puro son formas enteramente vacías mientras no

encierran una de dichas intuiciones; si cuando se prescinde de estas

solo se encuentran en el entendimiento funciones puramente lógicas, que

nada significan, que de ningun modo merecen el nombre de conocimiento,

resulta que en nuestro espíritu no hay mas que sensaciones, las que se

pueden distribuir ordenadamente en los conceptos, como si dijéramos en

una especie de casillas donde se registran y conservan. Segun esta

teoría, el entendimiento puro queda reducido á tan poca cosa, que

hubiera podido admitirle el mismo Condillac.

[81.] En efecto: en el sistema de la sensacion trasformada se supone en

el espíritu una fuerza trasformadora; pues de otro modo no seria posible

explicar todos los fenómenos ideológicos por la mera sensacion; y hasta

el título del sistema resultaria contradictorio. Ahora bien: ¿hubiera

tenido Condillac ningun escrúpulo sensualista, en admitir la _síntesis

de la imaginacion_, las relaciones de todas las intuiciones sensibles á

la _unidad de la apercepcion_, y por fin la variedad de funciones

lógicas para clasificar y comparar las intuiciones sensibles? Parece que

antes por el contrario el fondo de estas doctrinas se halla en el

sistema del filósofo francés, cuyo principio fundamental se cifraba en

no ver en el espíritu mas que sensaciones, sin negar por esto una

fuerza capaz de trasformarlas, clasificarlas y generalizarlas.

[82.] Hé aquí pues un nuevo quebranto para la originalidad del filósofo

aleman: al combatir el sensualismo habia dicho en substancia lo mismo

que repitieron siglos antes todas las escuelas (V. Cap. VIII); y luego,

queriendo seguir un nuevo camino para explicar el órden intelectual

puro, vuelve á caer en el sistema de Condillac: sus conceptos vacíos,

sin significado, sin aplicacion ninguna fuera del órden sensible, no

dicen nada mas de lo que enseña Condillac al analizar la generacion de

las ideas, explicando cómo estas dimanan de la sensacion, por medio de

trasformaciones sucesivas. Si alguna dificultad pudiera haber, versaria

sobre los nombres, nó sobre las cosas: ningun sensualista debe tener

inconveniente en adoptar por entero la _Crítica de la razon pura_,

cuando haya visto las aplicaciones que hace de sus doctrinas el

espiritualista aleman. Seria de desear, que se penetrasen de estas

observaciones los que nos presentan enfáticamente el espiritualismo de

Kant arruinando el sensualismo de Condillac.

CAPÍTULO XIII.

EXISTENCIA DE LA INTUICION INTELECTUAL PURA.

[83.] No es verdad que el espíritu humano, aun en esta vida, no tenga

mas intuicion que la sensible. En nuestro interior hay muchos fenómenos

no sensibles, de los cuales tenemos conciencia muy clara. La reflexion,

la comparacion, la abstraccion, la eleccion y todos los actos del

entendimiento y de la voluntad, nada encierran de sensible. Curioso

fuera saber á qué especie de sensibilidad pertenecen las ideas

abstractas y los actos con que las percibimos; así como esos otros: _yo

quiero, no quiero, elijo esto, mas quiero esto que aquello_. Ninguno de

dichos actos puede ser presentado en intuicion sensible; son hechos de

un órden superior á la esfera de la sensibilidad, y que sin embargo

están presentes á nuestro espíritu en una conciencia clara, viva;

reflexionamos sobre ellos, los tomamos por objetos de nuestros estudios,

los distinguimos perfectamente entre sí, los clasificamos de mil

maneras. Estos hechos nos son presentados inmediatamente; los conocemos,

nó por discurso, sino por intuicion: luego no es verdad que la intuicion

del alma solo se refiera á fenómenos sensibles, pues que dentro de sí

misma encuentra una dilatada serie de fenómenos no sensibles, que le

son dados en intuicion.

[84.] Nada vale el decir que estos fenómenos internos son formas vacías

que nada significan, sino en cuanto se refieren á una intuicion

sensible. Sean lo que fueren, son algo distinto de la misma intuicion

sensible; y este algo lo percibimos nosotros, nó por discurso sino por

intuicion: luego á mas de la intuicion sensible, hay otra del órden

intelectual puro.

La cuestion no está en si estos conceptos puros tienen ó nó algun valor

para hacernos conocer los objetos en sí mismos: trátase únicamente de

saber si existen y si son sensibles. Que existen es cierto; así lo

atestigua la conciencia, así lo confiesan todos los ideólogos; que sean

sensibles no puede sostenerse, sin destruir su naturaleza; y menos que

nadie puede sostenerlo Kant, puesto que con tal cuidado distingue entre

la intuicion sensible y dichos conceptos.

[85.] Ese piélago de fenómenos no sensibles que experimentamos en

nuestro interior, es como un espejo en que se reflejan las profundidades

del mundo intelectual. Es verdad que los espíritus no se presentan

inmediatamente á nuestra percepcion, y que para conocerlos necesitamos

un procedimiento discursivo; pero si bien se observa, en esa intuicion

de nuestros fenómenos internos hallamos la representacion, aunque

imperfecta, de lo que se verifica en inteligencias de un órden superior.

Aquí tenemos en cierto modo ideas-imágenes, pues que no cabe mejor

imágen de un pensamiento que otro pensamiento, ni de un acto de voluntad

que otro acto de voluntad. De esta suerte conocemos á los espíritus

distintos del nuestro, por una especie de intuicion nó inmediata sino

mediata, en cuanto se presentan en nuestra conciencia como la imágen en

un espejo.

[86.] La comunicacion de los espíritus por medio de la palabra, y por

otros signos convencionales y naturales, es un hecho de experiencia,

íntimamente ligado con todas las necesidades intelectuales, morales y

físicas. Cuando un espíritu se ha puesto en comunicacion con otro, el

conocimiento que tiene aquel, de lo que pasa en este, no es por meros

conceptos generales, sino por una especie de intuicion, que aunque

mediata, no deja de ser verdadera. El pensamiento ó el afecto de otro,

que entran en nuestro espíritu por medio de la palabra, excitan en

nosotros un pensamiento ó afecto semejantes á los del espíritu que nos

los comunica. Entonces, en la conciencia propia, no solo conocemos sino

que _vemos_ la conciencia ajena: siendo á veces tan perfecta la

semejanza, que adivinamos todo lo que se nos va á decir,

desenvolviéndose en nuestro interior la misma serie de fenómenos que

están verificándose en el espíritu, con quien nos hallamos en

comunicacion. Así sucede cuando decimos: «comprendo perfectamente lo que

V. piensa, lo que quiere, lo que intenta expresar.»

[87.] Esta observacion me parece importante para dejar fuera de duda que

en nuestro espíritu, independientemente del órden sensible, hay

conceptos, nó vacíos, sino que se refieren á objeto determinado. El que

se nos trasmita el conocimiento del órden de los fenómenos intelectual

puro, por medio de la palabra ó de otro signo, no destruye el carácter

de la intuicion: pues que se reunen todas las condiciones necesarias,

cuales son: la representacion interna, y la relacion de esta á un objeto

determinado que nos afecta.

[88.] De esta análisis de hechos ideológicos, cuya existencia no se

puede poner en duda, resulta demostrada la falsedad de la doctrina de

Kant, de que solo hay en nuestro espíritu intuiciones sensibles, así

como la no existencia del problema del filósofo aleman sobre si es

posible ó nó que á otros espíritus les sean dados los objetos en una

intuicion diferente de la sensible. Este problema se halla resuelto en

nosotros mismos; puesto que la atenta observacion de los fenómenos

internos y de la recíproca comunicacion de los espíritus, nos ha dado á

conocer no solo la posibilidad sino tambien la existencia de intuiciones

diferentes de la sensible.

CAPÍTULO XIV.

VALOR DE LOS CONCEPTOS INTELECTUALES, PRESCINDIENDO DE LA INTUICION

INTELECTUAL.

[89.] Aun cuando admitiéramos que para nuestro espíritu no hay otra

intuicion que la sensible, no se inferiria que los conceptos del órden

intelectual puro fuesen formas vacías, inútiles para el conocimiento de

los objetos en sí mismos. Siempre se habia entendido que las ideas

generales no eran intuitivas; pues por lo mismo que eran generales no

podian referirse _inmediatamente_ á un objeto determinado; pero á nadie

se le habia ocurrido que no pudieran servir para darnos verdaderos

conocimientos.

[90.] Es cierto que las ideas generales por sí solas, no conducen á

ningun resultado positivo, ó en otros términos, no nos hacen conocer los

seres existentes; pero si se las une con otras particulares, se

establece entre aquellas y estas una influencia recíproca, de donde

resulta el conocimiento. Cuando afirmo en general: «todo ser contingente

necesita una causa;» esta proposicion, aunque muy verdadera, nada me

dice en el órden de los hechos, si prescindo absolutamente de que

existen seres contingentes y causas de cualquiera especie. En tal

supuesto la proposicion expresa una relacion de ideas, nó de hechos; el

conocimiento que resulta es meramente ideal, nó positivo.

[91.] Esta relacion de las ideas envuelve tácitamente una condicion, que

les da para los hechos un valor hipotético; porque cuando se afirma que

todo ser contingente ha de tener una causa, no se entiende afirmar una

relacion de ideas destituida de toda aplicacion posible; antes por el

contrario, se quiere significar que si existe en la realidad un ser

contingente, habrá tenido realmente una causa.

[92.] Para que este valor hipotético de las ideas se convierta en

positivo, basta que se verifique la condicion envuelta en la proposicion

general. «Todo ser contingente necesita una causa:» esto por sí solo,

nada me enseña sobre el mundo real: pero desde el momento que la

experiencia me ofrece un ser contingente, la proposicion general, antes

estéril, se hace sobre manera fecunda. Tan pronto como la experiencia me

da un ser contingente, conozco la necesidad de su causa; infiero además

la necesidad de la proporcion que ha de guardar la actividad producente

con la cosa producida; por las calidades de esta discurro sobre las que

deben hallarse en aquella. De esta manera construyo una verdadera

ciencia positiva, referida á hechos determinados, fundándome en dos

bases: la una es la verdad ideal, la otra es la real, ó sea el dato

suministrado por la experiencia.

[93.] Como el ser que piensa tiene por necesidad conciencia de sí

propio, ningun ser pensante puede estar limitado al conocimiento de

verdades ideales puras. Aun cuando le supongamos enteramente aislado de

todos los demás seres, en absoluta incomunicacion con todo lo que no es

él, de tal suerte que ni influya sobre ellos ni reciba ninguna

influencia, no podrá estar reducido al conocimiento de un órden

puramente ideal, puesto que por lo mismo que es pensante, tiene

conciencia de sí propio; y la conciencia es esencialmente un hecho

particular, un conocimiento de un ser determinado, pues que sin esto no

seria conciencia.

[94.] Esta observacion destruye por su base el sistema que pretende

incomunicar el órden ideal con el real. Por ella se ve que la

experiencia es no solo posible, sino absolutamente necesaria en todo ser

pensante; pues que la conciencia es ya de suyo una experiencia, y la mas

clara y segura de las experiencias. Luego las verdades del órden ideal

se enlazan indispensablemente con las del real: suponer posible su

incomunicacion es desconocer un hecho fundamental de las ciencias

ideológicas y psicológicas: la conciencia.

[95.] Para evidenciar la verdad y exactitud de la doctrina que precede,

supongamos á un hombre ó mas bien á un espíritu humano, que ignorase

absolutamente la existencia de un mundo externo, la de todo cuerpo, y

hasta la de todo espíritu; que no supiese nada sobre su orígen ni sobre

su destino, pero que al propio tiempo ejerciera su actividad

intelectual, pues que sin esto, seria como una cosa muerta que no

ofreceria campo á la observacion. Suponiendo que tiene las ideas

generales, como de ser y no ser, de substancia y accidente, de absoluto

y condicional, de necesario y contingente etc., es claro que las podrá

combinar de diferentes maneras, y llegar á los mismos resultados

puramente ideales, á que llegamos nosotros. Este es el supuesto mas

favorable á una serie de conocimientos abstractos, independiente de la

experiencia: no obstante, ni aun en este caso, las verdades conocidas

quedarian limitadas al órden puramente ideal, y seria imposible que no

descendiesen al real, si no se despojase al ser pensante de toda

conciencia de sí propio.

En efecto: por lo mismo que se supone un ser que piensa, se supone un

ser que puede decirse á sí mismo: «yo pienso.» Este acto es

eminentemente experimental, y basta su reunion con las verdades

generales en una conciencia comun, para que el ser aislado pueda salir

de sí mismo creándose una ciencia positiva, por la cual pase del mundo

de las ideas al mundo de los hechos. La instabilidad de sus pensamientos

y la permanencia del ser que los experimenta, le ofrecerán un caso

práctico, en que se particularicen las ideas generales de substancia y

accidente; la aparicion y desaparicion sucesiva de sus propios

conceptos, le manifestará realizadas las ideas de ser y de no ser; el

recuerdo del tiempo en que comenzaron sus operaciones, mas allá del cual

no se extiende la memoria de su existencia, le hará conocer la

contingencia de su ser propio; cuyo hecho combinado con los principios

generales que expresan las relaciones entre los seres contingentes y los

necesarios, le sugerirá el pensamiento de que debe haber otro que le

haya comunicado la existencia.

CAPÍTULO XV.

ACLARACIONES SOBRE EL VALOR DE LOS CONCEPTOS GENERALES.

[96.] Las ideas que un espíritu aislado se formase de los seres

distintos de él, por mas vagas que fuesen, no lo serian hasta el punto

de no referirse á una cosa real; el espíritu podria no conocer la

naturaleza de esta realidad, pero sabria de cierto que existe. Un ciego

de nacimiento no se forma idea clara de los colores, ni de la sensacion

de ver; pero, ¿ignora por esto que la sensacion existe, y que las

palabras, color, ver, y otras que se refieren á la vista tienen un

objeto positivo y determinado? Nó por cierto. El ciego no sabe en qué

consisten esas cosas de que oye hablar; pero sabe que son algo; los

conceptos que á ellas se refieren, pueden llamarse imperfectos, mas nó

vanos; las palabras con que los expresa, tienen para él una

significacion incompleta, pero positiva.

[97.] Hay mucha diferencia entre los conceptos incompletos y los

indeterminados: los primeros pueden referirse á una cosa positiva,

aunque conocida imperfectamente; los segundos encierran tan solo una

relacion de ideas que nada significa en el órden de los hechos. Hagamos

palpable esta diferencia ampliando el ejemplo del párrafo anterior.

Un ciego de nacimiento no tiene intuicion de los colores, ni de nada que

se refiera al sentido de la vista, pero está seguro de que existen unos

hechos externos, que corresponden á una afeccion interna que se llama

_ver_. Su idea es incompleta, pero encierra un objeto determinado. La

existencia de este, le es atestiguada por la palabra de los que poseen

el sentido de la vista: no sabe lo que es, pero sabe que es; ó hablando

en otros términos, no conoce la esencia, pero sí la existencia.

Supongamos ahora, que se trata de la posibilidad de un órden de

sensaciones diferentes de las nuestras, y que no se parezcan en nada á

ninguna de las que nosotros experimentamos: el concepto que se refiera á

las nuevas sensaciones, no solo será incompleto, sino que no tendrá

relacion con ningun objeto real. La idea general de afeccion de un ser

sensitivo, hé aquí todo lo que habrá en nuestro espíritu; pero sin saber

nada sobre su existencia, y con meras conjeturas sobre las condiciones

de su posibilidad. Este ejemplo aclara mi idea: en el ciego de

nacimiento que oye hablar de lo perteneciente al sentido de la vista,

hallamos un concepto incompleto, pero al cual corresponde la existencia

de una serie de hechos, conocida por su espíritu; pero en nosotros,

pensando en una especie de sensaciones diferentes de las nuestras,

encontramos conceptos, que tienen un objeto general, de cuya realizacion

nada sabemos.

[98.] Hé aquí explicado cómo nuestro espíritu, sin tener intuicion de

una cosa, puede sin embargo conocerla, y estar completamente cierto de

su existencia; hé aquí demostrado que los conceptos, aunque no se

refieran á una intuicion sensible, pueden tener un valor, no solo en el

órden de las ideas, sino tambien en el de los hechos.

[99.] Para probar la esterilidad de los conceptos fuera de la intuicion

sensible, aduce Kant una razon y es, que nosotros no podemos definir las

categorías y los principios que de ellas emanan, sin referirnos á los

objetos de la sensibilidad. Esto no prueba nada: porque en primer lugar,

la imposibilidad de una definicion, no siempre procede de que el

concepto que se ha de definir esté vacío; sino que muchas veces dimana

de que el concepto es simple, y por tanto no es susceptible de una

descomposicion en partes, que se puedan expresar con palabras. ¿Cómo se

define la idea de _ser_? En todo cuanto se diga para definir, entrará

lo definido: las palabras, cosa, realidad, existencia, todas significan

_ser_.

Como la intuicion sensible es la base de nuestras relaciones con el

mundo externo, y por consiguiente, con nuestros semejantes, natural es

que al proponernos expresar un concepto cualquiera echemos mano de

aplicaciones sensibles: pero de esto no se infiere, que

independientemente de ellas, no haya en nuestro espíritu una verdad

real, contenida en el concepto que deseamos explicar.

[100.] Esta capacidad de conocer los objetos bajo ideas generales, es

una de las propiedades características de nuestro espíritu; y en nuestra

debilidad para penetrar en la esencia de las cosas, es un auxiliar

indispensable para que podamos pensar. En el curso mismo de los negocios

ordinarios de la vida, nos acontece necesitar conocimientos de la

existencia de una cosa, y de alguno de sus atributos, sin que nos sea

preciso tener de ella un conocimiento perfecto. Para estos casos nos

sirven las ideas generales, que ayudadas por algun dato de la

experiencia, nos ponen en comunicacion mediata con el objeto que no se

presenta á nuestra intuicion. ¿Por qué no podrá verificarse lo mismo,

con respecto á los seres insensibles, y que solo son objeto de

intuiciones intelectuales? No alcanzo lo que se puede contestar á estas

reflexiones, que á mas de tener en su apoyo la observacion de los

fenómenos internos, están confirmadas por el sentido comun.

CAPÍTULO XVI.

VALOR DE LOS PRINCIPIOS, INDEPENDIENTEMENTE DE LA INTUICION SENSIBLE.

[101.] El principio de contradiccion, condicion indispensable de toda

certeza, de toda verdad, y sin el cual, así el mundo externo como la

inteligencia, se reducen á un caos, nos ofrece un ejemplo del valor

intrínseco de los conceptos intelectuales puros, independientemente de

la intuicion sensible.

Al afirmarse la posibilidad de que una cosa sea y no sea al mismo

tiempo, ó bien la exclusion del no ser por el ser, no se une al concepto

de ser ninguna idea determinada; y por tanto se prescinde absolutamente

de toda intuicion sensible. Sea cual fuere el objeto, sea cual fuere su

naturaleza y las relaciones de su existencia; corpóreo ó incorpóreo,

compuesto ó simple, accidente ó substancia, contingente ó necesario,

finito ó infinito, siempre se verifica que el ser excluye al no ser, y

el no ser al ser, siempre se verifica la absoluta incompatibilidad de

estos dos extremos; por manera que la afirmacion del uno es siempre, en

todos casos, en todas las suposiciones imaginables, la negacion del

otro.

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