Las ideas generales también cambiaban y se ansiaba el progreso. La

vista de los adelantos que los extranjeros traían, y las noticias de

que algunos naturales eran portadores á su regreso de Francia, Italia ó

Inglaterra, causaban admiración. Se compararía el hábito de trabajo de

los italianos ó suizos, la inteligencia de los franceses, las máquinas

é inventos de los ingleses, con la nada que el país tenía. Se buscó

la causa de esta inferioridad y se la encontró en aquella España que

no es ciertamente la de hoy. Los escritores de aquella época pensaron

que no le había bastado mantener siglos enteros á las colonias en la

ignorancia y desprecio; su acción continuaba porque los argentinos

llevaban en su sangre mucha sangre española; aconsejaron como supremo

remedio la _desespañolización_. El país se mantendría en la obscuridad

y se revolvería en luchas sin fin si no se _desespañolizaba_: «la

España conquistó la América. Los ingleses conquistaron el norte.

Con la España vino el catolicismo, la monarquía, la feudalidad, la

inquisición, el aislamiento, el silencio, la depravación, y el genio

de la intolerancia exterminadora, la sociabilidad de la obediencia

ciega. Con los ingleses vino la corriente liberal de la reforma: la

ley del individualismo soberano, pensador y trabajador en completa

libertad. ¿Cuál ha sido el resultado? Al norte, los Estados Unidos,

la primera de las naciones antiguas y modernas. Al sur, los Estados

Des-Unidos, cuyo progreso consiste en _desespañolizarse_»[41]. Aquella

obra era cuestión de vida ó muerte. Había que llevarla á los elementos

todos de la vida, al hogar y á la escuela, á la materia y al alma. «Es

necesario tener muy presente que la obra de la _desespañolización_ no

consiste solamente en abolir las leyes é instituciones de la conquista.

No es eso sino una parte, que podemos llamar la desespañolización

exterior. La grande obra, el trabajo magno, consiste en el nuevo

espíritu que debe animar á la nueva personalidad del americano. La

desespañolización del alma, es pues lo principal»[42]. Á España se le

reputaba la culpable, y procurando explicar el fenómeno, se llegó á

ver que no pudo aquella nación proceder de otro modo. España no trató

mal á sus colonias y á los habitantes de ella con un fin de maldad;

aun más, este maltrato no debió parecer tal á los españoles. Y esa

sumisión en cuerpo y alma no era sino la consecuencia de las ideas

dominantes y por hábito convertidas en principios á los que se les

tenía por verdaderos: desde la caída del imperio romano, datan las

guerras religiosas, con la que emprendió Clovis para la conversión de

los visigodos. El clero asumía autoridad importante, que era tomada un

siglo más tarde por el clero católico visigótico; los reyes dieron gran

importancia y autoridad á las decisiones y mandatos de los concilios,

que vinieron á formar parte de la legislación. Y la guerra mora, de

independencia y religión volvió nuevamente á hacer que la autoridad

de los príncipes y de los obispos fuera grande. Para triunfar era

necesaria la sumisión á los jefes, sumisión absoluta; y en cuanto á

la sumisión religiosa se encargaban de mantenerla, la religión unas

veces, el fanatismo y la superstición otras[43]. Esta obediencia y

superstición, este dominio del espíritu se grabó en el alma de los

hijos y los descendientes lo heredaron para hacerlo con el transcurso

del tiempo, parte integrante de su personalidad. El principio dominó en

España y pasó á América donde también dominó. Aquí mezclóse con otras

ideas. Los españoles, aun de peor ralea, creyéronse amos de los nativos

y comenzó la lucha sorda unas veces y tempestuosa otras, que debía,

convertida en factor preponderante, decidir la lucha emancipadora. Mas

la sumisión espiritual dominó, atravesó la época de Rozas y dominaba

después; en las otras naciones de América siguió con mayor ó menor

potencia, según las circunstancias favorables ó contrarias; en algunas,

domina quizás en la actualidad; pero en todas originaba la expresión

de pensamientos é ideas, y adquiría fuerzas la afirmación de que

«_la emancipación del espíritu_, ese es el gran fin de la revolución

hispano-americana... La civilización española consagraba y mantiene

todavía en la península el principio contrario. Toda ella reposaba

sobre la base de la esclavitud del espíritu humano. La política y

la religión, la legislación y las costumbres anonadaban al hombre,

como sér inteligente y como sér moral, porque el poder absoluto no

podía existir sino sobre ese aniquilamiento. Jamás se ha visto en el

mundo cristiano un poder espiritual más fuertemente organizado, más

omnipotente, más completo, más invasor, más voraz, más universal que

el poder constituído en la monarquía española: el hombre le pertenecía

completamente, sin excepción. No tenía iniciativa ni espontaneidad y

sus facultades intelectuales sólo podían concebir las ideas que aquel

poder le transmitía; pero sin dar al hombre el derecho de juzgarlas;

su corazón sólo podía adherir... la verdad estaba prescripta de

antemano... los sentimientos, las afecciones tenían también su ley...

una ley arbitraria, que no era otra que la voluntad de los hombres que

tenían el privilegio de administrar el poder espiritual»[44]. Aquellos

hombres que deseaban un país libre y grande, en quienes la vida del

campo y las luchas civiles habían exaltado el sentimiento del valor,

al ver que los hechos y la historia de los hechos señalaban á España

como causa dominante del malestar, quisieron, no por rencor sino por

patriotismo, _desespañolizarse_; no odiaron á la nación española sino á

los métodos de gobierno, y no tendrían sus hijos inconveniente, cuando

el sistema cambió aun en España, en recibir con los mayores afectos á

la representante del trono español, al que tanta culpa se le daba en

nuestras desgracias.

3. El período político transcurrido desde 1853 á 1869, comprende la

separación de la provincia de Buenos Aires del resto de las provincias;

la sanción de la constitución nacional de 1860, la reforma de 1866, la

presidencia del general Mitre y el comienzo de la de Sarmiento.

El rechazo del acuerdo de San Nicolás por Buenos Aires, dió motivo

á la lucha próxima. Urquiza intentó imponerse; lo consiguió en un

principio. La tea incendió. Mitre levantó las milicias contra «el nuevo

tirano»; se desconoció toda autoridad nacional y se retiró á Urquiza

el encargo de mantener las relaciones exteriores. En 1854 se sancionó

la constitución provincial para Buenos Aires, y la separación se

mantuvo hasta después que las batallas de Cepeda y Pavón, sirviendo de

derivativo á las energías nerviosas y á los enconos, permitieron tratar

la cuestión con razones más estudiadas y en términos más pacíficos.

En 1859 la convención de Buenos Aires propuso las reformas que creía

necesarias á la constitución de 1853.

Las reformas que se sancionaron fueron de poca importancia no alterando

las líneas generales de aquella y consistieron en la determinación de

residencia de las autoridades nacionales en la ciudad que se declarare

Capital de la República por una ley especial del Congreso, previa

cesión de la provincia á que pertenezca el territorio á federalizarse;

en resoluciones respecto á derechos de exportación y comercio, á la

libertad de los esclavos que por cualquier modo se introdujeren en la

república; á la prohibición de las ejecuciones á lanza y cuchillo; á

la libertad de imprenta, á las cuestiones de competencia de la suprema

corte, y algunas otras más. Se aclararon principios contenidos en la

constitución y se buscaron soluciones á algunos reclamos posibles entre

la provincia de Buenos Aires por un lado y la Confederación Argentina

por el otro.

En cuanto á la reforma de 1866 consistió sólo en la supresión de

la cláusula que determinaba entre los fondos del tesoro nacional

los derechos de importación y exportación sólo hasta 1866; quedó

establecido que aquella contribución correspondiera siempre al tesoro

nacional. Y como consecuencia, la supresión en el inciso 1^o del

artículo 67, la parte en que atribuía al congreso el establecimiento de

«los derechos de exportación hasta 1866, en cuya fecha cesarán como

impuesto nacional, no pudiendo serlo provincial». Quedó redactada esta

parte así: «establecer igualmente los derechos de exportación».

* * * * *

La vida financiera de una nación contribuye con notable coeficiente

en sus progresos, como que es la síntesis de la vida económica, base

aceptada por Marx como estructura de la sociedad, de lo que las

instituciones, derecho, religión, son sólo la superestructura variable

con las variaciones de aquella.

La vida financiera argentina, sin embargo, no sería suficiente para

darnos á conocer la marcha de nuestra historia; los progresos y

adelantos argentinos en diversos órdenes de actividad de 1853 á 1869,

avanzaron al movimiento financiero que quedó un tanto en retardo porque

las circunstancias así lo impusieron.

De 1853 hasta el 1860, la historia financiera argentina marcha

desdoblada en dos: el estado rico, el hermano mayor, Buenos Aires, por

este lado: la confederación de los otros, por aquél.

El primero no se arredró por los cuantiosos presupuestos con enormes

déficits; no importaba; las necesidades los exigían y el sentimiento

de la grandeza futura de la patria los autorizaba; las emisiones de

papel moneda y la emisión de fondos públicos eran cosas que á diario

se sucedían y las resoluciones sobre el modo de amortización de todo

aquello, eran más para el papel que para ser cumplidas: la lógica

de los sentimientos y el razonamiento de justificación de que Ribot

nos habla en su obra _La logique des sentiments_, ocuparía un lugar

prominente, dada su utilidad.

No obstante se hicieron adelantos y grandes: bastando para ejemplo, el

Banco de la provincia de Buenos Aires, antigua casa de moneda, que tuvo

gran prosperidad, que prestó grandes servicios al comercio y que ayudó

al estado á desenvolverse en las redes de deudas y fardos de papel

moneda.

La confederación por su parte, debió también pensar en el gran

problema, que se presentaba para ella en las peores condiciones;

los grandes remedios ideados no siempre atacaron en sus raíces los

grandes males, y por eso fué un fracaso la famosa junta que se creó

para regir todo lo económico-financiero de la nación, desempeñando

á un tiempo mismo las funciones de crédito público, contaduría,

tesorería, banco nacional, ministerio de obras públicas, dirección de

correos, intendencia, etc. No dió mayores resultados la ley de derechos

diferenciales, y Buenos Aires siguió dominando la situación comercial.

El gobierno de la confederación se encontraba así sin créditos, sin

dinero, sin bancos, sin recursos para accionar: y no podía ser de

otro modo, desde que hoy mismo Buenos Aires sostiene en gran parte la

nación y ayuda en mucho al sinnúmero de subvenciones que se otorgan á

las provincias. Su aduana, con sus entradas que le dan _diariamente_

sumas que alcanzan y pasan de 500.000 pesos moneda nacional, es una

potencia colosal que mantiene en sus espaldas muchos de los gastos que

el progreso nacional ó el sistema parasitario argentino imponen á los

presupuestos.

De 1860 en adelante, Buenos Aires y la confederación tienen una vida

común y como consecuencia, su historia financiera vuelve á unirse;

hecha la paz, porteños y provincianos juntos pensaron en lo económico;

se reconocieron como una, las deudas respectivas, se nacionalizó la

rica mina de la aduana de Buenos Aires y se consiguió dar alguna

estabilidad al papel moneda, fijándole un precio ó por lo menos

disminuyendo su agio.

Para organizar el tesoro se debió partir literalmente de la nada.

Recuerda el doctor Terry en su trabajo citado, que el doctor Vélez

Sarsfield, ministro de hacienda en la época, manifestaba en sus

conversaciones particulares, que el gobierno había encontrado por único

numerario existente en las cajas de la confederación dos pesos plata.

Entre empréstitos, garantías, impuestos, mejoraba la situación, cuando

la guerra del Paraguay, vino á renovar el desequilibrio, siendo

necesario recurrir á nuevos empréstitos. Más este desequilibrio es

inferior al que las luchas interiores causaban, y los dineros que se

iban para defender á la patria, dejarían recuerdos menos ingratos que

los que se habían ido para estériles luchas intestinas.

Como síntesis y como prueba de que no obstante ésto, la marcha

financiera era buena, tomo de aquel trabajo estos datos bien

demostrativos que nos dan también las cifras del estado económico

argentino al iniciarse el año 1869, época en que se realiza el primer

censo nacional:

Renta Presupuesto

pesos pesos

1863 6.478.000 1864 8.900.000

1868 12.496.000 1869 9.620.000

Al iniciarse aquel año se tenía pues, por lo menos dentro de las cosas

probables, un superávit en el presupuesto.

4. En lo referente á vías de comunicación, debe recordarse que en los

primeros años de este período, á las galeras de que hemos hablado en el

capítulo anterior, se agregaron en 1855, las «Mensajerías argentinas».

Prestó esta empresa servicios inmensos, unió lugares y sirvió para la

conducción de pasajeros, correspondencia y noticias con un horario más

ó menos fijo según el tiempo lo permitiera. El sistema se extendió, y

en 1865 eran muchas las empresas de semejante transporte que existían

en la provincia de Buenos Aires, con nombres particulares que querrían

arrancar alguna evocación: «La favorecida», «La brisa del desierto»,

«La protegida», «Los peninsulares», y así muchas otras, que sirvieron

mientras el ferrocarril no las substituyó[45].

Los ferrocarriles, acortando las distancias desalojaban las carretas.

El 30 de julio de 1857, fué el primer día de júbilo que originó á la

Argentina la locomotora; el servicio de trenes inaugurado aquel día,

sólo recorría 24.000 varas, del Once á Floresta; en 1860 el espacio

cruzado por los rieles alcanzó á 36 kilómetros; en 1865 llegaba á

Mercedes, en 1866, Chivilcoy también quedó unido á Buenos Aires y

fué entonces de 134 kilómetros la extensión total de las vías del

ferrocarril del Oeste, al mismo tiempo que el ferrocarril del Norte

permitía desde 1865 trasladarse sobre sus vías de Buenos Aires al

Tigre. Poco después y mientras se acercaba por el lado de Buenos

Aires el momento en que las vías llegaran á Chascomús, un suceso de

importancia mayor para la república entera, de importancia inmensa

para el interior, de lujo para el litoral, acaba de realizarse: en

1870--y llegamos á esta fecha, adelantándonos un tanto al límite de

este capítulo,--Córdoba y Rosario, las dos ciudades poderosas, la

docta y la laboriosa, quedaban unidas para siempre por las cintas

de acero propulsoras del progreso. Indudablemente no todas fueron

rosas en estas empresas; los capitales no siempre abundaron; fué

necesario hacer grandes concesiones de tierras como la que se hizo á

la empresa del ferrocarril de Córdoba al Rosario; el público tardó en

acostumbrarse á los ferrocarriles, y no sólo en las clases bajas, sino

hasta en las cultas; el mismo directorio del primer ferrocarril tuvo

necesidad de ver viajar ensayando, al doctor Vélez Sarsfield, para

animarse á imitarlo, y que los temores no eran infundados lo probó

el descarrilamiento acaecido mientras viajaban las personas que lo

componían[46]. Y recordemos por fin el notable signo de progreso que

dice Onelli[47]: en 1864 acaece el primer choque de trenes.

Á este período pertenece también la instalación de tramways en la

ciudad: el primero, accesorio del ferrocarril del Sud se estableció en

1865; el segundo en 1868, por el ferrocarril del Norte; poco después,

en 1869, don Mariano Billinghurst, inauguraba el primer tramway urbano.

El correo estableció el servicio urbano en 1852; se creó en 1862 la

dirección general de correos de la República. El telégrafo llegaba en

1860 hasta Moreno; en 1869 hasta el Rosario.

En fin, débese recordar que también corresponde á este período, el

desarrollo de las comunicaciones marítimas directas con Europa, debido

á la compañía general de transportes marítimos creada con capitales

franceses.

5. En todas las industrias los cambios verificados en el corto

espacio de años fueron grandes, y puede decirse, en general, que los

progresos seguían á la inmigración, y donde ella se establecía allí se

implantaban aquéllos.

* * * * *

En agricultura, la investigación general realizada por la inspección

de colonias, permitió la reconstrucción del cuadro de la superficie

cultivada en la República Argentina en el año 1872. En un total de

580.000 hectáreas cultivadas en la república, Buenos Aires cuenta

117.000, es decir, casi una tercera parte; Santa Fe con 62.548; Entre

Ríos con 34.000; es cierto que Mendoza y San Juan cuentan también con

cifras elevadas, debido al extenso cultivo de la viña que ya entonces

se hacía en aquellas provincias. Por ser estos datos más precisos,

los he tomado para referirlos á la época que trato, pues dos años de

diferencia no pueden alterar profundamente las deducciones que permiten

las cifras comparadas[48].

La agricultura estaba estrechamente relacionada á la fundación de

colonias; Santa Fe, Buenos Aires, Entre Ríos y Córdoba vieron surgir

en su territorio numerosas colonias y los gobiernos se apresuraron á

ayudarlas. En Santa Fe se fundaron con franceses, suizos é italianos,

las colonias Esperanza (1856), San Jerónimo (1856) y San Carlos (1857)

para llegar en 1870 á contar 31 colonias agrícolas. Buenos Aires, tuvo

por primera colonia á Baradero, en 1856 con suizos y alemanes y poco

después, nueve pueblos agrícolas, dieron muestra de vida potente. En

Entre Ríos, Urquiza fundó la colonia San José en 1857 con italianos,

franceses, suizos y alemanes y poco después le siguió Villa Urquiza

(1858) en que se establecieron agricultores alemanes, franceses,

españoles, belgas, italianos y suizos juntamente con cincuenta

familias argentinas[49]. En Córdoba, la primera colonia, Tortugas,

es de fecha posterior: fué establecida en 1870; no obstante, la

importancia agrícola de la provincia era ya grande entonces, y mucha

la extensión dedicada á la agricultura; los alfalfares que introdujera

de un modo casual Patricio Oyolas en 1861, se habían extendido y

comenzaban á adquirir el buen nombre que conservan.

En el informe del señor Wilken, sobre las colonias agrícolas que visitó

en 1872[50], se encuentran interesantísimas noticias sobre la vida,

educación, modos y útiles de trabajo de todos aquellos pobladores; y

todas esas gentes de diversas razas históricas, puestas en contacto

y unidas también á los nacionales, debían forzosamente producir

descendientes con nuevos caracteres, que heredarían sus costumbres y

que podrían tener al lado de la inclinación á los trabajos ganaderos

y del sentimiento de desprecio de la ley, los sentimientos de orden y

respeto y la convicción de que la agricultura puede ser también fuente

de riqueza particular y pública.

Todo el desarrollo de las colonias está íntimamente relacionado con las

medidas y propósitos para atraer la inmigración á que antes hemos hecho

referencia.

* * * * *

Los productos de la ganadería mejoraban: algunos estancieros renovaron

las iniciativas del tiempo de Rivadavia tendientes á mejorar el

ganado con el cruzamiento de otros de clases superiores, traidos de

Europa. En un principio se tuvo poca confianza y pocos fueron los que

se dedicaron á tal empresa, prefiriendo la mayor parte dejar obrar

á la naturaleza sin preocuparse del mejoramiento. Poco á poco el

ensayo, que correspondió á algunos estancieros ingleses establecidos

en Buenos Aires, tuvo imitadores en los argentinos. Por otra parte,

el ganado lanar, había mejorado desde 1824, con las iniciativas de

Pinto, Capdevila, Bell, Harrat, Sheridan. Todo esto permitió en 1859

al gobernador de Buenos Aires, alabar los adelantos de la Argentina y

alzar en discurso memorable un himno de felicitación á los _pioneers_

de la agricultura y ganadería argentina[51].

* * * * *

No hay datos abundantes sobre las industrias de la época. No obstante,

por los nombres de las profesiones que da el censo de 1869, como por

algunas investigaciones particulares en determinadas industrias, puede

llegarse á la conclusión que aun en esa fecha aquellas eran pocas

relativamente y que primaban las que se referían á alimentación,

vestido, construcciones, talabartería y herrería; y en cada región las

que hacían posibles las circunstancias y la mejor condición del suelo:

en Mendoza y San Juan la vinícola, en Tucumán la azucarera, etc. Más

entonces todavía aquellas industrias producían en reducida escala:

así, por ejemplo, hacia la época del censo, la importación de azúcar

alcanzaba á 22.000 toneladas por año; la de vino á 600.000 hectólitros.

* * * * *

Con todos esos progresos, con la mayor producción, con las

mayores facilidades para las comunicaciones, con las franquicias

constitucionales, con la afluencia de extranjeros que dejaban lazos

de amistad y relaciones financieras en Europa, fácil es comprender,

que el comercio nacional y extranjero, interior y exterior, aumentó

considerablemente.

Las naciones con quienes se comerciaba en mayor escala, estaban en el

siguiente orden: Inglaterra, Francia, Estados Unidos y España. Es así

que en 1869 pudo considerarse como extremadamente pequeño el movimiento

de navíos efectuado en 1856 y que había asombrado en aquel año por su

cantidad: llegados 616: salidos 613.

La profesión de comerciante, contaba entre las principales, y jóvenes

distinguidos no se ruborizaban porque se les viera midiendo piezas de

género detrás de un mostrador ó dirigiendo las maniobras de desembarque

de los fardos de mercaderías.

Este estado de cosas originó diversas leyes y medidas de gobierno. Dos

hay que deben ser recordadas por su importancia para el comercio del

mundo entero: la ley de 1^o de septiembre de 1863, que hizo obligatoria

la adopción del sistema métrico decimal, tan útil y conveniente que

hace cada vez más risible la terquedad anglo-sajona á su respecto; la

segunda es la ley de 1864 sobre patentes de invención, reglamentada en

1866.

6. La constante transformación del país, la llegada continua

de inmigrantes portadores de ideas, la nueva vida que el país

adquiría, hicieron necesarias nuevas leyes que acordaron con las

nuevas modalidades. Incidentalmente he indicado ya al hablar de la

inmigración, educación, etc., las consecuencias institucionales que los

cambios originaban. Mas, aun debo recordar el hecho de que además de

esas leyes especiales se vió la necesidad de leyes generales, códigos

destinados á regir las relaciones civiles y de comercio.

Desde el gobierno de Urquiza, se comprendió aquella necesidad de

fáciles compilaciones de códigos que reglaran derechos; en 1854, por

ley se determina para aquel fin, el nombramiento de una comisión de

jurisconsultos; la constitución de 1853 y la de 1860, dan al congreso

la facultad de dictar los códigos civil, penal, comercial y de minería.

El único que tuvo sanción en este período fué el de comercio: en 1862

se declaró nacional el vigente en la provincia de Buenos Aires. Sus

reformas, así como la sanción de los otros códigos pertenecen á época

posterior.

7. Entiendo haber aportado suficiente cantidad de datos para que se

admitan como establecidas: en primer término la rápida transformación

del país en el período de que tratamos; en segundo lugar, que aquellos

cambios y adelantos han sido debidos principalmente á la inmigración

europea no española, que llegó en abundancia á nuestras playas.

Se nos presenta el país en 1853 como una nación rutinaria y sin embargo

llena de individuos de grande inteligencia; de sangre ardiente como

lo es la española, llenos de valor y exaltados en el sentimiento del

honor, dispuestos á defenderlo al primer menoscabo real ó supuesto.

Llenos de alma y al mismo tiempo sometidos de espíritu, sin darse

cuenta de ello. Á fuerza de sentirse luchadores, pelean y cuando no

tienen enemigos exteriores, los buscan en otras provincias, en otros

partidos políticos y aun en otra vecindad. Aptos para el trabajo, lo

desprecian y lo dejan á extranjeros, y las ventajas de la industria es

cosa que no los preocupa.

Las transformaciones de la sociedad argentina y sus consecuencias institucionales (1853 à 1910) · 第 4 / 10 段