=Sigue creciendo, hasta que se declara la guerra=
Todos miraron hacia la puerta, donde apareció la imponente
figura del Centauro, serio, cejijunto, confuso al querer
saludar con amabilidad, hermosamente salvaje, pero
desfigurado por la violencia que hacía para sonreír urbanamente
[5] y pisar quedo y tener en correcta postura los hercúleos
brazos.
--Adelante, Sr. Ramos--dijo Pepe Rey.
--Pero no--objetó doña Perfecta.--Si es una tontería
lo que tiene que decirte.
[10] --Que lo diga.
--Yo no debo consentir que en mi casa se ventilen estas
cuestiones ridículas....
--¿Qué quiere de mí el Sr. Ramos?
Caballuco pronunció algunas palabras.
[15] --Basta, basta... exclamó doña Perfecta, riendo.--No
molestes más a mi sobrino. Pepe, no hagas caso de ese
majadero.... ¿Quieren ustedes que les diga en qué
consiste el enojo del gran Caballuco?
--¿Enojo? Ya me lo figuro--indicó el Penitenciario,
[20] recostándose en el sillón y riendo expansivamente y con
estrépito.
--Yo quería decirle al Sr. D. José....--gruñó el formidable
ginete.
--Hombre, calla por Dios, no nos aporrees los oídos.
[25] --Sr. Caballuco--dijo el canónigo,--no es mucho que
los señores de la Corte desbanquen a los rudos caballistas
de estas salvajes tierras....
--En dos palabras, Pepe, la cuestión es esta. Caballuco
es no sé qué....
[30] La risa le impidió continuar.
--No sé qué--añadió D. Inocencio,--de una de las 106
niñas de Troya, de Mariquita Juana, si no estoy equivocado.
--¡Y está celoso! Después de su caballo, lo primero
de la Creación es Mariquilla Troya.
[5] --¡Bonito apunte!--exclamó la señora.--¡Pobre
Cristóbal! ¿Has creído que una persona como mi sobrino?...
Vamos a ver, ¿qué ibas a decirle? Habla.
--Ya hablaremos el Sr. D. José y yo--repuso
bruscamente el bravo de la localidad.
[10] Y sin decir más se retiró.
Poco después Pepe Rey salió del comedor para ir a su
cuarto. En la galería hallóse frente a frente con su troyano
antagonista, y no pudo reprimir la risa al ver la torva seriedad
del ofendido cortejo.
[15] --Una palabra--dijo éste plantándose descaradamente
ante el ingeniero.--¿Usted sabe quién soy yo?
Diciendo esto puso la pesada mano en el hombro del
joven con tan insolente franqueza, que éste no pudo menos
de rechazarle enérgicamente.
[20] --No es preciso aplastar para eso.
El valentón, ligeramente desconcertado, se repuso al
instante, y mirando a Rey con audacia provocativa, repitió
su estribillo.
--¿Sabe usted quién soy yo?
[25] --Sí: ya sé que es usted un animal.
Apartóle bruscamente hacia un lado y entró en su cuarto.
Según el estado del cerebro de nuestro desgraciado amigo
en aquel instante, sus acciones debían sintetizarse en el
siguiente brevísimo y definitivo plan: romperle la cabeza a
[30] Caballuco sin pérdida de tiempo; despedirse en seguida de
su tía con razones severas, aunque corteses, que le llegaran
al alma; dar un frío adiós al canónigo y un abrazo al inofensivo
D. Cayetano; administrar, por fin de fiesta, una
paliza al tío Licurgo; partir de Orbajosa aquella misma
noche y sacudirse el polvo de los zapatos a la salida de la 107
ciudad.
Pero los pensamientos del perseguido joven no podían
apartarse, en medio de tantas amarguras, de otro
[5] desgraciado ser a quien suponía en situación más aflictiva y
angustiosa que la suya propia. Tras el ingeniero entró en la
estancia una criada.
--¿Le diste mi recado?--preguntó él.
--Sí, señor, y me dió esto.
[10] Rey tomó de las manos de la muchacha un pedacito de
periódico, en cuyo margen leyó estas palabras: "Dicen que
te vas. Yo me muero."
Cuando volvió al comedor, el tío Licurgo se asomaba a
la puerta preguntando:
[15] --¿A qué hora hace falta la jaca?
--A ninguna--contestó vivamente Rey.
--¿Luégo no te vas esta noche?--dijo doña Perfecta.--Mejor
es que lo dejes para mañana.
--Tampoco.
[20] --¿Pues cuándo?
--Ya veremos--dijo fríamente el joven mirando a su
tía con imperturbable calma.--Por ahora no pienso
marcharme.
Sus ojos lanzaban enérgico reto.
[25] Doña Perfecta se puso primero encendida, pálida después.
Miró al canónigo que se había quitado las gafas de oro para
limpiarlas, y luego clavó sucesivamente la vista en los
demás que ocupaban la estancia, incluso Caballuco que,
entrando poco antes, se sentara en el borde de una silla.
[30] Doña Perfecta les miró como mira un general a sus queridos
cuerpos de ejército. Después examinó el semblante
meditabundo y sereno de su sobrino, de aquel estratégico
enemigo que se presentaba de improviso cuando se le creía en
vergonzosa fuga.
¡Ay! ¡Sangre, ruina y desolación!... Una gran 108
batalla se preparaba.