XIII

=Un casus belli=

Después de esta travesura, las tres entablaron con los

dos caballeros una conversación tirada sobre asuntos y personas

de la ciudad. El ingeniero, recelando que su fechoría

se descubriese, estando él presente, quiso marcharse, lo cual

[5] disgustó mucho a las Troyas; una de éstas que había salido

fuera de la sala, regresó diciendo:

--Ya está Suspiritos en campaña colgando la ropa.

--Don José querrá verla--indicó otra.

--Es una señora muy guapa. Y ahora se peina a estilo

[10] de Madrid. Vengan ustedes.

Lleváronles al comedor de la casa (pieza de rarísimo uso),

del cual se salía a un terrado, donde había algunos tiestos

de flores y no pocos trastos abandonados y hechos pedazos.

Desde allí veíase el hondo patio de una casa colindante,

[15] con una galería llena de verdes enredaderas y hermosas

macetas esmeradamente cuidadas. Todo indicaba allí una

vivienda de gente modesta, pulcra y hacendosa.

Las de Troya, acercándose al bordo de la azotea, miraron

atentamente a la casa vecina, e imponiendo silencio a los

[20] galanes, se retiraron luego a aquella parte del terrado, desde

donde nada se veía ni había peligro de ser visto.

--Ahora sale de la despensa con un cazuelo de garbanzos--dijo

María Juana, estirando el cuello para ver un

poco.

[25] --¡Zás!--exclamó otra, arrojando una piedrecilla.

Oyóse el ruido del proyectil al chocar contra los cristales

de la galería, y luego una colérica voz que gritaba:

--Ya nos han roto otro cristal ésas....

Ocultas las tres en el rincón del terrado, junto a los dos

[30] caballeros, sofocaban la risa.

--La señora Suspiritos está muy incomodada--dijo 94

Rey.--¿Por qué la llaman así?

--Porque siempre que habla suspira entre palabra y

palabra, y aunque de nada carece siempre se está

[5] lamentando.

Hubo un momento de silencio en la casa de abajo.

Pepita Troya atisbó con cautela.

--Allá viene otra vez--murmuró en voz baja, imponiendo

silencio.--María, dame una china. A ver... ¡zás!...

[10] allá va.

--No la has acertado. Dió en el suelo.

--A ver si yo puedo... Esperaremos a que salga otra

vez de la despensa.

--Ya, ya sale. En guardia, Florentina.

[15] --¡A la una, a las dos, a las tres!... ¡Paf!...

Oyóse abajo un grito de dolor, un voto, una exclamación

varonil, pues era un hombre el que la daba. Pepe Rey

pudo distinguir claramente estas palabras:

--¡Demonche! Me han agujereado la cabeza ésas...

[20] ¡Jacinto, Jacinto! ¿Pero qué canalla de vecindad es

esta?...

--¡Jesús, María y José, lo que he hecho!--exclamó

llena de consternación Florentina,--le he dado en la

cabeza al Sr. D. Inocencio.

[25] --¿Al Penitenciario?--dijo Pepe Rey.

--Sí.

--¿Vive en esa casa?

--¿Pues dónde ha de vivir?

--Esa señora de los suspiros....

[30] --Es su sobrina, su ama o no sé qué. Nos divertimos

con ella porque es muy cargante, pero con el señor Penitenciario

no solemos gastar bromas.

Mientras rápidamente se pronunciaban las palabras de

este diálogo, Pepe Rey vió que frente al terrado, y muy

cerca de él, se abrían los cristales de una ventana

perteneciente a la misma casa bombardeada; vió que aparecía 95

une cara risueña, una cara conocida, una cara cuya vista le

aturdió y le consternó y le puso pálido y trémulo. Era

[5] Jacintito, que interrumpido en sus graves estudios, abrió

la ventana de su despacho, presentándose en ella con la

pluma en la oreja. Su rostro púdico, fresco y sonrosado

daba a tal aparición aspecto semejante al de una

aurora.

[10] --Buenas tardes, Sr. D. José--dijo festivamente.

La voz de abajo gritaba de nuevo:

--¡Jacinto, pero Jacinto!

--Allá voy. Estaba saludando a un amigo....

--Vámonos, vámonos--gritó Florentina con zozobra.--El

[15] señor Penitenciario va a subir al cuarto de _D. Nominavito_

y nos echará un responso.

--Vámonos, sí; cerremos la puerta del comedor.

Abandonaron en tropel el terrado.

--Debieron ustedes prever que Jacinto las vería desde

[20] su templo del saber--dijo Tafetán.

--_Don Nominavito_ es amigo nuestro--repuso una de

ellas.--Desde su templo de la ciencia nos dice a la calladita

mil ternezas, y también nos echa besos volados.

--¿Jacinto?--preguntó el ingeniero,--¿qué endiablado

[25] nombre le han puesto ustedes?

--_Don Nominavito_....

Las tres rompieron a reír.

--Lo llamamos así porque es muy sabio.

--No: porque cuando nosotras éramos chicas, él era

[30] chico también; pues... sí. Salíamos al terrado a jugar,

y le sentíamos estudiando en voz alta sus lecciones.

--Sí, y todo el santo día estaba cantando.

--Declinando, mujer. Eso es: se ponía de este modo:

_Nominavito rosa, Genivito, Davito, Acusavito_.

--Supongo que yo también tendré mi nombre postizo--dijo 96

Pepe Rey.

--Que se lo diga a usted María Juana--replicó Florentina

ocultándose.

[5] --¿Yo?... díselo tú, Pepa.

--Usted no tiene nombre todavía, D. José.

--Pero lo tendré. Prometo que vendré a saberlo, a

recibir la confirmación--dijo el joven con intención de

retirarse.

[10] --¿Pero se va usted?

--Sí. Ya han perdido ustedes bastante tiempo. Niñas,

a trabajar. Esto de arrojar piedras a los vecinos y a los

transeuntes, no es la ocupación más a propósito para unas

jóvenes tan lindas y de tanto mérito... Con que abur....

[15] Y sin esperar más razones ni hacer caso de los cumplidos

de las muchachas, salió a toda prisa de la casa, dejando en

ella a don Juan Tafetán.

La escena que había presenciado; la vejación sufrida por

[20] el canónigo; la inopinada aparición del doctorcillo, aumentaron

las confusiones, recelos y presentimientos desagradables

que turbaban el alma del pobre ingeniero. Deploró

con toda su alma haber entrado en casa de las Troyas, y

resuelto a emplear mejor el tiempo, mientras su hipocondría

le durase, recorrió las calles de la población.

[25] Visitó el mercado, la calle de la Tripería, donde estaban

las principales tiendas; observó los diversos aspectos que

ofrecían la industria y comercio de la gran Orbajosa, y

como no hallara sino nuevos motivos de aburrimiento,

encaminóse al paseo de las Descalzas; pero no vió en él

[30] más que algunos perros vagabundos, porque con motivo del

viento molestísimo que reinaba, caballeros y señoras se

habían quedado en sus casas. Fué a la botica, donde

hacían tertulia diversas especies de progresistas rumiantes,

que estaban perpetuamente masticando un tema sin fin;

pero allí se aburrió más. Pasaba al fin junto a la catedral, 97

cuando sintió el órgano y los hermosos cantos del coro.

Entró, arrodillóse delante del altar mayor, recordando las

advertencias que acerca de la compostura dentro de la

[5] iglesia le hiciera su tía; visitó luego una capilla, y se disponía

a entrar en otra, cuando un acólito, celador o perrero

se le acercó, y con modales muy descorteses y descompuesto

lenguaje, le habló así:

--Su Ilustrísima dice que se plante usted en la calle.

[10] El ingeniero sintió que la sangre se agolpaba en su cerebro.

Sin decir una palabra obedeció. Arrojado de todas

partes por fuerza superior o por su propio hastío, no tenía

más recurso que ir a casa de su tía, donde le esperaban:

1.° El tío Licurgo, para anunciarle un segundo pleito.

[15] 2.° El Sr. D. Cayetano, para leerle un nuevo trozo de su

discurso sobre los linajes de Orbajosa. 3.° Caballuco,

para un asunto que no había manifestado. 4.° Doña

Perfecta y su sonrisa bondadosa, para lo que se verá en el

capítulo siguiente.

Doña Perfecta(#15725) · 第 16 / 49 题