=Noche=
Orbajosa dormía. Los mustios farolillos del público
alumbrado despedían en encrucijadas y callejones su postrer
[5] fulgor como cansados ojos que no pueden vencer el sueño.
A su débil luz se escurrían envueltos en sus capas los vagabundos,
los rondadores, los jugadores. Sólo el graznar del
borracho o el canto del enamorado turbaban la callada paz
de la ciudad histórica. De pronto el _Ave María Purísima_
[10] de vinoso sereno sonaba como un quejido enfermizo del
durmiente poblachón.
En la casa de doña Perfecta también había silencio.
Turbábalo tan sólo un diálogo que en la biblioteca del Sr.
D. Cayetano sostenían éste y Pepe Rey. Sentábase el
[15] erudito reposadamente en el sillón de su mesa de estudio,
la cual aparecía cubierta por diversas suertes de papeles,
conteniendo notas, apuntes y referencias, sin que el más
pequeño desorden las confundiese, a pesar de su mucha
diversidad y abundancia. Rey fijaba los ojos en el copioso
[20] montón de papeles; pero sus pensamientos volaban sin
duda en regiones muy distantes de aquella sabiduría.
--Perfecta--dijo el anticuario,--aunque es una mujer
excelente, tiene el defecto de escandalizarse por cualquier
acción frívola e insignificante. Amigo, en estos pueblos de
[25] provincia el menor desliz se paga caro. Nada encuentro
de particular en que usted fuese a casa de las Troyas. Se
me figura que D. Inocencio, bajo su capita de hombre de
bien, es algo cizañoso. ¿A él qué le importa?...
--Hemos llegado a un punto, Sr. D. Cayetano, en que
[30] es preciso tomar una determinación enérgica. Yo necesito
ver y hablar a Rosario.
--Pues véala usted. 109
--Es que no me dejan--respondió el ingeniero dando
un puñetazo en la mesa.--Rosario está secuestrada....
--¡Secuestrada!--exclamó el sabio con incredulidad.--La
[5] verdad es que no me gusta su cara, ni su aspecto, ni
menos el estupor que se pinta en sus bellos ojos. Está
triste, habla poco, llora.... Amigo D. José, me temo
mucho que esa niña se vea atacada de la terrible enfermedad
que ha hecho tantas víctimas en los individuos de mi
[10] familia.
--¡Una terrible enfermedad! ¿Cuál?
--La locura... mejor dicho, manías. En mi familia
no ha habido uno solo que se librara de ellas. Yo, yo soy
el único que he logrado escapar.
[15] --¡Usted!... Dejando a un lado las manías--dijo Rey
con impaciencia,--yo quiero ver a Rosario.
--Nada más natural. Pero el aislamiento en que su
madre la tiene es un sistema higiénico, querido Pepe, el
único sistema que se ha empleado con éxito en todos los
[20] individuos de mi familia. Considere usted que la persona
cuya presencia y voz debe de hacer más impresión en el
delicado sistema nervioso de Rosarillo, es el elegido de su
corazón.
--A pesar de todo--insistió Pepe,--yo quiero verla.
[25] --Quizás Perfecta no se oponga a ello--dijo el sabio
fijando la atención en sus notas y papeles.--No quiero
meterme en camisa de once varas.
El ingeniero, viendo que no podía sacar partido del buen
Polentinos, se retiró para marcharse.
[30] --Usted va a trabajar, y no quiero estorbarle.
--No; aún tengo tiempo. Vea usted el cúmulo de
preciosos datos que he reunido hoy. Atienda usted.... "En
1537 un vecino de Orbajosa, llamado Bartolomé del Hoyo,
fué a Civita-Vecchia en las galeras del Marqués de Castel
Rodrigo." Otra. "En el mismo año dos hermanos, hijos 110
también de Orbajosa y llamados Juan y Rodrigo González
del Arco, se embarcaron en los seis navíos que salieron de
Maestrique el 20 de Febrero y que a la altura de Calais
[5] toparon con un navío inglés y los flamencos que mandaba
Van-Owen...." En fin, fué aquello una importante hazaña
de nuestra marina. He descubierto que un orbajosense,
un tal Mateo Díaz Coronel, alférez de la Guardia, fué el
que escribió en 1709 y dió a la estampa en Valencia el
[10] _Métrico encomio, fúnebre canto, lírico elogio, descripción
numérica, gloriosas fatigas, angustiadas glorias de la Reina de los
Ángeles._ Poseo un preciosísimo ejemplar de esta obra, que
vale un Perú.... Otro orbajosense es autor de aquel
famoso _Tractado de las diversas suertes de la Gineta_, que
[15] enseñé a usted ayer, y, en resumen, no doy un paso por el
laberinto de la historia inédita sin tropezar con algún
paisano ilustre. Yo pienso sacar todos esos nombres de la
injusta obscuridad y olvido en que yacen. ¡Qué goce tan
puro, querido Pepe, es devolver todo su lustre a las glorias,
[20] ora épicas, ora literarias del país en que hemos nacido!
Ni qué mejor empleo puede dar un hombre al escaso entendimiento
que del cielo recibiera, a la fortuna heredada y al
tiempo breve con que puede contar en el mundo la más
dilatada existencia.... Gracias a mí, se verá que Orbajosa
[25] es ilustre cuna del genio español. Pero ¿qué digo? ¿No
se conoce bien su prosapia ilustre en la nobleza, en la
hidalguía de la actual generación _urbsaugustana_? Pocas
localidades conocemos en que crezcan con más lozanía las
plantas y arbustos de todas las virtudes, libres de la maléfica
[30] hierba de los vicios. Aquí todo es paz, mutuo respeto,
humildad cristiana. La caridad se practica aquí como en
los tiempos evangélicos; aquí no se conoce la envidia;
aquí no se conocen las pasiones criminales, y si oye usted
hablar de ladrones y asesinos, tenga por seguro que no son
hijos de esta noble tierra, o que pertenecen al número de 111
los infelices pervertidos por las predicaciones demagógicas.
Aquí verá usted el carácter nacional en toda su pureza,
recto, hidalgo, incorruptible, puro, sencillo, patriarcal,
[5] hospitalario, generoso.... Por eso gusto tanto vivir en esta
pacífica soledad, lejos del laberinto de las ciudades, donde
reinan ¡ay! la falsedad y el vicio. Por eso no han podido
sacarme de aquí los muchos amigos que tengo en Madrid;
por eso vivo en la dulce compañía de mis leales paisanos y
[10] de mis libros, respirando sin cesar esta salutífera atmósfera
de honradez, que se va poco a poco reduciendo en nuestra
España, y sólo existe en las humildes y cristianas ciudades
que con las emanaciones de sus virtudes saben conservarla.
Y no crea usted, este sosegado aislamiento ha contribuído
[15] mucho, queridísimo Pepe, a librarme de la terrible
enfermedad connaturalizada en mi familia. En mi juventud yo,
lo mismo que mis hermanos y padre, padecía lamentable
propensión a las más absurdas manías; pero aquí me tiene
usted tan pasmosamente curado, que no conozco tal enfermedad
[20] sino cuando la veo en los demás. Por eso mi
sobrinilla me tiene tan inquieto.
--Celebro que los aires de Orbajosa le hayan preservado
a usted--dijo Rey, no pudiendo reprimir un sentimiento
de burlas que por ley extraña nació en medio de su tristeza.--A
[25] mí me han probado tan mal, que creo he de ser
maniático dentro de poco tiempo si sigo aquí. Con que buenas
noches, y que trabaje usted mucho.
--Buenas noches.
Dirigióse a su habitación; mas no sintiendo sueño ni
[30] necesidad de reposo físico, sino por el contrario, fuerte
excitación que le impulsaba a agitarse y divagar, cavilando
y moviéndose, se paseó de un ángulo a otro de la pieza.
Después abrió la ventana que daba a la huerta, y poniendo
los codos en el antepecho de ella, contempló la inmensa
negrura de la noche. No se veía nada. Pero el hombre 112
ensimismado lo ve todo, y Rey, fijos los ojos en la
obscuridad, miraba cómo se iba desarrollando sobre ella el
abigarrado paisaje de sus desgracias. La sombra no le permitía
[5] ver las flores de la tierra, ni las del cielo, que son las
estrellas. La misma falta casi absoluta de claridad
producía el efecto de un ilusorio movimiento en las masas de
árboles, que se extendían al parecer, iban perezosamente y
regresaban enroscándose, como el oleaje de un mar de
[10] sombras. Formidable flujo y reflujo, una lucha entre
fuerzas no bien manifiestas, agitaban la silenciosa esfera.
El matemático, contemplando aquella extraña proyección
de su alma sobre la noche, decía:
--La batalla será terrible. Veremos quién sale
[15] triunfante.
Los insectos de la noche hablaron a su oído, diciéndole
misteriosas palabras. Aquí un chirrido áspero; allí un
chasquido semejante al que hacemos con la lengua; allá
lastimeros murmullos; más lejos un son vibrante parecido
[20] al de la esquila suspendida al cuello de la res vagabunda.
De súbito sintió Rey una consonante extraña, una rápida
nota propia tan sólo de la lengua y de los labios humanos.
Esta exhalación cruzó por el cerebro del joven como un
relámpago. Sintió culebrear dentro de sí aquella S fugaz,
[25] que se repitió una y otra vez, aumentando de intensidad.
Miró a todos lados, miró hacia la parte alta de la casa, y en
una ventana creyó distinguir un objeto semejante a un ave
blanca que movía las alas. Por la mente excitada de Pepe
Rey cruzó en un instante la idea del fénix, de la paloma, de
[30] la garza real... y sin embargo, aquella ave no era más
que un pañuelo.
El ingeniero saltó por la ventana a la huerta. Observando
bien, vió la mano y el rostro de su prima. Le pareció
distinguir el tan usual movimiento de imponer silencio
llevando el dedo a los labios. Después la simpática sombra 113
alargó el brazo hacia abajo y desapareció. Pepe Rey entró
de nuevo en su cuarto rápidamente y procurando no hacer
ruido, pasó a la galería, avanzando después lentamente por
[5] ella. Sentía el palpitar de su corazón, como si recibiera
hachazos dentro del pecho. Esperó un rato... al fin
oyó distintamente tenues golpes en los peldaños de la
escalera. Uno, dos, tres.... Producían aquel rumor unos
zapatitos.
[10] Dirigióse hacia allá en medio de una obscuridad casi
profunda, y alargó los brazos para prestar apoyo a quien
bajaba. En su alma reinaba una ternura exaltada y profunda;
pero ¿a qué negarlo? tras aquel dulce sentimiento
surgió de repente, como infernal inspiración, otro que era
[15] un terrible deseo de venganza. Los pasos se acercaban
descendiendo. Pepe Rey avanzó, y unas manos que
tanteaban en el vacío chocaron con las suyas. Las cuatro
¡ay! se unieron en estrecho apretón.