XV

=Sigue creciendo, hasta que se declara la guerra=

Todos miraron hacia la puerta, donde apareció la imponente

figura del Centauro, serio, cejijunto, confuso al querer

saludar con amabilidad, hermosamente salvaje, pero

desfigurado por la violencia que hacía para sonreír urbanamente

[5] y pisar quedo y tener en correcta postura los hercúleos

brazos.

--Adelante, Sr. Ramos--dijo Pepe Rey.

--Pero no--objetó doña Perfecta.--Si es una tontería

lo que tiene que decirte.

[10] --Que lo diga.

--Yo no debo consentir que en mi casa se ventilen estas

cuestiones ridículas....

--¿Qué quiere de mí el Sr. Ramos?

Caballuco pronunció algunas palabras.

[15] --Basta, basta... exclamó doña Perfecta, riendo.--No

molestes más a mi sobrino. Pepe, no hagas caso de ese

majadero.... ¿Quieren ustedes que les diga en qué

consiste el enojo del gran Caballuco?

--¿Enojo? Ya me lo figuro--indicó el Penitenciario,

[20] recostándose en el sillón y riendo expansivamente y con

estrépito.

--Yo quería decirle al Sr. D. José....--gruñó el formidable

ginete.

--Hombre, calla por Dios, no nos aporrees los oídos.

[25] --Sr. Caballuco--dijo el canónigo,--no es mucho que

los señores de la Corte desbanquen a los rudos caballistas

de estas salvajes tierras....

--En dos palabras, Pepe, la cuestión es esta. Caballuco

es no sé qué....

[30] La risa le impidió continuar.

--No sé qué--añadió D. Inocencio,--de una de las 106

niñas de Troya, de Mariquita Juana, si no estoy equivocado.

--¡Y está celoso! Después de su caballo, lo primero

de la Creación es Mariquilla Troya.

[5] --¡Bonito apunte!--exclamó la señora.--¡Pobre

Cristóbal! ¿Has creído que una persona como mi sobrino?...

Vamos a ver, ¿qué ibas a decirle? Habla.

--Ya hablaremos el Sr. D. José y yo--repuso

bruscamente el bravo de la localidad.

[10] Y sin decir más se retiró.

Poco después Pepe Rey salió del comedor para ir a su

cuarto. En la galería hallóse frente a frente con su troyano

antagonista, y no pudo reprimir la risa al ver la torva seriedad

del ofendido cortejo.

[15] --Una palabra--dijo éste plantándose descaradamente

ante el ingeniero.--¿Usted sabe quién soy yo?

Diciendo esto puso la pesada mano en el hombro del

joven con tan insolente franqueza, que éste no pudo menos

de rechazarle enérgicamente.

[20] --No es preciso aplastar para eso.

El valentón, ligeramente desconcertado, se repuso al

instante, y mirando a Rey con audacia provocativa, repitió

su estribillo.

--¿Sabe usted quién soy yo?

[25] --Sí: ya sé que es usted un animal.

Apartóle bruscamente hacia un lado y entró en su cuarto.

Según el estado del cerebro de nuestro desgraciado amigo

en aquel instante, sus acciones debían sintetizarse en el

siguiente brevísimo y definitivo plan: romperle la cabeza a

[30] Caballuco sin pérdida de tiempo; despedirse en seguida de

su tía con razones severas, aunque corteses, que le llegaran

al alma; dar un frío adiós al canónigo y un abrazo al inofensivo

D. Cayetano; administrar, por fin de fiesta, una

paliza al tío Licurgo; partir de Orbajosa aquella misma

noche y sacudirse el polvo de los zapatos a la salida de la 107

ciudad.

Pero los pensamientos del perseguido joven no podían

apartarse, en medio de tantas amarguras, de otro

[5] desgraciado ser a quien suponía en situación más aflictiva y

angustiosa que la suya propia. Tras el ingeniero entró en la

estancia una criada.

--¿Le diste mi recado?--preguntó él.

--Sí, señor, y me dió esto.

[10] Rey tomó de las manos de la muchacha un pedacito de

periódico, en cuyo margen leyó estas palabras: "Dicen que

te vas. Yo me muero."

Cuando volvió al comedor, el tío Licurgo se asomaba a

la puerta preguntando:

[15] --¿A qué hora hace falta la jaca?

--A ninguna--contestó vivamente Rey.

--¿Luégo no te vas esta noche?--dijo doña Perfecta.--Mejor

es que lo dejes para mañana.

--Tampoco.

[20] --¿Pues cuándo?

--Ya veremos--dijo fríamente el joven mirando a su

tía con imperturbable calma.--Por ahora no pienso

marcharme.

Sus ojos lanzaban enérgico reto.

[25] Doña Perfecta se puso primero encendida, pálida después.

Miró al canónigo que se había quitado las gafas de oro para

limpiarlas, y luego clavó sucesivamente la vista en los

demás que ocupaban la estancia, incluso Caballuco que,

entrando poco antes, se sentara en el borde de una silla.

[30] Doña Perfecta les miró como mira un general a sus queridos

cuerpos de ejército. Después examinó el semblante

meditabundo y sereno de su sobrino, de aquel estratégico

enemigo que se presentaba de improviso cuando se le creía en

vergonzosa fuga.

¡Ay! ¡Sangre, ruina y desolación!... Una gran 108

batalla se preparaba.

Doña Perfecta(#15725) · 第 18 / 49 题