=Aquí fué Troya=
Amor, amistad, aire sano para la respiración moral, luz
para el alma, simpatía, fácil comercio de ideas y de sensaciones
era lo que Pepe Rey necesitaba de una manera
imperiosa. No teniéndolo, aumentaban las sombras que
[25] envolvían su espíritu, y la lobreguez interior daba a su trato
displicencia y amargura. Al día siguiente de las escenas
referidas en el capítulo anterior, mortificóle más que nada
el ya demasiado largo y misterioso encierro de su prima,
motivado, al parecer, primero por una enfermedad sin importancia,
después por caprichos y nerviosidades de difícil 84
explicación.
Rey extrañaba conducta tan contraria a la idea que había
formado de Rosarito. Habían transcurrido cuatro días sin
[5] verla, no ciertamente porque a él le faltasen deseos de estar
a su lado; y tal situación comenzaba a ser desairada y
ridícula, si con un acto de firme iniciativa no ponía remedio
en ello.
--¿Tampoco hoy veré a mi prima?--preguntó de mal
[10] talante a su tía, cuando concluyeron de comer.
--Tampoco. ¡Sabe Dios cuánto lo siento!... Bastante
le he predicado hoy. A la tarde veremos....
La sospecha de que en tan injustificado encierro su
adorable prima era más bien víctima sin defensa que autora
[15] resuelta con actividad propia e iniciativa, le indujo a contenerse
y esperar. Sin esta sospecha, hubiera partido aquel
mismo día. No tenía duda alguna de ser amado por Rosario,
mas era evidente que una presión desconocida actuaba
entre los dos para separarlos, y parecía propio de varón
[20] honrado averiguar de quién procedía aquella fuerza maligna,
y contrarrestarla hasta donde alcanzara la voluntad humana.
--Espero que la obstinación de Rosario no durará mucho--dijo
a doña Perfecta disimulando sus verdaderos sentimientos.
[25] Aquel día tuvo una carta de su padre, en la cual éste se
quejaba de no haber recibido ninguna de Orbajosa, circunstancia
que aumentó las inquietudes del ingeniero, confundiéndole
más. Por último, después de vagar largo rato solo
por la huerta de la casa, salió y fue al Casino. Entró en él,
[30] como un desesperado que se arroja al mar.
Encontró en las principales salas a varias personas que
charlaban y discutían. En un grupo desentrañaban con
lógica sutil difíciles problemas de toros; en otro disertaban
sobre cuáles eran los mejores burros entre las castas de
Orbajosa y Villahorrenda. Hastiado hasta lo sumo, Pepe 85
Rey abandonó estos debates y se dirigió a la sala de periódicos,
donde hojeó varias revistas sin encontrar deleite en
la lectura; y poco después, pasando de sala en sala, fué a
[5] parar sin saber cómo a la del juego. Cerca de dos horas
estuvo en las garras del horrible demonio amarillo, cuyos
resplandecientes ojos de oro producen tormento y fascinación.
Ni aun las emociones del juego alteraron el sombrío
estado de su alma, y el tedio que antes le empujara hacia
[10] el verde tapete, apartóle también de él. Huyendo del
bullicio, dió con su cuerpo en una estancia destinada a tertulia,
en la cual a la sazón no había alma viviente, y con
indolencia se sentó junto a la ventana de ella, mirando
a la calle.
[15] Era ésta angostísima y con más ángulos y recodos que
casas, sombreada toda por la pavorosa catedral, que al
extremo alzaba su negro muro carcomido. Pepe Rey miró
a todos lados, arriba y abajo, y observó un plácido silencio
de sepulcro: ni un paso, ni una voz, ni una mirada. De
[20] pronto hirieron su oído rumores extraños, como cuchicheo
de femeniles labios, y después el chirrido de cortinajes que
se corrían, algunas palabras, y por fin el tararear suave de
una canción, el ladrido de un falderillo, y otras señales de
existencia social que parecían muy singulares en tal sitio.
[25] Observando bien, Pepe Rey vió que tales rumores procedían
de un enorme balcón con celosías, que frente por frente
a la ventana mostraba su corpulenta fábrica. No había
concluído sus observaciones, cuando un socio del Casino
apareció de súbito a su lado, y riendo le interpeló de este
[30] modo:
--¡Ah! Sr. D. Pepe, ¡picarón! ¿se ha encerrado usted
aquí para hacer cocos a las niñas?
El que esto decía era D. Juan Tafetán, un sujeto amabilísimo,
y de los pocos que habían manifestado a Rey en el
Casino cordial amistad y verdadera admiración. Con su 86
carilla bermellonada, su bigotejo teñido de negro, sus
ojuelos vivarachos, su estatura mezquina, su pelo con gran
estudio peinado para ocultar la calvicie, D. Juan Tafetán
[5] presentaba una figura bastante diferente de la de Antinoo;
pero era muy simpático, tenía mucho gracejo y felicísimo
ingenio para contar aventuras graciosas. Reía mucho, y
al hacerlo, su cara se cubría toda, desde la frente a la barba,
de grotescas arrugas. A pesar de estas cualidades y del
[10] aplauso que debía estimular su disposición a las picantes
burlas, no era maldiciente. Queríanle todos, y Pepe Rey
pasaba con él ratos agradables. El pobre Tafetán, empleado
antaño en la Administración civil de la capital de la provincia,
vivía modestamente de su sueldo en la Secretaría
[15] de Beneficencia, y completaba su pasar tocando gallardamente
el clarinete en las procesiones, en las solemnidades
de la catedral y en el teatro, cuando alguna trailla de
desesperados cómicos aparecía por aquellos países con el alevoso
propósito de dar funciones en Orbajosa.
[20] Pero lo más singular en D. Juan Tafetán era su afición
a las muchachas guapas. Él mismo, cuando no ocultaba su
calvicie con seis pelos llenos de pomada, cuando no se teñía
el bigote, cuande andaba derechito y espigado por la poca
pesadumbre de los años, había sido un Tenorio formidable.
[25] Oírle contar sus conquistas era cosa de morirse de risa,
porque hay Tenorios de Tenorios, y aquél fué de los más
originales.
--¿Qué niñas? Yo no veo niñas en ninguna parte--repuso
Pepe Rey.
[30] --Hágase usted el anacoreta.
Una de las celosías del balcón se abrió, dejando ver un
rostro juvenil, encantador y risueño, que desapareció al
instante como una luz apagada por el viento.
--Ya, ya veo.
--¿No las conoce usted? 87
--Por mi vida que no.
--Son las Troyas, las niñas de Troya. Pues no conoce
usted nada bueno... Tres chicas preciosísimas, hijas de
[5] un coronel de Estado Mayor de Plazas, que murió en las
calles de Madrid el 54.
La celosía se abrió de nuevo y comparecieron dos caras.
--Se están burlando de nosotros--dijo Tafetán haciendo
una seña amistosa a las niñas.
[10] --¿Las conoce usted?
--¿Pues no las he de conocer? Las pobres están en la
miseria. Yo no sé cómo viven. Cuando murió D. Francisco
Troya, se hizo una suscripción para mantenerlas;
pero esto duró poco.
[15] --¡Pobres muchachas! Me figuro que no serán un
modelo de honradez....
--¿Por qué no?... Yo no creo lo que en el pueblo se
dice de ellas.
Funcionó de nuevo la celosía.
[20] --Buenas tardes, niñas--gritó D. Juan Tafetán dirigiéndose
a las tres, que artísticamente agrupadas aparecieron.--Este
caballero dice que lo bueno no debe esconderse, y
que abran ustedes toda la celosía.
Pero la celosía se cerró y alegre concierto de risas difundió
[25] una extraña alegría por la triste calle. Creeríase que
pasaba una bandada de pájaros.
--¿Quiere usted que vayamos allá?--dijo de súbito
Tafetán.
Sus ojos brillaban, y una sonrisa picaresca retozaba en
[30] sus amoratados labios.
--¿Pero qué clase de gente es esa?
--Ande usted, Sr. de Rey... Las pobrecitas son honradas.
¡Bah! Si se alimentan del aire como los camaleones.
Diga usted, el que no come, ¿puede pecar?
Bastante virtuosas son las infelices. Y si pecaran, limpiarían 88
su conciencia con el gran ayuno que hacen.
--Pues vamos.
Un momento después, D. Juan Tafetán y Pepe Rey
[5] entraban en la sala. El aspecto de la miseria, que con
horribles esfuerzos pugnaba por no serlo, afligió al joven.
Las tres muchachas eran muy lindas, principalmente las
dos más pequeñas, morenas, pálidas, de negros ojos y sutil
talle. Bien vestidas y bien calzadas, habrían parecido
[10] retoños de duquesa en candidatura para entroncar con
príncipes.
Cuando la visita entró, las tres se quedaron muy cortadas;
pero bien pronto mostraron la índole de su genial frívolo y
alegre. Vivían en la miseria, como los pájaros en la prisión,
[15] sin dejar de cantar tras los hierros lo mismo que en la
opulencia del bosque. Pasaban el día cosiendo, lo cual
indicaba por lo menos un principio de honradez; pero en
Orbajosa ninguna persona de su posición se trataba con
ellas. Estaban hasta cierto punto proscritas, degradadas,
[20] acordonadas, lo cual indicaba también algún motivo de
escándalo. Pero en honor de la verdad, debe decirse que
la mala reputación de las Troyas consistía, más que nada,
en su fama de chismosas, enredadoras, traviesas y despreocupadas.
Dirigían anónimos a graves personas; ponían
[25] motes a todo viviente de Orbajosa, desde el obispo al último
zascandil; tiraban piedrecitas a los transeuntes; chicheaban
escondidas tras las rejas para reírse con la confusión y
azoramiento del que pasaba; sabían todos los sucesos de
la vecindad, para lo cual tenían en constante uso los tragaluces
[30] y agujeros todos de la parte alta de la casa; cantaban
de noche en el balcón; se vestían de máscara en Carnaval
para meterse en las casas más alcurniadas, con otras majaderías
y libertades propias de los pueblos pequeños. Pero
cualquiera que fuese la razón, ello es que el graciado triunvirato
Troyano tenía sobre sí un estigma de esos que una 89
vez puestos por susceptible vecindario, acompañan implacablemente
hasta más allá de la tumba.
--¿Éste es el caballero que dicen ha venido a sacar
[5] minas de oro?--dijo una.
--¿Y a derribar la catedral para hacer con las piedras
de ella una fábrica de zapatos?--añadió otra.
--Y a quitar de Orbajosa la siembra del ajo para poner
algodón o el árbol de la canela.
[10] Pepe no pudo reprimir la risa ante tales despropósitos.
--No viene sino a hacer una recolección de niñas bonitas
para llevárselas a Madrid--dijo Tafetán.
--¡Ay! ¡De buena gana me iría!--exclamó una.
--A las tres, a las tres me las llevo--afirmó Pepe.--Pero
[15] sepamos una cosa; ¿por qué se reían ustedes de mí
cuando estaba en la ventana del Casino?
Tales palabras fueron la señal de nuevas risas.
--Éstas son unas tontas--dijo la mayor.
--Fué porque dijimos que usted se merece algo más que
[20] la niña de doña Perfecta.
--Fué porque ésta dijo que usted está perdiendo el
tiempo y que Rosarito no quiere sino gente de iglesia.
--¡Qué cosas tienes! Yo no he dicho tal cosa. Tú
dijiste que este caballero es ateo luterano, y entra en la
[25] catedral fumando y con el sombrero puesto.
--Pues yo no lo inventé--manifestó la menor,--que
eso me lo dijo ayer Suspiritos.
--¿Y quién es esa Suspiritos que dice de mí tales tonterías?
[30] --Suspiritos es... Suspiritos.
--Niñas mías--dijo Tafetán con semblante almibarado.
Por ahí va el naranjero. Llamadle, que os quiero convidar
a naranjas.
Una de las tres llamó al naranjero.
La conversación entablada por las niñas desagradó bastante 90
a Pepe Rey, disipando la ligera impresión de contento
que experimentó al encontrarse entre aquella chusma
alegre y comunicativa. No pudo, sin embargo, contener
[5] la risa cuando vió a D. Juan Tafetán descolgar un guitarrillo
y rasguearlo con la gracia y destreza de los años
juveniles.
--Me han dicho que ustedes saben cantar a las mil
maravillas--manifestó Rey.
[10] --Que cante D. Juan Tafetán.
--Yo no canto.
--Ni yo--dijo la segunda, ofreciendo al ingeniero
algunos cascos de la naranja que acababa de mondar.
--María Juana, no abandones la costura--dijo la Troya
[15] mayor.--Es tarde y hay que acabar la sotana esta
noche.
--Hoy no se trabaja. Al demonio las agujas--exclamó
Tafetán.
En seguida entonó una canción.
[20] --La gente se para en la calle--dijo la Troya segunda
asomándose al balcón.--Los gritos de D. Juan Tafetán se
oyen desde la plaza... ¡Juana, Juana!
--¿Qué?
--Por la calle va Suspiritos.
[25] La más pequeña voló al balcón.
--Tírale una cascara de naranja.
Pepe Rey se asomó también; vió que por la calle pasaba
una señora, y que con diestra puntería la menor de las
Troyas le asestó un cascarazo en el moño. Después
[30] cerraron precipitadamente, y las tres se esforzaban en
sofocar convulsamente su risa para que no se oyera desde
la vía pública.
--Hoy no se trabaja--gritó una volcando de un puntapié
la cesta de la costura.
--Es lo mismo que decir, "mañana no se come"--añadió 91
la mayor, recogiendo los enseres.
Pepe Rey se echó instintivamente mano al bolsillo. De
buena gana les hubiera dado una limosna. El espectáculo
[5] de aquellas infelices huérfanas, condenadas por el mundo
a causa de su frivolidad, le entristecía sobre manera. Si el
único pecado de las Troyas, si el único desahogo con que
compensaban su soledad, su pobreza y abandono, era tirar
cortezas de naranja al transeunte, bien se las podía disculpar.
[10] Quizás las austeras costumbres del poblachón en que vivían
las había preservado del vicio; pero las desgraciadas carecían
de compostura y comedimiento, fórmula común y más
visible del pudor, y bien podía suponerse que habían echado
por la ventana algo más que cáscaras. Pepe Rey sentía
[15] hacia ellas una lástima profunda. Observó sus miserables
vestidos, compuestos, arreglados y remendados de mil
modos para que pareciesen nuevos, observó sus zapatos
rotos... y otra vez se llevó la mano al bolsillo.
--Podrá el vicio reinar aquí--dijo para sí;--pero las
[20] fisonomías, los muebles, todo me indica que estos son los
infelices restos de una familia honrada. Si estas pobres
muchachas fueran tan malas como dicen, no vivirían tan
pobremente ni trabajarían. ¡En Orbajosa hay hombres
ricos!
[25] Las tres niñas se le acercaban sucesivamente. Iban de
él al balcón, del balcón a él, sosteniendo conversación
picante y ligera, que indicaba, fuerza es decirlo, una
especie de inocencia en medio de tanta frivolidad y
despreocupación.
[30] --Sr. D. José, ¡qué excelente señora es doña Perfecta!
--Es la única persona de Orbajosa que no tiene apodo,
la única persona de que no se habla mal en Orbajosa.
--Todos la respetan.
--Todos la adoran.
A estas frases el joven respondía con alabanzas de su 92
tía; pero se le pasaban ganas de sacar dinero del bolsillo y
decir: "María Juana, tome usted para unas botas. Pepa,
tome usted para que se compre un vestido. Florentina,
[5] tome usted para que coman una semana...." Estuvo a
punto de hacerlo como lo pensaba. En un momento en
que las tres corrieron al balcón para ver quién pasaba, don
Juan Tafetán se acercó a él y en voz baja le dijo:
--¡Qué monas son! ¿No es verdad?... ¡Pobres
[10] criaturas! Parece mentira que sean tan alegres, cuando...
bien puede asegurarse que hoy no han comido.
--Don Juan, D. Juan--gritó Pepilla.--Por ahí viene su
amigo de usted Nicolasito Hernández, o sea _Cirio Pascual_,
con su sombrero de tres pisos. Viene rezando en voz baja,
[15] sin duda por las almas de los que ha mandado al hoyo con
sus usuras.
--¿A que no le dicen ustedes el remoquete?
--¡A que sí!
--Juana, cierra las celosías. Dejémosle que pase, y
[20] cuando vaya por la esquina, yo gritaré: _¡Cirio, Cirio
Pascual_!...
Don Juan Tafetán corrió al balcón.
--Venga usted, D. José, para que conozca este tipo.
Pepe Rey aprovechó el momento en que las tres muchachas
[25] y D. Juan se regocijaban en el balcón, llamando a
Nicolasito Hernández con el apodo que tanto le hacía
rabiar, y acercándose con toda cautela a uno de los costureros
que en la sala había, colocó dentro de él media onza
que le quedaba del juego.
[30] Después corrió al balcón, a punto que las dos más
pequeñas gritaban entre locas risas: _¡Cirio Pascual, Cirio
Pascual!_
93