Pepe Rey se quedó estupefacto. 65

--Sí señor--añadió el abogadillo.--Hoy hemos

celebrado el Sr. Licurgo y yo una larga conferencia. Como soy

tan amigo de esta casa, no he querido dejar de advertírselo

[5] a usted, para que si lo cree conveniente, se apresure a

arreglarlo todo.

--Pero yo ¿qué tengo que arreglar? ¿Qué pretende de

mí esa canalla?

--Parece que unas aguas que nacen en el predio de usted

[10] han variado de curso y caen sobre unos tejares del susodicho

Licurgo y un molino de otro, ocasionando daños de

consideración. Mi cliente... porque se ha empeñado en que le

he de sacar de este mal paso... mi cliente, digo, pretende

que usted restablezca el antiguo cauce de las aguas, para

[15] evitar nuevos desperfectos y que le indemnice de los

perjuicios que por indolencia del propietario superior ha sufrido.

--¡Y el propietario superior soy yo!... Si entro en

un litigio, ese será el primer fruto que en toda la vida me

han dado los célebres Alamillos, que fueron míos, y que

[20] ahora, según entiendo, son de todo el mundo, porque lo

mismo Licurgo que otros labradores de la comarca, me han

ido cercenando poco a poco, año tras año, pedazos de

terreno, y costará mucho restablecer los linderos de mi

propiedad.

[25] --Ésa es cuestión aparte.

--Ésa no es cuestión aparte. Lo que hay--exclamó el

ingeniero, sin poder contener su cólera,--es que el

verdadero pleito será el que yo entable contra tal gentuza, que

se propone sin duda aburrirme y desesperarme, para que

[30] abandone todo y les deje continuar en posesión de sus

latrocinios. Veremos si hay abogados y jueces que

apadrinen los torpes manejos de esos aldeanos legistas, que viven

pleiteando y son la polilla de la propiedad ajena.

Caballerito, doy a usted las gracias por haberme advertido los

ruines propósitos de esos palurdos más malos que Caco. 66

Con decirle a usted que ese mismo tejar y ese mismo molino

en que Licurgo apoya sus derechos, son míos....

--Debe hacerse una revisión de los títulos de propiedad

[5] y ver si ha podido haber prescripción en esto--dijo Jacintito.

--¡Qué prescripción ni qué....! Esos infames no se

reirán de mí. Supongo que la administración de justicia

sea honrada y leal en la ciudad de Orbajosa....

--¡Oh, lo que es eso!--exclamó el letradillo con

[10] expresión de alabanza. El juez es una persona excelente. Viene

aquí todas las noches.... Pero es extraño que usted no

tuviera noticias de las pretensiones del Sr. Licurgo. ¿No le

han citado aún para el juicio de conciliación?

--No.

[15] --Será mañana.... En fin, yo siento mucho que el

apresuramiento del Sr. Licurgo me haya privado del gusto

y de la honra de defenderle a usted, pero como ha de ser....

Licurgo se ha empeñado en que yo le he de sacar de penas.

Estudiaré la materia con el mayor detenimiento. Estas

[20] pícaras servidumbres son el gran escollo de la

jurisprudencia.

Pepe entró en el comedor en un estado moral muy

lamentable. Vió a doña Perfecta hablando con el

Penitenciario, y a Rosarito sola, con los ojos fijos en la puerta.

[25] Esperaba sin duda a su primo.

--Ven acá, buena pieza--dijo la señora, sonriendo con

muy poca espontaneidad.--Nos has insultado, gran ateo;

pero te perdonamos. Ya sé que mi hija y yo somos dos

palurdas incapaces de remontarnos a las regiones de las

[30] matemáticas, donde tú vives; pero en fin... todavía es

posible que algún día te pongas de rodillas ante nosotros,

rogándonos que te enseñemos la doctrina.

Pepe contestó con frases vagas y fórmulas de cortesía y

arrepentimiento.

--Por mi parte--dijo D. Inocencio, poniendo en los 67

ojos expresión de modestia y dulzura,--si en el curso de

estas vanas disputas he dicho algo que pueda ofender al Sr.

D. José, le ruego que me perdone. Aquí todos somos

[5] amigos.

--Gracias. No vale la pena.

--A pesar de todo--indicó doña Perfecta, sonriendo ya

con más naturalidad,--yo soy siempre la misma para mi

querido sobrino, a pesar de sus ideas extravagantes y

[antireligiosas...]

[10] ¿De qué creerás que me pienso ocupar esta

noche? Pues de quitarle de la cabeza al tío Licurgo esas

terquedades con que te piensa molestar. Le he mandado

venir, y en la galería me está esperando. Descuida, que

yo lo arreglaré, pues aunque conozco que no le falta

[15] razón....

--Gracias, querida tía--repuso el joven, sintiéndose

invadido por la onda de generosidad que tan fácilmente

nacía en su alma.

Pepe Rey dirigió la vista hacia donde estaba su prima,

[20] con intención de unirse a ella; pero algunas preguntas

sagaces del canónigo le retuvieron al lado de doña Perfecta.

Rosario estaba triste, oyendo con indiferencia melancólica

las palabras del abogadillo, que instalándose junto a ella,

había comenzado una retahila de conceptos empalagosos,

[25] con importunos chistes sazonada y fatuidades del peor

gusto.

--Lo peor para ti--dijo doña Perfecta a su sobrino

cuando le sorprendió observando la desacorde pareja que

formaban Rosario y Jacinto,--es que has ofendido a la

[30] pobre Rosario. Debes hacer todo lo posible por desenojarla.

¡La pobrecita es tan buena!...

--¡Oh, sí, tan buena!--añadió el canónigo,--que no

dudo perdonará a su primo.

--Creo que Rosario me ha perdonado ya--afirmó Rey.

--Y si no, en corazones angelicales no dura mucho el 68

resentimiento--dijo D. Inocencio melifluamente.--Yo tengo

gran ascendiente sobre esa niña, y procuraré disipar en su

alma generosa toda prevención contra usted. En cuanto yo

[5] le diga dos palabras....

Pepe Rey sintió que por su pensamiento pasaba una nube

y dijo con intención:

--Tal vez no sea preciso.

--No le hablo ahora--añadió el capitular,--porque

[10] está embelesada oyendo las tonterías de Jacintillo....

¡Demonches de chicos! Cuando pegan la hebra, hay que dejarles.

De pronto se presentaron en la tertulia el juez de primera

instancia, la señora del alcalde y el deán de la catedral.

Todos saludaron al ingeniero, demostrando en sus palabras

[15] y actitudes que satisfacían, al verle, la más viva curiosidad.

El juez era un mozalvete despabilado, de estos que todos

los días aparecen en los criaderos de eminencias, aspirando

recién empollados a los primeros puestos de la

administración y de la política. Dábase suma importancia, y

[20] hablanco de sí mismo y de su juvenil toga, parecía manifestar

indirectamente gran enojo, porque no le hubieran hecho de golpe

y porrazo presidente del Tribunal Supremo. En aquellas

manos inexpertas, en aquel cerebro henchido de viento, en

aquella presunción ridícula había puesto el Estado las

[25] funciones más delicadas y más difíciles de la humana

justicia. Sus maneras eran de perfecto cortesano, y revelaba

escrupuloso y detallado esmero en todo lo concerniente a su

persona. Tenía la maldita manía de estarse quitando y

poniendo a cada instante los lentes de oro, y en su

[30] conversación frecuentemente indicaba el empeño de ser transladado

pronto a _Madriz_, para prestar sus imprescindibles servicios

en la secretaría de Gracia y Justicia.

La señora del alcalde era una dama bonachona, sin otra

flaqueza que suponerse muy relacionada en la Corte. Dirigió

a Pepe Rey diversas preguntas sobre modas, citando establecimientos

industriales donde le habían hecho una manteleta 69

o una falda en su último viaje, coetáneo de la visita

de Muley-Abbas, y también nombró a una docena de duquesas

[5] y marquesas, tratándolas con tanta familiaridad como

a amiguitas de escuela. Dijo también que la condesa de

M. (por sus tertulias famosa) era amiga suya, y que el 60

estuvo a visitarla, y la condesa la convidó a su palco en el

Real, donde vio a Muley-Abbas en traje de moro, acompañado

[10] de toda su morería. La alcaldesa hablaba por los

codos, como suele decirse, y no carecía de chiste.

El señor deán era un viejo de edad avanzada, corpulento

y encendido, pletórico, apoplético, un hombre que se salía

fuera de sí mismo por no caber en su propio pellejo, según

[15] estaba de gordo y morcilludo. Procedía de la exclaustración;

no hablaba más que de asuntos religiosos, y desde el

principio mostró hacia Pepe Rey el desdén más vivo. Éste

se mostraba cada vez más inepto para acomodarse a sociedad

tan poco de su gusto. Era su carácter nada maleable,

[20] duro y de muy escasa flexibilidad, y rechazaba las perfidias

y acomodamientos de lenguaje para simular la concordia

cuando no existía. Mantúvose, pues, bastante grave durante

el curso de la fastidiosa tertulia, obligado a resistir el ímpetu

oratorio de la alcaldesa que, sin ser la Fama, tenía el privilegio

[25] de fatigar con cien lenguas el oído humano. Si en el

breve respiro que esta señora daba a sus oyentes, Pepe Rey

quería acercarse a su prima, pegábasele el Penitenciario

como el molusco a la roca, y llevándole aparte con ademán

misterioso, le proponía un paseo a Mundogrande con el

[30] Sr. D. Cayetano o una partida de pesca en las claras aguas

del Nahara.

Por fin esto concluyó, porque todo concluye en este

mundo. Retiróse el señor deán, dejando la casa vacía, y

bien pronto no quedó de la señora alcaldesa más que un

eco, semejante al zumbido que recuerda en la humana oreja 70

el reciente paso de una tempestad. El juez privó también

a la tertulia de su presencia, y por fin D. Inocencio dió a su

sobrino la señal de partida.

[5] --Vamos, niño, vámonos que es tarde--le dijo sonriendo.

--¡Cuánto has mareado a la pobre Rosarito!... ¿Verdad,

niña? Anda, buena pieza, a casa pronto.

--Es hora de acostarse--dijo doña Perfecta.

--Hora de trabajar--repuso el abogadillo.

[10] --Por más que le digo que despache los negocios de día--añadió

el canónigo,--no hace caso.

--¡Son tantos los negocios... pero tantos...!

--No, di más bien que esa endiablada obra en que te has

metido... Él no lo quiere decir, Sr. D. José; pero sepa

[15] usted que se ha puesto a escribir una obra sobre _La influencia

de la mujer en la sociedad cristiana_, y además una

_Ojeada sobre el movimiento católico en_... no sé dónde.

¿Qué entiendes tú de _ojeadas_ ni de _influencias_?... Estos

rapaces del día se atreven a todo. ¡Uf... qué chicos!...

[20] Con que vámonos a casa. Buenas noches, señora doña

Perfecta... buenas noches, Sr. D. José... Rosarito....

--Yo esperaré al Sr. D. Cayetano--dijo Jacinto,--para

que me dé el _Augusto Nicolás._

--¡Siempre cargando libros... hombre!... A veces

[25] entras en casa que pareces un burro. Pues bien, esperemos.

--El Sr. D. Jacinto--dijo Pepe Rey,--no escribe a la

ligera y se prepara bien para que sus obras sean un tesoro

de erudición.

--Pero ese niño va a enfermar de la cabeza, Sr. D. Inocencio--

[30] objetó doña Perfecta.--Por Dios, mucho cuidado.

Yo le pondría tasa en sus lecturas.

--Ya que esperamos--indicó el doctorcillo con notorio

acento de presunción,--me llevaré también el tercer tomo

de _Concilios_, ¿No le parece a usted, tío?...

--Hombre, sí; no dejes eso de la mano. Pues no 71

faltaba más.

Felizmente llegó pronto el Sr. D. Cayetano (que tertuliaba

de ordinario en casa de D. Lorenzo Ruiz), y entregados los

[5] libros, marcháronse tío y sobrino.

Rey leyó en el triste semblante de su prima deseo muy

vivo de hablarle. Acercóse a ella mientras doña Perfecta y

D. Cayetano trataban a solas de un negocio doméstico.

--Has ofendido a mamá--le dijo Rosario.

[10] Sus facciones indicaban una especie de terror.

--Es verdad--repuso el joven.--He ofendido a tu

mamá: te he ofendido a ti....

--No; a mí no. Ya se me figuraba a mí que el Niño

Jesús no debe gastar calzones.

[15] --Pero espero que una y otra me perdonarán. Tu mamá

me ha manifestado hace poco tanta bondad....

La voz de doña Perfecta vibró de súbito en el ámbito del

comedor, con tan discorde acento, que el sobrino se estremeció

cual si oyese un grito de alarma. La voz dijo

[20] imperiosamente:

--¡Rosario, vete a acostar!

Turbada y llena de congoja, la muchacha dió varias

vueltas por la habitación, haciendo como que buscaba

alguna cosa. Con todo disimulo pronunció al pasar por

[25] junto a su primo estas vagas palabras:

--Mamá está enojada....

--Pero....

--Está enojada... no te fíes, no te fíes.

Y se marchó. Siguióla después doña Perfecta, a quien

[30] aguardaba el tío Licurgo, y durante un rato, las voces de la

señora y del aldeano oyéronse confundidas en familiar conferencia.

Quedóse solo Pepe con D. Cayetano, el cual,

tomando una luz, habló así:

--Buenas noches, Pepe. No crea usted que voy a

dormir, voy a trabajar... ¿Pero por qué está usted tan 72

meditabundo? ¿Qué tiene usted?... Pues, sí, a trabajar.

Estoy sacando apuntes para un _Discurso-Memoria_ sobre los

_Linajes de Orbajosa_... He encontrado datos y noticias de

[5] grandísimo precio. No hay que darle vueltas. En todas

las épocas de nuestra historia los orbajosenses se han distinguido

por su hidalguía, por su nobleza, por su valor, por su

entendimiento. Díganlo si no la conquista de Méjico, las

guerras del Emperador, las de Felipe contra herejes...

[10] ¿Pero está usted malo? ¿Qué le pasa a usted?... Pues,

sí, teólogos eminentes, bravos guerreros, conquistadores,

santos, obispos, poetas, políticos, toda suerte de hombres

esclarecidos florecieron en esta humilde tierra del ajo...

No, no hay en la cristiandad pueblo más ilustre que el

[15] nuestro. Sus virtudes y sus glorias llenan toda la historia

patria y aun sobra algo... Vamos, veo que lo que usted

tiene es sueño: buenas noches... Pues, sí, no cambiaría

la gloria de ser hijo de esta noble tierra por todo el oro del

mundo. _Augusta_ llamáronla los antiguos, _augustísima_ la

[20] llamo yo ahora, porque ahora, como entonces, la hidalguía,

la generosidad, el valor, la nobleza, son patrimonio de ella...

Con que buenas noches, querido Pepe... se me

figura que usted no está bueno. ¿Le ha hecho daño la

cena?... Razón tiene Alonzo González de Bustamante

[25] en su _Floresta amena_ al decir que los habitantes de Orbajosa

bastan por sí solos para dar grandeza y honor a un reino.

¿No lo cree usted así?

--¡Oh! sí, señor, sin duda ninguna--repuso Pepe Rey,

dirigiéndose bruscamente a su cuarto.

73

XI

=La discordia crece=

En los días sucesivos Rey hizo conocimiento con varias

personas de la población y visitó el Casino, trabando amistades

con algunos individuos de los que pasaban la vida

en las salas de aquella corporación.

[5] Pero la juventud de Orbajosa no vivía constantemente

allí, como podrá suponer la malevolencia. Veíanse por las

tardes en la esquina de la catedral y en la plazoleta formada

por el cruce de las calles del Condestable y la Tripería,

algunos caballeros que gallardamente envueltos en sus capas

[10] estaban como de centinela viendo pasar la gente. Si el

tiempo era bueno, aquellas eminentes lumbreras de la cultura

_urbsaugustense_ se dirigían, siempre con la indispensable

capita, al titulado paseo de las Descalzas, el cual se componía

de dos hileras de tísicos olmos y algunas retamas descoloridas.

[15] Allí la brillante pléyade atisbaba a las niñas de

D. Fulano o de D. Perencejo, que también habían ido a

paseo, y la tarde se pasaba regularmente. Entrada la

noche, el Casino se llenaba de nuevo, y mientras una parte

de los socios entregaba su alto entendimiento a las delicias

[20] del monte, los otros leían periódicos, y los más discutían en

la sala del café sobre asuntos de diversa índole, como

política, caballos, toros, o bien sobre chismes locales. El

resumen de todos los debates era siempre la supremacía de

Orbajosa y de sus habitantes sobre los demás pueblos y

[25] gentes de la tierra.

Eran aquellos varones insignes lo más granado de la

ilustre ciudad, propietarios ricos los unos, pobrísimos los

otros, pero libres de altas aspiraciones todos. Tenían la

imperturbable serenidad del mendigo, que nada apetece

[30] mientras no le falte un mendrugo para engañar el hambre y

el sol para calentarse. Lo que principalmente distinguía a 74

los orbajosenses del Casino era un sentimiento de viva

hostilidad hacia todo lo que de fuera viniese. Y siempre

que algún forastero de viso se presentaba en las augustas

[5] salas, creíanle venido a poner en duda la superioridad de la

patria del ajo, o a disputarle por envidia las preeminencias

incontrovertibles que Natura le concediera.

Cuando Pepe Rey se presentó, recibiéronle con cierto

recelo, y como en el Casino abundaba la gente graciosa, al

[10] cuarto de hora de estar allí el nuevo socio, ya se habían

dicho acerca de él toda suerte de cuchufletas. Cuando a

las reiteradas preguntas de los socios contestó que había

venido a Orbajosa con encargo de explorar la cuenca hullera

del Nahara y estudiar un camino, todos convinieron en que

[15] el Sr. D. José era un fatuo, que quería darse tono inventando

criaderos de carbón y vías férreas. Alguno añadió:

--Pero en buena parte se ha metido. Estos señores

sabios creen que aquí somos tontos y que se nos engaña

con palabrotas... Ha venido a casarse con la niña de

[20] doña Perfecta, y cuanto diga de cuencas hulleras es para

echar facha.

--Pues esta mañana--indicó otro, que era un comerciante

quebrado,--me dijeron en casa de las de Domínguez

que ese señor no tiene una peseta, y viene a que su

[25] tía le mantenga y a ver si puede pescar a Rosarito.

--Parece que ni es tal ingeniero ni cosa que lo valga--añadió

un propietario de olivos, que tenía empeñadas sus

fincas por el doble de lo que valían.--Pero ya se ve...

Estos hambrientos de Madrid se creen autorizados para

[30] engañar a los pobres provincianos, y como creen que aquí

andamos con taparrabos, amigo....

--Bien se conoce que tiene hambre.

--Pues entre bromas y veras nos dijo anoche que éramos

unos bárbaros holgazanes.

--Que vivíamos como los beduinos, tomando el sol. 75

--Que vivíamos con la imaginación.

--Eso es: que vivíamos con la imaginación.

--Y que esta ciudad era lo mismito que las de Marruecos.

[5] --Hombre, no hay paciencia para oír eso. ¿Dónde

habrá visto él (como no sea en París) una calle semejante

a la del Condestable, que presenta un frente de siete casas

alineadas, todas magníficas, desde la de doña Perfecta a la

de Nicolasito Hernández?... Se figuran estos canallas

[10] que uno no ha visto nada, ni ha estado en París....

--También dijo con mucha delicadeza que Orbajosa era

un pueblo de mendigos, y dió a entender que aquí vivimos

en la mayor miseria sin darnos cuenta de ello.

--¡Válgame Dios! si me lo llega a decir a mí, hay un

[15] escándalo en el Casino--exclamó el recaudador de contribuciones.

--¿Por qué no le dijeron la cantidad de arrobas

de aceite que produjo Orbajosa el año pasado? ¿No sabe

ese estúpido que en años buenos Orbajosa da pan para toda

España y aun para toda Europa? Verdad es que ya llevamos

[20] no sé cuántos años de mala cosecha; pero eso no es

ley. Pues ¿y la cosecha del ajo? ¿A que no sabe ese

señor que los ajos de Orbajosa dejaron bizcos a los señores

del Jurado en la Exposición de Londres?

Estos y otros diálogos se oían en las salas del Casino por

[25] aquellos días. A pesar de estas hablillas tan comunes en

los pueblos pequeños, que por lo mismo que son enanos

suelen ser soberbios, Rey no dejó de encontrar amigos sinceros

en la docta corporación, pues ni todos eran maldicientes

ni faltaban allí personas de buen sentido. Pero

[30] tenía nuestro joven la desgracia, si desgracia puede llamarse,

de manifestar sus impresiones con inusitada franqueza, y

esto le atrajo algunas antipatías.

Iban pasando días. Además del disgusto natural que las

costumbres de la sociedad episcopal le producían, diversas

causas todas desagradables empezaban a desarrollar en su 76

ánimo honda tristeza, siendo de notar principalmente, entre

aquellas causas, la turba de pleiteantes que cual enjambre

voraz se arrojó sobre él. No era sólo el tío Licurgo, sino

[5] otros muchos colindantes los que le reclamaban daños y

perjuicios, o bien le pedían cuentas de tierras administradas

por su abuelo. También le presentaron una demanda por

no sé qué contrato de aparcería que celebró su madre y no

fué al parecer cumplido, y asimismo le exigieron el reconocimiento

[10] de una hipoteca sobre las tierras de _Alamillos_,

hecha en extraño documento por su tío. Era un hormiguero,

una inmunda gusanera de pleitos. Había hecho

propósito de renunciar a la propiedad de sus fincas; pero

entre tanto su dignidad le obligaba a no ceder ante las

[15] marrullerías de los sagaces palurdos; y como el Ayuntamiento

le reclamó también por supuesta confusión de su

finca con un inmediato monte de Propios, vióse el desgraciado

joven en el caso de tener que disipar las dudas que

acerca de su derecho surgían a cada paso. Su honra estaba

[20] comprometida, y no había otro remedio que pleitear o morir.

Habíale prometido doña Perfecta en su magnanimidad

ayudarle a salir de tan torpes líos por medio de un arreglo

amistoso; pero pasaban días y los buenos oficios de la

ejemplar señora no daban resultado alguno. Crecían los

[25] pleitos con la amenazadora presteza de una enfermedad

fulminante. Pepe Rey pasaba largas horas del día en el

Juzgado dando declaraciones, contestando a preguntas y a

repreguntas, y cuando se retiraba a su casa, fatigado y

colérico, veía aparecer la afilada y grotesca carátula del

[30] escribano, que le traía regular porción de papel sellado

lleno de horribles fórmulas... para que fuese estudiando

la cuestión.

Se comprende que aquél no era hombre a propósito para

sufrir tales reveses, pudiendo evitarlos con la ausencia.

Representábase en su imaginación a la noble ciudad de su 77

madre como una horrible bestia que en él clavaba sus

feroces uñas y le bebía la sangre. Para librarse de ella

bastábale, según su creencia, la fuga; pero un interés

[5] profundo, como interés del corazón, le detenía, atándole a

la peña de su martirio con lazos muy fuertes. Sin embargo,

llegó a sentirse tan fuera de su centro, llegó a verse tan

extranjero, digámoslo así, en aquella tenebrosa ciudad de

pleitos, de antiguallas, de envidia y de maledicencia, que

[10] hizo propósito de abandonarla sin dilación, insistiendo al

mismo tiempo en el proyecto que a ella le condujera. Una

mañana, encontrando ocasión a propósito, formuló su plan

ante doña Perfecta.

--Sobrino mío--repuso la señora con su acostumbrada

[15] dulzura:--no seas arrebatado. Vaya, que pareces de

fuego. Lo mismo era tu padre ¡qué hombre! Eres una

centella... Ya te he dicho que con muchísimo gusto te

llamaré hijo mío. Aunque no tuvieras las buenas cualidades

y el talento que te distinguen (salvo los defectillos, que también

[20] los hay); aunque no fueras un excelente joven, basta

que esta unión haya sido propuesta por tu padre, a quien

tanto debemos mi hija y yo, para que la acepte. Rosario

no se opondrá tampoco, queriéndolo yo. ¿Qué falta, pues?

Nada; no falta nada más que un poco tiempo. No se

[25] puede hacer el casamiento con la precipitación que tú deseas,

y que daría lugar a interpretaciones quizás desfavorables a

la honra de mi querida hija... Vaya, que tú como no

piensas más que en máquinas, todo lo quieres hacer al

vapor. Espera, hombre, espera... ¿qué prisa tienes?

[30] Ese aborrecimiento que le has cogido a nuestra pobre Orbajosa

es un capricho. Ya se ve: no puedes vivir sino entre

condes y marqueses y oradores y diplomáticos... ¡Quieres

casarte y separarme de mi hija para siempre!--añadió

enjugándose una lágrima.--Ya que así es, inconsiderado

joven, ten al menos la caridad de retardar algún tiempo esa 78

boda que tanto deseas... ¡Qué impaciencia! ¡Qué

amor tan fuerte! No creí que una pobre lugareña como mi

hija inspirase pasiones tan volcánicas.

[5] No convencieron a Pepe Rey los razonamientos de su tía;

pero no quiso contrariarla. Resolvió, pues, esperar cuanto

le fuese posible. Una nueva causa de disgustos unióse bien

pronto a los que ya amargaban su existencia. Hacía dos

semanas que estaba en Orbajosa, y durante este tiempo no

[10] había recibido ninguna carta de su padre. No podía achacarse

esto a descuidos de la Administración de Correos de

Orbajosa, porque siendo el funcionario encargado de aquel

servicio amigo y protegido de doña Perfecta, ésta le recomendaba

diariamente el mayor cuidado para que las cartas dirigidas

[15] a su sobrino no se extraviasen. También iba a la

casa el conductor de la correspondencia, llamado Cristóbal

Ramos, y por apodo Caballuco, personaje a quien ya conocimos,

y a éste solía dirigir doña Perfecta amonestaciones

y reprimendas tan enérgicas como la siguiente:

[20] --¡Bonito servicio de correos tenéis!... ¿Cómo es

que mi sobrino no ha recibido una sola carta desde que está

en Orbajosa?... Cuando la conducción de la correspondencia

corre a cargo de semejante tarambana, ¡cómo han

de andar las cosas! Yo le hablaré al señor Gobernador de

[25] la provincia para que mire bien qué clase de gente pone en

la Administración.

Caballuco, alzando los hombros, miraba a Rey con

expresión de la más completa indiferencia.

Un día entró con un pliego en la mano.

[30] --¡Gracias a Dios!--dijo doña Perfecta a su sobrino.--Ahí

tienes cartas de tu padre. Regocíjate, hombre. Buen

susto nos hemos llevado por la pereza de mi señor hermano

en escribir... ¿Qué dice? está bueno sin duda--añadió al

ver que Pepe Rey abría el pliego con febril impaciencia.

El ingeniero se puso pálido al recorrer las primeras 79

líneas.

--¡Jesús, Pepe... qué tienes!--exclamó la señora,

levantándose con _zozobra_.--¿Está malo tu papá?

[5] --Esta carta no es de mi padre--repuso Pepe, revelando

en su semblante la mayor consternación.

--¿Pues qué es eso?...

--Una orden del Ministerio de Fomento, en que se me

releva del cargo que me confiaron....

[10] --¡Cómo... es posible!

--Una destitución pura y simple, redactada en términos

muy poco lisonjeros para mí.

--¿Hase visto mayor picardía?--exclamó la señora,

volviendo de su estupor.

[15] --¡Qué humillación!--murmuró el joven.--Es la primera

vez en mi vida que recibo un desaire semejante.

--¡Pero ese Gobierno no tiene perdón de Dios! ¡Desairarte

a ti! ¿Quieres que yo escriba a Madrid? Tengo

allá muy buenas relaciones y podré conseguir que el Gobierno

[20] repare esa falta brutal y te dé una satisfacción.

--Gracias, señora, no quiero recomendaciones--replicó

el joven con displicencia.

--¡Es que se ven unas injusticias; unos atropellos!

...Destituir así a un joven de tanto mérito, a una eminencia

[25] científica.... Vamos; si no puedo contener la

cólera.

--Yo averiguaré--dijo Pepe, con la mayor energía,--quién

se ocupa en hacerme daño....

--Ese señor ministro.... Pero de estos politiquejos

[30] infames ¿qué se puede esperar?

--Aquí hay alguien que se ha propuesto hacerme morir

de desesperación--afirmó el joven visiblemente alterado.--Esto

no es obra del ministro, ésta y otras contrariedades

que experimento son resultado de un plan de venganza, de

un cálculo desconocido, de una enemistad irreconciliable, y 80

este plan, este cálculo, esta enemistad, no lo dude usted,

querida tía, están aquí, en Orbajosa.

--Tú te has vuelto loco--replicó doña Perfecta, demostrando

[5] un sentimiento semejante a la compasión.--¿Que

tienes enemigos en Orbajosa? ¿Que alguien quiere vengarse

de ti? Vamos, Pepillo, tú has perdido el juicio. Las

lecturas de esos libros en que se dice que tenemos por

abuelos a los monos o a las cotorras, te han trastornado la

[10] cabeza.

Sonrió con dulzura al decir la última frase, y después,

tomando un tono de familiar y cariñosa amonestación,

añadió:

--Hijo mío, los habitantes de Orbajosa seremos palurdos

[15] y toscos labriegos sin instrucción, sin finura, ni buen tono;

pero a lealtad y buena fe no nos gana nadie, nadie, pero

nadie.

--No crea usted--dijo el joven,--que acuso a las personas

de esta casa. Pero sostengo que en la ciudad está

[20] mi implacable y fiero enemigo.

--Deseo que me enseñes ese traidor de melodrama--repuso

la señora, sonriendo de nuevo.--Supongo que no

acusarás al tío Licurgo ni a los demás que te han puesto

pleito, porque los pobrecitos creen defender su derecho.

[25] Y entre paréntesis, no les falta razón en el caso presente.

Además, el tío Lucas te quiere mucho. Así mismo me lo

ha dicho. Desde que te conoció, dice que le entraste por

el ojo derecho, y el pobre viejo te ha puesto un cariño....

--¡Sí... profundo cariño!--murmuró Pepe.

[30] --No seas tonto--añadió la señora, poniéndole la mano

en el hombro y mirándole de cerca.--No pienses disparates,

y convéncete de que tu enemigo, si existe, está en Madrid,

en aquel centro de corrupción, de envidia y rivalidades, no

en este pacífico y sosegado rincón, donde todo es buena

voluntad y concordia... Sin duda algún envidioso de tu 81

mérito... Te advierto una cosa, y es, que si quieres ir

allá para averiguar la causa de este desaire y pedir explicaciones

al gobierno, no dejes de hacerlo por nosotras.

[5] Pepe Rey fijó los ojos en el semblante de su tía, cual si

quisiera escudriñarla hasta en lo más escondido de su alma.

--Digo que si quieres ir, no dejes de hacerlo--repitió

la señora con calma admirable, confundiéndose en la

expresión de su semblante la naturalidad con la honradez

[10] más pura.

--No, señora. No pienso ir allá.

--Mejor; ésa es también mi opinión. Aquí estás más

tranquilo, a pesar de las cavilaciones con que te estás

atormentando. ¡Pobre Pepillo! Tu entendimiento, tu descomunal

[15] entendimiento, es la causa de tu desgracia.

Nosotros, los de Orbajosa, pobres aldeanos rústicos, vivimos

felices en nuestra ignorancia. Yo siento mucho que no

estés contento. ¿Pero es culpa mía que te aburras y desesperes

sin motivo? ¿No te trato como a un hijo? ¿No te

[20] he recibido como la esperanza de mi casa? ¿Puedo hacer

más por ti? Si a pesar de eso, no nos quieres, si nos

muestras tanto despego, si te burlas de nuestra religiosidad,

si haces desprecios a nuestros amigos, ¿es acaso porque no

te tratemos bien?

[25] Los ojos de doña Perfecta se humedecieron.

--Querida tía--dijo Rey, sintiendo que se disipaba su

encono.--También yo he cometido algunas faltas desde

que soy huésped de esta casa.

--No seas tonto... ¡Qué faltas ni faltas! Entre

[30] personas de la misma familia, todo se perdona.

--Pero Rosario ¿dónde está?--preguntó el joven levantándose.--

¿Tampoco la veré hoy?

--Está mejor. ¿Sabes que no ha querido bajar?

--Subiré yo.

--Hombre, no. Esa niña tiene unas terquedades... Hoy 82

se ha empeñado en no salir de su cuarto. Se ha

encerrado por dentro.

--¡Qué rareza!

[5] --Se le pasará. Seguramente se le pasará. Veremos

si esta noche le quitamos de la cabeza sus ideas melancólicas.

Organizaremos una tertulia que le divierta. ¿Por

qué no te vas a casa del Sr. D. Inocencio y le dices que

venga por acá esta noche y que traiga a Jacintillo?

[10] --¡A Jacintillo!

--Sí, cuando a Rosario le dan estos accesos de melancolía,

ese jovencito es el único que la distrae...

--Pero yo subiré...

--Hombre, no.

[15] --Cuidado que hay etiqueta en esta casa.

--Tú te estás burlando de nosotros. Haz lo que te

digo.

--Pues quiero verla.

--Pues no. ¡Qué mal conoces a la niña!

[20] --Yo creí conocerla bien... Bueno, me quedaré...

Pero esta soledad es horrible.

--Ahí tienes al señor escribano.

--Maldito sea él mil veces.

[25] --Y me parece que ha entrado también el señor procurador...

es un excelente sujeto.

--Así le ahorcaran.

--Hombre, los asuntos de intereses, cuando son propios,

sirven de distracción. Alguien llega... Me parece que

es el perito agrónomo. Ya tienes para un rato.

[30] --¡Para un rato de infierno!

--Hola, hola, si no me engaño, el tío Licurgo y el tío

Pasolargo acaban de entrar. Puede que vengan a proponerte

un arreglo.

--Me arrojaré al estanque.

--¡Qué descastado eres! ¡Pues todos ellos te quieren 83

tanto!... Vamos, para que nada falte, ahí está también

el alguacil. Viene a citarte.

--A crucificarme.

[5] Todos los personajes nombrados fueron entrando en la

sala.

--Adiós, Pepe, que te diviertas--dijo doña Perfecta.

--¡Trágame, tierra!--exclamó el joven con desesperación.

[10] --Sr. D. José....

--Mi querido Sr. D. José....

--Estimable Sr. D. José....

--Sr. D. José de mi alma....

--Mi respetable amigo Sr. D. José....

[15] Al oir estas almibaradas insinuaciones, Pepe Rey exhaló

un hondo suspiro y se entregó. Entregó su cuerpo y su

alma a los sayones, que esgrimieron horribles hojas de papel

sellado, mientras la víctima, elevando los ojos al cielo, decía

para sí con cristiana mansedumbre:

[20] --Padre mío, ¿por qué me has abandonado?

Doña Perfecta(#15725) · 第 14 / 49 题